Ars longa, vita brevis

Breve historia del cero

7 de May de 2013

Aun sin estar seguro de su fiabilidad histórica en los detalles, me ha resultado muy simpática esta «historia del cero» que aparece en el libro Las trampas del deseo, del psicólogo israelí Dan Ariely, que estoy leyendo ahora:

Fueron los babilonios quienes inventaron el concepto de cero; luego los antiguos griegos debatieron sobre él en elevados términos (¿cómo algo podía no ser nada?); el antiguo erudito indio Pingala lo emparejó con el numeral 1 para obtener los dígitos dobles, y tanto los mayas como los romanos hicieron de él parte de sus sistemas de numeración. Pero en realidad el cero encontró su lugar alrededor del año 498 de nuestra era, cuando el astrónomo indio Aryabhata se levantó de la cama una mañana y exclamó: ‘Sthanam sthanam dasa gunam’; que traducido quiere decir más o menos: «De posición a posición, 10 veces su valor». Con ello nacía la idea de notación decimal que relaciona el valor de un dígito con su posición. A partir de ahí el cero experimentó un auge: se difundió al mundo árabe, donde floreció; atravesó la península Ibérica rumbo a Europa (gracias a los musulmanes hispanos); fue objeto de algunos retoques por parte de los italianos, y luego cruzó el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, donde a la larga resultaría tremendamente útil (acompañado del dígito 1) en un lugar llamado Silicon Valley.

Esto viene en un capítulo dedicado, ahí es nada, a investigar por qué ejerce en nosotros una influencia mágica cualquier oferta que incluya algo gratis, incluso en las circunstancias —que las hay— en las que puede ser contraproducente para nosotros.

Según yo tenía entendido —y según defiende también el artículo en la Wikipedia—, los romanos no conocieron el cero. Cuando algo no era nada, usaban el indefinido nihil (de donde proceden, por ejemplo, los vocablos castellanos «nihilismo» y «aniquilar»). Es por ello que el castellano, cuyo léxico procede mayoritariamente del latín, hubo de adoptar el arabismo sifr («vacío») que dio un doblete en nuestro idioma: «cero» y «cifra», si los recuerdos de mis estudios de Historia de la Lengua Española no me han abandonado del todo. Pero para mí lo más llamativo del párrafo que he citado más arriba, sin duda, es la idea de que, si al final el cero no hubiese llegado a nuestra civilización, los adelantos informáticos habrían sido distintos. La mitad del lenguaje que entienden los ordenadores —léase: teléfonos, televisores modernos, videoconsolas, documentos electrónicos— es el número cero. ¿Cómo nos las habríamos arreglado? Es una interesantísima idea, creo, para una distopía que yo no estoy capacitado para imaginar.

El fin de la infancia

5 de May de 2013

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Este ha sido el primer libro que he leído en el lector de libros electrónicos que me ha regalado mi buen amigo Carlos S., así que en primer lugar comentaré muy brevemente algunos aspectos de la experiencia, comparándola, sobre todo, con la lectura en el iPad, que ha sido el único otro dispositivo digital en el que he finalizado la lectura de alguna obra completa.

En general, a pesar de que las letras son muy pequeñas, es cierto que la tinta electrónica hace que la vista se te canse un poco menos. Sin embargo, por la naturaleza de la pantalla, el dispositivo para leer a oscuras depende de una luz externa, y esto hace algo más incómoda la lectura con poca luz. Por otra parte, es cierto que, al leer en este aparato, la sensación de estar leyendo un libro era algo mayor que la que se siente con el iPad. Al menos no hay interrupciones cada vez que alguien comenta algo en Facebook o te menciona en Twitter. Y ahora, vamos a por el libro.

En cuanto al estilo, es bastante plano, aunque no del todo. Sin embargo, no considero que esto sea un defecto (y, por lo demás, de los escritores de ciencia-ficción, Clarke siempre me ha parecido el más «literario»). El rigor científico es importante en una obra que se precie de este género, y creo que es más fácil dar esa impresión de verosimilitud rigorista por medio de un estilo poco artificioso que, no lo olvidemos, sigue siendo un estilo (el máximo exponente de esto que podríamos llamar «transparencia científica» para mí siempre ha sido el enorme Asimov). Está narrado con agilidad y no incluye informaciones que hagan necesaria una licenciatura en ciencias para entender todos los conceptos. De hecho, el más complicado con el que tiene que enfrentarse el lector es el de la relatividad del tiempo según Einstein. La novela, no lo olvidemos, es de 1953 (Wikipedia, en inglés).

En plena carrera espacial entre las dos superpotencias que resultaron de la II Guerra Mundial, esta se encuentra con un fin abrupto: la llegada de decenas de enormes naves nodriza que se sitúan sobre las ciudades más importantes del planeta. Al principio la humanidad las contempla sin recibir ningún mensaje, pero después, en perfecto inglés, un representante de los extraterrestres, llamado Karellen, comienza a comunicarse con los seres humanos por medio del secretario general de las Naciones Unidas. Karellen comienza a dar instrucciones a la humanidad, que son, según él, para su propio bienestar. A pesar de que, en un principio, surgen movimientos que se oponen a seguir las directrices de los recién llegados —a los que los humanos comienzan a llamar superseñores—, con el tiempo se demuestran dos cosas: primera, que todo intento de resistencia es vano, puesto que los superseñores cuentan con una tecnología inimaginable para nosotros, y pueden, incluso, inducir daño físico sin que medie contacto. Segunda, que la humanidad realmente alcanza una especie de edad de oro gracias a la intervención de los extraterrestres. Se acaban el hambre, las guerras, las enfermedades y el sufrimiento. Todo el mundo llega a conseguir lo que quiere, y cada uno puede dedicar su vida a lo que le plazca.

Así las cosas, se hace difícil poner pegas a la nueva situación. Pero hay algo que los hombres no entienden. ¿Por qué los superseñores no se dejan ver, y siempre se comunican con mensajes de voz? ¿Es demasiado terrible el aspecto ante la mirada humana? ¿O es que tienen un aspecto tan semejante a nosotros que si los viéramos no admitiríamos el autoritarismo paternalista al que nos someten? La respuesta, en palabras de Karellen, deberá esperar cincuenta años. La humanidad aún no está preparada. Pero, pasado medio siglo, el mismo Karellen, junto con otros superseñores, descenderá de las naves y se mostrará a la raza humana en su forma física. ¿Cómo serán los recién llegados?

A partir de aquí, no solo voy a desvelar el aspecto de los superseñores, sino gran parte de la trama de la novela, incluyendo el final; por tanto, si tienes pensado leerla, te recomiendo que detengas la lectura de este artículo aquí, o que sigas asumiendo tu propio riesgo.
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Nada ha salido mal: están teniendo suerte

2 de May de 2013

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Imagen: La Vanguardia.

Quizás, de todas las cosas que están haciendo, solamente hay una que de verdad le pesa al Gobierno: eso de subir los impuestos. En su ideología está incluido el principio de adelgazar el estado hasta límites famélicos: que cada uno se quede con lo que gane, aportando el mínimo posible para el sostenimiento de un estado que garantice por medio de la fuerza policial y judicial las ganancias de los poderosos, y después que cada cual se pague de su bolsillo las necesidades que tenga, de las cuales algunas (como la educación, la sanidad y esas cosas) constituyen la base de lo que unos cuantos comunistas filoetarras llamamos estado del bienestar.

Todo lo demás forma parte de su plan ideológico. Que el poder bascule todo en las manos de la empresa, y el trabajador sea un simple siervo sin derechos; que los que más tengan tengan no solo más lujos —lo que, hasta cierto punto, es lógico—, sino también más bienes de los que se han venido considerando fundamentales desde hace décadas: una educación básica, una salud garantizada y esas cosas; en definitiva, que toda la sociedad trabaje y se esfuerce por el bienestar de aquellos a quienes la ley natural ha puesto arriba. No, esto no me lo estoy inventando. El actual presidente de la nación, don Mariano Rajoy, escribió algunas cartas en los años ochenta en los que declaraba su apoyo a las ideas de que hay personas mejor que otras, y de que intentar el logro de una sociedad más equitativa era algo así como un desprecio por el ser humano. Aquí tenéis las cartas. Pero prosigamos.

Cuando a nuestro Gobierno se le ha acabado la pueril excusa de echarle la culpa a otro (en concreto, al anterior presidente, Rodríguez Zapatero, de recuerdo algo menos infausto desde que le disteis el carguito a este gallego), ha seguido incidiendo en su idea de que hacer lo contrario de lo que prometió no es algo que le guste, pero que no tiene más remedio. Y, como dije antes, esto es cierto únicamente en lo de los impuestos.

Porque la idea de esta gente es la de que no todos podemos ser iguales, porque de hecho no somos iguales (a pesar de lo que rezan los primeros artículos de todas esas constituciones liberales que tanto les gusta citar). La idea es que los individuos superiores, que casualmente proceden todos de la clase alta, de buenas familias, para entendernos, deben poseer y controlar las riquezas, y los demás, los que no hemos tenido la genética suerte de ser ricos por nuestra casa, debemos conformarnos con las migajas que caigan e ir dando las gracias.

Por eso llevan año y medio hablando de productividad y eficiencia, de competitividad y de ajuste, pero no se les ha oído aún desear que los trabajadores aumenten su poder adquisitivo. Porque, simplemente, eso es contrario a lo que piensan. Quieren que estemos vivos, porque nuestra fuerza laboral los puede hacer aún más ricos, pero que tengamos lo justo. Una vida saludable, una educación de calidad, algo más de dos prendas de ropa, un viaje de vez en cuando; eso son cosas para ellos, los elegidos. Al igual, si me permitís cumplir a Godwin, que a los nazis no les importaba mantener a los judíos desnutridos en los campos de concentración, porque en cuanto uno moría era sustituido por otro (había de sobra), poco importa que la esperanza de vida de nuestro país, que es la envidia del mundo, excepto de Japón, comience a bajar. Si un trabajador muere por no haber recibido la atención médica precisa, no constituye ningún problema. Hay 6.202.700 parados que ocuparán el puesto del caído, y que, con gusto, lo harán por un sueldo inferior.

Los datos de la economía y del paro no son ninguna desgracia para un gobierno liberal. Son una bendición. Teniendo en cuenta que la gente no se muere de hambre —aún no hemos llegado a eso—, y que no se prevé un estallido social, dado que en deportes nos va relativamente bien, el que haya millones de familias sin ingresos es una inyección de vitaminas para la política de «reformas» de Rajoy. Hay más de seis millones de personas que aceptarán lo que sea. Despido barato. Despido gratis. Despido pagando. Lo que sea, pero dejadme trabajar.

Mucha gente luchó para que cobráramos más, para que tuviésemos derechos laborales, para, en definitiva, que nos desarrollásemos como personas más allá de hormiguitas en un laberinto productivo. Ahora estamos dispuestos a lo que sea para que nos dejen ser hormiguitas.

A este Gobierno le está saliendo todo rodado.

(No descarto que creen alguna burbuja de cualquier tipo hacia el final de la legislatura. Estoy seguro de que antes de que votemos el paro bajará. Saben cómo hacerlo. Pero, por un lado, ese no es su objetivo, sino que será un mero anuncio electoral. Y, por otro lado, será interesante comprobar, y comparar, el nivel adquisitivo que tendremos entonces, nuestro nivel de bienestar, y nuestros derechos. Entonces, votéis lo que votéis, estad seguros de que ya lo estarán consiguiendo.)

El problema de la bala

4 de March de 2013

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Acabo de terminar la tercera novela de Jaime Rubio Hancock, titulada El problema de la bala. Como casi siempre que acabo un libro, tenía intención de publicar un crítica meramente literaria, pero ciertas circunstancias alarmantes me obligan a detenerme antes en la penosa edición que la editorial Libro de Notas ha hecho del trabajo de este jovenzuelo escritor.

En primer lugar, el precio. El libro solo se distribuye en formato electrónico, y el precio no es demasiado alto (2,68 euros en Amazon). Sin embargo, con los gastos de envío la cosa se dispara. Uno ya está acostumbrado a que los gastos de envío a Melilla salgan algo más altos que en la Península, pero los 249 € que te cargan por enviarte este libro al iPad son un poco exagerados, al menos comparados con lo que uno acostumbra a pagar, que suele rondar los 200 euros como mucho.

En segundo lugar hay que hablar de la calidad física de la edición. A pesar de ser un libro electrónico, se emborrona cuando lo tocas, como si hubiese estado impreso en papel malo (alguien debería decirle a Libro de Notas que dejase de comprar los píxeles en China, y que sacrificase algo de sus insultantes márgenes de beneficio en aras de la calidad de la lectura).

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Por si fuera poco, se aprecia en la página que tenéis sobre estas líneas que el chimpancé que deben de tener como editor becado en la editorial estaría borracho el día que se encargó de este libro, porque incluye saltos de párrafo totalmente incoherentes, como cada vez que aparece el nombre de la novia del protagonista.

En fin, a la edición le otorgo una puntuación de tres coliflores y media sobre ocho.

Jaime Rubio (Barcelona, 1977 – 2016) es un joven escritor catalán que intenta abrirse paso a base de patadas en la espinilla en el agresivo mundo editorial español. Autoproclamado gurú de internet y amante 3.0, fue tristemente conocido hace unos años por encabezar una curiosa facción del catalanismo: aquella que pretendía que Cataluña se separase del resto de España, para llamarse —la comunidad autónoma escindida— España, y que el resto del país eligiese otro nombre, siempre que no fuese algo como España II, España la Buena, Aquí Hay Paella y otros nombres similares. Cuando amainó la polémica, no se volvió a saber de él, excepto por algún que otro escándalo nocturno fruto de sus juergas con el filántropo Salvador Sostres.

Y ahora vamos a la historia en sí. En general, el libro está entretenido, se lee rápido. Y la historia podría tener algo de gancho, de no haber existido un error tan de bulto, que uno no entiende cómo no han sido despedidos treinta o cuarenta trabajadores de la editorial, así como el amigo de copas de Rubio al que le haya enseñado el borrador en primer lugar. Voy.

La trama comienza con un joven barcelonés que se suicida de un disparo en la cabeza. Al enterarse la policía, acude al domicilio para detenerlo por sospechoso de suicidio, y días después comienza el juicio contra él. Pero, vamos a ver…

¿¿ES QUE NADIE SE HA DADO CUENTA DE QUE SI ESTÁ MUERTO NO SE LO PUEDE JUZGAR??”111

Este error, del que parece que ni Rubio, ni su amigo ebrio, ni el chimpancé editor ni nadie más se han dado cuenta, es olvidado pronto por el narrador —que encima es ¡en primera persona! Es decir, que el muerto no solo es juzgado, sino que cuenta la historia, toma ya— y durante todo el resto de la novela la gente actúa como si estuviese vivo. Asistimos al juicio, a los intentos de fuga, al juicio de apelación, a las escabrosas aventuras extramatrimoniales de los padres del muerto y otros vergonzosos episodios en los cuales podemos encontrar alguna palabra gruesa exactamente cada 162 palabras (como pene, vagina y cosas del estilo, pero dicho más como de chuletilla de extrarradio, ya me entendéis).

En fin, deseo toda la suerte del mundo a este escritor para su próxima novela, pero le aconsejo que la próxima vez cuente con alguien sin daños cerebrales evidentes antes de enviar su trabajo a la imprenta.

(Hay, por cierto, abierta una suscripción popular para ayudar a Jaime a pagar las facturas del psiquiatra, con la que podéis colaborar haciendo clic aquí. Si se arregla en la medida de lo posible la cabeza de este hombre, todos saldremos ganando.)

Amor de cuatro milenios

18 de February de 2013

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Restos de escritura cuneiforme en un bajorrelieve —creo recordar que— asirio. British Museum, Londres, agosto de 2009.

¡Ah, el amor! Unos historiadores descifraron en 1939 el contenido de la que, creo, es la carta de amor más antigua que se conserva en su forma original. Alguien escribió hace 4.000 años en una pequeña tabla de arcilla estas palabras:

Para Bibea. Que los dioses, si me son propicios, te conserven la salud. Dime cómo estás. Fui a Babilonia, pero no te vi. Fue una gran decepción. Cuéntame la razón de tu marcha, y permite mi alegría. Mantente siempre bien, hazlo por mí. Gimil.

Poco que ver con el reggaeton. Aquí el artículo original de la revista Popular Science, vía Neatorama.

El derecho a decidir

14 de February de 2013

Por supuesto, de entrada, sí. En una sociedad humana, siempre hay quien decide las cosas. Si no las decide la gente, las decidirá el dinero, u otro tipo de poderes.

Claro, esto no es tan simple, no es que cada uno decida lo que quiera, hay múltiples variables que se deben tener en cuenta: la primera, cómo afectan nuestras decisiones a los demás. Puedo decidir poner la música muy alta en mi casa a las tres de la madrugada, pero los vecinos, tal, ya sabéis. Aun así, me repito: en términos absolutos, siempre es mejor tener capacidad de decisión que no tenerla, porque si no decides tú, alguien decidirá por ti —por eso, tras muchos años de firme proselitismo abstencionista, ahora digo: ¡votad siempre!—.

Pues resulta que estaba revisando la etiqueta Libros en mi blog, para un asunto personal que no os interesa, y llegué a la crítica que escribí sobre la monumental obra Persépolis, de la dibujante de cómics iraní Marjane Satrapi; por algún motivo, en aquel momento, hace casi cinco años, elegí esta viñeta para ilustrar el artículo.

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Resulta que todo sigue teniendo sentido: en pueblos analfabetos —¿hay alguno que no lo sea, excepto algunos de los nórdicos?— , la bandera y el odio al que tiene un dios distinto es lo que más aglutina las mentes, las aspiraciones, la acción. Lo vemos en España, con los nacionalismos llamados periféricos, y el nacionalismo llamado no nacionalismo —el español—, que hace a la gente olvidar crisis y recortes y creerse todas las mentiras que cuentan, por ejemplo, los medios oficiales catalanes a los catalanes, y los medios oficiales estatales a todos los españoles; y lo vemos, por desgracia, en muchos países árabes, donde se han librado, o se están librando de tiránicas satrapías que gobernaban al servicio de los poderes económicos occidentales para votar democráticamente a gobiernos que imponen la ley islámica. Toma ya.

Quien piense que estoy en contra de Cataluña o de su nacionalismo en particular no me conoce; y quien piense que rechazo la religión islámica por encima de otras, es que no me conoce tampoco (de hecho, considero patria y religión casi como sinónimos). Pero la viñeta de Satrapi es absolutamente certera, tanto, que duele.

¿Entonces, estoy en contra del derecho a decidir en según qué casos? No. Por supuesto, no me gusta ningún país gobernado por leyes religiosas, se llame Egipto o Ciudad del Vaticano; tampoco me gusta que se me pida un pasaporte en la frontera con Cataluña, como no me gustaría que a un catalán se lo pidieran para entrar en La Rioja: me gustaría llamarme paisano de ellos, pero es cosa aparte. Creo que la viñeta de Persépolis tiene también la solución. Es necesario educar a la gente. Mejor. Y ya.

Es decir: hacer justo lo contrario de lo que estamos haciendo.

¿Nos sirve Finlandia?

3 de February de 2013

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Día del Docente, Melilla, enero de 2013.

Una pesadilla en la cocina particular me ha impedido ver el programa Salvados de hoy, que prometía estar interesante, ya que hablaba de lo mío, la educación. En unos minutos —cuando lo cuelguen en la web— lo veré, pero no espero encontrar nada que me sorprenda, ya que he leído millones de píxeles sobre el tema.

La educación en Finlandia funciona, y mucho mejor que la de nuestro país, aun siendo el nuestro uno de los de la OCDE que más gasta por alumno. Las cosas, sin embargo, no están tan mal por aquí. Me explico brevemente: sí, nuestro país está por detrás de unos cuantos que nos hieren en el orgullo, pero la cosa en realidad no es tan catastrófica. Si bien es cierto que Finlandia y Corea del Sur están bastante por delante del resto de estados, en segundo lugar nos encontramos con un puñado de países con niveles muy similares, así que la distancia entre España y el que está diez puestos por delante —o por detrás— puede ser de milésimas.

Además, hay que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, España es uno de los países que más ha avanzado en el sector educativo en los últimos veinte o treinta años. Y partíamos de una situación catastrófica. Hace solamente treinta años, aún estábamos funcionando con una ley del régimen anterior (la Ley General de Educación de 1970), pensada para una sociedad muy diferente, sin igualdad de oportunidades, sin un estado que pudiera llamarse de derecho, sin democracia, sin educación para todos. Yo aún recuerdo, y toda la educación que he recibido ha sido en un estado ya democrático, como compañeros míos abandonaban el sistema educativo en la EGB (ahora, Primaria) y nadie se preocupaba, educativamente, por ellos. La denostada LOGSE fue la primera que se tomó en serio una escolarización total de la población, hasta los —ciertamente discutibles— dieciséis años, invirtiendo además mucho dinero y mucho seso en mantener en el sistema educativo a los alumnos con más dificultades para seguir. La educación no solamente debe medirse en términos de resultados comparativos, sino también en los éxitos en la tarea de conseguir que sea un bien que llegue a todos los ciudadanos. En este sentido, dudo que haya muchos países de la UE que, partiendo de una situación tan desgraciada, hayan avanzado tanto.

Pero, por otra parte, y aunque siente bien criticarlo todo sin datos y aunque el desprestigio de todos los que no seamos nosotros sea uno de los deportes nacionales, la situación de hoy, sin fijarnos en la evolución, tampoco es catastrófica. Aquí tenéis un archivo en formato PDF sobre los resultados del informe PISA del año 2009 (los últimos que he encontrado) con distintos factores ordenados. Andamos por la mitad de la tabla. Pero si nos fijamos en un epígrafe concreto al azar (por ejemplo, voy a coger el primero, que es algo así como «competencia lectora general»), vemos que nuestra amada Finlandia obtiene una puntuación de 536, mientras España un ¿desastroso? 481. ¡Son 55 puntos de diferencia! Pero otra forma de verlo es que, si Finlandia es un 10, España es un 8,9. Ya no parece tan grave, ¿verdad? Irlanda, siguiendo la misma proporción, tendría algo menos de 9,3, y Austria, por ejemplo, no llega al 8,8. Ya podemos respirar un poco más tranquilos, ¿verdad?

Hay algo que seguro que tratará el programa de Jordi Évole, y es la cuestión de que, en Finlandia, el acceso a la docencia de Primera es muy dura. Es necesario un expediente académico excelente, y solo los mejores de cada facultad pueden acceder a ser maestros. Muy diferente de aquí, desde luego. El grado de Magisterio, según me cuentan, es, por así decirlo, demasiado fácil. Pero no concentremos las críticas: yo, con una Licenciatura considerada de las facilitas y una especie de broma llamada Certificado de Aptitud Pedagógica (que ahora creo que es una broma algo más larga y mucho más cara), y tras unas duras oposiciones, soy profesor de Secundaria del Estado. Aunque las oposiciones no son algo sencillo ni nada que se le parezca, está claro que en el sistema finlandés están seleccionando a los mejores de los mejores, y aquí no. ¿Nos iría mejor si la selección de los profesionales de la educación fuese más cuidadosa? Pocas dudas albergo sobre ello. No obstante, sí tengo una duda, y la considero tan importante que le voy a dedicar un párrafo aparte. Duda:

¿Es posible tener a los mejores, a los que hayan demostrado a lo largo de años de dedicación una valía y un esfuerzo muy superiores a la media, pagando los sueldos que se pagan en este país, para que luego cualquier mastuerzo apilando ladrillos cobre el triple que tú? La respuesta también la tengo clara. Y ¿es posible tener a los mejores, cuando, después de alcanzar el trabajo que quieres, al que te quieres dedicar, eres para la práctica totalidad de la sociedad un vividor que no sabe nada? ¿Una especie de adversario de alumnos y padres, al que buscarle las cosquillas, que no tiene crédito alguno, ni respeto por parte de nadie? ¿Al que un alumno puede levantar la voz, ridiculizar y menospreciar, y que cuando el profesional se queje, en un gran número de ocasiones el alegre progenitor cuestiona delante de su propio hijo? Vamos a decirlo más claro, y por ello más crudo: ¿Creéis que una persona con dos dedos de luces se expondría a menosprecios y agresiones por 1.600 euros mensuales? Yo creo que no.

La sociedad piensa que dentro de los cuerpos de profesores y maestros del Estado estamos los más vagos, ignorantes, desequilibrados y vividores de la nación. Ni siquiera voy a cuestionarlo, asumiré simplemente que es cierto. Lo único que digo es: si quieres a los mejores, págales como a los mejores y haz que los respeten. Si no, cualquiera que sea más o menos avispado huirá de esta profesión como de una mala enfermedad. Se irá a trabajar a la obra por 2.500 al mes, o, si es listo de verdad, se meterá en algún partido político a cobrar sobresueldos.

Pero ni tan siquiera creo que sea esa la cuestión de fondo. La cuestión de fondo es: Finlandia no es España. Lo que sirve para un país, podría no servir para otro. Ojalá fuese tan fácil: bastaría en irnos a otro país que funcione mejor que nosotros en algo, copiar todo lo que hacen, y vale (por ejemplo, todos los países podrían haber copiado el sistema de Sanidad que teníamos, que era la envidia del mundo antes de que se lo cargase el Partido Popular). Pero la realidad es bastante más poliédrica. Partimos de situaciones históricas distintas, de sociedades distintas, de climas distintos. Pasé unas inolvidables vacaciones en Noruega hace unos años, y allí la gente lee mucho. Pero es que a partir de cierta hora el clima te impide salir a la calle sin morir. Además, la televisión era basura (vale, en eso no éramos tan distintos). Se respiraba cultura en el aire, y no hablo simplemente de centros educativos: en cada esquina del país había un aprecio por la cultura, por el arte, la ciencia, la literatura. Preguntabas a cualquier Noruego de quién se sentían orgullosos, y cualquiera te hablaba de Edvard Munch, de Henrik Ibsen, de Peer Gynt. ¿Alguien de aquí diría Picasso, Delibes, Manuel de Falla? No, mientras tengamos nadales, iniestas y busquets. Nuestra enfermedad está en la calle y en los hogares, no en colegios e institutos.

La educación en este país no solo tiene arreglo, sino que lo necesita. Y podemos aprender mucho de Finlandia. Pero no cometamos el error de pensar que todo se arregla clonando: estaríamos administrando la misma medicina para tratar enfermedades muy distintas.

La educación inútil

30 de January de 2013

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Permitidme que empiece con una historia personal. A quien no le interese mi vida, puede leer el grueso del artículo aquí.

Entre 2002 y 2003 estuve trabajando en una oficina bancaria como cajero. A pesar de mi formación en Filología Hispánica —especialidad en Lengua Española—, ni me apetecía ser profesor, que era prácticamente la única salida profesional para mis estudios, ni el banco encontró problemas en que un destripalibros estuviese tras una ventanilla. Mi experiencia no superó el año, aunque el trabajo me gustaba y, a decir de mis jefes, lo hacía bastante bien. En pocos meses me asignaron la caja de las empresas, donde se movían cantidades grandes de dinero y donde las operaciones eran más complicadas que las de las ventanillas destinadas a vosotros, despreciables mortales, en las que casi todo se reduce a tres o cuatro operaciones (retirada de efectivo, ingresos, transferencias, pago de recibos, sus respectivas anulaciones, y ocasionalmente un cambio de divisas o un pago judicial; muy poco más). Todo lo aprendí allí. Era normal, ¿no? Después de todo, mis conocimientos universitarios consistían en mucha Literatura, mucha Gramática, mucha Semántica, bastante Filosofía, algo de Historia, Latín, Griego, Inglés, prácticamente nada de Matemáticas y Física, aunque algo sí (ciertamente, mucho menos de lo que me habría gustado, pero sí, algo de eso hay en Filología). Era normal, decía. Hay un hecho que no lo hace parecer tan normal. Cuando mis superiores tuvieron claro que el banco (al que, a partir de ahora, llamaré «el Banco») iba a prescindir de mis servicios, me asignaron como aprendiz a un economista, para que le enseñara los entresijos de las dos grandes cajas fuertes con apertura retardada y de las complejas operaciones bancarias comerciales, que incluían movimientos en el extranjero, pagos en distinta moneda y cosas más complicadas.

¿Qué pasa, que un filólogo con unos meses de experiencia sabe más de banca que un economista recién escupido de la facultad? Es obvio que no. Pero en la facultad no le habían enseñado a operar con el software bancario al uso, ni los detalles de muchas operaciones. Y ello a pesar de que, por supuesto, una de las principales salidas de un economista es la banca (bien es cierto que, siendo la docencia la principal opción de filólogos, filósofos, historiadores y demás, tampoco nos enseñan en la universidad maldita la cosa sobre pedagogía).

Claro, el Banco no desea que un licenciado en economía se pase su vida laboral contando billetes. Para eso sirve cualquiera. Al final, lo que quiere es gente que venda productos. Y productos que son difíciles de vender: tened en cuenta que, al fin y al cabo, el negocio del Banco es este. Dame tu dinero. Y a cambio yo no te doy nada. A lo sumo, te quitaré de vez en cuando parte de tu dinero en comisiones.

(Hay merluzos que acuden como moscas a las heces cuando alguna entidad anuncia una oferta de cacerolas, batidoras, o qué sé yo por tener un dinero en depósito durante un tiempo. No saben, claro, que el Banco siempre gana. No solo gana mucho más teniendo ese dinero retenido durante ese tiempo que lo que le cuestan las cacerolas, ganancia que, por cierto, siendo un poco avispado, el cliente también podría multiplicar; además, las susodichas cacerolas se entregan en concepto de intereses, con lo que el rendimiento de la cuenta baja, y, por otra parte, en la declaración de la Renta pagas por esos intereses. Sin embargo, si hay algún empleado —o ex— bancario leyendo esto, sabrá bien lo que tiene que aguantar uno tras la ventanilla, la mala educación de los pequeños codiciosos, que han llegado a insultar a un servidor cuando se negaba a prestarse a sus chanchullos. Pero vayamos a lo nuestro.)

Así que mi sucesor, en unos pocos meses, estaba en una mesa, vendiendo hipotecas, seguros, préstamos y participaciones preferentes. Para eso hace falta poco, y nada —creo— de lo que te enseñarán en Ciencias Económicas: don de gentes, labia, buena presencia, ser avispado y guardar tus escrúpulos en algún cajón del cuarto de baño de tu casa antes de ir a trabajar. Creo recordar que a mi aprendiz le fue bien, pues meses más tarde, siendo yo ya profesor, lo vi en una mesa, contento con su puesto. Envidió, sin embargo, las nóminas de un profesor de Secundaria como yo, pues había visto varias de colegas míos a los que había vendido productos. El Banco, ay, ya no es lo que era. Allá donde estés, un abrazo. No recuerdo tu nombre.
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Dos ciudades, dos épocas, dos mundos

29 de January de 2013

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Fuente de la imagen (Paul Glazzard).

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

Cualquiera que haya leído el libro —e incluso muchos de los que no— habrá recordado esta cita: es el inicio de la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Dejando aparte la calidad de la historia y el arte de su narrativa, tengo unos cuantos pasajes subrayados que parece que nos vienen como hechos a medida en la situación actual, y no está de más rescatarlos, para ver que nosotros, el populacho, tropezamos con la misma piedra las veces que haga falta.

El primero de ellos me lo ha traído a la memoria una noticia que parece de ficción. Resulta que el presidente de la Diputación de Ciudad Real (PSOE) pretende contratar a un chófer para su coche oficial. Hasta aquí, nada raro (es triste, pero nos hemos acostumbrado a pagar coches oficiales a todo Dios). Lo interesante viene cuando nos enteramos de que ya hay más de 25 (veinticinco) chóferes al servicio de la Diputación, pero resulta que no le sirven; quiere contratar a otro porque el presidente necesita (cito textualmente) la música que el presidente desea, el olor que quiere, los elementos de comodidad que solicita, el nivel adecuado de climatización, la velocidad de transporte que le gusta. A mí también me gustaría que fuera broma, pero aquí tenéis la noticia (y aquí algo ampliada). La explicación, parece ser, es que el choferable es un amigo. Del partido, claro.

Aquí, la cita:

[...] en eso empleaba cuatro hombres, [...] y los cuatro eran necesarios para que el feliz chocolate llegase a los labios de Monseñor. Un lacayo llevaba la chocolatera hasta la sagrada presencia; otro picaba el chocolate con un instrumento expresamente reservado para este menester; el tercero presentaba la favorecida servilleta y el cuarto [...] vertía el chocolate en la taza. Le habría sido imposible a Monseñor prescindir de uno solo de aquellos hombres para tomarse el chocolate [...]. Sin duda alguna habría caído una gran mancha en el blasón del señor si tomara el chocolate servido solamente por tres hombres, pero de haber sido servido solamente por dos, no hay duda de que ello hubiese sido causa de su muerte.

Para la segunda cita acudiremos a dos noticias que, aunque no lo parezca, están íntimamente relacionadas. La primera es el indulto concedido a un conductor que, tras recorrer varios kilómetros en sentido contrario, causó un accidente que costó la vida a un joven. El Gobierno ha tenido esta medida de gracia con el delincuente probado, que, casualidad, tiene más de un sospechoso lazo de unión con algunos miembros del Partido Popular.

La otra noticia. Una joven ingresará en prisión en unos días, si un indulto o un milagro no lo remedian, por haber gastado 193 euros de una tarjeta de crédito ajena que se encontró. Cuando cometió el delito —hace casi seis años— estaba desempleada, y sus dos hijas tenían cuatro años y uno y medio. Con los 193 euros compró pañales y comida. La jugada le salió bien, pero en un segundo intento de compra la denunciaron, detuvieron, juzgaron y condenaron.

Pocos niños se veían [en el pueblo], y ningún perro. En cuanto a los hombres y a las mujeres, sus esperanzas en esta tierra se comprendían o en vivir de la manera más mísera en el pueblo, a la sombra del molino, o gemir en la prisión de la fortaleza que dominaba el despeñadero.

Dickens hablaba de dos ciudades: Londres y el París prerrevolucionario, muy pocos años antes de que ese populacho famélico y maltratado engrasara y afilara las guillotinas. ¿Podemos comparar, nosotros, esa época con la nuestra? ¿Estamos al borde de ese estallido social, de que nos cueste aún más sangre y desorden el despilfarro y la tiranía de políticos y empresarios corruptos?

Lo que es seguro es que, con todas las revoluciones que queráis, sí que podemos decir que se sigue viviendo en dos mundos: uno para los poderosos y sus cortesanos, que pueden jugar con las vidas de los demás —e incluso perderlas— sin mayores consecuencias; otro, para el vulgo, los trabajadores, para los que siempre hay sitio en prisión.

Losing my Religion pasada a mayores

22 de January de 2013

Una de las mejores definiciones que he leído de «música» aparece en el libro de Enric Herrera Teoría musical y armonía moderna, volumen I. Dice:

« [...] es el arte de ordenar los sonidos con el fin de crear una determinada emoción en el oyente.»

Me he acordado de esa definición al encontrar un vídeo en el que se ha hecho un curioso experimento: se ha tomado la canción Losing my Religion, del grupo REM, y se han pasado todos sus acordes que estaban en modalidad menor a mayor. Aquí tenéis la canción original —supongo que la conoceréis casi todos, pero por si acaso hay zagales entre el público—:

La canción, que personalmente me parece muy buena, tiene cierto tono melancólico y tristón, algo que yo, al igual que supongo que muchos otros músicos, relaciono con los acordes menores. La armonía de los acordes menores encaja perfectamente con la letra de la canción y su pesimismo. Aquí tenéis la canción modificada. Apreciad como, aun reconociéndose que es el mismo «tema», las emociones que sugiere son muy distintas:

¿Qué os dice a vosotros cada una de las versiones? Vía Boing Boing.

Hay que comer

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