Ars longa, vita brevis

La sociedad, el mercado y la LOMCE

13 de May de 2013

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En uno de los capítulos del libro Las trampas del deseo, del psicólogo Dan Ariely, se habla de las «normas sociales» como un opuesto a las «normas mercantiles». Esto es más o menos así: en nuestra esfera psicológica, diferenciamos claramente, aunque a menudo sin darnos cuenta, lo que hacemos profesionalmente de lo que hacemos por el placer de ayudar al prójimo. Es por eso, por ejemplo, que ayudaríamos a un amigo —o incluso a un vecino más o menos desconocido— a subir un piano a su casa a cambio de la invitación a un café, pero no a cambio de dos euros. Además, según parece haber demostrado el autor, si cometemos la imprudencia de romper el engrase social, la buena relación se pierde. Un caso práctico: un amigo nos invita a comer como muestra de amistad. Él aceptaría que no le diésemos nada a cambio —de hecho, lo hace por el aprecio que nos tiene—, o que lo invitemos a un par de copas. Pero si nos ofrecemos a pagarle la comida, se produciría una desagradable reacción que podría estropear para siempre nuestra amistad.

A este respecto me han llamado especialmente la atención algunos párrafos que cuentan cómo las empresas han ido añadiendo elementos afectivos o sociales a las condiciones de trabajo de sus empleados, para crear en ellos un vínculo de fidelidad y que les sea más difícil abandonar su puesto. Cuando se trabajaba en cadenas de montaje, por horas, y había un silbato que marcaba el final del turno, el trabajador simplemente dejaba su puesto y se iba —como es lógico, puesto que era esa hora la que se le pagaba, ni un minuto más—. Uno de los trucos de la empresa consiste ahora en pagar mensualidades, con lo que el tiempo que se supone que dedicamos a trabajar por un dinero estipulado tiene unos límites más difuminados. Pero hay otros trucos:

Hoy, cada vez más, las empresas consideran ventajoso crear un intercambio social, sobre todo en la medida en que en el mercado actual los países avanzados son, de manera creciente, productores de bienes intangibles. [...] Y paralelamente la frontera entre el trabajo y el ocio se ha hecho más difusa. Los que dirigen las empresas quieren que pensemos en el trabajo mientras vamos conduciendo a casa o mientras estamos en la ducha. Nos dan ordenadores portátiles, teléfonos móviles y Blackberries para salvar la distancia que va del trabajo a casa

Cuidado, pues, con los regalos envenenados. Tu jefe no te regala un móvil de empresa porque sea un buen tipo, sino porque así es tu dueño las veinticuatro horas.

El autor continúa argumentando que la transformación de toda relación empresarial en una relación puramente mercantil, sin nada de social, puede, a medio plazo, convertir al trabajador en alguien menos productivo.

Hay algo, también, sobre la educación; concretamente, sobre los peligros de convertir la educación en una mera fábrica de productores, de trabajadores empresariales, de emprendedores, por usar la terminología liberal:

En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

Si este investigador sabe de lo que habla —y yo diría que sí, pues imparte clases en una de las universidades más prestigiosas del planeta—, nos la vamos a pegar estrepitosamente con la futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, PDF), que el Gobierno está a punto de aprobar con la oposición de una mayoría de la comunidad educativa, y cuyo quinto párrafo, sin retocar, es este:

La educación es el motor que promueve el bienestar de un país; el nivel educativo de los ciudadanos determina su capacidad de competir con éxito en el ámbito el panorama internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por un futuro mejor.

Puede que esto sea bueno, a corto plazo, para los beneficios empresariales. ¿Pero es bueno para la sociedad? Yo tengo mis serias dudas.

Ampliación del campo de batalla

10 de May de 2013

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No me gusta este mundo. Definitivamente, no me gusta. La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar. Todo mi trabajo informático consiste en multiplicar las referencias, los recortes, los criterios de decisión racional. No tiene ningún sentido. Hablando claro: es más bien negativo; un estorbo inútil para las neuronas. A este mundo le falta de todo, salvo información suplementaria.

No había leído nada de Michel Houellebecq; lo único que tenía más o menos claro es que es un autor que gusta a los modernitos, y por lo tanto a mí, que soy postmodernito, me tenía que repeler. Además, hace tiempo tomé la decisión —que no me he tomado demasiado en serio— de no leer literatura de autores vivos, al menos hasta que aumente mi bagaje de clásicos hasta niveles respetables. En fin, estaba comprando libros para regalar y vi esta novelita, y viendo que era bastante corta decidí darle una oportunidad. Por otra parte, ya uno no sabe cómo escapar de lo que está de moda, dada la actual tendencia (¡y ya ni tan siquiera es actual!) de huir de lo que está de moda; lo cual ya constituye una moda en sí misma.

¿Mi consejo? Lee y haz lo que te venga en gana: como en el chiste aquel del matrimonio que viajaba asnalmente, siempre habrá alguien a quien parezca mal.

El protagonista-narrador es un ingeniero informático que ronda la treintena y está un poco harto de todo. Le encargan un curso de formación para los funcionarios franceses, lo que le obliga a pasar unas semanas con un compañero de trabajo. Esto le sirve para criticarlo todo y para examinar de forma más o menos superficial o más o menos profunda las relaciones humanas.

Me da a mí que está narrada con gran agilidad, sin pretensiones verborreicas pero con gran acierto en la expresión. Tenemos, incluso, un par de ejercicios literarios que se me antojan elegantes: una especie de protagonista femenina, de gran importancia en las decisiones y pensamientos del protagonista, pero que no llega a aparecer; y algo de metaliteratura, cuando se nos presentan las curiosas fábulas que el personaje principal gustaba de escribir.

Lo encuentro especialmente afilado en sus descripciones de las relaciones personales y sexuales; lo noto muy amargo en una visión nihilista de la sociedad —no a gran escala, sino a la de las pequeñas sociedades interpersonales— y de la sexualidad.

Al final me parece demasiado descorazonador, muy deprimente. Yo no comparto esa visión tan desesperanzada de la vida. No obstante, para que una novela sea buena, por supuesto, no tiene por qué coincidir con mi visión del mundo; por otra parte, ni siquiera tiene que compartir la visión del mundo de su propio autor. Por último, la novela me ha gustado mucho, y os la recomiendo sin reservas. No si estáis un poco depres.

El PP, ETA (Guillotin, Robespierre)

8 de May de 2013

Este post es, en parte, irónico

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1. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, afirma que «el aborto tiene algo que ver» con ETA, aunque «no demasiado».

2. Beatriz Escudero, diputada del Partido Popular, nos pregunta: «¿Saben que en España las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación tienen?»

3. Desde que tomó posesión el actual Gobierno, no solo se han aumentado las tasas universitarias, sino que además se han endurecido los requisitos para acceder a las becas. Estas medidas, con la excusa de reducir el gasto, tienen, lógicamente, el efecto de que conseguir una buena formación sea más caro y, por ende, más difícil.

4. ¿El PP es ETA?

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Aunque existía desde tiempo atrás, fue el doctor Joseph Ignace Guillotin el que, durante la Revolución Francesa, recomendó el uso de la guillotina en las ejecuciones. Sus razones estaban bien motivadas. El ideal de fraternidad de la Revolución recomendaba que las ejecuciones —a las que, históricamente, puede que Europa fuese demasiado joven para renunciar aún— se realizasen de la forma más humana posible. La separación de la cabeza del tronco del ejecutado en una maniobra casi instantánea constituía, en aquellos tiempos, la forma más rápida de morir. Por otra parte, la égalité —«igualdad»—, otro de los pilares de la revuelta, exigía un método de asesinato (basta de eufemismos) igual para todos; hasta el momento, en casi todos los países únicamente los nobles gozaban del derecho de ver reducido el suplicio en sus últimos momentos. Tardaron unos pocos años, pero al final la Asamblea escuchó al doctor Guillotin y la cuchilla homicida se generalizó en la Francia revolucionaria.

Maximiliem Robespierre es tristemente conocido por el «terror»; aunque había sido, en sus primeros tiempos como abogado, un firme opositor a la pena capital, cuando se convirtió en uno de los líderes de la revuelta fue el principal impulsor de las ejecuciones por guillotina durante el bienio 1793-1974. Todo sospechoso de ser un enemigo del pueblo o de la Revolución era detenido, interrogado y ejecutado. Los números son inciertos, pero las estimaciones más conservadoras sospechan que el número de ajusticiados entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974 no bajó de 11.000 (otros cifran en un máximo de 40.000 las personas asesinadas en ese periodo).

El 28 de julio —10 de Termidor, según el calendario republicano— de 1794 Robespierre fue arrestado y decapitado en la guillotina.

Hay historiadores que afirman que toda revolución es seguida por un periodo particular de terror: la francesa, la cubana, la china, la rusa, la misma dictadura fascista del general Franco. Si no se asesina de forma más o menos indiscriminada a un número elevado de personas sospechosas, el régimen corre el peligro de estar mostrando debilidad, y es susceptible de fracasar. Pero, para los revolucionarios, el terror añade un riesgo sobrevenido: sus impulsores pueden acabar siendo víctimas, como le sucedió a Robespierre, o a tantos hombres de confianza de Stalin que acabaron frente al pelotón de fusilamiento o internados en un gulag.

El PP comenzó diciendo que cualquier partido que apoyara la independencia del País Vasco —que me parece una memez, pero eso no es el asunto— era ETA; más tarde, los que apoyasen la independencia de cualquier impulso de un proceso soberanista en cualquier parte del estado; después, simplemente los simpatizantes de esos procesos; después, los que nos manifestábamos con las plataformas del 15 de marzo; luego, Ada Colau y los militantes o simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; finalmente —de momento—, también las mujeres que abortan. Es como el terror revolucionario: todo el que no acate cualquier ocurrencia de este Gobierno hasta sus últimas consecuencias, es sospechoso de ser un enemigo del pueblo. Pero, una vez más, se produce lo que en todos los periodos de terror: de tanto ser enemigo del pueblo —o ETA— todo el mundo, resulta que la rueda finaliza su giro completo y, al final, acaban siendo ETA los que acusaban de ser ETA a todo el mundo.

(Habría venido muy bien aquí, de haber sido cierto, el bulo de que el mismo Guillotin fue víctima de la hoja asesina; no obstante, esto es falso: fue otro doctor Guillotin el que murió decapitado en el cadalso, y la coincidencia de nombres dio base al erróneo dato. No sé si decir: lástima; no creo, sin embargo, que invalide lo defendido aquí.)

Breve historia del cero

7 de May de 2013

Aun sin estar seguro de su fiabilidad histórica en los detalles, me ha resultado muy simpática esta «historia del cero» que aparece en el libro Las trampas del deseo, del psicólogo israelí Dan Ariely, que estoy leyendo ahora:

Fueron los babilonios quienes inventaron el concepto de cero; luego los antiguos griegos debatieron sobre él en elevados términos (¿cómo algo podía no ser nada?); el antiguo erudito indio Pingala lo emparejó con el numeral 1 para obtener los dígitos dobles, y tanto los mayas como los romanos hicieron de él parte de sus sistemas de numeración. Pero en realidad el cero encontró su lugar alrededor del año 498 de nuestra era, cuando el astrónomo indio Aryabhata se levantó de la cama una mañana y exclamó: ‘Sthanam sthanam dasa gunam’; que traducido quiere decir más o menos: «De posición a posición, 10 veces su valor». Con ello nacía la idea de notación decimal que relaciona el valor de un dígito con su posición. A partir de ahí el cero experimentó un auge: se difundió al mundo árabe, donde floreció; atravesó la península Ibérica rumbo a Europa (gracias a los musulmanes hispanos); fue objeto de algunos retoques por parte de los italianos, y luego cruzó el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, donde a la larga resultaría tremendamente útil (acompañado del dígito 1) en un lugar llamado Silicon Valley.

Esto viene en un capítulo dedicado, ahí es nada, a investigar por qué ejerce en nosotros una influencia mágica cualquier oferta que incluya algo gratis, incluso en las circunstancias —que las hay— en las que puede ser contraproducente para nosotros.

Según yo tenía entendido —y según defiende también el artículo en la Wikipedia—, los romanos no conocieron el cero. Cuando algo no era nada, usaban el indefinido nihil (de donde proceden, por ejemplo, los vocablos castellanos «nihilismo» y «aniquilar»). Es por ello que el castellano, cuyo léxico procede mayoritariamente del latín, hubo de adoptar el arabismo sifr («vacío») que dio un doblete en nuestro idioma: «cero» y «cifra», si los recuerdos de mis estudios de Historia de la Lengua Española no me han abandonado del todo. Pero para mí lo más llamativo del párrafo que he citado más arriba, sin duda, es la idea de que, si al final el cero no hubiese llegado a nuestra civilización, los adelantos informáticos habrían sido distintos. La mitad del lenguaje que entienden los ordenadores —léase: teléfonos, televisores modernos, videoconsolas, documentos electrónicos— es el número cero. ¿Cómo nos las habríamos arreglado? Es una interesantísima idea, creo, para una distopía que yo no estoy capacitado para imaginar.

El fin de la infancia

5 de May de 2013

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Este ha sido el primer libro que he leído en el lector de libros electrónicos que me ha regalado mi buen amigo Carlos S., así que en primer lugar comentaré muy brevemente algunos aspectos de la experiencia, comparándola, sobre todo, con la lectura en el iPad, que ha sido el único otro dispositivo digital en el que he finalizado la lectura de alguna obra completa.

En general, a pesar de que las letras son muy pequeñas, es cierto que la tinta electrónica hace que la vista se te canse un poco menos. Sin embargo, por la naturaleza de la pantalla, el dispositivo para leer a oscuras depende de una luz externa, y esto hace algo más incómoda la lectura con poca luz. Por otra parte, es cierto que, al leer en este aparato, la sensación de estar leyendo un libro era algo mayor que la que se siente con el iPad. Al menos no hay interrupciones cada vez que alguien comenta algo en Facebook o te menciona en Twitter. Y ahora, vamos a por el libro.

En cuanto al estilo, es bastante plano, aunque no del todo. Sin embargo, no considero que esto sea un defecto (y, por lo demás, de los escritores de ciencia-ficción, Clarke siempre me ha parecido el más «literario»). El rigor científico es importante en una obra que se precie de este género, y creo que es más fácil dar esa impresión de verosimilitud rigorista por medio de un estilo poco artificioso que, no lo olvidemos, sigue siendo un estilo (el máximo exponente de esto que podríamos llamar «transparencia científica» para mí siempre ha sido el enorme Asimov). Está narrado con agilidad y no incluye informaciones que hagan necesaria una licenciatura en ciencias para entender todos los conceptos. De hecho, el más complicado con el que tiene que enfrentarse el lector es el de la relatividad del tiempo según Einstein. La novela, no lo olvidemos, es de 1953 (Wikipedia, en inglés).

En plena carrera espacial entre las dos superpotencias que resultaron de la II Guerra Mundial, esta se encuentra con un fin abrupto: la llegada de decenas de enormes naves nodriza que se sitúan sobre las ciudades más importantes del planeta. Al principio la humanidad las contempla sin recibir ningún mensaje, pero después, en perfecto inglés, un representante de los extraterrestres, llamado Karellen, comienza a comunicarse con los seres humanos por medio del secretario general de las Naciones Unidas. Karellen comienza a dar instrucciones a la humanidad, que son, según él, para su propio bienestar. A pesar de que, en un principio, surgen movimientos que se oponen a seguir las directrices de los recién llegados —a los que los humanos comienzan a llamar superseñores—, con el tiempo se demuestran dos cosas: primera, que todo intento de resistencia es vano, puesto que los superseñores cuentan con una tecnología inimaginable para nosotros, y pueden, incluso, inducir daño físico sin que medie contacto. Segunda, que la humanidad realmente alcanza una especie de edad de oro gracias a la intervención de los extraterrestres. Se acaban el hambre, las guerras, las enfermedades y el sufrimiento. Todo el mundo llega a conseguir lo que quiere, y cada uno puede dedicar su vida a lo que le plazca.

Así las cosas, se hace difícil poner pegas a la nueva situación. Pero hay algo que los hombres no entienden. ¿Por qué los superseñores no se dejan ver, y siempre se comunican con mensajes de voz? ¿Es demasiado terrible el aspecto ante la mirada humana? ¿O es que tienen un aspecto tan semejante a nosotros que si los viéramos no admitiríamos el autoritarismo paternalista al que nos someten? La respuesta, en palabras de Karellen, deberá esperar cincuenta años. La humanidad aún no está preparada. Pero, pasado medio siglo, el mismo Karellen, junto con otros superseñores, descenderá de las naves y se mostrará a la raza humana en su forma física. ¿Cómo serán los recién llegados?

A partir de aquí, no solo voy a desvelar el aspecto de los superseñores, sino gran parte de la trama de la novela, incluyendo el final; por tanto, si tienes pensado leerla, te recomiendo que detengas la lectura de este artículo aquí, o que sigas asumiendo tu propio riesgo.
(more…)

Nada ha salido mal: están teniendo suerte

2 de May de 2013

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Imagen: La Vanguardia.

Quizás, de todas las cosas que están haciendo, solamente hay una que de verdad le pesa al Gobierno: eso de subir los impuestos. En su ideología está incluido el principio de adelgazar el estado hasta límites famélicos: que cada uno se quede con lo que gane, aportando el mínimo posible para el sostenimiento de un estado que garantice por medio de la fuerza policial y judicial las ganancias de los poderosos, y después que cada cual se pague de su bolsillo las necesidades que tenga, de las cuales algunas (como la educación, la sanidad y esas cosas) constituyen la base de lo que unos cuantos comunistas filoetarras llamamos estado del bienestar.

Todo lo demás forma parte de su plan ideológico. Que el poder bascule todo en las manos de la empresa, y el trabajador sea un simple siervo sin derechos; que los que más tengan tengan no solo más lujos —lo que, hasta cierto punto, es lógico—, sino también más bienes de los que se han venido considerando fundamentales desde hace décadas: una educación básica, una salud garantizada y esas cosas; en definitiva, que toda la sociedad trabaje y se esfuerce por el bienestar de aquellos a quienes la ley natural ha puesto arriba. No, esto no me lo estoy inventando. El actual presidente de la nación, don Mariano Rajoy, escribió algunas cartas en los años ochenta en los que declaraba su apoyo a las ideas de que hay personas mejor que otras, y de que intentar el logro de una sociedad más equitativa era algo así como un desprecio por el ser humano. Aquí tenéis las cartas. Pero prosigamos.

Cuando a nuestro Gobierno se le ha acabado la pueril excusa de echarle la culpa a otro (en concreto, al anterior presidente, Rodríguez Zapatero, de recuerdo algo menos infausto desde que le disteis el carguito a este gallego), ha seguido incidiendo en su idea de que hacer lo contrario de lo que prometió no es algo que le guste, pero que no tiene más remedio. Y, como dije antes, esto es cierto únicamente en lo de los impuestos.

Porque la idea de esta gente es la de que no todos podemos ser iguales, porque de hecho no somos iguales (a pesar de lo que rezan los primeros artículos de todas esas constituciones liberales que tanto les gusta citar). La idea es que los individuos superiores, que casualmente proceden todos de la clase alta, de buenas familias, para entendernos, deben poseer y controlar las riquezas, y los demás, los que no hemos tenido la genética suerte de ser ricos por nuestra casa, debemos conformarnos con las migajas que caigan e ir dando las gracias.

Por eso llevan año y medio hablando de productividad y eficiencia, de competitividad y de ajuste, pero no se les ha oído aún desear que los trabajadores aumenten su poder adquisitivo. Porque, simplemente, eso es contrario a lo que piensan. Quieren que estemos vivos, porque nuestra fuerza laboral los puede hacer aún más ricos, pero que tengamos lo justo. Una vida saludable, una educación de calidad, algo más de dos prendas de ropa, un viaje de vez en cuando; eso son cosas para ellos, los elegidos. Al igual, si me permitís cumplir a Godwin, que a los nazis no les importaba mantener a los judíos desnutridos en los campos de concentración, porque en cuanto uno moría era sustituido por otro (había de sobra), poco importa que la esperanza de vida de nuestro país, que es la envidia del mundo, excepto de Japón, comience a bajar. Si un trabajador muere por no haber recibido la atención médica precisa, no constituye ningún problema. Hay 6.202.700 parados que ocuparán el puesto del caído, y que, con gusto, lo harán por un sueldo inferior.

Los datos de la economía y del paro no son ninguna desgracia para un gobierno liberal. Son una bendición. Teniendo en cuenta que la gente no se muere de hambre —aún no hemos llegado a eso—, y que no se prevé un estallido social, dado que en deportes nos va relativamente bien, el que haya millones de familias sin ingresos es una inyección de vitaminas para la política de «reformas» de Rajoy. Hay más de seis millones de personas que aceptarán lo que sea. Despido barato. Despido gratis. Despido pagando. Lo que sea, pero dejadme trabajar.

Mucha gente luchó para que cobráramos más, para que tuviésemos derechos laborales, para, en definitiva, que nos desarrollásemos como personas más allá de hormiguitas en un laberinto productivo. Ahora estamos dispuestos a lo que sea para que nos dejen ser hormiguitas.

A este Gobierno le está saliendo todo rodado.

(No descarto que creen alguna burbuja de cualquier tipo hacia el final de la legislatura. Estoy seguro de que antes de que votemos el paro bajará. Saben cómo hacerlo. Pero, por un lado, ese no es su objetivo, sino que será un mero anuncio electoral. Y, por otro lado, será interesante comprobar, y comparar, el nivel adquisitivo que tendremos entonces, nuestro nivel de bienestar, y nuestros derechos. Entonces, votéis lo que votéis, estad seguros de que ya lo estarán consiguiendo.)

El problema de la bala

4 de March de 2013

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Acabo de terminar la tercera novela de Jaime Rubio Hancock, titulada El problema de la bala. Como casi siempre que acabo un libro, tenía intención de publicar un crítica meramente literaria, pero ciertas circunstancias alarmantes me obligan a detenerme antes en la penosa edición que la editorial Libro de Notas ha hecho del trabajo de este jovenzuelo escritor.

En primer lugar, el precio. El libro solo se distribuye en formato electrónico, y el precio no es demasiado alto (2,68 euros en Amazon). Sin embargo, con los gastos de envío la cosa se dispara. Uno ya está acostumbrado a que los gastos de envío a Melilla salgan algo más altos que en la Península, pero los 249 € que te cargan por enviarte este libro al iPad son un poco exagerados, al menos comparados con lo que uno acostumbra a pagar, que suele rondar los 200 euros como mucho.

En segundo lugar hay que hablar de la calidad física de la edición. A pesar de ser un libro electrónico, se emborrona cuando lo tocas, como si hubiese estado impreso en papel malo (alguien debería decirle a Libro de Notas que dejase de comprar los píxeles en China, y que sacrificase algo de sus insultantes márgenes de beneficio en aras de la calidad de la lectura).

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Por si fuera poco, se aprecia en la página que tenéis sobre estas líneas que el chimpancé que deben de tener como editor becado en la editorial estaría borracho el día que se encargó de este libro, porque incluye saltos de párrafo totalmente incoherentes, como cada vez que aparece el nombre de la novia del protagonista.

En fin, a la edición le otorgo una puntuación de tres coliflores y media sobre ocho.

Jaime Rubio (Barcelona, 1977 – 2016) es un joven escritor catalán que intenta abrirse paso a base de patadas en la espinilla en el agresivo mundo editorial español. Autoproclamado gurú de internet y amante 3.0, fue tristemente conocido hace unos años por encabezar una curiosa facción del catalanismo: aquella que pretendía que Cataluña se separase del resto de España, para llamarse —la comunidad autónoma escindida— España, y que el resto del país eligiese otro nombre, siempre que no fuese algo como España II, España la Buena, Aquí Hay Paella y otros nombres similares. Cuando amainó la polémica, no se volvió a saber de él, excepto por algún que otro escándalo nocturno fruto de sus juergas con el filántropo Salvador Sostres.

Y ahora vamos a la historia en sí. En general, el libro está entretenido, se lee rápido. Y la historia podría tener algo de gancho, de no haber existido un error tan de bulto, que uno no entiende cómo no han sido despedidos treinta o cuarenta trabajadores de la editorial, así como el amigo de copas de Rubio al que le haya enseñado el borrador en primer lugar. Voy.

La trama comienza con un joven barcelonés que se suicida de un disparo en la cabeza. Al enterarse la policía, acude al domicilio para detenerlo por sospechoso de suicidio, y días después comienza el juicio contra él. Pero, vamos a ver…

¿¿ES QUE NADIE SE HA DADO CUENTA DE QUE SI ESTÁ MUERTO NO SE LO PUEDE JUZGAR??”111

Este error, del que parece que ni Rubio, ni su amigo ebrio, ni el chimpancé editor ni nadie más se han dado cuenta, es olvidado pronto por el narrador —que encima es ¡en primera persona! Es decir, que el muerto no solo es juzgado, sino que cuenta la historia, toma ya— y durante todo el resto de la novela la gente actúa como si estuviese vivo. Asistimos al juicio, a los intentos de fuga, al juicio de apelación, a las escabrosas aventuras extramatrimoniales de los padres del muerto y otros vergonzosos episodios en los cuales podemos encontrar alguna palabra gruesa exactamente cada 162 palabras (como pene, vagina y cosas del estilo, pero dicho más como de chuletilla de extrarradio, ya me entendéis).

En fin, deseo toda la suerte del mundo a este escritor para su próxima novela, pero le aconsejo que la próxima vez cuente con alguien sin daños cerebrales evidentes antes de enviar su trabajo a la imprenta.

(Hay, por cierto, abierta una suscripción popular para ayudar a Jaime a pagar las facturas del psiquiatra, con la que podéis colaborar haciendo clic aquí. Si se arregla en la medida de lo posible la cabeza de este hombre, todos saldremos ganando.)

Amor de cuatro milenios

18 de February de 2013

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Restos de escritura cuneiforme en un bajorrelieve —creo recordar que— asirio. British Museum, Londres, agosto de 2009.

¡Ah, el amor! Unos historiadores descifraron en 1939 el contenido de la que, creo, es la carta de amor más antigua que se conserva en su forma original. Alguien escribió hace 4.000 años en una pequeña tabla de arcilla estas palabras:

Para Bibea. Que los dioses, si me son propicios, te conserven la salud. Dime cómo estás. Fui a Babilonia, pero no te vi. Fue una gran decepción. Cuéntame la razón de tu marcha, y permite mi alegría. Mantente siempre bien, hazlo por mí. Gimil.

Poco que ver con el reggaeton. Aquí el artículo original de la revista Popular Science, vía Neatorama.

El derecho a decidir

14 de February de 2013

Por supuesto, de entrada, sí. En una sociedad humana, siempre hay quien decide las cosas. Si no las decide la gente, las decidirá el dinero, u otro tipo de poderes.

Claro, esto no es tan simple, no es que cada uno decida lo que quiera, hay múltiples variables que se deben tener en cuenta: la primera, cómo afectan nuestras decisiones a los demás. Puedo decidir poner la música muy alta en mi casa a las tres de la madrugada, pero los vecinos, tal, ya sabéis. Aun así, me repito: en términos absolutos, siempre es mejor tener capacidad de decisión que no tenerla, porque si no decides tú, alguien decidirá por ti —por eso, tras muchos años de firme proselitismo abstencionista, ahora digo: ¡votad siempre!—.

Pues resulta que estaba revisando la etiqueta Libros en mi blog, para un asunto personal que no os interesa, y llegué a la crítica que escribí sobre la monumental obra Persépolis, de la dibujante de cómics iraní Marjane Satrapi; por algún motivo, en aquel momento, hace casi cinco años, elegí esta viñeta para ilustrar el artículo.

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Resulta que todo sigue teniendo sentido: en pueblos analfabetos —¿hay alguno que no lo sea, excepto algunos de los nórdicos?— , la bandera y el odio al que tiene un dios distinto es lo que más aglutina las mentes, las aspiraciones, la acción. Lo vemos en España, con los nacionalismos llamados periféricos, y el nacionalismo llamado no nacionalismo —el español—, que hace a la gente olvidar crisis y recortes y creerse todas las mentiras que cuentan, por ejemplo, los medios oficiales catalanes a los catalanes, y los medios oficiales estatales a todos los españoles; y lo vemos, por desgracia, en muchos países árabes, donde se han librado, o se están librando de tiránicas satrapías que gobernaban al servicio de los poderes económicos occidentales para votar democráticamente a gobiernos que imponen la ley islámica. Toma ya.

Quien piense que estoy en contra de Cataluña o de su nacionalismo en particular no me conoce; y quien piense que rechazo la religión islámica por encima de otras, es que no me conoce tampoco (de hecho, considero patria y religión casi como sinónimos). Pero la viñeta de Satrapi es absolutamente certera, tanto, que duele.

¿Entonces, estoy en contra del derecho a decidir en según qué casos? No. Por supuesto, no me gusta ningún país gobernado por leyes religiosas, se llame Egipto o Ciudad del Vaticano; tampoco me gusta que se me pida un pasaporte en la frontera con Cataluña, como no me gustaría que a un catalán se lo pidieran para entrar en La Rioja: me gustaría llamarme paisano de ellos, pero es cosa aparte. Creo que la viñeta de Persépolis tiene también la solución. Es necesario educar a la gente. Mejor. Y ya.

Es decir: hacer justo lo contrario de lo que estamos haciendo.

¿Nos sirve Finlandia?

3 de February de 2013

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Día del Docente, Melilla, enero de 2013.

Una pesadilla en la cocina particular me ha impedido ver el programa Salvados de hoy, que prometía estar interesante, ya que hablaba de lo mío, la educación. En unos minutos —cuando lo cuelguen en la web— lo veré, pero no espero encontrar nada que me sorprenda, ya que he leído millones de píxeles sobre el tema.

La educación en Finlandia funciona, y mucho mejor que la de nuestro país, aun siendo el nuestro uno de los de la OCDE que más gasta por alumno. Las cosas, sin embargo, no están tan mal por aquí. Me explico brevemente: sí, nuestro país está por detrás de unos cuantos que nos hieren en el orgullo, pero la cosa en realidad no es tan catastrófica. Si bien es cierto que Finlandia y Corea del Sur están bastante por delante del resto de estados, en segundo lugar nos encontramos con un puñado de países con niveles muy similares, así que la distancia entre España y el que está diez puestos por delante —o por detrás— puede ser de milésimas.

Además, hay que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, España es uno de los países que más ha avanzado en el sector educativo en los últimos veinte o treinta años. Y partíamos de una situación catastrófica. Hace solamente treinta años, aún estábamos funcionando con una ley del régimen anterior (la Ley General de Educación de 1970), pensada para una sociedad muy diferente, sin igualdad de oportunidades, sin un estado que pudiera llamarse de derecho, sin democracia, sin educación para todos. Yo aún recuerdo, y toda la educación que he recibido ha sido en un estado ya democrático, como compañeros míos abandonaban el sistema educativo en la EGB (ahora, Primaria) y nadie se preocupaba, educativamente, por ellos. La denostada LOGSE fue la primera que se tomó en serio una escolarización total de la población, hasta los —ciertamente discutibles— dieciséis años, invirtiendo además mucho dinero y mucho seso en mantener en el sistema educativo a los alumnos con más dificultades para seguir. La educación no solamente debe medirse en términos de resultados comparativos, sino también en los éxitos en la tarea de conseguir que sea un bien que llegue a todos los ciudadanos. En este sentido, dudo que haya muchos países de la UE que, partiendo de una situación tan desgraciada, hayan avanzado tanto.

Pero, por otra parte, y aunque siente bien criticarlo todo sin datos y aunque el desprestigio de todos los que no seamos nosotros sea uno de los deportes nacionales, la situación de hoy, sin fijarnos en la evolución, tampoco es catastrófica. Aquí tenéis un archivo en formato PDF sobre los resultados del informe PISA del año 2009 (los últimos que he encontrado) con distintos factores ordenados. Andamos por la mitad de la tabla. Pero si nos fijamos en un epígrafe concreto al azar (por ejemplo, voy a coger el primero, que es algo así como «competencia lectora general»), vemos que nuestra amada Finlandia obtiene una puntuación de 536, mientras España un ¿desastroso? 481. ¡Son 55 puntos de diferencia! Pero otra forma de verlo es que, si Finlandia es un 10, España es un 8,9. Ya no parece tan grave, ¿verdad? Irlanda, siguiendo la misma proporción, tendría algo menos de 9,3, y Austria, por ejemplo, no llega al 8,8. Ya podemos respirar un poco más tranquilos, ¿verdad?

Hay algo que seguro que tratará el programa de Jordi Évole, y es la cuestión de que, en Finlandia, el acceso a la docencia de Primera es muy dura. Es necesario un expediente académico excelente, y solo los mejores de cada facultad pueden acceder a ser maestros. Muy diferente de aquí, desde luego. El grado de Magisterio, según me cuentan, es, por así decirlo, demasiado fácil. Pero no concentremos las críticas: yo, con una Licenciatura considerada de las facilitas y una especie de broma llamada Certificado de Aptitud Pedagógica (que ahora creo que es una broma algo más larga y mucho más cara), y tras unas duras oposiciones, soy profesor de Secundaria del Estado. Aunque las oposiciones no son algo sencillo ni nada que se le parezca, está claro que en el sistema finlandés están seleccionando a los mejores de los mejores, y aquí no. ¿Nos iría mejor si la selección de los profesionales de la educación fuese más cuidadosa? Pocas dudas albergo sobre ello. No obstante, sí tengo una duda, y la considero tan importante que le voy a dedicar un párrafo aparte. Duda:

¿Es posible tener a los mejores, a los que hayan demostrado a lo largo de años de dedicación una valía y un esfuerzo muy superiores a la media, pagando los sueldos que se pagan en este país, para que luego cualquier mastuerzo apilando ladrillos cobre el triple que tú? La respuesta también la tengo clara. Y ¿es posible tener a los mejores, cuando, después de alcanzar el trabajo que quieres, al que te quieres dedicar, eres para la práctica totalidad de la sociedad un vividor que no sabe nada? ¿Una especie de adversario de alumnos y padres, al que buscarle las cosquillas, que no tiene crédito alguno, ni respeto por parte de nadie? ¿Al que un alumno puede levantar la voz, ridiculizar y menospreciar, y que cuando el profesional se queje, en un gran número de ocasiones el alegre progenitor cuestiona delante de su propio hijo? Vamos a decirlo más claro, y por ello más crudo: ¿Creéis que una persona con dos dedos de luces se expondría a menosprecios y agresiones por 1.600 euros mensuales? Yo creo que no.

La sociedad piensa que dentro de los cuerpos de profesores y maestros del Estado estamos los más vagos, ignorantes, desequilibrados y vividores de la nación. Ni siquiera voy a cuestionarlo, asumiré simplemente que es cierto. Lo único que digo es: si quieres a los mejores, págales como a los mejores y haz que los respeten. Si no, cualquiera que sea más o menos avispado huirá de esta profesión como de una mala enfermedad. Se irá a trabajar a la obra por 2.500 al mes, o, si es listo de verdad, se meterá en algún partido político a cobrar sobresueldos.

Pero ni tan siquiera creo que sea esa la cuestión de fondo. La cuestión de fondo es: Finlandia no es España. Lo que sirve para un país, podría no servir para otro. Ojalá fuese tan fácil: bastaría en irnos a otro país que funcione mejor que nosotros en algo, copiar todo lo que hacen, y vale (por ejemplo, todos los países podrían haber copiado el sistema de Sanidad que teníamos, que era la envidia del mundo antes de que se lo cargase el Partido Popular). Pero la realidad es bastante más poliédrica. Partimos de situaciones históricas distintas, de sociedades distintas, de climas distintos. Pasé unas inolvidables vacaciones en Noruega hace unos años, y allí la gente lee mucho. Pero es que a partir de cierta hora el clima te impide salir a la calle sin morir. Además, la televisión era basura (vale, en eso no éramos tan distintos). Se respiraba cultura en el aire, y no hablo simplemente de centros educativos: en cada esquina del país había un aprecio por la cultura, por el arte, la ciencia, la literatura. Preguntabas a cualquier Noruego de quién se sentían orgullosos, y cualquiera te hablaba de Edvard Munch, de Henrik Ibsen, de Peer Gynt. ¿Alguien de aquí diría Picasso, Delibes, Manuel de Falla? No, mientras tengamos nadales, iniestas y busquets. Nuestra enfermedad está en la calle y en los hogares, no en colegios e institutos.

La educación en este país no solo tiene arreglo, sino que lo necesita. Y podemos aprender mucho de Finlandia. Pero no cometamos el error de pensar que todo se arregla clonando: estaríamos administrando la misma medicina para tratar enfermedades muy distintas.

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