Ars longa, vita brevis

La educación inútil

30 de January de 2013

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Permitidme que empiece con una historia personal. A quien no le interese mi vida, puede leer el grueso del artículo aquí.

Entre 2002 y 2003 estuve trabajando en una oficina bancaria como cajero. A pesar de mi formación en Filología Hispánica —especialidad en Lengua Española—, ni me apetecía ser profesor, que era prácticamente la única salida profesional para mis estudios, ni el banco encontró problemas en que un destripalibros estuviese tras una ventanilla. Mi experiencia no superó el año, aunque el trabajo me gustaba y, a decir de mis jefes, lo hacía bastante bien. En pocos meses me asignaron la caja de las empresas, donde se movían cantidades grandes de dinero y donde las operaciones eran más complicadas que las de las ventanillas destinadas a vosotros, despreciables mortales, en las que casi todo se reduce a tres o cuatro operaciones (retirada de efectivo, ingresos, transferencias, pago de recibos, sus respectivas anulaciones, y ocasionalmente un cambio de divisas o un pago judicial; muy poco más). Todo lo aprendí allí. Era normal, ¿no? Después de todo, mis conocimientos universitarios consistían en mucha Literatura, mucha Gramática, mucha Semántica, bastante Filosofía, algo de Historia, Latín, Griego, Inglés, prácticamente nada de Matemáticas y Física, aunque algo sí (ciertamente, mucho menos de lo que me habría gustado, pero sí, algo de eso hay en Filología). Era normal, decía. Hay un hecho que no lo hace parecer tan normal. Cuando mis superiores tuvieron claro que el banco (al que, a partir de ahora, llamaré «el Banco») iba a prescindir de mis servicios, me asignaron como aprendiz a un economista, para que le enseñara los entresijos de las dos grandes cajas fuertes con apertura retardada y de las complejas operaciones bancarias comerciales, que incluían movimientos en el extranjero, pagos en distinta moneda y cosas más complicadas.

¿Qué pasa, que un filólogo con unos meses de experiencia sabe más de banca que un economista recién escupido de la facultad? Es obvio que no. Pero en la facultad no le habían enseñado a operar con el software bancario al uso, ni los detalles de muchas operaciones. Y ello a pesar de que, por supuesto, una de las principales salidas de un economista es la banca (bien es cierto que, siendo la docencia la principal opción de filólogos, filósofos, historiadores y demás, tampoco nos enseñan en la universidad maldita la cosa sobre pedagogía).

Claro, el Banco no desea que un licenciado en economía se pase su vida laboral contando billetes. Para eso sirve cualquiera. Al final, lo que quiere es gente que venda productos. Y productos que son difíciles de vender: tened en cuenta que, al fin y al cabo, el negocio del Banco es este. Dame tu dinero. Y a cambio yo no te doy nada. A lo sumo, te quitaré de vez en cuando parte de tu dinero en comisiones.

(Hay merluzos que acuden como moscas a las heces cuando alguna entidad anuncia una oferta de cacerolas, batidoras, o qué sé yo por tener un dinero en depósito durante un tiempo. No saben, claro, que el Banco siempre gana. No solo gana mucho más teniendo ese dinero retenido durante ese tiempo que lo que le cuestan las cacerolas, ganancia que, por cierto, siendo un poco avispado, el cliente también podría multiplicar; además, las susodichas cacerolas se entregan en concepto de intereses, con lo que el rendimiento de la cuenta baja, y, por otra parte, en la declaración de la Renta pagas por esos intereses. Sin embargo, si hay algún empleado —o ex— bancario leyendo esto, sabrá bien lo que tiene que aguantar uno tras la ventanilla, la mala educación de los pequeños codiciosos, que han llegado a insultar a un servidor cuando se negaba a prestarse a sus chanchullos. Pero vayamos a lo nuestro.)

Así que mi sucesor, en unos pocos meses, estaba en una mesa, vendiendo hipotecas, seguros, préstamos y participaciones preferentes. Para eso hace falta poco, y nada —creo— de lo que te enseñarán en Ciencias Económicas: don de gentes, labia, buena presencia, ser avispado y guardar tus escrúpulos en algún cajón del cuarto de baño de tu casa antes de ir a trabajar. Creo recordar que a mi aprendiz le fue bien, pues meses más tarde, siendo yo ya profesor, lo vi en una mesa, contento con su puesto. Envidió, sin embargo, las nóminas de un profesor de Secundaria como yo, pues había visto varias de colegas míos a los que había vendido productos. El Banco, ay, ya no es lo que era. Allá donde estés, un abrazo. No recuerdo tu nombre.
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Dos ciudades, dos épocas, dos mundos

29 de January de 2013

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Fuente de la imagen (Paul Glazzard).

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

Cualquiera que haya leído el libro —e incluso muchos de los que no— habrá recordado esta cita: es el inicio de la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Dejando aparte la calidad de la historia y el arte de su narrativa, tengo unos cuantos pasajes subrayados que parece que nos vienen como hechos a medida en la situación actual, y no está de más rescatarlos, para ver que nosotros, el populacho, tropezamos con la misma piedra las veces que haga falta.

El primero de ellos me lo ha traído a la memoria una noticia que parece de ficción. Resulta que el presidente de la Diputación de Ciudad Real (PSOE) pretende contratar a un chófer para su coche oficial. Hasta aquí, nada raro (es triste, pero nos hemos acostumbrado a pagar coches oficiales a todo Dios). Lo interesante viene cuando nos enteramos de que ya hay más de 25 (veinticinco) chóferes al servicio de la Diputación, pero resulta que no le sirven; quiere contratar a otro porque el presidente necesita (cito textualmente) la música que el presidente desea, el olor que quiere, los elementos de comodidad que solicita, el nivel adecuado de climatización, la velocidad de transporte que le gusta. A mí también me gustaría que fuera broma, pero aquí tenéis la noticia (y aquí algo ampliada). La explicación, parece ser, es que el choferable es un amigo. Del partido, claro.

Aquí, la cita:

[...] en eso empleaba cuatro hombres, [...] y los cuatro eran necesarios para que el feliz chocolate llegase a los labios de Monseñor. Un lacayo llevaba la chocolatera hasta la sagrada presencia; otro picaba el chocolate con un instrumento expresamente reservado para este menester; el tercero presentaba la favorecida servilleta y el cuarto [...] vertía el chocolate en la taza. Le habría sido imposible a Monseñor prescindir de uno solo de aquellos hombres para tomarse el chocolate [...]. Sin duda alguna habría caído una gran mancha en el blasón del señor si tomara el chocolate servido solamente por tres hombres, pero de haber sido servido solamente por dos, no hay duda de que ello hubiese sido causa de su muerte.

Para la segunda cita acudiremos a dos noticias que, aunque no lo parezca, están íntimamente relacionadas. La primera es el indulto concedido a un conductor que, tras recorrer varios kilómetros en sentido contrario, causó un accidente que costó la vida a un joven. El Gobierno ha tenido esta medida de gracia con el delincuente probado, que, casualidad, tiene más de un sospechoso lazo de unión con algunos miembros del Partido Popular.

La otra noticia. Una joven ingresará en prisión en unos días, si un indulto o un milagro no lo remedian, por haber gastado 193 euros de una tarjeta de crédito ajena que se encontró. Cuando cometió el delito —hace casi seis años— estaba desempleada, y sus dos hijas tenían cuatro años y uno y medio. Con los 193 euros compró pañales y comida. La jugada le salió bien, pero en un segundo intento de compra la denunciaron, detuvieron, juzgaron y condenaron.

Pocos niños se veían [en el pueblo], y ningún perro. En cuanto a los hombres y a las mujeres, sus esperanzas en esta tierra se comprendían o en vivir de la manera más mísera en el pueblo, a la sombra del molino, o gemir en la prisión de la fortaleza que dominaba el despeñadero.

Dickens hablaba de dos ciudades: Londres y el París prerrevolucionario, muy pocos años antes de que ese populacho famélico y maltratado engrasara y afilara las guillotinas. ¿Podemos comparar, nosotros, esa época con la nuestra? ¿Estamos al borde de ese estallido social, de que nos cueste aún más sangre y desorden el despilfarro y la tiranía de políticos y empresarios corruptos?

Lo que es seguro es que, con todas las revoluciones que queráis, sí que podemos decir que se sigue viviendo en dos mundos: uno para los poderosos y sus cortesanos, que pueden jugar con las vidas de los demás —e incluso perderlas— sin mayores consecuencias; otro, para el vulgo, los trabajadores, para los que siempre hay sitio en prisión.

Losing my Religion pasada a mayores

22 de January de 2013

Una de las mejores definiciones que he leído de «música» aparece en el libro de Enric Herrera Teoría musical y armonía moderna, volumen I. Dice:

« [...] es el arte de ordenar los sonidos con el fin de crear una determinada emoción en el oyente.»

Me he acordado de esa definición al encontrar un vídeo en el que se ha hecho un curioso experimento: se ha tomado la canción Losing my Religion, del grupo REM, y se han pasado todos sus acordes que estaban en modalidad menor a mayor. Aquí tenéis la canción original —supongo que la conoceréis casi todos, pero por si acaso hay zagales entre el público—:

La canción, que personalmente me parece muy buena, tiene cierto tono melancólico y tristón, algo que yo, al igual que supongo que muchos otros músicos, relaciono con los acordes menores. La armonía de los acordes menores encaja perfectamente con la letra de la canción y su pesimismo. Aquí tenéis la canción modificada. Apreciad como, aun reconociéndose que es el mismo «tema», las emociones que sugiere son muy distintas:

¿Qué os dice a vosotros cada una de las versiones? Vía Boing Boing.

Las ventajas del deseo

15 de January de 2013

Las ventajas del deseo

Si os abordara en la calle un tipo pidiendo que ayudaseis con algo de dinero (una cantidad ínfima, un par de euros) para contribuir a paliar el hambre en algún país africano, ¿lo haríais? Y si, en lugar de ello, el mismo tipo os hubiese pedido la misma cantidad para una niña con leucemia en, qué sé yo, Vitoria, ¿qué?

Si actuáis como la inmensa mayoría de la gente, hay muchas más probabilidades de que dieseis vuestro dinero a la niña con leucemia que a los cientos de miles de niños africanos. Y lo más probable es que tenga muy poco que ver con el racismo: tanto daría que la niña de Vitoria fuese una inmigrante senegalesa. Sin embargo, si pensamos el asunto con frialdad, nuestro comportamiento carece de toda lógica.

En el libro Las ventajas del deseo, escrito por el profesor israelí Dan Ariely, se da cuenta de esta y otras muchas paradojas de nuestro comportamiento y de nuestra experiencia ante diversas situaciones cotidianas, con resultados a menudo sorprendentes, como que está demostrado empíricamente que una experiencia placentera se disfruta mucho más si se ve sometida a constantes interrupciones, o que una situación desafortunada nos hace mucho más desgraciados si la sufrimos en pequeñas dosis que si afrontamos todo el dolor de golpe.

Dan Ariely es profesor de una asignatura llamada Economía del Comportamiento. Cuando era un adolescente sufrió un percance que le causó quemaduras de tercer grado en el 70% de su cuerpo, lo que le obligó a someterse a largas y agónicas sesiones de recuperación y decenas de operaciones, y además le ha dejado huellas bien visibles en su aspecto físico (no cuento esto como un detalle morboso; él mismo, en el par de libros de su autoría que he hojeado, suele contar la historia y darle un sentido dentro de lo que cuenta). Ha impartido clases en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo —como el MIT— y sus charlas en el proyecto TED acumulan millones de visitas (esta, por ejemplo, que es bastante divertida, la podéis ver con subtítulos en castellano).

Gran parte de las investigaciones de Ariely (en este libro, y en el primero de la serie, Las trampas del deseo, que estoy esperando recibir) vienen a demostrar que nuestra intuición no sirve de mucho a nuestros propósitos. Es decir, que, aunque siempre tengamos el racional deseo de actuar en beneficio propio, nuestras pautas de comportamiento nos hacen a menudo tomar decisiones que no solo no son las óptimas para nuestros intereses, sino que en ocasiones están dirigidas por entidades para que nos comportemos de determinada forma (sí, me estoy refiriendo a los publicistas).

Un ejemplo típico es el que expone Ariely al comienzo de Las trampas del deseo (modifico ligeramente los datos). Imaginad que queremos suscribirnos a un periódico y para ello acudimos a la página web. En ella, encontramos tres ofertas:

1. Suscripción anual al periódico online (en formato PDF) por 40 euros.
2. Suscripción anual al periódico en papel (recibido en casa) por 60 euros.
3. Suscripción anual al periódico online + en papel por 60 euros.

Este ejemplo está obtenido de uno real que el profesor Ariely vio en una web. Después eligió a unos participantes voluntarios para que decidieran qué oferta elegirían. Antes de seguir leyendo, ¿cuál elegiríais vosotros?
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¿Y por qué hablamos?

10 de January de 2013

¿Por qué hablamos? ¿Por qué, entre tantas formas de comunicación posibles, la preferida por nuestra especie es la palabra hablada? ¿Tiene que ver con la inteligencia? ¿Habría sido posible desarrollar una inteligencia superior, como la del ser humano, si nuestra forma preferida de comunicación fuese otra? A la inversa, ¿habríamos desarrollado un lenguaje oral de doble articulación si la evolución de nuestro cerebro hubiera seguido otros derroteros? ¿Por qué no pueden hablar los monos?

Estas y muchas otras preguntas relacionadas con el lenguaje y con la comunicación en general han originado ríos de tinta y montañas de libros, y lo seguirán haciendo, aun a sabiendas de que muchas de ellas tienen una respuesta muy difícil de obtener, y de que hay otras que, o se desmonta la Teoría de la Relatividad y se empiezan a realizar viajes hacia atrás en el tiempo, o no obtendrán una respuesta nunca (como, por ejemplo: ¿cuál fue la primera palabra?).

Hay una de esas preguntas, sin embargo, que tiene una respuesta ampliamente aceptada y que se da prácticamente por cierta en casi todos los círculos lingüísticos. Esta pregunta es: ¿Por qué hablamos? O, expresada de otro modo: ¿Por qué nuestro principal canal de comunicación es acústico, siendo, como es, la vista el sentido más desarrollado por nuestra especie, y del que más nos fiamos? ¿Por qué, a pesar del consabido refrán de que vale más una imagen que mil palabras, sigue siendo la palabra nuestro principal medio de comunicación? ¿Por qué podemos expresar cualquier cosa con palabras, pero no con imágenes?

La respuesta, en una palabra, es: desertización.

Viajemos, mentalmente, en el tiempo.
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El poder en la sombra

2 de January de 2013

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Autor: Robert Harris. Género: Intriga política. Versión para iBooks de Apple (aquí, en su versión para Kindle). Editorial Grijalbo. 352 páginas.

—Hubo una época —empezó a decir Kate tras lo que me pareció un interminable silencio— en que se suponía que el príncipe que llevaba a su pueblo a la guerra debía estar dispuesto a arriesgar su vida en la batalla. Ya sabes, a enseñar con el ejemplo. Sin embargo, los príncipes de ahora viajan en coches blindados, acompañados por guardaespaldas armados hasta los dientes, y ganan fortunas a cinco mil kilómetros de distancia mientras el resto de nosotros nos tenemos que enfrentar con las consecuencias de sus decisiones. [...]

Nos venden los viajes como un acto de libertad, pero allí éramos tan libres como ratas de laboratorio enjauladas. «Así es como organizarán el próximo holocausto —me dije mientras avanzaba arrastrando los calcetines—. Se limitarán a darnos un billete de avión, y nosotros haremos todo lo que nos digan.»

El término «negro» designa en castellano a un escritor que realiza un trabajo que saldrá bajo la autoría oficial de otro. A veces eso ocurre con escritores de éxito, a quienes su editorial demanda una frecuencia de publicación imposible para suplir la demanda del público —se rumoreó durante un tiempo que, por ese motivo, Stephen King contrató a un negro—; otras, como en el caso de la historia de esta novela, es algún personaje público sin aptitudes literarias quien lo contrata para escribir sus memorias. En inglés, el término empleado es ghost-writer («escritor fantasma»). La gran diferencia entre los términos en una y otra lengua hace que se pierdan en la traducción un par de juegos de palabras, nada grave (como cuando el narrador dice, en castellano, que va a ser «el negro de un fantasma»).

La primera vez que me topé con esta historia de Robert Harris fue al ver la película de Roman Polanski, que me pareció muy buena —como casi todo lo que hace—, y lo cierto es que cuando empecé a leerla ni siquiera sabía que se trataba de la fuente original del filme. Luego no me importó, porque recuerdo que la trama de la película me había parecido muy interesante y bien montada, y además la novela está bastante bien escrita.

Y a partir de aquí, si sigues leyendo, te desvelaré detalles de la historia que no te gustará saber por anticipado si tienes pensado leer el libro o ver la película, y garantizo que algunos giros de la trama son muy interesantes y sorprendentes, así que sigue asumiendo tu propio riesgo.

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Cataluña, a vuela pluma

15 de October de 2012

1. Me gusta Cataluña. Me gusta en concreto y en abstracto. En concreto, porque he pasado muchas —y a veces, más o menos largas— temporadas o jornadas allí, y me gustan el clima, el paisaje, las ciudades, el ambiente, la cultura y, en general, la gente. Me gusta en abstracto porque me parece que añade a mi país —estado, nación, eso me da igual, lo explicaré luego— varias de las mil notas de color que tiene España en sus fiestas, en sus artistas, en sus formas de ser, etc. Me gusta el idioma, me encanta que puedas oír tranquilamente al menos dos idiomas en cualquier calle, y que haya conversaciones bilingües. Como profesional y relativamente entendido en Filología, me parece harto interesante. Me gusta también bastante la sensación de estar dentro de mi país, de no necesitar el pasaporte para estar en un sitio que es bastante distinto a otros dentro de las mismas fronteras.

2. No he tenido prácticamente malas experiencias allí relacionadas con la identidad nacional. Tal vez sea porque yo no tengo ninguna. Pero no recuerdo que nunca se me haya menospreciado o insultado por ser de fuera, ni tampoco un nacionalismo, digamos, agresivo. Yo no entiendo el nacionalismo —ni el catalán, ni el español, ni el europeo, ni nada de eso, no sé si será una consecuencia de ser melillense—, pero tampoco he visto que en los catalanes con los que me he cruzado sea algo excluyente o destructivo. ¿Será por el famoso seny? No puedo decirlo.

3. Jamás comprenderé el orgullo de ser catalán, ni el de ser español. Me parece lo mismo que sentirse orgulloso de ser caucásico o negro, alto, guapo o de haber nacido en 1975: una memez. A veces —pocas— me siento orgulloso de mis acciones; otras, avergonzado de ellas. Pero de haber nacido en el mismo país en que nacieron Ramón y Cajal o Francisco Franco… No tengo responsabilidad en ninguna de sus acciones, por suerte o por desgracia, ni tampoco creo que ellas se deban a algún gen histórico o nacional que cree en este trozo de tierra grandes médicos o grandes tiranos.

4. ¿Se puede ser más torpe que Wert? Españolizar a los alumnos catalanes. En primer lugar, no es necesario españolizar a quien es español. Ojo, no hablo de sentimientos. Un catalán puede sentirse muy español, o nada, y también muy o poco catalán. Pero es español en cuanto que ha nacido en España, igual que es catalán porque ha nacido en Cataluña. Pero aquí pasan dos cosas. Primera, que Wert propone hacer desde el gobierno lo mismo que le parece aberrante que se haga desde la Generalitat: adoctrinar en los sentimientos. Y eso es posible hacerlo —más adelante entraré en el tema—. Pero si te parece mal que se haga desde un lado, debería parecerte mal también desde el otro. Segunda, que Wert comete el típico pecado de la derecha centralista (no de toda la derecha, puesto que CiU, sin ir más lejos, es un partido conservador) de este país: pensar que solamente hay una manera de ser español, y eso no es cierto, hay más. Encuesta tras encuesta, por ejemplo, tenemos una mayoría de catalanes que se sienten españoles en parte. ¿En qué parte? Variable. Algunos se sienten solo españoles, otros más españoles que catalanes, y otros más catalanes que españoles. También hay quien se siente solo catalán, claro. Pero Wert y el resto de gobernantes deben entender que hay gente que no tiene problemas con esto de ser español, y el castellano no es su primera lengua, y eso nunca ha constituido una catástrofe. Yo ya digo que no entiendo de sentimientos nacionales, pero me parece igual de concebible que uno ponga en primer lugar la senyera y en segundo lugar la rojigualda, y al contrario. No entiendo que alguien se sienta orgulloso de ser catalán, pero tampoco que lo haga de ser andaluz, navarro o castellano leonés, y me he encontrado orgullosos de todos los rincones. Y casi todo el mundo siente alguna patria, sea grande o chica. Un político nunca dejará de apelar a los sentimientos, porque si apelase a la razón, probablemente se quedaría sin trabajo.

5. Creo que los catalanes que odian al resto de los españoles, al igual que el resto de españoles que recelan de los catalanes, son una minoría, pero una minoría ruidosa. Lo digo tanto por mi experiencia como por mi lógica. La gente tiene problemas más importantes. Es verdad que la prensa del odio vende mucho, y más últimamente, pero casi nunca en conversaciones normales con gente normal afloran esos sentimientos negativos. Quizás, incluso, estamos amplificando algo que no es tan grande (me refiero al odio).

6. Que en Cataluña hay cierta tendencia a la uniformidad y al seguidismo del gobierno de su Generalitat es algo notorio y bobo de negar. No hay más que recordar que, en un país con prensa que supongo libre, las principales cabeceras de los periódicos catalanes más leídos publicaron un editorial conjunto cuestionando la autoridad de todo un tribunal constitucional. Doce periódicos, una opinión. Independientemente de que el editorial sea incuestionable —que no lo es, como no lo es ninguno—, la unanimidad de opiniones, en democracia, siempre me ha parecido, si no sospechosa, sí, sencillamente, perjudicial para la libertad de prensa y para eso que llaman el pensamiento plural.

(El último ejemplo de esto mismo lo oí el otro día en Radio Nacional de España, pálida sombra de lo que fue con el gobierno anterior, donde, en un debate sobre esto mismo del llamado desafío independentista, la voz de los tertulianos era única: la eventual independencia de Cataluña sumiría a la Península, al orbe y al universo en un caos autodestructivo. Ni una opinión había no ya independentista, sino que al menos dijera que, no gustándole la independencia de Cataluña, tampoco iba a arder Roma si se producía. No me gustan los puntos de vista únicos.)

Otro ejemplo de este seguidismo es la jornada de protesta que algunos centros públicos de educación montaron el doce de octubre. Ignoro si los que la siguieron fueron mayoría —imagino que no—, pero me parece muy poco sano que en un centro de educación se realicen jornadas para apoyar las reivindicaciones de su gobierno que, si bien legítimas, son, como todas, también cuestionables. Un centro educativo que decide reírle las gracias a un gobierno (el catalán, en este caso) me parece igual de, elijan, pernicioso, pelota y defensor del pensamiento único que un medio de comunicación que ríe las mismas gracias al mismo gobierno. La prensa es un cuarto poder; la escuela aún no se contempla como tal, pero me avergüenza como docente que un colega abra las puertas de un centro de educación para exponer las bondades de un proyecto político concreto. Imaginad la situación inversa: el día de la Constitución —esa que consagra el estado autonómico y la pluralidad de identidades del Estado—, que es festivo, yo organizo charlas en contra de las autonomías y a favor de un centralismo único y castellano sin fisuras, que es el que parece que le gusta a mi ministro Wert. Es una postura supongo que legítima, pero no me parece legítimo aprovechar mi condición de empleado público para decirles a mis alumnos que esta idea política concreta está bien, pero esta no. No considero que mi sueldo ni las instalaciones que utilizo en mi trabajo, que parten todos del erario público, deba utilizarlos para defender las ideas de un gobierno, sea central o autonómico. No me pagan para hacer la campaña electoral a mi gobierno. Es más, no me paga mi gobierno. Me paga el Estado. Y me paga para una cosa muy concreta. Y siendo el nacionalismo —todos— como es, una religión, considero incluso que la defensa de unos ideales políticos, como docente, es una actitud que roza la legalidad.

7. El nombre de Cataluña, en castellano, es «Cataluña», como el de Lérida es «Lérida» y el de Vitoria, «Vitoria». El nombre oficial de esos lugares es, respectivamente, «Catalunya», «Lleida» y «Vitoria-Gasteiz». Esto implica lo siguiente. En primer lugar, que en los documentos oficiales españoles —tanto si son de las respectivas comunidades autónomas, de otras, o estatales— deben figurar esos nombres oficiales, estén o no en castellano. También quiere decir que en los documentos no oficiales —periódicos, por ejemplo, blogs o televisiones— en castellano deberían figurar los nombres en castellano. Escribir en catalán el nombre de Cataluña en un periódico no oficial que escribe una noticia en castellano (ejemplo) es, simplemente, una incorrección lingüística y una falta de profesionalidad; es hacer como si una palabra de nuestro idioma no existiera. Supongo que habrá motivación política en ello, aunque lo ignoro. Igual de poco profesional y de incorrecto es escribir «Lérida» en un documento oficial, aunque esté en castellano. A mí me parece un absurdo que no se reconozca oficialmente el nombre castellano de las provincias y autonomías con lengua propia, pero el cumplimiento de la ley es un valor más elevado que lo que a mí me parezca bien o mal, y la ley dice que los nombres oficiales son «Catalunya», «Lleida» y «Vitoria-Gasteiz». Y en este país hace falta algo más de cumplir leyes y algo menos de tirar de sentimientos e instintos para hacer en cada momento lo que nos plazca.

8. Enlazando con esto, Mas cometió un error muy español, aunque más tarde lo ha ido rectificando: declarar que el referendo se celebraría sí o sí, por las buenas o por las malas, esto es, por las bravas. Siempre he pensado que el mayor problema de este país es el desprecio absoluto por la legalidad que tenemos todos, desde el más humilde parado hasta los presidentes autonómicos y estatales, pasando por la familia real. Un presidente de una comunidad autónoma que tiene un sentimiento de nación, y gran parte de cuya población aspira a convertirse en un estado propio, con —supongo— sus leyes, no puede perpetuar el mantra de que aquí obedezco las leyes si me conviene, y si no, no. Recordemos que las leyes no están para que todos seamos iguales. Las leyes están para limitar el poder y los desmanes de los poderosos, dotando al total de la población con algo que trasciende los apellidos, el dinero, el pasado y el futuro. Cada vez que alguien decide no cumplir una ley no está beneficiándose; está perjudicando la justicia, la justicia con minúscula, independiente de la Justicia de los juzgados.

9. El argumento de que Cataluña quiere independizarse porque aporta más al total del Estado de lo que recibe supongo que es legítimo (dando por sentado, que no lo sé, que sea verdad), pero se me antoja injusto. Yo también quiero pagar menos impuestos que mi vecino, a pesar de que yo gano más y que él tiene dos hijos y, por lo tanto, el gasto social suyo es mayor que el mío. No creo que una sociedad pueda funcionar así. Que sí, que yo quiero gestionar mis propios recursos, decidir lo que aporto a la educación de sus hijos y eso. Pero, si así fuera, es posible que no quisiera aportar nada a la causa común. De todos los argumentos esgrimidos por el nacionalismo catalán, ese me parece el peor, el más débil y el más egoísta.

y 10. Pero, después de todo, ¿qué problema hay en que los ciudadanos catalanes digan en una consulta si quieren seguir formando parte de este país o no? ¿Qué miedo? Existe la posibilidad de que la mayoría opine que es mejor seguir formando parte de la vieja España. Si pasara eso, sería un buen momento para intentar entendernos mejor y ver qué se hace en el futuro. Y, si la opinión mayoritaria fuese la de la secesión, también sería un momento estupendo para ver lo que hacemos. Hay demasiado nerviosismo por ambas partes.

y 10 (bis). A mí no me gustaría que Cataluña se separase del resto de España. No cabe duda de que ambos escenarios (la Cataluña llamémosla «soberana» y la nueva España sin esa bella esquina) serían interesantes, y ninguno de los dos se hundiría, no nos engañemos. Tampoco creo que la población de la nueva España, si la conozco un poco, guardase rencores y odios a sus antiguos compatriotas. De forma natural, una Cataluña independiente sería un estado miembro de la UE, y probablemente su principal socio comercial sería la España post independencia. Quizás, sí, esto desataría un frenesí en otras comunidades, como el País Vasco o Galicia, qué sé yo. Pienso que una España sin Cataluña sería un país menor, igual que creo que a Cataluña le iría peor fuera de España (aunque sigo pensando que no sería un cataclismo para nadie). Me gusta Cataluña, y cuando voy, me siento en mi país. Pero es innegable que un catalán que vive, trabaja y paga sus impuestos allí tiene una opinión más documentada y probablemente más legítima para hablar de la cuestión. En cualquier caso, no sería el fin del mundo. Quizás sea el momento de que todos se sienten a hablar tranquilamente, hablen de modelos de estado, de nación o de lo que sea, lo arreglen de la mejor forma posible y vuelvan a centrarse en los problemas más importantes de la gente, que los hay, como de qué vamos a comer cuando nos rescaten.

El estado de las cosas (educativas)

9 de October de 2012

Llevo en esto de ser profesor desde octubre de 2004, tiempo suficiente como para haber visto más de un ciclo completo normal de alumnos de Secundaria (cuatro años de ESO más dos de Bachillerato).

Siempre se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay niños «buenos» y niños «malos». Acostumbrados a un sistema educativo anterior que la mayoría de los profesores hemos conocido bien como docentes o como alumnos —en mi caso—, solemos etiquetarlos en esas dos categorías según la facilidad con la que nos permitan hacer nuestro trabajo. Hay incluso, y no solo entre profesores, sino entre padres, adultos sin hijos y aun alumnos, quienes defienden la idea de que habría que sacar a los niños «malos» del sistema educativo, ya que no aprovechan nada de él, pierden su propio tiempo y empeoran la calidad de la educación de «los que sí quieren estudiar» (aunque no creo que haya conocido en toda mi vida a un adolescente que quisiera estudiar). «Deberían» —me dicen algunos— «poder salir tempranamente del sistema normal para aprender un oficio, sería mejor para ellos y para todos los demás».

Yo no estoy de acuerdo con esa clasificación, pero sobre todo no estoy de acuerdo con un sistema que se deshaga de los alumnos difíciles para facilitar las cosas a los más dóciles. Vamos a ver: puedo entender que un bombero prefiera bajar un gato de un árbol antes que subir al cuarto piso de un edificio en llamas para rescatar a un anciano, pero no imagino un mundo en que el bombero, dada la dificultad del segundo trabajo, lo rechace. Soy un orgulloso trabajador de la educación pública, considero un honor —difícil, dados estos tiempos en que parece que tenemos la culpa del desastre económico y, de hecho, nos lo hacen pagar a nosotros— ser funcionario y dedicarme a dar la misma educación a todo alumno que entre por la puerta, sin preguntarle su apellido ni su religión ni pedirle la declaración de la renta del ejercicio anterior de sus padres. No me resigno a rendirme, no me resigno a pensar que hay alumnos a los que, antes de tiempo, se les diga que uno de los caminos académicos —el que, por cierto, le reportará una vida seguramente más plena y satisfactoria en el futuro, y no solo en lo económico— no es el suyo.

Da la casualidad de que soy bastante observador, y compruebo, año tras año y con un margen de error mínimo, que los mejores resultados académicos, el recorrido más exitoso y el futuro más brillante lo tienen en nuestros centros de educación los alumnos en cuyos hogares entra más dinero. Conozco bien el percal, podéis confiar en mí. Esto es así.

Al mismo tiempo, consulto los últimos datos detallados del Instituto Nacional de Estadística (correspondientes al año 2009) y los números son claros: la renta media por persona, con alquiler imputado, es de 10 037 euros para los que tienen el título de la ESO, de 11 925 para los que tienen el Bachillerato, y de 15 772 para los que recibimos una educación superior.

Yo tampoco sé lo que significa renta media por persona con alquiler imputado, pero no necesito saberlo para decir que los números hablan por sí solos. El nivel de estudios alcanzado condiciona la renta media que obtendrás cuando seas adulto. Esto nos lleva a una descorazonadora conclusión: Si tus padres tienen menos dinero, tendrás menos éxito en los estudios. Si tienes menos éxito en los estudios, tendrás menos renta cuando seas adulto. Simplificamos. Si tus padres no tienen dinero, estadísticamente es muy probable que tú tampoco lo tengas cuando alcances la edad adulta.

Esto es inadmisible en un Estado que se califica a sí mismo de social, igualitario y otras bueneces.

Todos hemos oído miles de veces la vieja historia de no sé quién, que venía de una familia humilde, pero trabajaba de día y estudiaba por las noches, y cuando creció se hizo un hombre de éxito, un profesional formado a sí mismo, un potentado. A todos nos gusta oírla. Pero creo que la historia falla en dos puntos fundamentales. Uno, que esos cuentos de éxito son testimoniales. Pocas personas nacen con una fuerza de voluntad y un espíritu de sacrificio sobrehumanos. Dos, que no estoy de acuerdo en que un niño, por proceder de una familia humilde, se vea obligado a desarrollar un esfuerzo mayor que el hijo de un adinerado para obtener los mismos resultados. No es justo que se haga pagar al niño porque su padre no haya tenido éxito en la vida. No debería ser así. No deberíamos vernos condicionados desde la cuna.

Por eso creo que la educación pública, una educación pública de calidad, es la pieza más imprescindible de todas las que conforman un estado que tenga entre sus pilares la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades consiste en que yo pueda acceder a los mismos puestos que el hijo de un millonario, sin que mi origen humilde me obligue a un esfuerzo mayor. Una carrera en que a uno se le hace cargar con una mochila llena de piedras no ofrece las mismas oportunidades a ese que a uno que corra sin cargas.

La Ley Orgánica de Educación del año 2006 (LOE) establece en su Capítulo I, entre sus principios:

a. La calidad de la educación para todo el alumnado, independientemente de sus condiciones y circunstancias.
b. La equidad, que garantice la igualdad de oportunidades, la inclusión educativa y la no discriminación y actúe como elemento compensador de las desigualdades personales, culturales, económicas y sociales, con especial atención a las que deriven de discapacidad.

Esto son muy buenos propósitos, aunque no sean más que eso, propósitos. Siento daros las malas noticias, pero para cumplirlos hace falta dinero. Muchísimo dinero. Es necesario traer camiones de dinero y volcarlos en las puertas de los colegios e institutos, en lugar de traer esos camiones vacíos a los institutos para llenarlos allí y vaciarlos en los bancos. No hablo de los sueldos de los profesores (que, dado que somos los responsables de que los bancos os hayan robado, es justo que nos bajen los salarios). Hablo de que hay alumnos que necesitan estar en aulas con menos compañeros (para lo que son necesarios más docentes). Hablo, también, de programas específicos de apoyo y refuerzo dotados de recursos humanos y materiales, que en este curso se han visto mermados. Hablo de docentes con menos horas lectivas para poder dedicar lo restante de su horario a la atención personalizada de los alumnos que la necesiten con más urgencia. Hablo de becas.

Echo un vistazo al borrador de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, archivo PDF) que prepara el gobierno de Mariano Rajoy con su ministro de Cultura, José Ignacio Wert. Este es el primer párrafo:

La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.

No es una broma, es ese, lo podéis consultar. No hay referencias a la igualdad de oportunidades. Sí al acceso «a puestos de trabajo de alta cualificación», pero como «una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global». O, dicho en román paladino: para competir con los chinos. Investigad cuánto cobran. Pues preparaos a que vuestros hijos estudien para competir con eso. En párrafos posteriores se lían a hablar de imputs, outputs y demás jerga económica, y ya me pierdo (con todos los respetos, ¿quién ha ideado ese borrador? ¿Un licenciado en ADE?).

Solo en el segundo párrafo se habla de la «esfera individual», y de la «integración social» que, puedo ser malpensado, pero me suena a que los pobres accedan a un infrasueldo y así no molesten a los hijos de los ricos en el futuro. Este proyecto de ley consolida la idea que rechazo más arriba: que los alumnos que fracasen (en castellano: los hijos de los pobres) puedan ser desviados al aprendizaje de trabajos manuales o de escasa cualificación, para que dejen tranquilos a los hijos de los profesionales liberales y de los grandes empresarios, para que puedan viajar más tranquilos, ellos sí, hacia un Bachillerato de éxito y hacia un grado de Medicina, Ingeniería, Arquitectura. Este país seguirá siendo el país de tal médico, hijo de tal médico, y de tal obrero de la construcción, que siguió los pasos de su padre. Esta no es la educación que quiero.

Casi todos los cursos conozco a muchos alumnos de 1.º de la ESO. Adivino, por gestos, por comportamientos, porque Melilla es una ciudad muy pequeña, el extracto social de casi cada uno de ellos, y no me suelo equivocar. Pasan los años y me encuentro a algunos en Bachillerato, y a muchos otros no; me encuentro a muchos que, fracaso tras fracaso, son derivados a algún programa de aprendizaje profesional temprano. Otros, simplemente, dejan la educación.

Es desalentador entrar el primer día de clase en un grupo de 1.º y estar seguro de que a fulano te lo vas a encontrar cuatro años después en primero de Bachillerato, pero a mengano no. Pero comprobar, años después, que no te equivocas, no es desalentador, es terrorífico.

Que nadie se ofenda. La educación muestra sus efectos a largo plazo. Por eso interesa tan poco a los políticos, cuyas narices abarcan una visión de, a lo sumo, cuatro años. Pero os aseguro que la educación del curso 2012-2013, como la de todos los cursos, tendrá sus efectos durante décadas.

Podemos elegir. Un país que, en el futuro, esté lleno de buenos profesionales, pero, sobre todo, de profesionales cuyo camino no ha sido marcado por el volumen de las cuentas corrientes de sus progenitores. O un país que, dentro de un par de décadas, necesite millones de policías para proteger a la Merkel de turno.

Si elegimos lo primero, hace falta mucho dinero, y no hay atajos. Y nuestro Gobierno, ay, ya ha elegido.

Libertad

29 de September de 2012

La Comisión Islámica de Melilla ha convocado una protesta esta tarde en la ciudad para quejarse —¿a quién?— por el bodrio ese de película que circula por internet y ya, de paso, por una de las últimas portadas de la revista satírica El Jueves.

Que cada uno se manifieste cuando y por lo que le plazca a mí me parece muy bien, sobre todo ahora, que parece que la deuda obliga no solo a acabar con el estado del bienestar, sino también con la libertad de expresión (este autoritario gobierno ya está dando pasos para cargársela). Parafraseando a aquel, no solo me parece bien también cuando lo que se expresa es contrario a mis creencias, sino sobre todo cuando es contrario a mis creencias. Los límites que establece nuestro sistema jurídico me parecen por encima razonables, aun cuando creo que deberían ampliarse más (parece mentira que hoy aún sea ilegal quemar un trozo de tela, represente lo que represente, o que un juez pueda secuestrar una publicación).

Pero como ellos tienen su derecho a manifestarse y a protestar, yo también tengo, de momento, el derecho de opinar sobre la cuestión.

En esta ciudad siempre nos equivocamos. Se ha creado una quimera absurda desde la política y algunos de los agentes sociales, la ciudad de las cuatro culturas, que por supuesto, en lugar de servir para nada bueno, solo lo ha hecho para que una ciudad ya meapilas de por sí se convierta en el último reducto de los fanáticos de cualquier religión que se os ocurra.

No es raro, en la llamada prensa local —digo llamada porque tenemos, en una ciudad de 75.000 habitantes, tres rotativos, vendidos y leídos casi exclusivamente en las cafeterías y, por supuesto, subvencionados con los impuestos de todos— encontrarse con artículos que gente oficialmente religiosa o no escribe para contarnos no sé qué historia de sus supersticiones particulares: que por qué tal fiesta se celebra no sé cuándo, que quién fue no sé qué personaje «histórico» de tal o cual religión o qué hizo. No me parece mal, tampoco, que se publique ese tipo de chorradas, aunque ignoro su valor periodístico. Me produce cierto escalofrío, eso sí, que los escribientes a veces introduzcan la idea de que tal religión es más verdadera que otra por tal o cual cosa, siendo, para cualquiera que tenga un raciocinio superior al de un niño de teta, todas perfectamente falsas e increíbles. Incluso se incluyen fórmulas salmódicas para loar a este santo o a este profeta. Bueno, cada uno se entretiene como puede, y esta ciudad no es precisamente prolija en divertimentos.

Algo más de intranquilidad me causa el momento en que uno de estos defensores de no sé qué se autoproclama representante del pensamiento y la voz de una comunidad que, casualidades de la vida, comparte religión con él. Como yo soy —pongamos— musulmán o católico, o evangelista, y una publicación me abre sus páginas, lo que yo diga es necesariamente la opinión de cientos o miles de personas que viven en esta ciudad. Me cansan.

El otro día, en la radio, uno de los convocantes de esta manifestación compartía con los oyentes sus razones, con el victimismo secular de quienes —como todas las religiones— se han pasado la historia de la humanidad fastidiando al prójimo, quitándole libertades y asesinándolo en nombre de un tipo que un día creyó ver dioses, ángeles, vírgenes, demonios y otros seres fantásticos.

Cuando alguien dice que la religión es víctima de algo, en lugar de verdugo, que es lo que ha sido siempre, me entra una mezcla de histrionismo e indignación.

Este señor, cuyo nombre ignoro, decía algo así como que, en nombre de la paz y la concordia, los humoristas debían tener la maldita boca cerrada y reírse solo de lo que no pueda ofender a tal o cual creencia. Los entrevistadores —la cadena era la Cope, propiedad de la Conferencia Episcopal, con lo que podéis adivinar que el asentimiento y la simpatía ante la petición del recorte de libertades era casi unánime— coincidían con él en que las críticas a las religiones eran repugnantes.

Mis muy estimados caballeros: lo repugnante es vuestra actitud; lo peligroso, cizañero y denunciable es vuestra idea de que el que vosotros creáis en fantasías propias de alucinados nos debe impedir a los demás reírnos de lo que queramos. Ojo, no he dicho de quien queramos, porque ahí sí se acaba la libertad de expresión, en el límite a la dignidad de las personas.

Pero comprenderéis que yo también tengo la libertad de creer, verbigracia, en que un gato cósmico vendrá un día a acabar con todos los programas del corazón, los modernitos de gafas de pasta y la música de Miguel Bosé, es decir, a convertir este planeta en algo más habitable, pero no puedo pretender que desde ese momento la gente deje de reírse de los gatos.


¿Dónde está tu dios ahora?

Lo siento por vosotros, creyentes, pero vuestras creencias no están por encima de mi libertad de expresión: están muy, muy por debajo. Debéis aceptar —y si no, peor para vosotros— que cada cual puede reírse de lo que le venga en gana y que vuestra mejor opción, si eso os molesta, es ignorar las burlas y mirar hacia otro lado. Soy consciente de que entre las virtudes de las religiones, si es que tienen alguna, no se encuentra el sentido del humor, pero eso no es problema de la sociedad civil.

Lo que sí es uno de los grandes problemas de esta ciudad es que la tontería esta de las cuatro culturas, que podría haber servido al mismo Zapatero como inspiración para la memez de la Alianza de civilizaciones, ha hecho que aquí todo el mundo deba cogérsela con papel de fumar, permitidme la expresión, a la hora de hacer la mínima crítica a todo lo que apeste a sagrado.

Que cada quisque crea en lo que le venga en gana, por supuesto, pero que no pretenda que lo que hay dentro de su cerebro condicione las risas que salen de mi boca. El mundo a veces avanza, y a veces retrocede; a mí me gusta cuando avanza. Este será un mundo mejor cuando la humanidad se cure el sarampión de las religiones. Mientras tanto, todos esos seres fantásticos que hace siglos se inventó alguien (alguien con menos conocimientos del universo y de la ciencia de los que tienen los creyentes, que es que manda bemoles) hacen de nuestra especie un ser culturalmente curioso y pintoresco. La religión ha inspirado sobre todo enormes barbaridades, acciones que hacen que difícilmente se pueda llamar humano a alguien que las defiende, pero también grandes obras de arte. Hoy en día inspira, también, el humor. Alium et aqua, que podría decirse en un concilio. Esto es lo que hay.

Una anécdota sencilla

18 de September de 2012

Hoy he terminado las clases a las 14.20, y, siguiendo mi ritual, he encendido un cigarrillo en cuanto he salido por la puerta del instituto mientras caminaba hacia el coche (*). Mi centro es bastante grande, tiene más de mil alumnos, muchísimos de los cuales estaban en la puerta charlando o esperando que los padres los recogieran.

Cuando había recorrido unos cincuenta metros, alguien me ha tocado el hombro. Me he girado y he visto a un chico de unos quince o dieciséis años que no conozco, aunque supongo alumno del centro. Le he preguntado qué quería, y me ha respondido: «Profesor, toma, se te han caído estos veinte euros cuando has sacado el paquete de tabaco del bolsillo».

Y me pregunto cuántos de los adultos que pasan la vida criticando a los jóvenes, inventando etiquetas para ellos (los ni-ni), preguntándose qué futuro nos espera con ellos, me pregunto, decía, cuántos de esos adultos habrían hecho lo mismo.

(Me he quedado tan desconcertado que no he sabido qué hacer. Al principio solo me ha salido darle las gracias y alabar su honradez. Se me ha pasado por la cabeza decirle que se los quedara, ya que, de todas formas, los tenía perdidos, pero he pensado que quizás a sus padres no les hubiese hecho gracia. Ahora lamento no haberle preguntado su nombre para buscar el teléfono de sus padres en la base de datos del instituto y contarles la anécdota, y de paso felicitarlos por poner tanto empeño en su obligación como todos deberíamos poner en las nuestras. Pero ya sabéis que la mejor reacción siempre se te ocurre a toro pasado.)

(*) No, la llamada Ley antitabaco no dice absolutamente nada sobre que esté prohibido fumar a menos de no sé cuántos metros de los centros educativos o de salud, y mucho menos sobre algo tan jurídicamente vago como «inmediaciones».

Hay que comer

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