Ars longa, vita brevis

Qué hacen los profesores

20 de November de 2013

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Taylor Mali (web oficial) es un poeta estadounidense de un nuevo movimiento, o algo así, llamado «poesía slam», que desarrolla su actividad en una especie de concurso del estilo de las batallas de gallos del rap. También se dedicó durante años a la docencia, y escribió un poema dedicado a la gente que critica al profesorado en general, a los fundamentos de ser profesor, a la vocación y a todo lo que esta profesión pueda tener. Aquí tenéis el poema original (What Teachers Make) en inglés. Los chicos de Zen Pencils dibujaron para este poema un bonito cómic, y yo os presento mi chapucera y más o menos libre traducción como homenaje a todos los que sufrimos y disfrutamos de este negocio.

(Nota: El original make se puede traducir más literalmente como «fabricar», «crear» o incluso como «construir» que como «hacer», pero creo que en este contexto el último verbo era el más apropiado)

Lo que hacen los profesores

Dice que el problema de los profesores es este:
¿Qué puede aprender un niño
de alguien que decidió que su mejor opción en la vida
era hacerse profesor?

Recuerda al resto de los invitados de la cena que es cierto
lo que dicen de los profesores:
El que sabe, sabe; el que no, enseña.
Decido morderme la lengua en lugar de morderle la suya
y resistir la tentación de recordar a los invitados de la cena
que puede decirse lo mismo de los abogados.
Porque después de todo estamos comiendo, y esta es una conversación civilizada.

Por ejemplo, Taylor, tú eres profesor.
Sé honesto. ¿Tú qué es lo que haces?

Y desearía que no hubiese hecho eso —pedirme que fuera honesto—
porque, sabes, yo tengo esta norma sobre la honestidad y patear culos:
si tú lo pides, te lo voy a dar.
¿Quieres saber lo que hago?
Hago que los chicos trabajen más duro de lo que pensaban que podían.
Hago que un aprobado parezca una Medalla al Honor
y que un sobresaliente bajo siente como una bofetada.
¿Cómo te atreves a desperdiciar mi tiempo
dándome algo menos que lo mejor que puedes dar?

Hago que los chicos se sienten durante cuarenta minutos de estudio
en absoluto silencio. No, no podéis trabajar en grupo.
No, no puedes hacerme una pregunta.
¿Que por qué no te permito ir al baño?
Porque estás aburrida.
Y en realidad no quieres ir al baño, ¿verdad?

Hago que los padres tiemblen de terror cuando los llamo a casa:
Hola. Soy el señor Mali. Espero no llamar en mal momento,
quería hablarle de algo que su hijo ha dicho hoy.
Al matón más grande del instituto, su hijo le ha dicho:
«Deja a ese niño en paz. Yo también lloro a veces, ¿tú no?
No es nada importante.»
Y ese es el acto de coraje más noble que he visto en mi vida.

Hago que los padres vean qué son realmente sus hijos
y qué pueden llegar a ser.

¿Quieres saber lo que hago? Hago que los críos se pregunten a sí mismos,
que hagan preguntas a los demás.
Que sean críticos.
Les hago que pidan disculpas y que lo sientan de verdad.
Les hago escribir.
Les hago leer, leer, leer.
Les hago deletrar definitivamente hermoso, definitivamente hermoso, definitivamente hermoso
una y otra vez y otra más hasta que ya nunca vuelven a escribir mal
ninguna de esas palabras en sus vidas.
Hago que enseñen todos sus cálculos en Matemáticas
y que oculten sus borradores en los trabajos finales de Lengua.
Les hago entender que si tienes inteligencia
vas a seguir al corazón
y que si alguien intenta alguna vez juzgarte por lo que haces,
le enseñes el dedo corazón.

Mira, déjame que te lo explique más claramente, para que sepas que lo que digo es verdad:
lo que hacen los profesores es cambiar las cosas. ¿Qué es lo que haces tú?

Groupies

14 de August de 2013

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Imagen: Wikipedia.

La Wikipedia en inglés define groupie como (traduzco improvisadamente) «un tipo particular de admiradora que se supone más interesada en relaciones personales con las estrellas del rock que en su música. Una groupie es considerada una fan devota de una banda o un intérprete musical».

Las groupies suelen abundar más en músicos —y no voy a nombrar ninguno— prefabricados, de estos que los productores musicales reúnen entre los púberes más guapetes de un gimnasio de barrio y les enseñan a cantar y bailar, o los salidos de los estúpidos concursos televisivos, que de músicos más respetados. Dada la motivación y, por lo que puede inferirse, escaso gusto musical y edad de las groupies, es lógico que muestren su amor irracional al guapete de turno cuyos estribillos los ha compuesto un ordenador siguiendo la moda que del músico vocacional con arriesgadas y originales notas que, además, no suele ser demasiado guapo.

A la groupie le da igual que le demuestres que el estribillo que le está vendiendo su ídolo ya se lo vendieron hace cinco años a su hermana mayor, o que le volverán a vender el mismo, con la imagen adaptada a la estética imperante, dentro de cinco años a su hermana pequeña. La música le importa más bien poco (aunque no dudo que le guste). Lo que siente es idolatría, más que melomanía. Nada tengo en contra de ello.

Que las grandes productoras musicales decidan hacer de un niño mono un millonario ídolo de masas ha pasado al menos desde los inicios del rock, aunque es cierto que cada vez la balanza se inclina más a la monería y menos a la música. Pero bueno; dudo que haya muerto mucha gente que no lo mereciera por el fenómeno groupie.

Claro, el problema viene cuando el amor irracional e incondicional se dirige no a quien después de todo solo te hace gastar veinte euros en un disco o cincuenta en unas entradas para un concierto, sino a quien está en la cúpula de los que están dirigiendo un país.

Aquí vemos a unos jóvenes de Nuevas Generaciones (los «cachorros» del Partido Popular) que han acudido esta mañana a la puerta de la Audiencia Nacional a jalear a María Dolores de Cospedal, que iba a declarar como testigo en el archiconocido caso de la corrupción dentro del seno del partido que gobierna los destinos de esta nación. En ese momento había también un grupo de afectados por la estafa de las participaciones preferentes, que habían ido a afear a la política que el poder no haya hecho nada en el pasado, ni lo esté haciendo ahora, por deshacer la estafa, compensar e indemnizar a los afectados y ya de paso (iluso que he sido siempre) meter en chirona por unos cuantos años a los responsables.

Según se ve en el vídeo, después, probablemente, del cruce de palabras gruesas entre ambos grupos, un anciano estafado amaga con una especie de bastón con agredir al grupo de fans de Cospedal, mientras un policía lo impide y los cachorros populares se burlan de él. A estas alturas ya casi todo el mundo habrá visto el vídeo, así que no es eso lo que quiero comentar aquí.

Lo que más me preocupa es que dentro de la política, en este país, haya habido y siga habiendo groupies, especialmente en los dos partidos que conforman el siniestro bipartidismo que está arrojando a España al desastre. Les dan igual los EREs, el caso Gürtel, los recortes, los GAL, cualquier cosa que haya pasado. Como cuando a una chica de catorce años le demuestras que el gran hit de su ídolo es un refrito de cuatro acordes que llevan setenta años funcionando en la música popular y una letra más tonta que caerse de lado, y ella solo se tapa los oídos y grita «¡Justin! ¡Justin!» (vaya, al final he dicho un nombre), esta gentecilla se tapa la nariz y grita, como en el caso del vídeo que nos ocupa, «¡Cospedal! ¡Cospedal!».

Están jaleando a una persona sobre la que recaen fundadas sospechas de haber recibido cobros ilegales, olvidando, por supuesto, de tributar por ellos el dinero que hace falta para construir escuelas y hospitales y comprar medicinas. A una señora que es una de las cabezas de un gobierno cuyas políticas mantienen el desempleo estatal por encima del 25% (y sin previsiones de que baje). Estas juventudes del partido con más afiliados de España van a vitorear a la secretaria general del partido cuyas políticas han llevado a que el 65% de los jóvenes estén en una situación tan salvaje como para emigrar por un trozo de pan. A que Aragón se jacte de tener solamente un 39,8% de desempleo juvenil.

La secretaria general de un partido que ha mantenido hasta hace dos días a un señor que cogía todo el dinero que se están ahorrando en sus estudios, en sus medicinas, en sus subsidios y en sus políticas activas de empleo, y se lo llevaba a bancos suizos.

Cuando una groupie se vuelve loca por un joven imberbe, el mayor perjuicio que puede haber es que compre una canción de mierda a precio de The Long and Winding Road. Pero cuando un grupo de atolondrados fans van a las mismas puertas del juzgado a llamar «guapa» a eso, es que nuestro país tiene un problema mucho más serio de lo que podemos llegar a concebir.

Algo va mal

18 de July de 2013

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En este librito de solo 220 páginas el lúcido profesor Tony Judt (1948-2010) le pega un repaso a toda la historia socioeconómica de Occidente en los tres últimos siglos, dejando claro que nada es como nos lo cuentan. Su propósito —y lo consigue con creces— es que el lector deje de tragarse la consabida mentira mil veces repetida: que la socialdemocracia es un fracaso, que el socialismo es esclavitud, y que solo una libertad de mercado sin límites es capaz de llevar a nuestros países a la prosperidad.

Lo que más me ha enganchado del libro es la sencillez con que nos relata los vaivenes de la economía y la sociedad de un período tan amplio, desde la Europa prerrevolucionaria a a esta globalización, que aunque aún nos sigue sonando a nuevo, ya nos ha pasado por encima, dejando a su paso los cadáveres de derechos sociales conseguidos a lo largo de siglos, de un espejismo de sociedad algo más justa que vivimos entre los años 70 y los 80 y de los tímidos pasos que nuestro mundo dio para alejarse de las desigualdades desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por no hablar, por supuesto, de los millones de cadáveres físicos que las nuevas guerras económicas han producido.

El profesor Judt contrasta sus afirmaciones y las apoya en datos y estadísticas, a menudo sorprendentes (como, por ejemplo, que en los países de baja protección social las enfermedades mentales y la situación de pobreza van de la mano, mientras que en las socialdemocracias europeas esta relación es inexistente). Demuestra también, por ejemplo, que una sociedad con menos desigualdades es una sociedad más feliz y más productiva a todos los niveles. Y no lo hace como un político huero, no son buenas intenciones: son convicciones apoyadas en firmes datos. Y, donde tiene que criticar los defectos de las políticas de izquierda, lo hace.

Por lo demás, es un libro que engancha, y mucho, aunque solo sea por ver que todas las desgracias económicas que está sufriendo el mundo tienen no solo una intención, sino una explicación; que son un plan maestro ejecutado desde los altos estrados de la desigualdad del planeta, que no solo tienen la intención de mantener esa desigualdad, sino también de aumentarla. Ah, y para los que aún no se enteren, explica muy claramente por qué la privatización —o externalización, o como quieran llamarla— de los servicios públicos como la sanidad, la educación y los transportes no solamente es mala filosóficamente hablando: allí donde se ha privatizado, el servicio en general no solamente ha sido peor que cuando dependía del estado —no hay más que ver el ejemplo de Telefónica en nuestro país—; sino que, además, ha terminado resultando más caro a los contribuyentes, que no solo tienen que costear el servicio, sino además los dividendos de los inversores y accionistas (una vez más, el ejemplo de Telefónica nos viene que ni pintado).
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La sociedad, el mercado y la LOMCE

13 de May de 2013

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En uno de los capítulos del libro Las trampas del deseo, del psicólogo Dan Ariely, se habla de las «normas sociales» como un opuesto a las «normas mercantiles». Esto es más o menos así: en nuestra esfera psicológica, diferenciamos claramente, aunque a menudo sin darnos cuenta, lo que hacemos profesionalmente de lo que hacemos por el placer de ayudar al prójimo. Es por eso, por ejemplo, que ayudaríamos a un amigo —o incluso a un vecino más o menos desconocido— a subir un piano a su casa a cambio de la invitación a un café, pero no a cambio de dos euros. Además, según parece haber demostrado el autor, si cometemos la imprudencia de romper el engrase social, la buena relación se pierde. Un caso práctico: un amigo nos invita a comer como muestra de amistad. Él aceptaría que no le diésemos nada a cambio —de hecho, lo hace por el aprecio que nos tiene—, o que lo invitemos a un par de copas. Pero si nos ofrecemos a pagarle la comida, se produciría una desagradable reacción que podría estropear para siempre nuestra amistad.

A este respecto me han llamado especialmente la atención algunos párrafos que cuentan cómo las empresas han ido añadiendo elementos afectivos o sociales a las condiciones de trabajo de sus empleados, para crear en ellos un vínculo de fidelidad y que les sea más difícil abandonar su puesto. Cuando se trabajaba en cadenas de montaje, por horas, y había un silbato que marcaba el final del turno, el trabajador simplemente dejaba su puesto y se iba —como es lógico, puesto que era esa hora la que se le pagaba, ni un minuto más—. Uno de los trucos de la empresa consiste ahora en pagar mensualidades, con lo que el tiempo que se supone que dedicamos a trabajar por un dinero estipulado tiene unos límites más difuminados. Pero hay otros trucos:

Hoy, cada vez más, las empresas consideran ventajoso crear un intercambio social, sobre todo en la medida en que en el mercado actual los países avanzados son, de manera creciente, productores de bienes intangibles. […] Y paralelamente la frontera entre el trabajo y el ocio se ha hecho más difusa. Los que dirigen las empresas quieren que pensemos en el trabajo mientras vamos conduciendo a casa o mientras estamos en la ducha. Nos dan ordenadores portátiles, teléfonos móviles y Blackberries para salvar la distancia que va del trabajo a casa

Cuidado, pues, con los regalos envenenados. Tu jefe no te regala un móvil de empresa porque sea un buen tipo, sino porque así es tu dueño las veinticuatro horas.

El autor continúa argumentando que la transformación de toda relación empresarial en una relación puramente mercantil, sin nada de social, puede, a medio plazo, convertir al trabajador en alguien menos productivo.

Hay algo, también, sobre la educación; concretamente, sobre los peligros de convertir la educación en una mera fábrica de productores, de trabajadores empresariales, de emprendedores, por usar la terminología liberal:

En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

Si este investigador sabe de lo que habla —y yo diría que sí, pues imparte clases en una de las universidades más prestigiosas del planeta—, nos la vamos a pegar estrepitosamente con la futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, PDF), que el Gobierno está a punto de aprobar con la oposición de una mayoría de la comunidad educativa, y cuyo quinto párrafo, sin retocar, es este:

La educación es el motor que promueve el bienestar de un país; el nivel educativo de los ciudadanos determina su capacidad de competir con éxito en el ámbito el panorama internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por un futuro mejor.

Puede que esto sea bueno, a corto plazo, para los beneficios empresariales. ¿Pero es bueno para la sociedad? Yo tengo mis serias dudas.

Ampliación del campo de batalla

10 de May de 2013

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No me gusta este mundo. Definitivamente, no me gusta. La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar. Todo mi trabajo informático consiste en multiplicar las referencias, los recortes, los criterios de decisión racional. No tiene ningún sentido. Hablando claro: es más bien negativo; un estorbo inútil para las neuronas. A este mundo le falta de todo, salvo información suplementaria.

No había leído nada de Michel Houellebecq; lo único que tenía más o menos claro es que es un autor que gusta a los modernitos, y por lo tanto a mí, que soy postmodernito, me tenía que repeler. Además, hace tiempo tomé la decisión —que no me he tomado demasiado en serio— de no leer literatura de autores vivos, al menos hasta que aumente mi bagaje de clásicos hasta niveles respetables. En fin, estaba comprando libros para regalar y vi esta novelita, y viendo que era bastante corta decidí darle una oportunidad. Por otra parte, ya uno no sabe cómo escapar de lo que está de moda, dada la actual tendencia (¡y ya ni tan siquiera es actual!) de huir de lo que está de moda; lo cual ya constituye una moda en sí misma.

¿Mi consejo? Lee y haz lo que te venga en gana: como en el chiste aquel del matrimonio que viajaba asnalmente, siempre habrá alguien a quien parezca mal.

El protagonista-narrador es un ingeniero informático que ronda la treintena y está un poco harto de todo. Le encargan un curso de formación para los funcionarios franceses, lo que le obliga a pasar unas semanas con un compañero de trabajo. Esto le sirve para criticarlo todo y para examinar de forma más o menos superficial o más o menos profunda las relaciones humanas.

Me da a mí que está narrada con gran agilidad, sin pretensiones verborreicas pero con gran acierto en la expresión. Tenemos, incluso, un par de ejercicios literarios que se me antojan elegantes: una especie de protagonista femenina, de gran importancia en las decisiones y pensamientos del protagonista, pero que no llega a aparecer; y algo de metaliteratura, cuando se nos presentan las curiosas fábulas que el personaje principal gustaba de escribir.

Lo encuentro especialmente afilado en sus descripciones de las relaciones personales y sexuales; lo noto muy amargo en una visión nihilista de la sociedad —no a gran escala, sino a la de las pequeñas sociedades interpersonales— y de la sexualidad.

Al final me parece demasiado descorazonador, muy deprimente. Yo no comparto esa visión tan desesperanzada de la vida. No obstante, para que una novela sea buena, por supuesto, no tiene por qué coincidir con mi visión del mundo; por otra parte, ni siquiera tiene que compartir la visión del mundo de su propio autor. Por último, la novela me ha gustado mucho, y os la recomiendo sin reservas. No si estáis un poco depres.

El PP, ETA (Guillotin, Robespierre)

8 de May de 2013

Este post es, en parte, irónico

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1. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, afirma que «el aborto tiene algo que ver» con ETA, aunque «no demasiado».

2. Beatriz Escudero, diputada del Partido Popular, nos pregunta: «¿Saben que en España las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación tienen?»

3. Desde que tomó posesión el actual Gobierno, no solo se han aumentado las tasas universitarias, sino que además se han endurecido los requisitos para acceder a las becas. Estas medidas, con la excusa de reducir el gasto, tienen, lógicamente, el efecto de que conseguir una buena formación sea más caro y, por ende, más difícil.

4. ¿El PP es ETA?

CODA

Aunque existía desde tiempo atrás, fue el doctor Joseph Ignace Guillotin el que, durante la Revolución Francesa, recomendó el uso de la guillotina en las ejecuciones. Sus razones estaban bien motivadas. El ideal de fraternidad de la Revolución recomendaba que las ejecuciones —a las que, históricamente, puede que Europa fuese demasiado joven para renunciar aún— se realizasen de la forma más humana posible. La separación de la cabeza del tronco del ejecutado en una maniobra casi instantánea constituía, en aquellos tiempos, la forma más rápida de morir. Por otra parte, la égalité —«igualdad»—, otro de los pilares de la revuelta, exigía un método de asesinato (basta de eufemismos) igual para todos; hasta el momento, en casi todos los países únicamente los nobles gozaban del derecho de ver reducido el suplicio en sus últimos momentos. Tardaron unos pocos años, pero al final la Asamblea escuchó al doctor Guillotin y la cuchilla homicida se generalizó en la Francia revolucionaria.

Maximiliem Robespierre es tristemente conocido por el «terror»; aunque había sido, en sus primeros tiempos como abogado, un firme opositor a la pena capital, cuando se convirtió en uno de los líderes de la revuelta fue el principal impulsor de las ejecuciones por guillotina durante el bienio 1793-1974. Todo sospechoso de ser un enemigo del pueblo o de la Revolución era detenido, interrogado y ejecutado. Los números son inciertos, pero las estimaciones más conservadoras sospechan que el número de ajusticiados entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974 no bajó de 11.000 (otros cifran en un máximo de 40.000 las personas asesinadas en ese periodo).

El 28 de julio —10 de Termidor, según el calendario republicano— de 1794 Robespierre fue arrestado y decapitado en la guillotina.

Hay historiadores que afirman que toda revolución es seguida por un periodo particular de terror: la francesa, la cubana, la china, la rusa, la misma dictadura fascista del general Franco. Si no se asesina de forma más o menos indiscriminada a un número elevado de personas sospechosas, el régimen corre el peligro de estar mostrando debilidad, y es susceptible de fracasar. Pero, para los revolucionarios, el terror añade un riesgo sobrevenido: sus impulsores pueden acabar siendo víctimas, como le sucedió a Robespierre, o a tantos hombres de confianza de Stalin que acabaron frente al pelotón de fusilamiento o internados en un gulag.

El PP comenzó diciendo que cualquier partido que apoyara la independencia del País Vasco —que me parece una memez, pero eso no es el asunto— era ETA; más tarde, los que apoyasen la independencia de cualquier impulso de un proceso soberanista en cualquier parte del estado; después, simplemente los simpatizantes de esos procesos; después, los que nos manifestábamos con las plataformas del 15 de marzo; luego, Ada Colau y los militantes o simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; finalmente —de momento—, también las mujeres que abortan. Es como el terror revolucionario: todo el que no acate cualquier ocurrencia de este Gobierno hasta sus últimas consecuencias, es sospechoso de ser un enemigo del pueblo. Pero, una vez más, se produce lo que en todos los periodos de terror: de tanto ser enemigo del pueblo —o ETA— todo el mundo, resulta que la rueda finaliza su giro completo y, al final, acaban siendo ETA los que acusaban de ser ETA a todo el mundo.

(Habría venido muy bien aquí, de haber sido cierto, el bulo de que el mismo Guillotin fue víctima de la hoja asesina; no obstante, esto es falso: fue otro doctor Guillotin el que murió decapitado en el cadalso, y la coincidencia de nombres dio base al erróneo dato. No sé si decir: lástima; no creo, sin embargo, que invalide lo defendido aquí.)

Breve historia del cero

7 de May de 2013

Aun sin estar seguro de su fiabilidad histórica en los detalles, me ha resultado muy simpática esta «historia del cero» que aparece en el libro Las trampas del deseo, del psicólogo israelí Dan Ariely, que estoy leyendo ahora:

Fueron los babilonios quienes inventaron el concepto de cero; luego los antiguos griegos debatieron sobre él en elevados términos (¿cómo algo podía no ser nada?); el antiguo erudito indio Pingala lo emparejó con el numeral 1 para obtener los dígitos dobles, y tanto los mayas como los romanos hicieron de él parte de sus sistemas de numeración. Pero en realidad el cero encontró su lugar alrededor del año 498 de nuestra era, cuando el astrónomo indio Aryabhata se levantó de la cama una mañana y exclamó: ‘Sthanam sthanam dasa gunam'; que traducido quiere decir más o menos: «De posición a posición, 10 veces su valor». Con ello nacía la idea de notación decimal que relaciona el valor de un dígito con su posición. A partir de ahí el cero experimentó un auge: se difundió al mundo árabe, donde floreció; atravesó la península Ibérica rumbo a Europa (gracias a los musulmanes hispanos); fue objeto de algunos retoques por parte de los italianos, y luego cruzó el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, donde a la larga resultaría tremendamente útil (acompañado del dígito 1) en un lugar llamado Silicon Valley.

Esto viene en un capítulo dedicado, ahí es nada, a investigar por qué ejerce en nosotros una influencia mágica cualquier oferta que incluya algo gratis, incluso en las circunstancias —que las hay— en las que puede ser contraproducente para nosotros.

Según yo tenía entendido —y según defiende también el artículo en la Wikipedia—, los romanos no conocieron el cero. Cuando algo no era nada, usaban el indefinido nihil (de donde proceden, por ejemplo, los vocablos castellanos «nihilismo» y «aniquilar»). Es por ello que el castellano, cuyo léxico procede mayoritariamente del latín, hubo de adoptar el arabismo sifr («vacío») que dio un doblete en nuestro idioma: «cero» y «cifra», si los recuerdos de mis estudios de Historia de la Lengua Española no me han abandonado del todo. Pero para mí lo más llamativo del párrafo que he citado más arriba, sin duda, es la idea de que, si al final el cero no hubiese llegado a nuestra civilización, los adelantos informáticos habrían sido distintos. La mitad del lenguaje que entienden los ordenadores —léase: teléfonos, televisores modernos, videoconsolas, documentos electrónicos— es el número cero. ¿Cómo nos las habríamos arreglado? Es una interesantísima idea, creo, para una distopía que yo no estoy capacitado para imaginar.

El fin de la infancia

5 de May de 2013

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Este ha sido el primer libro que he leído en el lector de libros electrónicos que me ha regalado mi buen amigo Carlos S., así que en primer lugar comentaré muy brevemente algunos aspectos de la experiencia, comparándola, sobre todo, con la lectura en el iPad, que ha sido el único otro dispositivo digital en el que he finalizado la lectura de alguna obra completa.

En general, a pesar de que las letras son muy pequeñas, es cierto que la tinta electrónica hace que la vista se te canse un poco menos. Sin embargo, por la naturaleza de la pantalla, el dispositivo para leer a oscuras depende de una luz externa, y esto hace algo más incómoda la lectura con poca luz. Por otra parte, es cierto que, al leer en este aparato, la sensación de estar leyendo un libro era algo mayor que la que se siente con el iPad. Al menos no hay interrupciones cada vez que alguien comenta algo en Facebook o te menciona en Twitter. Y ahora, vamos a por el libro.

En cuanto al estilo, es bastante plano, aunque no del todo. Sin embargo, no considero que esto sea un defecto (y, por lo demás, de los escritores de ciencia-ficción, Clarke siempre me ha parecido el más «literario»). El rigor científico es importante en una obra que se precie de este género, y creo que es más fácil dar esa impresión de verosimilitud rigorista por medio de un estilo poco artificioso que, no lo olvidemos, sigue siendo un estilo (el máximo exponente de esto que podríamos llamar «transparencia científica» para mí siempre ha sido el enorme Asimov). Está narrado con agilidad y no incluye informaciones que hagan necesaria una licenciatura en ciencias para entender todos los conceptos. De hecho, el más complicado con el que tiene que enfrentarse el lector es el de la relatividad del tiempo según Einstein. La novela, no lo olvidemos, es de 1953 (Wikipedia, en inglés).

En plena carrera espacial entre las dos superpotencias que resultaron de la II Guerra Mundial, esta se encuentra con un fin abrupto: la llegada de decenas de enormes naves nodriza que se sitúan sobre las ciudades más importantes del planeta. Al principio la humanidad las contempla sin recibir ningún mensaje, pero después, en perfecto inglés, un representante de los extraterrestres, llamado Karellen, comienza a comunicarse con los seres humanos por medio del secretario general de las Naciones Unidas. Karellen comienza a dar instrucciones a la humanidad, que son, según él, para su propio bienestar. A pesar de que, en un principio, surgen movimientos que se oponen a seguir las directrices de los recién llegados —a los que los humanos comienzan a llamar superseñores—, con el tiempo se demuestran dos cosas: primera, que todo intento de resistencia es vano, puesto que los superseñores cuentan con una tecnología inimaginable para nosotros, y pueden, incluso, inducir daño físico sin que medie contacto. Segunda, que la humanidad realmente alcanza una especie de edad de oro gracias a la intervención de los extraterrestres. Se acaban el hambre, las guerras, las enfermedades y el sufrimiento. Todo el mundo llega a conseguir lo que quiere, y cada uno puede dedicar su vida a lo que le plazca.

Así las cosas, se hace difícil poner pegas a la nueva situación. Pero hay algo que los hombres no entienden. ¿Por qué los superseñores no se dejan ver, y siempre se comunican con mensajes de voz? ¿Es demasiado terrible el aspecto ante la mirada humana? ¿O es que tienen un aspecto tan semejante a nosotros que si los viéramos no admitiríamos el autoritarismo paternalista al que nos someten? La respuesta, en palabras de Karellen, deberá esperar cincuenta años. La humanidad aún no está preparada. Pero, pasado medio siglo, el mismo Karellen, junto con otros superseñores, descenderá de las naves y se mostrará a la raza humana en su forma física. ¿Cómo serán los recién llegados?

A partir de aquí, no solo voy a desvelar el aspecto de los superseñores, sino gran parte de la trama de la novela, incluyendo el final; por tanto, si tienes pensado leerla, te recomiendo que detengas la lectura de este artículo aquí, o que sigas asumiendo tu propio riesgo.
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Nada ha salido mal: están teniendo suerte

2 de May de 2013

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Imagen: La Vanguardia.

Quizás, de todas las cosas que están haciendo, solamente hay una que de verdad le pesa al Gobierno: eso de subir los impuestos. En su ideología está incluido el principio de adelgazar el estado hasta límites famélicos: que cada uno se quede con lo que gane, aportando el mínimo posible para el sostenimiento de un estado que garantice por medio de la fuerza policial y judicial las ganancias de los poderosos, y después que cada cual se pague de su bolsillo las necesidades que tenga, de las cuales algunas (como la educación, la sanidad y esas cosas) constituyen la base de lo que unos cuantos comunistas filoetarras llamamos estado del bienestar.

Todo lo demás forma parte de su plan ideológico. Que el poder bascule todo en las manos de la empresa, y el trabajador sea un simple siervo sin derechos; que los que más tengan tengan no solo más lujos —lo que, hasta cierto punto, es lógico—, sino también más bienes de los que se han venido considerando fundamentales desde hace décadas: una educación básica, una salud garantizada y esas cosas; en definitiva, que toda la sociedad trabaje y se esfuerce por el bienestar de aquellos a quienes la ley natural ha puesto arriba. No, esto no me lo estoy inventando. El actual presidente de la nación, don Mariano Rajoy, escribió algunas cartas en los años ochenta en los que declaraba su apoyo a las ideas de que hay personas mejor que otras, y de que intentar el logro de una sociedad más equitativa era algo así como un desprecio por el ser humano. Aquí tenéis las cartas. Pero prosigamos.

Cuando a nuestro Gobierno se le ha acabado la pueril excusa de echarle la culpa a otro (en concreto, al anterior presidente, Rodríguez Zapatero, de recuerdo algo menos infausto desde que le disteis el carguito a este gallego), ha seguido incidiendo en su idea de que hacer lo contrario de lo que prometió no es algo que le guste, pero que no tiene más remedio. Y, como dije antes, esto es cierto únicamente en lo de los impuestos.

Porque la idea de esta gente es la de que no todos podemos ser iguales, porque de hecho no somos iguales (a pesar de lo que rezan los primeros artículos de todas esas constituciones liberales que tanto les gusta citar). La idea es que los individuos superiores, que casualmente proceden todos de la clase alta, de buenas familias, para entendernos, deben poseer y controlar las riquezas, y los demás, los que no hemos tenido la genética suerte de ser ricos por nuestra casa, debemos conformarnos con las migajas que caigan e ir dando las gracias.

Por eso llevan año y medio hablando de productividad y eficiencia, de competitividad y de ajuste, pero no se les ha oído aún desear que los trabajadores aumenten su poder adquisitivo. Porque, simplemente, eso es contrario a lo que piensan. Quieren que estemos vivos, porque nuestra fuerza laboral los puede hacer aún más ricos, pero que tengamos lo justo. Una vida saludable, una educación de calidad, algo más de dos prendas de ropa, un viaje de vez en cuando; eso son cosas para ellos, los elegidos. Al igual, si me permitís cumplir a Godwin, que a los nazis no les importaba mantener a los judíos desnutridos en los campos de concentración, porque en cuanto uno moría era sustituido por otro (había de sobra), poco importa que la esperanza de vida de nuestro país, que es la envidia del mundo, excepto de Japón, comience a bajar. Si un trabajador muere por no haber recibido la atención médica precisa, no constituye ningún problema. Hay 6.202.700 parados que ocuparán el puesto del caído, y que, con gusto, lo harán por un sueldo inferior.

Los datos de la economía y del paro no son ninguna desgracia para un gobierno liberal. Son una bendición. Teniendo en cuenta que la gente no se muere de hambre —aún no hemos llegado a eso—, y que no se prevé un estallido social, dado que en deportes nos va relativamente bien, el que haya millones de familias sin ingresos es una inyección de vitaminas para la política de «reformas» de Rajoy. Hay más de seis millones de personas que aceptarán lo que sea. Despido barato. Despido gratis. Despido pagando. Lo que sea, pero dejadme trabajar.

Mucha gente luchó para que cobráramos más, para que tuviésemos derechos laborales, para, en definitiva, que nos desarrollásemos como personas más allá de hormiguitas en un laberinto productivo. Ahora estamos dispuestos a lo que sea para que nos dejen ser hormiguitas.

A este Gobierno le está saliendo todo rodado.

(No descarto que creen alguna burbuja de cualquier tipo hacia el final de la legislatura. Estoy seguro de que antes de que votemos el paro bajará. Saben cómo hacerlo. Pero, por un lado, ese no es su objetivo, sino que será un mero anuncio electoral. Y, por otro lado, será interesante comprobar, y comparar, el nivel adquisitivo que tendremos entonces, nuestro nivel de bienestar, y nuestros derechos. Entonces, votéis lo que votéis, estad seguros de que ya lo estarán consiguiendo.)

El problema de la bala

4 de March de 2013

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Acabo de terminar la tercera novela de Jaime Rubio Hancock, titulada El problema de la bala. Como casi siempre que acabo un libro, tenía intención de publicar un crítica meramente literaria, pero ciertas circunstancias alarmantes me obligan a detenerme antes en la penosa edición que la editorial Libro de Notas ha hecho del trabajo de este jovenzuelo escritor.

En primer lugar, el precio. El libro solo se distribuye en formato electrónico, y el precio no es demasiado alto (2,68 euros en Amazon). Sin embargo, con los gastos de envío la cosa se dispara. Uno ya está acostumbrado a que los gastos de envío a Melilla salgan algo más altos que en la Península, pero los 249 € que te cargan por enviarte este libro al iPad son un poco exagerados, al menos comparados con lo que uno acostumbra a pagar, que suele rondar los 200 euros como mucho.

En segundo lugar hay que hablar de la calidad física de la edición. A pesar de ser un libro electrónico, se emborrona cuando lo tocas, como si hubiese estado impreso en papel malo (alguien debería decirle a Libro de Notas que dejase de comprar los píxeles en China, y que sacrificase algo de sus insultantes márgenes de beneficio en aras de la calidad de la lectura).

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Por si fuera poco, se aprecia en la página que tenéis sobre estas líneas que el chimpancé que deben de tener como editor becado en la editorial estaría borracho el día que se encargó de este libro, porque incluye saltos de párrafo totalmente incoherentes, como cada vez que aparece el nombre de la novia del protagonista.

En fin, a la edición le otorgo una puntuación de tres coliflores y media sobre ocho.

Jaime Rubio (Barcelona, 1977 – 2016) es un joven escritor catalán que intenta abrirse paso a base de patadas en la espinilla en el agresivo mundo editorial español. Autoproclamado gurú de internet y amante 3.0, fue tristemente conocido hace unos años por encabezar una curiosa facción del catalanismo: aquella que pretendía que Cataluña se separase del resto de España, para llamarse —la comunidad autónoma escindida— España, y que el resto del país eligiese otro nombre, siempre que no fuese algo como España II, España la Buena, Aquí Hay Paella y otros nombres similares. Cuando amainó la polémica, no se volvió a saber de él, excepto por algún que otro escándalo nocturno fruto de sus juergas con el filántropo Salvador Sostres.

Y ahora vamos a la historia en sí. En general, el libro está entretenido, se lee rápido. Y la historia podría tener algo de gancho, de no haber existido un error tan de bulto, que uno no entiende cómo no han sido despedidos treinta o cuarenta trabajadores de la editorial, así como el amigo de copas de Rubio al que le haya enseñado el borrador en primer lugar. Voy.

La trama comienza con un joven barcelonés que se suicida de un disparo en la cabeza. Al enterarse la policía, acude al domicilio para detenerlo por sospechoso de suicidio, y días después comienza el juicio contra él. Pero, vamos a ver…

¿¿ES QUE NADIE SE HA DADO CUENTA DE QUE SI ESTÁ MUERTO NO SE LO PUEDE JUZGAR??”111

Este error, del que parece que ni Rubio, ni su amigo ebrio, ni el chimpancé editor ni nadie más se han dado cuenta, es olvidado pronto por el narrador —que encima es ¡en primera persona! Es decir, que el muerto no solo es juzgado, sino que cuenta la historia, toma ya— y durante todo el resto de la novela la gente actúa como si estuviese vivo. Asistimos al juicio, a los intentos de fuga, al juicio de apelación, a las escabrosas aventuras extramatrimoniales de los padres del muerto y otros vergonzosos episodios en los cuales podemos encontrar alguna palabra gruesa exactamente cada 162 palabras (como pene, vagina y cosas del estilo, pero dicho más como de chuletilla de extrarradio, ya me entendéis).

En fin, deseo toda la suerte del mundo a este escritor para su próxima novela, pero le aconsejo que la próxima vez cuente con alguien sin daños cerebrales evidentes antes de enviar su trabajo a la imprenta.

(Hay, por cierto, abierta una suscripción popular para ayudar a Jaime a pagar las facturas del psiquiatra, con la que podéis colaborar haciendo clic aquí. Si se arregla en la medida de lo posible la cabeza de este hombre, todos saldremos ganando.)

Hay que comer

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