Ars longa, vita brevis

En defensa de un tal Toledo

8 de March de 2010

Hace días que quería escribir algo sobre el affair Zapata-Toledo, pero no descubro nada si os digo que me encuentro en mitad de una sequía, si no de inspiración, sí de motivación para seguir escribiendo en un sitio en el que, a pesar de tenerle un cariño tremendo, no ocupa ni de lejos ninguno de los puestos de cabeza de mis preocupaciones vitales actuales. Me pregunto si sabréis disculparme.

Por suerte, Daniel Tercero parece haber leído mis pensamientos, añadido otros de razonamiento más fino y haberlos expresado de una manera clara y directa:

No entiendo dos cosas muy españolas y muy cainitas (lamentable sinonimia) como son el linchamiento mediático y el esconderse del eco de las propias palabras. Lo primero lo ha sufrido Toledo y, curiosamente, más por parte de la prensa socialdemócrata que de la derecha; y de lo segundo, cabe destacar que el actor ha dado la cara. Sí. Sorprende, además, en un país donde la opinión de un actor tiene tanta importancia. Es como cuando nos felicitamos por el correcto funcionamiento de un servicio. No es lo habitual. Toledo no se ha escondido.

Si queréis opinar en lugares de trabajo, cafeterías y cualquier otro sitio con conocimiento de causa y la fría razón (que si es razón no puede ser más que fría), es imprescindible que acudáis al artículo completo.

Honor

21 de February de 2010

[...] “daño a honor” es la forma en que la gente con dinero llama a la censura.

Mi mesa cojea.

Derrotados

13 de February de 2010

Una de las consecuencias más destacadas del racionalismo del siglo XVIII, que se extendió por todo el XIX y parte del veinte, con el impulso dado por la Revolución Francesa y las costosas luchas obreras de los proletarios del mil ochocientos, fue la mejora de las condiciones laborales de don Pelanas. El hombre fue poco a poco tomando conciencia de que un trabajo que te permitiera vivir dignamente, como persona, y no como un mulo cuyo horizonte acaba en las lindes del sembrado, era un derecho fundamental, y no una utopía irrealizable o reservada a los privilegiados de la sociedad. Muchas revoluciones, muchas protestas, muchas carreras delante de la policía y mucha sangre costó algo que las últimas generaciones han considerado tan fundamental como la jornada laboral de ocho horas (ocho para trabajar, ocho para descansar y ocho de libre disposición), el derecho a remuneración cuando se falta al trabajo por enfermedad, el derecho a la indemnización por despido, etc.

Los tiempos cambian, y creo que hoy, febrero de 2010, podemos decir que, aunque hemos aguantado un par de cientos de años, hemos perdido la batalla de la Revolución. Un Javier Martín firma un reportaje en El País en el que aboga por la mutilación de los derechos laborales de un sector del empleo en este país: el funcionariado. Podría sorprendernos que precisamente en ese periódico se proponga eliminar los derechos de los trabajadores, dado que El País siempre se ha considerado de izquierdas —en realidad, este periódico ha sido normalmente el vocero del Partido Socialista, pero como este se considera de izquierdas, para el caso es lo mismo—. A mí, desde luego, no me sorprende.

El reportaje tira de insinuaciones equívocas, como donde dice que España aumenta los funcionarios mientras el resto de la UE los va eliminando. No se dice, sin embargo, que nuestro país no está ni siquiera cerca de los puestos de cabeza en número de funcionarios por habitante, sino muy alejada (datos, no palabras). No se habla, tampoco, puesto que es un tema intocable en nuestro plurinacional Estado, de cuánto de ese funcionariado ha surgido de la costumbre autonómica de redoblar las administraciones ad infinitum, reservando, además, los puestos mejor remunerados para los amiguetes y correligionarios.

En realidad, el artículo es una muestra de lo más típico del carácter español: un español no quiere mejorar su condición; quiere que el vecino empeore la suya. Los trabajadores patrios no desean consolidar sus puestos de trabajo, ni acudir a su puesto sin tener la espada de Damocles del despido libre y gratuito sobre la cabeza, sino que el funcionario sienta también la espada colgando arriba.

Martín alude a la consabida idea de que el joven universitario español tiene sus miras puestas en aprobar unas oposiciones públicas, y no en desarrollar proyectos emprendedores. Y resulta que, en su opinión, lo que habría que hacer no es mejorar las condiciones y la seguridad laborales en el sector privado, sino empeorar aún más las del sector público. Ese es el país que quieren: no uno donde la estabilidad laboral se vaya extendiendo cada vez a un número mayor de trabajadores, sino precisamente lo contrario: que nadie se sienta seguro en su puesto de trabajo. Y eso se defiende desde las páginas de El País.

Vuelvo a menudo en este blog sobre la idea de que el gran triunfo de la dictadura del capital es la democracia. Millones de borregos que hacen lo que quiere el gran empresariado no porque tengan una bota en la cara, como ha sido tradicional, sino porque ellos mismos votan y viven para tener la boca metida en el barro sin necesidad de la bota. Y ahora hasta escribimos parrafadas en los periódicos pidiendo que nos hundan la cara más todavía. Hemos sido derrotados después de doscientos años. Queremos que los de arriba sigan manejando el cotarro. No tenemos remedio.

Más mentiras

11 de February de 2010

Este mediodía, cuando he oído en las noticias que las muertes anuales por tabaquismo se habían reducido en 1.500 desde la entrada en vigor de la última y draconiana ley anti tabaco, lo único que he podido pensar —ya que, como fumador, soy un estúpido— ha sido: «Es una buena noticia, sin duda. Ojalá limiten también el consumo de grasas saturadas, bollería industrial y alcohol, y obliguen a la gente a hacer deporte, las muertes se reducirían aún más». Era irónico, por supuesto. Lo del tabaco no tiene mucho que ver con la salud, sino con el gusto de los políticos por prohibir. De todas maneras, cuando hayan prohibido el tabaco, el alcohol, los filetes y filetazos, la vida sedentaria, las películas pornográficas, los deportes de riesgo y los videojuegos (que, recordad, ¡también matan!), probablemente viviremos todos cien años. Mi pregunta es: ¿y para qué?

Pero el asunto va más allá. El impacto de la famosa ley en el número de muertes por tabaquismo es… inexistente. Cero. Nada. Nihil. Lo cuenta Josu en Malaprensa y lo explica, con datos, Wonka.

Recordad: si queréis noticias, información, la verdad, acudid a los gurúes, a Dios, a la vecina del tercero, al verdulero. Las noticias os dicen lo que queréis oír. O bien lo que les gustaría que fuera la realidad. Que, habitualmente, dista mucho de la realidad.

Educación universal

9 de February de 2010

La educación en masa fue diseñada para convertir a granjeros independientes en herramientas de producción dóciles y pasivas.

Noam Chomsky, vía. No hay que extrañarse de que ya no la llamen enseñanza, sino educación. No quieren enseñarnos, quieren educarnos… quieren que seamos personas ¿educadas? Eso depende de lo que opines que es una persona educada. ¿Un jornalero analfabeto de principios de siglo que cede su asiento del tranvía a una mujer embarazada, o un broker de bolsa que hace millones con la construcción robando a familias después de sacar un sobre en Ciudadanía?

A trabajar

2 de February de 2010


Fuente de la imagen: Wikipedia.

Bueno, ya os habréis enterado todos de que no podréis jubilaros hasta los 67 años. En el ámbito político, lo de siempre: el Gobierno hecho una piña, la oposición oponiéndose a la medida, más que nada por la inercia del no-a-todo, ya que imagino que los populares se habrán alegrado de que nos joroben la vejez más incluso que los socialistas (la cursiva es intencionada en ambos casos). Los sindicatos, por lo que se ve, han montado una campaña informativa (sic) «de rechazo a que la edad de jubilación se incremente en dos años». A veces me da la sensación de que me comporto con los sindicatos como con los vendedores de enciclopedias: me da cosa ir a darme de baja o dar orden al banco de que no les paguen más cuotas, por el interrogatorio indefinido al que me pueden someter, haciéndome sentir culpable de delito contra mi clase… No sé. Solo se me ocurre pensar que sin jubilación hasta los 67, con la mitad de parados y sin inyecciones a los bancos le montaron a Aznar una huelga general. Ya, ya sé que todos estáis pensando lo mismo, pero lo cierto es que la culpa es nuestra: no vamos a darnos de baja, y siguen haciendo de las suyas. Como me repiten mucho últimamente por cuestiones que no vienen al caso, más vale una vez colorado que ciento amarillo.

Creo que en las próximas elecciones el Partido Popular no presentará candidatura. No, no me he vuelto loco, creo que es lo lógico. Después de todo, la derecha liberal (en un mundo tan hipócrita como este, es necesario usar la cursiva constantemente), ¿qué es lo que pretende? Que el mercado se mueva a su antojo, obteniendo un máximo de beneficios, sin reparar en la situación de la masa trabajadora ni lindezas por el estilo. Eso ya lo está haciendo el Partido Socialista Obrero Español: inyecciones a los bancos, trabajar hasta más tarde, recorte de gasto social, contención de sueldos, rebaja de impuestos —menos para los de abajo, claro—, las SICAV intocables, aprobar EREs por un tubo, la necesaria reforma del mercado laboral, o dicho sin eufemismos: despido más barato y mayor inseguridad en un puesto de trabajo. Si la derecha consigue todo lo que necesita estando en la oposición, ¿para qué van a invertir el dinero y el esfuerzo necesario en unas elecciones? A no ser por cierto narcisismo, del que nunca están libres los políticos, no le veo sentido. Así que creo que avanzamos hacia un sistema democrático de partido único. Sí, el consabido PPSOE.

He insistido varias veces en que el gran triunfo de los poderes no democráticos, esto es, los ajenos a la voluntad de la gente, como grandes empresas, religiones y partidos políticos, es el hacer que la gente crea que decide. Nos han convencido a casi todos de que la democracia consiste en depositar un papel en una urna una vez cada cuatro años y el resto preparar nuestros orificios para que sean profanados, intentando paliar el dolor en medida de lo posible. Eso creemos: ponemos el voto en la urna, aguantamos cuatro años contemplando cómo menguan nuestros derechos, y a los cuatro años volvemos a poner el voto en la urna (normalmente, ¡ja!, al mismo partido, qué miedo, no vayan a salir los otros).

Dicen que el que no vota no tiene derecho a protestar ni opinar. Y yo les digo, con perdón de los palabros: que os den por donde amargan los pepinos. Vosotros, que votáis, y que votáis siempre al mismo partido (sea con unas siglas o con las otras), vosotros que me estáis convirtiendo este país en una dictadura que ríete tú del tío Paco, vosotros sois los que no tenéis derecho a quejaros, yo sí. Vosotros votáis al partido del Gobierno o al principal partido de la oposición, manteniendo la misma situación de siempre, lo hacéis a conciencia y además sabiendo que tanto uno como otro nos va a amargar la existencia, no solo a vosotros, sino también a los que no les hemos votado ni lo haremos, probablemente, nunca. Vosotros, mentecatos, idiotas, palurdos, vosotros sois los que no tenéis derecho a opinar. Yo sí, que yo pago con mi dinero y con mis derechos la imbecilidad que os empuja a colocar en el Congreso siempre a los mismos.

Pero retomemos el tema del principio, que uno empieza a insultar y no acaba. Ya he leído a varios blogueros sembrando el sentido común, apartándonos a nosotros, pobres mortales, de la demagogia y haciéndonos ver que no hay remedio, que tendremos que trabajar hasta los 67 años y que si no el mundo se derrumba. Sus argumentos no parecen rebatibles: cada vez vivimos más y en mejores condiciones (es decir, nuestro período de cobro de pensiones es mayor y además estamos más años en condiciones de trabajar), y además un grupo de iluminados chiripitifláuticos ha dicho que dentro de veinte o treinta años habrá no sé cuántos viejos y no sé cuántos niños a los que será necesario mantener. Hechas las matemáticas, la cosa está muy clara: o trabajamos hasta caer muertos, como en Auschwitz, o moriremos todos de hambre, enfermedades y tsunamis.

Nadie recuerda ya, o se hacen los olvidadizos, de que hace unos veinte años nos salieron con la misma historia: para 2000, ó 2010, ó 2015, no habría gente trabajando en España, esto sería un inmenso y desolado páramo geriátrico donde el único sonido en los parques iba a ser el de los bastones y no el de los balones. Temblad, decían, poneos a procrear como conejos o caerá un meteorito sobre vuestras cabezas.

¿Sabéis qué? Se equivocaron. De repente la inmigración se convirtió en el principal fenómeno social del mundo. Los hambrientos vinieron por millones, literalmente, no hubo más remedio que dar papeles a casi todos ellos en toda Europa, y ocuparon un montón de puestos de trabajo que nadie quería, y se pusieron a cotizar a la Seguridad Social. Este hecho, con el que nadie contaba, hizo que las predicciones de los iluminados tuviesen el mismo valor que las de Aramís Fuster. ¿Quién sabe qué pasará dentro de veinte años? ¿Hace veinte años pensábamos que más del 10% de la población española tendría origen extranjero, y que todos los colegios estarían colmados de sus hijos? Claro que no. ¿Qué pasará dentro de veinte años? ¿Quizá el mundo será un modelo matemático fijo y calmado, donde no hay más que hacer tres o cuatro sumas y ya sabemos qué pirámide de población vamos a tener? ¿O pasará algo inesperado? Tal vez el cambio climático nos convierta a todos los europeos en emigrantes, quién sabe. Tal vez se empiece a arreglar y a democratizar el tercer mundo, ya que el primero avanza con paso firme hacia la pérdida de libertades y derechos. Tal vez Arabia Saudí compre Europa y nos pague la jubilación a todos a cambio de no sé qué. ¿Quién puede saberlo?

Tal vez el Gobierno de España, sea el que sea, y si no dejáis de hacer el tonto cada cuatro años seguirá siendo el mismo (PPSOE), decida articular un estado algo más racional, donde los gastos administrativos no se vean duplicados o triplicados por las ansias de poder y de figurar de cuatro gerifaltes autonómicos; tal vez despidan a los chorrocientos altos cargos que nos cuestan tantos millones y no parecen hacer nada; tal vez las SICAV comiencen a cotizar a, digamos el 50% que les corresponde, y no al 1% actual, y tengamos superávit en las cuentas del Estado; tal vez se decida actuar firmemente contra el fraude fiscal y entre dinero a espuertas en Hacienda, en lugar de destinar tantos recursos a inspeccionar mi declaración (yo, funcionario, que soy de sota, caballo y rey) del derecho y del revés; tal vez implementen un sistema impositivo más razonable y todo el mundo pague lo que debe; tal vez… tal vez dejen de decirnos de una puñetera vez que nos hagamos a la idea de que cada vez iremos perdiendo más derechos, y nos cuenten que la idea es otra, que la idea que tenemos de que el mundo progrese es que nuestra calidad de vida y de trabajo vayan avanzando en lugar de retroceder. Tal vez abandonemos la idea de que estamos en el mundo para entregar nuestros mejores años a Zara, BBVA, General Motors, Telepizza, y nos hagamos a la idea de que son ellos los que nos tienen que pedir permiso para dar un paso, y que la política, la economía y las vidas de la gente no tienen que moverse al albur de sus capitales, no, que son ellos los que tienen que adaptarse a la vida de la gente, y no la vida de la gente a sus necesidades depredadoras.

No, yo tampoco creo que ocurra el párrafo anterior.

¡Viva la extinción!

31 de January de 2010

De cuando en cuando surge el debate sobre la llamada fiesta nacional, el espectáculo en que un hombre, en superioridad de condiciones (la tabla de resultados está ahí) tortura y finalmente mata a un toro para regocijo del respetable. Hoy hay incluso iniciativas populares que piden la prohibición del espectáculo, la última, según tengo entendido, en Cataluña. Es difícil, desde luego, meter en una cabeza la idea de un país en que se detiene a la gente por organizar peleas de gallos, con circo mediático incluido en las noticias, y se ensalza a los torturadores directos de otros animales, más cercanos a nosotros en el árbol evolutivo, a la categoría de símbolos nacionales, de sex symbols, casi de héroes.

Pero el tema lo he tratado frecuentemente con anterioridad. Hoy me voy a limitar a criticar un argumento concreto de los que defienden esa forma de tortura a los animales: el que dice que es necesario proteger las corridas para proteger la especie del toro de lidia. Si no existiera la fiesta, se extinguiría el toro, dicen. El último, que yo sepa, que ha defendido este argumento (el último cuyas opiniones, por lo general, merecen atención) es Javier Marías, cuya inteligencia, honestidad, valentía con sus opiniones y maestría con la pluma están, a mi parecer, fuera de toda duda. El artículo en cuestión no lo pienso leer.

No lo pienso leer porque, aunque disfruto de la lectura de la buena prosa, estoy cansado de ese argumento, me enerva y además pienso que es fácilmente desmontable.

1. Pero empezaré por negar las intenciones que quienes lo utilizan. El uso de ese argumento siempre me ha parecido de una hipocresía malsana. Al argumentar que el espectáculo debe protegerse para proteger a la especie, se sobreentiende que el argumentador siente una preocupación, casi una simpatía, incluso, por el animal. No es que defiendan la tortura porque les parezca divertida ni les haga disfrutar, ni siquiera porque semejante carnicería les parezca el súmmum de lo artístico, lo bello y lo que culturalmente merece ser protegido —valiente memez—, no; es que les preocupa la suerte de la especie. Les da pena que un animal tan bello se extinga, como si no fueran bellos todos los animales, a su modo, incluso las cucarachas, prodigio de la ingeniería evolutiva orientada a la supervivencia y que matamos a millares sin contemplaciones.

En cierto modo lo entiendo: no debe de ser fácil mirarse al espejo y decirse a uno mismo «disfruto con el sufrimiento y la posterior muerte de un animal como hecho meramente lúdico, disfruto con el baile del capote, con la chulería del torero, pero sobre todo con el sufrimiento en sí, porque no concibo la diversión de la fiesta sin que medien todas las crueles heridas que se le infligen al bicho». Que el sufrimiento es lo que más les pone está fuera de la discusión, porque las iniciativas e ideas que pretenden celebrar las corridas sin banderillas ni estoques (lo que mantendría un espectáculo grotesco, chabacano y mamarracho, pero sin duda mucho menos cruel) son, en el mejor de los casos, ignoradas por los defensores de la tortura animal. Así que en lugar de decirse a uno mismo, y luego a sus lectores y oyentes, si los hay, que disfruta uno con la idea de que un ser vivo sufra, y que está dispuesto a ir al médico para arreglarlo, o qué caray, que no hay nada que arreglar, que estamos en un país libre, cada uno es como es y yo exijo que se torturen animales para mi diversión, se coloca uno, en el colmo del absurdo, como el principal defensor de los vacunos que son torturados y aniquilados en las plazas. Pues no cuela.

2. Niego también el hecho de que la especie vaya a desaparecer si las corridas hacen lo propio. Porque también es una idiotez. Porque destinamos millones a la defensa y la protección de cientos o miles de especies animales o vegetales. Incluso llegamos a derribar urbanizaciones enteras y dejamos a familias en la calle porque las obras se han realizado en un paraje de especial belleza natural. ¿No podemos destinar unos cuantos millones a proteger a los toros? Todos los que acuden, angustiados, a las plazas a ver las corridas porque no soportan la idea de que esa bella especie desaparezca de la faz de la tierra, ¿qué tal si donan el dinero de las entradas a programas de protección del todo de lidia? Me incomoda que tengan que ver sufrir a esos animales que tanto les gustan, solo porque no quieren que la especie pase a mejor vida. Estoy incluso dispuesto a que me impongan un impuesto para proteger la especie, igual que de mis impuestos salen los programas destinados a la protección del oso pardo o del águila real. Así podrían proteger a los toros, y además se ahorrarían ver cómo esos animales sufren, lo que debe de ser un trago difícil si los quieren tanto.

Por lo demás, el argumento demuestra su idiocia desde otras perspectivas. Muchas especies de animales, creadas con un fin concreto, siguen existiendo a pesar de que ese fin ya no existe. Los perros chow-chow fueron criados como alimento; muchas otras razas de perros se crearon mediante la selección de ejemplares para la guía de ganados, las carreras de galgos, la caza… actividades hoy en día minoritarias o cuya existencia es testimonial. Y ahí siguen las razas, como perros de compañía o de adorno.

3. Pero, por otra parte… ¿qué pasa si el toro de lidia se extingue? Si le preguntamos a él, estoy seguro de que prefiere una no-existencia a una existencia indigna, destinada a un fin en el que se le inflige un daño insoportable para que un montón de palurdos eructen gritos puestos de vino hasta las orejas (espectáculo en el que, incomprensiblemente, tanta gente ve una belleza abrumadora). Cualquiera con dos dedos de frente prefiere la eutanasia a una vida indigna y llena de dolores. Si pensamos que incluso la vida humana puede sacrificarse en aras de evitar un sufrimiento sin esperanza, un dolor lleno de desesperación, ¿no vale mucho menos, digo yo, la existencia de una especie artificial?

Se habla ahora, e incluso creo que hay países que lo tienen programado, de eliminar —extinguir— las especies de perros llamadas agresivas, modificaciones de canes destinadas exclusivamente a aumentar la fuerza, la agresividad y la violencia de sus ejemplares. Creo que no he leído a nadie llevándose las manos a la cabeza. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y el que siga disfrutando viendo cómo un animal destroza a otro a dentelladas, que busque en el eMule que seguro que ha de haber múltiples snuff movies repletas de ese sufrimiento gratuito. Propongo lo mismo a los que gozan con los toros y están preocupados por su extinción. Si el animal ha sido creado artificialmente y no sirve para nada, dejad que se extinga. Quizás no tenga razón de ser en este mundo, como los enormes monstruos antediluvianos no tienen mucho que hacer en un mundo en el que el oxígeno no es tan abundante como cuando ellos vivían. Que se extingan. Y el que disfrute con el sufrimiento, pues eso, tiene dos opciones: que se lo haga mirar; y si no quiere hacérselo mirar, porque se gusta como es —una persona que disfruta con la contemplación del sufrimiento ajeno, humano o animal—, que se compre películas o documentales donde seres vivos sean torturados y matados sin contemplaciones. Pero que no nos tomen el pelo con argumentos pueriles.

Moscas contra el cristal

2 de December de 2009

A menudo, en mis clases, tengo que hablar a los alumnos de los aparatos de grabación y reproducción de la voz humana, para ilustrarlos sobre las diferencias entre la lengua oral y la escrita (una de las cosas buenas de dar una de estas asignaturas que los imbéciles critican porque «no sirven para nada» es que puedes hablar, prácticamente, de todo). Si quiero que me entiendan, les hablo del MP3, aunque el nombre no sea técnicamente adecuado, pero aprovecho para decirles que en realidad el MP3 es un formato, y que el nombre del aparato es «reproductor de archivos de audio digital», etc., etc. Les pregunto si saben lo que es un compact disc, y todos lo saben, sobre todo porque recuerdan que la PlayStation funcionaba con ese formato (a duras penas lo reconocen como un formato de almacenamiento de audio). Recuerdan que sus padres tenían cintas de casete, y han visto algún vinilo en una revista o en una foto de Internet.

Los alumnos de los que hablo tienen entre 16 y 18 años; los de los cursos más bajos, normalmente, solo saben que un CD es algo parecido a lo que meten en la PlayStation 3 o la Xbox. Diez o quince años más, a lo sumo, y serán ellos los que, tras un duro día de trabajo, salgan a la calle a hacer compras. Es decir, los jóvenes profesionales que decidan qué se vende y qué no son estos chicos que nunca, en su vida, han introducido un CD en un lector para escuchar música. Ellos van al Ares, ya no usan ni el eMule, o bien, cuando saben el título de una canción que les gusta, la buscan en YouTube. Los padres vienen a hablar conmigo y me cuentan lo preocupados que están porque sus hijos pasan las horas muertas en Facebook o Tuenti, y yo intento tranquilizarlos: las redes sociales no tienen nada de malo, más que las amistades que puedan hacer en la calle. Su obligación, como padres, es saber con quién se juntan y qué cosas hacen grosso modo, respetando una parcela de intimidad pero manteniendo el control, mientras sean menores y estén bajo su custodia. Exactamente igual que cuando los únicos amigos que tenías eran los de tu barrio, cuando conocías su olor, su forma de hablar y de vestir, sus aficiones de palabra viva y no por su perfil. La forma ha cambiado, pero no el fondo. Facebook no tiene nada malo que no tuviera el banco de su barrio; es simplemente la forma en que los jóvenes se comunican ahora. Y no creo que podamos hacer una ley para cambiar esa forma de comunicarse. Tampoco creo que podamos hacer una ley para obligar a los chicos a comprar discos compactos. Sería lo mismo que si, en mis tiempos mozos, una ley hubiese intentado obligarme a comprar vinilos en lugar de los compactos que nosotros comprábamos —muy caros— y coleccionábamos. Nosotros comprábamos CDs porque era lo más conveniente a nuestra forma de vida. Por el mismo motivo, los jóvenes de ahora consumen Ares o YouTube. Y, o cierran Internet, o va a seguir siendo así.

La cerrazón de miras y la obstinación de la industria musical española, que se empeña en mantener modelos de negocio antediluvianos y en presionar a la clase política para que reforme la sociedad y se adapte a ellos, en lugar de adaptarse ellos a la sociedad del presente y del futuro, me recuerda siempre al cotidiano espectáculo de una mosca que se da cabezazos contra el cristal de una ventana. No importa las veces que compruebe que el cristal sigue ahí, la mosca no cesa de estrellarse. Al final, o se mata por su cabezonería, o, si tiene suerte, algún humano benefactor le abre un postigo y le ofrece una una salida que no es el cristal por la que podrá continuar su vuelo alegremente.

¿Cuántas veces se van a tener que dar contra el cristal los músicos y los productores españoles hasta darse cuenta de que no tienen fuerza suficiente para romperlo, y encontrar los múltiples postigos que se les abren (descargas promocionadas con publicidad o pagadas, métodos de suscripción por la música, dejar de quitarnos dinero con el canon y bajar los precios de los originales, por poner solo tres ejemplos)?

Yo no tengo la respuesta. Igual que cuando veo una mosca dándose porrazos contra la ventana, sólo puedo contemplar el espectáculo y pensar que es patético.

Mientras esperamos la suerte de la mosca, si tienes dos dedos de frente lee esto

Sobre el 11 de septiembre (desapasionadamente)

3 de November de 2009

Me encuentro en Boing Boing con este estupendo artículo del blogger invitado Arthur Goldwag, en el que pega un repaso a las múltiples teorías conspirativas sobre los atentados contra el World Trade Center: que fue una maniobra del gobierno de Bush, que había bombas en las torres para que cayeran, que los científicos que han dicho una y otra vez que el derrumbamiento de los edificios fue normal están comprados… Toma como punto de partida un documental conspiranoico y a partir de ahí aplica criterios racionales sencillos, claros y… eso, racionales. Incluso cita a nuestro querido Guillermo de Occam y a su archisabida teoría de la navaja, de una forma elegante en que nunca la había visto citar:

La navaja de Occam, también conocida como el Principio de parsimonia, sugiere que la teoría más creíble es casi siempre la más económica, aquella que implica al menor número de partes móviles.

Si entendéis el inglés sin muchas dificultades, creo que es un artículo imprescindible por lo breve, ameno y esclarecedor.

Goldwag: Some thoughts about 9/11 Truth (Boing Boing).

Qué follón

24 de October de 2009

Quien esté un poco interesado en el tema, o quien vea la tele regularmente, estará enterado de que hace unos días el Follonero vino a Melilla a grabar un programa de televisión. Podéis ver el programa en YouTube, en cinco partes (en el minuto 2.33 de la quinta parte creo que se ve mi coche dando vueltas por el Paseo Marítimo). Como siempre que alguien viene a rodar a Melilla, han sucedido dos cosas: 1) el programa ha sacado solo una parte de la ciudad, la más pintoresca, que no suele ser la más favorecedora, y 2) políticos, periodistas, empresarios y gente de a pie han montado en cólera y piden, figuradamente hablando, la cabeza del humorista.
(more…)

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