Ars longa, vita brevis

Muerto el perro

8 de October de 2014

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Soy un amante de los animales. Pero es obvio que la afirmación anterior, al menos en este país, debe ser explicada.

1. No, no creo que los animales sean iguales que las personas. Y no es cuestión de gradación sino de cualidad. Creo que la vida del ser humano más despreciable debe ser conservada con mayor ahínco que la del chimpancé más inteligente. Algunos humanos merecen la muerte, eso es cierto, pero todos merecen la vida. Ningún animal merece morir, como tampoco merecen vivir.

2. No soy vegetariano. Nuestra especie es omnívora. Es una de las cualidades adaptativas que nos han permitido alcanzar el nivel de desarrollo que disfrutamos ahora. Y no veo ningún dilema moral en comer animales. Casi todos los animales son susceptibles de ser devorados por otros, y no podemos prohibir a los animales (o a las plantas) comer animales. Sería absurdo que nos abstuviésemos de comer animales mientras mueren diariamente a millones víctimas de otros animales, carnívoros u omnívoros como nosotros.

3. En el asunto de la experimentación con animales me resulta difícil adoptar una postura definida. Estoy en contra de la investigación para productos estéticos. Pero en el caso de la investigación médica, es muy difícil oponerse a unos experimentos que pueden ayudarnos a encontrar la cura contra enfermedades humanas, por muy doloroso que nos resulte hacerlo.

4. Aun siendo un amante de los animales, tengo muy claro que a veces es necesario que acabemos con algunos de ellos. En los países africanos donde viven los majestuosos elefantes, a menudo se abren períodos de veda para su caza. Los programas de protección tienen a menudo el efecto colateral no deseado de la superpoblación, lo que conduce a que muchos de ellos mueran de inanición (una muerte mucho más lenta y desagradable que un disparo o dos de escopeta) o que ataquen los cultivos de las personas, ocasionando muertes en algún caso. Así que los cazamos.

Incluso el hombre está a punto de causar la extinción intencionada y controlada de una especie animal, el gusano de Guinea, un horrible parásito que parece haber sido creado explícitamente para causar sufrimiento a las personas, sin ningún otro fin natural.

Qué le vamos a hacer. Los que estamos por que se respeten ciertos derechos de los animales no somos unos sucios perroflautas que viven en un mundo lleno de unicornios. Sabemos que en el mundo hay cosas desagradables, y que a veces nosotros mismos tenemos que hacer esas cosas desagradables. En una ocasión los miembros de mi familia llevamos una gata a sacrificar porque tenía una enfermedad incurable que le causaba insoportables sufrimientos y para la que no había tratamientos paliativos. A veces tienes que elegir entre una patada en la entrepierna y que te corten un brazo, y con todo el dolor del mundo eliges la patada.

Esto me lleva a unos cuantos peros que son los que me enfrentan con parte del paisanaje español. Por ejemplo, al punto 1 de este artículo debo ponerle un pero. Los animales no son como las personas, pero eso no significa que no sean nada, o que sean seres no sensibles como una piedra. Sienten dolor, y muchos científicos están convencidos de que muchos de ellos tienen sentimientos semejantes a los nuestros (a quien tenga o haya tenido perro no será necesario demostrarle esto, pues lo sabe de sobras). Incluso existe algo llamado Proyecto Gran Simio que aboga por reconocer ciertos derechos humanos básicos a los grandes simios, dado el alto porcentaje de genoma compartido con nosotros y su inteligencia relativamente superior.

Lo que me lleva al pero del punto 2. Como animales y pienso seguir haciéndolo. Pero eso no significa que no se les pueda dar un trato digno. ¿Qué significa esto? Que comemos animales, pero debemos tratar de darles una vida y una muerte lo menos traumáticas posibles.

Cuando uno se queja de las corridas de toros, del toro de La Vega, de las cabras arrojadas de los campanarios, del sacrificio ritual del borrego en el islam, siempre sale alguna lumbrera a decirte que te comes los pollos criados en granjas donde viven hacinados. Curioso argumento, pues al que te dice tal cosa le importa el mismo bledo el pollo que el toro, pero eso es otro cantar. Lo curioso aquí es que se use el argumento del sufrimiento animal para despreciar a otro animal que sufre. Es como si te encuentran un cáncer y te piden que no sufras porque hay a quien le han encontrado dos a la vez. En fin, con esos argumentos no suele merecer la pena continuar la discusión.

Pero vamos a Excálibur. Ya sabéis todo el revuelo que se ha organizado en el país, y más concretamente en las redes sociales como Twitter, por el previsible y ya confirmado sacrificio del perro propiedad de la enfermera contagiada de ébola. Gran parte del país se ha puesto en contra, y otra gran parte a favor de la eliminación de este animal. En 140 caracteres es imposible exponer una idea en profundidad, y prácticamente solo hay espacio para aforismos, ocurrencias más o menos ingeniosas y salidas de tono. Por eso quiero explicar aquí una de las posibles posturas —la mía— desde las que se defendía salvar la vida del perro, para que quien tenga el infortunio de leer este artículo sepa que los defensores de los animales no somos unos simples descerebrados empeñados en conservar una vida animal a costa de un posible y grave contagio de una enfermedad para la que hoy por hoy no existe cura.

Como amante de los animales, pero antes de las personas, si pensase que la muerte de Excálibur es inevitable y necesaria para evitar un contagio, sería el primero en defenderla, por mucho que me doliera. No creo que deba explicar más este punto.

Pero el caso es que no solo no está claro que matar al perro fuera mejor (uno de los mayores expertos mundiales en la enfermedad, especializado en el contagio entre perros y personas, aconsejaba no hacerlo, pues podía ser clave para la investigación sobre la forma de contagio inter especies). Otros expertos dicen que era necesario sacrificarlo para evitar el contagio (no imagino por qué, pues el perro se encontraba solo encerrado en una casa, al parecer con alimento y comida suficiente para días), y otros decían que daba igual.

Pero lo peor en todo esto es la terrorífica gestión que ha hecho el gobierno de todo el asunto, agravado por su ya bastante avanzado plan para desmantelar la Sanidad pública (como comentaban en Twitter hace un par de meses, con la repatriación del religioso traído de África a España, curiosamente, en una situación de emergencia nacional, llevan a los enfermos a hospitales públicos, demostrando que ni ellos mismos se creen la mentira de que la sanidad privada es mejor). Absolutamente todo se ha hecho de manera improvisada, torpe y zafia, con una ministra de Sanidad que parece una diabólica broma de mal gusto diciendo sandeces cuando se atreve a abrir la boca. Y es que cada paso que da este gobierno en el asunto del ébola me llena de terror. La muerte a sangre fría de Excálibur me apena, pero sobre todo me llena de incertidumbre, porque parece que cada paso que ha dado este gobierno en el tratamiento de la crisis ha sido para empeorarla, y nada me hace pensar que aquí nada vaya a ser distinto. Si alguien demuestra que matar al perro era lo mejor para todos, me acordaré de él durante dos instantes, y luego pensaré que era necesario. Pero de momento, el perro está muerto por una orden judicial, no por unas razones claras y objetivas. Y puede que eso haya sido peor para todos: el tiempo lo dirá.

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De entre los miles de sandeces que he leído en las últimas veinticuatro horas para ofender a quienes pedíamos una gestión más inteligente y humana del asunto del perro, hay unos argumentos que han sido recurrentes, y que lo son cada vez que alguien tiene la osadía de mostrarse preocupado por alguna situación que considera injusta. Son del tipo «te preocupas por el perro, pero no por el religioso que murió de ébola» (antes de ese, era «te preocupas por el religioso, pero no por los africanos que mueren por la misma causa»).

Estos pensantes tienen el privilegio de decidir de qué debes preocuparte, y dado que hay cosas más importantes que un perro, te lo hacen saber.

Lo malo es que esto nos lleva por la ladera nevada que desemboca en el absurdo, pues siempre hay asuntos más importantes:

¿Cómo preocuparnos del perro, si hay al menos dos vidas españolas en peligro (las de la enfermera y su marido)?

¿Cómo preocuparnos de la enfermera, con los cientos que están muriendo en África?

¿Cómo preocuparnos por los cientos de muertos por ébola en África, si en ese mismo continente llevamos décadas de guerras y hambrunas?

Es más, ¿qué son las guerras y hambrunas, si el cambio climático puede producir cientos de millones de muertes en unos pocos años y no estamos haciendo casi nada para evitarlo?

¿Sabéis que cada año cruzan la órbita de la Tierra unas cuantas decenas de meteoritos con un tamaño suficiente como para causar una extinción masiva mayor que la del Cretácico, hace 65 millones de años, que acabó con la mayoría de los dinosaurios? ¿Sabéis que nuestros telescopios tienen la capacidad de rastrear menos del 10% del espacio cercano que rodea nuestro planeta, y que en caso de que lleguemos a darnos cuenta de que viene uno, el impacto será inevitable?

(Recomiendo leer, sobre este asunto, Una breve historia de casi todo, enorme y divertido libro de divulgación científica escrito por Bill Bryson)

¿Cómo os podéis preocupar por los millones de personas que mueren de hambre cuando estamos todos condenados?

Pues eso.

No hables de Plutón, nunca has estado allí

6 de October de 2014

Me ha pasado tres o cuatro veces en el último par de meses. Discutiendo con alguien sobre política, llegamos al tema del país que sea, y te insinúan que no tienes derecho a opinar, o que al menos tu opinión vale menos, por no haber visitado el sitio concreto del que hablas (me ha pasado dos veces con Cuba, que no tengo la suerte de conocer, y una con Cataluña, que sí he visitado bastante y por períodos de tiempo relativamente largos).

En concreto, con Cuba la discrepancia saltó en ambas ocasiones por el mismo asunto: un informe de Unicef que desvela que Cuba es el único país de Latinoamérica donde no existe desnutrición infantil. A Cuba —como a cualquier país, por otra parte— es muy fácil encontrarle defectos, que por supuesto los tiene; pero ese, precisamente, no, si atendemos al criterio de Unicef, que no creo que sea demasiado sospechosa de ser procastrista. Mis interlocutores negaban el informe de Unicef, hablando de la miseria que habían encontrado en las calles de la isla.

«¿Tú has estado en Cuba?» Mi respuesta en ambos casos ha sido «No», monosílabo que espero cambiar en un par de años a lo sumo. «Pues entonces…» Pues entonces, ¿qué? ¿Haber estado una semana en un hotel, en un par de tabernas y una playa, te hace conocer la realidad de un país con más exactitud que haber leído, pongamos, diez informes internacionales?

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Beach days

Este soy yo en Ocean Beach, una extensa y tranquila playa de San Francisco, en California (EEUU). La foto no está ahí para daros envidia (bueno, no solo). Este verano pasé catorce días en el estado dorado. Y no estuve metido en hoteles ni fui transportado en autobuses de ninguna agencia de viajes a los sitios de interés: junto con una amiga, alquilamos un coche en San Francisco y recorrimos el estado de (casi) Norte a Sur, desde San Francisco hasta Los Angeles, pasando por Sausalito, Oakland, San Luis Obispo, Santa Ynez, Santa Monica, etc. Estuve durmiendo en casas de estadounidenses que había conocido por la página CouchSurfing (no pisé un solo hotel; sí un par de moteles de carretera bastante pobres), hablando con ciudadanos estadounidenses e inmigrantes sin mediación (no necesitaba intérprete), yendo a dar paseos por ahí solo cuando no podía dormir por el jet lag; en fin, podéis haceros una idea. Intenté no pasar por zonas no recomendables, aunque, dado que iba con pocas indicaciones previas, ignoro si finalmente lo hice.

Solamente vi tres coches de policía en dos semanas y cientos o miles de kilómetros (dos de ellos eran de policías de tráfico). No presencié un tirón de bolso, una pelea ni un asesinato. Mi conclusión es que Estados Unidos es un país mucho más seguro que España, donde sí he presenciado delitos. Es más: mi conclusión es que en Estados Unidos no hay delitos. Y si alguien que no ha estado allí me dice que en ese país la criminalidad es más alta que en la península ibérica, le diré que se equivoca, y que no tiene ni idea por no haber pisado el continente norteamericano.

Y sin embargo, si hiciera eso, me equivocaría. Según la Wikipedia (que extrae los datos de la United Nations Office for Drugs and Crime, UNODC), en Estados Unidos tienen una tasa de 4,7 homicidios intencionados anuales por cada 100.000 habitantes, y en España tenemos 0,8 (redondeando, ellos padecen seis asesinatos por cada uno que padecemos nosotros, si la población de ambos países fuese equiparable).

¡Pero cómo! ¿Es posible que alguien que eche un simple vistazo a una página de internet me pueda dar lecciones sin salir de su habitación sobre un lugar en el que yo he pasado dos semanas?

Pues sí, por supuesto.

Alguna de las conversaciones derivó al interesante asunto de si los informes de las Naciones Unidas y las noticias que recibimos de los medios de comunicación pueden estar manipulados. Mi opinión es que sí, claro que sí. Sin embargo, si aceptamos las reglas de juego, las tenemos que aceptar hasta las últimas consecuencias. En el caso de Cuba, algún interlocutor aceptaba los informes de Unicef para Cuba, pero no para España (o viceversa). En el caso de Cataluña, mi contrincante aseguraba que los medios de comunicación nacionales —o estatales, para el caso es lo mismo— manipulaban la opinión de la gente en el resto de España, pero los medios de comunicación catalanes gozaban de una integridad purísima mediante la cual toda la información servida por ellos era de una imparcialidad diáfana (id est, no estaba modificada por intereses empresariales ni subvenciones autonómicas).

¿Es entonces posible conocer la verdad? Yo creo que con reservas. El inmenso número de fuentes hace complicado hacerse una idea no ya exacta, lo que es imposible, sino tan siquiera aproximada de la realidad de ninguna situación. Pero cometemos el error de darle demasiada importancia a la observación directa, que adolece de varios defectos graves. Por un lado, al ser nosotros los observadores, estamos irremediablemente mediatizados por nuestra subjetividad (ideas preconcebidas, nuestra historia personal, por poner solo dos ejemplos). Por otra parte, es prácticamente imposible conocer de primera mano la realidad de un país, por pequeño que sea, sin haber vivido meses o años allí, y aun así puede que nos equivoquemos (¿Quién se atreve a decir que conoce perfectamente la realidad española?).

Somos una especie evolucionada de tal forma que la vista constituye nuestro sentido más importante, y eso alberga una trampa: le damos algo más de credibilidad de la que merece (el consabido refrán: «Una imagen vale más que mil palabras»). Cuando mis padres eran jóvenes, una forma clásica de confirmar la veracidad indiscutible de algo era decir: «Lo ha dicho la tele». Hoy somos perfectamente conscientes de que las mentiras por televisión son aún más mentirosas, por convincentes. Pero debemos hacernos a la idea de que nuestros sentidos —y no quiero ponerme demasiado cartesiano— también nos pueden engañar, y mucho. No digo que la experiencia directa sea totalmente desechable, porque no lo es, y además enriquece mucho personalmente (solo por eso merece la pena). Pero cualquiera entiende que alguien que pase una semana en un resort de la Riviera Maya bebiendo ron y alternando con prostitutas de lujo probablemente no se hace una idea exacta ni aproximada de un país inmenso como México.

¿En cuál de todas las falacias conocidas estaría esta de desacreditar la visión del oponente dialéctico y dar la propia por buena porque uno tiene una experiencia directa mínima? Tal vez sea un nuevo tipo de falacia, pues esto de que la gente normal pueda permitirse —o a menudo, ay, se vea obligada a— visitar otros países es un fenómeno relativamente nuevo. Por eso, entre otras cosas, viajeros de la antigüedad como Marco Polo han sido célebres. Yo creo que es parecida a la falacia de generalización apresurada: paso una semana en un sitio, hablo con cinco personas y ya soy una autoridad en la materia.

En cualquier caso, no estoy despreciando la experiencia directa que pueda tener cualquiera sobre un lugar o una situación dados. Como he dicho antes, enriquece. Pero no debemos olvidar que para una hormiga que esté pisando nuestro planeta, este tiene una forma de rama de árbol, planicie más o menos accidentada o túnel, y para un alienígena que jamás haya puesto sus tentáculos aquí y que esté observando la Tierra desde millones de kilómetros de distancia tiene una forma de esfera achatada. Que es, precisamente, la realidad. Cuestión de perspectiva.

Las claves de la sorpresa

27 de May de 2014

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Pablo Iglesias Turrión, cabeza de lista de Podemos

Vistos en frío los resultados electorales del pasado veinticinco de mayo, en realidad, aparte de los números, las únicas sorpresas han sido el éxito de Podemos y el aumento —casi testimonial— de la participación, ya que casi todo lo demás era esperado. Quitando, como ya he dicho, los números: todos esperaban que PP y PSOE perdieran apoyos, aunque no tantos. También era previsible que las opciones soberanistas (el eufemismo ese, «consulta», que utilizan ellos mismos, queda un tanto ridículo a estas alturas) aumentaran sus apoyos en Cataluña, y que en esa comunidad se incrementara la participación: números. El aumento de apoyos a pequeños partidos ya conocidos (IU, UPyD, Ciutadans) también se veía venir.

La gran sorpresa, repito, ha sido el éxito de Podemos. Para algunas formaciones, como IU —inexplicablemente dolida, dado que ha triplicado su representación parlamentaria y sus votos— esto ha sido incomprensible y casi una traición, y se han apuntado al tic reaccionario, más propio de PP y PSOE, de pensar que los votos de determinados ciudadanos les pertenecen a ellos y no a los propios ciudadanos. En Twitter he leído a algunos simpatizantes y dirigentes de la coalición quejarse del arduo trabajo que ellos llevan años realizando, y de cómo una formación liderada por una cara conocida y formada hace menos de dos meses les ha quitado más de un millón de votos (la cursiva es mía, no he leído eso literalmente, pero lo he entendido y creo que es lo que se quería decir).

El error de Izquierda Unida aquí, muy típico de los políticos patrios, es haberse preguntado tras unas elecciones «¿Por qué se ha equivocado la gente?» en lugar de hacerse dos preguntas más inteligentes: «¿En qué me he equivocado yo?» y «¿En qué han acertado los otros?»

Y la clave de que la gente se haya subido al carro de Podemos es, a mi parecer, doble: por una parte, la gente ha dicho que está harta de los políticos de toda la vida. Legislatura tras legislatura hemos visto las mismas caras y, salvo el espejismo de los años de la burbuja, cada vez hemos sido más pobres y hemos tenido menos derechos. Año tras año nos han prometido todo y no nos han dado nada. Hay un porcentaje creciente de la población que, simplemente, ya no soporta ver las mismas caras de gente prometiendo, mintiendo y recortando. Y, aunque Izquierda Unida prácticamente nunca ha tenido oportunidad de demostrar su honradez (que, como al soldado primerizo el valor, hemos de suponerle), las caras de la coalición también son las mismas que forman parte del sistema que lleva años sangrando la teta del ciudadano para engordar la barriga del poderoso. Lo que me lleva a la segunda clave: los españoles, aleluya, no están hartos de la política, sino de los políticos de siempre. Es probable que la mayor parte de los nuevos votos a Izquierda Unida hayan venido de votantes del PSOE descontentos. IU y Podemos tienen programas similares; el hecho de que gran parte de los votantes se haya decantado por Podemos se debe, en mi opinión, a que el ciudadano, con razón o sin ella, relaciona las caras conocidas de la política con una forma de hacer política, la forma de siempre: la que ha llevado a su extremo Mariano Rajoy cuando declaró que cumplir las promesas le importaba un pimiento, que él iba a hacer lo que fuera necesario, aun cuando ello implicara hacer exactamente lo contrario de lo que había prometido (es decir, lo que está haciendo actualmente). Sin embargo, las caras de Podemos no son conocidas —como las de VOX o UPyD— por haber militado ya en otras formaciones. Lo que atrae es su virginidad. Parece que por fin el ciudadano ha entendido que las ideas (por lo general) no son malas: lo malo son los malos políticos. Una formación, y me refiero nuevamente a VOX y UPyD, que esté liderada por políticos que pasaron años representando a los partidos que nos han arruinado no convence, por mucho que haya que reconocerle a UPyD su aumento de escaños. Los de Podemos aún nos tienen que engañar, porque todavía no lo han hecho. Quizás nos reste algo de esperanza; si Podemos la traiciona, el golpe a la democracia podría ser fatal.

El aumento de la participación, por otro lado, no debe ser motivo de mucha euforia. La clave aquí está en Cataluña: en las anteriores elecciones (2009) se contabilizaron algo menos de dos millones de votos allí; en las de este año, los sufragios emitidos han superado los dos millones y medio. Algo más de medio millón de votos, de un total de emitidos en todo el país de unos dieciséis millones, dan para cambiar una tendencia. Sin embargo, y dadas las preferencias de los votos catalanes, esto tiene indudablemente más que ver con el ansia de la consulta —legítima—, creada de forma artificial por los políticos catalanes y alimentada por el torpe trato y nulo entendimiento de aquella comunidad mostrados por el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero y por Mariano Rajoy, tanto en la oposición como en el gobierno actual, que por deseos de cambio del electorado catalán.

En cuanto al PSOE, esto no ha sido más que otro capítulo de la vieja historia en que la madre le dice al niño que se va a caer, y el niño sigue sin hacer caso, y la madre se lo dice mil veces y al final el niño se cae. El electorado lleva años dando muestras al PSOE de que estaba harto de su giro derechista: de que, para votar a la copia, antes votaban al original o se abstenían. La puntilla fue cuando los dos partidos grandes reformaron la Constitución a espaldas del pueblo por orden de los mercados. Pero en el fondo está el mismo asunto del que hablaba al principio: llevamos décadas viéndole la cara a Rubalcaba. No paran de hablar de renovación, y las caras que se postulan son las que también llevamos viendo años o décadas: Madina, Chacón. No ilusionan a nadie, no cambian el discurso. Su maquinaria está anquilosada, y detrás del cadáver político de Rubalcaba no hay más que buitres esperando alimentarse de él, y conocemos las caras de los buitres. Creo que una de las claves de que un incompetente como Rodríguez Zapatero llegase a ilusionar tanto fue que era prácticamente un desconocido para la gente (debido, entre otras cosas, a que pasó años en el Parlamento español sin hacer una sola pregunta ni realizar una intervención). Así pudo ilusionar. Las nuevas caras del PSOE son la vieja guardia de siempre. Ignoro hasta qué punto han de hundirse para darse cuenta; en cualquier caso, me preocupa poco.

Pero, quizás, la clave de estas elecciones está en el mensaje rotundo que los españoles han dado a la clase política, y que se resume en escasas palabras: Estamos hartos de lo de siempre.

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

Groupies

14 de August de 2013

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Imagen: Wikipedia.

La Wikipedia en inglés define groupie como (traduzco improvisadamente) «un tipo particular de admiradora que se supone más interesada en relaciones personales con las estrellas del rock que en su música. Una groupie es considerada una fan devota de una banda o un intérprete musical».

Las groupies suelen abundar más en músicos —y no voy a nombrar ninguno— prefabricados, de estos que los productores musicales reúnen entre los púberes más guapetes de un gimnasio de barrio y les enseñan a cantar y bailar, o los salidos de los estúpidos concursos televisivos, que de músicos más respetados. Dada la motivación y, por lo que puede inferirse, escaso gusto musical y edad de las groupies, es lógico que muestren su amor irracional al guapete de turno cuyos estribillos los ha compuesto un ordenador siguiendo la moda que del músico vocacional con arriesgadas y originales notas que, además, no suele ser demasiado guapo.

A la groupie le da igual que le demuestres que el estribillo que le está vendiendo su ídolo ya se lo vendieron hace cinco años a su hermana mayor, o que le volverán a vender el mismo, con la imagen adaptada a la estética imperante, dentro de cinco años a su hermana pequeña. La música le importa más bien poco (aunque no dudo que le guste). Lo que siente es idolatría, más que melomanía. Nada tengo en contra de ello.

Que las grandes productoras musicales decidan hacer de un niño mono un millonario ídolo de masas ha pasado al menos desde los inicios del rock, aunque es cierto que cada vez la balanza se inclina más a la monería y menos a la música. Pero bueno; dudo que haya muerto mucha gente que no lo mereciera por el fenómeno groupie.

Claro, el problema viene cuando el amor irracional e incondicional se dirige no a quien después de todo solo te hace gastar veinte euros en un disco o cincuenta en unas entradas para un concierto, sino a quien está en la cúpula de los que están dirigiendo un país.

Aquí vemos a unos jóvenes de Nuevas Generaciones (los «cachorros» del Partido Popular) que han acudido esta mañana a la puerta de la Audiencia Nacional a jalear a María Dolores de Cospedal, que iba a declarar como testigo en el archiconocido caso de la corrupción dentro del seno del partido que gobierna los destinos de esta nación. En ese momento había también un grupo de afectados por la estafa de las participaciones preferentes, que habían ido a afear a la política que el poder no haya hecho nada en el pasado, ni lo esté haciendo ahora, por deshacer la estafa, compensar e indemnizar a los afectados y ya de paso (iluso que he sido siempre) meter en chirona por unos cuantos años a los responsables.

Según se ve en el vídeo, después, probablemente, del cruce de palabras gruesas entre ambos grupos, un anciano estafado amaga con una especie de bastón con agredir al grupo de fans de Cospedal, mientras un policía lo impide y los cachorros populares se burlan de él. A estas alturas ya casi todo el mundo habrá visto el vídeo, así que no es eso lo que quiero comentar aquí.

Lo que más me preocupa es que dentro de la política, en este país, haya habido y siga habiendo groupies, especialmente en los dos partidos que conforman el siniestro bipartidismo que está arrojando a España al desastre. Les dan igual los EREs, el caso Gürtel, los recortes, los GAL, cualquier cosa que haya pasado. Como cuando a una chica de catorce años le demuestras que el gran hit de su ídolo es un refrito de cuatro acordes que llevan setenta años funcionando en la música popular y una letra más tonta que caerse de lado, y ella solo se tapa los oídos y grita «¡Justin! ¡Justin!» (vaya, al final he dicho un nombre), esta gentecilla se tapa la nariz y grita, como en el caso del vídeo que nos ocupa, «¡Cospedal! ¡Cospedal!».

Están jaleando a una persona sobre la que recaen fundadas sospechas de haber recibido cobros ilegales, olvidando, por supuesto, de tributar por ellos el dinero que hace falta para construir escuelas y hospitales y comprar medicinas. A una señora que es una de las cabezas de un gobierno cuyas políticas mantienen el desempleo estatal por encima del 25% (y sin previsiones de que baje). Estas juventudes del partido con más afiliados de España van a vitorear a la secretaria general del partido cuyas políticas han llevado a que el 65% de los jóvenes estén en una situación tan salvaje como para emigrar por un trozo de pan. A que Aragón se jacte de tener solamente un 39,8% de desempleo juvenil.

La secretaria general de un partido que ha mantenido hasta hace dos días a un señor que cogía todo el dinero que se están ahorrando en sus estudios, en sus medicinas, en sus subsidios y en sus políticas activas de empleo, y se lo llevaba a bancos suizos.

Cuando una groupie se vuelve loca por un joven imberbe, el mayor perjuicio que puede haber es que compre una canción de mierda a precio de The Long and Winding Road. Pero cuando un grupo de atolondrados fans van a las mismas puertas del juzgado a llamar «guapa» a eso, es que nuestro país tiene un problema mucho más serio de lo que podemos llegar a concebir.

Algo va mal

18 de July de 2013

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En este librito de solo 220 páginas el lúcido profesor Tony Judt (1948-2010) le pega un repaso a toda la historia socioeconómica de Occidente en los tres últimos siglos, dejando claro que nada es como nos lo cuentan. Su propósito —y lo consigue con creces— es que el lector deje de tragarse la consabida mentira mil veces repetida: que la socialdemocracia es un fracaso, que el socialismo es esclavitud, y que solo una libertad de mercado sin límites es capaz de llevar a nuestros países a la prosperidad.

Lo que más me ha enganchado del libro es la sencillez con que nos relata los vaivenes de la economía y la sociedad de un período tan amplio, desde la Europa prerrevolucionaria a a esta globalización, que aunque aún nos sigue sonando a nuevo, ya nos ha pasado por encima, dejando a su paso los cadáveres de derechos sociales conseguidos a lo largo de siglos, de un espejismo de sociedad algo más justa que vivimos entre los años 70 y los 80 y de los tímidos pasos que nuestro mundo dio para alejarse de las desigualdades desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por no hablar, por supuesto, de los millones de cadáveres físicos que las nuevas guerras económicas han producido.

El profesor Judt contrasta sus afirmaciones y las apoya en datos y estadísticas, a menudo sorprendentes (como, por ejemplo, que en los países de baja protección social las enfermedades mentales y la situación de pobreza van de la mano, mientras que en las socialdemocracias europeas esta relación es inexistente). Demuestra también, por ejemplo, que una sociedad con menos desigualdades es una sociedad más feliz y más productiva a todos los niveles. Y no lo hace como un político huero, no son buenas intenciones: son convicciones apoyadas en firmes datos. Y, donde tiene que criticar los defectos de las políticas de izquierda, lo hace.

Por lo demás, es un libro que engancha, y mucho, aunque solo sea por ver que todas las desgracias económicas que está sufriendo el mundo tienen no solo una intención, sino una explicación; que son un plan maestro ejecutado desde los altos estrados de la desigualdad del planeta, que no solo tienen la intención de mantener esa desigualdad, sino también de aumentarla. Ah, y para los que aún no se enteren, explica muy claramente por qué la privatización —o externalización, o como quieran llamarla— de los servicios públicos como la sanidad, la educación y los transportes no solamente es mala filosóficamente hablando: allí donde se ha privatizado, el servicio en general no solamente ha sido peor que cuando dependía del estado —no hay más que ver el ejemplo de Telefónica en nuestro país—; sino que, además, ha terminado resultando más caro a los contribuyentes, que no solo tienen que costear el servicio, sino además los dividendos de los inversores y accionistas (una vez más, el ejemplo de Telefónica nos viene que ni pintado).
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El PP, ETA (Guillotin, Robespierre)

8 de May de 2013

Este post es, en parte, irónico

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1. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, afirma que «el aborto tiene algo que ver» con ETA, aunque «no demasiado».

2. Beatriz Escudero, diputada del Partido Popular, nos pregunta: «¿Saben que en España las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación tienen?»

3. Desde que tomó posesión el actual Gobierno, no solo se han aumentado las tasas universitarias, sino que además se han endurecido los requisitos para acceder a las becas. Estas medidas, con la excusa de reducir el gasto, tienen, lógicamente, el efecto de que conseguir una buena formación sea más caro y, por ende, más difícil.

4. ¿El PP es ETA?

CODA

Aunque existía desde tiempo atrás, fue el doctor Joseph Ignace Guillotin el que, durante la Revolución Francesa, recomendó el uso de la guillotina en las ejecuciones. Sus razones estaban bien motivadas. El ideal de fraternidad de la Revolución recomendaba que las ejecuciones —a las que, históricamente, puede que Europa fuese demasiado joven para renunciar aún— se realizasen de la forma más humana posible. La separación de la cabeza del tronco del ejecutado en una maniobra casi instantánea constituía, en aquellos tiempos, la forma más rápida de morir. Por otra parte, la égalité —«igualdad»—, otro de los pilares de la revuelta, exigía un método de asesinato (basta de eufemismos) igual para todos; hasta el momento, en casi todos los países únicamente los nobles gozaban del derecho de ver reducido el suplicio en sus últimos momentos. Tardaron unos pocos años, pero al final la Asamblea escuchó al doctor Guillotin y la cuchilla homicida se generalizó en la Francia revolucionaria.

Maximiliem Robespierre es tristemente conocido por el «terror»; aunque había sido, en sus primeros tiempos como abogado, un firme opositor a la pena capital, cuando se convirtió en uno de los líderes de la revuelta fue el principal impulsor de las ejecuciones por guillotina durante el bienio 1793-1974. Todo sospechoso de ser un enemigo del pueblo o de la Revolución era detenido, interrogado y ejecutado. Los números son inciertos, pero las estimaciones más conservadoras sospechan que el número de ajusticiados entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974 no bajó de 11.000 (otros cifran en un máximo de 40.000 las personas asesinadas en ese periodo).

El 28 de julio —10 de Termidor, según el calendario republicano— de 1794 Robespierre fue arrestado y decapitado en la guillotina.

Hay historiadores que afirman que toda revolución es seguida por un periodo particular de terror: la francesa, la cubana, la china, la rusa, la misma dictadura fascista del general Franco. Si no se asesina de forma más o menos indiscriminada a un número elevado de personas sospechosas, el régimen corre el peligro de estar mostrando debilidad, y es susceptible de fracasar. Pero, para los revolucionarios, el terror añade un riesgo sobrevenido: sus impulsores pueden acabar siendo víctimas, como le sucedió a Robespierre, o a tantos hombres de confianza de Stalin que acabaron frente al pelotón de fusilamiento o internados en un gulag.

El PP comenzó diciendo que cualquier partido que apoyara la independencia del País Vasco —que me parece una memez, pero eso no es el asunto— era ETA; más tarde, los que apoyasen la independencia de cualquier impulso de un proceso soberanista en cualquier parte del estado; después, simplemente los simpatizantes de esos procesos; después, los que nos manifestábamos con las plataformas del 15 de marzo; luego, Ada Colau y los militantes o simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; finalmente —de momento—, también las mujeres que abortan. Es como el terror revolucionario: todo el que no acate cualquier ocurrencia de este Gobierno hasta sus últimas consecuencias, es sospechoso de ser un enemigo del pueblo. Pero, una vez más, se produce lo que en todos los periodos de terror: de tanto ser enemigo del pueblo —o ETA— todo el mundo, resulta que la rueda finaliza su giro completo y, al final, acaban siendo ETA los que acusaban de ser ETA a todo el mundo.

(Habría venido muy bien aquí, de haber sido cierto, el bulo de que el mismo Guillotin fue víctima de la hoja asesina; no obstante, esto es falso: fue otro doctor Guillotin el que murió decapitado en el cadalso, y la coincidencia de nombres dio base al erróneo dato. No sé si decir: lástima; no creo, sin embargo, que invalide lo defendido aquí.)

Nada ha salido mal: están teniendo suerte

2 de May de 2013

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Imagen: La Vanguardia.

Quizás, de todas las cosas que están haciendo, solamente hay una que de verdad le pesa al Gobierno: eso de subir los impuestos. En su ideología está incluido el principio de adelgazar el estado hasta límites famélicos: que cada uno se quede con lo que gane, aportando el mínimo posible para el sostenimiento de un estado que garantice por medio de la fuerza policial y judicial las ganancias de los poderosos, y después que cada cual se pague de su bolsillo las necesidades que tenga, de las cuales algunas (como la educación, la sanidad y esas cosas) constituyen la base de lo que unos cuantos comunistas filoetarras llamamos estado del bienestar.

Todo lo demás forma parte de su plan ideológico. Que el poder bascule todo en las manos de la empresa, y el trabajador sea un simple siervo sin derechos; que los que más tengan tengan no solo más lujos —lo que, hasta cierto punto, es lógico—, sino también más bienes de los que se han venido considerando fundamentales desde hace décadas: una educación básica, una salud garantizada y esas cosas; en definitiva, que toda la sociedad trabaje y se esfuerce por el bienestar de aquellos a quienes la ley natural ha puesto arriba. No, esto no me lo estoy inventando. El actual presidente de la nación, don Mariano Rajoy, escribió algunas cartas en los años ochenta en los que declaraba su apoyo a las ideas de que hay personas mejor que otras, y de que intentar el logro de una sociedad más equitativa era algo así como un desprecio por el ser humano. Aquí tenéis las cartas. Pero prosigamos.

Cuando a nuestro Gobierno se le ha acabado la pueril excusa de echarle la culpa a otro (en concreto, al anterior presidente, Rodríguez Zapatero, de recuerdo algo menos infausto desde que le disteis el carguito a este gallego), ha seguido incidiendo en su idea de que hacer lo contrario de lo que prometió no es algo que le guste, pero que no tiene más remedio. Y, como dije antes, esto es cierto únicamente en lo de los impuestos.

Porque la idea de esta gente es la de que no todos podemos ser iguales, porque de hecho no somos iguales (a pesar de lo que rezan los primeros artículos de todas esas constituciones liberales que tanto les gusta citar). La idea es que los individuos superiores, que casualmente proceden todos de la clase alta, de buenas familias, para entendernos, deben poseer y controlar las riquezas, y los demás, los que no hemos tenido la genética suerte de ser ricos por nuestra casa, debemos conformarnos con las migajas que caigan e ir dando las gracias.

Por eso llevan año y medio hablando de productividad y eficiencia, de competitividad y de ajuste, pero no se les ha oído aún desear que los trabajadores aumenten su poder adquisitivo. Porque, simplemente, eso es contrario a lo que piensan. Quieren que estemos vivos, porque nuestra fuerza laboral los puede hacer aún más ricos, pero que tengamos lo justo. Una vida saludable, una educación de calidad, algo más de dos prendas de ropa, un viaje de vez en cuando; eso son cosas para ellos, los elegidos. Al igual, si me permitís cumplir a Godwin, que a los nazis no les importaba mantener a los judíos desnutridos en los campos de concentración, porque en cuanto uno moría era sustituido por otro (había de sobra), poco importa que la esperanza de vida de nuestro país, que es la envidia del mundo, excepto de Japón, comience a bajar. Si un trabajador muere por no haber recibido la atención médica precisa, no constituye ningún problema. Hay 6.202.700 parados que ocuparán el puesto del caído, y que, con gusto, lo harán por un sueldo inferior.

Los datos de la economía y del paro no son ninguna desgracia para un gobierno liberal. Son una bendición. Teniendo en cuenta que la gente no se muere de hambre —aún no hemos llegado a eso—, y que no se prevé un estallido social, dado que en deportes nos va relativamente bien, el que haya millones de familias sin ingresos es una inyección de vitaminas para la política de «reformas» de Rajoy. Hay más de seis millones de personas que aceptarán lo que sea. Despido barato. Despido gratis. Despido pagando. Lo que sea, pero dejadme trabajar.

Mucha gente luchó para que cobráramos más, para que tuviésemos derechos laborales, para, en definitiva, que nos desarrollásemos como personas más allá de hormiguitas en un laberinto productivo. Ahora estamos dispuestos a lo que sea para que nos dejen ser hormiguitas.

A este Gobierno le está saliendo todo rodado.

(No descarto que creen alguna burbuja de cualquier tipo hacia el final de la legislatura. Estoy seguro de que antes de que votemos el paro bajará. Saben cómo hacerlo. Pero, por un lado, ese no es su objetivo, sino que será un mero anuncio electoral. Y, por otro lado, será interesante comprobar, y comparar, el nivel adquisitivo que tendremos entonces, nuestro nivel de bienestar, y nuestros derechos. Entonces, votéis lo que votéis, estad seguros de que ya lo estarán consiguiendo.)

Hay que comer

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