Ars longa, vita brevis

Charlie-Charlie y los antivacunas

3 de June de 2015

Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k) Ouija board with pointer VARIOUS - 2006


Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k)
Ouija board with pointer
VARIOUS – 2006

Los alumnos de mi instituto han comenzado a jugar, durante los recreos y ausencias de algún profesor, a algo que llaman Charlie-Charlie: es algo relacionado con la conocida tabla de ouija, lejanamente mezclado aquí, en Melilla, como suele suceder, con algún demonio o súcubo propio de la zona del Rif. Aprovechan para armar alboroto, aunque en algunos casos creo que he apreciado terror genuino, e incluso tuve que calmar a una joven que sollozaba en la Jefatura de Estudios. Hemos prohibido el juego, dado que no está permitido permanecer en las aulas durante el período de recreo, y mi actuación ha consistido, fundamentalmente, en ir por las clases donde he detectado el juego diciendo en voz alta: «Charlie, si estás ahí, ven a mi habitación esta noche y mátame». Al día siguiente los alumnos comprobaban, con un gesto que era mezcla de alivio y contrariedad, que el jefe de estudios adjunto seguía con vida. También intenté explicarles que seguramente un fantasma tenía cosas mejores que hacer que esperar una eternidad en un aula por si a unos adolescentes les daba por invocarle, pero con escaso éxito, porque a esas edades aprecian el empirismo más que la teoría.

Por las mismas fechas me entero del primer caso en nuestro país de una moda importada de la nación más avanzada de la tierra (?): la de los antivacunas. Son gente que, basándose en un estudio demostradamente falso, dicen que las vacunas pueden ocasionar retraso mental y autismo en los niños, y se niegan a permitir que se las inyecten a sus hijos. Esto se complica, porque los niños no vacunados no suelen padecer esas enfermedades para las que no los vacunan, así que su irracional postura se ve reforzada por los datos.

(Los niños, por cierto, no enferman puesto que, dado que sus compañeros sí han recibido las vacunas, no son portadores de las enfermedades objetivo, y por ello no las pueden transmitir; sin embargo, los no vacunados sí constituyen un riesgo para los otros)

Esto de los antivacunas guarda relación con los típicos adoradores de lo natural, que reniegan de los alimentos transgénicos y que suelen soltar alegremente sentencias como que «como un tomate de huerta no sabe igual uno del supermercado». Es decir: reniegan de siglos de investigación científica —y precientífica, en la selección de los especímenes— destinados a producir alimentos más eficientes, menos vulnerables a las plagas, más sanos, en definitiva. Compruebo con amargura como, especialmente en los programas electorales de mi querida izquierda (lo he comprobado en los papeles de Podemos e Izquierda Unida), pretenden proclamar los territorios que gobiernen zona libre de transgénicos, como si la libertad estuviese determinada por la prohibición de consumir alimentos que la ciencia ha contribuido a crear y mejorar. Por desgracia, parte de la izquierda siempre ha tenido defectos para mí inexplicables, como defender religiones criminalmente machistas (porque al menos no son el cristianismo) o creer en bobadas como el reiki o la acupuntura.

Mis correligionarios parecen obviar que la selección de especímenes para la cría es lo que ha permitido, por ejemplo, que hoy existan los perros, animales genéticamente distintos a los lobos que proceden, probablemente, de la selección de los individuos más dóciles para su cría. O de las vacas que dan más leche aunque no estén amamantando a un ternero. O que el maíz, uno de los alimentos más importantes para la población mundial, antes de la selección genética de los humanos daba bastante pena y no parecía un alimento muy apetecible.

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¿Qué decir de los que reniegan de los productos químicos, ignorando, al parecer, que el agua es una molécula unida químicamente? Pero la magia de las palabras funciona en nuestra sociedad como el latín en el mundo de Harry Potter: el adjetivo «químico» no nos gusta, nos hace pensar que estamos bebiendo detergente o algún pesticida. Del mismo modo, aplicar un adjetivo a la Medicina (medicina «oriental», «tradicional», etc.) parece revestirla de algo más grande de lo que es, a pesar de que, como le oí una vez decir acertadamente a un médico, «la medicina es la medicina. Si tiene un adjetivo, es una estafa». Cosas como esta han llevado a una de las mentes más poderosas de nuestra época a suicidarse; hablo del caso de Steve Jobs, el genio tras los iPads y iPhones, que pensó que podía curar su cáncer de páncreas bebiendo zumo, desoyó a los médicos, y acabó como era previsible: muerto. Incluso en la televisión de nuestro país se habla de «polémica» sobre las vacunas, como si estuviésemos hablando de si tal o cual penalti ha sido o no y no de verdades científicas experimentadas y demostradas hasta la saciedad en millones de ocasiones.

Ignoro a qué se debe este gusto posmoderno por lo mágico: por el exagerado respeto a las religiones, que incluso cuentan, en los países más desarrollados, con leyes que las protegen; la proliferación de magos y videntes de medio pelo (¿los hay de otro tipo?) en las madrugadas de nuestras cadenas de televisión; incluso en las dudas renovadas de si el ser humano puso los pies en la Luna alguna vez, duda que me han expresado ya varios de mis alumnos, al igual que me han expresado sus dudas acerca de la evolución de las especies. Tiendo a relacionarlo siempre con el deterioro de los sistemas educativos, que están sufriendo un cruento ataque por parte de los políticos neoliberales, que quieren la destrucción de lo público y a quienes les importan más los números —aunque no de las Matemáticas, precisamente— que el futuro. En cualquier caso, como siempre he defendido, creo que la escasa formación científica de nuestros jóvenes es en gran parte responsable de esto, y por eso hemos debatido en el instituto donde trabajo sobre la conveniencia (necesidad, diría yo) de implantar una asignatura de cultura científica general en todas las modalidades de Bachillerato, incluidas las de Humanidades.

De cualquier modo, hay algo que me llama poderosa y tristemente la atención. Las dos profesiones probablemente más importantes para el presente (la medicina) y el futuro (la docencia) de cualquier sociedad se ven permanentemente cuestionadas por el pueblo. Unos padres deciden no vacunar a sus hijos, poniendo en duda la sabiduría de unos profesionales formados durante años en la ciencia médica; cualquier padre de cualquier alumno considera que el profesor de su hijo lo está haciendo mal y se permite el lujo de darle consejos sobre su trabajo. Si un mecánico (profesión ante la que guardo un enorme y ancestral respeto) te dice que conducir un vehículo en tales o cuales condiciones es un suicidio, tú no te atreves a rechistar, sacas un cheque en blanco de tu cartera y esperas a que ponga el precio que considere. Pero si un médico te dice que no vacunarte es una locura y que puedes acabar muerto, o si un profesor te dice que si no sigues sus consejos en lo que respecta a la educación de tus hijos es posible que acabe pidiendo dinero a la puerta de alguna mezquita, le enmiendas la plana y tomas la dirección opuesta.

El menosprecio por profesiones tan respetables —y permítanme el autobombo— como la medicina o la docencia llega a tales extremos que son las únicas que padecen hordas de troglodíticos protestantes dispuestos a insultar y, llegado el caso, agredir a sus miembros, si piensan que tal tratamiento clínico no ha sido suficiente, o que tal castigo a su hijo ha sido exagerado. ¡Esto no pasa ni con los políticos, responsables de tantas desgracias sociales, a quienes lo máximo que les puede caer es un tímido escrache!

¿No creéis que es para que nos paremos un rato a pensar?

¿Se puede?

28 de May de 2015

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Ada Colau, alcaldable de Barcelona. Fotografía de Mané Espinosa

Bueno, pues ha pasado el tiempo suficiente, y ya se han retratado bastante los protagonistas de las elecciones del pasado domingo como para que se puedan soltar una serie de reflexiones con cierto conocimiento de causa.

1. La delgada línea roja

A estas alturas no creo que quepa demasiada duda de que se ha producido durante años, pero especialmente quizás en el último lustro, una orquestación a gran escala para que los ciudadanos pensemos que la crisis, el paro, los desahucios, en ocasiones el hambre, etc. son cosas que se producen a la manera de las estaciones, o que son decididas por unos semidioses al estilo griego ante los que únicamente podemos agachar la cabeza y aceptar nuestro destino. Se echa a familias con bebés a dormir en la calle porque cada obrero con la ESO —o sin ella— es responsable de cada cosa que firme, y por el mismo motivo se deja a ancianos ciegos o analfabetos sin los ahorros de toda su vida, que invirtieron en preferentes porque el hijo de su vecino, que es director de una sucursal bancaria en su pueblo, y al que habían acunado cuando era un bebé, les aseguró que eran inversiones sin riesgo y recuperables al instante en cualquier momento. Al mismo tiempo, las malas decisiones —a veces malas; a veces, malintencionadas, rozando o sobrepasando el delito— de los directivos financieros no solo eran perdonadas, sino que con los impuestos pagados por los desahuciados y estafados se realizaban varios rescates a gran escala con miles de millones de euros para la banca. Parte de esos rescates se destinaba a que los directivos que habían tomado esas malas decisiones se jubilasen a los cincuenta años con cientos de miles de euros de indemnización y pensiones.

Nadie se atreve a cuestionar la necesidad de evitar a toda costa que los bancos se hundan. Día sí y al día siguiente dos veces, aparece alguno de esos extraños nuevos personajes televisivos: el economista (ese que no vio venir la burbuja, ni vio venir nada) que nos explica por qué necesitamos a los bancos. El último, el macho alfa de la izquierda europea Varoufakis. Pero puede ser cualquiera, y de cualquier orientación política. Que la banca (la de los desahucios, las cuentas ocultas de narcotraficantes, negreros y magnates armamentísticos, etc.) es imprescindible no se cuestiona, y punto. De hecho, nadie se explica cómo la humanidad ha sobrevivido miles de años sin ella. ¡Milagro!

También nos han convencido de que productividad significa cobrar menos, y de que hay que ser más productivos; de que los desorbitados beneficios empresariales, que no redundan en el bienestar de los trabajadores, sino todo lo contrario, son buenos para todos; de que pagamos demasiados impuestos (pero, sin embargo, es necesario subirlos, a los de abajo, claro); de que en Venezuela se pasa hambre (pero aquí no); de que no podemos salir del euro; y de cualquier otra cosa que repitan en televisión sin cesar en todos los programas.

Hay gente que no lo tragaba, y por eso se han ido modificando las leyes para silenciar las protestas (ahora te pueden meter en la cárcel por promover una manifestación desde Twitter) y desamparar a los ciudadanos ante la policía violenta. Al final, como uno siempre tiene algo que perder, acaba tragando, quedándose en casa y dando golpes en la mesa de su comedor cuando come con la familia, porque si sales a la calle te pueden romper la cabeza y hacerte pagar una multa, y si protestas desde casa te pueden detener.

Pero parece que se ha cruzado una delgada línea invisible. Va habiendo más gente que queda prácticamente sin nada que perder: enfermos terminales, por ejemplo, a los que se les niegan los medicamentos, porque después del rescate a la banca no queda dinero para curar su hepatitis. Gente sin trabajo y con bebés a los que echas a dormir debajo de un puente. ¿Cómo asustas a esa gente? Es prácticamente imposible. No se puede.

Y la gente ya empieza a votar a otros partidos que ponen en riesgo la democracia, porque si no tienes comida, ni trabajo, ni casa, ni medicinas, ni control sobre tu vida, ¿qué puede ser peor? ¿Una dictadura? Ya ha dicho Rajoy que piensa hacer lo que crea necesario, por mucho que contravenga lo que prometió. ¿Un país sin papel higiénico en los estantes de los supermercados? Aquí hay papel higiénico pero no dinero para comprarlo. Al igual que les pasó a los obreros que compraron conejeras a precio de oro, pensando que el precio de los pisos no podía bajar jamás (y por supuesto que podía: en el momento en que la gente no pudiera pagarlos ni hipotecando sus vidas enteras), a los políticos liberales les ha fallado el cálculo. Con el miedo, les puedes seguir robando mientras tengan algo. Cuando se lo has quitado todo, solo les queda una cosa que perder: el miedo. Y el miedo se pierde rápidamente.

2. Mujeres

Todos dicen que estas elecciones han sido las de los partidos emergentes, pero yo pienso que han sido las elecciones de las mujeres. Tanto en un sentido como en otro, ya que representan tanto el éxito como el fracaso, la vieja política y la nueva, la elegancia y el patetismo. El éxito arrollador de Ada Colau en Barcelona, los éxitos más modestos de Manuela Carmena y Mónica Oltra en Madrid y la Comunidad Valenciana, por un lado; los fracasos disfrazados de éxitos —o viceversa— de Rita Barberá, Esperanza Aguirre, María Dolores de Cospedal. Casi se puede explicar todo lo que han significado estos comicios sin decir nombres masculinos. Y son protagonistas activas, fuertes y decididas (tanto en las que pierden como en las que ganan). Me parece un éxito de la democracia, no porque la forma de hacer política de las mujeres sea distinta de la de los hombres (no creo que haya una forma masculina y otra femenina), sino porque es la primera vez que siento que ellas son las impulsoras de los procesos políticos, sin apadrinamientos; creo que ha empezado el cambio feminista de verdad.

3. Los partidos nuevos

Unos triunfan más de lo que esperaban, y otros menos, y lo mismo puede hablarse de los fracasos. Lo que pongo en duda es la etiqueta nuevos; los orígenes de UPyD se pueden rastrear al menos hasta 2007; Ciudadanos (en su origen, la plataforma Ciutadans de Catalunya) hasta 2005. Hay otros que afirman ellos mismos que no son partidos, como Barcelona en comú o Ganemos Madrid. Pero cuando se habla de partidos nuevos, hay un nombre que lo sobrevuela todo: el del secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, cuyo protagonismo ha sido innegable. De hecho, en su delirante rueda de prensa del otro día, Esperanza Aguirre alertaba del peligro que suponía el éxito de Ganemos Madrid, pues lo veía como una plataforma para que Pablo Iglesias escalara a la presidencia del Gobierno y destruyera el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos (las palabras son textuales; si no la visteis, buscad la rueda de prensa y podréis comprobarlo). Iglesias se está volviendo más inteligente, o más maquiavélico (dicho sea sin pretender connotaciones negativas, ni tampoco positivas), con el tiempo, y ya sabe cuándo arrimarse y cuándo no; deja claro que la candidatura madrileña de Carmena no es de Podemos, pero se sube con ella a celebrar la victoria.

Hay una escena de la película Cadena Perpetua, de Frank Darabont, que me parece una de las cumbres de la cinta: cuando se cierran las puertas de las celdas y se apagan las luces, en ese momento, es cuando el preso Andy Dufresne (Tim Robbins) se da cuenta de que realmente lo han metido en la cárcel y de que de ahí no va a salir. Algo así les ha pasado a los partidos tradicionales, que, para abreviar, llamaremos de la casta; en las elecciones europeas, aunque Podemos obtuvo unos nada despreciables cinco escaños, aún no se les tomaba en serio. Tampoco en las andaluzas, donde vieron rebajadas sus expectativas. Ahora no pueden ser soslayados. Son imprescindibles para gobernar en muchos sitios. De hecho, van a hacerlo en algunos. No son ya unos perroflautas de los que reírse y a los que pedirles que se duchen. Están aquí: la puerta de la celda se ha cerrado y ya no hay marcha atrás. ¿Cuántos cabezazos se habrán dado contra la pared aquellos que nos decían a los sucios hippies del 15M que si queríamos hacer política debíamos presentarnos a las elecciones? Más de uno se habrá roto los cuernos ya. Y no importa que los acusen de idealistas, de comunistas o de antidemocráticos; los han votado millones de españoles, y no se les puede ignorar.

4. El miedo

Estamos asistiendo en estos días al triste espectáculo de algunos dirigentes de la casta —especialmente del Partido Popular— haciendo piruetas y saltos mortales con tirabuzón para que los partidos nuevos no entren en los ayuntamientos o las comunidades autónomas. En Melilla, ciudad desde la que escribo, el Partido Popular, que acaba de perder la mayoría absoluta después de quince años, dice que está dispuesto a hablar con quien sea para formar gobierno. Los últimos balbuceos de Esperanza Aguirre incluyen una oferta para que Ganemos Madrid se integre en un posible ayuntamiento de concentración. Al mismo tiempo, en Valladolid y otros sitios las trituradoras de papel están echando humo, convirtiendo las posibles pruebas de un expolio masivo en confetti para animar la fiesta de la democracia. Sienten pánico. Y cuentan con que los ciudadanos ya sabemos (y, ay, hemos aceptado y sancionado en las urnas) que nos roban a manos llenas. ¿Qué nos queda por descubrir? ¿Se ven en la cárcel? No tengo las respuestas a estas cuestiones, pero no puedo negar que todo está resultando muy emocionante.

5. Los pactos

Iglesias y Pedro Sánchez (PSOE) llevan meses diciendo que jamás pactarían el uno con el otro. Eso está muy bien decirlo hasta el momento justo antes de conocer los resultados electorales; ahora hay que pactar. Un sistema electoral como el nuestro obliga a ello, siempre que ninguna lista obtenga una mayoría absoluta (mayoría que se ha comprobado, prácticamente en todos los casos, que es nefasta para los ciudadanos). Sánchez debe aceptar que nadie lo ve como el faro de la izquierda, en parte por su evidente falta de carisma y su imagen tan claramente impostada, y en parte por la larga historia de latrocinio protagonizada por su partido, de la cual, visto donde están Chaves y Griñán, no parecen especialmente arrepentidos ni avergonzados. Ahora deberá agachar la cabeza y pactar, en sus palabras, con los populistas, si no quiere que los populistas pacten con otros. Iglesias tampoco tiene mucho más remedio que aceptar que la política no es algo platónico, sino sucio y mundano. Sí, después de la enorme fiesta de las europeas probablemente la resaca le decía que podría obtener la mayoría absoluta en algunos comicios, pero después de la resaca está viendo las cosas con mayor frialdad. No puedes exigir a un partido que renuncie a todos sus principios y acepte los tuyos para pactar. Esto vale para uno como para el otro. Lo bueno es que sí puede marcar ciertas líneas de negociación irrenunciables, como las que probablemente tendrá que aceptar la imprudente Susana Díaz si quiere sentarse en el sillón de la presidencia de la Junta andaluza. Podemos no puede dictar las políticas a un gobierno andaluz de mayoría socialista, pero sí le puede exigir que expulse a los corruptos. El tiempo dirá lo que pasa.

6. ¿Qué nos espera?

Creo que nos esperan unos meses muy divertidos, especialmente en los medios de comunicación. A La Razón ya nadie se la toma en serio (dudo que la tome en serio el mismo director, Francisco Marhuenda). Se ha convertido en una especie de Leticia Sabater: dice y hace burradas para que se siga hablando de ella; la gente la critica, pero ella sigue ganando dinero. Mañana La Razón saca una portada con un Pablo Iglesias con cuernos y rabo comiéndose a un bebé enfundado en un chándal de la bandera venezolana. Todo el mundo sabe que es absurdo, pero ese día se habla de La Razón y no del ABC. El día después de las elecciones hubo un monobate (si se me permite el neologismo para un debate donde hay una sola idea que suena al unísono y donde hasta el moderador se empeña en mantenella y no enmendalla) en TVE 1 en el cual casi podías ver el holocausto de los supermercados sin papel higiénico en tu propio barrio. Lo malo es que les funciona: con todo el poder político, económico y mediático detrás de ellos y los becarios haciendo horas extras, a Podemos solamente les han encontrado una beca mileurista de Errejón y una regularización fiscal absolutamente legal de Juan Carlos Monedero. Eso ha sido suficiente para que las masas borregas sentencien que son iguales que los que han recortado pensiones y hurtado medicamentos a los enfermos de cáncer para regalar millones a los banqueros. Ahora se dan dos circunstancias: la casta ha comprobado en sus propias carnes que el peligro de que les roben la liga es real; y saben que, aunque les cueste el prestigio, las campañas goebbelsianas de desinformación funcionan. Conoceremos a la chica a la que Pablo Iglesias le robó un beso cuando tenía quince años, que declarará que se las ingenió para no invitarla a una hamburguesa; sabremos que Colau tuvo cuatro novios en solo un año, y a Carmena ya la pintan con la capucha de los etarras y un AK 47 Kalashnikov en cada mano. Pero saben que se está perdiendo el miedo, y por eso se está preparando, a mi parecer, una maniobra simultánea: de aquí a las elecciones veremos bajadas de impuestos, subidas de salarios funcionariales, aumento de prestaciones. En cualquier caso, nos esperan unos meses tremendamente emocionantes. Lo que hay que ver es cuántos de nosotros —los políticos, los periodistas, los votantes— estaremos a la altura.

Enfermedades mentales: la asignatura pendiente

30 de March de 2015

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El matemático John Forbes Nash, premio Nobel de Economía y esquizofrénico (imagen: Wikipedia)

Un copiloto ha causado, según todos los indicios voluntariamente, la colisión de la aeronave que controlaba contra una montaña de los Alpes, causando la terrible cifra de 150 víctimas mortales, incluyéndolo a él. Nada sabemos de su motivación, ya que no informó a nadie de sus intenciones, ni dejó, o no se ha encontrado al menos, nota alguna, en formato analógico o en redes sociales. Hace unos meses le dijo a su novia que algún día haría algo que cambiaría el sistema y por lo que sería recordado, igual que yo, hace una semana, dije a uno de mis alumnos que lo iba a tirar por la ventana, y hace veinte años les dije a mis padres que en poco tiempo sería una estrella del rock. Aunque esa bravuconada no indica peligro alguno de causar una catástrofe, como no lo hace hablar en sueños, algunos medios de comunicación, en busca del morbo, se han apresurado a destacar estos detalles irrelevantes, haciendo que la gente se pregunte si no habría que detener de inmediato a quienes en un momento puntual tengan delirios de grandeza o sufran pesadillas.

¿Qué decir de todos los periódicos que destacan que el piloto había sufrido episodios de depresión, como si estar deprimido empujase a la gente a cometer tropelías? Según datos de la Organización Mundial de la salud, 350 millones de personas, el 5 % de la población mundial, sufre esta dolencia. Una de cada veinte. ¿Conoces a veinte personas? Una cometería una masacre que costaría la vida a 150 personas, sin aviso previo y sin razón aparente, si hemos de hacer caso a estos periodistas. Nada importa que varios psicólogos y psiquiatras ya hayan negado categóricamente la relación entre una depresión y un incidente de este tipo.

Si descartamos el móvil terrorista, lo que parece lógico, pues una de las principales características del terrorismo es la propagación de sus motivos, y el copiloto no ha dejado mensaje; y descartando también, como parece ser que podemos hacer por la respiración calmada del copiloto que puede oírse en los registros de la caja negra, un desvanecimiento, un infarto, u otra dolencia física, nos queda (si descartamos también la narcolepsia, de la que no parece haber quedado rastro en los exhaustivos controles médicos a los que se someten los pilotos) la explicación de una dolencia mental, ya sea crónica o pasajera.

He leído con bastante angustia cientos de mensajes de odio vertidos hacia el comandante, mensajes que partían de personas que asumían que el kamikaze era un enfermo mental, es decir, que una patología no buscada y, lógicamente, no controlada —dado que uno es incapaz de controlar sus enfermedades mentales—, había sido la causante de la actuación funesta de Andreas Lubitz. Es decir, que hay gente que culpa al supuesto enfermo de alguna de las repercusiones de su enfermedad, que es como si reprochásemos a un enfermo terminal de cáncer que se esté muriendo, cuando ni él ha pedido padecer esa enfermedad, ni controla los efectos que produce en su organismo. No se me escapa que los efectos adversos de un cáncer solo afectan a la persona que lo padece, y no a sus familiares ni cualesquiera otras personas, por supuesto, y sin embargo, la supuesta —reitero, supuesta— enfermedad de Lubitz habría tenido la dolorosa consecuencia de costar la vida a un centenar y medio de personas inocentes; aun así, si estamos hablando de responsabilidad, es indudable que igual de responsable es un enfermo de cáncer de su metástasis que un psicótico de los actos realizados a partir de una deformación de la realidad.

Porque ciertas dolencias psíquicas, y, ojo, escribo este artículo asumiendo que hayan sido las causantes de esta desgracia, extremo no confirmado aún, son capaces de provocar que el enfermo perciba de manera totalmente nítida una realidad distinta a la que percibimos los demás; son capaces de hacerles oír voces que no existen, ver cosas que no existen, sentir tactos inexistentes. Cuando digo que son capaces de hacerlo, no hablo de una capacidad controlada o consciente: para ellos la realidad es esa, y ellos ven las creaciones de su mente con la misma claridad con la que tú estás leyendo las palabras de este artículo. Piensa que estas líneas podrían ser una creación de tu cerebro (lo que, desde el punto de vista neurológico, no es del todo falso). Si en lugar del monitor de un ordenador (o un teléfono, o el medio sobre el que estés leyendo esto) estuvieras viendo una enorme araña venenosa con cara de pocos amigos, tu reacción lógica sería matarla a golpes. Pero si resulta que no había ninguna araña, y que delante lo que tienes es una persona a la que estás agrediendo, ¿quién podría hacerte responsable de los puñetazos?

La gran asignatura pendiente de las sociedades modernas en materia de salud es la normalización de las enfermedades mentales. Se ha avanzado mucho: en menos de doscientos años, hemos dejado de asesinar a los enfermos mentales por considerarlos poseídos por espíritus demoníacos; de encerrarlos en lúgubres sanatorios en los que los inmovilizamos de por vida atándolos a camillas o poniéndoles camisas de fuerza; de aplicarles tratamientos consistentes en descargas eléctricas o duchas de agua helada a las cuatro de la madrugada. Pero el estigma sigue ahí. La culpabilidad. Como profesor de Secundaria, no pocas veces al año contemplo las caras de vergüenza de padres y alumnos cuando confiesan que el alumno ha acudido a una consulta psiquiátrica, o incluso psicológica. No faltan los compañeros que tildan de loco a quienes acuden al departamento de Orientación. Fuera del ámbito escolar, muchas familias ocultan la enfermedad mental de alguno de sus miembros, pero no por respeto a la intimidad del enfermo, sino por vergüenza.

El cine ha contribuido en gran medida al estigma de las enfermedades del alma, dado que no es infrecuente que los villanos de las películas sean enfermos mentales, aun cuando mayoritariamente estos enfermos suelen ser víctimas de los ataques de la sociedad, y no atacantes. Ahí está el siempre saludaba que buscan incesantemente los reporteros cada vez que un hombre mata a su pareja, porque una persona como nosotros no es capaz de hacer daño a nadie, y necesitamos excluirlo de nuestra categoría y asimilarlo a la categoría de quienes tienen un mundo interior mucho más trágico que el de nosotros, los que se aíslan de la sociedad debido a sus dolencias, los que no ven la chispa de la vida y les importan tres cominos las cosas que nos hacen felices a los demás, ya sean fútbol, sexo, libros o atardeceres en la playa.

Nuestro sistema de salud pública, antaño probablemente el mejor del mundo y envidia de las naciones desarrolladas —aunque el presidente Rajoy está realizando meritorios esfuerzos por destruirlo—, tampoco se libra de su responsabilidad ante el estigma. Cualquiera que haya estado en la sala de espera de una unidad de salud mental sabe bien de qué hablo: decenas de enfermos, con muy distintas dolencias (que pueden incluir depresiones, agorafobias, fobias sociales y demás) esperando juntos durante interminables horas, cuando para muchos de ellos esperar rodeado de personas puede resultar un sufrimiento equivalente al que padecería alguien con la pierna rota al que se le obliga a esperar de pie. Cosa que no nos cabe en la cabeza. Pero lo otro sí.

Pero, igual que sucede con el problema de la violencia machista, la gran causa es que la sociedad entera está impregnada del miedo y el odio al enfermo mental, sentimientos que parten del desconocimiento y del desprecio a lo que no se ve. De manera similar a quienes niegan el aterrizaje en la Luna porque no estuvieron allí, o quienes desprecian la teoría de la Relatividad porque no la comprenden, multitud de personas aún no aceptan que las enfermedades mentales existen. Sé que puede parecer una afirmación hiperbólica, pero no lo es. ¿Cuántas veces le hemos dicho a un enfermo de depresión que lo que tiene que hacer es salir más y hacer amigos? Y este consejo suele ir acompañado de una risita condescendiente. ¿Seríamos capaces de aconsejar a un enfermo de diabetes que abandonase la insulina? ¿De decir a un tetrapléjico que su enfermedad en realidad no existe, y que debería tener una actitud más positiva, y que así se dejaría de tonterías? ¿Cambiaríamos la prescripción que hace un médico a un enfermo oncológico y le recomendaríamos otra terapia?

¿Con qué motivo, de entre todas las especialidades médicas, no solamente restamos autoridad a los duros años de preparación de los especialistas en Psiquiatría sino que además nos permitimos el lujo de proponer soluciones mejores que las que les dicta su sabiduría? Somos un pueblo fatalmente acientífico, y por eso no confiamos en lo que no vemos. Para nosotros, las enfermedades mentales, dado que no afectan a la estructura de nuestra anatomía, no hacen salir llagas ni granos, no sangran, simplemente no existen. Poco importa que el cerebro humano sea la estructura más compleja conocida de todo el universo observable. Si no vemos una pierna rota, no creemos que haya nada malo. Y el suspenso en esa asignatura causa tremendos sufrimientos a toda la sociedad, pero especialmente a los enfermos mentales y a sus familiares. Ya va siendo hora de que la aprobemos, aunque nos cueste el sacrificio de pasar el verano entre libros.

Tres breves historias

8 de December de 2014

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Corrupción. ¿Qué os voy a contar? La tenemos hasta en la sopa. Nuestro país no estaría en la mayor de las ruinas sin la corrupción (porque, para mí, desde el caso de la burbuja inmobiliaria hasta el rescate a la banca que tantos millones nos ha costado, no se explican sin ella). No hace falta que os cuente historias: abrid cualquier periódico.

Lo que quiero rebatir aquí es una de las manidas defensas que algunos políticos y algunos periodistas vendidos utilizan para que lo suyo parezca menor: es que el país es corrupto desde sus raíces. Es que el Lazarillo, bla bla bla. Es que todos pagamos en negro para ahorrarnos el IVA. Os voy a contar tres breves historias vividas o presenciadas en primera persona.

La primera ya la conté aquí hará un par de años. Yo salía de mi instituto después de las clases y, como siempre, nada más pisar la calle, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar el paquete de cigarrillos. Solo había caminado diez pasos más cuando alguien me tocó el hombro. Al volverme, vi a un chico como de entre quince y diecisiete años cuya cara me sonaba, como me suena la de cualquier chico de esa edad desde que me dedico a este negocio, pero a quien no conocía. Me dijo: «Profesor, toma, se te acaba de caer esto». Era un billete de 20 euros. Como conté en su momento, entonces no supe reaccionar: me sentí tentado a regalárselos, pero no sabía qué tal iba a sentarles a sus padres que un profesor le diese dinero. Más tarde lamenté no haberle preguntado el nombre para llamar al día siguiente a su casa y felicitar a los padres por ser eso: padres.

La segunda historia, como la tercera, la conozco gracias a mis responsabilidades como Jefe de Estudios adjunto en mi centro, cargo que desempeño desde julio del presente año. Sucedió casi a principios de curso. Un alumno de 2.º de la ESO acudió a la Jefatura de Estudios con un teléfono móvil. Se lo había encontrado en el baño. Había entrado él solo y se lo encontró allí, encima del lavabo. No había testigos. Era un iPhone 5s (en aquellos momentos aún no se habían presentado los modelos 6 ni 6s, así que era el teléfono más caro de Apple, y uno de los más caros del mercado, con un precio no inferior a los 600 euros). Vino a decir que se lo había encontrado, y que, como no era suyo, nos lo traía por si su legítimo dueño preguntaba por él.

La tercera y última de las historias sucedió hace menos de dos semanas. Tres alumnas de 2.º de Bachillerato, a las que les doy clase de Lengua y Literatura, vinieron a la Jefatura y me mostraron un billete de 50 euros: «Nos hemos encontrado esto, Elías». Como no sabían de quién era, lo trajeron a donde yo estaba (por cierto, eran de un profesor). Nótese la diferencia con los dos casos anteriores: en el primero, el alumno había visto caer el billete de mi bolsillo; en el segundo, es sencillo averiguar el dueño de un teléfono móvil de última generación, por medio del IMEI o por otros cualesquiera. Aquí era muy difícil saber de quién era el dinero. Las alumnas no esperaban ni pidieron nada a cambio, aunque me consta que el profesor, motu proprio, les hizo un regalo. Os aseguro que a los profesores no nos sobran los billetes de 50 euros.

Y esas son mis historias. Así que cuando un político excusa su latrocinio acusando al ambiente y a la gente que le paga el sueldo de ser igual que ellos, podemos decirle: No. Tú eres un ladrón, España no lo es. El problema eres tú.

Muerto el perro

8 de October de 2014

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Soy un amante de los animales. Pero es obvio que la afirmación anterior, al menos en este país, debe ser explicada.

1. No, no creo que los animales sean iguales que las personas. Y no es cuestión de gradación sino de cualidad. Creo que la vida del ser humano más despreciable debe ser conservada con mayor ahínco que la del chimpancé más inteligente. Algunos humanos merecen la muerte, eso es cierto, pero todos merecen la vida. Ningún animal merece morir, como tampoco merecen vivir.

2. No soy vegetariano. Nuestra especie es omnívora. Es una de las cualidades adaptativas que nos han permitido alcanzar el nivel de desarrollo que disfrutamos ahora. Y no veo ningún dilema moral en comer animales. Casi todos los animales son susceptibles de ser devorados por otros, y no podemos prohibir a los animales (o a las plantas) comer animales. Sería absurdo que nos abstuviésemos de comer animales mientras mueren diariamente a millones víctimas de otros animales, carnívoros u omnívoros como nosotros.

3. En el asunto de la experimentación con animales me resulta difícil adoptar una postura definida. Estoy en contra de la investigación para productos estéticos. Pero en el caso de la investigación médica, es muy difícil oponerse a unos experimentos que pueden ayudarnos a encontrar la cura contra enfermedades humanas, por muy doloroso que nos resulte hacerlo.

4. Aun siendo un amante de los animales, tengo muy claro que a veces es necesario que acabemos con algunos de ellos. En los países africanos donde viven los majestuosos elefantes, a menudo se abren períodos de veda para su caza. Los programas de protección tienen a menudo el efecto colateral no deseado de la superpoblación, lo que conduce a que muchos de ellos mueran de inanición (una muerte mucho más lenta y desagradable que un disparo o dos de escopeta) o que ataquen los cultivos de las personas, ocasionando muertes en algún caso. Así que los cazamos.

Incluso el hombre está a punto de causar la extinción intencionada y controlada de una especie animal, el gusano de Guinea, un horrible parásito que parece haber sido creado explícitamente para causar sufrimiento a las personas, sin ningún otro fin natural.

Qué le vamos a hacer. Los que estamos por que se respeten ciertos derechos de los animales no somos unos sucios perroflautas que viven en un mundo lleno de unicornios. Sabemos que en el mundo hay cosas desagradables, y que a veces nosotros mismos tenemos que hacer esas cosas desagradables. En una ocasión los miembros de mi familia llevamos una gata a sacrificar porque tenía una enfermedad incurable que le causaba insoportables sufrimientos y para la que no había tratamientos paliativos. A veces tienes que elegir entre una patada en la entrepierna y que te corten un brazo, y con todo el dolor del mundo eliges la patada.

Esto me lleva a unos cuantos peros que son los que me enfrentan con parte del paisanaje español. Por ejemplo, al punto 1 de este artículo debo ponerle un pero. Los animales no son como las personas, pero eso no significa que no sean nada, o que sean seres no sensibles como una piedra. Sienten dolor, y muchos científicos están convencidos de que muchos de ellos tienen sentimientos semejantes a los nuestros (a quien tenga o haya tenido perro no será necesario demostrarle esto, pues lo sabe de sobras). Incluso existe algo llamado Proyecto Gran Simio que aboga por reconocer ciertos derechos humanos básicos a los grandes simios, dado el alto porcentaje de genoma compartido con nosotros y su inteligencia relativamente superior.

Lo que me lleva al pero del punto 2. Como animales y pienso seguir haciéndolo. Pero eso no significa que no se les pueda dar un trato digno. ¿Qué significa esto? Que comemos animales, pero debemos tratar de darles una vida y una muerte lo menos traumáticas posibles.

Cuando uno se queja de las corridas de toros, del toro de La Vega, de las cabras arrojadas de los campanarios, del sacrificio ritual del borrego en el islam, siempre sale alguna lumbrera a decirte que te comes los pollos criados en granjas donde viven hacinados. Curioso argumento, pues al que te dice tal cosa le importa el mismo bledo el pollo que el toro, pero eso es otro cantar. Lo curioso aquí es que se use el argumento del sufrimiento animal para despreciar a otro animal que sufre. Es como si te encuentran un cáncer y te piden que no sufras porque hay a quien le han encontrado dos a la vez. En fin, con esos argumentos no suele merecer la pena continuar la discusión.

Pero vamos a Excálibur. Ya sabéis todo el revuelo que se ha organizado en el país, y más concretamente en las redes sociales como Twitter, por el previsible y ya confirmado sacrificio del perro propiedad de la enfermera contagiada de ébola. Gran parte del país se ha puesto en contra, y otra gran parte a favor de la eliminación de este animal. En 140 caracteres es imposible exponer una idea en profundidad, y prácticamente solo hay espacio para aforismos, ocurrencias más o menos ingeniosas y salidas de tono. Por eso quiero explicar aquí una de las posibles posturas —la mía— desde las que se defendía salvar la vida del perro, para que quien tenga el infortunio de leer este artículo sepa que los defensores de los animales no somos unos simples descerebrados empeñados en conservar una vida animal a costa de un posible y grave contagio de una enfermedad para la que hoy por hoy no existe cura.

Como amante de los animales, pero antes de las personas, si pensase que la muerte de Excálibur es inevitable y necesaria para evitar un contagio, sería el primero en defenderla, por mucho que me doliera. No creo que deba explicar más este punto.

Pero el caso es que no solo no está claro que matar al perro fuera mejor (uno de los mayores expertos mundiales en la enfermedad, especializado en el contagio entre perros y personas, aconsejaba no hacerlo, pues podía ser clave para la investigación sobre la forma de contagio inter especies). Otros expertos dicen que era necesario sacrificarlo para evitar el contagio (no imagino por qué, pues el perro se encontraba solo encerrado en una casa, al parecer con alimento y comida suficiente para días), y otros decían que daba igual.

Pero lo peor en todo esto es la terrorífica gestión que ha hecho el gobierno de todo el asunto, agravado por su ya bastante avanzado plan para desmantelar la Sanidad pública (como comentaban en Twitter hace un par de meses, con la repatriación del religioso traído de África a España, curiosamente, en una situación de emergencia nacional, llevan a los enfermos a hospitales públicos, demostrando que ni ellos mismos se creen la mentira de que la sanidad privada es mejor). Absolutamente todo se ha hecho de manera improvisada, torpe y zafia, con una ministra de Sanidad que parece una diabólica broma de mal gusto diciendo sandeces cuando se atreve a abrir la boca. Y es que cada paso que da este gobierno en el asunto del ébola me llena de terror. La muerte a sangre fría de Excálibur me apena, pero sobre todo me llena de incertidumbre, porque parece que cada paso que ha dado este gobierno en el tratamiento de la crisis ha sido para empeorarla, y nada me hace pensar que aquí nada vaya a ser distinto. Si alguien demuestra que matar al perro era lo mejor para todos, me acordaré de él durante dos instantes, y luego pensaré que era necesario. Pero de momento, el perro está muerto por una orden judicial, no por unas razones claras y objetivas. Y puede que eso haya sido peor para todos: el tiempo lo dirá.

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De entre los miles de sandeces que he leído en las últimas veinticuatro horas para ofender a quienes pedíamos una gestión más inteligente y humana del asunto del perro, hay unos argumentos que han sido recurrentes, y que lo son cada vez que alguien tiene la osadía de mostrarse preocupado por alguna situación que considera injusta. Son del tipo «te preocupas por el perro, pero no por el religioso que murió de ébola» (antes de ese, era «te preocupas por el religioso, pero no por los africanos que mueren por la misma causa»).

Estos pensantes tienen el privilegio de decidir de qué debes preocuparte, y dado que hay cosas más importantes que un perro, te lo hacen saber.

Lo malo es que esto nos lleva por la ladera nevada que desemboca en el absurdo, pues siempre hay asuntos más importantes:

¿Cómo preocuparnos del perro, si hay al menos dos vidas españolas en peligro (las de la enfermera y su marido)?

¿Cómo preocuparnos de la enfermera, con los cientos que están muriendo en África?

¿Cómo preocuparnos por los cientos de muertos por ébola en África, si en ese mismo continente llevamos décadas de guerras y hambrunas?

Es más, ¿qué son las guerras y hambrunas, si el cambio climático puede producir cientos de millones de muertes en unos pocos años y no estamos haciendo casi nada para evitarlo?

¿Sabéis que cada año cruzan la órbita de la Tierra unas cuantas decenas de meteoritos con un tamaño suficiente como para causar una extinción masiva mayor que la del Cretácico, hace 65 millones de años, que acabó con la mayoría de los dinosaurios? ¿Sabéis que nuestros telescopios tienen la capacidad de rastrear menos del 10% del espacio cercano que rodea nuestro planeta, y que en caso de que lleguemos a darnos cuenta de que viene uno, el impacto será inevitable?

(Recomiendo leer, sobre este asunto, Una breve historia de casi todo, enorme y divertido libro de divulgación científica escrito por Bill Bryson)

¿Cómo os podéis preocupar por los millones de personas que mueren de hambre cuando estamos todos condenados?

Pues eso.

No hables de Plutón, nunca has estado allí

6 de October de 2014

Me ha pasado tres o cuatro veces en el último par de meses. Discutiendo con alguien sobre política, llegamos al tema del país que sea, y te insinúan que no tienes derecho a opinar, o que al menos tu opinión vale menos, por no haber visitado el sitio concreto del que hablas (me ha pasado dos veces con Cuba, que no tengo la suerte de conocer, y una con Cataluña, que sí he visitado bastante y por períodos de tiempo relativamente largos).

En concreto, con Cuba la discrepancia saltó en ambas ocasiones por el mismo asunto: un informe de Unicef que desvela que Cuba es el único país de Latinoamérica donde no existe desnutrición infantil. A Cuba —como a cualquier país, por otra parte— es muy fácil encontrarle defectos, que por supuesto los tiene; pero ese, precisamente, no, si atendemos al criterio de Unicef, que no creo que sea demasiado sospechosa de ser procastrista. Mis interlocutores negaban el informe de Unicef, hablando de la miseria que habían encontrado en las calles de la isla.

«¿Tú has estado en Cuba?» Mi respuesta en ambos casos ha sido «No», monosílabo que espero cambiar en un par de años a lo sumo. «Pues entonces…» Pues entonces, ¿qué? ¿Haber estado una semana en un hotel, en un par de tabernas y una playa, te hace conocer la realidad de un país con más exactitud que haber leído, pongamos, diez informes internacionales?

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Beach days

Este soy yo en Ocean Beach, una extensa y tranquila playa de San Francisco, en California (EEUU). La foto no está ahí para daros envidia (bueno, no solo). Este verano pasé catorce días en el estado dorado. Y no estuve metido en hoteles ni fui transportado en autobuses de ninguna agencia de viajes a los sitios de interés: junto con una amiga, alquilamos un coche en San Francisco y recorrimos el estado de (casi) Norte a Sur, desde San Francisco hasta Los Angeles, pasando por Sausalito, Oakland, San Luis Obispo, Santa Ynez, Santa Monica, etc. Estuve durmiendo en casas de estadounidenses que había conocido por la página CouchSurfing (no pisé un solo hotel; sí un par de moteles de carretera bastante pobres), hablando con ciudadanos estadounidenses e inmigrantes sin mediación (no necesitaba intérprete), yendo a dar paseos por ahí solo cuando no podía dormir por el jet lag; en fin, podéis haceros una idea. Intenté no pasar por zonas no recomendables, aunque, dado que iba con pocas indicaciones previas, ignoro si finalmente lo hice.

Solamente vi tres coches de policía en dos semanas y cientos o miles de kilómetros (dos de ellos eran de policías de tráfico). No presencié un tirón de bolso, una pelea ni un asesinato. Mi conclusión es que Estados Unidos es un país mucho más seguro que España, donde sí he presenciado delitos. Es más: mi conclusión es que en Estados Unidos no hay delitos. Y si alguien que no ha estado allí me dice que en ese país la criminalidad es más alta que en la península ibérica, le diré que se equivoca, y que no tiene ni idea por no haber pisado el continente norteamericano.

Y sin embargo, si hiciera eso, me equivocaría. Según la Wikipedia (que extrae los datos de la United Nations Office for Drugs and Crime, UNODC), en Estados Unidos tienen una tasa de 4,7 homicidios intencionados anuales por cada 100.000 habitantes, y en España tenemos 0,8 (redondeando, ellos padecen seis asesinatos por cada uno que padecemos nosotros, si la población de ambos países fuese equiparable).

¡Pero cómo! ¿Es posible que alguien que eche un simple vistazo a una página de internet me pueda dar lecciones sin salir de su habitación sobre un lugar en el que yo he pasado dos semanas?

Pues sí, por supuesto.

Alguna de las conversaciones derivó al interesante asunto de si los informes de las Naciones Unidas y las noticias que recibimos de los medios de comunicación pueden estar manipulados. Mi opinión es que sí, claro que sí. Sin embargo, si aceptamos las reglas de juego, las tenemos que aceptar hasta las últimas consecuencias. En el caso de Cuba, algún interlocutor aceptaba los informes de Unicef para Cuba, pero no para España (o viceversa). En el caso de Cataluña, mi contrincante aseguraba que los medios de comunicación nacionales —o estatales, para el caso es lo mismo— manipulaban la opinión de la gente en el resto de España, pero los medios de comunicación catalanes gozaban de una integridad purísima mediante la cual toda la información servida por ellos era de una imparcialidad diáfana (id est, no estaba modificada por intereses empresariales ni subvenciones autonómicas).

¿Es entonces posible conocer la verdad? Yo creo que con reservas. El inmenso número de fuentes hace complicado hacerse una idea no ya exacta, lo que es imposible, sino tan siquiera aproximada de la realidad de ninguna situación. Pero cometemos el error de darle demasiada importancia a la observación directa, que adolece de varios defectos graves. Por un lado, al ser nosotros los observadores, estamos irremediablemente mediatizados por nuestra subjetividad (ideas preconcebidas, nuestra historia personal, por poner solo dos ejemplos). Por otra parte, es prácticamente imposible conocer de primera mano la realidad de un país, por pequeño que sea, sin haber vivido meses o años allí, y aun así puede que nos equivoquemos (¿Quién se atreve a decir que conoce perfectamente la realidad española?).

Somos una especie evolucionada de tal forma que la vista constituye nuestro sentido más importante, y eso alberga una trampa: le damos algo más de credibilidad de la que merece (el consabido refrán: «Una imagen vale más que mil palabras»). Cuando mis padres eran jóvenes, una forma clásica de confirmar la veracidad indiscutible de algo era decir: «Lo ha dicho la tele». Hoy somos perfectamente conscientes de que las mentiras por televisión son aún más mentirosas, por convincentes. Pero debemos hacernos a la idea de que nuestros sentidos —y no quiero ponerme demasiado cartesiano— también nos pueden engañar, y mucho. No digo que la experiencia directa sea totalmente desechable, porque no lo es, y además enriquece mucho personalmente (solo por eso merece la pena). Pero cualquiera entiende que alguien que pase una semana en un resort de la Riviera Maya bebiendo ron y alternando con prostitutas de lujo probablemente no se hace una idea exacta ni aproximada de un país inmenso como México.

¿En cuál de todas las falacias conocidas estaría esta de desacreditar la visión del oponente dialéctico y dar la propia por buena porque uno tiene una experiencia directa mínima? Tal vez sea un nuevo tipo de falacia, pues esto de que la gente normal pueda permitirse —o a menudo, ay, se vea obligada a— visitar otros países es un fenómeno relativamente nuevo. Por eso, entre otras cosas, viajeros de la antigüedad como Marco Polo han sido célebres. Yo creo que es parecida a la falacia de generalización apresurada: paso una semana en un sitio, hablo con cinco personas y ya soy una autoridad en la materia.

En cualquier caso, no estoy despreciando la experiencia directa que pueda tener cualquiera sobre un lugar o una situación dados. Como he dicho antes, enriquece. Pero no debemos olvidar que para una hormiga que esté pisando nuestro planeta, este tiene una forma de rama de árbol, planicie más o menos accidentada o túnel, y para un alienígena que jamás haya puesto sus tentáculos aquí y que esté observando la Tierra desde millones de kilómetros de distancia tiene una forma de esfera achatada. Que es, precisamente, la realidad. Cuestión de perspectiva.

Las claves de la sorpresa

27 de May de 2014

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Pablo Iglesias Turrión, cabeza de lista de Podemos

Vistos en frío los resultados electorales del pasado veinticinco de mayo, en realidad, aparte de los números, las únicas sorpresas han sido el éxito de Podemos y el aumento —casi testimonial— de la participación, ya que casi todo lo demás era esperado. Quitando, como ya he dicho, los números: todos esperaban que PP y PSOE perdieran apoyos, aunque no tantos. También era previsible que las opciones soberanistas (el eufemismo ese, «consulta», que utilizan ellos mismos, queda un tanto ridículo a estas alturas) aumentaran sus apoyos en Cataluña, y que en esa comunidad se incrementara la participación: números. El aumento de apoyos a pequeños partidos ya conocidos (IU, UPyD, Ciutadans) también se veía venir.

La gran sorpresa, repito, ha sido el éxito de Podemos. Para algunas formaciones, como IU —inexplicablemente dolida, dado que ha triplicado su representación parlamentaria y sus votos— esto ha sido incomprensible y casi una traición, y se han apuntado al tic reaccionario, más propio de PP y PSOE, de pensar que los votos de determinados ciudadanos les pertenecen a ellos y no a los propios ciudadanos. En Twitter he leído a algunos simpatizantes y dirigentes de la coalición quejarse del arduo trabajo que ellos llevan años realizando, y de cómo una formación liderada por una cara conocida y formada hace menos de dos meses les ha quitado más de un millón de votos (la cursiva es mía, no he leído eso literalmente, pero lo he entendido y creo que es lo que se quería decir).

El error de Izquierda Unida aquí, muy típico de los políticos patrios, es haberse preguntado tras unas elecciones «¿Por qué se ha equivocado la gente?» en lugar de hacerse dos preguntas más inteligentes: «¿En qué me he equivocado yo?» y «¿En qué han acertado los otros?»

Y la clave de que la gente se haya subido al carro de Podemos es, a mi parecer, doble: por una parte, la gente ha dicho que está harta de los políticos de toda la vida. Legislatura tras legislatura hemos visto las mismas caras y, salvo el espejismo de los años de la burbuja, cada vez hemos sido más pobres y hemos tenido menos derechos. Año tras año nos han prometido todo y no nos han dado nada. Hay un porcentaje creciente de la población que, simplemente, ya no soporta ver las mismas caras de gente prometiendo, mintiendo y recortando. Y, aunque Izquierda Unida prácticamente nunca ha tenido oportunidad de demostrar su honradez (que, como al soldado primerizo el valor, hemos de suponerle), las caras de la coalición también son las mismas que forman parte del sistema que lleva años sangrando la teta del ciudadano para engordar la barriga del poderoso. Lo que me lleva a la segunda clave: los españoles, aleluya, no están hartos de la política, sino de los políticos de siempre. Es probable que la mayor parte de los nuevos votos a Izquierda Unida hayan venido de votantes del PSOE descontentos. IU y Podemos tienen programas similares; el hecho de que gran parte de los votantes se haya decantado por Podemos se debe, en mi opinión, a que el ciudadano, con razón o sin ella, relaciona las caras conocidas de la política con una forma de hacer política, la forma de siempre: la que ha llevado a su extremo Mariano Rajoy cuando declaró que cumplir las promesas le importaba un pimiento, que él iba a hacer lo que fuera necesario, aun cuando ello implicara hacer exactamente lo contrario de lo que había prometido (es decir, lo que está haciendo actualmente). Sin embargo, las caras de Podemos no son conocidas —como las de VOX o UPyD— por haber militado ya en otras formaciones. Lo que atrae es su virginidad. Parece que por fin el ciudadano ha entendido que las ideas (por lo general) no son malas: lo malo son los malos políticos. Una formación, y me refiero nuevamente a VOX y UPyD, que esté liderada por políticos que pasaron años representando a los partidos que nos han arruinado no convence, por mucho que haya que reconocerle a UPyD su aumento de escaños. Los de Podemos aún nos tienen que engañar, porque todavía no lo han hecho. Quizás nos reste algo de esperanza; si Podemos la traiciona, el golpe a la democracia podría ser fatal.

El aumento de la participación, por otro lado, no debe ser motivo de mucha euforia. La clave aquí está en Cataluña: en las anteriores elecciones (2009) se contabilizaron algo menos de dos millones de votos allí; en las de este año, los sufragios emitidos han superado los dos millones y medio. Algo más de medio millón de votos, de un total de emitidos en todo el país de unos dieciséis millones, dan para cambiar una tendencia. Sin embargo, y dadas las preferencias de los votos catalanes, esto tiene indudablemente más que ver con el ansia de la consulta —legítima—, creada de forma artificial por los políticos catalanes y alimentada por el torpe trato y nulo entendimiento de aquella comunidad mostrados por el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero y por Mariano Rajoy, tanto en la oposición como en el gobierno actual, que por deseos de cambio del electorado catalán.

En cuanto al PSOE, esto no ha sido más que otro capítulo de la vieja historia en que la madre le dice al niño que se va a caer, y el niño sigue sin hacer caso, y la madre se lo dice mil veces y al final el niño se cae. El electorado lleva años dando muestras al PSOE de que estaba harto de su giro derechista: de que, para votar a la copia, antes votaban al original o se abstenían. La puntilla fue cuando los dos partidos grandes reformaron la Constitución a espaldas del pueblo por orden de los mercados. Pero en el fondo está el mismo asunto del que hablaba al principio: llevamos décadas viéndole la cara a Rubalcaba. No paran de hablar de renovación, y las caras que se postulan son las que también llevamos viendo años o décadas: Madina, Chacón. No ilusionan a nadie, no cambian el discurso. Su maquinaria está anquilosada, y detrás del cadáver político de Rubalcaba no hay más que buitres esperando alimentarse de él, y conocemos las caras de los buitres. Creo que una de las claves de que un incompetente como Rodríguez Zapatero llegase a ilusionar tanto fue que era prácticamente un desconocido para la gente (debido, entre otras cosas, a que pasó años en el Parlamento español sin hacer una sola pregunta ni realizar una intervención). Así pudo ilusionar. Las nuevas caras del PSOE son la vieja guardia de siempre. Ignoro hasta qué punto han de hundirse para darse cuenta; en cualquier caso, me preocupa poco.

Pero, quizás, la clave de estas elecciones está en el mensaje rotundo que los españoles han dado a la clase política, y que se resume en escasas palabras: Estamos hartos de lo de siempre.

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

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