Ars longa, vita brevis

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

Groupies

14 de August de 2013

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Imagen: Wikipedia.

La Wikipedia en inglés define groupie como (traduzco improvisadamente) «un tipo particular de admiradora que se supone más interesada en relaciones personales con las estrellas del rock que en su música. Una groupie es considerada una fan devota de una banda o un intérprete musical».

Las groupies suelen abundar más en músicos —y no voy a nombrar ninguno— prefabricados, de estos que los productores musicales reúnen entre los púberes más guapetes de un gimnasio de barrio y les enseñan a cantar y bailar, o los salidos de los estúpidos concursos televisivos, que de músicos más respetados. Dada la motivación y, por lo que puede inferirse, escaso gusto musical y edad de las groupies, es lógico que muestren su amor irracional al guapete de turno cuyos estribillos los ha compuesto un ordenador siguiendo la moda que del músico vocacional con arriesgadas y originales notas que, además, no suele ser demasiado guapo.

A la groupie le da igual que le demuestres que el estribillo que le está vendiendo su ídolo ya se lo vendieron hace cinco años a su hermana mayor, o que le volverán a vender el mismo, con la imagen adaptada a la estética imperante, dentro de cinco años a su hermana pequeña. La música le importa más bien poco (aunque no dudo que le guste). Lo que siente es idolatría, más que melomanía. Nada tengo en contra de ello.

Que las grandes productoras musicales decidan hacer de un niño mono un millonario ídolo de masas ha pasado al menos desde los inicios del rock, aunque es cierto que cada vez la balanza se inclina más a la monería y menos a la música. Pero bueno; dudo que haya muerto mucha gente que no lo mereciera por el fenómeno groupie.

Claro, el problema viene cuando el amor irracional e incondicional se dirige no a quien después de todo solo te hace gastar veinte euros en un disco o cincuenta en unas entradas para un concierto, sino a quien está en la cúpula de los que están dirigiendo un país.

Aquí vemos a unos jóvenes de Nuevas Generaciones (los «cachorros» del Partido Popular) que han acudido esta mañana a la puerta de la Audiencia Nacional a jalear a María Dolores de Cospedal, que iba a declarar como testigo en el archiconocido caso de la corrupción dentro del seno del partido que gobierna los destinos de esta nación. En ese momento había también un grupo de afectados por la estafa de las participaciones preferentes, que habían ido a afear a la política que el poder no haya hecho nada en el pasado, ni lo esté haciendo ahora, por deshacer la estafa, compensar e indemnizar a los afectados y ya de paso (iluso que he sido siempre) meter en chirona por unos cuantos años a los responsables.

Según se ve en el vídeo, después, probablemente, del cruce de palabras gruesas entre ambos grupos, un anciano estafado amaga con una especie de bastón con agredir al grupo de fans de Cospedal, mientras un policía lo impide y los cachorros populares se burlan de él. A estas alturas ya casi todo el mundo habrá visto el vídeo, así que no es eso lo que quiero comentar aquí.

Lo que más me preocupa es que dentro de la política, en este país, haya habido y siga habiendo groupies, especialmente en los dos partidos que conforman el siniestro bipartidismo que está arrojando a España al desastre. Les dan igual los EREs, el caso Gürtel, los recortes, los GAL, cualquier cosa que haya pasado. Como cuando a una chica de catorce años le demuestras que el gran hit de su ídolo es un refrito de cuatro acordes que llevan setenta años funcionando en la música popular y una letra más tonta que caerse de lado, y ella solo se tapa los oídos y grita «¡Justin! ¡Justin!» (vaya, al final he dicho un nombre), esta gentecilla se tapa la nariz y grita, como en el caso del vídeo que nos ocupa, «¡Cospedal! ¡Cospedal!».

Están jaleando a una persona sobre la que recaen fundadas sospechas de haber recibido cobros ilegales, olvidando, por supuesto, de tributar por ellos el dinero que hace falta para construir escuelas y hospitales y comprar medicinas. A una señora que es una de las cabezas de un gobierno cuyas políticas mantienen el desempleo estatal por encima del 25% (y sin previsiones de que baje). Estas juventudes del partido con más afiliados de España van a vitorear a la secretaria general del partido cuyas políticas han llevado a que el 65% de los jóvenes estén en una situación tan salvaje como para emigrar por un trozo de pan. A que Aragón se jacte de tener solamente un 39,8% de desempleo juvenil.

La secretaria general de un partido que ha mantenido hasta hace dos días a un señor que cogía todo el dinero que se están ahorrando en sus estudios, en sus medicinas, en sus subsidios y en sus políticas activas de empleo, y se lo llevaba a bancos suizos.

Cuando una groupie se vuelve loca por un joven imberbe, el mayor perjuicio que puede haber es que compre una canción de mierda a precio de The Long and Winding Road. Pero cuando un grupo de atolondrados fans van a las mismas puertas del juzgado a llamar «guapa» a eso, es que nuestro país tiene un problema mucho más serio de lo que podemos llegar a concebir.

Algo va mal

18 de July de 2013

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En este librito de solo 220 páginas el lúcido profesor Tony Judt (1948-2010) le pega un repaso a toda la historia socioeconómica de Occidente en los tres últimos siglos, dejando claro que nada es como nos lo cuentan. Su propósito —y lo consigue con creces— es que el lector deje de tragarse la consabida mentira mil veces repetida: que la socialdemocracia es un fracaso, que el socialismo es esclavitud, y que solo una libertad de mercado sin límites es capaz de llevar a nuestros países a la prosperidad.

Lo que más me ha enganchado del libro es la sencillez con que nos relata los vaivenes de la economía y la sociedad de un período tan amplio, desde la Europa prerrevolucionaria a a esta globalización, que aunque aún nos sigue sonando a nuevo, ya nos ha pasado por encima, dejando a su paso los cadáveres de derechos sociales conseguidos a lo largo de siglos, de un espejismo de sociedad algo más justa que vivimos entre los años 70 y los 80 y de los tímidos pasos que nuestro mundo dio para alejarse de las desigualdades desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por no hablar, por supuesto, de los millones de cadáveres físicos que las nuevas guerras económicas han producido.

El profesor Judt contrasta sus afirmaciones y las apoya en datos y estadísticas, a menudo sorprendentes (como, por ejemplo, que en los países de baja protección social las enfermedades mentales y la situación de pobreza van de la mano, mientras que en las socialdemocracias europeas esta relación es inexistente). Demuestra también, por ejemplo, que una sociedad con menos desigualdades es una sociedad más feliz y más productiva a todos los niveles. Y no lo hace como un político huero, no son buenas intenciones: son convicciones apoyadas en firmes datos. Y, donde tiene que criticar los defectos de las políticas de izquierda, lo hace.

Por lo demás, es un libro que engancha, y mucho, aunque solo sea por ver que todas las desgracias económicas que está sufriendo el mundo tienen no solo una intención, sino una explicación; que son un plan maestro ejecutado desde los altos estrados de la desigualdad del planeta, que no solo tienen la intención de mantener esa desigualdad, sino también de aumentarla. Ah, y para los que aún no se enteren, explica muy claramente por qué la privatización —o externalización, o como quieran llamarla— de los servicios públicos como la sanidad, la educación y los transportes no solamente es mala filosóficamente hablando: allí donde se ha privatizado, el servicio en general no solamente ha sido peor que cuando dependía del estado —no hay más que ver el ejemplo de Telefónica en nuestro país—; sino que, además, ha terminado resultando más caro a los contribuyentes, que no solo tienen que costear el servicio, sino además los dividendos de los inversores y accionistas (una vez más, el ejemplo de Telefónica nos viene que ni pintado).
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El PP, ETA (Guillotin, Robespierre)

8 de May de 2013

Este post es, en parte, irónico

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1. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, afirma que «el aborto tiene algo que ver» con ETA, aunque «no demasiado».

2. Beatriz Escudero, diputada del Partido Popular, nos pregunta: «¿Saben que en España las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación tienen?»

3. Desde que tomó posesión el actual Gobierno, no solo se han aumentado las tasas universitarias, sino que además se han endurecido los requisitos para acceder a las becas. Estas medidas, con la excusa de reducir el gasto, tienen, lógicamente, el efecto de que conseguir una buena formación sea más caro y, por ende, más difícil.

4. ¿El PP es ETA?

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Aunque existía desde tiempo atrás, fue el doctor Joseph Ignace Guillotin el que, durante la Revolución Francesa, recomendó el uso de la guillotina en las ejecuciones. Sus razones estaban bien motivadas. El ideal de fraternidad de la Revolución recomendaba que las ejecuciones —a las que, históricamente, puede que Europa fuese demasiado joven para renunciar aún— se realizasen de la forma más humana posible. La separación de la cabeza del tronco del ejecutado en una maniobra casi instantánea constituía, en aquellos tiempos, la forma más rápida de morir. Por otra parte, la égalité —«igualdad»—, otro de los pilares de la revuelta, exigía un método de asesinato (basta de eufemismos) igual para todos; hasta el momento, en casi todos los países únicamente los nobles gozaban del derecho de ver reducido el suplicio en sus últimos momentos. Tardaron unos pocos años, pero al final la Asamblea escuchó al doctor Guillotin y la cuchilla homicida se generalizó en la Francia revolucionaria.

Maximiliem Robespierre es tristemente conocido por el «terror»; aunque había sido, en sus primeros tiempos como abogado, un firme opositor a la pena capital, cuando se convirtió en uno de los líderes de la revuelta fue el principal impulsor de las ejecuciones por guillotina durante el bienio 1793-1974. Todo sospechoso de ser un enemigo del pueblo o de la Revolución era detenido, interrogado y ejecutado. Los números son inciertos, pero las estimaciones más conservadoras sospechan que el número de ajusticiados entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974 no bajó de 11.000 (otros cifran en un máximo de 40.000 las personas asesinadas en ese periodo).

El 28 de julio —10 de Termidor, según el calendario republicano— de 1794 Robespierre fue arrestado y decapitado en la guillotina.

Hay historiadores que afirman que toda revolución es seguida por un periodo particular de terror: la francesa, la cubana, la china, la rusa, la misma dictadura fascista del general Franco. Si no se asesina de forma más o menos indiscriminada a un número elevado de personas sospechosas, el régimen corre el peligro de estar mostrando debilidad, y es susceptible de fracasar. Pero, para los revolucionarios, el terror añade un riesgo sobrevenido: sus impulsores pueden acabar siendo víctimas, como le sucedió a Robespierre, o a tantos hombres de confianza de Stalin que acabaron frente al pelotón de fusilamiento o internados en un gulag.

El PP comenzó diciendo que cualquier partido que apoyara la independencia del País Vasco —que me parece una memez, pero eso no es el asunto— era ETA; más tarde, los que apoyasen la independencia de cualquier impulso de un proceso soberanista en cualquier parte del estado; después, simplemente los simpatizantes de esos procesos; después, los que nos manifestábamos con las plataformas del 15 de marzo; luego, Ada Colau y los militantes o simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; finalmente —de momento—, también las mujeres que abortan. Es como el terror revolucionario: todo el que no acate cualquier ocurrencia de este Gobierno hasta sus últimas consecuencias, es sospechoso de ser un enemigo del pueblo. Pero, una vez más, se produce lo que en todos los periodos de terror: de tanto ser enemigo del pueblo —o ETA— todo el mundo, resulta que la rueda finaliza su giro completo y, al final, acaban siendo ETA los que acusaban de ser ETA a todo el mundo.

(Habría venido muy bien aquí, de haber sido cierto, el bulo de que el mismo Guillotin fue víctima de la hoja asesina; no obstante, esto es falso: fue otro doctor Guillotin el que murió decapitado en el cadalso, y la coincidencia de nombres dio base al erróneo dato. No sé si decir: lástima; no creo, sin embargo, que invalide lo defendido aquí.)

Nada ha salido mal: están teniendo suerte

2 de May de 2013

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Imagen: La Vanguardia.

Quizás, de todas las cosas que están haciendo, solamente hay una que de verdad le pesa al Gobierno: eso de subir los impuestos. En su ideología está incluido el principio de adelgazar el estado hasta límites famélicos: que cada uno se quede con lo que gane, aportando el mínimo posible para el sostenimiento de un estado que garantice por medio de la fuerza policial y judicial las ganancias de los poderosos, y después que cada cual se pague de su bolsillo las necesidades que tenga, de las cuales algunas (como la educación, la sanidad y esas cosas) constituyen la base de lo que unos cuantos comunistas filoetarras llamamos estado del bienestar.

Todo lo demás forma parte de su plan ideológico. Que el poder bascule todo en las manos de la empresa, y el trabajador sea un simple siervo sin derechos; que los que más tengan tengan no solo más lujos —lo que, hasta cierto punto, es lógico—, sino también más bienes de los que se han venido considerando fundamentales desde hace décadas: una educación básica, una salud garantizada y esas cosas; en definitiva, que toda la sociedad trabaje y se esfuerce por el bienestar de aquellos a quienes la ley natural ha puesto arriba. No, esto no me lo estoy inventando. El actual presidente de la nación, don Mariano Rajoy, escribió algunas cartas en los años ochenta en los que declaraba su apoyo a las ideas de que hay personas mejor que otras, y de que intentar el logro de una sociedad más equitativa era algo así como un desprecio por el ser humano. Aquí tenéis las cartas. Pero prosigamos.

Cuando a nuestro Gobierno se le ha acabado la pueril excusa de echarle la culpa a otro (en concreto, al anterior presidente, Rodríguez Zapatero, de recuerdo algo menos infausto desde que le disteis el carguito a este gallego), ha seguido incidiendo en su idea de que hacer lo contrario de lo que prometió no es algo que le guste, pero que no tiene más remedio. Y, como dije antes, esto es cierto únicamente en lo de los impuestos.

Porque la idea de esta gente es la de que no todos podemos ser iguales, porque de hecho no somos iguales (a pesar de lo que rezan los primeros artículos de todas esas constituciones liberales que tanto les gusta citar). La idea es que los individuos superiores, que casualmente proceden todos de la clase alta, de buenas familias, para entendernos, deben poseer y controlar las riquezas, y los demás, los que no hemos tenido la genética suerte de ser ricos por nuestra casa, debemos conformarnos con las migajas que caigan e ir dando las gracias.

Por eso llevan año y medio hablando de productividad y eficiencia, de competitividad y de ajuste, pero no se les ha oído aún desear que los trabajadores aumenten su poder adquisitivo. Porque, simplemente, eso es contrario a lo que piensan. Quieren que estemos vivos, porque nuestra fuerza laboral los puede hacer aún más ricos, pero que tengamos lo justo. Una vida saludable, una educación de calidad, algo más de dos prendas de ropa, un viaje de vez en cuando; eso son cosas para ellos, los elegidos. Al igual, si me permitís cumplir a Godwin, que a los nazis no les importaba mantener a los judíos desnutridos en los campos de concentración, porque en cuanto uno moría era sustituido por otro (había de sobra), poco importa que la esperanza de vida de nuestro país, que es la envidia del mundo, excepto de Japón, comience a bajar. Si un trabajador muere por no haber recibido la atención médica precisa, no constituye ningún problema. Hay 6.202.700 parados que ocuparán el puesto del caído, y que, con gusto, lo harán por un sueldo inferior.

Los datos de la economía y del paro no son ninguna desgracia para un gobierno liberal. Son una bendición. Teniendo en cuenta que la gente no se muere de hambre —aún no hemos llegado a eso—, y que no se prevé un estallido social, dado que en deportes nos va relativamente bien, el que haya millones de familias sin ingresos es una inyección de vitaminas para la política de «reformas» de Rajoy. Hay más de seis millones de personas que aceptarán lo que sea. Despido barato. Despido gratis. Despido pagando. Lo que sea, pero dejadme trabajar.

Mucha gente luchó para que cobráramos más, para que tuviésemos derechos laborales, para, en definitiva, que nos desarrollásemos como personas más allá de hormiguitas en un laberinto productivo. Ahora estamos dispuestos a lo que sea para que nos dejen ser hormiguitas.

A este Gobierno le está saliendo todo rodado.

(No descarto que creen alguna burbuja de cualquier tipo hacia el final de la legislatura. Estoy seguro de que antes de que votemos el paro bajará. Saben cómo hacerlo. Pero, por un lado, ese no es su objetivo, sino que será un mero anuncio electoral. Y, por otro lado, será interesante comprobar, y comparar, el nivel adquisitivo que tendremos entonces, nuestro nivel de bienestar, y nuestros derechos. Entonces, votéis lo que votéis, estad seguros de que ya lo estarán consiguiendo.)

El derecho a decidir

14 de February de 2013

Por supuesto, de entrada, sí. En una sociedad humana, siempre hay quien decide las cosas. Si no las decide la gente, las decidirá el dinero, u otro tipo de poderes.

Claro, esto no es tan simple, no es que cada uno decida lo que quiera, hay múltiples variables que se deben tener en cuenta: la primera, cómo afectan nuestras decisiones a los demás. Puedo decidir poner la música muy alta en mi casa a las tres de la madrugada, pero los vecinos, tal, ya sabéis. Aun así, me repito: en términos absolutos, siempre es mejor tener capacidad de decisión que no tenerla, porque si no decides tú, alguien decidirá por ti —por eso, tras muchos años de firme proselitismo abstencionista, ahora digo: ¡votad siempre!—.

Pues resulta que estaba revisando la etiqueta Libros en mi blog, para un asunto personal que no os interesa, y llegué a la crítica que escribí sobre la monumental obra Persépolis, de la dibujante de cómics iraní Marjane Satrapi; por algún motivo, en aquel momento, hace casi cinco años, elegí esta viñeta para ilustrar el artículo.

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Resulta que todo sigue teniendo sentido: en pueblos analfabetos —¿hay alguno que no lo sea, excepto algunos de los nórdicos?— , la bandera y el odio al que tiene un dios distinto es lo que más aglutina las mentes, las aspiraciones, la acción. Lo vemos en España, con los nacionalismos llamados periféricos, y el nacionalismo llamado no nacionalismo —el español—, que hace a la gente olvidar crisis y recortes y creerse todas las mentiras que cuentan, por ejemplo, los medios oficiales catalanes a los catalanes, y los medios oficiales estatales a todos los españoles; y lo vemos, por desgracia, en muchos países árabes, donde se han librado, o se están librando de tiránicas satrapías que gobernaban al servicio de los poderes económicos occidentales para votar democráticamente a gobiernos que imponen la ley islámica. Toma ya.

Quien piense que estoy en contra de Cataluña o de su nacionalismo en particular no me conoce; y quien piense que rechazo la religión islámica por encima de otras, es que no me conoce tampoco (de hecho, considero patria y religión casi como sinónimos). Pero la viñeta de Satrapi es absolutamente certera, tanto, que duele.

¿Entonces, estoy en contra del derecho a decidir en según qué casos? No. Por supuesto, no me gusta ningún país gobernado por leyes religiosas, se llame Egipto o Ciudad del Vaticano; tampoco me gusta que se me pida un pasaporte en la frontera con Cataluña, como no me gustaría que a un catalán se lo pidieran para entrar en La Rioja: me gustaría llamarme paisano de ellos, pero es cosa aparte. Creo que la viñeta de Persépolis tiene también la solución. Es necesario educar a la gente. Mejor. Y ya.

Es decir: hacer justo lo contrario de lo que estamos haciendo.

¿Nos sirve Finlandia?

3 de February de 2013

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Día del Docente, Melilla, enero de 2013.

Una pesadilla en la cocina particular me ha impedido ver el programa Salvados de hoy, que prometía estar interesante, ya que hablaba de lo mío, la educación. En unos minutos —cuando lo cuelguen en la web— lo veré, pero no espero encontrar nada que me sorprenda, ya que he leído millones de píxeles sobre el tema.

La educación en Finlandia funciona, y mucho mejor que la de nuestro país, aun siendo el nuestro uno de los de la OCDE que más gasta por alumno. Las cosas, sin embargo, no están tan mal por aquí. Me explico brevemente: sí, nuestro país está por detrás de unos cuantos que nos hieren en el orgullo, pero la cosa en realidad no es tan catastrófica. Si bien es cierto que Finlandia y Corea del Sur están bastante por delante del resto de estados, en segundo lugar nos encontramos con un puñado de países con niveles muy similares, así que la distancia entre España y el que está diez puestos por delante —o por detrás— puede ser de milésimas.

Además, hay que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, España es uno de los países que más ha avanzado en el sector educativo en los últimos veinte o treinta años. Y partíamos de una situación catastrófica. Hace solamente treinta años, aún estábamos funcionando con una ley del régimen anterior (la Ley General de Educación de 1970), pensada para una sociedad muy diferente, sin igualdad de oportunidades, sin un estado que pudiera llamarse de derecho, sin democracia, sin educación para todos. Yo aún recuerdo, y toda la educación que he recibido ha sido en un estado ya democrático, como compañeros míos abandonaban el sistema educativo en la EGB (ahora, Primaria) y nadie se preocupaba, educativamente, por ellos. La denostada LOGSE fue la primera que se tomó en serio una escolarización total de la población, hasta los —ciertamente discutibles— dieciséis años, invirtiendo además mucho dinero y mucho seso en mantener en el sistema educativo a los alumnos con más dificultades para seguir. La educación no solamente debe medirse en términos de resultados comparativos, sino también en los éxitos en la tarea de conseguir que sea un bien que llegue a todos los ciudadanos. En este sentido, dudo que haya muchos países de la UE que, partiendo de una situación tan desgraciada, hayan avanzado tanto.

Pero, por otra parte, y aunque siente bien criticarlo todo sin datos y aunque el desprestigio de todos los que no seamos nosotros sea uno de los deportes nacionales, la situación de hoy, sin fijarnos en la evolución, tampoco es catastrófica. Aquí tenéis un archivo en formato PDF sobre los resultados del informe PISA del año 2009 (los últimos que he encontrado) con distintos factores ordenados. Andamos por la mitad de la tabla. Pero si nos fijamos en un epígrafe concreto al azar (por ejemplo, voy a coger el primero, que es algo así como «competencia lectora general»), vemos que nuestra amada Finlandia obtiene una puntuación de 536, mientras España un ¿desastroso? 481. ¡Son 55 puntos de diferencia! Pero otra forma de verlo es que, si Finlandia es un 10, España es un 8,9. Ya no parece tan grave, ¿verdad? Irlanda, siguiendo la misma proporción, tendría algo menos de 9,3, y Austria, por ejemplo, no llega al 8,8. Ya podemos respirar un poco más tranquilos, ¿verdad?

Hay algo que seguro que tratará el programa de Jordi Évole, y es la cuestión de que, en Finlandia, el acceso a la docencia de Primera es muy dura. Es necesario un expediente académico excelente, y solo los mejores de cada facultad pueden acceder a ser maestros. Muy diferente de aquí, desde luego. El grado de Magisterio, según me cuentan, es, por así decirlo, demasiado fácil. Pero no concentremos las críticas: yo, con una Licenciatura considerada de las facilitas y una especie de broma llamada Certificado de Aptitud Pedagógica (que ahora creo que es una broma algo más larga y mucho más cara), y tras unas duras oposiciones, soy profesor de Secundaria del Estado. Aunque las oposiciones no son algo sencillo ni nada que se le parezca, está claro que en el sistema finlandés están seleccionando a los mejores de los mejores, y aquí no. ¿Nos iría mejor si la selección de los profesionales de la educación fuese más cuidadosa? Pocas dudas albergo sobre ello. No obstante, sí tengo una duda, y la considero tan importante que le voy a dedicar un párrafo aparte. Duda:

¿Es posible tener a los mejores, a los que hayan demostrado a lo largo de años de dedicación una valía y un esfuerzo muy superiores a la media, pagando los sueldos que se pagan en este país, para que luego cualquier mastuerzo apilando ladrillos cobre el triple que tú? La respuesta también la tengo clara. Y ¿es posible tener a los mejores, cuando, después de alcanzar el trabajo que quieres, al que te quieres dedicar, eres para la práctica totalidad de la sociedad un vividor que no sabe nada? ¿Una especie de adversario de alumnos y padres, al que buscarle las cosquillas, que no tiene crédito alguno, ni respeto por parte de nadie? ¿Al que un alumno puede levantar la voz, ridiculizar y menospreciar, y que cuando el profesional se queje, en un gran número de ocasiones el alegre progenitor cuestiona delante de su propio hijo? Vamos a decirlo más claro, y por ello más crudo: ¿Creéis que una persona con dos dedos de luces se expondría a menosprecios y agresiones por 1.600 euros mensuales? Yo creo que no.

La sociedad piensa que dentro de los cuerpos de profesores y maestros del Estado estamos los más vagos, ignorantes, desequilibrados y vividores de la nación. Ni siquiera voy a cuestionarlo, asumiré simplemente que es cierto. Lo único que digo es: si quieres a los mejores, págales como a los mejores y haz que los respeten. Si no, cualquiera que sea más o menos avispado huirá de esta profesión como de una mala enfermedad. Se irá a trabajar a la obra por 2.500 al mes, o, si es listo de verdad, se meterá en algún partido político a cobrar sobresueldos.

Pero ni tan siquiera creo que sea esa la cuestión de fondo. La cuestión de fondo es: Finlandia no es España. Lo que sirve para un país, podría no servir para otro. Ojalá fuese tan fácil: bastaría en irnos a otro país que funcione mejor que nosotros en algo, copiar todo lo que hacen, y vale (por ejemplo, todos los países podrían haber copiado el sistema de Sanidad que teníamos, que era la envidia del mundo antes de que se lo cargase el Partido Popular). Pero la realidad es bastante más poliédrica. Partimos de situaciones históricas distintas, de sociedades distintas, de climas distintos. Pasé unas inolvidables vacaciones en Noruega hace unos años, y allí la gente lee mucho. Pero es que a partir de cierta hora el clima te impide salir a la calle sin morir. Además, la televisión era basura (vale, en eso no éramos tan distintos). Se respiraba cultura en el aire, y no hablo simplemente de centros educativos: en cada esquina del país había un aprecio por la cultura, por el arte, la ciencia, la literatura. Preguntabas a cualquier Noruego de quién se sentían orgullosos, y cualquiera te hablaba de Edvard Munch, de Henrik Ibsen, de Peer Gynt. ¿Alguien de aquí diría Picasso, Delibes, Manuel de Falla? No, mientras tengamos nadales, iniestas y busquets. Nuestra enfermedad está en la calle y en los hogares, no en colegios e institutos.

La educación en este país no solo tiene arreglo, sino que lo necesita. Y podemos aprender mucho de Finlandia. Pero no cometamos el error de pensar que todo se arregla clonando: estaríamos administrando la misma medicina para tratar enfermedades muy distintas.

La educación inútil

30 de January de 2013

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Permitidme que empiece con una historia personal. A quien no le interese mi vida, puede leer el grueso del artículo aquí.

Entre 2002 y 2003 estuve trabajando en una oficina bancaria como cajero. A pesar de mi formación en Filología Hispánica —especialidad en Lengua Española—, ni me apetecía ser profesor, que era prácticamente la única salida profesional para mis estudios, ni el banco encontró problemas en que un destripalibros estuviese tras una ventanilla. Mi experiencia no superó el año, aunque el trabajo me gustaba y, a decir de mis jefes, lo hacía bastante bien. En pocos meses me asignaron la caja de las empresas, donde se movían cantidades grandes de dinero y donde las operaciones eran más complicadas que las de las ventanillas destinadas a vosotros, despreciables mortales, en las que casi todo se reduce a tres o cuatro operaciones (retirada de efectivo, ingresos, transferencias, pago de recibos, sus respectivas anulaciones, y ocasionalmente un cambio de divisas o un pago judicial; muy poco más). Todo lo aprendí allí. Era normal, ¿no? Después de todo, mis conocimientos universitarios consistían en mucha Literatura, mucha Gramática, mucha Semántica, bastante Filosofía, algo de Historia, Latín, Griego, Inglés, prácticamente nada de Matemáticas y Física, aunque algo sí (ciertamente, mucho menos de lo que me habría gustado, pero sí, algo de eso hay en Filología). Era normal, decía. Hay un hecho que no lo hace parecer tan normal. Cuando mis superiores tuvieron claro que el banco (al que, a partir de ahora, llamaré «el Banco») iba a prescindir de mis servicios, me asignaron como aprendiz a un economista, para que le enseñara los entresijos de las dos grandes cajas fuertes con apertura retardada y de las complejas operaciones bancarias comerciales, que incluían movimientos en el extranjero, pagos en distinta moneda y cosas más complicadas.

¿Qué pasa, que un filólogo con unos meses de experiencia sabe más de banca que un economista recién escupido de la facultad? Es obvio que no. Pero en la facultad no le habían enseñado a operar con el software bancario al uso, ni los detalles de muchas operaciones. Y ello a pesar de que, por supuesto, una de las principales salidas de un economista es la banca (bien es cierto que, siendo la docencia la principal opción de filólogos, filósofos, historiadores y demás, tampoco nos enseñan en la universidad maldita la cosa sobre pedagogía).

Claro, el Banco no desea que un licenciado en economía se pase su vida laboral contando billetes. Para eso sirve cualquiera. Al final, lo que quiere es gente que venda productos. Y productos que son difíciles de vender: tened en cuenta que, al fin y al cabo, el negocio del Banco es este. Dame tu dinero. Y a cambio yo no te doy nada. A lo sumo, te quitaré de vez en cuando parte de tu dinero en comisiones.

(Hay merluzos que acuden como moscas a las heces cuando alguna entidad anuncia una oferta de cacerolas, batidoras, o qué sé yo por tener un dinero en depósito durante un tiempo. No saben, claro, que el Banco siempre gana. No solo gana mucho más teniendo ese dinero retenido durante ese tiempo que lo que le cuestan las cacerolas, ganancia que, por cierto, siendo un poco avispado, el cliente también podría multiplicar; además, las susodichas cacerolas se entregan en concepto de intereses, con lo que el rendimiento de la cuenta baja, y, por otra parte, en la declaración de la Renta pagas por esos intereses. Sin embargo, si hay algún empleado —o ex— bancario leyendo esto, sabrá bien lo que tiene que aguantar uno tras la ventanilla, la mala educación de los pequeños codiciosos, que han llegado a insultar a un servidor cuando se negaba a prestarse a sus chanchullos. Pero vayamos a lo nuestro.)

Así que mi sucesor, en unos pocos meses, estaba en una mesa, vendiendo hipotecas, seguros, préstamos y participaciones preferentes. Para eso hace falta poco, y nada —creo— de lo que te enseñarán en Ciencias Económicas: don de gentes, labia, buena presencia, ser avispado y guardar tus escrúpulos en algún cajón del cuarto de baño de tu casa antes de ir a trabajar. Creo recordar que a mi aprendiz le fue bien, pues meses más tarde, siendo yo ya profesor, lo vi en una mesa, contento con su puesto. Envidió, sin embargo, las nóminas de un profesor de Secundaria como yo, pues había visto varias de colegas míos a los que había vendido productos. El Banco, ay, ya no es lo que era. Allá donde estés, un abrazo. No recuerdo tu nombre.
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