Ars longa, vita brevis

Falanges

17 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 17 de octubre de 2010.

Falanges

Este pasado martes, en que conmemoraba España su doce de octubre, regresé a Melilla a las 7 de la mañana en un vuelo desde Madrid, después de haber pasado un par de días visitando varias localidades cercanas a la capital. Mientras esperaba a que abrieran la puerta de embarque, observé que iba a volar conmigo un grupo de entre quince y veinticinco personas, que viajaban juntas, y arrimando el oído —más por aburrimiento que por indiscreción, ya que viajaba solo— supe que procedían de Asturias. Ya en el avión (íbamos prácticamente sólo ellos y yo) armaron algo de alboroto, nada fuera de lo normal en un país que se ha embrutecido hasta el punto en que nos encontramos. Durante el trayecto me pregunté para qué irían, dada la falta de uniformidad del grupo: los había, calculé, entre la veintena y la cuarentena, hombres y mujeres, y no parecían tener en común más que la procedencia y cierto gusto por berrear bromas sin gracia a viva voz de punta a punta de la nave. Al cuarto de hora de desembarcar ya me había olvidado de ellos. El miércoles por la mañana abrí un periódico local y vi a uno del grupo en el primer plano de una fotografía. Acompañaba a una noticia en que se daba cuenta del acto organizado por el partido Falange Española en la ciudad.

No soy amigo de ilegalizar ideas, ni siquiera las que, aberrantes como son, son ilegales en nuestro país (la apología del racismo o del terrorismo, por ejemplo, son delito, si no fallan mis escasos conocimientos jurídicos). Pienso que una sociedad civilizada y educada desecha automáticamente tales idioteces, y en un país medianamente inteligente no pueden tener éxito. Siempre que digo esto, alguien sale con el argumento de Hitler en la Alemania de los años 30, pero quien investigue someramente la Historia del siglo pasado sabe que el éxito democrático del Führer no fue tal, sino que llegó al poder manipulando y presionando el sistema electoral, y que únicamente obtuvo la mayoría cuando el Partido Nacionalsocialista era prácticamente la única opción que se podía votar y los nazis ya eran dueños de las calles; además, creo que cualquier alusión a la cultura y educación del pueblo alemán en el período de entreguerras, visto con perspectiva, está equivocadamente inflada.

Sin embargo, vivo en un país donde la proclamación de ideas racistas es ilegal, y yo soy respetuoso con las leyes, incluso con las que no comparto, así que no me entra en la mollera que alguien diera autorización para la celebración de un acto donde, según tengo entendido —por supuesto, no acudí— se lanzaron soflamas racistas. El acto, sin embargo, se celebró. Eso me respondió a la pregunta que me hice sobre el porqué del viaje de tanta gente desde tan lejos a nuestra tan olvidada ciudad, pero hizo resurgir la misma pregunta: ¿para qué han venido? Sé a lo que venían, pero ¿por qué aquí, precisamente? Creo que esa pregunta tiene una respuesta mucho más sencilla. Venían buscando leña. Sabiendo la constitución demográfica de nuestra ciudad, era previsible que se produjesen conflictos, seguramente acompañados de violencia. Pero ¿es que a esta gente, por locos que estén, les gusta que les aticen? No, por supuesto, no es eso, pero España, a pesar de su declive cultural y educativo, sigue siendo un país medio civilizado, y los simpatizantes de Falange son muy pocos, y cada vez menos. La única manera que tienen de lograr cierto impacto mediático es, como se dice vulgarmente, liándola parda, así que organizan en Melilla una boutade para que se arme la de Dios, y el viernes por la noche están en La Noria o en cualquier otro programa que se nutra de morbo, y ya tienen sus minutos de fama.

Siempre he pensado que la población de Melilla es, mayormente, racista. Sin embargo, al contrario que casi todo el mundo, pienso que el racismo se produce de todos hacia todos: tanto desprecio, o al menos ignorancia, demuestran los europeos hacia los rifeños, como los rifeños hacia los europeos. No me detengo ahora en pensar acerca de los posibles orígenes de ese odio moderado: me limito a constatar un hecho que llevo observando toda mi vida. En esta ciudad hay grandes amistades, casi hermandades, podría decirse, entre gente de distintas culturas, pero creo que queda un regusto de desconfianza entre las dos grandes comunidades de esta ciudad. La integración aún no es total. Cualquiera que se dé un paseo por alguna metrópoli europea, más en unas que en otras, claro, sabe que eso de la convivencia y la integración melillenses que nos venden desde la política local es un cuento chino. Sin embargo, no puede negarse que vivir, vivimos, y que hace muchos años, afortunadamente, que no se registran conflictos interétnicos de importancia en esta plaza. Puede que la convivencia plena sea imposible, y que siempre que exista una diferencia, existirá una desconfianza, quién sabe. Pero tengo claro que aún nos queda mucho camino por andar.

El miércoles tuve que hacer una revisión al alza de mis apreciaciones. Leí que durante el acto falangista no se produjo ningún altercado, y que únicamente al final hubo un amago de agresión que al final no llegó a consumarse. Venían buscando provocación, seguros de encontrarla, y se fueron con un palmo de narices. La ciudad les demostró, y de paso me ha demostrado a mí, que la convivencia es un poquito mejor y más posible de lo que pensaba, que tal vez estemos avanzando y que no se va a armar la marimorena porque cuatro alborotadores de tres al cuarto vengan aquí a decirnos cómo tendríamos que vivir y qué tendríamos que hacer.

Vino la Falange Española, y la ciudad le enseñó, con su indiferencia, la mejor falange que puede mostrarse a unos individuos como estos. La del dedo medio, bien extendido, entre los otros cuatro.

Anteriormente, en La Lengua:

La cuarta mentira

14 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 3 de octubre de 2010.

La cuarta mentira

Puede que la verdad nos haga libres, no lo discuto, pero lo cierto es que la mentira nos hace felices. Esto ha sido así desde siempre. El estudiante que se acuesta a las dos de la madrugada sin haber estudiado, pensando que, tal vez, una nevada en pleno mes de mayo le libre del suspenso seguro; el padre que prefiere creer que en realidad su hijo consumió una hamburguesa en mal estado la noche anterior, y no dos litros de kalimotxo, y por eso tiene tan mala cara; el hincha que sostiene que su equipo es el mejor, pierda o gane, por la mera razón de que es el suyo. Tenemos en castellano el sintagma mentira piadosa para referirnos a una falsedad que nos tranquiliza espiritualmente más que la realidad. Busco en el almacén de mi memoria y no encuentro una construcción equivalente cuyo núcleo sea verdad. La verdad nos hará libres, pero no queremos ser libres, sino felices.

No piensen que estoy criticando la mentira, que, por cierto, es un invento tan humano como la sopa de piedra o el genocidio. Los animales son incapaces de mentir, al menos conscientemente: la prevaricación, término específico que da la ciencia lingüística a la falsedad intencionada, es algo que solo puede realizar mediante su lenguaje el ser humano. Un animal es capaz de emitir un mensaje erróneo —por ejemplo, una inofensiva mosca puede, mediante la evolución, haber adoptado el hábito de una letal avispa para evitar ser comida por la rana—, pero esta mentira es inintencionada. Además, alrededor de la mentira puede que esté organizado el 90% de la economía mundial en nuestro siglo. Todos sabemos que un desodorante no hará que cientos de supermodelos nos persigan por las calles, que un coche más grande no nos hará más viriles, que las historias reales no acaban bien, como en el cine, pero seguimos comprando los desodorantes caros, los coches aparentes y las entradas para las mentirosas películas. Y ¿a cuánto estaríamos pagando el litro de gasolina, si no quisiéramos creer que ciertos países ricos en petróleo, cuyos nombres no conoceríamos siquiera si no contasen con esa materia prima, merecen ser invadidos de vez en cuando, por entrenar a terroristas internacionales, planear una dominación religiosa a escala planetaria o por no constituir democracias como las nuestras? Según unos datos que tengo delante ahora mismo, cuya fuente es el Ministerio del Interior, un total de 21.234.497 personas votaron en las elecciones generales de 2008 al Partido Socialista o al Partido Popular. ¿Veintiún millones de personas, casi la mitad de la población española (incluidas las personas sin derecho a voto, como los menores), creyeron las promesas de los dos principales partidos de este país? Lo dudo mucho, y, si no lo dudara, haría las maletas y huiría al exilio voluntario, porque una nación con tantos crédulos sería un peligroso polvorín. No, estoy seguro de que casi la totalidad de los votantes, con la probable excepción de algún idealista de 18 años, sabía perfectamente que, si ganaban los populares, no acabarían con la corrupción, y si lo hacían los socialistas, los trabajadores iban a pagar los platos rotos de la crisis, llegado el caso. Lo sabían, y aun así, votaron lo que votaron. La mayoría del electorado ni tan siquiera se planteó votar a otro partido (solo un 16,25% lo hizo). Más vale malo conocido, o, en este caso, mentira conocida que verdad por conocer.

El ejemplo paradigmático de la mentira en nuestro mundo lo encontramos en la prensa, el cuarto poder. Da igual si hablamos de prensa escrita, televisión, radio o incluso Internet: lo que debería ser una herramienta de información para los ciudadanos, una fuente de reflexión para que ejerzan sus derechos democráticos de manera más eficiente, sigue sin ser más que un altavoz de oscuros intereses políticos y empresariales. Abran un periódico cualquiera o enciendan el televisor a la hora del telediario, y reflexionen sobre la cantidad y la calidad de información que se muestra. La simple selección constituye una forma de manipulación. Piensen en las noticias aparecidas en cualquiera de los periódicos o emisoras de televisión locales. ¿Tenemos un partido político que es el paradigma de la santidad, y otro u otros que son la imagen del diablo? Los medios locales, en general, suelen cantar las alabanzas de nuestro Gobierno melillense, pero en televisión hay, al menos, una que escapa al parecido con un Boletín Oficial de Melilla, aunque es prácticamente tan sesgado como los otros. Y esto, tristemente, constituye casi una bendición: si no hubiese al menos un medio para el que el Partido Popular local representa todo lo malo, pensaríamos que representa inevitablemente todo lo bueno.

La prensa debería ayudarnos a ver las cosas más claras para poder ejercer nuestro derecho a un voto de mejor calidad y así tener gobernantes de mejor calidad. Debería ayudarnos a ser adultos y a sacudirnos de una vez por todas ese polvo que nos ha dejado la dictadura y mediante el cual pensamos que seguimos siendo súbditos de un régimen autoritario, en lugar de ciudadanos de una democracia que deciden qué se hace y qué no, y a quienes los políticos deben obedecer.

Y, huyendo de la política inmediata y de la prensa local, pensemos en los medios nacionales e intertnacionales y en las noticias que afectan al mundo. ¿Cuántas guerras sabemos nombrar aparte de las de Iraq y Afganistán? La web golbalsecurity.org afirma que, en el momento en que ustedes leen esto, hay alrededor de una cuarentena de guerras segando vidas humanas en el planeta en que tenemos puestos los pies. Desde Argelia hasta Yemen, si contamos alfabéticamente, y desde al menos los años cincuenta, los humanos no han parado de matarse entre sí por el mundo. Pero solo interesan las guerras que venden. Más: ¿en cuántos países del mundo se pisotean los derechos de las mujeres, aparte de aquellos en que las lapidan por ser violadas, o las obligan a llevar burka? ¿Cuáles han sido los beneficios empresariales de las grandes corporaciones durante una época en que han quebrado países enteros? ¿Cuántas denuncias tiene nuestro país por violaciones de los derechos humanos (sí, también se denuncia a nuestro país, no solo a los habitados por salvajes que visten de forma distinta)?

Investiguen un poco. Y luego pongan un telediario. Tras algún dato de muertos de tráfico, la última perogrullada soltada por algún político ágrafo y los datos del paro, les ofrecerán algún vídeo extraído de Youtube, la primera excursión al campo de las hijas del Príncipe y las películas que se estrenarán este fin de semana. Y se supone que los medios son el cuarto poder, que restará parcelas de mando a los otros y que nos ayudará a lograr que la democracia se corresponda con su etimología: a que las personas sean las que manden, y no las que obedezcan.

Pero no queremos ser libres. Queremos seguir pensando que la Selección española de fútbol es la mejor del mundo porque ha gando tres o cuatro partidos seguidos, que la responsabilidad nos obliga a apretarnos el cinturón —¡a nosotros, que ya hemos vendido el cinturón para poder poner algo en el frigorífico!—, que no estamos en Afganistán pegando tiros sino enseñando a escribir a niños, que no vendemos armas ni acorazados a países que están en guerra.

Es imposible que una democracia funcione sin que los que deciden los destinos del país, los votantes, estén informados. Y es responsabilidad del cuarto poder ejercer de tal, y no asimilarse a los otros tres, que ya forman una piña suficientemente compacta. Nosotros, los ciudadanos, preferimos seguir instalados en la mentira, porque la libertad nunca ha sido algo cómodo para nadie. Pero los medios de información tienen una responsabilidad, y deberían, en un mundo donde el poder de la información es decisivo, ser celosamente vigilantes de su propia función. O, Dios no lo quiera, nos seguirá yendo como hasta ahora.

Perspectiva

26 de September de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 26 de septiembre de 2010.

Perspectiva

Casi todo adquiere un color distinto si se observa con la suficiente perspectiva. O, más que perspectiva, lo que Nabokov llamaba, en su inmortal Lolita, distancia focal: cuando miramos los hechos históricos con una relación apropiada entre su cercanía y su lejanía, adquieren significados nuevos. El hecho de que en el mundo antiguo, hace un par de milenios, existiese la esclavitud como parte fundamental del sistema económico mundial hoy nos parece una curiosidad histórica. El que, dos mil años después, nos enteremos de que existen aún los esclavos en este mundo, en este continente y en este país, nos llena de vergüenza (aunque no tanto como debería).

Si pensamos en los derechos de los que gozaba —es un decir— un trabajador hace ciento cincuenta años, y los comparamos con los de hoy, no tenemos más remedio que pensar que hemos avanzado muchísimo. ¿Seguridad Social? ¿Vacaciones pagadas? ¿Subsidio por desempleo o enfermedad? ¿Derecho a la huelga? Quimeras. En 2010 pensamos que todos esos derechos están asegurados, y hoy por hoy, con matices, lo están. También podemos fijarnos en otros aspectos. Nos horrorizamos cuando vemos las consecuencias de las guerras en televisión (más que nada, porque ahora estas consecuencias se nos muestran en forma de imágenes, engañosas pero impactantes). Sin embargo, es posible que el mundo en que vivimos nunca haya sido tan pacífico como en la actualidad. El hambre al que somos inmunes, y no me refiero a que Occidente ya no sufra sus efectos, sino a la indiferencia que nos producen las imágenes de los niños de vientres abultados, es una insignificancia comparado con la que asolaba la Tierra hace doscientos años. Las epidemias no son ya algo que nos aterre. La llamada gripe española acabó con la vida de entre 25 y 100 millones de personas en el primer cuarto del siglo pasado. A principios del siglo XXI, y por mucho afán que tengan los medios de comunicación en que pensemos que el fin del mundo está un par de calles más allá, no hay pandemia que pueda asustarnos más que cinco minutos (calculo que las tres últimas pandemias con las que la televisión nos ha asustado, la gripe porcina, la aviar y la enfermedad de las vacas locas, han matado en todos sus años de existencia menos personas que la gripe estacionaria en un solo año). Para comprobar con datos fríos lo que el mundo ha mejorado en términos de hambre, enfermedad y esperanza de vida, recomiendo consultar la web Gapminder (www.gapminder.org), de la fundación del mismo nombre fundada por el médico sueco Hans Rosling.

No tenemos más remedio, a la luz de estos y otros muchos datos, que llevarnos las manos a la cabeza con gesto de más o menos preparada sorpresa y exclamar: ¡Hay que ver lo que hemos avanzado! Nuestro mundo es más pacífico, sano, longevo y menos hambriento que el que heredaron nuestros abuelos. No hay discusión en este asunto. Solo algunos paranoicos, como el que escribe estas líneas, piensan que hay aspectos de la vida humana en los que estamos retrocediendo, como en el gusto del hombre por la libertad. Sin embargo, ya se sabe que los seres humanos siempre han gustado de canjear su libertad por cierto nivel de seguridad y tranquilidad, aunque, como es sabido, el que hace eso no es merecedor de una cosa ni de la otra. No obstante, si a la gente le parece bien que le bajen los pantalones en el control de seguridad de un aeropuerto, para defenderla de los millones de terroristas que campan a sus anchas por el mundo —ya se sabe que hoy en día hace falta bien poco para ser considerado un adalid del terror; basta llevar una camiseta con un mensaje anti sistema, o una botella de más de 100 ml. de esa arma de destrucción masiva que conocemos como agua—, no tengo mucho que objetar: me pliego al gusto de la mayoría, en virtud de mi respeto por las leyes.

Pero si cerramos un poco el foco de la perspectiva, veremos que las cosas, quizá, no pinten tan bien. Desde los atentados del World Trade Center hasta ahora, la paranoia se ha apoderado de casi todas las mentes, y el miedo a que algún loco de oscura piel y extraño lenguaje dirija un avión hacia el edificio en que consumimos nuestras horas de trabajo ha hecho que, de buena gana, aceptemos entregar gran parte de lo conseguido los últimos doscientos años en aras de vivir más tranquilos. En los Estados Unidos comenzaron aprobando el Patriot Act, mediante el cual su territorio se convertía prácticamente en un campo en estado de sitio permanente. Y esta psicosis se extendió con rapidez por casi todo el mundo. Recordemos al brasileño al que acribillaron en el metro de Londres por no detenerse ante el requerimiento de un policía. Tenemos decenas de historias similares para contar: basta rastrear un poco la hemeroteca. Con el Patriot Act se colaron más pensamientos propios de lo que en España llamamos liberalismo, aunque en los EUA este vocablo tenga un significado totalmente opuesto. Los mismos que defendían que más vale un inocente sospechoso muerto (o, incluso, no solo un sospechoso, sino todo un país, siempre que esté habitado por sucios salvajes de religión impía) que un terrorista vivo, defienden también un mundo en que el capital, el comercio, ese dios benévolo y justo, campe a sus anchas por estos mundos dejados de la mano del otro dios. La gente comenzó a consumir en masa esos think tanks en los que, entre susto terrorista y susto terrorista, te metían con calzador las bondades de la libertad de mercado. Y entonces las cosas comenzaron a empeorar.

Sigamos cerrando el foco y observemos los cambios que ha habido en la economía estos últimos años. Este mercado mundial, más libre que nunca, en que una empresa española puede contratar a sus esclavos en países donde las leyes permitan sueldos indignos y derechos inexistentes, nos ha llevado a una crisis económica de la que ni los más viejos recuerdan parangón. Los antiguos decían que la misma sustancia, en cantidades distintas, puede ser medicina o veneno. El remedio que el mercado ha encontrado para la crisis es una sobredosis de lo mismo: más crédito insolvente —esta vez, con las entidades financieras como destinatarios—, salarios más bajos, despido más barato, menos derechos laborales. Los que defienden esto están instalados en la práctica totalidad de la sociedad: partidos conservadores, partidos progresistas (según su propia denominación), asociaciones de empresarios, medios de comunicación, bien y malpensantes columnistas. Desde las páginas de El País, hace unos meses, alguna lumbrera defendía la idea de que los funcionarios y su seguridad laboral eran un anacronismo. ¡El diario de izquierdas por excelencia! Casi todo el mundo echa pestes, hoy, de los sindicalistas, que su responsabilidad tienen en su mala prensa, no lo discuto, pero que no dejan de ser un mal menor y necesario. Cuando no haya sindicatos, ni tan siquiera estos mayoritarios que bailan el agua a nuestro ultraconservador Gobierno del PSOE, ¿quién dirá que todavía podemos avanzar en medidas sociales? ¿Quién pedirá que las medidas económicas se tomen pensando en el trabajador, y no en las corporaciones bancarias?

Si pensamos en los datos de nuestro país hace solo quince años, veremos un paraíso donde, en su momento, veíamos un paraje desolador. En 2010 cobramos menos, tenemos mucho más desempleo y menos tiempo de subsidio, despido más barato, bajada de sueldos de funcionarios, todo, además, aderezado con la salsa de los beneficios históricos de empresas de crédito, telecomunicaciones y textiles. Y esto por no hablar de la inflación que nos colaron con el euro, esta infeliz idea de neoliberales que ha servido únicamente para que los mismos de siempre se sigan enriqueciendo mientras el ciudadano ha visto una subida de precios cercana al 100% en casi todos los productos de consumo.

Cuestión de perspectiva. Si miramos al mundo hace doscientos años, no tenemos más remedio que enorgullecernos de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores de antaño para conseguir los derechos de los que gozamos hoy. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros nietos, cuando miren al mundo de hoy y piensen en lo que han ganado o perdido? Quiero creer que llegarán a pensar que también fuimos dignos de su orgullo.

Basura

19 de September de 2010

Este artículo ha sido publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 19 de septiembre de 2010. Por cierto, antes de ayer fue el día de Melilla, ¡felicidades a mis paisanos!

Basura

El escritor polaco Stanislav Lem, fallecido en 2006, apuntaba en uno de sus relatos la idea de que el grado de avance tecnológico de una civilización cualquiera, una vez alcanzada la era espacial, podía medirse por la cantidad de «chatarra espacial» que se observase orbitando alrededor de su planeta de origen.

En general, siempre he pensado que la basura, la cantidad que producimos, la forma en que la tratamos y el uso que le damos nos habla de muchas cosas si uno se detiene un par de minutos a reflexionar. Pero no voy a hablar hoy sobre la televisión, sino sobre la basura no metafórica, la real, los desechos de los que nos libramos porque ya no nos sirven. Melilla es un campo privilegiado para ello. Desde que tengo uso de razón he visto, como supongo que todos mis paisanos, gente hurgando en los contenedores de basura buscando algo que le fuera de utilidad. Han sido siempre, creo, ciudadanos marroquíes, buscando algún tesoro entre lo que nosotros consideramos que no sirve ni para calzar muebles.

Como les sucede a los parisienses que nunca han visitado la torre Eiffel, parece que los melillenses hemos desarrollado una insensibilidad hacia este fenómeno. Nunca nos ha llamado la atención, nunca nos hemos parado un instante a pensar y a expresar con palabras llanas el espectáculo que teníamos ante los ojos: un ser humano idéntico a nosotros, salvando las despreciables diferencias de color de piel, idioma o religión —o, incluso, sin necesidad de hacerlo, si el melillense que lo ve coincide con el hurgador en estos aspectos—, busca en lo que nosotros tiramos algo que le sirva para sobrevivir. Lamentablemente, la crisis en que nos han metido empresas y políticos ha hecho que este espectáculo sea frecuente incluso en la Península, donde supongo que no estaban acostumbrados a ello. Tal vez allí les llame más la atención, aquí es nuestro pan diario.

Intentemos, brevemente, darnos cuenta del hecho con expresiones claras y frías, a ver si descubrimos algo, como si estuviésemos enseñando a un francés los metros que mide la famosa torre de su capital, o como si contásemos a un melillense la historia del bonito faro del pueblo.

Cientos de personas buscan diariamente en nuestros contenedores de basura algo a lo que sacar provecho. Esto nos indica claramente que lo normal es que lo consigan; si no fuese así, haría tiempo que esto no pasaría. Así que nos encontramos con la certeza de que todos los días tiramos a la basura cosas que sirven, o al menos que sirven a alguien. Dado que una persona, cualquiera que sea su nacionalidad, credo o color de piel, es una persona exacta a nosotros, con sus brazos, piernas y aparato digestivo, hemos de admitir que lo que les sirve a ellos podría servirnos a nosotros: por pobre que sea, por mucho que, al contemplar su suciedad hagamos como si no lo viéramos, una persona sigue siendo una persona, y no una rata o un cuervo que pueda alimentarse de lo que a nosotros pueda resultar indigesto. Tenemos, pues, la certeza de que nos desprendemos de objetos y alimentos cuando aún no los hemos consumido del todo. Es como si todos los días comprásemos dos barras de pan, las cortásemos por la mitad, y tirásemos una mitad de cada una a la bolsa negra de plástico. No importa mucho si se trata de ropa pasada de moda, una impresora que ha dejado de imprimir o un equipo de música para reproducir cintas de casete. A lo que voy es a que lo que tiramos aún puede funcionar, no está estropeado, no es desecho, no son cáscaras de plátano ni los vidrios rotos que ayer conformaban un plato. Dicho esto, lo normal sería pensar que vivimos en la opulencia, y que toda la sociedad melillense es tan rica que necesita desprenderse todos los días de parte de la riqueza que le sobra, porque literalmente no le cabe en casa. Sin embargo, y a pesar de que la crisis no ha sacudido nuestra pequeña ciudad como lo ha hecho con casi todo el resto del país, todos sabemos que no es así. Imagino que la mayoría de quienes estén leyendo esto pensarán que tienen dificultades para acabar el mes, o, al menos, que no habrán podido comprarse el caprichito que querían, o que estas vacaciones no han tenido más remedio que quedarse en el mismo continente… o en la misma ciudad.

Es cierto que viviendo en nuestra sociedad nos vemos en la obligación de comprar, y nos entregamos a esta actividad como si fuese necesaria para nuestra supervivencia, algo como comer o respirar. No hablo solo de comida, aunque es cierto que todo el mundo ha tirado yogures caducados o pan que, por no haber sido consumido en sus días, ha adquirido un desagradable borde verdoso. Hablo también del teléfono móvil que arrumbamos en un cajón porque han sacado otro que hace no sé qué cosa que usaremos durante dos días y luego olvidaremos, y que para fabricarlo ha costado unas cuantas muertes en la parte más negra de África (en realidad, esas unas cuantas son, según algunas estimaciones, más de cuatro millones y medio desde 1998 en el Congo, amén de violaciones, mutilaciones y éxodos masivos de personas que acaban padeciendo penurias; busquen información sobre el coltán). Supongo que ese 20% de tamaño y peso menor y la capacidad de enviar, pongamos, mensajes con vídeo, bien valen la vida de cuatro o cinco millones de negros que, total, son muchos, muy parecidos, y además no los vamos a ver en nuestra vida. Y hablo de la ropa que necesitarían muchos otros seres humanos que se mueren de frío, y que metemos en una bolsa y tiramos, y acaba quemada, porque esta temporada no se lleva.

Pensar dos veces sobre si lo que estamos a punto de tirar es en realidad basura o es algo útil no es solo un ejercicio de buena economía doméstica, sino también de dignidad humana. Todo lo que vemos a nuestro alrededor ha costado mucho. La huella ecológica de la que ahora se habla tanto es algo real. Y la huella social, de la que no queremos hablar, también. El bolígrafo o la botella de agua que están viendo ustedes ahora mismo ha llegado ahí, seguro, después de la tala de algún bosque o de la quema de unos cuantos litros de combustible obtenido a costa de guerras y violaciones de derechos humanos. El hombre no puede renunciar a la comodidad alcanzada con el progreso de la técnica, pero debemos asumir la responsabilidad de desarrollar un progreso ético y social parejo. No vale la excusa de que, si no tiramos cosas a la basura, nuestros vecinos pobres no tendrían qué comer; si de verdad lo hacemos por eso —excusa tan enclenque como falsa—, hay otras maneras más dignas y efectivas de ejercer nuestra responsabilidad hacia nuestros congéneres.

Soy consciente de que Repsol, Inditex, General Motors, el Grupo Santander y los políticos cuyos hilos mueven estas corporaciones necesitan que sigamos arrojando a la basura cosas que aún sirven para comprarles las cosas nuevas que quieren vendernos para hacerse más ricos y aumentar las desigualdades sociales en nuestro país y en el resto del mundo. Si actuásemos con algo más de raciocinio en el momento de abrir el cubo de la basura, quizás podríamos ponerlos en un aprieto. No se me ocurre manera más hermosa de matar, esta vez sí, metafóricamente, dos pájaros de un solo tiro.

El horror

4 de August de 2010

Este artículo fue publicado en el diario El Telegrama de Melilla el día 1 de agosto de 2010.

El horror

La vejez, en la naturaleza, es rarísima. Sí, hay seres muy longevos en el planeta: tenemos, en el reino vegetal, a las milenarias secoyas de Norteamérica, y más cerca, en las Canarias, a los multicentenarios dragos; en el caso de los animales, la longevidad de los reptiles es proverbial: en 2006 murió, a los 176 años, Harriet, una tortuga que se piensa que fue examinada por el mismísimo Charles Darwin en la visita a las Galápagos que le inspiró para publicar su teoría de la evolución. Se han descubierto bacterias que se piensa que pueden tener miles de años de edad, e incluso se especula con que alguna especie de estas sea, virtualmente, inmortal. Sin embargo, hablamos, en realidad, de longevidad y no de senectud. Una secoya de mil años puede estar en perfectas condiciones, tan lozana como en sus primeros años de vida. Un reptil de ciento veinte, también. De hecho, lo que explica los numerosos casos de gigantismo en los reptiles (sirvan de ejemplo las citadas tortugas de Darwin, o los casos conocidos de cocodrilos y serpientes que alcanzan casi los diez metros de longitud) es que no dejan de crecer durante toda su vida, al contrario que mamíferos y aves. Una tortuga de cien años puede estar tan fresca como usted o yo con treinta.

Si nos vamos a casos más cercanos a nuestra especie, como los mamíferos, cualquier biólogo les podrá confirmar que las edades avanzadas son muy raras. En la naturaleza impera la ley del más apto, y en cuanto a un león o un ciervo comienzan a aparecerle los achaques, lo más probable es que su supervivencia sea cada vez más precaria, hasta acabar en la aniquilación. El león es relegado a comer las sobras que dejan los felinos más jóvenes, y acaba por perecer; el ciervo es cada vez más lento, y su lentitud, que lo hace presa fácil de los depredadores, hace que contribuya, con su muerte, al bien de su especie. Parafraseando a los clásicos, dura natura, sed natura.

El caso de la especie humana es bien distinto. Los vínculos sociales y emocionales que hemos creado han sido cruciales para el desarrollo de nuestra cultura. Y esto ha propiciado que, desde antiguo, en todas las civilizaciones se haya tenido veneración por los ancianos. La gran creación humana, lo que nos ha hecho lo que somos y nos ha permitido llegar adonde hemos llegado, es el símbolo, la palabra. Esto hacía a nuestros ancianos un recurso valiosísimo. Antes de la invención de la escritura (probablemente en el IV milenio antes de nuestra era), la experiencia de los ancianos era vital para la supervivencia del clan: sabían las consecuencias probables de hechos que le sucedían al grupo y que este, por su juventud, desconocía, mientras que ellos habían vivido situaciones análogas. Incluso después de la aparición de la palabra escrita —que, de todas maneras, estaba vetada al común de los mortales— los viejos eran unos maestros formidables (sabido es que el maestro no es un mero transmisor de significados, sino sobre todo un ejemplo de experiencia). Además, la tendencia de nuestra especie a proteger al más débil, ya sea un niño, un enfermo o un anciano, ha hecho que en todos los sitios de la Tierra que ha poblado nuestra especie se haya venerado a las personas de más edad.

A esto se le une un dato importante: la inteligencia del ser humano le ha permitido burlar la temprana muerte a la que están condenados casi todos los animales cercanos a nosotros. Tenemos ingenio para superar peligros y dificultades. Audacia para buscar mejores condiciones de vida. Y ciencia para curar enfermedades. Por todo esto, el número de ancianos hoy en día sufre un espectacular crecimiento continuado. Hace tan solo mil años, podía considerarse un anciano una persona de cuarenta y cinco años, dado que poquísimas personas alcanzaban esa edad, y además quienes lo hacían no estaban en unas condiciones envidiables, a falta de una verdadera ciencia médica (¡y de dentistas!). Hoy, morirse antes de los ochenta años se considera en casi todos los países de nuestro entorno una desgracia (se considera, en general, una desgracia morirse, y es curioso: considerar mala fortuna un hecho inevitable de la vida que permite su flujo). Casi todas las muertes prematuras en nuestro país se deben a enfermedades imprevisibles o incurables, cada vez menos, o a conductas estúpidas, como fumar —ay—, conducir borracho o a altas velocidades o entregarse desenfrenadamente a los deportes de riesgo.

Resumiendo lo dicho hasta el momento: en estos tiempos la longevidad media de las personas en los países occidentales es considerable —en torno a los ochenta años—, y esto se ha conseguido burlando, o al menos trucando, a la naturaleza. Entonces, ¿a qué viene el título de este texto? ¿Por qué el horror?

El horror es la ignominiosa manera que tenemos, en occidente, de tratar a los ancianos. Manera en que demostramos, además, uno de nuestros peores defectos: el gusto por lo efímero, lo poco formado, lo inmediato, el desprecio por las cosas que duran. La sociedad de consumo nos ha desquiciado tanto que solo queremos cosas nuevas. Estamos locos por que se nos estropee el televisor TFT para comprarnos otro: ya no se llevan a reparar, como antaño. Están hechos de circuitos tan pequeños y modernos que, si se estropean, no se pueden arreglar, y tampoco reemplazar, porque han quedado obsoletos y ya no se fabrican. A un coche que tiene veinte años y sigue andando como si nada no lo llamamos un coche bueno, sino un coche viejo. No nos gusta la canción del verano pasado. Las películas en blanco y negro nos dan repelús. Intentamos evitar a los ancianos en las películas, en las televisiones, en las calles y en nuestras propias casas, mientras vestimos a adolescentes de quince años de femmes fatales en los anunciones de perfumes: las modelos, a los veintiséis años, son ya viejas para el negocio.

Además, lo queremos todo deprisa. La pizza, para dentro de veinte minutos; el crédito, instantáneo, como el Paladín a la taza; el dinero, rápido —cáncer de nuestra economía—, el sexo, a los catorce años. No tengo nada contra la pizza ni contra el sexo (aunque sí reservas hacia el dinero y los créditos), pero está claro que nuestra sociedad ha dejado de comprender que hay cosas que requieren su tiempo de cocción.

¿Dónde quedan los ancianos, los viejos, en este desquiciado mundo? Apartados. Relegados a las esquinas, porque los viejos no se suelen callar las cosas, dado lo poco que les queda en el convento, y nos escupen a la cara nuestra hipocresía. En un mundo definido por sus eufemismos, evitamos llamar viejos a los miembros más experimentados de nuestra sociedad, nombrándolos como los más mayores —terrible atentado, además, contra la gramática—, y, sin llamarlos lo que son, que es una palabra fea, los arrojamos al rincón más apartado de la mesa, al carril para vehículos lentos, al asilo. Sus opiniones no son escuchadas. Sus creencias nos provocan la risa. Sus consejos no los queremos ni para reírnos de ellos. Aceptamos con una sonrisa falsa el colgante que nos regalan, recibido, a su vez, de sus abuelos, y seguidamente lo escondemos en el rincón más recóndito de nuestro joyero. En el ejercicio más despreciable de nuestra crueldad con los ancianos, tenemos la desfachatez de culparles de las reformas laborales: deberemos trabajar hasta los 67 años porque hay demasiados ancianos, y sus exiguas pensiones son demasiado para nuestros impuestos (que son intocables, especialmente para los que pueden permitirse pagarlos).

Aquí está el horror, amigo lector. Usted, algún día, será probablemente un anciano. No solo eso. Usted desea ser un anciano, ver a sus nietos crecer y obtener un título en la universidad, contemplar las maravillas que nos esperan en el futuro. En ese momento deseará que el mundo no hubiera sido tan loco, comprenderá que sigue siendo una persona, no un mueble viejo y estorbador, querrá que se le escuche, se le acepte y se le quiera. Y, en ese momento, se dará cuenta de que ya es demasiado tarde, de que debería haber hecho lo que fuera por cambiar el mundo cuando su opinión aún contaba.

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Dormidos

25 de July de 2010

Artículo publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 25 de julio de 2010.

Dormidos

La clave para que esta sociedad funcione es mantener a la masa adormecida. Como declara el lingüista estadounidense Noam Chomsky en el documental Manufacturing Consent: Noam Chomsky and the Media (1992), y estoy, por supuesto, parafraseando sus afirmaciones, lo que en las sociedades predemocráticas se conseguía mediante el uso de la fuerza pura, hoy tiende a conseguirse mediante la desinformación.

Pero, antes, algunos datos borrosos. El común de la gente acepta que los políticos de las democracias actuales no representan a su electorado, y que sus actuaciones políticas están guiadas por el afán de lucro personal, o bien por el del lucro de sus amigos. La gente, sin embargo, sigue votando. En las últimas elecciones generales acudió a las urnas un 73,85% del electorado, según datos del Ministerio del Interior. Teniendo en cuenta el descrédito que padece la clase política, no es un mal dato que tres de cada cuatro ciudadanos con derecho a voto se haya tomado la molestia de perder parte de un día libre para ir a votar. No obstante, hay un hecho triste conocido por todos, y es el de que la mayoría de la gente que vota lo hace contra un partido y no por un partido: se vota para evitar que gobierne un partido peor, o, como suele decirse, para elegir al menor de dos males.

Esto convierte nuestra democracia en una suerte de Halloween en que unos monstruos acuden a nuestra casa para que elijamos cómo queremos ser atracados: o les damos los caramelos, o nos asustan y nos bombardean con huevos podridos. Cómo todo el mundo sigue aceptando esta situación sin aparentes molestias constituye un pequeño misterio para mí. ¿Cómo nos permitimos ser arrastrados por esta inercia malévola? ¿Por qué los seguimos votando?

El que los gobernantes actúan siguiendo sus intereses particulares y no los de los ciudadanos es un hecho difícilmente contestable. Pondré algunos ejemplos de los dos únicos partidos que de hecho tenemos en España: el Partido Socialista y el Partido Popular. Con el paso de los años, la influencia y la intención de voto para otros partidos ha ido descendiendo, incluso en regiones con tradición nacionalista (acordémonos del triunfo de populares y socialistas en las últimas elecciones al Parlamento vasco, o del declive de Esquerra Republicana de Catalunya). El resultado ha sido una americanización de la política española, la deriva hacia un sistema bipartidista en que, a menudo, para saber qué partido está gobernando en un momento concreto, hace falta pararse a pensar un minuto: tantas son las similitudes entre uno y otro. Vamos con los ejemplos: la infame segunda legislatura del Partido Popular en el Congreso, con mayoría absoluta, nos dejó la desvergüenza del decretazo laboral y la ignominia de apoyar, en contra de la práctica totalidad de la población, una guerra injustificada que, a estas alturas, ha provocado alrededor de 100.000 muertes de civiles (según datos de julio de la web independiente iraqbodycount.org, que cuenta exclusivamente las muertes violentas documentadas de civiles, con lo que el número, con toda probabilidad, es mucho mayor). El Partido Socialista tampoco sale ileso de la contemplación fría de los datos. Si bien sus dos últimos gobiernos han sido, comparativamente, más dialogantes que el último gobierno popular (probablemente ayudado por la circunstancia de que no ha gozado de mayoría absoluta), los oídos sordos del partido liderado por el presidente Rodríguez Zapatero nos han dejado no pocos ejemplos de una forma de gobernar para unos pocos lobbies económicamente poderosos, y no para los ciudadanos: podemos citar, por ejemplo, la congelación de las pensiones, instigada por grupos económicos ajenos a las normas democráticas, o la Ley del canon digital, mediante el que los ciudadanos pagan una especie de impuesto revolucionario a las entidades de gestión de derechos de autor, que no está sujeto a inspección por parte de los poderes públicos, y que ha sido pedido y conseguido por la Sociedad General de Autores y Editores y otras entidades privadas.

¿Qué es necesario para que una sociedad de cuarenta y cinco millones de habitantes acepte estos atracos diariamente? Pues, precisamente, la desinformación. Y no se trata simplemente de ocultar algunos hechos en el telediario. Es preciso un plan maestro establecido desde varios frentes para asegurarse de que la gente acepta con sumisión el pisoteo de sus derechos.

Se comienza por la educación. El hecho de que sea pública, obligatoria y en parte gratuita (no nos engañemos: los libros que los padres deben comprar a sus hijos a precio de oro son publicados por grandes editoriales que, oh, sorpresa, suelen ser bastante amigas de los grandes partidos políticos) no es algo que se haya hecho por bonhomía. En primer lugar, la educación no es una necesidad de la sociedad, sino de la empresa: es necesario, primero, que la gente sepa accionar máquinas y ordenadores para los que se necesita un entrenamiento, aunque sea en los rudimentos de la alfabetización elemental. Segundo, se precisa acostumbrar a la generación más joven de homo sapiens a mantenerse sentada durante seis u ocho horas en una silla realizando tareas repetitivas; enseñarla a obedecer, a recibir y acatar un castigo cuando no hace caso, a no destacar, sino responder haciendo un truco cuando se le presenta un estímulo, como un mono de feria. En 2010 tenemos más estudios pedagógicos, más herramientas y más dinero que en ningún otro momento de la historia de la Humanidad, y, sin embargo, la educación cada vez es de peor calidad. Hay que ser demasiado cándido para pensar que todo esto se debe a la casualidad o a la mala suerte. No: el descenso en los niveles de exigencia académica responde a un plan organizado. Las corporaciones que acumulan el capital no necesitan una enorme masa de gente educada, responsable y culta que pueda cuestionar el orden mundial. Necesitan una enorme masa de gente embrutecida, que sepa aceptar recortes salariales y de derechos sin rechistar, que no se rebele ante nada, que solo quiera un exiguo sueldo a fin de mes que le permita abonarse a algún canal de televisión donde adormecerse viendo fútbol y bebiendo cerveza, y tal vez una escapada al Caribe cada par de años.

Una vez estamos todos convertidos en máquinas de producir cachivaches de todo a un euro y consumir fútbol y telenovelas, la máquina lubricada con sangre humana sigue rodando sin esfuerzo. Tal vez sea la única manera que tiene de funcionar. En toda la historia de nuestra especie, lo normal ha sido que un individuo o unos pocos manejaran los medios de producción y que el resto de la población, la mayoría, se mantuviese simplemente obedeciendo y padeciendo. Los experimentos democráticos, siempre imperfectos, han sido la anécdota. Y, cuando han durado lo suficiente, han terminado convirtiéndose en una pantomima en que la situación en realidad es la de siempre. Véanse los casos de Estados Unidos y España: gobiernos tomando decisiones en contra de su población para favorecer intereses perversos.

Quizás es posible que esto cambie, pero con una población adormecida no va a poder ser. La pregunta es: ¿qué hace falta para que un número suficiente de gente despierte? Y, si alguien lo descubre, ¿nos lo permitirán? Quién sabe. Todo indica que no, pero deberíamos probar a intentar desperezarnos, para empezar. Ya lo dijo el sabio chino: un camino de cien kilómetros siempre empieza con un simple y solitario paso.

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Un mundo feliz

20 de July de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 18 de julio de 2010.

Un mundo feliz

Hace unos minutos que he apagado el televisor, por el que me he enterado de que un hombre, desaparecido desde hace cinco días, ha sido encontrado en el fondo de una fosa a la que había caído. Nada más salir, sus palabras han sido: «¿Ha ganado España el Mundial?»

No tenía pensado escribir nada sobre —contra— el fútbol, que es un espectáculo que no me mueve en absoluto en un sentido ni en otro y sobre el que tengo escasa opinión. Sin embargo, voy a hacerlo hoy porque considero que el acoso al que estamos siendo sometidos está llegando a la categoría de agresión, y la postura más razonable ante una agresión es la defensa.

Vamos a ser objetivos: el fútbol es un deporte de equipo en que se enfrentan dos grupos de once jugadores, con unas reglas más o menos claras que, sin embargo, no tienen por qué ser observadas (lo que lo hace típicamente español, ya que aquí creemos que las leyes solo deben cumplirse si nos benefician personalmente), y donde puede ganar cualquier equipo que se enfrente, sin importar la calidad objetiva o el dinero que hayan costado sus jugadores (aunque lo normal es que gane el F. C. Barcelona).

Lo de que las reglas no tienen por qué ser observadas es algo que sabe cualquiera, ya que para ganar un partido es válida cualquier artimaña: golpear al contrario, hacer trampas, provocar faltas o echarse al suelo y llorar como un niño de teta para que el árbitro crea que un rival nos ha agredido y le aplique una sanción injusta. De hecho, hay una única regla inamovible: lo que dice el árbitro va a misa. Si el juez máximo del partido ha tomado una decisión, no importa que le demuestren en el acto que se ha equivocado, esa decisión se respetará. Esta curiosa aplicación de las reglas del fútbol lo convierte en un deporte tramposo, donde lo que importa, en realidad, es que el resultado final sea favorable a nuestro equipo, y no importa en absoluto la manera en que se ha llegado a ese resultado. El fútbol es Maquiavelo en estado puro. Me resulta, pues, enormemente tediosa una afirmación que se repite hasta el infinito, y más en estos días pasados de Mundial: aquella que habla de la deportividad del fútbol, de su nobleza, de sus valores. No. En el fútbol no hay deportividad ni nobleza. Hay un objetivo que conseguir, y cualquier medio empleado para conseguirlo es bienvenido, incluyendo fingir lesiones o causar en el adversario otras que puede que tarden meses en curar —o incluso que no curen nunca y provoquen el fin de su carrera deportiva—.

Aun así, no suelo criticar las aficiones de la gente, siempre que no hagan daño a nadie. No me importa si es ver fútbol, pasear sobre las hojas caídas del otoño o frotarse la lengua con piedra pómez; siempre que no me afecte, me alegro de que la gente encuentre cosas que la apasionen. Pero es que durante esta competición la cosa ha pasado de castaño a oscuro. No puede uno mirar a ningún sitio sin ver a algún paisano con la camiseta de la Selección; no se puede levantar la cabeza sin ver alguna bandera rojigualda colgando de una ventana; es imposible abrirse de orejas sin oír la eterna nana de las vuvuzelas. Todo el que abre la boca la tiene llena de fútbol. Políticos y periodistas emplean símiles futbolísticos para hablar de cosas importantes. Si se mirara a la Tierra desde el espacio, se vería el clásico diseño de polígonos blancos y negros impreso sobre su superficie.

Y lo peor es que es difícil defenderse: en cuanto declaras que, después de todo, este espectáculo no es más que la contemplación de unos cuantos multimillonarios intentando que un objeto esférico acabe dentro de una red (o que el árbitro lo crea), y que no comprendes que la gente se emocione más cuando uno de los suyos marca que cuando aprueba unas oposiciones o cuando nace su primer hijo, que todo esto es una locura, te tachan de cultureta o de intelectualoide. ¡Valiente país, donde para insultarte te acusan de utilizar el cerebro! En tiempos pasados, donde a casi todos los varones les gustaba el fútbol, como ahora, nadie se avergonzaba de su afición —ni tenía por qué, por supuesto—, pero hoy parece que tienes que avergonzarte tú por no entenderlo. Pues me niego en redondo. El fútbol no es nada esencialmente especial. El inmenso negocio que mueve, la pasión que desata, no es más que una religión, un nacionalismo (lo mismo da). Se inculca a los niños desde que nacen, como cualquier creencia en dioses o patrias, y cuando crecen parece que darían la vida por ello. Hay gente que ha muerto durante la celebración de la victoria de la Selección española. ¿Es que nadie se da cuenta de que nos estamos pasando?

Hace unos días, cuando España pasó a las semifinales, cosa que, según me informó un amigo mío, no había sucedido nunca, oí a un presentador de televisión decir que nuestro país empezaba a recuperar la esperanza. ¿Qué? España no va a salir de la crisis porque unos niños malcriados logren ganar uno o veinte partidos. Más que la alegría de pensar que nuestro equipo de fútbol es el mejor del mundo —que no lo es, ya que ganar un mundial no demuestra nada—, no va a aportar nada a la nación.

Es archiconocida la expresión panem et circenses, con que los gobernantes de la antigua Roma aludían al hecho de que al pueblo le daba igual si la cosa iba mal o bien, si se despilfarraba dinero o si la economía se iba al garete. Con que tuvieran comida y los juegos del circo, estaban contentos y callados, dóciles como ovejas. Hoy en día ni siquiera necesitamos panem. Con el circo nos basta.

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Aborto. Dudas y certezas

11 de July de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 11 de julio de 2010.

Aborto. Dudas y certezas

Partamos de la certeza de que un aborto provocado no es un caso alegre para nadie. No lo es para la mujer que aborta, que somete su cuerpo a una intervención quirúrgica agresiva y que, posiblemente, albergue sus dudas sobre si lo que hace está bien o mal. No lo es tampoco para el legislador, que sabe que, al menos en algunos casos, el aborto es un derecho de la mujer —como en el caso en que el desarrollo del embarazo ponga en peligro su vida— y que, aun así, es consciente de que cualquier postura que adopte frente a la cuestión va a ser polémica y va a tener detractores. Y por último, tampoco puede ser motivo de regocijo para la sociedad, ya que la interrupción artificial de este proceso natural es siempre la consecuencia de un fracaso: un fracaso social, educativo, ético o médico. Si la sociedad, la educación, la ética y la medicina funcionasen como deberían hacerlo en Utopía, no habría nadie que quisiese abortar. Desgraciadamente, no vivimos en aquella isla, sino en esta península.

Otra certeza es que nuestra Constitución reconoce el derecho inalienable a la vida. Este derecho no puede ser arrebatado temporal (como es lógico) ni definitivamente por el Estado, como sí pueden serlo otros, verbigracia, los derechos a la libertad de movimientos o al voto. Durante la mayor parte de su vigencia, la Constitución española permitía la pena de muerte dictada por tribunales militares en tiempo de guerra, pero esa aberración fue eliminada hace ya algunos años. Por lo tanto, en nuestro país no se le puede quitar a nadie fríamente la vida de forma legal. Ni siquiera a un asesino condenado con todas las garantías en uno o varios tribunales, y mucho menos, claro está, a un inocente.

Y prácticamente ahí acaban las certezas. Todo debate ulterior sobre este asunto conduce a incomodidades, tiranteces, polémicas y batallas dialécticas que no pueden tener nunca un desenlace pactado, ya que los argumentos a partir de aquí se basan en dogmas, que son supersticiones disfrazadas de certezas, pero que no lo son.

Dos extremos del mismo dogma son, por ejemplo, los que se enfrentan al intentar decidir en qué momento hay una nueva persona en el mundo. Uno de ellos, que suele tener sus bases en creencias religiosas —especialmente en la creencia en alguna de las tres religiones mayoritarias en nuestra ciudad— defiende que el ser humano es creado en el momento de la concepción, cuando dos células microscópicas se unen en el interior de una mujer (¿también en una probeta?) con la intención inintencionada de duplicarse y convertirse, meses después, en un bebé. La otra, que suele adscribirse al feminismo radical, dice que el ser humano existe desde el momento en que no se encuentra en el interior de la madre, lo cual nos llevaría a situaciones paradójicas, como que se considerase humano a un bebé nacido prematuramente pero no a un feto gestado durante nueve meses.

Ninguna de las personas con las que he discutido acerca del aborto, representantes de estas dos posturas y de toda la gama de intermedias, ha sabido defenderme con argumentos sólidos una u otra. Y, al final —dado que suelo discutir con personas inteligentes—, se han visto obligados a concederme una victoria: que sus creencias personales, en tanto en cuanto no se basan en criterios objetivos, no pueden servir de pretexto para publicar una ley que obligue a todos los españoles. Un amigo mío católico, por ejemplo, estaba convencido de que desde el segundo en que el espermatozoide penetra en el óvulo, ahí hay un ser humano; asumía, sin embargo, que eso era una creencia personal propia —y de mucha gente— y que su creencia personal no podía condicionar la vida de todas las personas, aun cuando él consideraba que malograr un embrión compuesto por unas decenas de células constituía un asesinato.

Sobre esto yo también tengo unas certezas, basadas, por supuesto, en creencias indemostrables, o demasiado metafísicas para las páginas de un periódico. Tengo claro que un embrión de dos semanas no es un ser humano, como tengo claro que un feto de nueve meses sí lo es. Pero, como digo, son dogmas disfrazados de certezas, y no puedo defenderlos vehementemente sin caer en la hipocresía.

Hay más dudas: ¿estamos hablando aquí exclusivamente de un derecho de la mujer? Si asentimos, tenemos nuevas paradojas. Por ejemplo, si se permite la interrupción del embarazo libremente, podemos encontrarnos con una situación en que una mujer decida abortar, pero el hombre que ha participado del embarazo quiera que nazca el bebé. Dejamos toda la decisión en manos de la mujer, dado que sería inconcebible que un hombre decidiese sobre algo que afecta al cuerpo de una mujer adulta. Sin embargo, puede darse el caso de que la mujer quiera seguir adelante con el embarazo, y el hombre no desee que nazca el hijo. En ese caso, dejando, por supuesto, la decisión a la mujer, se produce la asimetría de que tendría en sus manos la decisión de condicionar la vida del hombre, ya que este se vería obligado por la ley a contribuir a la manutención de un hijo que no deseaba. Soy consciente de que suena como una locura, pero si nos libramos de prejuicios tanto machistas como hembristas debemos aceptar que lo que es una locura es la asimetría en sí.

No obstante, considero un gran avance la sustitución de la antigua ley que regulaba la interrupción de los embarazos por la nueva. El asunto de los tres supuestos —violación, peligro para la vida de la madre o malformaciones en el feto— era demasiado maquiavélico. Si el Estado no permite quitar la vida a un ser humano, esto no puede hacerse bajo ningún supuesto. Ni en el de la violación: ¿matamos al hijo del violador y dejamos con vida al violador?; ni en el de las malformaciones, cosa que nos acercaría peligrosamente al ideal de sociedad nacionalsocialista con su eliminación de personas defectuosas. Una ley del aborto nunca va a ser del gusto de todos, pero al menos con una ley de plazos y no de supuestos nos libramos de una paradoja hipócrita: la de defender que no puede matarse a un violador pero sí a su hijo. La ley de plazos asume, lo diga explícitamente o no, que un embrión de unas cuantas semanas no es un ser humano, y que por tanto no tiene derechos. A algunos les parecerá un crimen, a otros mucho, y a otros poco, pero dice, al menos, las cosas sin ambigüedad.

En Utopía no habría leyes sobre el aborto, porque no habría embarazos problemáticos o no deseados. ¿Podemos llegar allí? Es posible, pero como en casi todo, el camino que conduce hasta la isla tiene un único nombre: educación. Es necesario hacer un esfuerzo muchísimo mayor que el que de momento estamos dispuestos a dedicar para explicar bien a los adolescentes en qué consiste su derecho a la sexualidad, qué características y qué riesgos tiene. Mientras ni unos —los religiosos fervientes— ni otros —los feministas fervorosos— se den cuenta de que la educación es un asunto que hay que arreglar para antes de ayer, y que no hay absolutamente ninguna otra cosa en España que corra más urgencia, tendrán, todos, que aguantarse con leyes que siempre les van a resultar incómodas.

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Fumar, prohibir

4 de July de 2010

Este es el cuarto artículo que he publicado en El telegrama de Melilla. Siento que me ha quedado menos redondo que otros, pero en fin, es lo que hay. Allá va.

Fumar, prohibir

Un amigo me contó que, estando de vacaciones en un país ex comunista de la Europa del Este, al ver en un vagón de tren a varios ciudadanos fumando como si nada, pensó: «En España, por suerte, ya hemos superado esto». El uso de esta palabra, que implica el significado de avanzar, indica hasta qué punto nos sentimos cómodos con la restricción de las libertades. Consideramos un triunfo las prohibiciones, cuando, entiendo yo, una sociedad moderna debería conformarse mediante la educación, y no con reglas impuestas a adultos, como si fuésemos niños todos.

Mientras escribo estas líneas tengo delante de mí un informe del Ministerio de Sanidad, del que algunos datos ponen los pelos de punta. Según una encuesta realizada en 1996, el 66% de los adolescentes de entre 14 y 18 años había consumido alcohol en los treinta días anteriores a dicha encuesta. Es curioso comprobar como nadie siente la necesidad de superar este problema, que, tanto individual como socialmente, es, creo, mucho más grave que el del tabaquismo en los adultos. El consumo de drogas —y me refiero a todas, independientemente de su legalidad— en individuos en fase de crecimiento puede ocasionarles toda clase de problemas de salud. Eso, por no hablar de que a nadie, después de fumarse un cigarrillo, o veinte, le da por ponerse a dar alaridos por la calle, meterse en peleas, orinar en la puerta de un domicilio particular; o de que después de fumar un paquete de tabaco nadie se convierte en un arma mortífera si decide conducir. Sin embargo, como digo, la mayoría de la población aplaude la inminente prohibición de fumar en lugares públicos, pero nadie ve apremiante que nos pongamos en serio a erradicar el alcoholismo en nuestras calles, aunque solo sea el que se produce en los menores.

Le doy vueltas y vueltas al asunto y no encuentro un porqué. En este país siempre se ha considerado de buen gusto molestar al vecino. Gritar, beber en público causando ruido y suciedad, comprar petardos a tus hijos para que celebren no sé qué cosa con ruidos atronadores, informar a toda la ciudad de la victoria de tu equipo de fútbol (absurda actitud: a los que les interesa, probablemente ya lo saben; a los que no, nos trae sin cuidado). En general, el español desconfía del que es educado, o al menos poco ruidoso. No encontramos mejor forma de demostrar nuestra felicidad que bramando al oído del vecino. No me dirán que esto no contrasta con la extrema intolerancia hacia los que sufrimos de tabaquismo, que no es un capricho, un vicio ni un hábito, sino una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud. Como lo son, por otra parte, las enfermedades nerviosas provocadas por la exposición continuada al ruido, con el que tan a gusto nos sentimos. ¿Por qué es precisamente el tabaco el demonio de las instituciones y de la sociedad?

Puede que venga de la tendencia a imitar a los Estados Unidos, en que un fumador es visto prácticamente como un nazi. No lo sé. Me parece una explicación plausible. Sin embargo, en muchos de los estados de la superpotencia es ilegal beber hasta los 21 años, y siguen la norma a rajatabla. Aquí, sin embargo, todo el mundo acepta el consumo de alcohol entre menores, con el consabido argumento de que «tú también lo hacías a su edad». Para mí, sigue siendo un misterio.

Tengo clarísima, sin embargo, la sensación de vivir en un país en que, como persona, tengo cada vez menos derechos. No pido que se me permita fumar libremente donde se me antoje, ya que no es razonable. Pido, no obstante, poder realizar un vuelo internacional sin tener que mentalizarme para estar un mínimo de diez horas sin poder echar un cigarrillo (echen cuentas desde que entran en un aeropuerto hasta que salen del otro, y acuérdense de que, en los vuelos internacionales, hay que estar en el sitio dos horas antes del embarque). Pido poder ir a un bar de fumadores, donde todo el que entre sepa que va a aspirar humo, y donde irá quien le apetezca. Pido no tener que irme a la calle a fumar en cualquier situación, con una mirada que parece pedir disculpas por sufrir una enfermedad. Soy fumador. No fumo para molestar al de al lado, fumo porque padezco tabaquismo. Intentaré que mi enfermedad cause las mínimas molestias a los paisanos, pero exijo que no se me castigue por estar enfermo. Lo único que estoy pidiendo es no tener que encerrarme en mi casa o salirme a la calle, como un animal, para realizar una actividad que en este país sigue siendo legal.

La kafkiana obsesión por castigar a los fumadores produce otras situaciones que, miradas objetivamente, deberían producir espanto. Contaba el escritor Javier Marías hace unas semanas en El País que ya le resultaba imposible encontrar una habitación para fumadores en un hotel cualquiera de la UE o los Estados Unidos. No es que te cobren el doble por fumar: es que, pagues lo que pagues, es obligatorio, si sufres tabaquismo, que salgas a la calle a la hora que sea, haga el tiempo que haga, para inyectarte tu dosis en el pulmón. Esta situación la viví yo mismo, hace un año, en un hotel de Londres. Un amenazador cartelito te avisaba de que pagarías una multa si se daban cuenta de que habías fumado en la habitación. Nada decía, sin embargo, sobre el consumo de alcohol.

No me malinterpreten, con este artículo no pretendo defender la idea de que mis conciudadanos tengan la obligación de tragarse el humo de mis cigarrillos cuando van a un bar. Claro, que tampoco yo debería estar forzado a aguantar los berridos de los parroquianos que no saben beber con moderación, la música de calidad cuestionable a elevado volumen o el ridículo juego de fútbol a cien decibelios en el televisor. Pues si no te gusta eso —parece que los oigo decir— no vayas a un bar. Bien, pues lo mismo digo yo de mi humo.

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Es Chinatown

27 de June de 2010

Este es el tercer artículo que he publicado en El Telegrama de Melilla. Va por ustedes.

Es Chinatown

Pues estamos metidos de cabeza en una crisis de espanto, algo que todos temíamos y veíamos venir. Y parece que va a costar sacarnos de aquí, teniendo en cuenta, además, que nosotros —los ciudadanos— no nos hemos metido en ninguna crisis, sino que han sido otros los que nos han hundido la cara en el barro. Si bien es cierto que hemos ayudado a crear esta situación, comprando unos cuantos ladrillos apilados a precio de oro, no lo es menos que no podríamos haberlo hecho si unos bancos ávidos de nuestras nóminas no nos hubiesen concedido unos créditos que no podríamos pagar. Pero aun así, me preocupa que el asunto se mire únicamente desde el punto de vista económico y financiero, cuando va mucho más allá.

Da miedo ver que todos los gobiernos del mundo, incluyendo al español y al europeo, estén haciendo todos los esfuerzos posibles (es un decir: los estamos haciendo los ciudadanos) por salvar este sistema a toda costa; este sistema que es el que ha causado que ahora media Europa esté arruinada, que la clase media sea cada vez más una especie en peligro, y que, como en todo, la simplificación de las cosas tienda a la dualidad. Al igual que, políticamente, hemos convertido España en un partido de fútbol donde se baten dos contendientes indiferenciables si no fuera por el color de su camiseta, estamos también convirtiendo España y Europa en un espacio social radicalmente desigual: dentro de poco, habrá exclusivamente ricos y pobres, y la clase media quedará reducida a dos palabras desemantizadas.

Uno esperaría esto de un gobierno conservador, que después de todo se preocupa principalmente del capital. No sé bien si por ignorancia o mala fe, o simple egoísmo, que es uno de los sentimientos primarios de todo ser vivo, lo que se suele encontrar en la llamada derecha política es una preocupación por el bienestar de los mercados. En cierto modo se puede defender esta visión. Si a los mercados les va bien —si se vende y se compra mucho—, será necesario aumentar la producción, lo que se logra aumentando el número de contrataciones. Esto hará que haya más gente trabajando y cobrando, y por ende que haya más gente comprando, y se produce una reacción en cadena que no puede sino devenir en más contrataciones. Lo malo de esta ecuación es que se ha demostrado suficientemente que no funciona así, y que, en primer lugar, cada ciertos años hay una crisis que pone en la calle a millones de trabajadores, cada uno de ellos con su pequeña o mediana tragedia sobre sus espaldas. Y, además, cuando se explica esto del libre mercado se suele pasar por alto una cuestión evidente: lo que es bueno para el mercado, no tiene por qué serlo para la sociedad. La producción puede aumentarse de otras maneras: bajando salarios, o aumentando el número de horas trabajadas por el mismo sueldo, que es lo mismo. Sí, es posible que permita que cada obrero ostente en su salón un televisor TFT. Pero eso está lejos de lo que yo entiendo por bienestar. Especialmente si el precio que pagamos por la tele plana no son solo los 500 euros que indica la factura, sino también el recorte de derechos y subsidios y la espada de Damocles del despido colgando sobre las cabezas.

Decía que, de todas maneras, la defensa del mercado libre podría entenderse si viniera solamente del ala política conservadora, que últimamente basa su esencia más en la libertad de mercado —es indignante que hayan adoptado el adjetivo liberal como propio, como si la libertad tuviese algo que ver con lo que no sea la libertad de las personas, como si un mercado o una empresa pudiesen ser libres— que en la defensa de unos valores sociales tradicionales, identificados en España, anteriormente, con una sociedad católica y mojigata heredada del nacionalcatolicismo franquista, y con las tradiciones de tiempos pretéritos. Lo que no se entiende es que un Gobierno que alardea de izquierdismo comulgue con ideas y medidas más propias de los defensores del mercado que de los representantes de los ciudadanos.

Y, personalmente, lo que me cabrea sobremanera es el uso de eufemismos para ocultar la realidad que va a aplastarnos de un momento a otro. Y el eufemismo que más éxito ha tenido en los últimos años es flexibilidad, algo que el diccionario de la RAE define como «cualidad de flexible», y que nos obliga a buscar en sus páginas el adjetivo correspondiente, que en su primera acepción reza: «que tiene disposición para doblarse fácilmente». Pero, si avanzamos a la tercera definición, encontramos que flexible es algo «que no se sujeta a normas estrictas, a dogmas o a trabas». Y esta es la que seguramente entienden nuestros políticos y agentes sociales cuando dicen flexibilidad laboral. Me aterra pensar que el mercado pueda no verse sujeto a normas estrictas ni trabas, y que campe como un animal salvaje por nuestras calles. Si no está sujeto a normas, ¿qué hará cuando necesite regular (otro eufemismo) a cien mil trabajadores? ¿Y cuando necesite ajustar (otro más) los salarios? ¿Quién pondrá las trabas?

Lo peor de todo esto es que nuestro gobierno socialista ni siquiera actúa con libertad, mandado, como debería ser, por la autoridad de los ciudadanos que le han dado el poder con sus votos. Están todos los tertulianos en las radios —tanto en las afectas al Gobierno como en las simpatizantes del Partido Popular— diciendo, con cierta sorna, que Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a tomar las medidas neoliberales que está aplicando presionado por Barack Obama, por Angela Merkel, por el Fondo Monetario Internacional, por el Banco Central Europeo, por los mercados. Y que esta obligación le viene, entre otras cosas, por su populista política de derroche de dinero público, con la que ha ido regalando dinero a quien no lo necesitaba (como, por ejemplo, los 2.500 euros a las madres adineradas, o los 400 que me devolvió de la declaración de la renta, que ya daba por bien empleados) para poder ganar las elecciones con facilidad. Y la pregunta que debemos hacernos es: ¿quiénes son esas personas y entidades para obligar a nuestro Gobierno a cambiar su política? No es posible, si nos queremos seguir considerando un país democrático, que aceptemos que unas entidades que no hemos votado —ni se nos ha concedido la posibilidad de hacerlo— decidan sobre la política patria. Angela Merkel, como es lógico, piensa en el bienestar de Angela Merkel, y por extensión en el de Alemania. Investiguen qué país tiene mayores inversiones en Grecia, país que la UE ha salvado in extremis de la bancarrota, y tal vez se lleven una sorpresa: la de que Merkel no es tan buena samaritana. ¿Y Obama? No creo que sus simpatías por España le llevaran a preocuparse por nuestro país si el suyo no tuviera unos intereses sólidos aquí y en el resto de la UE. Pero otra vez: ¿qué derecho tienen unas entidades externas, algunas democráticas y otras no, que desde luego no hemos votado nosotros, a forzar a nuestros gobernantes a tomar decisiones ajenas a nuestra voluntad? Prefiero al Zapatero manirroto que al que obedece otras órdenes que las de los españoles. Cuando me equivoque, quiero hacerlo con todas las consecuencias. Así podré, dentro de dos años, echar a Zapatero del poder, si lo deseo. Ni a Obama ni al FMI puedo cambiarlos, pero a mi presidente sí.

Sin embargo, el español sigue teniendo una mentalidad franquista. Y no me refiero a que sea simpatizante, en general, de estados confesionales, dictaduras orgánicas, pantanos y cosas así. Me refiero a que tenemos la inercia de obedecer a los políticos, en lugar de a que nos obedezcan a nosotros. No en vano aún los llamamos mandatarios. ¿Mandatarios? Ellos deberían obedecer, nosotros mandar. En caso contrario, esto no es una democracia y hay que cambiarle el nombre.

Pero saquen este tema a cualquier hijo de vecino y le empezará a hablar de la inevitabilidad de estas medidas, de que hay que ser responsables, de que no hay más remedio que congelar pensiones y bajar sueldos si queremos que el sistema siga en pie.

En otras palabras, que vivimos en una Plutocracia. Sí, votamos cada cuatro años, elegimos, supuestamente, a los que van a mandar, pero aquí no se hace lo que dicen los ciudadanos, sino lo que deciden los mercados. Y oiremos por todos lados que es inevitable, que debemos aceptar que no gobierna una mayoría democrática, sino el puro y despiadado dinero que no se sabe a ciencia cierta a quién pertenece. Teníamos sueños de democracia, pero han quedado en eso: en sueños. Es mejor olvidarlos. Es Chinatown.

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