Ars longa, vita brevis

Sin hacer prisioneros

4 de August de 2012

La periodista Ana Pastor ha sido cesada de manera fulminante por el flamante director de informativos de Televisión Española, Julio Somoano. Por si no te suena el nombre de Somoano, que sepas que viene directamente de un medio de comunicación tan plural y objetivo como Telemadrid, y que está encargándose de colocar en la televisión que pagamos todos a la cuadrilla —dicho sea con todo el cariño— de Alfredo Urdaci, ese señor que estaba al frente de los informativos cuando TVE fue condenada por la Audiencia Nacional por vulnerar derechos fundamentales. Una joyita, vamos.

Resumiendo, se puede decir que un tipo que cobra de mis impuestos ha quitado de en medio a una periodista numerosamente galardonada por su trabajo por el equipo de un periodista que consiguió que la Audiencia Nacional condenase a TVE.

Este es, quizás, el primer ataque que, aunque parezca una contradicción —que explicaré enseguida—, no es ideológico.

Aclaro. Hasta ahora, dejando aparte los incumplimientos de campaña y las mentiras (que no puede negarse que son algo consustancial a la política del signo que sea), se podría decir que las reformas realizadas por el gobierno de Mariano Rajoy responden a una ideología, la del liberalismo económico extremo. He discutido cientos de veces con votantes y simpatizantes del Partido Popular sobre la conveniencia e incluso la ética de las medidas, y yo, que, modestia aparte, soy un buen conversador, admito la posibilidad de que ellos estén en lo cierto y yo errado. Es decir, que me parece legítimo, aunque no lo entienda, que mis contertulios piensen que el dinero está primero para pagar las deudas de la banca y, después, para pagar pensiones, subsidios, salarios, educación y salud pública. Puedo entender que piensen que el derecho a la salud es para quien pueda pagárselo. Puedo entender que piensen que poniendo el despido muy, muy barato las empresas se van a liar a contratar como locas (ahí están los datos, je, je, con una risa muy amarga). Que todavía, más de medio año después, se le pueda echar la culpa de nuestra situación de hoy al anterior gobierno.

Lo que es de todo punto incomprensible es que un votante del Partido Popular esté contento sabiendo que eliminan de TVE a una periodista que se ha demostrado sobradamente imparcial para colocar a gente que le va a contar las más grandes mentiras cocinadas por los ideólogos conservadores. Porque lo que no puede negarse es que Pastor tiene caldo para todo el mundo, sea del signo político que sea. Y a los vídeos me remito.

No entiendo tanto de periodismo como para saber si Ana Pastor es una buena o mala profesional, pero tengo la cabeza suficientemente amueblada como para darme cuenta de que sí posee una de las principales características que un buen periodista debe tener: no callarse ante nadie.

Aunque yo creyese en el despido libre, en la sanidad y la educación solo para los que se la puedan costear, en que mimar a los bancos va a salvar la economía en lugar de hundirla aún más; aunque yo hubiese votado al Partido Popular y creyese firmemente en la bondad del presidente Rajoy, si tuviese dos dedos de frente no podría tolerar esto, que es un ataque libre de ideologías, un monumento a la mentira pura. Puedo estar de acuerdo con que se carguen el estado del bienestar, pero no con que me mientan.

Una nueva medalla de oro para el Partido Popular. Meses después de las elecciones, parece que la única promesa que han cumplido ha sido la sugerida por Ángel Mínguez, miembro de las Nuevas Generaciones del PP, en su cuenta de Twitter. Quitar de en medio a una de las mejores profesionales de la televisión pública. No paráis de luciros.

Crisis del periodismo

4 de January de 2012

No me gustan las películas españolas. No, espera, eso no es cierto. Me gusta cierto cine español, el de calidad. Durante toda la historia del cine se han hecho en este país películas buenas, pero parece que nuestro cine tiene bastante mala fama, y puede que no sea debida solamente al vergonzoso régimen de subvenciones que mantiene unas producciones pésimas que nadie va a ver a costa de los impuestos de todos. Sin embargo, en los últimos años he visto no pocas películas españolas decentes, e incluso algunas que no dudaría en calificar como obras maestras (me viene a la cabeza Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín). Qué delicia. En cuanto a series, me sucede lo mismo que con el cine: la mayoría de las que veo me parecen patéticas, pero de vez en cuando hay alguna que me parece un dechado de calidad (la última que he disfrutado, y bastante, fue Aquí no hay quien viva).

Creo que la calidad de estas tres producciones tiene que ver con algo más que con la calidad del trabajo de sus profesionales. Me niego a pensar que la mayoría de los actores, decoradores, guionistas, directores y maquilladores en activo en nuestra industria sean unos incompetentes. Supongo que, como en cualquier trabajo, casi todos los que se dedican a esto serán buenos profesionales (aunque el artista tiene tendencia a creerse, por el hecho de serlo, algo especial). ¿Qué es lo que falla? Siempre he pensado que lo que falla es que no queremos hacer cine español. Queremos hacer cine estadounidense, series estadounidenses, pero con dinero y actores españoles. Y es entonces cuando metemos la pata. Porque, al igual que no se nos ocurriría declarar la guerra a Irak ni mandar a un hombre a la luna, no debería pasársenos por la cabeza tampoco hacer una película norteamericana.

Poniendo un ejemplo: en Estados Unidos tienen decenas de series de policías, de investigadores de la Científica, de hospitales. En España se nos ocurre copiarlos —casi literalmente—, y nos sale un pufo. Porque veo a dos tipos vestidos de azul persiguiendo a un ratero por las calles de Chicago y me lo creo. Veo a Cobra (Stallone) conduciendo un deportivo con sus Ray-Ban, y me lo creo. No es que sea un crédulo, es que me pilla muy lejos. Pero veo a un policía nacional soltando frases cortantes a un detenido, llamando a sus compañeros por el apellido y trabajando en sus horas libres para resolver un caso y me parto el pecho de la risa. Porque he estado en una comisaría. Y porque tengo conocidos policías. No sé si me explico.

Cuando el cine español ha contado historias que, por lo que sea, han resultado creíbles (que no es lo mismo que verídicas), y ha puesto empeño y buen trabajo en ello, ha dado la campanada. Es lo que ha pasado con las producciones a las que he aludido más arriba. Pero si me ponen al cantante de El canto del loco a hacer de Mike Hammer, no tengo más remedio que partirme el pecho y cambiar de canal.

Quizá eso es lo que ha pasado con el diario Público, que ha presentado un concurso de acreedores, sea eso lo que sea (en resumidas cuentas, creo que quiere decir que están en quiebra). Ha querido ser un periódico, pero sin ser un periódico. Ha querido renunciar a lo que siempre se ha entendido por un periódico. Era una apuesta arriesgada, y cuando se apuesta, se puede perder, sobre todo si se arriesga. Yo compré el primer número —que no sé si algún día llegaría a valer algo, pero ya no importa, porque una empleada de hogar lo utilizó para secar la encimera— y compartí parte de su ilusión. Tenía ciertas características que no me desagradaban: una atención especial por temas científicos y culturales en general, una intención de culturizar a la gente (una de las viejas ambiciones de la prensa escrita), una cierta ética cuando trataba asuntos relacionados con los animales, etc. Había algunas extravagancias que no llegaba a entender (como el prescindir de editorial), y otras cosas que me desagradaban profundamente, como una tendencia tan descaradamente clara a favorecer al PSOE, digan lo que digan, pero al menos era una voz más. Tanto su formato como sus ideas iban enfocados a un sector joven, y han sido uno de los que mejor ha sabido apreciar que internet está aquí para quedarse, y que la hora de intentar competir con la red ya ha pasado.

Estos dos últimos puntos, combinados, han sido a mi parecer los que han provocado su crisis. Y creo que no puede entenderse uno sin el otro. Me refiero a que, sí, a todos los periódicos se les ve el plumero, pero algunos tratan de disimularlo. En El País no engañan a nadie, pero formalmente sigue siendo un periódico independiente. Y, digan lo que digan, las formas importan. El diario citado tiene incluso un defensor del lector que de vez en cuando afea la conducta a sus redactores o incluso a su director. Luego sigue siendo bastante tendencioso, pero formalmente es difícil dejar de considerarlo un rotativo serio. Desde Público han seguido, desde el inicio de sus tiempos, la estrategia Iñaki Gabilondo: yo soy de esta idea política y se me tiene que notar. Y eso está bien, si diriges exclusivamente una cabecera de opinión. Pero si te declaras periódico, tienes que asumir que la mayor parte de la gente que te compre va a buscar cierta objetividad en las informaciones. Por “cierta” se entiende “la mayor posible”. Y luego, en las páginas de opinión, puedes ser lo tendencioso que quieras, que para eso están. Pero hemos visto portadas de Público como esta:

¿A qué tipo de lector —no de lector; no lo olvidemos, de comprador— puede atraer esta portada? La opinión puede y debe ser importante en un periódico, y más en un mundo como el actual, en el que cuando compras el papel las noticias ya las conoces. Pero no debes olvidar que estás intentando vender un periódico, y no El Jueves. ¿Y qué me decís de esta?

En este caso, no puede negarse que la portada es objetiva, pero se parece más al típico borracho en un bar hablando de lo que cuesta el Papamóvil que a un periódico haciendo un análisis serio de nada. Que sí, que el problema es que unos tienen mucho y otros tienen poco, pero esa portada, y otras de este rotativo, podrían llenar un manual que explique qué es la demagogia, sin texto ni nada.

Se puede argumentar que diarios de derecha como La Gaceta caen en el mismo simplismo, y en otros peores, y es verdad; pero la idea es que Público siempre se ha considerado, moralmente al menos, por encima de lo que se ha llamado la prensa cavernaria, pero formalmente no lo han demostrado. Y las formas importan, y mucho.

Otros detalles de este diario me han resultado desconcertantes. Por ejemplo, su red de columnistas y blogs. He encontrado dentro algunos finos ejemplos de análisis de la realidad con sus opiniones, que he considerado dignos —tanto en fondo como en forma— de ofrecer a mis alumnos de 2.º de Bachillerato para analizar en los exámenes. Y otros que parecen simplemente un espacio que el director del periódico le ha cedido a su amiguete, ese que tiene tanta gracia cuando nos hacemos un botellón. Es decir: que la sección de opinión, a veces, se parecía peligrosamente a internet.

Y, para leer lo malo que es Rajoy y para que la gente se ría de que Fraga tiene muchos años, la gente, una de dos: o se va a internet, o se compra El País, que tiene más solera. Igual que la gente lee muchos blogs de derechas, pero difícilmente empezaría a comprar un diario nuevo de derechas. Es muy difícil que la gente que no ha leído periódicos nunca se ponga a comprarlos ahora. Y si encima el valor añadido que les vas a dar lo pueden encontrar en internet gratis, ¿para qué van a gastar dinero?

Resumiendo: creo que han intentado hacer algo que no era un periódico, pero venderlo como si fuera un periódico. Y creo que la estrategia les ha salido mal. Y por eso comenzaba este post hablando sobre el cine español: porque creo que, del mismo modo, cuando alguien ha intentado hacer una película estadounidense, pero vendiéndotela como una preciosa muestra del peculiar arte patrio, la gente se ha dado cuenta y no ha picado.

¿Qué intentaba vender Público? Si intentaba hacer un periódico, no lo han hecho bien, puesto que era más una especie de red de blogs como los autollamados progresistas aderezado con alguna que otra noticia de agencia y algún reportaje más o menos decente. Y si lo que intentaban era venderte internet, el fallo ha sido de base: internet no se compra, se consume gratis.

Pero quizás el fallo más grande ha sido el mismo que aqueja a las viejas empresas productoras de discos musicales. La gente que compra periódicos, igual que la que compra CD, ya se está haciendo vieja. Algunos se están muriendo. Cuando solo había periódicos, la gente los compraba. El cambio generacional no se para, y la gente acabará por no comprar ningún periódico en ningún quiosco. Y esto es lo mismo que lo de los CD. Puedes hacer todas las maniobras que quieras para intentar frenarlo, pero si eres listo, debes intentar saber por qué cosas va a pagar la gente a partir de ahora. Una pista: no va a ser ni por música en CD, ni por noticias de ayer impresas sobre árboles muertos.

Lo mejor de Twitter

7 de February de 2011

Os avisé hace unos días de que me he hecho una cuenta de Twitter (eliasmgf). Como os informaba en ese post, ya me abrí una hace dos o tres años, pero no le vi ningún sentido y la borré. En esta ocasión me he esforzado por encontrarle algo, aunque solo sea porque si tiene millones de usuarios, debe de tener algo interesante (ya, conozco lo de las moscas y las heces, pero ¿quiénes somos para juzgar a las moscas? Han estado en la Tierra mucho más tiempo que nosotros, y la seguirán habitando cuando ya no estemos aquí. Qué gracioso Noé, cuando tuvo la feliz idea de invitarlas al arca).

(Quien esté familiarizado con Twitter puede saltarse el siguiente párrafo)

Lo bueno que he descubierto son los hashtags. Son algo así como unas etiquetas que uno puede añadir a sus tweets —sus actualizaciones de estado— añadiendo la almohadilla al principio de la palabra. Cuando un hashtag es utilizado por mucha gente, se convierte en trending topic, o «tema del momento», es decir, las etiquetas más populares.

Hace unos días fue tema del momento en España el asunto de Bisbal y las pirámides, con el que eché alguna de las risas más intensas de los últimos meses (falta me hacía, vive Dios). Tenéis más información aquí y aquí, aunque supongo que habrá poca gente conectada que no se haya enterado del asunto; incluso apareció en las noticias de televisión.

El tema ahora es el vergonzoso espectáculo que protagonizó el diario El País cuando despidió a Nacho Vigalondo por una broma que el director cántabro gastó en su cuenta de Twitter. La broma hacía referencia al Holocausto nazi sobre los judíos. La broma podía tener mayor o menor gracia, mejor o peor gusto (yo no le veo ni la gracia ni el gusto), pero la solución de El País consistió en rescindir los contratos que tenía con Vigalondo y dejar de emitir el anuncio que había rodado este para la edición en iPad del diario de Prisa. Vigalondo se explica y pide disculpas en este post.

Ya he aclarado que la broma, a mí particularmente, no me hace gracia ni le veo el gusto, pero total, tanto el humor como el buen gusto son asuntos subjetivos: gente habrá que tenga una visión distinta. Lo que sí tengo clarísimo es que tomar medidas laborales y contractuales contra una persona por gastar una broma —en un medio, además, que nada tiene que ver con la empresa que lo contrata— desvela una enorme falta de sentido del humor, de perspectiva, y de respeto a la libertad de expresión. Hay quien achaca la situación a no sé qué enorme capital judío que alimenta a Prisa. Yo, que estoy abonado a casi todas las teorías de la conspiración, no soy muy aficionado a la judeomasónica, y veo más probable que la cosa esta se deba a la pérdida de sentido del humor que están sufriendo en general las sociedades occidentales, fruto del respeto cada vez mayor por los integrismos religiosos del signo que sean (El País fue uno de los diarios desde los que más se defendió que no había derecho a dibujar a Mahoma si a alguien le molestaba).

Lo más divertido de todo es que el caso ha desatado un gracioso trending topic en Twitter: #HumorElPais, donde los usuarios ejercen una desternillante crítica contra la cuasi censura del diario, contando chistes… políticamente correctos.

Lo mejor, sin embargo, aparte de leer las ocurrencias de los twitteros, es recordar cómo eran los chistes antes de sufrir la censura de las neo leyes de no discriminación, de respeto a las minorías o de igualdad de sexos. Hay incluso chistes que no conocía, y que por el final maquillado puedo adivinar en su versión original, lo que añade más diversión aún. Os dejo con los que más me han hecho soltar la carcajada. Que los disfrutéis.

#HumorElPais
– Ninguna mujer es fea por donde piensa.
– ¿Cuál es la última botella que abre una mujer en una fiesta? La que usará para brindar por la amada y valiosa igualdad de género.
– ¿En qué se parecen las mujeres a las hormigas? En nada, y mucho menos en lo referente al taponamiento de orificios.
– Mamá, en la radio he oído que han matado a una mujer en este edificio… ¿Mamá? ¿¡Mamá!? —Dime, que no te oía. —Jolín, qué susto.
– ¿Cuándo irán las mujeres a la luna? Cuando la NASA mejore su política de igualdad.
– Juguemos al teto: tú te agachas y yo te respeto.
– Mi cumpleaños es el día cinco. —¿Perdona? —El día cinco. —Perdona, no te había oído.
– ¿Qué hace un leproso tocando la guitarra? Expresarse mediante una maravillosa forma de arte.
– Entra un hombre con dos mujeres a una pizzería: —¿Me pone dos pizzas? —¿Familiares? —Sí, por favor, que estamos hambrientos.
– Por favor, ¿ha visto a mistetas? —Sí, está justo ahí. —¡Muchas gracias, caballero! Perrito malo…
– Un caballo entra a un bar, va a la barra y el camarero llama a la protectora de animales porque eso puede ser peligroso.
– Va un negro por la calle con un sapo en la cabeza. Se da cuenta y exclama «¡Eh!, ¿y este sapo? ¡Lo llevaré a alguna reserva ecológica!»
– Perdone, ¿la notaría? —Claro, señora, la primera a la derecha.
– Papá, ¿qué es peor, la ignorancia o la indiferencia? —Mira, hijo, ambas son muy graves.
– Mamá, en el colegio me llaman cabezón. —Hijo, vamos a presentar una denuncia.
– ¿En qué se parece un judío a una mierda? —En nada, qué mal gusto.
– Esto son dos amigos que deciden ir al puticlub, pero al final no porque eso degrada a la mujer.
– Doctor, ¿qué me había dicho? ¿Virgo? —Sí.
– Esto son dos y uno se cae pero su amigo le coge antes de que pueda hacerse algún daño.
– Papá, ¿me puedo tirar a la Bartola? —Sí, hijo. —Vale, cualquier cosa, estoy descansando en mi cuarto.
– ¿Te sabes el chiste del maricón que dijo que no? —No. —Qué pena, es un chiste muy gracioso.
– ¿Por qué los de Lepe ponen cinco teles, una encima de la otra? Para ahorrar espacio.
– Este es Jaimito que llega el lunes a la escuela, abraza lloroso a la profesora y pregunta: ¿Me perdona usted?
– Un físico, un químico y un informático van en un coche. El coche se estropea y el informático pregunta: ¿Y si lo llevamos a un taller?
– ¿Cómo meterías a cien judíos en un coche? No se puede, solo tiene cinco plazas.
– Hola, niño, ¿está tu madre? —No, ha ido a un entierro. —¿Cuándo vuelve? —No sé. —Vale, vendré mañana.
– Esto es un hombre que le dice a una viuda en el entierro de su marido: «Lo siento». Y va la mujer y dice: «Gracias».
– ¿Cuál es el colmo de un ciego? Ninguno, es una discapacidad terrible que merece todo nuestro apoyo y respeto.
– No es lo mismo dos bolas negras que dos bolas verdes.
– ¿Por qué se suicidó Hitler? Porque había hecho cosas terribles.
– Jaimito, dime algo redondo y con pelos. —Las bolas de billar. —Eso no tiene pelos. —Perdón, me habré equivocado.
– ¿Qué hacen cincuenta negros en una pared blanca? —Repasar lo pintado ya que están ejerciendo su derecho a un contrato digno.
– ¿Bailas? —No. —Deduzco, por ello, que no cabría posibilidad de entablar un diálogo sobre la posibilidad de practicar un coito recreativo. —Correcto.
– ¿Cómo congelan la imagen de TV los de Lepe? Pulsando el botón de pausa en el mando a distancia del DVD.

Y, a mi jucio, el mejor de todos:

– Cariño, ¿te traigo una naranja? —Sí, por favor. —¿Te la pelo? —No hace falta, gracias.

Y recordad: estamos perdiendo el sentido del humor y el gusto por la libertad. Dentro de poco, algunos de estos chistes podrían ser delito. ¿O lo son ya?

La luna y el dedo

5 de December de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 5 de diciembre de 2010.

Por cierto, y hablando de Wikileaks, y teniendo en cuenta también la que hay liada con los controladores aéreos, es para pensar un poco. He leído en un blog alguna reflexión interesante. Varios de los cables desvelados por la organización revelan una información que pone los pelos de punta: las grandes empresas de entretenimiento de los Estados Unidos son quienes dictan las leyes al Parlamento español. Es decir, que determinada nueva ley pueda hacer que te procesen, te juzguen, te multen, quién sabe qué más cosas, depende de que el presidente de la Fox o de Warner Bros. quiera ganar más dinero. Es para ponerse locos de ira, ¿no creéis? Pues bien, a las pocas horas de conocerse los cables concretos, y a las puertas del puente de la Constitución, el Gobierno se saca de la manga un real decreto que provoca una reacción, sin duda desproporcionada, de los controladores aéreos. No se habla de otra cosa. No se habla de que el presidente de Disney es quien manda en el presidente de España, y que, por lo tanto, mediante leyes, él —ellos— es el dueño de tu destino. De que tú votas para dar órdenes a los políticos, pero que ellos reciben las órdenes ni siquiera de Obama, sino de empresarios de otro país. Escalofriante.

Y el PSOE acusa al PP de haber causado el caos en los aeropuertos. Curiosamente, el más beneficiado por la situación es nuestro Gobierno, que ha quedado, con su amenaza militar de prisión para los sediciosos, como una mano poderosa que no tiembla a la hora de hacer cumplir las leyes en beneficio de los ciudadanos, y no como lo que demuestran los cables de Wikileaks, es decir: como unos perritos falderos de los multimillonarios estadounidenses. Que engañen a quien se deje engañar. Digo yo. Ahí va el artículo.

La luna y el dedo

Julian Assange es lo más parecido a un héroe que podemos tener en una sociedad que pretende ser democrática. El heroísmo requiere decisión, valentía y cierta inconsciencia de los peligros que conllevan tus acciones. Además, lo que haces debe tener significado para un número importante de personas. La filtración de más de 250.000 cables procedentes de embajadas de Estados Unidos por todo el planeta y la actitud arrogante de Assange reúne todas estas condiciones. Sin embargo, cuenta con una dificultad que puede impedir que finalmente los ciudadanos pongamos al personaje en el sitio que le corresponde: no estamos convencidos de que sea un héroe.

Las filtraciones realizadas por la organización Wikileaks tienen más importancia en el plano de la esencia que en el de las propias informaciones que desvelan. Berlusconi es un juerguista, las multinacionales del entretenimiento estadounidense presionaron al Gobierno español para que desarrollara una ley que ilegalizara las legales descargas de contenidos, desde la potencia se presionó para que no se investigara a quienes mataron a José Couso y Zapatero es un idealista irresponsable. ¿Realmente hacía falta mucha máquina de espionaje para saber esto, o es algo que era conocido por cualquiera con dos dedos de frente y un receptor de televisión? La respuesta es lo segundo, claro. Entonces, ¿dónde está la importancia de las filtraciones?

Si todo el follón que se ha armado llega a servir para algo bueno, será para que la sociedad sea un poco más democrática. La democracia exige que la gente reflexione, y para que reflexionemos debemos tener información. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, y más desde la locura desatada tras los atentados del World Trade Center, hay un número creciente de personas que piensa que hay cosas que es mejor que no sepamos. Que nos impidan volar con el biberón de nuestros hijos, sin que sepamos realmente cómo puede secuestrarse un avión con eso, bien; que haya fondos reservados que las agencias de inteligencia gasten sin tener que justificarlas ante nadie, también; que haya reuniones secretas al más alto nivel donde se deciden asuntos de importancia para la población sin tan siquiera ofrecernos una triste declaración institucional sobre lo que se ha hablado, vale; que se inyecte dinero de los impuestos a las entidades financieras sin decirnos quiénes son los beneficiarios, perfecto. El despotismo del siglo XXI está aquí. No queremos saber lo que pasa, solo queremos que nos dejen vivir tranquilos.

Lamentablemente, no existe posibilidad de democracia real sin que aceptemos cierto nivel de molestia. Molestia por estar informados, por saber qué pasa, por conocer causas y consecuencias. La diplomacia internacional, como todo, está pagada por los impuestos de los trabajadores. No es algo ajeno a nosotros, no es algo que no nos influya. ¿Por qué sus documentos han de ser secretos? Es comprensible cierto nivel de secretismo en investigaciones policiales o judiciales en curso, porque la publicidad podría dar al traste con los resultados. Pero, una vez, finalizadas, ¿qué problema hay en que la gente sepa qué ha pasado? Es su derecho. Quiero incluso ir un poco más allá. ¿Deberíamos tener derecho a conocer no solo los cables de la embajada de nuestro país, sino también los de las embajadas de los demás países?

Mi respuesta es, claramente, sí. Vivimos en un mundo que se nos dice que está globalizado, pero, como siempre, lo único que ha adquirido escala planetaria es lo de siempre, lo que sirve a los intereses de la plutocracia. Se han internacionalizado los servicios técnicos telefónicos, para asegurarnos de que cuando no nos funcione Internet, al otro lado del teléfono haya algún ciudadano del tercer mundo explotado que no entiende nuestro idioma ni nuestro router. Se establece una moneda única en media Europa, para que los que hacen negocios internacionales gasten menos en comisiones. Se abren las fronteras de facto a la libre migración de poblaciones, sin preocuparse nadie de que las condiciones de vida de los desplazados sean realmente dignas (con que estén materialmente un poco mejor que en sus países de origen nos damos por satisfechos). El calzado deportivo por el que pagamos cien euros lo ha cosido un niño malayo que cobra dos dólares al día. Ropa internacional. Si me niego a pagar un recibo injusto de una compañía de telecomunicaciones, es posible que mañana un banco me niegue un crédito hipotecario. Mi información financiera personal parece ser de dominio público, y cualquier usurero amigo de los gobiernos parece tener acceso inmediato al dinero que gano y al que me queda. Antes de viajar a los Estados Unidos, sus agentes fronterizos tienen acceso a mi ficha policial —si la tuviera, que creo que no—. ¿Por qué no tenemos los ciudadanos derecho a saber qué se dice de nosotros y de nuestros gobiernos en las embajadas?

Seguimos siendo presa de la mentalidad de la tribu y de su jefe ancestral. Pues no, amigos: la democracia no consiste en que decidamos a quién debemos obedecer; la democracia consiste en decidir quién tiene que obedecernos. El Estado no debe controlar a los ciudadanos, somos nosotros los controladores. O deberíamos serlo. El secretismo no es un derecho de las instituciones, sino de las personas. Nuestra información es la única que debe ser privada y guardada celosamente.

Ha aparecido en todos los medios una supuesta orden internacional de la Interpol contra Assange, acusado, al parecer, de violación. Casi nadie sabe que no hay ninguna denuncia por este delito contra él. Incluso los abogados que le acusan han sido claros en un punto: las mujeres alrededor de las cuales se ha montado todo este circo consintieron en su relación con el director de Wikileaks. Los cargos son otros, pero en cualquier caso, no importa: es necesario acabar con la credibilidad de Assange —incluso, con su vida: un político canadiense pidió en televisión, no se sabe bien si en broma o en serio, el asesinato del activista.

No parece que ningún gobierno occidental vaya a asomar la cabeza para decir que toda esta desvergüenza de actuaciones gubernamentales es una mentira flagrante. Lo que importa es acabar con el mensajero, como en la famosa historia en que el sabio señala a la luna mientras los necios se fijan en el dedo. Para que Assange sea el héroe de las democracias es necesario que ignoremos el dedo, que lo ignoremos a él, y nos centremos en la luna, que es donde está el meollo. Si no, la otra salida es la más cómoda e indigna. Olvidarnos de todo, meter a Assange en la cárcel, acusado de lo que sea, qué más da, y confiar en que todas esas reuniones y comunicaciones secretas que desarrollan los poderosos a nuestras espaldas sean por nuestro bien, y no sirvan a intereses espurios. Ja.

Anteriormente, en La Lengua:

La dolce morte

28 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 28 de noviembre de 2010. O eso creo, pues aún no he recibido la confirmación de la editora. En cualquier caso, espero que lo disfrutéis —o lo sufráis— en salud.

La dolce morte

La eutanasia siempre ha sido un tema tabú en nuestra sociedad. De hecho, incluso etimológicamente, su significado se nos antoja ilógico. La palabra se compone de los vocablos griegos eu, que significa «bien», y zánatos, «muerte». ¿Cómo puede estar bien la muerte, si siempre produce dolor a alguien? El ser más vil de la tierra, el genocida más desalmado y el asesino de niños más prolífico tiene o ha tenido madre, o alguien que le echará de menos. Puede ser justo o injusto, pero a todos nos recordará alguien con nostalgia cuando no estemos aquí.

En nuestro país, como en muchos otros, aunque hay gran parte de la población sensibilizada hacia una postura favorable a su aplicación al menos en casos extremos, sigue siendo algo de lo que no nos gusta hablar. Tal vez esta actitud proceda de que en ningún otro sitio ha logrado la especie humana una vida saludable tan duradera, con ancianos que tocan la guitarra eléctrica y mujeres de sesenta años estupendas; acaso de las religiones monoteístas que han conformado el pensamiento occidental, en las que la vida es una línea que comienza y acaba y es necesario prolongarla a toda costa. En Oriente, donde en general la gente no vive tantos años, y donde están más influidos que nosotros por unas filosofías o al menos unas infusiones culturales en que la vida se contempla más como una rueda de reencarnaciones, donde todos formamos parte de un todo no discreto —v. gr., el Budismo—, da la impresión de que les cuesta menos aceptar la idea del fin de la existencia en forma humana. En medio estamos los agnósticos, que contemplamos la vida propia como una simple y casual, aunque extremadamente compleja, ordenación de átomos, que curiosamente, y en un proceso que aún no entendemos del todo, tiene conciencia de que existe y de que existen otras cosas fuera de ella.

El hecho de que la eutanasia, o incluso el suicidio sin ayuda, sea objeto de ordenación legal y de procesos judiciales, nos planta un mensaje clarísimo delante de nuestras narices: no hay absolutamente nada que sea tuyo del todo, ni tan siquiera tu propio ser. Tu existencia no te pertenece. Antiguamente era más sencillo argumentar en contra del suicidio y la eutanasia, puesto que el dueño de nuestras vidas era algún dios. Hoy en día, en estos estados laicos o no confesionales, esos dioses siguen existiendo, pero mandan por delegación. Como las empresas delegan en nuestros políticos que el mercado sea liberado para su propio beneficio mediante nuestro voto, también los dioses delegan en las leyes su prohibición de que nadie muera si no es donde, cuando y en la forma en que ellos deciden. Es imposible negar que, para no existir, siguen teniendo un poder terrible.

Para que nuestras sociedades entren en un debate templado sobre la posible aplicación de la eutanasia activa, es necesario, primero, que adoptemos un punto de vista más racional sobre la vida. La vida, eso que nadie llega a comprender del todo, existe solo en virtud de su posibilidad de no existir. En una película de Hollywood el protagonista, disfrazado de predicador, preguntaba a su audiencia: «Si todos los días hace sol, ¿qué diablos es un día soleado?» Aplicado a nuestro caso: si no fuese posible no existir, no tendría sentido existir, no sería nada, ni tan siquiera una palabra. Así que lo primero que debemos hacer es aceptar que la muerte existe, y que está aquí para quedarse. Es posible que en un futuro los científicos desarrollen las técnicas que frenen el envejecimiento celular, y que sean capaces de reparar nuestro cuerpo infinitamente, y entonces los ricos no tendrán la obligación de morir. Pero como queda aún mucho para eso, no puede ser objeto de debate para decidir una cuestión actual. Si la conciencia de la propia muerte nos hace humanos, su aceptación nos puede hacer algo más felices, o menos desgraciados, como poco. Ahora bien: nadie quiere morirse mañana. Que aceptemos la muerte no quiere decir que la deseemos. Es como el granizo: ahí está, nadie lo ha llamado, cuando viene lo contemplamos con la seguridad de que no está en nuestra mano pararlo, nos lamentamos por el día de campo perdido y a otra cosa.

¿O sí hay quien quiere morirse mañana? Lamentablemente, la respuesta es afirmativa. Hay ocasiones, demasiadas, en que la vida no es digna de ser vivida y está exenta de esperanzas de nada bueno para su propietario ni para los que le rodean. En España se hizo muy famoso el caso de Ramón Sampedro, un gallego que pasó treinta de sus cincuenta y cinco años de vida postrado en una cama, sin poder mover nada de cuello para abajo. ¡Más de la mitad de su vida! Cuando mediaba la década de su veintena, un salto con muy mala fortuna en el mar dio con su cabeza en una superficie dura. Su médula resultó dañada irreversiblemente y quedó tetrapléjico.

A pesar de ser una persona que siempre, según contaba él, había disfrutado de cada instante de su vida, decidió poco tiempo después de su accidente que no quería seguir viviendo en esas condiciones. No voy a intentar imaginar, ni, por supuesto, explicar, el infierno que debió sufrir durante esos treinta años el pobre de Ramón: pienso que es imposible para mí, que taconeo el suelo mientras golpeo con las manos el teclado desde el que escribo estos pensamientos. Seguramente es imposible para casi nadie. Por eso no voy a basar hoy mi defensa de la eutanasia en el inabarcable sufrimiento que puede significar la vida en determinadas circunstancias. Voy a basarlo en algo que he mencionado antes: el derecho a la administración de la propia vida.

Si, como defiendo en el cuarto párrafo, la vida existe en tanto existe la muerte, y por lo tanto si no existe la muerte no existe la vida (lo contrario sería como decir que una cadena se compone de todos sus eslabones, menos el último), negar el derecho a administrar la propia muerte es lo mismo que negar el derecho a administrar la vida propia. Si el estado, mediante la prohibición de la eutanasia, decide, en cierto modo, el momento de la muerte, ya que obliga a que no sea en el momento decidido por el vivo, se convierte en un régimen tan tiránico e inhumano como los estados que deciden lo mismo pero al contrario. Esto es, los que aún mantienen la pena de muerte. Disculpen la ausencia de eufemismos en este texto, pero el tema me parece tan serio como para no andarme con hipocresías. Un estado que te dice que ahora no debes morir es tan monstruoso como uno que te dice cuándo debes hacerlo. La vida se compone de varios ingredientes, desde el nacimiento hasta la muerte, y no puede entenderse cuando falta alguno de ellos. Lo deseable es que todos esos ingredientes se suministren de forma razonablemente placentera, y es lo que desea cualquier persona en sus cabales. Negando el derecho a morir, sin saberlo, estamos negando algo análogo, sin darnos cuenta: estamos negando el derecho a vivir.

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Migraciones

21 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 21 de noviembre de 2010.

Migraciones

Una de las cuestiones que, desde hace al menos veinte años, más se debaten en el mundo es la de las migraciones humanas. Y, aunque pueda parecer un fenómeno nuevo, en realidad son algo inherente a la humanidad desde el principio de los tiempos. En la vertiente cultural, Occidente tiene bien asentado el mito bíblico de la huida de los hebreos a la tierra prometida desde Egipto. Pero podemos irnos a la perspectiva científica, y comprobar que absolutamente todos los seres humanos que poblamos la Tierra descendemos de unas pocas poblaciones que partieron de algún lugar del África negra y acabaron poblando prácticamente todos los rincones del planeta. De hecho, al parecer fue preciso que partiésemos de este continente, dado que su desertización en tiempos remotos y el progresivo avance de las hierbas altas que constituyen la sabana, en detrimento de los bosques húmedos, favoreció a los individuos que se sentían más cómodos en una postura bípeda, al poder ver a los depredadores antes que los otros, y de ahí a la posición erguida permanente, el desarrollo de las manos, de la corteza cerebral y el resto de características que nos convirtieron en homo sapiens todo fue cuesta abajo. Dicho de forma sencilla: todas las personas somos descendientes de poblaciones migratorias, salvo quizás los masai o los pigmeos, no sé, pero de todas formas la precisión científica no es imprescindible para lo que quiero tratar en este artículo.

La sociedad siempre ha sido consciente de las migraciones, aunque quizá nunca se habían tomado tan en serio, ni habían influido tanto en las vidas de todos. Los factores que han producido esta consciencia deben de ser múltiples. El desarrollo progresivo de los derechos humanos, especialmente después de la II Guerra Mundial; el crecimiento del abismo de riqueza entre unos países y otros, ya que unos se han enriquecido espectacularmente en los últimos quinientos años, y otros siguen igual de pobres, o más; el inmenso avance de las telecomunicaciones y de los medios de transporte, que permiten a los pobres desear y alcanzar niveles de vida algo más humanos que los que les tienen, o tenemos, reservados en sus países. Quizá incluso el invento de la publicidad, que muestra en algún lugar de Mali o de Rumanía unos individuos del primer mundo que son plenamente felices porque pueden comprarse varios pares de zapatos o el último modelo de iPod.

Los movimientos migratorios, ahora y siempre, han causado problemas. Las personas siempre miramos con desconfianza al que tiene otra lengua, otro color de piel, otras costumbres culinarias o lo que sea; así que, en cuanto una migración desplaza un número suficiente de individuos, es inevitable que surjan roces recíprocos entre la población autóctona y la inmigrante. Desde hace ya más de un siglo se asume que diferentes culturas significan diferentes formas de entender el mundo y la realidad. La comprensión, que es tal vez la herramienta humana más sofisticada y útil, es por eso mismo la más difícil de desarrollar. Todo lo que no comprendemos escapa automáticamente a nuestro control, y por ello lo vemos como una amenaza.

Y en este minuto de la película entran los que siempre ganan. Los vendedores de armas, de alarmas para nuestros hogares y vehículos, las empresas de seguridad privada, los constructores de urbanizaciones que nos hacen cruzar seis puertas hasta la de nuestra casa, cuando hace treinta años, por ejemplo en esta ciudad, no existían los porteros electrónicos y las puertas de casi todas las casas estaban abiertas en verano.

Y, por supuesto, los políticos, que son los que tienen la función, asignada por las grandes fortunas, de encargarse de que todo el tinglado económico del miedo siga funcionando como un engranaje perfecto.

En la campaña electoral de las próximas elecciones al Parlamento de Cataluña, hemos visto como el Partido Popular de esa comunidad autónoma ha publicado un videojuego en que se puede disparar a los inmigrantes ilegales. El populismo tradicional de las derechas europeas casi siempre se ha alimentado, entre otras cosas, del miedo al inmigrante, haciendo hincapié en algunos de los problemas que van asociados con un movimiento migratorio masivo y descontrolado, especialmente la delincuencia. Curiosamente, la delincuencia es un fenómeno que no empieza en los inmigrantes ni termina en ellos: comienza con el negocio de las mafias que les quitan todo el dinero que tienen para conseguirles un pasaje en una patera hacia un hipotético futuro, y continúa con los que se benefician del miedo. Pero los partidos conservadores han encontrado un filón electoral en las migraciones, y hay determinados países donde conforman el grueso de sus programas electorales, como Francia, Austria o Italia. Los partidos autodenominados progresistas, mientras tanto, intentan desenmascarar el racismo que impregna sus propuestas y proponen, a veces de forma un tanto irresponsable, soluciones imposibles, como la apertura ilimitada de fronteras.

Unos pecan de hipócritas, y otros de ilusos. Con casi ningún gobierno conservador de la UE ha descendido la fuerza de los movimientos migratorios hacia el continente, y eso que llevan ya un buen puñado de años gobernando prácticamente todos los países de la Unión (algunos se autoproclaman conservadores, o, como dicen ahora, liberales; otros se disfrazan de izquierdistas, como los socialistas españoles). La explicación a esto es simple: ningún gobierno conservador ni progresista, en ningún país del mundo, se ha planteado jamás una deportación masiva de inmigrantes, porque los beneficiarios de los movimientos migratorios son los de siempre: los propietarios del gran capital. Una afluencia masiva de personas que no tienen nada asegura una gran masa de trabajadores que renunciarían a casi todos sus derechos por un plato de comida: a su tiempo de descanso, a sus vacaciones, a su seguro médico, a un sueldo digno. Un trabajador desesperado sale muy barato, y tiene un beneficioso efecto colateral: abarata el trabajo, abarata el despido, abarata los derechos no solo de ellos, sino de la población autóctona, que ahora debe jugar con otras reglas. Y con quien se cabrea esta población autóctona no es con el empleador que paga menos y explota más, sino con el que no tiene más remedio que cobrar menos y dejarse explotar. Y los mismos partidos que han propiciado esta situación, luego se presentan como salvadores, y nos piden nuestros votos para expulsar a aquellos que ellos están explotando, lo que, por supuesto, no tienen intención de hacer.

Creo que, en realidad, ni unos ni otros quieren acabar realmente con los problemas de la inmigración. No nos damos cuenta de que el problema del inmigrante —o del emigrante, que aquí también los ha habido— no es que se respeten sus derechos en nuestro país. El verdadero problema del emigrante es que se respeten los derechos en su propio país. A cualquier persona deberían respetársele los derechos humanos en cualquier parte del mundo, y eso no creo que haya nadie que lo dude; pero debemos asumir que antes que el derecho a la libertad de movimientos, debería estar el derecho a quedarse uno donde quiera. Como europeos adinerados, no tenemos mayor problema en movernos a cualquier parte del mundo, e incluso, si hacemos cuentas, a casi todos los países del planeta vamos como ciudadanos ricos. Quítense Australia, Norteamérica, seis u ocho países europeos y Japón, y seremos turistas pudientes allá donde vayamos. Tenemos tan asegurado nuestro derecho a viajar, que no nos percatamos del derecho más importante que nos asiste en esto del libre movimiento: el derecho a quedarnos donde estamos, a no ser expulsados a la fuerza por el hambre o la guerra.

Ese es el problema, y ahí es donde deberían los partidos que realmente creen en el progreso agarrar al toro por los cuernos. Si queremos solucionar nuestros problemas de conciencia, está bien que pidamos entrada libre y derechos para todos, lo que, además, es pura decencia humana. Pero si de verdad queremos solucionar los problemas de las migraciones, la solución es otra: empezar a pensar en serio en cómo arreglar de verdad los problemas de los países de origen y deshacer, en medida de lo posible, las desigualdades. Puede que sea menos beneficioso a corto plazo, pero es de justicia, y además, probablemente la única manera de acabar con la mayor vergüenza humana que ha visto la humanidad: que nos divirtamos viendo en televisión a las mujeres ricas mientras aquí, en África, donde tenemos los pies, haya quien tenga que ver a sus hijos morir de inanición.

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El jurado

14 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 14 de noviembre de 2010.

El jurado

Iba a titular este artículo de la siguiente manera: «Señoras y señores del jurado». No lo he hecho fundamentalmente por dos motivos: el primero, porque no las tenía todas conmigo en cuanto a su cabida en la maquetación de la página, y no quería poner en un aprieto a mi amiga Virginia, que la prepara, y que bastantes me aguanta ya; la segunda, porque, con tanta tontería feminoide —que no feminista, movimiento del que soy no solo simpatizante, sino militante convencido—, uno no sabe si se le puede echar encima alguien. Pongo a las mujeres por delante, lo cual, como principio feminoide está bien, pero, por otro lado, esa es la forma tradicional, y por lo tanto machista. ¿Qué hacer? Pero vamos a lo que vamos.

El otro día estaba viendo por inercia un programa basura en televisión. Si no recuerdo mal, es ese al que de vez en cuando invitan a algún político, no estoy seguro de si para disimular la basura o para confirmarla. Fue de invitada la madre de una chica que mató un compañero suyo de trabajo, cuyo juicio se ha celebrado hace poco. Los detalles del caso no importan para el tema de este artículo, pero sí un minidebate que se produjo durante la entrevista sobre la conveniencia de los jurados en este país. Casi todos los periodistas, claro, excepto una señora que parecía entendida en leyes, despotricaron contra esta herramienta de la Justicia, seguros de conseguir el aplauso del público, tan fácil y barato en España. Por supuesto, lo consiguieron.

Las razones aportadas para atacar esta institución son las consabidas: el jurado está constituido por personas que no son profesionales en leyes, gente vulgar e iletrada que hará caso omiso a sus obligaciones y a los mandatos y recomendaciones de los jueces, y que decidirá el destino del procesado haciendo caso a las vísceras, y no a los hechos ni a las leyes.

Es muy fácil convencer a una persona de que el jurado es la institución más maléfica creada por las democracias. Basta con preguntarle: «¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un jurado compuesto por personas normales como tú o tu vecino?» La respuesta, por supuesto, será «no» en casi todos los casos. Pero este argumento es fácilmente rebatible, parafraseando esa misma pregunta. ¿Estarías tranquilo si tu destino dependiera de un juez y del resto del sistema judicial español? Respóndanse con sinceridad, y pasen al siguiente párrafo.

Una maldición castiza reza: «Pleitos tengas, y los ganes». No necesita explicación. Fue un político, alcalde de Jerez de la Frontera por aquel entonces, el que hizo verbo lo que estaba en la cabeza de todos cuando dijo, literalmente, que la justicia en España era un cachondeo. Otro político retirado, nada menos que el expresidente del Gobierno Felipe González, se ha despachado a gusto en la entrevista que se publicó en el diario EL PAÍS el domingo pasado, diciendo más o menos que a él le da igual lo que haya dicho la Justicia, que él piensa que este y este otro son inocentes. Los políticos votan leyes y normas, y ni ellos mismos creen en su aplicación. ¿Cómo creerlo nosotros?

En muchas de las sociedades primitivas que se han encontrado por el mundo no existe en la práctica el delito. Tienen normas, por supuesto, y el no acatarlas puede conllevar castigos terribles, pero es raro el individuo que se las salta. Lejos de mi intención alimentar el mito del buen salvaje, sobre todo cuando yo no soy nadie, es un decir, sin el teclado desde el que escribo esto, pero siento una especie de atávica admiración por esas tribus que se autogestionan, tienen un líder válido al que siguen y cuyos destinos no dependen, o al menos ellos no lo quieren, de unas personas a las que nunca han visto y que les va a llenar la cabeza de mentiras cada cuatro años. Lejos de mi intención, también, proclamar las bondades de una dictadura, sistema en el que no creo. La idea con la que quiero que se queden es que una comunidad sabe lo que es bueno para ella misma. O, por lo menos, lo quiere. Puede equivocarse, por supuesto, igual que un juez o una comunidad de votantes. Pero la comunidad debe tener la primera y la última palabra en la administración de la justicia.

Esto ya lo hacemos, supuestamente, en cualquier democracia. Las leyes no nacen —no deben— del capricho de los políticos. En teoría, los políticos proponen, los ciudadanos votan, los políticos cumplen y los jueces hacen cumplir. Ya, sé que esto está muy alejado de la práctica, pero la teoría es esa. Es decir, que los ciudadanos deciden en 2008, indirectamente, los avatares de las sentencias de 2012, justo antes de las elecciones. ¿No es igual de justo que se les deje elegir directa, en lugar de indirectamente?

Y ahí reside el miedo. El miedo de los políticos, destilado a cosa hecha o sin querer a los medios de comunicación afines —que, en definitiva, son todos—, es que el ciudadano tenga un poder real. El votante depositará su papeleta, que el político hará lo que le plazca. En nuestro país no existe, que yo sepa, una ley que obligue a los políticos a cumplir sus promesas. Pero lo que dice un jurado, en principio, es misa, y esa es una de las poquísimas decisiones del ciudadano que, aunque son apelables, al menos no son mediadas. Votando, podemos administrar justicia de forma diferida. Cumpliendo con el derecho y la obligación de ser jurados, se cumple nuestra voluntad de forma directa. Lo dijo de otra manera, mucho mejor, por supuesto, Eduardo Haro Tecglen en un artículo de cuya fecha no puedo acordarme: los poderosos no quieren jurados, porque es la única manera en que pueden ser controlados por los muertos de hambre. Desde siempre, los bien asalariados jueces han juzgado a los pobres con las leyes aprobadas por políticos adinerados o en proceso de. Los jurados populares permiten, o deberían permitir, que nosotros también seamos jueces de los otros. En un alarde de populismo, diría que los jurados deberían juzgar, sobre todo, delitos de corrupción política y contra los derechos de los trabajadores, pero eso sería demasiado soñar, y también, ya lo he dicho, un poco de populismo.

Pero todo el mundo está en contra del jurado, también los pobres. No se explica esto solamente por el bombardeo mediático que magnifica los presuntos fallos de jurados populares —mientras oculta, por cierto, los miles de procedimientos en los que el jurado no ha constituido ningún problema—, sino también por ese miedo a la libertad del que nos habló el psicólogo suizo Erich Fromm. No queremos ser libres, porque no queremos ser hombres, sino siervos. Eludiendo nuestra libertad, evitamos nuestra responsabilidad, que es una de las mayores torturas mentales que existen desde el mito de Caín. Estamos tranquilos votando cada cuatro años a cualquiera de los partidos políticos mayoritarios, aun sabiendo, aunque pretendamos que no, que consiguen parte de nuestro PIB vendiendo armas a países que están haciendo la guerra. Así, es fácil echarles la culpa a otros. Pero decidir, de forma legal, el destino de un procesado, es algo que no se puede hacer mirando hacia otro lado. Seguimos sin querer definir nuestra sociedad. Preferimos que la defina otro, aunque parezca lo contrario, ya que cada cierto tiempo se nos invita a votar. La clásica honra española, tan mal entendida como siempre. No tener honor, pero que la gente lo crea.

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Mercado y política

7 de November de 2010

Me han llamado la atención especialmente dos pasajes de la entrevista que publica este domingo EL PAÍS, en que el expresidente Felipe González responde a las preguntas del escritor Juan José Millás. En la primera, González habla de la posición del mercado en las democracias actuales:

-¿Estamos viviendo un totalitarismo del mercado?

-Exacto, no quería ser tan duro, pero así es. En lugar de dictar tú la norma para que el mercado funcione, el mercado te impone la norma para sobrevivir (que, por cierto, es la ausencia de norma). Y eso es lo peor, porque el mercado sin reglas te pide hoy lo contrario de lo que te va a pedir mañana. O de lo que te pidieron ayer, que era que rescataras la mano invisible del mercado de la propia catástrofe que había generado. Esto es, que hagas intervencionismo del más descarado a costa del contribuyente o del ahorrador, para rescatar al mercado. Sitúate en la piel de Obama: debo poner primero setecientos mil millones, después ochocientos ochenta mil, total, dos billones de dólares solo para salir de esa catástrofe provocada por el sistema financiero sin reglas. Muy bien. Y una vez que pongo ese dinero, puro erario público, puro endeudamiento, y usted ya está rescatado, ahora me exige que reduzca dramáticamente el déficit y el endeudamiento al que he llegado para rescatarlo. Me pide que me endeude y después me exige que me desendeude o me penaliza. Esto es lo incomprensible de la situación que estamos viviendo. Si se tuviera poder y decisión para regular el funcionamiento del sistema financiero, no volvería a ocurrir lo que ha ocurrido y devolverían el dinero público que se les ha entregado.

En la segunda, acerca de la simplificación de la política en estos tiempos:

[…] si estás haciendo seguidismo de la opinión pública, estás banalizando el debate político hasta el punto de que no puedes desarrollar proyectos políticos que a veces van contracorriente de la opinión pública. Como decía Azaña, no hay nada más cambiante que la llamada opinión pública. Hace unos cuatro o cinco años, me encontré por casualidad en el aeropuerto de Washington con Henry Kissinger, y me dijo él, que es un malaleche: “Mira, Felipe, la política ya está en manos de gente que te hace discursos pseudo religiosos y simplistas y que son más bien ofertas de venta de electrodomésticos“. Es verdad. Y añadía: “Ha desaparecido de tal manera el debate de ideas, el contraste de ideas, estamos en una simplificación tan grande de la política, que ha dejado de interesarme. Me aburre profundamente el mundo que estamos viviendo”. Contradictoriamente, cuando aparece un político con proyecto y discurso, como Obama, corre el riesgo de ser arrastrado por las corrientes demagógicas y simplistas.

En ambos casos la negrita es mía. Y, en ambos casos, da miedo darse uno cuenta que piensa lo mismo que todo un expresidente que está bien enterado de la política nacional y la internacional. Jugar en tu blog con la idea de que la democracia en la que vives no es tal, que eres una hormiga bajo el zapato de las multinacionales, cosas así, tiene cierta gracia, pero no deja de ser una especie de desahogo de la imaginación. Pero cuando lees en palabras de alguien serio lo que tú sueltas por tus teclas pero en realidad no quieres creer, asusta.

Por otra parte, no comparto plenamente el discurso de Kissinger. Es cierto que la opinión pública es estúpida y que puede cambiar diametralmente de la noche a la mañana (antes de los atentados del 11 de marzo los españoles iban a cometer la estupidez de elegir a Rajoy, y un par de días después, cometieron la estupidez de elegir a Zapatero). Pero yo no creo que la solución, como sugieren Kissinger y González, sea ignorar a los votantes. Eso no sería una democracia. La solución sería formar a votantes informados y cultos, mediante la educación pública o como fuera. Pero ningún político estaría por la labor, precisamente por eso: porque una ciudadanía formada les obligaría a ser decentes. Y no creo que ningún político español o estadounidense estuviese dispuesto a ser decente bajo ningún concepto.

Seguid el enlace del principio de este post para leer la entrevista completa, es muy interesante. Me ha decepcionado bastante ver que Felipe González se empecina en el error de defender, incansablemente, a delincuentes que han robado, secuestrado y asesinado y que por ello han sido condenados en firme. Creo que, por mucho que sea correligionario o incluso amigo de todos ellos, por mucho que él esté internamente convencido de sus inocencias, debería, al menos, callarse. Si uno que ha sido presidente del gobierno dice tan a las claras que el resultado de varios procesos con sumarios constituidos por cientos de miles de folios es un error, transmite la idea de que no vivimos en un estado de derecho, del cual él ha sido máximo dirigente. Pero ya sabemos cómo es este país. Somos absolutamente incapaces de reconocer nuestros propios errores. Y, además, no tenemos ningún respeto por las leyes y por nuestro propio sistema. Nada nuevo, claro.

Así, no

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 7 de noviembre de 2010. Los lectores de La Lengua que no sean de aquí quizás no estén tan al tanto del tema del que hablo, aunque es seguro que recuerdan haber oído sobre los incidentes en algún medio de comunicación.

Así, no

Han pasado ya unos días desde los disturbios que se produjeron en la ciudad ocasionados, al parecer, por el desacuerdo de los manifestantes con la adjudicación de plazas de los famosos Planes de empleo, y seguro que los lectores de El Telegrama de Melilla han encontrado en sus páginas información suficiente para colmar su curiosidad.

En mi opinión, era inevitable que sucediera algo parecido a esto, más pronto que tarde. Cuando se ataca un problema estructural con medidas improvisadas y populistas, dicho problema no solo no se soluciona, sino que lo más probable es que empeore un poco cada día.

El problema estructural al que nos referimos es, por supuesto, el desempleo. Según la Encuesta de población activa del tercer trimestre de este año, disponible en la web del Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es), el porcentaje de ciudadanos desempleados en Melilla es del 23,37%, superada únicamente por cuatro autonomías, es decir, que estamos en el cuarto puesto empezando por la cola. La media nacional está en torno al 20%, mientras que la de la Unión Europea no llega al 10%

Los datos y cifras son términos objetivos, pero pueden ser víctimas de la subjetividad si no se analizan desde una perspectiva adecuada. Este 23,37% se corresponde aproximadamente con 6.800 personas que no encuentran trabajo, de un total de unas 29.000 personas en edad y disposición de trabajar (el hecho de que menos de la mitad de los melillenses sean población activa responde, esta vez, a una buena noticia: tenemos una de las mayores tasas de natalidad de la UE). A Melilla le resultaría relativamente fácil reducir drásticamente, con medidas como los dichosos planes, su tasa de paro: 1.500 personas constituyen el 5,15% de la población activa. Contratando a este número de personas, se reduciría el porcentaje hasta un 18,21%. Si Andalucía, por ejemplo, que padece un escalofriante 28,55% de población activa desocupada, quisiese reducir este porcentaje sólo hasta un 25%, supondría para esta comunidad aumentar su número de trabajadores en más de 140.000 personas. Se ve, por una parte, que nuestra autonomía no es la que peor padece la tortura capitalista del paro, y que además, numéricamente, no es la que peor lo tiene para solucionarlo; por otra, sin embargo, vemos que se presta a medidas a corto plazo que no arreglan nada pero que pueden —o eso piensan algunos— arrimar unos cuantos votos al ascua de su sardina.

Estos Planes de empleo, gestionados desde el Gobierno central, no han sido creados por el PSOE actualmente en el poder, sino por el PP en la época en que gobernaba. Fueron un error en un principio, pero los creadores quizá intuyeron que les podían aportar réditos electorales: por tanto, los que siguieron a unos en las responsabilidades de gobernar, no iban a enmendar el error, ya que contenían dos de las características más queridas por los políticos patrios. Una, que les podían dar votos en las elecciones locales; dos, que eran una chapuza que no solucionaba nada, y estamos en el país de la chapuza.

¿Pero es que estoy en contra de que se dé trabajo a mis paisanos? Dios me libre. Pero sí estoy en contra de que se destine alegremente el dinero de los impuestos a crear puestos de trabajo innecesarios, artificiales y precarios a cargo del Estado, pan para hoy y hambre para mañana que además crean en los beneficiarios o beneficiables expectativas a las que, por un lado, no tienen derecho —todo puesto a cargo del erario público debería concederse, a mi entender, tras una oposición o, al menos, bajo unos criterios objetivos que no tengan que ver con las necesidades concretas del individuo, ya que para ello ya están las pensiones y otras medidas sociales, y si no son suficientes, que se aumenten: para eso sí están los impuestos— y, por otro, no llegan a solucionar nada, ya que con un porcentaje tan alto de desempleo es imposible estar tirando de chapuzas baratas el tiempo suficiente como para que el problema desaparezca.

Los políticos de la ciudad y, en general, del Estado, han estado a la altura que todos esperábamos de ellos: se han limitado a acusarse de forma pueril de haber organizado esto o aquello, de haber enviado no sé qué mensaje de teléfono, de si es tu responsabilidad o la mía. En un ejemplo de libro de lo que no se debe hacer con unos vándalos, al parecer la Delegación del Gobierno ha accedido a reunirse con los manifestantes tras el destrozo de posesiones privadas y públicas, dando la razón a quienes no la tienen, y legitimando una forma de actuar que en este caso no está en absoluto justificada. Es tradición en esta ciudad —ciudad sin ley— afrontar, es un decir, las cosas de esta manera. Igual que en las decenas de viviendas ilegales que hay construidas en la ciudad, y que no hay arrestos para obligar a que cumplan la ley, en este caso se ha hecho lo mismo. No se obliga a la ciudadanía a cumplir con las leyes democráticas, y a que protesten, tengan razón o no, de forma pacífica, si sus reivindicaciones son legítimas. Se siguen poniendo parches encima de parches, reforzando la impresión de que en esta ciudad cada uno puede hacer lo que le plazca, siempre que el número y la violencia los avalen. La democracia está muy mal entendida aquí, ya que trata de números, pero no de violencia. Flaco favor han hecho al futuro de Melilla dándoles a entender que fastidiando al ciudadano pueden conseguir lo que quieran, y a decir de manifestantes de días posteriores, es lo que han logrado. Ahora, ya se sabe: cada vez que alguien no esté de acuerdo con una decisión administrativa, a quemar el coche de Fulano.

Es fácil criticar, difícil proponer soluciones inteligentes. Yo no las tengo. El problema no es baladí. Aunque no me dedico a la política, en una democracia todos somos políticos, y todos los ciudadanos tenemos la obligación de ayudar en las soluciones, como mínimo utilizando de forma inteligente el voto. Pero el problema estructural del paro en Melilla es posible que no puedan solucionarlo todos los gobiernos que pueda elegir nuestra pequeña ciudad. Nuestras peculiaridades consisten casi exclusivamente en debilidades —falta de territorio, frontera con un país que se mantiene en una permanente postura pasiva-agresiva, imposibilidad virtual de trabajar en otra localidad manteniendo el domicilio aquí, etc.— , y difícilmente podremos solucionar nuestros problemas nosotros solos. Pero estamos integrados en estructuras mayores: el Estado y la Unión Europea. Quizá es hora de que los políticos melillenses, pertenezcan a la administración local o a la nacional, comprendan que hay problemas en los que no solo pueden, sino que deben estar enfrentados, pero que hay otros en los que es necesario que se entiendan y emprendan acciones conjuntas y coordinadas. Y, si no lo hacen, ya sabemos lo que nos toca, melillenses: esperar a las siguientes adjudicaciones de los planes, y rezar para que nuestro coche no sea uno de los incendiados. In saecula saeculorum.

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De princesas

24 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el 24 de octubre de 2010.

De princesas

No sé por qué, pero me da en la nariz que todo el circo este montado alrededor de cierto personaje conocido —me parece una osadía llamarlo personaje «público»— en el cual se le conceden entrevistas, trabajo como pseudoperiodista, y últimamente incluso como profesora mediática de Historia, ya saben a quién me refiero, no es más que otra muestra del carácter irónico de mis compatriotas. La Princesa del pueblo, si me permiten la mayúscula, no creo que sea respetada ni siquiera por las personas que engullen todas las horas que ocupa la susodicha en la parrilla de las televisiones nacionales. Creo ver en toda la atención televisiva de que es objeto más desprecio que admiración. Más que ver a una persona que sin ninguna cualidad extraordinaria aparente —y haber retozado con ese torero no es extraordinario, a decir de sus muchas conquistas— ha logrado alcanzar fama y dinero, si no gloria, estoy seguro de que lo que la gente ve es que los famosos también pueden ser, digamos, personas normales. El gusto español por la miseria ajena es algo menos culpable si la vemos en gente afortunada. Al paisano le gusta ver que su vecino pobre se hace aún más pobre, pero es más gratificante ver que el otro vecino, que asentaba sus posaderas en un Mercedes, ahora ha de hacerlo en el transporte público. Ver a una persona que podría ser la hija del carnicero vilipendiada permanentemente por sus contertulios, engañada por sus parejas, perseguida por los paparazzi, es agradable, porque ahora es rica.

Sin embargo, creo que hay algo más que decir sobre el ascenso a la fama de la hija de Fulano. Lo de Princesa del pueblo pretende ser una especie de triunfo de los parias, algo así como la cúspide de la igualdad de oportunidades: no importa cuán gañán sea uno, es posible codearse con la alta sociedad y protagonizar las portadas del corazón.

Por desgracia, una vez más, lo hemos entendido todo al revés. El que el famoseo actual esté representado por gente que no tiene nada de particular, más que haber tenido algún encuentro sexual con alguien que alguna vez en la vida ha hecho algo, o haber aparecido en algún zafio programa de televisión, es todo lo contrario a la igualdad de oportunidades. Que todo el mundo tenga las mismas oportunidades no implica que todos tengan lo mismo. Si eso fuese así, sería algo que va precisamente en contra de la igualdad: otorgaría el mismo premio al que se esfuerza que al que no. La igualdad de oportunidades real es que quien quiera en este país pueda ser cirujano, juez o presidente del gobierno, sea hijo de nuestro vecino pobre o de nuestro vecino, el del Mercedes.

Para ello nuestra democracia lleva años intentando montar un sistema que garantice estas oportunidades para todos. Si nuestro vecino pobre no puede mantener a su hijo cinco años en la facultad de Derecho, porque no tiene dinero para ello, al contrario que nuestro vecino rico, el sistema de becas del Ministerio de Educación debe encargarse, tras haber demostrado el hijo del pobre que tiene valía y determinación para estudiar, de mantenerlo todos esos años en que un adulto no produce nada para que en el futuro pueda producir algo de mayor valor. El sistema de becas español es bastante amplio, y, aunque aún, por desgracia, hay gente que ni por esas se puede permitir mandar a su hijo a la universidad, se ha andado mucho en la dirección correcta. Aún queda bastante por hacer. Un niño que se haya criado en un ambiente social desfavorable, seguramente no desarrollará una voluntad propicia a los estudios que le haga merecedor de una beca universitaria en el futuro, pero aun así, en España llevamos varias generaciones en que los hijos de los trabajadores ganan más dinero que sus padres, y esto no es poco. Seguramente es imposible alcanzar la meta de la igualdad plena de oportunidades, pero mientras se siga caminando debemos sonreír.

Pero el que el hijo pobre del vecino llegue a la cima económica de la sociedad sin haber demostrado su valía en ningún campo, salvo en aquel que incluso los perros de la calle dominan sin ningún entrenamiento, no es algo de lo que debamos sentirnos orgullosos, sino más bien lo contrario. Este país se está convirtiendo en el paradigma de la sociedad más detestable de todas: una en que los individuos más corrientes son premiados por la sociedad, mientras los más brillantes huyen hacia otras naciones en busca de mejores horizontes.

Me van a perdonar por lo que voy a decir, pero el dinero que se lleva un famosillo de televisión en Telecinco no lo fabrica Telecinco en una imprenta. Es dinero proporcionado por los tontos, principal materia prima producida por España desde hace bastantes años. Toda esa gente que se traga esos programas y luego compra los productos que anuncian, esos son los que convierten en multimillonarios al hijo ineducado de nuestro vecino. Pueden reírse cuanto quieran de la Princesa del pueblo, pero por dentro ella se está riendo el doble. Y todos esos tontos, entre los que me puedo incluir si quieren, y sálvese quien pueda, son los que hacen que nuestro país sea lo que es, el hazmerreír de todos, desde Marruecos hasta Gibraltar, y el que se pega el batacazo más grande cuando arrecia la gran crisis global.

Lo interesante es preguntarse de dónde viene este gusto por lo chabacano. Y creo, como apunté unos párrafos más arriba, que viene precisamente de esa mala interpretación de la igualdad de oportunidades.

Cuando llegó la democracia, un montón de gente se ilusionó porque pensaba que nos íbamos a convertir en un país moderno y culto, que la gente iba a leer más, que la televisión iba a dar cosas distintas que misas y fútbol. La realidad nos dio un puñetazo en la cara: las misas casi han desaparecido de la parrilla, pero el fútbol ha multiplicado su presencia de forma exponencial. Parafraseando a Chesterton —si me permiten ponerme estupendo—, podríamos decir que hemos sustituido el ritual de la misa por otro ritual, pero nuestro descrédito religioso se ha convertido en superstición esférica.

Llegaron a pensar que la educación y el nuevo poder de la gente para decidir iba a permitir que la sociedad fuese algo más equitativa, pero quisimos igualar el nivel tomando como referencia lo soez. Despechados del elitismo franquista, pensamos que lo bueno era que toda la sociedad fuese como la mayoría, y no entendimos que lo bueno sería acercar la mayoría a la élite. Esto se dice mucho de la educación pública actual: que quiere igualar a los alumnos por abajo. Que pretende que, ya que no todos pueden ser listos, todos sean tontos.

Yo no creo que los ministros de Educación lo pretendan aposta. Creo que el sistema tiene buenas intenciones, aunque aún está pasando el posoperatorio de la dictadura. Si durante el anterior régimen la educación excelente era una cosa reservada a los adinerados y adictos al régimen, lo bueno para nuestro régimen no es eliminar esa excelencia, sino extenderla a todo el mundo. No tratar de que todo el mundo rebaje su nivel intelectual hasta que no haya más remedio que adoptar a una princesa plebeya, sino demostrar que todas las hijas de las vecinas pueden llegar a ser princesas dignas. Ahí es donde hemos errado el tiro.

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