O más bien debería decir «la izquierda en El País».
Siempre se ha dicho que «no hay cosa más tonta que un pobre de derechas». Más allá de ser otra de tantas frases estúpidas que se oyen cada día por la calle, en teoría debería tener su poso de verdad. La izquierda, nominalmente, aboga por un reparto algo más equitativo de la riqueza, para lo cual en tiempos pretéritos de los que nadie se acuerda, subía los impuestos a los ricos, mejoraba las prestaciones sociales para los que no tienen nada, hacía, en fin, este tipo de cosas. Lo lógico es que los que estaban abajo del todo en la escala social se sintiesen de izquierdas y así votasen. Y así ha solido ser en España, hasta que después de tres o cuatro legislaturas machacándote la izquierda nominal desde el gobierno, a los pobres no les ha quedado otra que votar al otro partido mayoritario, aunque sólo sea por probar. Por supuesto, nos ha ido más o menos igual de mal con unos que con otros. Siempre para abajo. Y, claro, los ricos siempre para arriba.
¿Qué le pasa a la izquierda en este país? Muchas cosas, pero yo sólo os diré dos, ilustradas con sendos textos provenientes del diario de cabecera de los que, con mayor o menor tino, se autoproclaman de izquierdas en este, nuestro país.
La primera cosa que le pasa es que es muy previsible. Para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno: las religiones, y tomo el concepto «religión» en su significado más extendido (Cristianismo, Islam y algo de Judaísmo), no se han solido destacar nunca por su búsqueda de la igualdad entre sexos, o géneros, como dicen ahora los cursis. Al menos en la práctica, que sobre el libro casi todas las religiones ofrecen el Paraíso, o lo prometen. Hoy El País entrevista, en su suplemento dominical, a Inés Alberdi, alta ejecutiva española en las Naciones Unidas, mujer comprometida con la lucha de las mujeres y los hombres (porque el feminismo, como el machismo, no es cosa de un solo sexo) por la igualdad real. Cuando preguntan a Alberdi por unos ataques verbales sufridos tras publicar un artículo en que atacaba a la Iglesia católica española, responde:
[...] Pero las religiones no han evolucionado lo suficiente, y a mí me importa la católica porque es la cultura en la que vive la mayoría de los españoles, siguen en la idea de que las mujeres son inferiores, y eso es una de las semillas de la violencia. Sí, montaron un pollo. Pero yo pregunto a los responsables de la Iglesia qué declaraciones han hecho contra la violencia contra las mujeres o a favor de la igualdad.
Chapeau. Incontestable: la Iglesia católica no parece encontrar en la violencia machista un problema tan grande como el que presuntamente suponen los matrimonios entre homosexuales, al menos en público, ya que no se empeñan tanto en las manifestaciones anti violencia contra las mujeres como en las anti matrimonios entre personas del mismo sexo. Parece lógico pensar que la jerarquía católica piensa que lo segundo es más preocupante que lo primero. Y eso, aunque uno estuviera en contra de los susodichos matrimonios, chirría.
En fin, respuesta previsible, como era de esperar. Ahora lo malo. Uno sigue leyendo la entrevista, y entonces le preguntan a Alberdi sobre Irán. Lo lógico sería una crítica devastadora ante un régimen que atenta gravemente contra los derechos humanos, y especialmente contra los derechos de las mujeres. Eso sería lo lógico, como he dicho… pero ¿qué es lo previsible, conocida parte de la «izquierda española»? Paños calientes. Claro:
Hay algunos aspectos de cómo se organiza ese país que deberían cambiarse si queremos hacer efectivos los derechos de las mujeres.
La negrita es mía. Previsible, ya se ha dicho. Irán, os lo recuerdo, es el país donde se condena a muerte por lapidación a las mujeres que cometen adulterio, y pongo «cometen» en cursiva porque sí, en Irán el adulterio es un delito. Recordemos que muchos de estos «adulterios» son en realidad violaciones. También es el país donde el gobierno detiene a activistas feministas por recoger firmas en la calle.
Un poco más adelante, en la entrevista, le preguntan qué opina sobre las niñas que son obligadas a ir a la escuela con un pañuelo en la cabeza. Respuesta:
Eso tiene una importancia menor. Me parece mucho más grave la poligamia, y no digamos el matrimonio con niñas.
¿A que os esperabais una respuesta así? Que se obligue a las menores a adoptar una indumentaria basada en una discriminación machista religiosa tiene una importancia menor. Comparada con los matrimonios de niñas con ancianos. Claro, y comparada con la masacre en Gaza, con el Holocausto Nazi y con las descargas de películas en Internet, ¡todo se puede relativizar! Pero sigo leyendo, y me sigue asaltando esa sensación de déjà vu:
Claro que yo me he educado en un colegio donde las mujeres, que eran monjas, se tapaban el pelo. Iban tapadas igualito que las de Irán, se parecen como una gota a otra.
Esta una de las tonterías más repetidas últimamente. El que se obligue, en 2009, a las mujeres –y a las niñas– a ir tapadas, es comparable con que hace cincuenta años (y recalco lo de los cincuenta años, medio siglazo) unas mujeres adultas (y recalco lo de adultas) eligiesen libremente (y recalco lo de libremente) dedicarse a una ocupación que tiene un uniforme regulado. Uniforme machista, ocupación machista si queréis, religión machista, por supuesto. Pero ¿son situaciones comparables?
Salto a la última página del periódico, donde me espera todos los domingos la columna de Manuel Vicent, a quien suelo leer con no poco disfrute. La columna se titula «Los jueces». Bien. En España hay muchos motivos para criticar a los jueces, y más con la que está cayendo últimamente. Suelen ser otros mandados del poder económico, y si no tienes dinero, más te vale no verte enfrente de muchos de ellos (a ver si entre este «muchos de ellos» y el escaso tráfico del blog me libro de una demanda, ya que estoy más cerca de pobre que de rico). También se los suele criticar por la incompetencia y dejadez con la que algunos ejercen su cargo. Pero la crítica de Vicent no va por ahí. Se critica a los jueces por ser funcionarios, gente que, no viendo otra salida profesional, se ha pasado un par de años, o dos pares, empollándose sus cuatrocientos temas –que se dice pronto– para superar la oposición. Aparte de que los temas le parecen pocos –y eso que otras oposiciones del grupo A, como las de profesor de Secundaria, suelen rondar los setenta temas–, critica que los jueces no tengan «la vocación sagrada de enderezar los torcidos senderos del mundo a través de la justicia». Es decir, no son jueces vocacionales. Bueno, ¿y los policías suelen tener la «vocación sagrada» de proteger al ciudadano, o también se están buscando las habichuelas, como todo quisque? ¿Y los políticos, del signo que sean, tienen la «vocación sagrada» de trabajar por el bien de la mayoría, o al menos de quienes les han votado, o más bien son los que reparten los impuestos de los pobres entre los ricos? ¿Los representantes de los autores sienten una vocación de proteger y propagar la cultura, o sus bolsillos? ¿Y los profesores? ¿Somos docentes vocacionales o lo que queremos es ganarnos la vida? ¿Y los columnistas o escritores de todo pelaje? ¿Por qué es necesario sentir una vocación? Pero seguimos leyendo la columna:
Nadie del tribunal le preguntó a aquel lejano opositor, que hoy por simple escalafón habrá llegado a lo más alto de la magistratura, si era demócrata, beato, conservador o autoritario [...]
La negrita es mía otra vez. Al parecer, hay algún artículo en la Constitución que obliga a ser «progresista», ya que el ser conservador te invalida para acceder a la Judicatura. Y he ahí el segundo problema del que os hablaba: parte de la izquierda considera una obligación ser de su cuerda. Si quieres ser juez, has de ser «progresista». ¿Es eso? El conservadurismo es algo que no profeso, ya que soy uno de esos raros tipos «de izquierdas sin carné». Pero no se puede defender que para ser juez uno deba ser simpatizante de una idea política concreta, siempre que esté dentro de la protección a las ideas contemplada en la Constitución. Probablemente una persona de ideología nazi no deba ser juez, y estoy seguro de que hay mecanismos para que nunca llegue a serlo. Pero ¿por qué no un conservador? Una vez más, ¿un juez debe ser «progresista»? ¿Debe pensar lo mismo que tú? En ese caso, ¿para qué necesitamos jueces? ¿Por qué no nos juzga directamente el gobierno?
Por eso, Vicent, se elige a los jueces por oposición, y no los elige Pepe Blanco a dedo. Para la historia esa de la separación de poderes. Porque, si no la hubiera, los ciudadanos estaríamos aún más desprotegidos. Por mucho que tú consideres a todos los jueces «opositores pelanas» (RAE: Persona inútil y despreciable), y que te moleste que puedan «sentar en el banquillo al presidente de la nación».
Los jueces son lo que son, y quienes me leen regularmente ya saben más o menos lo que pienso de la justicia española. Pero no, no se sostiene ese aura de santidad de la izquierda española según la cual su pensamiento es no sólo el único razonable, sino el único legítimo. Y, sobre todo, no se puede atacar a los jueces porque puedan acosar al poder político. Esa razón es, en todo caso, la única por la que es necesario defenderlos.