Ars longa, vita brevis

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Por una democracia real

15 de May de 2011

Esta tarde, a las 18.00, hay convocadas manifestaciones en un montón de ciudades españolas y de toda Europa, por una democracia real. Por que los poderes económicos no dirijan tu vida. Por que los bancos no tengan el poder de decidir si tienes derecho a una vivienda digna. Por que los políticos nos escuchen, y nos obedezcan, que para eso les pagamos. Por que no tengamos que trabajar más años para que ellos sigan volando en primera clase. Por que no seamos unos simples comparsas en un juego en el que no tenemos posibilidad de ganar. Por que la palabra democracia obtenga su significado real: que los votantes sean los que mandan, los que deciden y los que dirigen. Por una democracia real.

Aquí tienes toda la información necesaria sobre el evento. Busca aquí la convocatoria en tu ciudad.

Escribo desde Melilla, no sé cuántos seremos aquí, pero si andáis por África, os espero. Aunque seamos cuatro gatos, puede servir para contactar, para saber que en nuestra ciudad hay unos cuantos que ya están hartos, y que piensan que las cosas pueden y deben cambiar. Para coordinarnos, y para que en las manifestaciones que se convocarán para las generales seamos muchos más. Cuantos más seamos, menos se reirán los políticos y los banqueros mientras piensan en cómo se reparten lo nuestro. Luego, si es necesario, nos tomaremos unas cañas. ¡Qué carallo!

Así, no

7 de November de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 7 de noviembre de 2010. Los lectores de La Lengua que no sean de aquí quizás no estén tan al tanto del tema del que hablo, aunque es seguro que recuerdan haber oído sobre los incidentes en algún medio de comunicación.

Así, no

Han pasado ya unos días desde los disturbios que se produjeron en la ciudad ocasionados, al parecer, por el desacuerdo de los manifestantes con la adjudicación de plazas de los famosos Planes de empleo, y seguro que los lectores de El Telegrama de Melilla han encontrado en sus páginas información suficiente para colmar su curiosidad.

En mi opinión, era inevitable que sucediera algo parecido a esto, más pronto que tarde. Cuando se ataca un problema estructural con medidas improvisadas y populistas, dicho problema no solo no se soluciona, sino que lo más probable es que empeore un poco cada día.

El problema estructural al que nos referimos es, por supuesto, el desempleo. Según la Encuesta de población activa del tercer trimestre de este año, disponible en la web del Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es), el porcentaje de ciudadanos desempleados en Melilla es del 23,37%, superada únicamente por cuatro autonomías, es decir, que estamos en el cuarto puesto empezando por la cola. La media nacional está en torno al 20%, mientras que la de la Unión Europea no llega al 10%

Los datos y cifras son términos objetivos, pero pueden ser víctimas de la subjetividad si no se analizan desde una perspectiva adecuada. Este 23,37% se corresponde aproximadamente con 6.800 personas que no encuentran trabajo, de un total de unas 29.000 personas en edad y disposición de trabajar (el hecho de que menos de la mitad de los melillenses sean población activa responde, esta vez, a una buena noticia: tenemos una de las mayores tasas de natalidad de la UE). A Melilla le resultaría relativamente fácil reducir drásticamente, con medidas como los dichosos planes, su tasa de paro: 1.500 personas constituyen el 5,15% de la población activa. Contratando a este número de personas, se reduciría el porcentaje hasta un 18,21%. Si Andalucía, por ejemplo, que padece un escalofriante 28,55% de población activa desocupada, quisiese reducir este porcentaje sólo hasta un 25%, supondría para esta comunidad aumentar su número de trabajadores en más de 140.000 personas. Se ve, por una parte, que nuestra autonomía no es la que peor padece la tortura capitalista del paro, y que además, numéricamente, no es la que peor lo tiene para solucionarlo; por otra, sin embargo, vemos que se presta a medidas a corto plazo que no arreglan nada pero que pueden —o eso piensan algunos— arrimar unos cuantos votos al ascua de su sardina.

Estos Planes de empleo, gestionados desde el Gobierno central, no han sido creados por el PSOE actualmente en el poder, sino por el PP en la época en que gobernaba. Fueron un error en un principio, pero los creadores quizá intuyeron que les podían aportar réditos electorales: por tanto, los que siguieron a unos en las responsabilidades de gobernar, no iban a enmendar el error, ya que contenían dos de las características más queridas por los políticos patrios. Una, que les podían dar votos en las elecciones locales; dos, que eran una chapuza que no solucionaba nada, y estamos en el país de la chapuza.

¿Pero es que estoy en contra de que se dé trabajo a mis paisanos? Dios me libre. Pero sí estoy en contra de que se destine alegremente el dinero de los impuestos a crear puestos de trabajo innecesarios, artificiales y precarios a cargo del Estado, pan para hoy y hambre para mañana que además crean en los beneficiarios o beneficiables expectativas a las que, por un lado, no tienen derecho —todo puesto a cargo del erario público debería concederse, a mi entender, tras una oposición o, al menos, bajo unos criterios objetivos que no tengan que ver con las necesidades concretas del individuo, ya que para ello ya están las pensiones y otras medidas sociales, y si no son suficientes, que se aumenten: para eso sí están los impuestos— y, por otro, no llegan a solucionar nada, ya que con un porcentaje tan alto de desempleo es imposible estar tirando de chapuzas baratas el tiempo suficiente como para que el problema desaparezca.

Los políticos de la ciudad y, en general, del Estado, han estado a la altura que todos esperábamos de ellos: se han limitado a acusarse de forma pueril de haber organizado esto o aquello, de haber enviado no sé qué mensaje de teléfono, de si es tu responsabilidad o la mía. En un ejemplo de libro de lo que no se debe hacer con unos vándalos, al parecer la Delegación del Gobierno ha accedido a reunirse con los manifestantes tras el destrozo de posesiones privadas y públicas, dando la razón a quienes no la tienen, y legitimando una forma de actuar que en este caso no está en absoluto justificada. Es tradición en esta ciudad —ciudad sin ley— afrontar, es un decir, las cosas de esta manera. Igual que en las decenas de viviendas ilegales que hay construidas en la ciudad, y que no hay arrestos para obligar a que cumplan la ley, en este caso se ha hecho lo mismo. No se obliga a la ciudadanía a cumplir con las leyes democráticas, y a que protesten, tengan razón o no, de forma pacífica, si sus reivindicaciones son legítimas. Se siguen poniendo parches encima de parches, reforzando la impresión de que en esta ciudad cada uno puede hacer lo que le plazca, siempre que el número y la violencia los avalen. La democracia está muy mal entendida aquí, ya que trata de números, pero no de violencia. Flaco favor han hecho al futuro de Melilla dándoles a entender que fastidiando al ciudadano pueden conseguir lo que quieran, y a decir de manifestantes de días posteriores, es lo que han logrado. Ahora, ya se sabe: cada vez que alguien no esté de acuerdo con una decisión administrativa, a quemar el coche de Fulano.

Es fácil criticar, difícil proponer soluciones inteligentes. Yo no las tengo. El problema no es baladí. Aunque no me dedico a la política, en una democracia todos somos políticos, y todos los ciudadanos tenemos la obligación de ayudar en las soluciones, como mínimo utilizando de forma inteligente el voto. Pero el problema estructural del paro en Melilla es posible que no puedan solucionarlo todos los gobiernos que pueda elegir nuestra pequeña ciudad. Nuestras peculiaridades consisten casi exclusivamente en debilidades —falta de territorio, frontera con un país que se mantiene en una permanente postura pasiva-agresiva, imposibilidad virtual de trabajar en otra localidad manteniendo el domicilio aquí, etc.— , y difícilmente podremos solucionar nuestros problemas nosotros solos. Pero estamos integrados en estructuras mayores: el Estado y la Unión Europea. Quizá es hora de que los políticos melillenses, pertenezcan a la administración local o a la nacional, comprendan que hay problemas en los que no solo pueden, sino que deben estar enfrentados, pero que hay otros en los que es necesario que se entiendan y emprendan acciones conjuntas y coordinadas. Y, si no lo hacen, ya sabemos lo que nos toca, melillenses: esperar a las siguientes adjudicaciones de los planes, y rezar para que nuestro coche no sea uno de los incendiados. In saecula saeculorum.

Anteriormente, en La Lengua:

Falanges

17 de October de 2010

Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 17 de octubre de 2010.

Falanges

Este pasado martes, en que conmemoraba España su doce de octubre, regresé a Melilla a las 7 de la mañana en un vuelo desde Madrid, después de haber pasado un par de días visitando varias localidades cercanas a la capital. Mientras esperaba a que abrieran la puerta de embarque, observé que iba a volar conmigo un grupo de entre quince y veinticinco personas, que viajaban juntas, y arrimando el oído —más por aburrimiento que por indiscreción, ya que viajaba solo— supe que procedían de Asturias. Ya en el avión (íbamos prácticamente sólo ellos y yo) armaron algo de alboroto, nada fuera de lo normal en un país que se ha embrutecido hasta el punto en que nos encontramos. Durante el trayecto me pregunté para qué irían, dada la falta de uniformidad del grupo: los había, calculé, entre la veintena y la cuarentena, hombres y mujeres, y no parecían tener en común más que la procedencia y cierto gusto por berrear bromas sin gracia a viva voz de punta a punta de la nave. Al cuarto de hora de desembarcar ya me había olvidado de ellos. El miércoles por la mañana abrí un periódico local y vi a uno del grupo en el primer plano de una fotografía. Acompañaba a una noticia en que se daba cuenta del acto organizado por el partido Falange Española en la ciudad.

No soy amigo de ilegalizar ideas, ni siquiera las que, aberrantes como son, son ilegales en nuestro país (la apología del racismo o del terrorismo, por ejemplo, son delito, si no fallan mis escasos conocimientos jurídicos). Pienso que una sociedad civilizada y educada desecha automáticamente tales idioteces, y en un país medianamente inteligente no pueden tener éxito. Siempre que digo esto, alguien sale con el argumento de Hitler en la Alemania de los años 30, pero quien investigue someramente la Historia del siglo pasado sabe que el éxito democrático del Führer no fue tal, sino que llegó al poder manipulando y presionando el sistema electoral, y que únicamente obtuvo la mayoría cuando el Partido Nacionalsocialista era prácticamente la única opción que se podía votar y los nazis ya eran dueños de las calles; además, creo que cualquier alusión a la cultura y educación del pueblo alemán en el período de entreguerras, visto con perspectiva, está equivocadamente inflada.

Sin embargo, vivo en un país donde la proclamación de ideas racistas es ilegal, y yo soy respetuoso con las leyes, incluso con las que no comparto, así que no me entra en la mollera que alguien diera autorización para la celebración de un acto donde, según tengo entendido —por supuesto, no acudí— se lanzaron soflamas racistas. El acto, sin embargo, se celebró. Eso me respondió a la pregunta que me hice sobre el porqué del viaje de tanta gente desde tan lejos a nuestra tan olvidada ciudad, pero hizo resurgir la misma pregunta: ¿para qué han venido? Sé a lo que venían, pero ¿por qué aquí, precisamente? Creo que esa pregunta tiene una respuesta mucho más sencilla. Venían buscando leña. Sabiendo la constitución demográfica de nuestra ciudad, era previsible que se produjesen conflictos, seguramente acompañados de violencia. Pero ¿es que a esta gente, por locos que estén, les gusta que les aticen? No, por supuesto, no es eso, pero España, a pesar de su declive cultural y educativo, sigue siendo un país medio civilizado, y los simpatizantes de Falange son muy pocos, y cada vez menos. La única manera que tienen de lograr cierto impacto mediático es, como se dice vulgarmente, liándola parda, así que organizan en Melilla una boutade para que se arme la de Dios, y el viernes por la noche están en La Noria o en cualquier otro programa que se nutra de morbo, y ya tienen sus minutos de fama.

Siempre he pensado que la población de Melilla es, mayormente, racista. Sin embargo, al contrario que casi todo el mundo, pienso que el racismo se produce de todos hacia todos: tanto desprecio, o al menos ignorancia, demuestran los europeos hacia los rifeños, como los rifeños hacia los europeos. No me detengo ahora en pensar acerca de los posibles orígenes de ese odio moderado: me limito a constatar un hecho que llevo observando toda mi vida. En esta ciudad hay grandes amistades, casi hermandades, podría decirse, entre gente de distintas culturas, pero creo que queda un regusto de desconfianza entre las dos grandes comunidades de esta ciudad. La integración aún no es total. Cualquiera que se dé un paseo por alguna metrópoli europea, más en unas que en otras, claro, sabe que eso de la convivencia y la integración melillenses que nos venden desde la política local es un cuento chino. Sin embargo, no puede negarse que vivir, vivimos, y que hace muchos años, afortunadamente, que no se registran conflictos interétnicos de importancia en esta plaza. Puede que la convivencia plena sea imposible, y que siempre que exista una diferencia, existirá una desconfianza, quién sabe. Pero tengo claro que aún nos queda mucho camino por andar.

El miércoles tuve que hacer una revisión al alza de mis apreciaciones. Leí que durante el acto falangista no se produjo ningún altercado, y que únicamente al final hubo un amago de agresión que al final no llegó a consumarse. Venían buscando provocación, seguros de encontrarla, y se fueron con un palmo de narices. La ciudad les demostró, y de paso me ha demostrado a mí, que la convivencia es un poquito mejor y más posible de lo que pensaba, que tal vez estemos avanzando y que no se va a armar la marimorena porque cuatro alborotadores de tres al cuarto vengan aquí a decirnos cómo tendríamos que vivir y qué tendríamos que hacer.

Vino la Falange Española, y la ciudad le enseñó, con su indiferencia, la mejor falange que puede mostrarse a unos individuos como estos. La del dedo medio, bien extendido, entre los otros cuatro.

Anteriormente, en La Lengua:

La Vieja

19 de September de 2010

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Ayer, para celebrar el año 513 de la españolidad de Melilla (aniversario que fue antes de ayer, por cierto), se celebró el festival «La Vieja» con unos cuantos grupos de música locales y un par de artistas venidos de la Península. Un servidor de ustedes tuvo el honor de ser invitado para tocar un tema con la banda AV/ Pitbull, invitación que por supuesto aproveché y disfruté al máximo. Aquí tenéis las fotos que los grandes Quino López (bajista de mi grupo, Hollywoodca) y su hermano Javi sacaron del evento. Que las padezcáis lo mejor que podáis.

Basura

Este artículo ha sido publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 19 de septiembre de 2010. Por cierto, antes de ayer fue el día de Melilla, ¡felicidades a mis paisanos!

Basura

El escritor polaco Stanislav Lem, fallecido en 2006, apuntaba en uno de sus relatos la idea de que el grado de avance tecnológico de una civilización cualquiera, una vez alcanzada la era espacial, podía medirse por la cantidad de «chatarra espacial» que se observase orbitando alrededor de su planeta de origen.

En general, siempre he pensado que la basura, la cantidad que producimos, la forma en que la tratamos y el uso que le damos nos habla de muchas cosas si uno se detiene un par de minutos a reflexionar. Pero no voy a hablar hoy sobre la televisión, sino sobre la basura no metafórica, la real, los desechos de los que nos libramos porque ya no nos sirven. Melilla es un campo privilegiado para ello. Desde que tengo uso de razón he visto, como supongo que todos mis paisanos, gente hurgando en los contenedores de basura buscando algo que le fuera de utilidad. Han sido siempre, creo, ciudadanos marroquíes, buscando algún tesoro entre lo que nosotros consideramos que no sirve ni para calzar muebles.

Como les sucede a los parisienses que nunca han visitado la torre Eiffel, parece que los melillenses hemos desarrollado una insensibilidad hacia este fenómeno. Nunca nos ha llamado la atención, nunca nos hemos parado un instante a pensar y a expresar con palabras llanas el espectáculo que teníamos ante los ojos: un ser humano idéntico a nosotros, salvando las despreciables diferencias de color de piel, idioma o religión —o, incluso, sin necesidad de hacerlo, si el melillense que lo ve coincide con el hurgador en estos aspectos—, busca en lo que nosotros tiramos algo que le sirva para sobrevivir. Lamentablemente, la crisis en que nos han metido empresas y políticos ha hecho que este espectáculo sea frecuente incluso en la Península, donde supongo que no estaban acostumbrados a ello. Tal vez allí les llame más la atención, aquí es nuestro pan diario.

Intentemos, brevemente, darnos cuenta del hecho con expresiones claras y frías, a ver si descubrimos algo, como si estuviésemos enseñando a un francés los metros que mide la famosa torre de su capital, o como si contásemos a un melillense la historia del bonito faro del pueblo.

Cientos de personas buscan diariamente en nuestros contenedores de basura algo a lo que sacar provecho. Esto nos indica claramente que lo normal es que lo consigan; si no fuese así, haría tiempo que esto no pasaría. Así que nos encontramos con la certeza de que todos los días tiramos a la basura cosas que sirven, o al menos que sirven a alguien. Dado que una persona, cualquiera que sea su nacionalidad, credo o color de piel, es una persona exacta a nosotros, con sus brazos, piernas y aparato digestivo, hemos de admitir que lo que les sirve a ellos podría servirnos a nosotros: por pobre que sea, por mucho que, al contemplar su suciedad hagamos como si no lo viéramos, una persona sigue siendo una persona, y no una rata o un cuervo que pueda alimentarse de lo que a nosotros pueda resultar indigesto. Tenemos, pues, la certeza de que nos desprendemos de objetos y alimentos cuando aún no los hemos consumido del todo. Es como si todos los días comprásemos dos barras de pan, las cortásemos por la mitad, y tirásemos una mitad de cada una a la bolsa negra de plástico. No importa mucho si se trata de ropa pasada de moda, una impresora que ha dejado de imprimir o un equipo de música para reproducir cintas de casete. A lo que voy es a que lo que tiramos aún puede funcionar, no está estropeado, no es desecho, no son cáscaras de plátano ni los vidrios rotos que ayer conformaban un plato. Dicho esto, lo normal sería pensar que vivimos en la opulencia, y que toda la sociedad melillense es tan rica que necesita desprenderse todos los días de parte de la riqueza que le sobra, porque literalmente no le cabe en casa. Sin embargo, y a pesar de que la crisis no ha sacudido nuestra pequeña ciudad como lo ha hecho con casi todo el resto del país, todos sabemos que no es así. Imagino que la mayoría de quienes estén leyendo esto pensarán que tienen dificultades para acabar el mes, o, al menos, que no habrán podido comprarse el caprichito que querían, o que estas vacaciones no han tenido más remedio que quedarse en el mismo continente… o en la misma ciudad.

Es cierto que viviendo en nuestra sociedad nos vemos en la obligación de comprar, y nos entregamos a esta actividad como si fuese necesaria para nuestra supervivencia, algo como comer o respirar. No hablo solo de comida, aunque es cierto que todo el mundo ha tirado yogures caducados o pan que, por no haber sido consumido en sus días, ha adquirido un desagradable borde verdoso. Hablo también del teléfono móvil que arrumbamos en un cajón porque han sacado otro que hace no sé qué cosa que usaremos durante dos días y luego olvidaremos, y que para fabricarlo ha costado unas cuantas muertes en la parte más negra de África (en realidad, esas unas cuantas son, según algunas estimaciones, más de cuatro millones y medio desde 1998 en el Congo, amén de violaciones, mutilaciones y éxodos masivos de personas que acaban padeciendo penurias; busquen información sobre el coltán). Supongo que ese 20% de tamaño y peso menor y la capacidad de enviar, pongamos, mensajes con vídeo, bien valen la vida de cuatro o cinco millones de negros que, total, son muchos, muy parecidos, y además no los vamos a ver en nuestra vida. Y hablo de la ropa que necesitarían muchos otros seres humanos que se mueren de frío, y que metemos en una bolsa y tiramos, y acaba quemada, porque esta temporada no se lleva.

Pensar dos veces sobre si lo que estamos a punto de tirar es en realidad basura o es algo útil no es solo un ejercicio de buena economía doméstica, sino también de dignidad humana. Todo lo que vemos a nuestro alrededor ha costado mucho. La huella ecológica de la que ahora se habla tanto es algo real. Y la huella social, de la que no queremos hablar, también. El bolígrafo o la botella de agua que están viendo ustedes ahora mismo ha llegado ahí, seguro, después de la tala de algún bosque o de la quema de unos cuantos litros de combustible obtenido a costa de guerras y violaciones de derechos humanos. El hombre no puede renunciar a la comodidad alcanzada con el progreso de la técnica, pero debemos asumir la responsabilidad de desarrollar un progreso ético y social parejo. No vale la excusa de que, si no tiramos cosas a la basura, nuestros vecinos pobres no tendrían qué comer; si de verdad lo hacemos por eso —excusa tan enclenque como falsa—, hay otras maneras más dignas y efectivas de ejercer nuestra responsabilidad hacia nuestros congéneres.

Soy consciente de que Repsol, Inditex, General Motors, el Grupo Santander y los políticos cuyos hilos mueven estas corporaciones necesitan que sigamos arrojando a la basura cosas que aún sirven para comprarles las cosas nuevas que quieren vendernos para hacerse más ricos y aumentar las desigualdades sociales en nuestro país y en el resto del mundo. Si actuásemos con algo más de raciocinio en el momento de abrir el cubo de la basura, quizás podríamos ponerlos en un aprieto. No se me ocurre manera más hermosa de matar, esta vez sí, metafóricamente, dos pájaros de un solo tiro.

Hollywoodca Live! +

4 de August de 2010

El sábado pasado mi grupo, Hollywoodca, dio otro concierto en un local nocturno de Melilla.

Al igual que la vez anterior, Javi López, estupendo fotógrafo —y hermano de nuestro bajista, Quino— nos hizo unas fotografías dignas de la revista Rolling Stone (lástima que el grupo no esté a la altura). En este set de Flickr podéis ver algunas de ellas.

Dormidos

25 de July de 2010

Artículo publicado en El Telegrama de Melilla el domingo 25 de julio de 2010.

Dormidos

La clave para que esta sociedad funcione es mantener a la masa adormecida. Como declara el lingüista estadounidense Noam Chomsky en el documental Manufacturing Consent: Noam Chomsky and the Media (1992), y estoy, por supuesto, parafraseando sus afirmaciones, lo que en las sociedades predemocráticas se conseguía mediante el uso de la fuerza pura, hoy tiende a conseguirse mediante la desinformación.

Pero, antes, algunos datos borrosos. El común de la gente acepta que los políticos de las democracias actuales no representan a su electorado, y que sus actuaciones políticas están guiadas por el afán de lucro personal, o bien por el del lucro de sus amigos. La gente, sin embargo, sigue votando. En las últimas elecciones generales acudió a las urnas un 73,85% del electorado, según datos del Ministerio del Interior. Teniendo en cuenta el descrédito que padece la clase política, no es un mal dato que tres de cada cuatro ciudadanos con derecho a voto se haya tomado la molestia de perder parte de un día libre para ir a votar. No obstante, hay un hecho triste conocido por todos, y es el de que la mayoría de la gente que vota lo hace contra un partido y no por un partido: se vota para evitar que gobierne un partido peor, o, como suele decirse, para elegir al menor de dos males.

Esto convierte nuestra democracia en una suerte de Halloween en que unos monstruos acuden a nuestra casa para que elijamos cómo queremos ser atracados: o les damos los caramelos, o nos asustan y nos bombardean con huevos podridos. Cómo todo el mundo sigue aceptando esta situación sin aparentes molestias constituye un pequeño misterio para mí. ¿Cómo nos permitimos ser arrastrados por esta inercia malévola? ¿Por qué los seguimos votando?

El que los gobernantes actúan siguiendo sus intereses particulares y no los de los ciudadanos es un hecho difícilmente contestable. Pondré algunos ejemplos de los dos únicos partidos que de hecho tenemos en España: el Partido Socialista y el Partido Popular. Con el paso de los años, la influencia y la intención de voto para otros partidos ha ido descendiendo, incluso en regiones con tradición nacionalista (acordémonos del triunfo de populares y socialistas en las últimas elecciones al Parlamento vasco, o del declive de Esquerra Republicana de Catalunya). El resultado ha sido una americanización de la política española, la deriva hacia un sistema bipartidista en que, a menudo, para saber qué partido está gobernando en un momento concreto, hace falta pararse a pensar un minuto: tantas son las similitudes entre uno y otro. Vamos con los ejemplos: la infame segunda legislatura del Partido Popular en el Congreso, con mayoría absoluta, nos dejó la desvergüenza del decretazo laboral y la ignominia de apoyar, en contra de la práctica totalidad de la población, una guerra injustificada que, a estas alturas, ha provocado alrededor de 100.000 muertes de civiles (según datos de julio de la web independiente iraqbodycount.org, que cuenta exclusivamente las muertes violentas documentadas de civiles, con lo que el número, con toda probabilidad, es mucho mayor). El Partido Socialista tampoco sale ileso de la contemplación fría de los datos. Si bien sus dos últimos gobiernos han sido, comparativamente, más dialogantes que el último gobierno popular (probablemente ayudado por la circunstancia de que no ha gozado de mayoría absoluta), los oídos sordos del partido liderado por el presidente Rodríguez Zapatero nos han dejado no pocos ejemplos de una forma de gobernar para unos pocos lobbies económicamente poderosos, y no para los ciudadanos: podemos citar, por ejemplo, la congelación de las pensiones, instigada por grupos económicos ajenos a las normas democráticas, o la Ley del canon digital, mediante el que los ciudadanos pagan una especie de impuesto revolucionario a las entidades de gestión de derechos de autor, que no está sujeto a inspección por parte de los poderes públicos, y que ha sido pedido y conseguido por la Sociedad General de Autores y Editores y otras entidades privadas.

¿Qué es necesario para que una sociedad de cuarenta y cinco millones de habitantes acepte estos atracos diariamente? Pues, precisamente, la desinformación. Y no se trata simplemente de ocultar algunos hechos en el telediario. Es preciso un plan maestro establecido desde varios frentes para asegurarse de que la gente acepta con sumisión el pisoteo de sus derechos.

Se comienza por la educación. El hecho de que sea pública, obligatoria y en parte gratuita (no nos engañemos: los libros que los padres deben comprar a sus hijos a precio de oro son publicados por grandes editoriales que, oh, sorpresa, suelen ser bastante amigas de los grandes partidos políticos) no es algo que se haya hecho por bonhomía. En primer lugar, la educación no es una necesidad de la sociedad, sino de la empresa: es necesario, primero, que la gente sepa accionar máquinas y ordenadores para los que se necesita un entrenamiento, aunque sea en los rudimentos de la alfabetización elemental. Segundo, se precisa acostumbrar a la generación más joven de homo sapiens a mantenerse sentada durante seis u ocho horas en una silla realizando tareas repetitivas; enseñarla a obedecer, a recibir y acatar un castigo cuando no hace caso, a no destacar, sino responder haciendo un truco cuando se le presenta un estímulo, como un mono de feria. En 2010 tenemos más estudios pedagógicos, más herramientas y más dinero que en ningún otro momento de la historia de la Humanidad, y, sin embargo, la educación cada vez es de peor calidad. Hay que ser demasiado cándido para pensar que todo esto se debe a la casualidad o a la mala suerte. No: el descenso en los niveles de exigencia académica responde a un plan organizado. Las corporaciones que acumulan el capital no necesitan una enorme masa de gente educada, responsable y culta que pueda cuestionar el orden mundial. Necesitan una enorme masa de gente embrutecida, que sepa aceptar recortes salariales y de derechos sin rechistar, que no se rebele ante nada, que solo quiera un exiguo sueldo a fin de mes que le permita abonarse a algún canal de televisión donde adormecerse viendo fútbol y bebiendo cerveza, y tal vez una escapada al Caribe cada par de años.

Una vez estamos todos convertidos en máquinas de producir cachivaches de todo a un euro y consumir fútbol y telenovelas, la máquina lubricada con sangre humana sigue rodando sin esfuerzo. Tal vez sea la única manera que tiene de funcionar. En toda la historia de nuestra especie, lo normal ha sido que un individuo o unos pocos manejaran los medios de producción y que el resto de la población, la mayoría, se mantuviese simplemente obedeciendo y padeciendo. Los experimentos democráticos, siempre imperfectos, han sido la anécdota. Y, cuando han durado lo suficiente, han terminado convirtiéndose en una pantomima en que la situación en realidad es la de siempre. Véanse los casos de Estados Unidos y España: gobiernos tomando decisiones en contra de su población para favorecer intereses perversos.

Quizás es posible que esto cambie, pero con una población adormecida no va a poder ser. La pregunta es: ¿qué hace falta para que un número suficiente de gente despierte? Y, si alguien lo descubre, ¿nos lo permitirán? Quién sabe. Todo indica que no, pero deberíamos probar a intentar desperezarnos, para empezar. Ya lo dijo el sabio chino: un camino de cien kilómetros siempre empieza con un simple y solitario paso.

Anteriormente, en La Lengua:

Directo

20 de July de 2010

El concierto fue bien, como os dije. Aquí tenéis uno de los temas que grabó la cadena de televisión local Cablemel (gracias, Enrique). El buque insignia de Hollywoodca: I Know I Know. Si quieres leer la letra, haz clic en «more».


Enlace al vídeo en YouTube
(more…)

Hollywoodca Live!

11 de July de 2010

IMG_0407

Bueno, pues el concierto del que os hablaba el otro día resultó ser un éxito, de público y crítica, según creo, y además el señor Javi López nos hizo unas fotos magistrales. Haz clic en el siguiente enlace para seguir leyendo.
(more…)

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