Ars longa, vita brevis

Amar la literatura (I). Lecturas obligatorias. Gominolas

7 de May de 2014

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Una atípica pero excelente antología.

Esta mañana mi queridísima jefa, Silvia, me ha enseñado un recorte de periódico donde aparecía el obituario del poeta Demetrio Castro Villacañas, muerto el pasado 3 de abril a los noventa y muchos años. Al final del texto aparece un soneto que el conquense dedicó a su primera mujer cuando esta falleció, y que a continuación reproduzco.

Está lloviendo. El agua es como un manto
que abriga los cipreses y las losas.
Húmedas de la lluvia están las rosas
que mi dolor esparce por el canto

que dice nombre y fecha. ¡Tengo tanto
que hablarte siempre! ¡Y tengo tantas cosas
que decirte de nuevo…! Silenciosas,
se me hunden las palabras en el llanto…

Sigue lloviendo suave y mansamente.
Yo estoy aquí, de pie, junto a la nada,
pensando en ti, pensando nuevamente

que hay que seguir; que nunca está acabada
la razón de vivir; que es mi simiente
media vida que tengo aquí, enterrada.

Al igual que mi jefa, yo me he emocionado al leerlo. Minutos más tarde, me encontraba yo delante de una veintena de alumnos de 2.º de la ESO (entre trece y dieciséis años) escribiendo los primeros versos de la nana que Miguel Hernández escribió para su hijo cuando, mientras él estaba en la cárcel por haber colaborado con la causa republicana durante la Guerra Civil, ella le comunicó que, por ser la mujer de un traidor, y estando el país como estaba, famélico, no tenían casi nada para comer; nadie les ayudaba, y lo único que podía comer eran cebollas. Hernández imaginó al niño mamando de la teta y sacando únicamente el fruto de las cebollas, y comenzó a escribir algunos de los mejores versos en nuestro idioma:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Sangre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Después de medir los versos, intenté explicárselos: primero el contexto histórico y social, y a continuación los recursos estilísticos. Las metáforas que identifican las cebollas con la escarcha, la sangre con el hielo, la hipérbole de traer la luna, etc. Para mi sorpresa, casi todos los alumnos entendían el mensaje a la perfección y lo captaban rápidamente, pero seguían mirándome con los ojos vacíos, apuntando —algunos— las cosas que yo iba diciendo. Entendían el poema plenamente, pero no estaban emocionados. La poesía había fracasado, y yo estaba ahí hablando como quien habla de cómo se cambia el fondo de pantalla de un sistema operativo, o del déficit tarifario (sea este lo que quiera ser).

Puedes obligar a una persona a que consuma literatura, e incluso puedes obligarla a que la comprenda, pero jamás podrás obligarla a que la aprecie.

Un estudio revela que los españoles de 14 a 24 años son los que más leen. A medida que uno va saliendo de la veintena, y más allá, se lee menos. No tengo datos que lo confirmen, pero tengo una fuerte sospecha: los que se encuentran en esa franja de edad leen más porque están obligados. Obligados por sus profesores de Secundaria y universitarios. Una vez acabados los estudios, y gracias a las lecturas obligatorias, lo que se consigue es que huyan de la literatura como de la peste.

Yo creo que esto es como las gominolas. A mí me pueden gustar las gominolas, y por ello me gustaría que a mis hijos también les gustaran. Podría darles gominolas todos los días. Podría dejarlas por ahí y ofrecérselas. O también podría olbigarlos a comer gominolas todos los días, les apetezcan o no. No sé, a mí me encantan las gominolas, pero creo que si, desde pequeño, obligase a un hijo mío a comer gominolas a diario durante su vida, en cuanto cumpliese dieciocho años escaparía de casa y no se acercaría ni por casualidad a una tienda de chucherías (y yo me sentiría desgraciado).

Puede que, con el tiempo, descubriese que, aunque no le gusten las gominolas, hay otro tipo de artículos dulces con los que sí disfruta, pero también es posible que se alejase para siempre de todo lo que contenga un atisbo de dulzura, por si acaso.

Y así es como veo las lecturas obligatorias. Son una vacuna contra los libros (1, 2 y 3). En todos los departamentos de Lengua y Literatura de los que he formado parte ha existido un catálogo de lecturas literarias que los alumnos no solo deben leer, sino además demostrar que han leído mediante un examen o un trabajo. Es decir, no solo se somete a los alumnos a la tortura de leer algo por la razón de que las generaciones anteriores a la suya lo consideramos imprescindible, sino que además —y esto ya parece recochineo— tienen que revivirlo en un examen donde se juegan la nota.

¿Os imagináis que quisiéramos que a nuestros alumnos les gustasen The Beatles? Puede sustituirse el grupo de Liverpool por cualquier otro, o por cualquier otro músico, como Vivaldi o B. B. King. ¿Os imagináis que les obligamos a escuchar el Abbey Road de pe a pa, y que luego les hacemos una prueba para que demuestren que lo han escuchado? ¿Creéis que, los que lo escuchasen, estarían pensando en disfrutar, o más bien angustiados por si no entienden lo que han de entender y fallan en el posterior examen? ¿Creéis que volverán a escuchar a The Beatles cuando deje de ser obligatorio? ¿Cuántos se apartarían definitivamente de la música, eso que los adultos les hemos dicho que por narices les tiene que gustar, y que les hemos obligado a tragar con la nariz tapada?

Y, con todo, la mayor tragedia no es que no nos hagan caso: la mayor tragedia es que, gracias a nosotros, nunca sentirán lo que nosotros.

I

Seis años ya que el alma de mi alma
en la triste postrera despedida
me dijo su adiós tierno.
¿Por qué, infiel corazón, lates en calma?
¿Por qué, cuando es eterna la partida,
no es el dolor eterno?

II

Y eterno es mi dolor, que aún el agudo
dardo yo siento en la cerrada llaga
cuando una voz la nombra.
No está muerto mi duelo, aunque está mudo.
Secos al llanto, por mis ojos vaga
siempre una triste sombra.

III

Cuando el invierno pálido se aleja
y primavera con las frescas galas
orna el árido suelo,
cual mariposa que la cárcel deja,
su alma entreabrió las transparentes alas
para volar al cielo.

(Vicente Wenceslao Querol, A la memoria de mi hermana Adela)

El fin de la infancia

5 de May de 2013

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Este ha sido el primer libro que he leído en el lector de libros electrónicos que me ha regalado mi buen amigo Carlos S., así que en primer lugar comentaré muy brevemente algunos aspectos de la experiencia, comparándola, sobre todo, con la lectura en el iPad, que ha sido el único otro dispositivo digital en el que he finalizado la lectura de alguna obra completa.

En general, a pesar de que las letras son muy pequeñas, es cierto que la tinta electrónica hace que la vista se te canse un poco menos. Sin embargo, por la naturaleza de la pantalla, el dispositivo para leer a oscuras depende de una luz externa, y esto hace algo más incómoda la lectura con poca luz. Por otra parte, es cierto que, al leer en este aparato, la sensación de estar leyendo un libro era algo mayor que la que se siente con el iPad. Al menos no hay interrupciones cada vez que alguien comenta algo en Facebook o te menciona en Twitter. Y ahora, vamos a por el libro.

En cuanto al estilo, es bastante plano, aunque no del todo. Sin embargo, no considero que esto sea un defecto (y, por lo demás, de los escritores de ciencia-ficción, Clarke siempre me ha parecido el más «literario»). El rigor científico es importante en una obra que se precie de este género, y creo que es más fácil dar esa impresión de verosimilitud rigorista por medio de un estilo poco artificioso que, no lo olvidemos, sigue siendo un estilo (el máximo exponente de esto que podríamos llamar «transparencia científica» para mí siempre ha sido el enorme Asimov). Está narrado con agilidad y no incluye informaciones que hagan necesaria una licenciatura en ciencias para entender todos los conceptos. De hecho, el más complicado con el que tiene que enfrentarse el lector es el de la relatividad del tiempo según Einstein. La novela, no lo olvidemos, es de 1953 (Wikipedia, en inglés).

En plena carrera espacial entre las dos superpotencias que resultaron de la II Guerra Mundial, esta se encuentra con un fin abrupto: la llegada de decenas de enormes naves nodriza que se sitúan sobre las ciudades más importantes del planeta. Al principio la humanidad las contempla sin recibir ningún mensaje, pero después, en perfecto inglés, un representante de los extraterrestres, llamado Karellen, comienza a comunicarse con los seres humanos por medio del secretario general de las Naciones Unidas. Karellen comienza a dar instrucciones a la humanidad, que son, según él, para su propio bienestar. A pesar de que, en un principio, surgen movimientos que se oponen a seguir las directrices de los recién llegados —a los que los humanos comienzan a llamar superseñores—, con el tiempo se demuestran dos cosas: primera, que todo intento de resistencia es vano, puesto que los superseñores cuentan con una tecnología inimaginable para nosotros, y pueden, incluso, inducir daño físico sin que medie contacto. Segunda, que la humanidad realmente alcanza una especie de edad de oro gracias a la intervención de los extraterrestres. Se acaban el hambre, las guerras, las enfermedades y el sufrimiento. Todo el mundo llega a conseguir lo que quiere, y cada uno puede dedicar su vida a lo que le plazca.

Así las cosas, se hace difícil poner pegas a la nueva situación. Pero hay algo que los hombres no entienden. ¿Por qué los superseñores no se dejan ver, y siempre se comunican con mensajes de voz? ¿Es demasiado terrible el aspecto ante la mirada humana? ¿O es que tienen un aspecto tan semejante a nosotros que si los viéramos no admitiríamos el autoritarismo paternalista al que nos someten? La respuesta, en palabras de Karellen, deberá esperar cincuenta años. La humanidad aún no está preparada. Pero, pasado medio siglo, el mismo Karellen, junto con otros superseñores, descenderá de las naves y se mostrará a la raza humana en su forma física. ¿Cómo serán los recién llegados?

A partir de aquí, no solo voy a desvelar el aspecto de los superseñores, sino gran parte de la trama de la novela, incluyendo el final; por tanto, si tienes pensado leerla, te recomiendo que detengas la lectura de este artículo aquí, o que sigas asumiendo tu propio riesgo.
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El problema de la bala

4 de March de 2013

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Acabo de terminar la tercera novela de Jaime Rubio Hancock, titulada El problema de la bala. Como casi siempre que acabo un libro, tenía intención de publicar un crítica meramente literaria, pero ciertas circunstancias alarmantes me obligan a detenerme antes en la penosa edición que la editorial Libro de Notas ha hecho del trabajo de este jovenzuelo escritor.

En primer lugar, el precio. El libro solo se distribuye en formato electrónico, y el precio no es demasiado alto (2,68 euros en Amazon). Sin embargo, con los gastos de envío la cosa se dispara. Uno ya está acostumbrado a que los gastos de envío a Melilla salgan algo más altos que en la Península, pero los 249 € que te cargan por enviarte este libro al iPad son un poco exagerados, al menos comparados con lo que uno acostumbra a pagar, que suele rondar los 200 euros como mucho.

En segundo lugar hay que hablar de la calidad física de la edición. A pesar de ser un libro electrónico, se emborrona cuando lo tocas, como si hubiese estado impreso en papel malo (alguien debería decirle a Libro de Notas que dejase de comprar los píxeles en China, y que sacrificase algo de sus insultantes márgenes de beneficio en aras de la calidad de la lectura).

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Por si fuera poco, se aprecia en la página que tenéis sobre estas líneas que el chimpancé que deben de tener como editor becado en la editorial estaría borracho el día que se encargó de este libro, porque incluye saltos de párrafo totalmente incoherentes, como cada vez que aparece el nombre de la novia del protagonista.

En fin, a la edición le otorgo una puntuación de tres coliflores y media sobre ocho.

Jaime Rubio (Barcelona, 1977 – 2016) es un joven escritor catalán que intenta abrirse paso a base de patadas en la espinilla en el agresivo mundo editorial español. Autoproclamado gurú de internet y amante 3.0, fue tristemente conocido hace unos años por encabezar una curiosa facción del catalanismo: aquella que pretendía que Cataluña se separase del resto de España, para llamarse —la comunidad autónoma escindida— España, y que el resto del país eligiese otro nombre, siempre que no fuese algo como España II, España la Buena, Aquí Hay Paella y otros nombres similares. Cuando amainó la polémica, no se volvió a saber de él, excepto por algún que otro escándalo nocturno fruto de sus juergas con el filántropo Salvador Sostres.

Y ahora vamos a la historia en sí. En general, el libro está entretenido, se lee rápido. Y la historia podría tener algo de gancho, de no haber existido un error tan de bulto, que uno no entiende cómo no han sido despedidos treinta o cuarenta trabajadores de la editorial, así como el amigo de copas de Rubio al que le haya enseñado el borrador en primer lugar. Voy.

La trama comienza con un joven barcelonés que se suicida de un disparo en la cabeza. Al enterarse la policía, acude al domicilio para detenerlo por sospechoso de suicidio, y días después comienza el juicio contra él. Pero, vamos a ver…

¿¿ES QUE NADIE SE HA DADO CUENTA DE QUE SI ESTÁ MUERTO NO SE LO PUEDE JUZGAR??”111

Este error, del que parece que ni Rubio, ni su amigo ebrio, ni el chimpancé editor ni nadie más se han dado cuenta, es olvidado pronto por el narrador —que encima es ¡en primera persona! Es decir, que el muerto no solo es juzgado, sino que cuenta la historia, toma ya— y durante todo el resto de la novela la gente actúa como si estuviese vivo. Asistimos al juicio, a los intentos de fuga, al juicio de apelación, a las escabrosas aventuras extramatrimoniales de los padres del muerto y otros vergonzosos episodios en los cuales podemos encontrar alguna palabra gruesa exactamente cada 162 palabras (como pene, vagina y cosas del estilo, pero dicho más como de chuletilla de extrarradio, ya me entendéis).

En fin, deseo toda la suerte del mundo a este escritor para su próxima novela, pero le aconsejo que la próxima vez cuente con alguien sin daños cerebrales evidentes antes de enviar su trabajo a la imprenta.

(Hay, por cierto, abierta una suscripción popular para ayudar a Jaime a pagar las facturas del psiquiatra, con la que podéis colaborar haciendo clic aquí. Si se arregla en la medida de lo posible la cabeza de este hombre, todos saldremos ganando.)

Dos ciudades, dos épocas, dos mundos

29 de January de 2013

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Fuente de la imagen (Paul Glazzard).

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

Cualquiera que haya leído el libro —e incluso muchos de los que no— habrá recordado esta cita: es el inicio de la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Dejando aparte la calidad de la historia y el arte de su narrativa, tengo unos cuantos pasajes subrayados que parece que nos vienen como hechos a medida en la situación actual, y no está de más rescatarlos, para ver que nosotros, el populacho, tropezamos con la misma piedra las veces que haga falta.

El primero de ellos me lo ha traído a la memoria una noticia que parece de ficción. Resulta que el presidente de la Diputación de Ciudad Real (PSOE) pretende contratar a un chófer para su coche oficial. Hasta aquí, nada raro (es triste, pero nos hemos acostumbrado a pagar coches oficiales a todo Dios). Lo interesante viene cuando nos enteramos de que ya hay más de 25 (veinticinco) chóferes al servicio de la Diputación, pero resulta que no le sirven; quiere contratar a otro porque el presidente necesita (cito textualmente) la música que el presidente desea, el olor que quiere, los elementos de comodidad que solicita, el nivel adecuado de climatización, la velocidad de transporte que le gusta. A mí también me gustaría que fuera broma, pero aquí tenéis la noticia (y aquí algo ampliada). La explicación, parece ser, es que el choferable es un amigo. Del partido, claro.

Aquí, la cita:

[…] en eso empleaba cuatro hombres, […] y los cuatro eran necesarios para que el feliz chocolate llegase a los labios de Monseñor. Un lacayo llevaba la chocolatera hasta la sagrada presencia; otro picaba el chocolate con un instrumento expresamente reservado para este menester; el tercero presentaba la favorecida servilleta y el cuarto […] vertía el chocolate en la taza. Le habría sido imposible a Monseñor prescindir de uno solo de aquellos hombres para tomarse el chocolate […]. Sin duda alguna habría caído una gran mancha en el blasón del señor si tomara el chocolate servido solamente por tres hombres, pero de haber sido servido solamente por dos, no hay duda de que ello hubiese sido causa de su muerte.

Para la segunda cita acudiremos a dos noticias que, aunque no lo parezca, están íntimamente relacionadas. La primera es el indulto concedido a un conductor que, tras recorrer varios kilómetros en sentido contrario, causó un accidente que costó la vida a un joven. El Gobierno ha tenido esta medida de gracia con el delincuente probado, que, casualidad, tiene más de un sospechoso lazo de unión con algunos miembros del Partido Popular.

La otra noticia. Una joven ingresará en prisión en unos días, si un indulto o un milagro no lo remedian, por haber gastado 193 euros de una tarjeta de crédito ajena que se encontró. Cuando cometió el delito —hace casi seis años— estaba desempleada, y sus dos hijas tenían cuatro años y uno y medio. Con los 193 euros compró pañales y comida. La jugada le salió bien, pero en un segundo intento de compra la denunciaron, detuvieron, juzgaron y condenaron.

Pocos niños se veían [en el pueblo], y ningún perro. En cuanto a los hombres y a las mujeres, sus esperanzas en esta tierra se comprendían o en vivir de la manera más mísera en el pueblo, a la sombra del molino, o gemir en la prisión de la fortaleza que dominaba el despeñadero.

Dickens hablaba de dos ciudades: Londres y el París prerrevolucionario, muy pocos años antes de que ese populacho famélico y maltratado engrasara y afilara las guillotinas. ¿Podemos comparar, nosotros, esa época con la nuestra? ¿Estamos al borde de ese estallido social, de que nos cueste aún más sangre y desorden el despilfarro y la tiranía de políticos y empresarios corruptos?

Lo que es seguro es que, con todas las revoluciones que queráis, sí que podemos decir que se sigue viviendo en dos mundos: uno para los poderosos y sus cortesanos, que pueden jugar con las vidas de los demás —e incluso perderlas— sin mayores consecuencias; otro, para el vulgo, los trabajadores, para los que siempre hay sitio en prisión.

El poder en la sombra

2 de January de 2013

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Autor: Robert Harris. Género: Intriga política. Versión para iBooks de Apple (aquí, en su versión para Kindle). Editorial Grijalbo. 352 páginas.

—Hubo una época —empezó a decir Kate tras lo que me pareció un interminable silencio— en que se suponía que el príncipe que llevaba a su pueblo a la guerra debía estar dispuesto a arriesgar su vida en la batalla. Ya sabes, a enseñar con el ejemplo. Sin embargo, los príncipes de ahora viajan en coches blindados, acompañados por guardaespaldas armados hasta los dientes, y ganan fortunas a cinco mil kilómetros de distancia mientras el resto de nosotros nos tenemos que enfrentar con las consecuencias de sus decisiones. […]

Nos venden los viajes como un acto de libertad, pero allí éramos tan libres como ratas de laboratorio enjauladas. «Así es como organizarán el próximo holocausto —me dije mientras avanzaba arrastrando los calcetines—. Se limitarán a darnos un billete de avión, y nosotros haremos todo lo que nos digan.»

El término «negro» designa en castellano a un escritor que realiza un trabajo que saldrá bajo la autoría oficial de otro. A veces eso ocurre con escritores de éxito, a quienes su editorial demanda una frecuencia de publicación imposible para suplir la demanda del público —se rumoreó durante un tiempo que, por ese motivo, Stephen King contrató a un negro—; otras, como en el caso de la historia de esta novela, es algún personaje público sin aptitudes literarias quien lo contrata para escribir sus memorias. En inglés, el término empleado es ghost-writer («escritor fantasma»). La gran diferencia entre los términos en una y otra lengua hace que se pierdan en la traducción un par de juegos de palabras, nada grave (como cuando el narrador dice, en castellano, que va a ser «el negro de un fantasma»).

La primera vez que me topé con esta historia de Robert Harris fue al ver la película de Roman Polanski, que me pareció muy buena —como casi todo lo que hace—, y lo cierto es que cuando empecé a leerla ni siquiera sabía que se trataba de la fuente original del filme. Luego no me importó, porque recuerdo que la trama de la película me había parecido muy interesante y bien montada, y además la novela está bastante bien escrita.

Y a partir de aquí, si sigues leyendo, te desvelaré detalles de la historia que no te gustará saber por anticipado si tienes pensado leer el libro o ver la película, y garantizo que algunos giros de la trama son muy interesantes y sorprendentes, así que sigue asumiendo tu propio riesgo.

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Vacuna contra los libros (y 3)

11 de September de 2012


Parte de mi biblioteca, todo un monumento al desorden y a la, llamémosla así, «pluralidad de materiales». Clic para ver la imagen a tamaño completo.

Otro inicio más de curso, otra reunión del Departamento de Lengua de mi instituto para seleccionar las lecturas obligatorias del año. Sí, ya sé que lo de lecturas obligatorias es casi un oxímoron. Se supone que recomendamos libros a los alumnos para que aprecien la lectura, y se supone que recomendamos libros que encontramos agradables. La literatura, como la música, o así lo entiendo, se enseña en los centros educativos de este país para formar al ciudadano, para darle una posibilidad más de disfrute, para que aprecie el arte y goce con él. Queremos que, al final de nuestro trabajo, disfruten con un libro como lo harían en un parque de atracciones.

¿Os imagináis obligar a un niño a ir a un parque de atracciones? Algo falla desde el principio.

Uno de mis objetivos, uno de los objetivos de cualquier profesor de Lengua y Literatura, es que, de adultos, los ciudadanos lean y aprovechen estética e intelectualmente la lectura. Que se acerquen a los libros por sí solos y que los entiendan. Uno de los del profesor de Matemáticas es que aprendan a hacer la regla de tres. Estoy seguro de que la mayoría de los alumnos terminan la ESO sabiendo hacer una regla de tres; tanto como estoy seguro de que terminan la ESO odiando los libros y de que no vuelven a asomar su nariz por uno en sus vidas. No estoy cumpliendo con mi función. No estoy cumpliendo con mi obligación. No estoy haciendo bien el trabajo por el que se me paga.

Tengo la tremenda suerte de que en el centro donde doy clases hay un Departamento de Lengua con unos compañeros preocupados por su trabajo, imaginativos y —lo que es más difícil, dadas las circunstancias— motivados. Así que nos hemos puesto a hablar. Algunas de las apreciaciones que leeréis a continuación han sido unánimes, otras no, y otras son simplemente cosas que se me ocurren.

Problema: Una de las cosas que se han dicho es que, probablemente, la forma de acercarse a los clásicos no es muy atractiva, que digamos. Algunos de los libros que se han mandado secularmente —como el Lazarillo— aparecen en ediciones con numerosas notas a pie de página para que incluso nosotros, los filólogos, entendamos todo lo que se quiere decir. Han pasado siglos desde que esas páginas fueron escritas. El idioma ha cambiado: palabras han nacido y han muerto, expresiones han sido sustituidas por otras o han visto alterados sus significados. Es otro idioma. Los niños leen el Lazarillo (uno de los libros que más me han hecho reír en toda mi vida) y no se enteran de la historia tan divertida que cuenta.

(Inicio) (de posible) Solución: En los cursos más bajos, algunas de las lecturas obligatorias serán cómics. Algunos de esos cómics, además, serán adaptaciones de los clásicos. Será más fácil, en cursos más elevados, sugerirles que lean el Quijote si ya saben de antemano que es una historia loca e hilarante y les prometemos que el libro es aún mejor que la historieta. Además, si leen un cómic, no lo olvidemos, ya están leyendo. Gradualmente podemos ir introduciendo novelas gráficas donde la cantidad y la densidad de los textos sean mayores.

Problema: Los clásicos. Esta apreciación es exclusivamente personal. Algunos de los clásicos españoles son un tostón. No quiero citar títulos, porque no quiero pelearme con nadie, pero todos los profesores de Literatura que conozco tienen algún clásico que se les atraganta. En nuestra literatura ha habido épocas peores y otras mejores. El Barroco fue estupendo, el Neoclasicismo no. En algunas épocas, hay pocas obras que merezcan la pena, y otras da la impresión de que están en los manuales de literatura porque es necesario cumplir con un cupo, una especie de corpus obligatorio para no sentirnos inferiores. Pero tal libro —inserte aquí la obra del Realismo español que más rabia le dé— no es Anna Karenina ni Madame Bovary. No importa, los rusos no tienen a Cervantes, ni los franceses a Miguel Hernández. Emperrarse en solo enseñar los clásicos españoles es como si en clase de Matemáticas solamente enseñásemos las fórmulas o los teoremas descubiertos por matemáticos españoles. ¡Sería una locura! ¿Por qué nos obcecamos en ese estúpido chovinismo? ¿En qué cabeza cabe intentar hacer que los alumnos lean el Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos y no Viajes de Gulliver? ¿Estamos locos? La materia que imparto se llama Lengua Castellana y Literatura, no Lengua y Literatura Castellanas. Los Episodios Nacionales de Galdós tienen una gran calidad, sería un ciego si lo negara, pero si quiero que mis alumnos lo pasen bien leyendo, debería presentarles a Maupassant.

(Posible) Solución: Huir del nacionalismo literario. Especialmente en cursos inferiores, se me ocurren cientos de obras que podrían ser más atractivas que los clásicos de siempre (a los que ya llegarán) o la última obra chupiguay sobre un chaval que canta hip hop del advenedizo de turno. Algunos de los libros y autores que hoy han sonado son: Stevenson, Poe, Bradbury, El Principito, Alicia en el País de las Maravillas, El Hobbit. Algunas obras tienen mayor calidad que otras, pero todas son mejores que el último éxito mediático para jóvenes (¡vampiros!) y más atractivas que los clásicos, en un principio.

Problema: La obligatoriedad. El instituto es una cárcel, y las lecturas obligatorias son trabajos forzados que imponemos a los alumnos en castigo a crímenes que jamás cometieron. Así no se enseña, así se adiestra, y yo no trabajo con monos ni con perros, sino con personas.

(Inicio) (de posible) Solución: Queremos que lean. Ampliemos el abanico de posibilidades. Un curso en el que misteriosamente tuve cierta libertad de elección de las lecturas de mis grupos, no elegí una lectura por trimestre. Les seleccioné unas cincuenta obras de los más diversos géneros: terror, policíaca, de misterio, de aventuras, histórica, fantástica, romántica. Eran muy dispares en cuanto a su calidad y a su profundidad, pero es que en un aula de treinta alumnos hay treinta mentes muy dispares en intereses, en nivel intelectual, en capacidad de concentración. Supone algo más de trabajo para mí, pero hubo alumnos que leyeron más obras de las que tenían encomendadas (una por trimestre) y, al finalizar el curso, algunos me pidieron que les hiciese otra selección, por géneros, para el verano. Esta vez casi todos se leyeron los libros en lugar de buscar el resumen en El rincón del vago o en la Wikipedia o ver la película.

Sé que la lectura, con seguridad, tiene pocas aplicaciones prácticas en la vida para un ciudadano medio (como la música, la historia o la física cuántica). Pero aquí no estamos hablando de utilidad. Las matemáticas, la física, la medicina, hacen que la vida pueda existir y ser duradera. La literatura, la música, el cine, hacen que sea apetecible tener una vida y que sea larga.

Queremos que lean porque a nosotros leer nos ha hecho disfrutar y crecer intelectualmente. No los alejemos, entonces, a latigazos de los libros.

En La Lengua:

Sobre los tiranos (y Rajoy)

2 de August de 2012


Antígona, por Frederic Leighton.

De las cosas que más disfruto leyendo literatura clásica griega, una es que se descubre que el hombre siempre ha sido igual. Siempre ha estado sujeto a sus bajos instintos —incluido el lucrativo—, con arranques episódicos de heroísmo o mezquindad extrema. Ignoro si será un defecto cultural, pero parece prácticamente imposible inventar mitos y personajes totalmente originales: lees a los clásicos y todo está ahí.

Tengo como lectura de playa Antígona, de Sófocles (normalmente en la playa no duro mucho tiempo, así que no llevo libros de muchas páginas, que reservo para casa). Encuentro una cita sobre el dinero que podría haber sido escrita hoy mismo, aunque esta obra se representó por primera vez hace 2444 años.

CREONTE.— […] Ninguna institución ha surgido peor para los hombres que el dinero. Él saquea ciudades y hace salir a los hombres de sus hogares. Él instruye y trastoca los pensamientos nobles de los hombres para convertirlos en vergonzosas acciones. Él enseñó a los hombres a cometer felonías y a conocer la impiedad de toda acción.

Antígona es la tragedia sobre la heroína del mismo nombre que, desobedeciendo un mandato del tirano Creonte, decide enterrar a su hermano según los ritos tradicionales. A Polinices, el hermano, lo habían declarado traidor a Tebas y por lo tanto se ordenó que su cadáver fuese dejado a la intemperie, para que fuese alimento de los buitres y los perros (recordemos que Aquiles quiso hacer lo mismo con Héctor, por haber matado a su amigo Patroclo, aunque luego las lágrimas de Príamo lo enternecieron y dejó que se llevara el cadáver).

La hermana decide desobedecer a Creonte y dar un entierro digno a Polinices, aun sabiendo que con ello se está condenando, dado que el tirano había advertido de que si alguien desobedecía la orden sería condenado a muerte.

Antígona, tras debatirse entre la obediencia a la ley, representada por el tirano, y la piedad hacia su hermano —que, además, entiende como un respeto a las leyes divinas, superiores a las del hombre—, inicia los rituales funerales y es capturada y llevada ante Creonte, que determina su ejecución.

Desde aquí empieza lo mejor de la trama. Antígona declara que asume su castigo sin reservas, puesto que ha actuado sabiendo que, si no enterraba a su hermano como es debido, la vida sería peor que la muerte. Además, como ella declara, casi todos los ciudadanos tienen la misma opinión que ella, solo que no se atreven a decirla delante del rey por miedo al castigo.

Para terminar de redondear el culebrón que constituyen gran parte de las tragedias de Sófocles (Antígona y su hermana son hijas del anterior rey de Tebas, Edipo, sí, el mismo que asesinó a su padre y se casó con su madre y que da nombre a la tragedia más conocida del autor), Antígona está prometida a Hemón, hijo de Creonte. Hemón, por principio, acata la sentencia de su padre que lo dejará sin prometida —a diferencia de los españoles, los héroes de las tragedias griegas clásicas saben que el respeto a la legalidad es, en principio, siempre bueno para toda la comunidad—. Sin embargo, el amor que profesa hacia Antígona, y el pensamiento de que lo que ordena su padre es una ofensa para los dioses, como opina todo el pueblo, le hacen mantener una agria discusión con el tirano, que acaba cuando el joven abandona el palacio muy contrariado. Aquí empieza la analogía con el actual presidente de nuestro Gobierno.

HEMÓN.— […] Y, si yo soy joven, no se debe atender tanto a la edad como a los hechos.
CREONTE.— ¿Te refieres al hecho de dar honra a los que han actuado en contra de la ley?
HEMÓN.— No sería yo quien te exhortara a tener consideraciones con los malvados.
CREONTE.— ¿Y es que ella no está afectada por semejante mal?
HEMÓN.— Todo el pueblo de Tebas afirma que no.
CREONTE.— ¿Y la ciudad va a decirme lo que debo hacer?
HEMÓN.— ¿Te das cuenta de que has hablado como si fueras un joven?
CREONTE.— ¿Según el criterio de otro, o según el mío, debo yo regir esta tierra?
HEMÓN.— No existe ciudad que sea de un solo hombre.
CREONTE.— ¿No se considera que la ciudad es de quien gobierna?
HEMÓN.— Tú gobernarías bien, en solitario, un país desierto.

La analogía con nuestro presidente está clara. Alguien que, como Creonte, en principio gozaba con el beneplácito del pueblo, o al menos con sus votos, emprende unas acciones que el pueblo entiende como perniciosas no solo para él, sino para instancias superiores (en nuestro caso, y mi opinión, contra el estado del bienestar). Cuando se le afea la conducta, declara que el país es suyo y que lo lleva a cenar cuando quiera (o, dicho de otra forma, “haré lo que tenga que hacer, aunque haya prometido lo contrario, aunque la gente me haya votado en base a esas promesas que no voy a cumplir”). La mayor parte de la gente está en contra (según las últimas encuestas, ni sus votantes están de acuerdo con los recortes aplicados exclusivamente a los trabajadores, parados y pensionistas), pero no se atreven a decírselo por miedo a un castigo severo (están en el horno las leyes que castigarán manifestaciones públicas no deportivas y opiniones contrarias al Gobierno en internet).

No hemos inventado nada, pero eso no es lo peor: lo peor es que hemos aprendido menos todavía.

Un último apunte. Creonte, sabedor de que condenar a Antígona a la lapidación sería no solo injusto, sino además afrentoso para los dioses, decide que sea enclaustrada en una cueva con provisiones para pocos días, para que fallezca de inanición o, como él dice en un gesto de cinismo, que sea salvada por el dios Hades. Así se lava las manos, a lo Pilatos, y se quita responsabilidad sobre la horrible muerte de la joven. ¿No suena a que todo esto no lo hace él porque quiere, sino obligado por los «mercados», por Merkel, o por la necesidad de salvar el sacrosanto euro? A mí sí.

El amor

2 de April de 2012

Cierto era que me había sentido mejor durante estos quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el camino desatinaba como un loco, respingaba como un azogado, y a veces hasta en sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza), me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé a hablar con Polina en voz alta, dando mucho que reír a mis compañeros de viaje. Y ahora, una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero? Y una vez más no supe qué contestar; o, mejor dicho, una vez más, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en que hubiera dado media vida por estrangularla. Juro que si hubiera sido posible hundirle un cuchillo bien afilado en el seno, creo que lo hubiera hecho con placer. Y, no obstante, juro por lo más sagrado que si en el Schlangenberg, en esa cumbre tan a la moda, me hubiera dicho efectivamente: «¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto, y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera u otra había que resolver aquello. Ella, por su parte, lo comprendía perfectamente, y sólo el pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba seguro, le producía extraordinario deleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tan discreta e inteligente como es, permitirse tales intimidades y revelaciones conmigo? Se me antoja que hasta entonces me había mirado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba en presencia de un esclavo suyo, considerando que no era hombre. Sí, muchas veces me consideraba como si no fuese hombre…

F. M. Dostoyevski, El jugador.

Por mucho que la mejor fama entre los escritores realistas la tengan los franceses, los ingleses, y aquí, en parte por nuestro chovinismo, los españoles, yo creo que en la descripción de los sentimientos los rusos son los amos indiscutibles.

Vacuna contra los libros (2)

28 de February de 2012

En un principio, iba a escribir un segundo y último artículo sobre esto (que me está llevando, como sabéis, más de lo previsto), pero en el primero ha aparecido un comentario, firmado por Alumna, que no puedo dejar pasar, y que quiero compartir con vosotros:

Soy alumna de segundo de bachillerato, y apasionada de los libros. Los devoro, y leo hasta desgastarlos. A veces, me contento con simplemente sentarme delante de la estantería y contemplarlos, recordando lo que sentí al leer cada uno de ellos, cada personaje, cada historia. Defiendo firmemente el libro de papel, el acariciar el lomo en profunda concentración, el aferrarse a las páginas en los momentos de mayor tensión, el no dejar de leer hasta no llegar a una página que termine con un punto…

Sin embargo, mi comentario va dirigido a las “lecturas obligatorias” de colegios e institutos (remarco las comillas, ya que lo que es obligatorio realmente es la visita a El rincón del vago por parte de gran parte de los estudiantes). Creo firmemente en el fracaso de este sistema. Una minoría sí que aprovecha estas lecturas, pero el sentimiento general es de rechazo. Precisamente por la obligatoriedad de la situación. Y los fatídicos controles de lectura. Pocas cosas son tan angustiosas como enfrentarte a un tomo del Quijote, sabiendo que -además de los múltiples exámenes que tienes ese mes- debes leer esa historia en español antiguo y arcaico, en un tiempo limitado, presionado por el deber de completar un trabajo, o acordarte de todos los personajes y situaciones para el examen. Desde pronta edad -al menos en mi caso- me han obligado a hacer las tortuosas fichas de lectura que me hicieron aborrecer los libros que me prestaban en el colegio. Poco después, en el instituto nos hacían leer libros de dudoso interés para mocosos de 12 años acostumbrados a la televisión, internet y videojuegos. Mi estantería consta de dos partes: las lecturas del instituto, libros seminuevos, leídos quizá dos veces con vistas a un examen; y MIS libros, desgastados por el uso, aprendidos de memoria con una sola lectura, leídos y vividos, recomendados, prestados, alabados…

Me estoy enrollando mucho, y la idea es simple. ¿Los jóvenes leen? No voy a entrar a discutirlo. Pero -quitando algunos afortunados casos, como el mío, en el que me lo inculcaron en casa desde que nací- nadie nos enseña a amar la lectura. Nos enseñan a tragar un texto, y a escupirlo sin digerir, como afirmaba Montaigne.

¿Queremos que los jóvenes lean? Sí. ¿Por qué no lo conseguimos? Porque imponemos (se nos impone, más bien) libros que no captan la atención. ¿Cómo conseguirlo? Seguro que si se propusiera como lectura opcional -a defender oralmente, en un debate, por ejemplo- “El señor de los anillos”, “Crepúsculo” o “Harry Potter”, el porcentaje de participación sería mucho mayor. ¿Realmente importa que sea literatura española o traducida? Bueno, propongamos lecturas españolas “El origen perdido”, de Matilde Asensi; “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, “La sangre de los inocentes”, de Julia Navarro… Si me hubieran pedido leer alguno de ellos en el instituto, habría realizado los trabajos con el doble de entusiasmo.

Poco más tengo que añadir a esta reflexión. Por parafrasear un capítulo de Los Simpsons, si todos los alumnos fuesen como ella, no necesitaríamos el cielo… ya viviríamos en él.

Para que estéis entretenidos mientras termino el siguiente y último —creo— artículo sobre el tema, os dejo con un certero artículo sobre los problemas de la educación en nuestros país y cómo (no) solucionarlos: Los antigripales de la educación, del blog Lógica Mente. Disfrutad.

En La Lengua:

Vacuna contra los libros (1)

7 de February de 2012

Por qué queremos que los niños lean


Don Quijote de La Mancha, en una versión en papel, otra para iOS (iPad) y otra para el sistema operativo Android (Samsung Galaxy). Marcados, los tres, en la misma página.

¿Por qué queremos que los niños lean? ¿Y por qué consideramos, a veces de manera hipócrita y con un criterio ciertamente —o aparentemente— esnob, que la gente que lee es más distinguida, más culta y más interesante?

Sería muy largo intentar descubrir aquí por qué pasa esto. Es cierto que, durante casi toda la historia de la humanidad —no hablo de la prehistoria, por supuesto—, ha habido varios factores que han proporcionado esta aura de distinción a la palabra escrita. En el principio de los tiempos, la escritura era una cosa bastante cara: los escribas eran gente preparada, y muy escasos, y sus servicios costaban dinero, aparte del coste de los materiales de escritura, que debía de ser bastante elevado aun después del invento del papel, puesto que no existían las estructuras industriales para fabricarlo a gran escala. Salvo excepciones, solo se escribía lo importante, lo que era digno de ser recordado. Esto, por desgracia, nos ha privado a los filólogos, frecuentemente, del verdadero idioma de los antiguos.

Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el latín, conocido y estudiado, sobre todo, en los grandes discursos y obras literarias que nos legaron personas como César, Salustio, Ovidio o Virgilio, y despreciado en su manifestación mayoritaria y espontánea, el tildado de latín vulgar. Este latín se consideraba un latín bajo y descuidado, cuando no erróneo: el hablado por los soldados, los comerciantes y los esclavos. Hoy en día la óptica ha cambiado, pues, después de todo, ¿quién representa más fielmente un idioma? ¿Millones de soldados y comerciantes, o un puñado de aristócratas educados en escuelas selectas? Si, dentro de dos mil años, se estudia el castellano del siglo XX, ¿cómo podrá el ser humano del futuro hacerse una mejor idea de qué hablaban los españoles, leyendo a Valle-Inclán o viendo concursos de televisión? Aunque está lejos de mi intención defender los concursos, todos sabemos la respuesta. Un lingüista, si aspira a ser lejanamente reconocido como una especie de científico —aunque sea adulterado—, no le dice al idioma lo que debe ser, sino que lo describe, igual que un entomólogo no dice a una hormiga cómo debe actuar, sino que describe fielmente su comportamiento.

Pero volvamos a lo nuestro. Los libros tienen una especie de no sé qué poder mágico que infunde respeto, o al menos cierto temor atávico, por las personas que los consumen. Son portadores de cultura y de inteligencia. Hoy el paradigma, y creo que acertadamente, está cambiando: esas cosas podemos conseguirlas fácilmente por otros medios, muy al alcance de cualquiera: documentales, películas, conciertos, videojuegos, museos y viajes. Una persona puede ser muy culta sin ser un lector habitual. No estoy siendo irónico. Es cierto que la experiencia y el modo de asimilar los significados difiere dependiendo del medio por el que se obtengan, y que la experiencia de la lectura de un libro estimula partes de nuestro cerebro que no estimula la música, pero lo mismo podría decirse al revés. Psicólogos tiene la Iglesia para poner datos y cifras a lo que digo, pero creo que todos estaréis de acuerdo. La literatura, sin embargo, sigue estando ahí, ha sobrevivido a muchas otras formas de entretenimiento antiguas, y probablemente seguirá existiendo cuando la televisión sea un concepto anticuado. Parece que llevamos las letras en el ADN (recomiendo, para estas cuestiones, la lectura de El instinto del lenguaje, del psicólogo Steven Pinker).

Hay quien piensa que la literatura va a morir o transformarse enormemente, con esto de los libros electrónicos. Parecen olvidar que, en casi la totalidad de su existencia, las historias no se han transmitido sobre hojas de papel, sino de boca a oído, pues muy pocos eran los que tenían libros y sabían leer, y muchos los que sabían historias y las transmitían oralmente. La primera transformación en el soporte (técnicamente, canal) físico de la literatura fue cuando migró mayoritariamente de las ondas acústicas a las palabras impresas en papel. Lo que, no olvidemos, pudo empezar a hacerse a gran escala en Europa con la reinvención de la imprenta hacia mediados del siglo XV; y digo reinvención porque en China se conocía ya el concepto de imprenta de tipos móviles desde un puñado de siglos antes.

Si la literatura no murió al preferir el papel al aire, estoy seguro de que no morirá cuando prefiera la tinta electrónica a la que se imprime sobre cadáveres arbóreos.

¿Nos hacen mejores los libros? Este estudio —el primero que he encontrado—, encuentra una relación clara entre el número semanal de libros leídos y el cociente de inteligencia no verbal: de una muestra, el 30,9% de los niños que leían cuatro o más libros semanales estaba entre el 25% de los que habían obtenido un mejor resultado en el test de inteligencia no verbal (vuelvo a resaltar el adyacente «no verbal»), mientras que solo un 15,6% de los niños muy lectores se situaban en el cuarto inferior. Esto delata a las claras que la lectura es buena no solo para el vocabulario ni el razonamiento verbal, sino para tipos de inteligencia que poco o nada tienen que ver con las palabras. Los libros nos hacen más inteligentes: no es un mito, sino lo que nos dicen los datos científicos.

¿Cuánto leen nuestros niños y jóvenes? En principio, los elevados datos de lectura juvenil pueden precipitarnos en una conclusión optimista, pero errónea: a partir de la mitad de la veintena, los números caen. Lo que sucede, a mi entender, es que los jóvenes leen porque los profesores lo mandamos, y cuando se ven libres de nuestras órdenes —y del influjo mágico y atemorizante que parece ejercer la palabra—, van dejando de leer. Hoy en día, sin embargo, no podemos medir las tasas de lectura simplemente por los libros. Hay decenas de otras fuentes en que la población ejercita su competencia lingüística: subtítulos en las series que nos bajaba (mos) de Megaupload, letra pequeña en los anuncios de televisión, textos en videojuegos, conversaciones en Facebook o artículos en blogs, por ejemplo.

¿Puede compararse la calidad de un blog con la de un libro? Creo que la pregunta es errónea, si no nos dicen el blog y el libro. He leído blogs infinitamente más interesantes y mejor escritos que algunos libros que he tenido la desgracia de leer. El soporte físico no crea la calidad. Una imagen no es mejor por haber sido creada sobre un lienzo en lugar de sobre la pantalla de un ordenador. Una novela de… (piénsese aquí en cualquier autor de escasas cualidades artísticas) no es mejor que el Cantar de Mio Cid, cuya transmisión era eminentemente oral. Tampoco las palabras son mejores por haber sido impresas en lugar de publicadas en la red. No necesariamente, quiero decir.

Queremos que los jóvenes lean, y os aseguro, con conocimiento de causa, que ya leen, y mucho. Lo que pasa es que queremos que lean lo bueno, o lo que nosotros sabemos que es bueno: Homero, Chaucer, Cervantes, Shakespeare, Tolstói, J. R. Jiménez, García Márquez. No es porque nosotros lo consideremos bueno porque es de nuestra época: de hecho, casi todos los autores citados murieron años o milenios antes de mi nacimiento. Es porque hemos aprendido a apreciarlos. Nos lo hemos pasado demasiado bien con ellos, han abierto esclusas en nuestras mentes, nos han hecho sonreír y emocionarnos.

Yo, que no soy el mejor profesor del mundo, que no estoy ni siquiera entre los mejores profesores de Literatura de mi ciudad, he conseguido que chavales de once años se rían sin poder controlarse con el Lazarillo de Tormes, escrito hace unos quinientos años. Y con el Quijote (cuatrocientos). Queremos que los jóvenes lean, y que lean cosas buenas. ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Cómo podemos conseguirlo?

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