Ars longa, vita brevis

Dos inquietudes

11 de February de 2010

Una, sobre el rencor:

Es muy triste que el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién no tiene algo de podrido en el alma?

Y dos, sobre los prejuicios maritales racistas y clasistas:

[...] le recomiendo que tenga usted cuidado con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con individuos de cabeza redonda.
Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sería menos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas cuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos, porque no atienden más que a sus sentimientos.
Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de su pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:
—Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.
—Eso no importa —contestó la muchacha—. Gracias a Dios, en mi familia ha habido también muchos ahorcados.
Realmente, esta muchacha discurría muy bien.

Pío Baroja, Las inquietudes de Shanti Andía. Leyéndolo que estoy en la estupenda aplicación Stanza para iPhone y iPod Touch.

Ya he leído unos cuantos cientos —o miles— de páginas de Baroja, y aún no he lamentado una sola. Este sí era un tipo inteligente.

Tiempo perdido

3 de August de 2009

Uno:

Mi madre se vio forzada a interrumpirse, pero sacó de esa obligación un pensamiento delicado más, como los buenos poetas a quienes la tiranía de la rima obliga a descubrir las mayores bellezas [...]

Dos:

Pero, ¿qué quiere decir eso? ¿Acaso un hombre no vale tanto como otro? ¿Qué importa que sea duque o cochero, si tiene inteligencia y corazón?

Tres:

Yo no apartaba los ojos de mi madre pues sabía que, cuando estuviéramos a la mesa, no se me iba a permitir quedarme todo el transcurso de la comida y, para no contrariar a mi padre, mamá no iba a dejar que la besara varias veces delante de todo el mundo, como si estuviéramos en mi cuarto. Así es que me prometía, en el comedor, cuando se iniciara esa comida y yo sintiera acercarse la hora, hacer de aquel beso breve y furtivo todo lo que pudiera hacer con él solo, elegir con la mirada el lugar de la mejilla que iba a besar, preparar mi pensamiento para poder, gracias a ese comienzo mental de beso, consagrar todo el minuto que mamá iba a concederme sentir en su mejilla contra mis labios, como un pintor que sólo obtiene breves sesiones de pose y que prepara su paleta haciendo por adelantado, con el recuerdo y las notas, todo aquello para lo que, en verdad, podía prescindir de la presencia del modelo.

Cuatro:

[...] como me enteré más adelante, una angustia semejante fue la tortura de largos años de su vida, y quizá nadie hubiera podido comprenderme tan bien como él; pero a él, esa angustia que experimentamos al sentir que un ser que amamos está en un sitio de placer donde no estamos y al que no podemos ir, se la hizo conocer el amor, al cual está en cierto modo predestinada, por el cual será acaparada, especializada [...]

Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, I: Del lado de Swann.

Lee a Poe

3 de April de 2009

poe

Situación: examen de Lengua castellana y literatura para unos alumnos de 2.º de la ESO, en que uno de los contenidos evaluables era el cuento literario. Aunque les había leído en clase El inmortal, de Borges, y lo habían disfrutado como enanos que son, el vocabulario preciosista del maestro argentino era demasiado para unas jóvenes mentes en tensión –cuando se lo leí, fui improvisando sinónimos para esquivar el complicado estilo del segundo gran rapsoda ciego de las letras universales–. Quería ponerles un texto que les llamase la atención de alguna manera, y no solo un montón de letras que se juntan para decidir su suerte. Un texto que les dijera algo, en otras palabras. Me decidí por el sobrecogedor inicio de El corazón delator, del desgraciado Edgar Allan Poe, en la clásica traducción al castellano de Julio Cortázar:

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí, se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Empezamos bien, porque enseguida relacionaron el título del relato con un episodio de Los Simpsons en que Lisa esconde el diorama que ha hecho su compañera y rival, y al final confiesa su crimen, agobiada por los latidos de ese espantoso corazón. Los Simpsons son como un millón de monos escribiendo a máquina durante un millón de años: si les das el tiempo suficiente, te sirven para que a los alumnos les suenen Hamlet, la Odisea, Cervantes, El cuervo de Poe o Whalt Whitman (todos estos casos son reales y aparecen en la serie).

No solo por la serie de dibujos animados, sino también por el tema tratado, el relato les picó en su joven curiosidad. Me pidieron que al día siguiente no se me olvidase traer el libro y les terminara de contar el cuento. Uno de los alumnos terminó pronto el examen –es de los que tradicionalmente han sido considerados alumnos malos, por cosas como esta–. Así que, para que no estuviese el resto de la hora aburrido o molestando a sus compañeros, le presté el volumen y le pedí que leyese para sí El gato negro, otro de los relatos en que un loco se deja llevar por sus delirios homicidas. Quince minutos después, el alumno de delante de él se levantó y me entregó su examen. Al volver a su sitio, disimulando para que no lo viese (en mis exámenes está terminantemente prohibido hablar, y debéis sorprenderos, porque no es norma general en estos tiempos aciagos), aprovechó el movimiento de sentarse para decirle en voz baja al otro: «¿Está guapo?» Su compañero, levantando del libro solamente los ojos, y con una mirada cómplice, asintió con la cabeza.

Es una opinión personal, lo sé, pero creo que la literatura es el mayor invento de la humanidad. Hemos sido capaces de agarrar algo malo a priori –la mentira– y convertirlo en algo que ha sido bueno durante miles de años. ¿Cómo nos las hemos arreglado los profesores de Lengua y literatura para convertirlo en una de las asignaturas más aburridas, pesadas, odiadas y difíciles de aprobar? ¿Por qué no somos capaces de reflejar en nuestros alumnos a ese mocoso que fuimos un día, que lo pasaba tan bien leyendo historias de miedo o de hidalgos locos que decidió dedicar el resto de su vida a este noble arte? Creo que tengo parte de la respuesta.

La literatura es importante y se enseña en las escuelas porque es arte, y como es arte, es hermoso y divertido. Mejor dicho, como es hermoso, divertido e inútil, es arte. Como es tan importante por ser un arte, estudiamos multitud de cosas que vuelan alrededor de ella: nombres, fechas, movimientos, recursos estilísticos. Con el tiempo y la madurez, cuando dejamos de ser jóvenes y nos convertimos en profesores al uso, olvidamos que lo importante es lo que está en el suelo y que las cosas que están encima son únicamente polvo suspendido en el aire. Hay y ha habido y habrá millones de borrachos en el mundo; ¿por qué nos debe interesar la borrachera de Poe? ¿Y es que Cervantes fue el único que quedó manco en Lepanto? Hubo otros miles o millones de soldados que sufrieron mutilaciones más macabras, y aunque nuestro Miguel fue sin duda un héroe, heroicidades más grandes se cometieron, seguro. Y Góngora fue cura, y eso no me importa ni a mí, que tengo la obligación de enseñarlo. ¿Por qué iba a interesar a los peques que amontonamos en esas sillas verdes? Pero cuando tengan edad suficiente para interesarse por los acertijos, explícales el laberinto donde espumoso el mar sicilïano/ el pie argenta de plata al Lilibeo/ (bóveda o de las fraguas de Vulcano/ o tumba de los huesos de Tifeo), [...] y, si les puedes transmitir la misma belleza misteriosa que tú conoces, verás cómo se quedan con la boca abierta. Y si eres profesor de Física, antes de aburrirlos con las leyes de Newton, cuéntales la anécdota apócrifa de la manzana, o mejor aún, explícales el tirachinas gravitatorio (ignoro el nombre en castellano) que permite que un planeta inerte nos sirva para decidir la trayectoria de una nave de millones de toneladas sin gastar un gramo de combustible. Y, solo después, háblales de la leyes de Newton (o de que Góngora fue cura). Lo sé: son dos casos que nos llevan a una paradoja. Lo importante no es el tirachinas gravitatorio, sino la ley de atracción de las masas, y al revés, lo importante no es que don Luis fuera cura sino que escribió el Polifemo. Sin embargo, en ambos casos, de lo que se trata es de mostrarles que lo que enseñamos es algo real, no un dato escrito en un libro, y que puede afectarles en su vida, ya sea en su interacción con otros cuerpos –o planetas, llegado el caso– o en su ocio personal.

Prefiero que no sepan a quién dedicó Poe sus versos, y que algún día, en el futuro, se encuentren casualmente con uno de sus volúmenes de cuentos y piensen «mira, recuerdo que un día el profesor nos leyó El corazón delator y fue alucinante; veamos si hay algo más», a que me escupan en un examen dos nombres y diez fechas y que más tarde, tras acabar la enseñanza obligatoria, cuando se encuentren con ese objeto feo compuesto por unos cuantos gramos de árboles muertos, hagan una mueca de terror y griten, alejándose: Nevermore!

Los molinos atacan

16 de March de 2009

molinos

Si los molinos de viento se vuelven contra nosotros, who you gonna call? No, no llamarás a los Cazafantasmas. Haz clic aquí para saber la respuesta. Precioso homenaje, en mi opinión, al primer superhéroe de los patosos.

Metáforas (II, o algo parecido)

17 de February de 2009

Leído este interesante artículo de Eduard Punset. Al parecer, hace ya 50.000 años que los seres humanos aprendimos a utilizar la analogía para entender y expresar algo mejor la realidad, aunque el ejemplo utilizado por Punset, «¡Mi hijo es más fuerte que el hierro!», no sea estrictamente una metáfora sino un símil, literariamente hablando. No obstante, los mecanismos son parecidos: advertimos una semejanza entre aquello de lo que hablamos (R) y algo de lo que no estamos hablando en realidad (I) y establecemos una relación lingüística con determinada fuerza expresiva.

Si decimos «Estás fuerte como un roble», entonces estamos empleando un símil. Si, «Mi hijo está hecho un roble», una metáfora. En el primer caso, comparamos; en el segundo, identificamos; pero estoy convencido de que el mecanismo neurológico es el mismo. Doctores y psicolingüistas tiene la Iglesia para aclararnos las ideas.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez estructura la historia de la estirpe de los Buendía como si se tratase de una rueda que va girando, pasando cada cierto tiempo por el mismo sitio, y sufriendo un desgaste en su eje que hace que cada vuelta difiera un poco de la anterior. Cuando el mismo narrador lo explica, casi al final, la belleza que contemplamos se acerca al absoluto. Estoy convencido de que también somos capaces de advertir esa beldad merced a la selección natural.

También las analogías, supongo, permitieron a Newton comparar la caída de un fruto de un árbol con la inercia de los gigantescos astros. La diferencia entre la ciencia y la literatura creo que es nimia: simplemente, la ciencia es verdad, y la literatura es mentira, pero una mentira preciosa.

Nabokov dijo: «La literatura no nació el día en que un chico gritó que venía el lobo cuando era cierto. La literatura nació el día en que el chico gritó que venía el lobo, y se lo estaba inventando para divertirse». La cita no es literal.

Ciencia y literatura: me resulta inconcebible una humanidad sin alguna de las dos. Al menos, una que merezca un poco la pena.

En La Lengua:

Brooklyn Follies

12 de January de 2009

Este es el primer, y hasta ahora, único, libro que he leído del famoso y premiado autor de best sellers (y no obstante respetado) Paul Auster. Un par de compañeros del Departamento de Filosofía me lo había recomendado, y a pesar de que desconfío de los escritores vivos –y de los recientemente muertos–, lo vi en la estantería y me hice con él.

A decir verdad, me ha dejado un poco frío. Por eso mismo, voy a empezar por lo bueno. La narrativa es bastante ágil, y es al menos un libro que se lee sin una mueca de desagrado en la cara, lo que, dados los tiempos que corren, no es poco. Los ritmos están bien trabados y la historia corre con agilidad; los personajes son creíbles, simpáticos cuando tienen que serlo y antipáticos cuando toca. No tiene una estructura nada vanguardista, y casi en su totalidad el tiempo de la narración es lineal, con algún que otro flashback metido aquí y allá y alguna breve digresión. Esto del tiempo, por supuesto, no constituye en principio un defecto ni una virtud, pero alegrará a los amigos de los libros que se leen rápido, una especie de consumidores de literatura de McDonald’s, que no es que sean los lectores más críticos del mundo, pero al menos leen. Y eso, me da igual que sea políticamente incorrecto decirlo, la lectura, decía, eleva siempre el nivel intelectual de una persona, o al menos lo ejercita en una práctica sana para la mecánica del cerebro.

La trama: un corredor de seguros, recientemente jubilado por un cáncer del que parece haber salido de rositas, decide alquilar un apartamento en el neoyorquino barrio de Brooklyn para esperar la muerte, y mientras tanto entregarse a una gran obra personal: el Libro del desvarío humano. En él piensa contar las estupideces que recuerda haber oído, presenciado o protagonizado. Prácticamente desde que pone los pies en su nuevo hogar, una serie de casualidades hace que su plan de espera de la parca sea totalmente distinto de lo que había imaginado, y descubre que morir suele ser mucho más complicado y divertido de lo que cabría esperar. Durante el tiempo que vive en Brooklyn conoce a interesantes personas y personajes, y se reencuentra y desencuentra inesperadamente con familiares a los que había perdido la pista. Vuelve a ver a su sobrino Tom, un brillante universitario, experto en literatura norteamericana, convertido en un fofo taxista sin mayores pretensiones que producir filosofía barata; conoce a Harry, un homosexual dueño de una librería de ejemplares únicos que esconde un oscuro y sorprendente pasado; su sobrina-nieta, Lucy, aparece un buen día de no se sabe dónde y se niega a pronunciar palabra; descubre a la Bella y Perfecta Madre, una joven mujer del barrio por la que su sobrino Tom siente una devoción casi religiosa. Estos y otro puñado de personajes se entrelazan en una historia de múltiples ramificaciones que conducen a un final el fatídico día 11 de septiembre de 2001, más propio del cine que de la literatura. No en vano, Auster es, además de escritor, guionista de cine, e incluso ha dirigido alguna que otra película.

Lo malo: me ha decepcionado, dadas las expectativas. Es lo que sucede cuando te ensalzan demasiado algún producto. La historia no me ha parecido imaginativa en exceso, y el final es tan previsible que, de lo previsible que es, casi no te lo esperas: te quedas con una cara como de «releches, al final todo sale como parecía que iba a salir». No me ha parecido un autor de un verbo demasiado original ni personal, sino que explota el típico estilo novelístico estadounidense del no-estilo, es decir, huyendo de retorcer el lenguaje, de explorarlo y explotarlo, de exprimirlo y deformarlo para transformarlo en una materia prima única. Esto, como ya he apuntado más arriba, aunque haga que el estilo carezca de originalidad, sin embargo hace que su lectura sea bastante facilona. No, esto último, repito, no es un defecto en sí. Pero no puede evitar que la novela parezca uno de tantos superventas que se aplastan unos sobre otros en las estanterías de cualquier tienda de un aeropuerto.

De todas maneras, y dado que he pasado unos buenos ratos con este libro, le daré otra oportunidad a Paul Auster, empezando su famosa trilogía de Nueva York, que creo que es la obra que más fama le ha reportado. Ya veremos si, en opinión de un indocumentado servidor, la fama es merecida o no. Resumiendo: ¿Lo recomiendo? Sí, para casi todo el mundo. ¿Debéis esperar encontraros con una novela única? Decididamente, no.

La piel desnuda

26 de December de 2008

–La piel desnuda, Nathan. Ésa es la única cosa por la que vale la pena vivir.
–Una de las cosas, en todo caso, te lo reconozco.
–Si se te ocurre algo mejor, dímelo.

Paul Auster, Brooklyn Follies.

El Planeta

11 de November de 2008

El inmenso Fernando Savater, preguntado por su reciente novela ganadora del premio Planeta:

En mi caso, la cosa fue así. El año pasado y el anterior, cuando se acercaba la fecha del Planeta, se hablaba de mí como finalista y casi seguro ganador. ¡Y no había presentado ninguna novela al concurso! De modo que pensé: si quedo finalista sin novela, con novela gano seguro. Et voilá!

La entrevista completa en El Mundo.

Noche canalla

27 de October de 2008

Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.

Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.

La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.

Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.

A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.

Poema de Javier Egea.

Ilión I: El asedio

7 de October de 2008

Llevaba tiempo leyendo sobre esta novela de Dan Simmons, y el tema mezclaba dos de los asuntos literarios que me apasionan: la ciencia ficción y la epopeya clásica griega, en concreto la inmortal Ilíada de Homero.

La trama central consiste en que en un futuro bastante lejano –a nuestra era la llaman la edad perdida–, y en Marte, se está produciendo la mítica guerra de Troya. Y no con marcianos, o al menos no con marcianos verdes y con antenas: son hombres, los mismos héroes de la gran Obra, Aquiles, Héctor, Agamenón, Menelao, Paris y los dos Áyax; y además, también, como en la Ilíada original, intervienen los dioses de la misma forma en que lo hacen en el poema homérico. Sí, los dioses del Olimpo marciano, que por cierto viven en el monte Olimpo de Marte, el volcán más impresionante del sistema solar, con sus veintisiete kilómetros de altitud, se comportan igual que los antiguos dioses helénicos: son caprichosos, violentos, lujuriosos y tremendamente poderosos, como niños malcriados. Pero no son dioses: son una extraña especie denominada post humanos con forma de hombre y de mujer, pero con dos metros y medio de estatura (aunque Zeus es un poco más alto), increíblemente fuertes y guapos, y casi inmortales.

Un pequeño grupo de hombres del siglo XX y principios del XXI, los escólicos (estudiosos de las obras de Homero), han sido teleportados en el tiempo y el espacio por los dioses post humanos para documentar los sucesos de la Ilíada marciana y comprobar que todo sigue su curso previsto. Ni siquiera los dioses, a excepción de Zeus, saben lo que va a suceder; solo los escólicos, y tienen prohibido comunicarlo al resto de las deidades, así como intervenir en la contienda más que como observadores. Los escólicos tienen, aparte del poder de teletransportarse, la capacidad de morfearse para adoptar el aspecto de cada uno de los humanos que participan en la lucha.

Dos tramas secundarias se entrecruzan con la principal. La primera nos cuenta las andanzas de un humano mujeriego que conoce a distintas personas en sus intentos por acostarse con diversas mujeres. Hay que aclarar, llegado este punto, que los humanos de este hipotético futuro tienen unas características algo especiales. No suelen viajar más que en una especie de fax que los trasporta automáticamente de un lugar a otro. El espacio intermedio entre los distintos lugares no les interesa; normalmente, solo conocen un par de kilómetros a la redonda de cada faxpuerto. Además, el número de humanos está limitado a un millón, o eso creen ellos. Viven exactamente cien años terrestres, tras los cuales los post humanos los matan y –una vez más, según su creencia– llevan a una especie de cielo, conocido como los anillos estelares. Si un humano perece por accidente (por ejemplo, comido por un alosaurio recreado por ingeniería genética, y no cuento más), es resucitado en una fermería para seguir su vida hasta los cien, período durante el cual no parecen envejecer demasiado.

La otra trama, que es la que más simpática me ha parecido, nos cuenta la historia de dos moravecs, curiosos robots con partes orgánicas, que son enviados a Marte para saber qué demonios está ocurriendo allí: por qué ahora hay mares, por qué hay tanta energía desprendiéndose del planeta, por qué parece estar plenamente habitado por humanos, post humanos y una extraña turba de hombrecillos verdes, literalmente, que se dedican casi todo el día a tallar y colocar al borde de los mares unas gigantescas cabezas de piedra, al típico estilo Rapa Nui. Esta trama es la que me parece más simpática, decía, porque resulta que los dos moravecs son unos obsesionados con la literatura humana: uno con Shakespeare, especialmente con sus sonetos, y el otro con Marcel Proust y su monumental obra A la busca del tiempo perdido.

Durante sus aventuras, estos dos robots –llamados Orphu y Mahnmut– mantienen diversas conversaciones acerca de sus gustos literarios y de las posibles interpretaciones de sus obras preferidas. Con su pequeña parte humana, intentan comprender qué les fascina tanto a ellos y qué fascinó tanto a los hombres de la edad perdida.

Porque esta obra habla sobre todo de literatura. Tenemos la trama principal, que implica la gran epopeya homérica. Después tenemos las largas charlas entre Orphu y Mahnmut sobre el bardo de Stratford y Proust. Y, por otra parte, el mujeriego protagonista de la segunda trama, coleccionista de mariposas, como Vladimir Nabokov, tiene como objetivo más inmediato beneficiarse a su prima de veinte años, que se llama curiosamente Ada (referencia nada oculta a una de las principales obras de Nabokov: Ada, o el ardor). Además, cuando se encaprichó de Ada, esta tenía solo dieciséis años, lo que nos recuerda vagamente a la joven Lolita de la obra maestra del maestro ruso.

Por lo demás, es una obra que llega a enganchar, especialmente a partir de la segunda mitad, y tiene el típico efecto best-seller que te hace querer seguir leyendo porque al final de cada capítulo te has llevado una sorpresa mayúscula. Y estas sorpresas están muy bien dosificadas. Son 479 páginas que se disfrutan bastante. Hay dos o tres partes más, y de momento esta primera se ha ganado el premio de que quiera hacerme con la segunda, cuya crítica publicaré en su momento.

Y una curiosidad: cuando Mahnmut y Orphu llegan a Marte, tienen que viajar por algún que otro paraje del planeta para llegar a su objetivo, el monte Olimpo. Si a alguien le gusta, como a mí, curiosear por la red los lugares reales en que se sitúan las obras literarias, en Google Mars puede encontrar la localización de varios de los sitios que estos dos simpáticos robots biónicos visitan. Como muestra, aquí tenéis el Valle Marineris –convertido por los post humanos en un inmenso mar– y el monte Olimpo marciano.

Si te gusta la ciencia ficción te gustará, y si te gusta la Ilíada, te encantará (por cierto, hace un par de días me he comprado una en un kiosco por 3,95 €, es el primer número de una colección). Porque, aparte de ir mirando en Google Mars la pequeña odisea que realizan los moravecs, se goza mucho de esta obra teniendo una Ilíada al lado, y comprobando los sucesos que van sucediendo en Ilión. El mismo Dan Simmons se cuida de que los escólicos te indiquen en cuál de los cantos sucede cada una de las escenas que presencian. Ilión, por cierto, era el nombre griego de la ciudad de Troya, de ahí el nombre de esta obra y de la otra en la que se inspira.

No es uno de mis libros preferidos de todos los tiempos, ni mucho menos. Pero he gozado mucho con él. Y os lo recomiendo sin reservas. Cita:

–¿Por qué nos programaron a algunos de nosotros para que tengamos predisposición hacia los libros humanos? –preguntó–. ¿Para qué puede servirle eso a un moravec ahora que la especie humana puede estar extinta?
–Yo mismo me he preguntado eso –dijo Orphu–. Koros III y Ri Po estaban libres de nuestra aflicción, pero debes de haber conocido a otros que estaban obsesionados con la literatura humana.
–Mi antiguo compañero, Urtzweil, leía y releía la versión de la Biblia del rey Jaime –dijo Mahnmut–. La estudió durante décadas.
–Sí –respondió Orphu–. Y yo y mi Proust –tarareó unas cuantas notas de Me and My Shadow–. ¿Sabes qué tienen en común todas esas obras sobre las que gravitamos, Mahnmut?
Mahnmut se lo pensó un momento.
–No –dijo por fin.
–Son inagotables.
–¿Inagotables?
–Inagotables. Si fuéramos humanos, estas obras y novelas y poemas concretos serían como casas que siempre se abrieran a nuevas habitaciones, escaleras ocultas, desvanes por descubrir… ese tipo de cosas.
–Ajá –dijo Mahnmut, sin captar del todo la metáfora.
–No pareces muy contento con el bardo hoy –dijo Orphu.
–Creo que su inagotabilidad me ha agotado –admitió Mahnmut.

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