Ars longa, vita brevis

El amor

2 de April de 2012

Cierto era que me había sentido mejor durante estos quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el camino desatinaba como un loco, respingaba como un azogado, y a veces hasta en sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza), me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé a hablar con Polina en voz alta, dando mucho que reír a mis compañeros de viaje. Y ahora, una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero? Y una vez más no supe qué contestar; o, mejor dicho, una vez más, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en que hubiera dado media vida por estrangularla. Juro que si hubiera sido posible hundirle un cuchillo bien afilado en el seno, creo que lo hubiera hecho con placer. Y, no obstante, juro por lo más sagrado que si en el Schlangenberg, en esa cumbre tan a la moda, me hubiera dicho efectivamente: «¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto, y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera u otra había que resolver aquello. Ella, por su parte, lo comprendía perfectamente, y sólo el pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba seguro, le producía extraordinario deleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tan discreta e inteligente como es, permitirse tales intimidades y revelaciones conmigo? Se me antoja que hasta entonces me había mirado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba en presencia de un esclavo suyo, considerando que no era hombre. Sí, muchas veces me consideraba como si no fuese hombre…

F. M. Dostoyevski, El jugador.

Por mucho que la mejor fama entre los escritores realistas la tengan los franceses, los ingleses, y aquí, en parte por nuestro chovinismo, los españoles, yo creo que en la descripción de los sentimientos los rusos son los amos indiscutibles.

Vacuna contra los libros (2)

28 de February de 2012

En un principio, iba a escribir un segundo y último artículo sobre esto (que me está llevando, como sabéis, más de lo previsto), pero en el primero ha aparecido un comentario, firmado por Alumna, que no puedo dejar pasar, y que quiero compartir con vosotros:

Soy alumna de segundo de bachillerato, y apasionada de los libros. Los devoro, y leo hasta desgastarlos. A veces, me contento con simplemente sentarme delante de la estantería y contemplarlos, recordando lo que sentí al leer cada uno de ellos, cada personaje, cada historia. Defiendo firmemente el libro de papel, el acariciar el lomo en profunda concentración, el aferrarse a las páginas en los momentos de mayor tensión, el no dejar de leer hasta no llegar a una página que termine con un punto…

Sin embargo, mi comentario va dirigido a las “lecturas obligatorias” de colegios e institutos (remarco las comillas, ya que lo que es obligatorio realmente es la visita a El rincón del vago por parte de gran parte de los estudiantes). Creo firmemente en el fracaso de este sistema. Una minoría sí que aprovecha estas lecturas, pero el sentimiento general es de rechazo. Precisamente por la obligatoriedad de la situación. Y los fatídicos controles de lectura. Pocas cosas son tan angustiosas como enfrentarte a un tomo del Quijote, sabiendo que -además de los múltiples exámenes que tienes ese mes- debes leer esa historia en español antiguo y arcaico, en un tiempo limitado, presionado por el deber de completar un trabajo, o acordarte de todos los personajes y situaciones para el examen. Desde pronta edad -al menos en mi caso- me han obligado a hacer las tortuosas fichas de lectura que me hicieron aborrecer los libros que me prestaban en el colegio. Poco después, en el instituto nos hacían leer libros de dudoso interés para mocosos de 12 años acostumbrados a la televisión, internet y videojuegos. Mi estantería consta de dos partes: las lecturas del instituto, libros seminuevos, leídos quizá dos veces con vistas a un examen; y MIS libros, desgastados por el uso, aprendidos de memoria con una sola lectura, leídos y vividos, recomendados, prestados, alabados…

Me estoy enrollando mucho, y la idea es simple. ¿Los jóvenes leen? No voy a entrar a discutirlo. Pero -quitando algunos afortunados casos, como el mío, en el que me lo inculcaron en casa desde que nací- nadie nos enseña a amar la lectura. Nos enseñan a tragar un texto, y a escupirlo sin digerir, como afirmaba Montaigne.

¿Queremos que los jóvenes lean? Sí. ¿Por qué no lo conseguimos? Porque imponemos (se nos impone, más bien) libros que no captan la atención. ¿Cómo conseguirlo? Seguro que si se propusiera como lectura opcional -a defender oralmente, en un debate, por ejemplo- “El señor de los anillos”, “Crepúsculo” o “Harry Potter”, el porcentaje de participación sería mucho mayor. ¿Realmente importa que sea literatura española o traducida? Bueno, propongamos lecturas españolas “El origen perdido”, de Matilde Asensi; “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, “La sangre de los inocentes”, de Julia Navarro… Si me hubieran pedido leer alguno de ellos en el instituto, habría realizado los trabajos con el doble de entusiasmo.

Poco más tengo que añadir a esta reflexión. Por parafrasear un capítulo de Los Simpsons, si todos los alumnos fuesen como ella, no necesitaríamos el cielo… ya viviríamos en él.

Para que estéis entretenidos mientras termino el siguiente y último —creo— artículo sobre el tema, os dejo con un certero artículo sobre los problemas de la educación en nuestros país y cómo (no) solucionarlos: Los antigripales de la educación, del blog Lógica Mente. Disfrutad.

En La Lengua:

Vacuna contra los libros (1)

7 de February de 2012

Por qué queremos que los niños lean


Don Quijote de La Mancha, en una versión en papel, otra para iOS (iPad) y otra para el sistema operativo Android (Samsung Galaxy). Marcados, los tres, en la misma página.

¿Por qué queremos que los niños lean? ¿Y por qué consideramos, a veces de manera hipócrita y con un criterio ciertamente —o aparentemente— esnob, que la gente que lee es más distinguida, más culta y más interesante?

Sería muy largo intentar descubrir aquí por qué pasa esto. Es cierto que, durante casi toda la historia de la humanidad —no hablo de la prehistoria, por supuesto—, ha habido varios factores que han proporcionado esta aura de distinción a la palabra escrita. En el principio de los tiempos, la escritura era una cosa bastante cara: los escribas eran gente preparada, y muy escasos, y sus servicios costaban dinero, aparte del coste de los materiales de escritura, que debía de ser bastante elevado aun después del invento del papel, puesto que no existían las estructuras industriales para fabricarlo a gran escala. Salvo excepciones, solo se escribía lo importante, lo que era digno de ser recordado. Esto, por desgracia, nos ha privado a los filólogos, frecuentemente, del verdadero idioma de los antiguos.

Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el latín, conocido y estudiado, sobre todo, en los grandes discursos y obras literarias que nos legaron personas como César, Salustio, Ovidio o Virgilio, y despreciado en su manifestación mayoritaria y espontánea, el tildado de latín vulgar. Este latín se consideraba un latín bajo y descuidado, cuando no erróneo: el hablado por los soldados, los comerciantes y los esclavos. Hoy en día la óptica ha cambiado, pues, después de todo, ¿quién representa más fielmente un idioma? ¿Millones de soldados y comerciantes, o un puñado de aristócratas educados en escuelas selectas? Si, dentro de dos mil años, se estudia el castellano del siglo XX, ¿cómo podrá el ser humano del futuro hacerse una mejor idea de qué hablaban los españoles, leyendo a Valle-Inclán o viendo concursos de televisión? Aunque está lejos de mi intención defender los concursos, todos sabemos la respuesta. Un lingüista, si aspira a ser lejanamente reconocido como una especie de científico —aunque sea adulterado—, no le dice al idioma lo que debe ser, sino que lo describe, igual que un entomólogo no dice a una hormiga cómo debe actuar, sino que describe fielmente su comportamiento.

Pero volvamos a lo nuestro. Los libros tienen una especie de no sé qué poder mágico que infunde respeto, o al menos cierto temor atávico, por las personas que los consumen. Son portadores de cultura y de inteligencia. Hoy el paradigma, y creo que acertadamente, está cambiando: esas cosas podemos conseguirlas fácilmente por otros medios, muy al alcance de cualquiera: documentales, películas, conciertos, videojuegos, museos y viajes. Una persona puede ser muy culta sin ser un lector habitual. No estoy siendo irónico. Es cierto que la experiencia y el modo de asimilar los significados difiere dependiendo del medio por el que se obtengan, y que la experiencia de la lectura de un libro estimula partes de nuestro cerebro que no estimula la música, pero lo mismo podría decirse al revés. Psicólogos tiene la Iglesia para poner datos y cifras a lo que digo, pero creo que todos estaréis de acuerdo. La literatura, sin embargo, sigue estando ahí, ha sobrevivido a muchas otras formas de entretenimiento antiguas, y probablemente seguirá existiendo cuando la televisión sea un concepto anticuado. Parece que llevamos las letras en el ADN (recomiendo, para estas cuestiones, la lectura de El instinto del lenguaje, del psicólogo Steven Pinker).

Hay quien piensa que la literatura va a morir o transformarse enormemente, con esto de los libros electrónicos. Parecen olvidar que, en casi la totalidad de su existencia, las historias no se han transmitido sobre hojas de papel, sino de boca a oído, pues muy pocos eran los que tenían libros y sabían leer, y muchos los que sabían historias y las transmitían oralmente. La primera transformación en el soporte (técnicamente, canal) físico de la literatura fue cuando migró mayoritariamente de las ondas acústicas a las palabras impresas en papel. Lo que, no olvidemos, pudo empezar a hacerse a gran escala en Europa con la reinvención de la imprenta hacia mediados del siglo XV; y digo reinvención porque en China se conocía ya el concepto de imprenta de tipos móviles desde un puñado de siglos antes.

Si la literatura no murió al preferir el papel al aire, estoy seguro de que no morirá cuando prefiera la tinta electrónica a la que se imprime sobre cadáveres arbóreos.

¿Nos hacen mejores los libros? Este estudio —el primero que he encontrado—, encuentra una relación clara entre el número semanal de libros leídos y el cociente de inteligencia no verbal: de una muestra, el 30,9% de los niños que leían cuatro o más libros semanales estaba entre el 25% de los que habían obtenido un mejor resultado en el test de inteligencia no verbal (vuelvo a resaltar el adyacente «no verbal»), mientras que solo un 15,6% de los niños muy lectores se situaban en el cuarto inferior. Esto delata a las claras que la lectura es buena no solo para el vocabulario ni el razonamiento verbal, sino para tipos de inteligencia que poco o nada tienen que ver con las palabras. Los libros nos hacen más inteligentes: no es un mito, sino lo que nos dicen los datos científicos.

¿Cuánto leen nuestros niños y jóvenes? En principio, los elevados datos de lectura juvenil pueden precipitarnos en una conclusión optimista, pero errónea: a partir de la mitad de la veintena, los números caen. Lo que sucede, a mi entender, es que los jóvenes leen porque los profesores lo mandamos, y cuando se ven libres de nuestras órdenes —y del influjo mágico y atemorizante que parece ejercer la palabra—, van dejando de leer. Hoy en día, sin embargo, no podemos medir las tasas de lectura simplemente por los libros. Hay decenas de otras fuentes en que la población ejercita su competencia lingüística: subtítulos en las series que nos bajaba (mos) de Megaupload, letra pequeña en los anuncios de televisión, textos en videojuegos, conversaciones en Facebook o artículos en blogs, por ejemplo.

¿Puede compararse la calidad de un blog con la de un libro? Creo que la pregunta es errónea, si no nos dicen el blog y el libro. He leído blogs infinitamente más interesantes y mejor escritos que algunos libros que he tenido la desgracia de leer. El soporte físico no crea la calidad. Una imagen no es mejor por haber sido creada sobre un lienzo en lugar de sobre la pantalla de un ordenador. Una novela de… (piénsese aquí en cualquier autor de escasas cualidades artísticas) no es mejor que el Cantar de Mio Cid, cuya transmisión era eminentemente oral. Tampoco las palabras son mejores por haber sido impresas en lugar de publicadas en la red. No necesariamente, quiero decir.

Queremos que los jóvenes lean, y os aseguro, con conocimiento de causa, que ya leen, y mucho. Lo que pasa es que queremos que lean lo bueno, o lo que nosotros sabemos que es bueno: Homero, Chaucer, Cervantes, Shakespeare, Tolstói, J. R. Jiménez, García Márquez. No es porque nosotros lo consideremos bueno porque es de nuestra época: de hecho, casi todos los autores citados murieron años o milenios antes de mi nacimiento. Es porque hemos aprendido a apreciarlos. Nos lo hemos pasado demasiado bien con ellos, han abierto esclusas en nuestras mentes, nos han hecho sonreír y emocionarnos.

Yo, que no soy el mejor profesor del mundo, que no estoy ni siquiera entre los mejores profesores de Literatura de mi ciudad, he conseguido que chavales de once años se rían sin poder controlarse con el Lazarillo de Tormes, escrito hace unos quinientos años. Y con el Quijote (cuatrocientos). Queremos que los jóvenes lean, y que lean cosas buenas. ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Cómo podemos conseguirlo?

La dama boba

24 de January de 2012

Lope de Vega ya estaba en plena madurez creativa cuando alumbró esta obra, en 1613. Es una de sus comedias más famosas, y es verdad que en esta relectura se me ha hecho bastante divertida, especialmente por las ocurrencias de Finea, la joven de gran belleza y poca sal en la mollera que da título a la obra. El argumento es simple: un joven de buena familia, pero poco dinero, acude a casarse con Finea, hermosa y tonta, como se ha dicho, pero con una herencia que la permitirá vivir desahogada el resto de su vida. Cuando Liseo, que así se llama el joven casadero, ve lo rematadamente boba que es su prometida, queda horrorizado, y a la vez se prenda de Nise, la hermana de la boba, también guapa, pero muy inteligente, aunque con menos posibles económicos. Otros galanes y otros personajes secundarios (especialmente los criados de los nobles) también se trabajan sus aventuras románticas, con más o menos éxito.

Como en todas las obras de Lope, no solamente tenemos el asunto tratado en las tramas, sino que además sobrevuelan la comedia varias cuestiones políticas, filosóficas, sociales y económicas. Por ejemplo, el papel que cada sexo debe ocupar en la sociedad, la capacidad que tiene el dinero de esconder los defectos, la obediencia debida a los padres, y una cuestión neoplatónica que por lo visto estuvo en boga en los primeros años del XVII: el poder civilizador del amor, que hace que una mula simple como Finea se convierta, casi por arte de magia, en una delicada bachillera que recita versos y cita a los clásicos. Como comedia, al final todo acaba bien, e incluso tiene la típica bromilla final algo pícara (se sugiere que dos de los caballeros, que quedan solteros, se casarán entre ellos… ¡siglos antes de que en España se aprobase la ley! Por supuesto, todo en broma).

Aunque a veces siento que le falta la profundidad que alcanza Calderón de la Barca, si a Lope se lo llamó en su tiempo Fénix de los ingenios españoles no fue en vano: fue todo un profesional del teatro, al que dedicó buena parte de su energía creativa, que no era escasa (hay quien le atribuye casi dos millares de obras teatrales, aunque la mayoría se habría perdido), fue además un teórico del teatro que supo entenderlo como lo que era, un negocio artístico, y aún le sobraba tiempo para escribir novelas, sonetos y toda clase de lírica, entregarse al amor a Dios y también al amor a las mujeres, pues fue un mujeriego reconocido. Incluso sus enemigos reconocían que era un talento fuera de serie, y su entierro fue uno de los más multitudinarios de la época.

La dama boba es una comedia relativamente ligera de leer, quizá no tanto para quien no haya estudiado castellano clásico ni la historia de nuestro idioma, aunque en esta edición de Cátedra —como en todas las de esta editorial— aparecen suficientes notas al pie como para no perderse. Leer esta comedia es, además, una oportunidad para comprobar la maestría de Lope manejando los distintos metros que estaban de moda en el Siglo de Oro, y ver, también, como acomoda cada métrica a los distintos personajes y situaciones.

Y como el teatro no se hace para ser leído, sino visto y oído, os he encontrado en YouTube una película producida por RTVE basada en esta obra, en la que, por lo que he visto, hay un par de escenas inventadas, y además otras aparecen cambiadas de sitio, pero en fin: conserva el verso, lo que no es poco. Si os apetece ver a todos los actores de todas las series y películas españolas representar esta obra, aquí tenéis el primero de diez vídeos, y en los relacionados os aparecerán los demás. Yo he aguantado poco, porque la pronunciación me ha parecido mejorable, por decir algo, pero en fin; que no se diga que no lo intenté.

El topo

9 de January de 2012

Mi padre lleva años recomendándome que leyese alguna novela de John Le Carré, asegurándome que no es simplemente un novelista de género, sino que objetivamente es un gran narrador. Y, a pesar de que confío plenamente en su criterio, no lo había hecho hasta ahora, cuando hace unos días prácticamente me acompañó con esta novela a la puerta de la casa para asegurarse de que me la llevaba. Como siempre, debo decir que sus recomendaciones eran muy pertinentes.

Un topo es un agente extranjero infiltrado en los servicios secretos de otro país (en este caso, el topo trabaja para la Unión Soviética dentro del MI6, el servicio secreto británico. Estamos en los años 70). No es simplemente un advenedizo, por llamarlo así, sino alguien conocido por sus compañeros y que goza de total confianza, un nacional. Suele tardarse décadas en infiltrar a un topo, y por eso son tan peligrosos y difíciles de detectar: llevan años ganándose el aprecio de los servicios secretos y haciendo méritos. En El topo, el infiltrado es, con total seguridad, una de las cinco personas que, después de Control —jefe máximo de los servicios de inteligencia—, ostentan el poder dentro de la cúpula de los espías británicos.

Después de una operación en Praga que sale rematadamente mal, Control muere y uno de los altos espías, George Smiley, es despedido. Smiley no está en su mejor momento: en el otoño de su vida le expulsan del único oficio que sabe hacer, y además, descubre que su esposa se la está pegando con uno de sus compañeros. Una tarde monótona de esa gran monotonía en que se ha convertido su vida, unos antiguos compañeros van a por él en el más alto secreto y le confían una misión: están seguros de que hay un topo soviético en el servicio secreto, y dada su inteligencia, su gran experiencia y el hecho de que ya no está en activo, le encargan la investigación que ha de desvelar cuál es la manzana podrida. En el transcurso de la investigación, salen al encuentro de Smiley las miserias más patéticas de los servicios secretos: rencillas personales, intereses espurios, asesinatos selectivos, torturas. Dada la naturaleza de su investigación, no se fía de nada ni de nadie, ni siquiera de los que le han encargado el trabajo, y sabe que absolutamente todos son sospechosos… e incluso él mismo lo fue en un tiempo.

Hay que tener cuidado al comenzar esta novela. El gran número de personajes, que a veces parecen una cosa y son otra, y la complejidad de la trama, pueden provocar que te pierdas si no estás atento a todo. Es una de esas narraciones en las que conviene tener media cuartilla como marcapáginas e ir anotando nombres de personajes y lugares. Sin embargo, una vez estás metido en la historia, te conviertes en un espía ávido de información, de descubrimiento, de ir encajando todas las piezas de un enorme rompecabezas extremadamente inteligente. Cuando llegas al final, no sabes si en realidad estás sorprendido de saber quién es el topo o no —ni siquiera Smiley sabe si se sorprende—, pero está claro que has disfrutado durante el trayecto.

Aparte de esto, ha sido bonito leer una novela cuya mayor parte de la acción transcurre en sitios que uno ha visitado, y reconocer calles y plazas: por un lado, Londres, donde se desarrolla la acción de investigación, y por otro, Praga, donde tiene lugar la desastrosa misión que sobrevuela toda la trama principal.

Hay un par de novelas más centradas en el personaje de Smiley, si no recuerdo mal: El honorable colegial y La gente de Smiley. Y, aparte de un serial de la BBC de hace unos años protagonizado por sir Alec Guinnes (el Obi Wan de La guerra de las galaxias, la buena, claro), hay una película de Hollywood recién estrenada (El topo, dirigida por Tomas Alfredson y protagonizada por Gary Oldman) que sigue la historia con bastante fidelidad, y diría que condensa bastante bien las 360 páginas de las que aproximadamente consta el volumen.

Para mí, lo más interesante ha sido la forma tan realista —es un decir, claro— o verosímil de afrontar el mundo de los espías. Más que como lo presentan en las típicas películas de James Bond, donde los agentes son unos fornidos y perfectos agentes al servicio de Su Majestad, casi superhéroes, los espías de El topo son personajes totalmente creíbles: ambiciosos, envidiosos, leales hasta cierto punto, débiles, fuertes, bajitos, altos, gordos, delgados, guapos o feos. También es curiosa la descripción del oficio de agente secreto: las pequeñas normas que tiene cada uno particularmente, sus trucos para saber si les siguen o si han entrado en su casa, la rutina en que acaba convirtiéndose cualquier trabajo, por muy emocionante o cargado de glamour que pueda parecer desde fuera. Os recomiendo la novela sin reservas. Creo que os gustará. Si la habéis leído, dejad vuestra opinión en los comentarios.

Predicciones

27 de April de 2011

JAIMITO. Que no, tía, que no. Eso es cosa de esta gente de ahora que está podrida. Cuando éste sea mayor será totalmente diferente. Mira, para entonces, ya nadie tendrá que ir a la mili, ni habrá ejército, ni bombas, ni coñas de ésas. Ni habrá Móstoles, no te meterán en la cárcel, ni nada de nada. Si se te cae un ojo, te pondrán otro enseguida, pero no de cristal, como éste, no, de verdad, de los buenos, de los que se ve. Y si alguien se entera de que va a tener un niño, si no quiere tenerle, todas las facilidades, pero sin irse a Inglaterra ni rollos de esos malos. Aquí, a las claras y por la seguridad social. Y si lo quiere tener, pues ningún problema, estupendo, todos encantados. Y nacerán ya de más mayores cada vez, para que no lloren por las noches, ni se caguen, ni se pongan malos. Y nada más nacer, zas, una renta vitalicia, un dinero bien, como les pasa ahora a los ricos, pues a todos. De entrada naces, y un dinero para que estudies, o viajes, o vivas como quieras, sin tener que estar ahí como un pringao toda la vida; porque todo estará organizado justo al revés de como está ahora, y la gente podrá estar feliz de una vez, y bien. A gusto.

CHUSA. Sí, jauja.

José Luis Alonso de Santos, Bajarse al moro, ed. Cátedra (1985).

Este diálogo pertenece a la escena final de la obra, que, por cierto, aún no había leído, y me ha parecido soberbia (creo recordar que empecé a ver la película hace años).

El pobre de Jaimito intenta animar a Chusa informándole de cómo cree él que será el futuro, cuando el hijo que aquella espera sea mayor. Desde 1985 han pasado 26 años, así que podemos podemos intentar hacernos una idea de si Jaimito era demasiado cándido o, por el contrario, pesimista.

Hay cosas que, en efecto, se han arreglado: ya no hay que hacer el servicio militar desde hace bastantes años; el aborto se ha regulado mucho, y no es necesario huir a Inglaterra para practicarlo. Hay bastantes ayudas para el estudio, quizás mal repartidas, y también ayudas que combinan estudio, viajes y juergas (Erasmus). También ha avanzado un rato la medicina, aunque no tanto como para que puedan transplantarte un ojo biológico plenamente funcional (al menos que yo sepa), y tenemos que seguir tirando de los de cristal.

Por contra, siguen existiendo guerras y bombas, y ha vuelto, como en los tiempos de la guerra fría —que aún estaba librándose en el momento de publicarse la obra, aunque daba sus últimos coletazos— la amenaza nuclear, con los tiras y aflojas entre, principalmente, Estados Unidos, Israel e Irán. Y si te pillan llevando cierta cantidad de droga, sigues yendo a la cárcel, aunque no sé en qué medida ha variado ese asunto. Los ricos siguen siendo ricos, y los pobres, pobres. Pero ahora unos tienen muchísimo más dinero que antes, y los otros una tele plana y un matrimonio católico —de los que no se pueden romper— con un banco.

Y sigue existiendo Móstoles, eso sí.

Quedan noventa días. No les votes. ¿Por qué ahora?

20 de February de 2011

La primera iniciativa ciudadana que veo con posibilidades de convertir España en una democracia real: No les votes. La idea es ir a votar, pero votar a cualquier partido menos al PSOE, al PP o a CiU. La razón que ha disparado el asunto: la llamada ley Sinde. Lo que se pretende conseguir: que los tres partidos que han propiciado ese despropósito de ley, derecho y justicia vean mermados significativamente sus votos para que comprendan —si es que es verdad— que la gente no perdona ni olvida. Que a quien le toque gobernar a partir de 2012, si es que el mundo sigue en pie, se lo piense un par de veces antes de promulgar una norma que no se necesita, no se demanda socialmente, a buen seguro no solucionará ningún problema y recorta los derechos de la mayoría para satisfacer los intereses económicos de una minoría. El derecho que, según está redactada la Ley, puede verse comprometido: uno muy serio. El derecho a la libertad de expresión, a que lo que cada uno exprese siga sujeto a unas leyes aplicadas por unos jueces, y no por un órgano político.

En las últimas citas electorales, sin pretender decir a nadie qué tenía que hacer —aunque sí, por supuesto, pretendiendo influir en alguien, que para eso escribe uno—, escribí aquí sobre mi decisión de no ir a votar. No votaba porque la democracia montada en este país es un juego absurdo al que me negaba a jugar.

¿Qué ha cambiado?

Muchas cosas. Tu mamá tiene un Facebook. Casi todo el mundo está conectado. No necesitas dar la brasa a tus familiares: haz clic para decir que te gusta este grupo de Facebook y tus contactos leerán noticias sobre la iniciativa. Más: en el mundo islámico las cosas se están moviendo. Yo, como casi todo el mundo, pensaba, hasta hace unas semanas, que esos países se mantendrían en la Edad Media indefinidamente. Hace poco comprendí algo terriblemente esperanzador: no puede ser así. En algún momento tienen que cambiar, alcanzar la democracia y el laicismo. No se puede ir a peor eternamente. Nosotros también debemos avanzar, y está claro que se puede. La crisis. Mucha gente ha aprendido, por las malas, cómo las gastan los bancos y sus amigos políticos. Mucha gente está cabreada. Hay que estar cabreado para hacer algo, y en este país hay suficiente gente enfadada y con una situación tan mala que está dispuesta a hacer cosas para cambiarla.

¿Por qué ahora? Nos han rebajado y congelado salarios, nos han acribillado a EREs, han congelado pensiones, han prestado nuestro dinero a los bancos, no se han planteado mejorar las leyes sobre hipotecas, han aumentado mucho los impuestos a las clases medias y bajas, y poco a las clases altas… ¿por qué ahora? ¿Es que lo único que nos mueve es no poder bajar de Películas Yonkis?

Yo creo que es por otro motivo. Lo de las descargas no es tan importante. Antes de que existiera Internet, la gente se prestaba películas, discos y libros, y puede seguir haciéndolo, y lo hará: será otra comodidad que nos quiten, nada más (te obligan a desnudarte en el aeropuerto y no protestas, ¿no es eso más incómodo?). Es más: la mayor parte de la gente puede vivir sin productos culturales. En este país se lee muy poco, casi todo el mundo tiene en su ordenador música como para estar escuchando toda su vida sin repetir una canción, y lo más visto en la tele no es cine, sino fútbol y telebasura.

Creo que la razón es el descaro. Todas las medidas que se han tomado hasta ahora, las hemos visto como inevitables, porque así nos las han intentado vender. Y era posible hacerlo. Tienen que rebajarnos el sueldo, porque los bancos necesitan un préstamo, si no, la economía se resentirá, las empresas quebrarán, el cielo caerá sobre nuestras cabezas, ¿quién sabe? Es difícil, con tan poco tiempo libre, que uno se ponga en su casa a tratar de descifrar los misterios de la macroeconomía. Tal vez es necesario de verdad que los muchos de abajo ganemos un poco menos para que los pocos de arriba ganen mucho más. Con tantas horas que pasa uno en su trabajo, no hay tiempo para calentarse la cabeza.

Pero es mucho más fácil darse cuenta de que la famosa disposición de la Ley de Economía Sostenible no tiene ningún sentido, porque es mucho más sencillo el asunto. Además, ha sido como la gota que colma el vaso. Bajar los sueldos… vale. Pensiones… okay. Préstamos a los bancos, bueno. Puede que sirva para algo. Pero con la ley Sinde es como si se hubieran pasado de frenada. Si se hubiesen quedado en todo lo anterior, podría haber colado, pero ahora ya no. Estoy seguro de que todos los que leéis La Lengua sabéis de sobra de qué trata todo el asunto, pero si no, haced alguna búsqueda y encontraréis abundante información. Yo os remito, sobre todo, a los blogs de Enrique Dans y David Bravo.

En algún momento, en Túnez, Egipto, Marruecos, Siria y todos esos países, la gente se ha dado cuenta de que no pueden seguir así. Este es nuestro momento. Que no te engañen los partidos, sus medios de comunicación adictos ni los bloggers estúpidos: tu voto es tuyo, y es hora de hacer que sirva para algo. No vale el voto en blanco, ni el voto nulo, ni la abstención. Esta es una oportunidad de oro para demostrarles a esos que no somos tan tontos como parecemos. ¿O lo somos? Para la primera cita quedan noventa días.

Un perro elocuente y algo sobre ciencias y literatura

23 de January de 2011


Foto: Cass Sapir/Nova scienceNOW.

Llego, a través de Neatorama, a la historia de Chaser, un perro de raza Border Collie a quien su dueño, el psicólogo retirado John W. Pilley, ha logrado enseñar 1.022 palabras. Por supuesto, el perro no las puede pronunciar, dado que no tiene un aparato fonador análogo al de los seres humanos —o al de los loros, que también valdría—; sin embargo, Chaser es capaz de reconocer el objeto del que se le está hablando y traerlo.

Esta capacidad ha llevado a su dueño entre cuatro y cinco horas diarias desde 2004, en que adoptó a Chaser como cachorro. Tiene sus límites: por el momento —e imagino que seguirá así— el Collie únicamente es capaz de entender sustantivos, y no de cualquier clase, sino que tienen que ser objetos físicos. Nada de amor, el tres o el color verde. No obstante, sí que puede, por ejemplo, aprender por discriminación. Si se le ordena que traiga un objeto cuyo nombre no conoce, pero que está entre otros dos que sí sabe cómo se llaman, entiende que el objeto requerido es el desconocido, y desecha los otros dos.

Recuerdo, de mis años de estudiante, que en una asignatura en que se trataba estadística lingüística se calculaba el número necesario de términos de una lengua con el cual se podía entender determinado porcentaje de mensajes. Ahora mismo no tengo el texto a mano, pero buscando en Internet he llegado a esta tabla, donde podemos comprobar que, para el ruso, por ejemplo, con un vocabulario de 1257 palabras nos basta para entender el 70% de los mensajes. Se puede pensar que algo más de mil palabras es poca cosa, pero no creáis: simplemente, echad diez minutos en ir contanto el número de palabras que os sabéis. Probablemente más allá de 300 os cueste avanzar. La tabla que he enlazado un poco más arriba se ha preparado atendiendo a un corpus bastante extenso. Sin embargo, si vamos al lenguaje general, discriminando textos especializados o excesivamente formales, es muy probable que con entre 250 y 500 palabras seamos capaces de entender una cantidad de textos cercana al 100%. ¿Qué situaciones manejamos a lo largo del día? Normalmente, tienen que ver con el transporte, las faenas de la casa, diversiones bastante homogéneas —fútbol, salir a beber o comer algo, pasear, cine, televisión y poca cosa más—, la salud, el tiempo, relaciones familiares y, fuera de eso, las actividades profesionales de cada uno. Vamos a hacer un cálculo a lo bruto.
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Un nuevo modelo en nueve propuestas

16 de January de 2011

Se ha escrito tanto, y he leído tanto en los últimos años sobre propiedad intelectual, piratería, una industria musical que lleva cien años muriéndose —pero cada vez registra mayores ganancias— y cosas relacionadas, que estoy hasta demasiado cansado para buscar y pegar enlaces. Creo que la mayoría de los problemas tienen soluciones simples, y que cuanto más simples sean, más justas serán. Ahí va lo que se me ocurre para acabar con estas discusiones, que no sé si a mis paisanos, pero a mí me tienen francamente agotado. Y el país tiene mayores problemas.

1. Si un particular quiere consumir un bien cultural, lo lógico es que pague por él, si el autor del bien quiere cobrarlo. Si algo tiene un precio y lo disfrutamos sin pagar, el acto es inmoral, sea legal o no.

2. Ahora bien, la industria —las industrias— debería plantearse si es lógico y justo seguir cobrando el mismo precio, o incluso uno más alto, que antes, ahora que casi toda la producción y distribución musical, cinematográfica, de software informático y literaria se ha abaratado muchísimo. Hoy en día, con un ordenador más o menos potente ya tienes estudio de grabación (microfonía, instrumentos y lugar aparte, claro está). Las cámaras también han visto reducido su precio y aumentada su calidad. Todos los bienes culturales de los que se habla aquí pueden distribuirse mediante Internet, con lo que el coste de esta distribución se acerca a cero. Los libros pueden descargarse para leerlos en un ordenador o un lector de libros electrónicos. ¿Por qué, entonces, cuestan lo mismo, o incluso más, que en papel? ¿Por qué cuesta tanto comprar un disco para escucharlo en el reproductor multimedia? Yo quiero pagar por los bienes culturales de los que disfruto. No solo porque sea justo, sino porque quiero que los creadores que me gustan vean rendimiento económico a su trabajo y puedan seguir dedicándose a él. Claro, pero entonces…

3. Es imprescindible y urgente eliminar el canon digital. Yo lo dije hace años en el blog: no pienso pagar por un disco ni por un DVD mientras las sociedades de gestión me cobren una especie de impuesto revolucionario cuando compro una tarjeta para mi cámara de fotos. O un teléfono. O un ordenador con grabador de DVD. Me niego. Es una cuestión de principios. Por lo tanto, cada vez que quiero escuchar una canción o ver una película, me la descargo. Mientras siga siendo legal, claro: yo soy respetuoso con las leyes. Es inmoral, como dije en el punto 1, que yo haga esto, pero es una respuesta ante una inmoralidad aún mayor: el cobro indiscriminado de un canon del que ni tan siquiera se nos dice cómo se reparte.

4. Sería bueno que todas las partes fuesen sinceras. Si una página obtiene ingresos por publicidad indicando dónde se pueden ver o descargar películas, está cometiendo una actividad ilícita —legal o no, esa no es la cuestión—. No seamos hipócritas. En la otra parte están quienes parecen creerse de una casta distinta, una especie de dioses visitados por las musas cuyo tinglado hay que proteger empresarialmente. Deberían ser, quizás, un poco más humildes, y asumir que son simples trabajadores, que ofrecen un producto y que quieren cobrar por él, pero que su trabajo no es mejor ni más importante que el de un panadero o el de un juez.

5. El tema de las subvenciones también es sangrante, oscurecido además por la sospecha de que los productores inflan artificialmente los números de asistencia a las salas de cine para cobrar mi dinero y hacerse más ricos. En España tenemos directores de cine muy solventes (me vienen a la cabeza Almodóvar, León de Aranoa, de la Iglesia o Bollaín, por ejemplo); tenemos otros ejemplos de directores que quizá no tengan un sentido artístico tan afinado pero que funcionan en taquilla, como Santiago Segura o Jaume Balagueró. Quizás la industria de nuestro cine debería asumir que no puede ser tan grande como la estadounidense, ni debe serlo.

6. Hablando de calidad: normalmente, cuando a la gente le das algo bueno, funciona. Sería conveniente que la industria musical promocionase y produjese productos artísticamente interesantes, y se dejase de cantos del loco, sanzes y triunfitos.

7. Y hablando de los reyes de Roma, al menos algunos de ellos: ¿qué tal si pagáis impuestos en vuestro país? Es vuestro mayor mercado, ¿verdad? Os deslomáis en anuncios sobre Haití y sobre los niños de Somalia, lo cual es muy loable (aunque supongo que lo haréis como inversión económica, ya que vivís en gran parte de vuestra imagen), y luego tenéis la desvergüenza de iros a Miami, Andorra o Suiza para pagar menos impuestos. Comprended que, sabiendo eso, cada vez que os dais golpes de pecho hablando de piratas, ladrones, e incluso, últimamente, de terroristas, nos entre como mínimo la risa.

8. Y un último consejo, derivado del anterior: si quieres que invierta mi dinero en tus obras, no me insultes. Puede que me guste tu música o tu cine, pero cuando voy a meterme la mano en el bolsillo para sacar diez o veinte euros que me ha costado mis madrugones ganar, créeme: no es bueno que recuerde tu cara llamándome ladrón o algo peor.

9. Conclusión: este país tiene que ser algo más ético, no solo en este asunto, sino en todos. Empieza por educar a la gente, ¡y por darle dinero! Tenemos cada vez más pobres. La gente que cobra un salario digno tiene más dinero y más motivos para pagar por cualquier cosa. Y quiere hacerlo, si es que se lo permiten. Llevémonos bien, y disfrutemos todos de la cultura.

Suficiente

19 de October de 2010

Kurt Vonnegut solía recordar una conversación que tuvo con su colega escritor Joseph Heller (Vonnegut publicó esta anécdota en forma de poema en la revista New Yorker). Los dos escritores estaban en una fiesta celebrada por un multimillonario cuando Vonnegut bromeó: «¿Qué tal sienta saber que nuestro anfitrión gana más en un solo día que lo que Catch-22 [la obra más conocida de Heller] ha generado en toda su historia desde su publicación?» Heller respondió: «Tengo algo que él nunca podrá tener. Tengo suficiente.»

J. D. Roth, Your Money: The Missing Manual, en Amazon (edición para Kindle).

Me recuerda a una escena memorable de Los Simpsons, por el certero Homer:

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