Es muy triste que el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién no tiene algo de podrido en el alma?
Y dos, sobre los prejuicios maritales racistas y clasistas:
[...] le recomiendo que tenga usted cuidado con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con individuos de cabeza redonda.
Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sería menos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas cuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos, porque no atienden más que a sus sentimientos.
Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de su pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:
—Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.
—Eso no importa —contestó la muchacha—. Gracias a Dios, en mi familia ha habido también muchos ahorcados.
Realmente, esta muchacha discurría muy bien.
Pío Baroja, Las inquietudes de Shanti Andía. Leyéndolo que estoy en la estupenda aplicación Stanza para iPhone y iPod Touch.
Ya he leído unos cuantos cientos —o miles— de páginas de Baroja, y aún no he lamentado una sola. Este sí era un tipo inteligente.
Esta es la segunda novela que leo de Paul Auster, después de Brooklyn Follies, que como algunos recordaréis no me entusiasmó, aunque me dejó con unos cuantos fragmentos de literatura lo suficientemente interesantes como para que le diese otra oportunidad.
El argumento presenta la historia de un hombre enfermo de gota que, durante sus noches de insomnio, cuenta la vida de un mago profesional que un buen día se despierta en una realidad alternativa, con unos Estados Unidos distintos a los que conoce (aunque solo durante los últimos años), soldado de un ejército. Resulta que en esta realidad alternativa hay un anciano sentado en una silla que va imaginando los sucesos que ocurren en una sangrienta guerra civil que se produce en el país, y encomiendan al mago-soldado la arriesgada misión de encontrar al hombre y asesinarlo para que termine la guerra de una vez por todas.
No voy a escribir una extensa reseña sobre este libro. Para mi afición lectora este está siendo probablemente el año menos productivo de todos. Aunque he empezado unas cuantas decenas de libros (y algunos reempezado: Gargantúa, A la busca del tiempo perdido, How Children Learn, y muchos más), no sé si por el hartazgo de las oposiciones, y eso que hace ya más de un año, por lo extraño que está siendo 2009 en general o por otros asuntos que no vienen al caso, repasando el blog descubro que he acabado este año la miserable cifra de tres libros. Pero bueno, ya volverán las vacas gordas, o eso espero.
El libro me ha gustado más que Brooklyn Follies, y el argumento me ha parecido interesante desde el principio. Además, creo que la narrativa está más conseguida aquí. Sin embargo, poco más os voy a decir de esta breve novela, en primer lugar por las razones que os he contado en el párrafo anterior, y además porque lo tomé como una lectura sosegada en la playa, sin hacer lo que suelo con los libros que voy leyendo: nada de llevar un lápiz para subrayar párrafos ni apuntar páginas, ni Moleskine para apuntar ideas para posts… Como gracieta literaria citaré el asunto de la literatura dentro de la literatura, aunque no es nada tan nuevo ni tan conseguido como para que el libro merezca la pena solo por eso.
En fin: un libro tan disfrutable como olvidable. Para incondicionales de Auster supongo que estará bien, porque no es malo. Para los que no lo sean, recomiendo, como siempre, ir apurando los clásicos, que son muchos y muy valientes, o bien, si os interesa el autor, empezar por algunas de las obras que están reconocidas como las mejores entre las suyas.
Leo en radiocable.com que el Gobierno dará un ordenador a cada niño de Primaria. Y me pregunto si va a dar algo más, porque dar, lo que es dar, se les pueden dar muchas cosas a los niños: PSPs, cachorritos de enormes ojos, ropa de marca. Hasta podemos teñirlos a todos de rubio, y tal vez así vayamos acercando nuestros niveles a los de Finlandia. ¿Quién sabe?
No. El problema no es que los niños no tengan ordenadores. Primero, porque calculo que el 80% de los alumnos que he tenido —y no doy clases precisamente en la autonomía española con mayor nivel de renta— ya tenían un ordenador en su casa. Y segundo, porque hay un extraño hecho que vengo comprobando desde hace un par de años, y que hasta el momento no me ha fallado: los niños que tienen un ordenador personal en su habitación siempre bajan su rendimiento respecto a los demás. Siempre.
Se me podría echar en cara que cometo la estupidez de pensar que un ordenador por sí solo es suficiente para disminuir el rendimiento de los alumnos. Y eso no es cierto. Pero tampoco voy a defender —porque creo que es una estupidez igual de grande— que un ordenador por sí solo es suficiente para mejorar el rendimiento de los alumnos. Un ordenador, per se, es un simple objeto, como una tiza, un libro o un cuaderno. Sí, tiene millones de posibilidades: como una tiza, un libro o un cuaderno. Y no solo sirve para el ocio, sino también para cosas creativas y educativas: una vez más, exactamente igual que los otros tres objetos.
Este Gobierno, como todos, pretende resolver los grandes problemas tomando un atajo, que en la mayor parte de los casos suele ser dinero. Igual que con el desastre inmobiliario español: podría emprender unas medidas legales y sociales de fondo para que, a medio y largo plazo, no nos vuelva a pasar lo que nos está pasando, con tantas empresas quebradas, familias en la ruina y pisos vacíos; sin embargo, se ha decidido por inyectar una cantidad lujuriosa de dinero para salvarles hoy el culo a los bancos y los especuladores urbanísticos. Y mañana ya tendremos otra estafa para tirar un par de lustros más, que en esto de la jeta de cemento no hay quien nos gane.
Si hay problemas en la educación, se le compra un ordenador a cada alumno y asunto arreglado. Ya veréis cómo suben las estadísticas de aprobados.
Pues tampoco. Voy a pasar por alto el tiempo de arranque y de apagado de los ordenadores actuales, y los problemas que suelen dar (en una clase de treinta alumnos, ¿cuántas posibilidades hay, estadísticamente hablando, de que el profesor tenga que pasar diez minutos intentando hacer que el ordenador de un alumno funcione? Suponiendo que solo falle uno entre treinta, claro). Voy a omitir, también, mi certeza de que este Gobierno socialista dará un montón de nuestros millones a Microsoft, la empresa del tipo más rico del planeta, para comprarle licencias de Windows y de MS Office. Supongamos que funcionan todos con Ubuntu y con OpenOffice y que nunca fallaran (que conste que adoro tanto esa distro como esa suite ofimática, pero lo que es fallar, también fallan cuando les da por ahí). Supongamos, digo, que desde el minuto 1 hasta el minuto 50 tengo treinta alumnos con 30 ordenadores plenamente operativos.
Que alguien me explique, por favor, por qué razón tengo que creer que eso va a mejorar necesariamente la calidad de la educación española. Porque dudo mucho que el problema de la educación en este país sea la falta de dinero ni la falta de ordenadores. Jamás ha habido en España tantos ordenadores en las aulas, ni tanto dinero, y jamás los resultados académicos han sido más bajos. ¿Por qué habrían de subir mágicamente los resultados en cuanto demos un ordenador a cada niño, teniendo en cuenta, además, que el 100% de los alumnos tienen acceso a ordenadores siempre que quieran, si no es en sus casas, en bibliotecas públicas o en los propios centros escolares?
No os equivoquéis conmigo. Cualquiera que me conozca personalmente sabe que soy literalmente incapaz de pasar 24 horas separado de mi ordenador (en mis frecuentes visitas por razones personales a Málaga, que suelen durar entre 24 y 48 horas, mi portátil viene conmigo). Adoro los ordenadores, adoro su funcionalidad, su utilidad, la puerta que constituyen a este increíble mundo del conocimiento y la maravilla que es Internet. Pero seguimos rehuyendo el problema auténtico: los alumnos no es que no estudien porque no les gusten los libros. Lo que no les gusta es lo que hay en los libros. En los libros hay complicados teoremas, rebuscados mecanismos sintácticos, vidas de gente que ni les va ni les viene y otros miles de datos que, no saben por qué —lo sabrán cuando crezcan y tal vez, ay, sea demasiado tarde— los obligamos a aprender porque los adultos lo consideramos de vital importancia para su futuro y el de la sociedad. Y en los ordenadores que les regalemos va a haber lo mismo, pero en colorines. No va a haber messenger ni tuenti ni fotolog. Y lo que vamos a conseguir, si nos ponemos pesimistas, es que odien los ordenadores tanto como odian los libros.
Oye, me diréis, pero es que un ordenador no es un libro. Un ordenador es un artilugio divertido con miles de posibilidades.
¿Y qué es un libro, sino eso mismo? ¿Y cómo hemos conseguido que todo el mundo los odie?
Que quede este humilde post como mi homenaje a este día de las páginas amarillentas e inolvidables.
El verdadero problema de la educación, en el post que viene. Estad atentos a vuestras pantallas. Mientras, echad unas páginas a mi salud.
Bajo este título se narra, con un estilo que engancha desde el principio, una especie de autobiografía de Richard Phillips Feynman, físico estadounidense, músico aficionado, profesor de universidad y una de las mentes más dotadas que ha dado la ciencia en el siglo XX.
A lo largo de las páginas del libro Feynman da un repaso –a través de otra persona que recoge sus charlas– a algunas de las anécdotas más interesantes y graciosas de su vida, desde su infancia, cuando arreglaba antiguas radios de válvulas ante el asombro de todos, hasta un momento no muy bien determinado de su vida madura. Feynman participó en el famoso Proyecto Manhattan, mediante el cual algunos de los científicos más brillantes de los Estados Unidos, vigilados –coordinados, decían ellos– por el ejército, diseñaron las bombas atómicas que arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
La parte dedicada al Proyecto es bastante divertida. Feynman, en ese momento, era un apasionado de los cierres de seguridad y el arte de la cerrajería, y demostraba día tras día a sus superiores que toda la seguridad del complejo de Los Álamos era en realidad bastante endeble, y en varias ocasiones esta habilidad estuvo a punto de causarle problemas. Por suerte, los espías del momento no eran tan hábiles ni estaban tan al tanto de los fallos de seguridad, y menos mal, porque si no podría haber sido que Hitler hubiera tenido la bomba primero. ¡Glups!
También se hacen muy amenos los capítulos en donde Feynman cuenta su estancia en Brasil como profesor invitado, su afición a tocar el tambor e incluso su participación en grupos de samba. Está claro que Feynman no era el típico nerd que cualquiera podría imaginarse cuando se habla de un científico superdotado (gafas de pasta con la patilla pegada con esparadrapo, camisa de manga corta con corbata y un forro interior de plástico en el bolsillo para protegerla de la tinta de los bolígrafos), sino una persona que, si bien en cuanto pensaba en física el resto del mundo a su alrededor desaparecía, era capaz de disfrutar de muchas otras cosas de la vida: el baile, la pintura, la música, etc.
Solo hay una cosa que a veces me exaspera de Feynman: cuando no entiende algo, o no le interesa, le niega todo interés y toda lógica. Un ejemplo de esto es la filosofía. Después de algún encuentro, o desencuentro, con un grupo de filósofos paletos, llega a la conclusión de que la filosofía no tiene ningún sentido, lo que es una lástima, porque creo que una mente tan asombrosa como la de este hombre podría haber dado unos buenos frutos a la ciencia de las ciencias. Pero no se puede tener todo en esta vida. Y a menudo, los genios son unos completos ineptos en los campos que no son de su interés. Mozart era un personaje aniñado, Einstein, un despistado casi absoluto, y Quevedo era una persona capaz de desarrollar una maldad y un rencor proverbiales.
No es infrecuente encontrarse esta misma actitud en mentes mucho más pequeñas que la de Feynman. Casi todos los que hemos estudiado letras hemos tenido que padecer, en la época de instituto, compañeros que tiraban por las ciencias y que constantemente insistían en el viejo prejuicio de que las letras son fáciles, son para gente fracasada, no inteligente o vaga. Y, lo peor, es que este prejuicio ha sido alimentado a lo largo de los años de profesores de ambas disciplinas, la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. Los profesores de ciencias, diciendo a sus alumnos día tras día que lo suyo era lo único que merecía la pena, y menospreciando a las humanidades; los de letras, bajando el nivel de exigencia año tras año, hasta convertir la mayoría de las asignaturas de letras en auténticas marías a las que se iba la gente que no quería estudiar mucho, pero tampoco quería ponerse a trabajar.
Semejantes enanos mentales tenemos, en número considerable, en nuestros centros de enseñanza. Profesores que desprecian una gran parte del saber, precisamente la que tiene que ver con ser humanos. ¡Qué país! Por suerte, casi siempre las mentes grandes para la ciencia son, simplemente, mentes grandes, y admiran y respetan la grandeza de la obra humana tanto como la de la obra natural –divina, dirían algunos–. Desde Aristóteles hasta Clarke, recientemente fallecido, casi toda la gran ciencia ha sido desarrollada por mentes abiertas, generosas, y capaces de disfrutar con la belleza del baile del cosmos y con la de la destrucción de la Ilíada. Después ha habido siempre, y seguirá habiendo, cerebros pigmeos que se cierran ante todo lo que no sea su escaso –aunque especializado– entendimiento y acaban, por muy listos que se crean, de profesores de instituto. ¡Qué país! ¿Lo he dicho ya?
Lamentablemente, en España, la filología no es considerada propiamente una ciencia, en gran parte por culpa de los filólogos. Nos empeñamos en no tratar los versos con la fría vista del que mira por un microscopio, y explicamos los poemas como si fueran una especie de truco de magia, queriendo que se entiendan cosas que no dice la observación y la catalogación, sino el furor cuasi divino. Sin ir más lejos, en el mejor manual existente sobre la historia de la lengua española, una obra monumental y que todo el mundo debería tener en su estantería junto a El origen de las especies de Darwin, Rafael Lapesa sostiene astracanadas como que el castellano se impuso en la Península sobre otros dialectos latinos por su fuerza viril (sic, o casi). ¿Así pretendemos que se respete lo que estudiamos y enseñamos?
En la carrera no me dieron prácticamente ninguna formación científica. Y eso que era imprescindible para varias de las materias que se enseñaban, desde la fonética (donde había que leer extraños espectogramas, similares a las líneas ascendentes y descendentes que escriben los sismógrafos) hasta la lingüística matemática y computacional, que diseña procesos de compresión de la información (sí, también en los ordenadores), realiza estadísticas de palabras y sintagmas y programa software de traducción automática. ¿Quién creíais que hacía eso, los ingenieros informáticos? Sí, por supuesto; con la ayuda imprescindible de los filólogos. De los filólogos extranjeros, estadounidenses, por ejemplo, a quienes gente como Chomsky les enseña a ver el estudio de la lengua como lo que es: una ciencia. Pero estoy divaganado…
Por este grave déficit en mi formación científica, a pesar de la cual tengo un título universitario, siempre procuro leer varios libros de divulgación científica al año. Porque todo es maravilloso, amigos: desde el primer latido del Big Bang, hasta la primera línea de Cien años de soledad, todo maravilloso. ¿Creéis que merece la pena perderse cuaquiera de las dos cosas por la pobre y mezquina emoción de sentirse mejor que el compañero de pupitre? Bah.
Os recomiendo el libro, simplemente como una obra de entretenimiento, porque todo está narrado con una soltura y una simpatía que se contagian; o porque conocéis la persona de Feynman y queréis conocer el personaje; o porque os gusta la historia, o la ciencia. En cualquier caso, exceptuando algunos pasajes que son algo oscuros a los que en esto de la ciencia somos solo aficionados, todo el libro se lee con gran disfrute y aprovechamiento. Leed y disfrutad, este libro o cualquier otro.
Este es el primer, y hasta ahora, único, libro que he leído del famoso y premiado autor de best sellers (y no obstante respetado) Paul Auster. Un par de compañeros del Departamento de Filosofía me lo había recomendado, y a pesar de que desconfío de los escritores vivos –y de los recientemente muertos–, lo vi en la estantería y me hice con él.
A decir verdad, me ha dejado un poco frío. Por eso mismo, voy a empezar por lo bueno. La narrativa es bastante ágil, y es al menos un libro que se lee sin una mueca de desagrado en la cara, lo que, dados los tiempos que corren, no es poco. Los ritmos están bien trabados y la historia corre con agilidad; los personajes son creíbles, simpáticos cuando tienen que serlo y antipáticos cuando toca. No tiene una estructura nada vanguardista, y casi en su totalidad el tiempo de la narración es lineal, con algún que otro flashback metido aquí y allá y alguna breve digresión. Esto del tiempo, por supuesto, no constituye en principio un defecto ni una virtud, pero alegrará a los amigos de los libros que se leen rápido, una especie de consumidores de literatura de McDonald’s, que no es que sean los lectores más críticos del mundo, pero al menos leen. Y eso, me da igual que sea políticamente incorrecto decirlo, la lectura, decía, eleva siempre el nivel intelectual de una persona, o al menos lo ejercita en una práctica sana para la mecánica del cerebro.
La trama: un corredor de seguros, recientemente jubilado por un cáncer del que parece haber salido de rositas, decide alquilar un apartamento en el neoyorquino barrio de Brooklyn para esperar la muerte, y mientras tanto entregarse a una gran obra personal: el Libro del desvarío humano. En él piensa contar las estupideces que recuerda haber oído, presenciado o protagonizado. Prácticamente desde que pone los pies en su nuevo hogar, una serie de casualidades hace que su plan de espera de la parca sea totalmente distinto de lo que había imaginado, y descubre que morir suele ser mucho más complicado y divertido de lo que cabría esperar. Durante el tiempo que vive en Brooklyn conoce a interesantes personas y personajes, y se reencuentra y desencuentra inesperadamente con familiares a los que había perdido la pista. Vuelve a ver a su sobrino Tom, un brillante universitario, experto en literatura norteamericana, convertido en un fofo taxista sin mayores pretensiones que producir filosofía barata; conoce a Harry, un homosexual dueño de una librería de ejemplares únicos que esconde un oscuro y sorprendente pasado; su sobrina-nieta, Lucy, aparece un buen día de no se sabe dónde y se niega a pronunciar palabra; descubre a la Bella y Perfecta Madre, una joven mujer del barrio por la que su sobrino Tom siente una devoción casi religiosa. Estos y otro puñado de personajes se entrelazan en una historia de múltiples ramificaciones que conducen a un final el fatídico día 11 de septiembre de 2001, más propio del cine que de la literatura. No en vano, Auster es, además de escritor, guionista de cine, e incluso ha dirigido alguna que otra película.
Lo malo: me ha decepcionado, dadas las expectativas. Es lo que sucede cuando te ensalzan demasiado algún producto. La historia no me ha parecido imaginativa en exceso, y el final es tan previsible que, de lo previsible que es, casi no te lo esperas: te quedas con una cara como de «releches, al final todo sale como parecía que iba a salir». No me ha parecido un autor de un verbo demasiado original ni personal, sino que explota el típico estilo novelístico estadounidense del no-estilo, es decir, huyendo de retorcer el lenguaje, de explorarlo y explotarlo, de exprimirlo y deformarlo para transformarlo en una materia prima única. Esto, como ya he apuntado más arriba, aunque haga que el estilo carezca de originalidad, sin embargo hace que su lectura sea bastante facilona. No, esto último, repito, no es un defecto en sí. Pero no puede evitar que la novela parezca uno de tantos superventas que se aplastan unos sobre otros en las estanterías de cualquier tienda de un aeropuerto.
De todas maneras, y dado que he pasado unos buenos ratos con este libro, le daré otra oportunidad a Paul Auster, empezando su famosa trilogía de Nueva York, que creo que es la obra que más fama le ha reportado. Ya veremos si, en opinión de un indocumentado servidor, la fama es merecida o no. Resumiendo: ¿Lo recomiendo? Sí, para casi todo el mundo. ¿Debéis esperar encontraros con una novela única? Decididamente, no.
Este libro es inmenso. Tanto, que creo que escapa a la categoría de cómic: los dibujos, siendo geniales, parecen solo un apoyo dramático a una narración intensa, viva, terrible y divertida, pero sobre todo estructurada y contada con una agilidad como hace mucho tiempo que no leía.
Persépolis es la historia autobiográfica de las dos primeras décadas de la vida de Marjane Satrapi, una dibujante iraní que tuvo la suerte o la desgracia de nacer en un momento crucial para el destino de su país. Cuando tenía solo nueve años, aconteció la Revolución islámica que derrocó al sha de Persia y trasformó su país de los pies a la cabeza: de ser un gobierno títere de las potencias occidentales, que tenían en la antigua Persia sus intereses energéticos, pasó a convertirse en una tiránica dictadura islamista que controlaba y oprimía a sus súbditos hasta un punto ya muy pasado de la locura.
Marjane es la hija única de un matrimonio acomodado (desciende de un antiguo linaje real persa) que la educó en los valores de la libertad de pensamiento, la democracia, la igualdad y la tolerancia. Con diez años ya leía a Marx y pasaba las noches hablando con él –y con Dios– y soñando en convertirse en una revolucionaria que traería la libertad a los suyos. Pero entonces llegaron los «barbudos», que acabaron con una forma de vida que poco tenía que envidiar a la España de 1979: escuelas mixtas y laicas, jóvenes que se besaban en la calle y bailaban música punk, mujeres vestidas a lo occidental (o, dicho de otra manera, como les daba la gana), etc. Los barbudos impusieron un modo de vida basado en su visión del Islam: chicas con pañuelo desde antes de tener uso de razón, leyes islamistas, prohibición de corbatas en los hombres (símbolo, para ellos, de la decadencia de occidente), nada de alcohol ni de música popular, negación de los símbolos nacionales iranio-persas… La situación llegó hasta unos límites que nos parecerían ridículos si, por desgracia, no siguieran estando vigentes. Por ejemplo, era normal que los guardianes de la ley (una especie de camorristas barbudos, perros del régimen, algo parecido a una mezcla entre kale-borrokistas y juventudes hitlerianas) pudieran parar a una pareja que iba paseando por la calle para exigirles el certificado de matrimonio. Y ay de quien no lo llevara encima. Si la pareja no estaba casada, ni eran hermanos, primos o algo así, los padres tenían que pagar una multa, o la pareja sufría latigazos y toda clase de vejaciones.
Un régimen así no suele mantenerse por las buenas, porque la gente es tonta, pero no tanto, así que desde la imposición del régimen islamista han muerto, se estima, decenas de miles de iraníes opositores al sistema. Algunos por ser antiguos comunistas, otros por cualquier otro motivo. Todo eso pasaba en Irán a partir de 1979.
Nacionalismo, religión… a mí también me cuesta encontrar la gran diferencia.
A través de las páginas de Persépolis también asistimos al desarrollo de la guerra entre Irán e Iraq, que después –pensaron los iraníes– se descubrió que era únicamente una maniobra de las potencias occidentales para debilitar a ambos países: a uno para obtener su petróleo a bajo coste, al otro porque empezaba a representar una amenaza para Israel. Ambos países se mataban con las armas que occidente les vendía, así que todos contentos… menos ellos, claro. Cuando uno de los países empezaba a ganar terreno, se le cortaba el grifo y se suministraban ingentes cantidades de armas al bando contrario, hasta que la balanza volvía a oscilar hacia el otro lado, y vuelta a empezar. Probablemente los dirigentes de ambos países lo sabían, ya que no se puede ser tan tonto, pero los ciudadanos seguían –y seguirán– entregando su sangre y sus vidas al menor grito de ¡bandera! ¡Patria! ¡Religión! O cualquier otra bobada. Pero no nos desviemos del tema.
El libro me ha servido, además, para descubrir, aunque sea superficialmente, gran parte de la historia reciente de Irán, del que solo conocía las noticias que dan en la tele, como casi todo el mundo. Y, leyendo estas páginas, se entiende no poco de la situación actual no solo de Irán y de Iraq, sino del resto del mundo, el gran conflicto entre los valores de occidente, si es que tenemos alguno aparte de la democracia, el laicismo y los derechos humanos (aún no he decidido si esto que acabo de decir es irónico), que no es poco, y los iluminados islamistas que a fuerza de petardazos y de idiotas pseudointelectuales que defienden lo indefendible, nos quieren meter hasta la garganta la memez de que las mujeres se ponen un burka y los hombres se dan cabezazos contra un libro porque son libres y han descubierto la verdad.
¡Ah! Qué gran soplo de aire fresco: una mujer musulmana, iraní, inteligente, joven, que se ríe del pañuelo y de los imbéciles que lo defienden –lo podéis comprobar si leéis el cómic– con la fuerza de la razón y de la libertad, que cree en dios, aunque me parezca absurdo, pero que no permite que en su nombre se le impongan prehistóricas convenciones machistas ni oscurantistas, que tampoco se cree las patrañas que desde los grupos de poder occidentales –políticos, medios de comunicación, empresas à la Disney o Coca-Cola– se nos intentan vender, y que pone a todo el mundo en su sitio.
Ella ha estado en Irán, y no solo ha estado: ha nacido y crecido allí. Conoce la verdad, es muy inteligente y sabe que aquello no está bien, no como estos palurdos que tenemos en Europa y que defienden que la mujer que se tapa lo hace por no sé qué absurdas historias que nunca llegaré a entender hasta que alguien me lo explique de manera coherente (cosa que admito que considero imposible, aunque sé rectificar). ¿Por qué no se ha dado mucho más bombo a un libro que defiende que ideas como la libertad sexual, de expresión, de pensamiento, en una palabra: la libertad no es algo únicamente reservado para nosotros, los occidentales de tradición cristiana? ¿Por qué, sin embargo, hay tanto cretino empeñado en hacer que veamos al régimen islamista iraní como un gobierno más, ni mejor ni peor que las democracias en que vivimos, todo lo imperfectas y sucias que queramos? ¿Por qué incluso desde muchos de nuestros gobiernos se nos intenta vender una imagen dulcificada de esos barbudos intolerantes y asesinos? ¿Por qué el Ministerio de igualdad no le da una maldita medalla a esta mujer?
Este libro es imprescindible. Por cierto, también hay una película que he empezado a ver y tiene muy buena pinta. Aquí podéis ver el avance. Repito: imprescindible.
Marjane Satrapi vive actualmente en Francia y supongo que, mientras esté en el poder el sistema que tanta gracia les hace a muchos buenistas occidentales, no regresará demasiado pronto.
Por cierto, los dibujos son increíbles.
Actualización: esta mujer va camino de convertirse en mi musa.
Os hago un extracto de una entrevista que podéis leer más completa aquí:
Acepto la muerte como una opción [?]. No la niego. Sé que moriré, igual que un gusano. [...] Un gusano y yo son dos cosas completamente distintas. Pero soy consciente de que moriré por las mismas razones fisiológicas que un gato, una rata o un gusano.
[...]
Entrevistador.– Te recuerdo diciendo que en cualquier país el 8% de la población es estúpida.
Satrapi.– Creo que dije el 15%. [Nota del blogger: ¿os he dicho que adoro a esta mujer?]
[...]
Es como el film de Persépolis. No tenemos 300 millones de dólares. Tenemos 3 millones. Puedes gastarte 300 y producir una mierda absurda como Titanic. Truffaut hizo películas maravillosas con presupuestos pequeños. Tienes dibujantes que básicamente te dicen: ‘Mira cómo he dibujado este brazo -¡Puedes ver realmente las venas! Maravíllate de mi virtuosismo’. Eso no va conmigo.
[...]
Entrevistador.– ¿Por qué crees que algunos odian tanto el tabaco?
Satrapi.– Creo que es algo sexual –se lleva un Winston encendido a sus labios y aspira–. Lo pongo en mi boca. El humo entra en mi cuerpo, a través de un orificio. Me produce placer. Y se va… –Exhala–. por el mismo orificio. Creo que eso les recuerda… algo.
[...]
Entrevistador.– ¿Cree que podrá regresar a Irán?
Satrapi.– No estoy segura de que sea un caso de ‘no poder’. Digamos que me dijeron: ‘regresa y te ejecutaremos’. Algunos ven como una obligación morir por tus principios. [...] Estoy feliz de morir por mis principios. Pero muy, muy lentamente.
[...]
Durante años la gente en el poder ha estado vendiendo la ilusión de ‘civilización’. La definición de una sociedad civilizada es que no está hambrienta. Coge París, corta la electricidad y el agua, y vacía los supermercados. En tres días la gente se matará entre sí y se comerá los cadáveres. La noción de civilización es la mayor presunción ilusoria del mundo.
nada se asemeja más a un lugar abandonado que otro lugar abandonado
Este corto y curioso librito de Georges Perec te prosa y te versa algunos hechos relacionados con la isla de Ellis, la puerta de entrada a los Estados Unidos durante la época en que probablemente vivió su mayor flujo inmigratorio, entre finales del siglo XIX y principios del XX. Millones de personas veían aproximarse la isla de Manhattan, con la Estatua de la libertad, y pensaban que la tierra prometida estaba a su alcance, pero antes debían pasar un examen médico y una especie de interrogatorio. El libro, en sus escasas 61 páginas, es una especie de collage que pega curiosidades y datos históricos de forma un tanto libre e interesante.
La inmigración fue virtualmente libre durante bastante tiempo, hasta que los estadounidenses empezaron a pensar que no cabían muchos más y empezaron a restringir la entrada, por medio de una especie de ley llamada Literacy Act, que exigía, entre otras cosas, que los aspirantes a norteamericanos adoptivos supieran leer y escribir en su idioma. El examen médico era un tanto peculiar: si te veían sano, en una inspección superficial que solía durar unos dos minutos, te espetaban un «Welcome to America» y ale, para adentro. Si el doctor veía algún signo de enfermedad, te pintaba en el hombro con tiza una inicial –correspondiente al tipo de enfermedad del que hubiese visto indicios– y te hacían pasar a otra sala sin explicarte nada, para un examen más minucioso. Algunos pasajes del libro son impresionantes:
La mayoría de los inspectores hacía concienzudamente su trabajo y buscaba junto con los intérpretes obtener datos más correctos y precisos acerca de los recién llegados.
Un gran número era de origen irlandés y poco habituado a la gráfica y a la consonancia de los nombres de Eruropa Central, de Rusia, de Grecia y de Turquía. Por otro lado, muchos emigrantes deseaban tener nombres que parecieran americanos. De aquí que, en Ellis Island, tuvieran lugar innumerables historias de cambios de nombre: un hombre venido de Berlín fue llamado Berliner; otro llamado Vladimir recibió el apellido Walter; otro llamado Adam, el de Adams; un Skyzertski devino Sanders; un Goldenburg, Goldberg, mientras que un Gold se transformó en Goldstein.
Aconsejaron a un viejo judío ruso elegirse un apellido muy americano para que las autoridades no tuvieran dificultades en la transcripción. Pidió consejo a un empleado de la sala de equipajes, quien le propuso Rockefeller. El viejo judío repitió varias veces: Rockefeller, Rockefeller, para estar seguro de no olvidarlo. Pero cuando, muchas horas más tarde, un oficial le preguntó su nombre, lo había olvidado y respondió, en yiddish, Schon vergessen (ya lo he olvidado), y fue así inscripto con el nombre muy americano de John Ferguson.
Esta historia es tal vez demasiado bella para ser verdadera, pero, en el fondo, poco importa si es verdadera o falsa.
Para los inmigrantes ávidos de América, cambiar de nombre podía ser considerado una ventaja. Hoy, para sus nietos, es diferente. Notemos que en 1976, año del bicentenario, varias decenas de Smith de origen polaco pidieron llamarse nuevamente Kowalski (tanto uno como otro apellido significan “herrero”).
El 2% de los emigrantes fue rechazado. Esto representa, aunque parezca poco, doscientas cincuenta mil personas. Tres mil de ellas se suicidaron en Ellis Island entre 1892 y 1924.
La última página del libro también es digna de cita, y juraría que ya la había leído por ahí, especialmente las últimas líneas:
los inmigrantes que desembarcaron por primera vez en Battery Park no tardaron en percibir que lo que les habían contado sobre la maravillosa América no era del todo exacto: tal vez la tierra pertenecía a todos, pero aquellos que habían llegado primero estaban ya servidos, y no podían evitar, amontonarse de a diez en los tugurios sin ventanas del Lower East Side y trabajar quince horas por día. Los pavos no caían rostisados en los platos y las calles de New York no estaban pavimentadas con oro.
En realidad, la mayoría ni siquiera estaba pavimentada. Y comprendían entonces que se los había hecho venir para que ellos las pavimentaran.
La negrita es mía. Por cierto, el nombre de Ellis –antes se había llamado Isla de las ostras, entre otras denominaciones– viene del apellido de un señor que la compró por una ridícula cantidad de dinero. Este hombre, años después, la regaló a la ciudad de Nueva York, que a su vez se la vendió al Gobierno, obteniendo una cifra de dinero nada despreciable.
Elías(en clase de 2.º de ESO): Así que una metáfora es cuando identificamos aquello de lo que hablamos, la realidad, que llamaremos R, con otra cosa que no es la realidad, pero que para nosotros guarda alguna relación de semejanza con ella, y a la que llamaremos imagen o I. Por ejemplo, cuando el poeta dice que la chica que le gusta es «una gata», en realidad está hablando de una chica (R), pero la identifica con una gata (I), para que entendamos que para él la chica es una persona sensual, indomable e independiente. [...]
A continuación vais a crear vosotros una metáfora. El término real lo voy a escoger yo: es el instituto. Y ahora vosotros vais a escoger una imagen, algo que no es el instituto, con la que lo vais a identificar, para que yo entienda que para vosotros el instituto tiene alguna característica de esa imagen. A ver, levantando las manos, ¿qué imagen vais a escoger?
Varios alumnos al unísono: Una cárcel.
(Hoy)
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2. Cita:
Lo que hacemos en la escuela (olvidándonos de todas las cosas agradables que predicamos) viene a decir de hecho a los niños pequeños: «Vuestra experiencia, vuestras preocupaciones, esperanzas, temores, deseos, intereses no cuentan nada. Lo que cuenta es lo que nos interesa y preocupa a nosotros, y lo que hemos decidido que tenéis que aprender. [...]
Pensando en los niños que conozco, me parece que se pasan una parte tan importante de su desarrollo haciendo lo que la gente les dice, o no haciéndolo, e invierten tanto tiempo en reaccionar de una forma u otra ante las presiones externas, que tienen muy poco tiempo para averiguar quiénes y qué son.
(Páginas 195 y 196)
Sí, realmente, es algo parecido a una cárcel. Excepto para el alumno que tiene tendencia excesiva a valorar los juicios que hacemos las personas mayores; el que se ha convertido en una máquina de agradar a profesores y padres, y que, tan joven, ya tiene decidido que el mundo es como es y que no hay que cambiar nada, sino amoldarse. Y yo creo que, en realidad, nuestra función debería ser convencerlos de que el mundo no solo puede, sino debe cambiar.
Sospecho que, dentro de veinte años, contaremos con aparatos del tamaño de una radio de transistores, que supongo constituyen una plaga también en Gran Bretaña, que realizarán todas las operaciones actualmente comprendidas dentro de las matemáticas que se enseñan en las escuelas, y más. No sólo las operaciones básicas, sino raíces cuadradas y vaya Vd. a saber qué otras. Y no serán muy caros.
Este texto es de finales de los años sesenta del siglo XX. Aparece en la página 189. ¿Fue Holt un visionario, o simplemente usó la lógica más elemental? Recordemos lo que decía al respecto, a finales de los 70, el famoso profesor Frink de Los Simpsons:
Dentro de 100 años, los ordenadores serán el doble de rápidos, 10.000 veces mas grandes, y tan caros que sólo los cinco Reyes más ricos de Europa podrán tener uno.
Y es que es lo que yo digo: hay profesores y profesores.
Sí, hasta cierto punto la educación tradicional constituye, diciéndolo lo más claramente posible, una preparación para la esclavitud. Ya sabe: «Las órdenes son las órdenes», y si una persona se va a pasar toda la vida recibiendo órdenes, mejor que empiece a los seis años.
De la página 184. Hoy el comentario a esta cita lo pondrá involuntariamente julifos:
«Da repelús decirlo así, a estas alturas de la vida, pero antes pintaban más los niños aprendiendo un oficio que ahora tirándose doce años bajo el primer yugo social, el más fuerte por ser el primero, cuando uno está tierno y se le sueldan definitivamente las cervicales para mirar al suelo, como los cerdos.»
Poco que añadir. Ah, sí, acabo de terminar el libro, y después de quizás dos o tres posts más vendrá el post final. Creo que todo el mundo debería leerlo. Sobre todo los padres y los profesores. Aunque no sea para que te convenza; el mismo John Holt se muestra a menudo inseguro sobre sus propias afirmaciones, siempre ávido de aprender y tirar por tierra sus propias convicciones. Como suelo decirles a los niños: «Vuestro primer derecho es equivocaros, y la capacidad de equivocaros es la primera razón por la que estáis aquí». Acto seguido les digo que los profes también se equivocan, y lo suelen tomar de muy buena gana.
Repito: este libro debería ser obligatorio en el absurdo curso que nos dan a los licenciados para ser profesores, y no tantas chorradas pseudopedagógicas.