Ars longa, vita brevis

Egolingüística

24 de June de 2008

Antes de nada, disculpad la falta de frecuencia en actualizar el blog, pero muchos sabéis que estoy en pleno proceso de oposiciones (he hecho ya la primera prueba de dos) y no tengo la cabeza para nada aparte de llevar los cuernos. Pero bueno, nosotros a lo nuestro.

En una de las lenguas de los esquimales, la palabra con la que ellos se designan, inuit, significa «gente». Solo ellos son «gente», el resto de las personas… pues no (fuente).

En inglés, al contrario del castellano, se nombra primero la persona que habla y luego las otras: I and my girlfriend are young adults.

Por el contrario, en castellano, la palabra para designar a los otros (others en inglés) es los «demás». O, dicho de otro modo: los de más.

En tres palabras

17 de June de 2008

Se desconoce el origen de la palabra perro. Lo normal, siendo una palabra de uso frecuente, es que hubiésemos seguido utilizando la palabra patrimonial can, que viene del latín canis (y que sí ha triunfado en otras lenguas romances: véanse el francés chien y el italiano cane). Sin embargo, en el habla sólo se usan los derivados de can: canino, cánido, etc. y prácticamente ha desaparecido la palabra original, que solo se usa para demostrar que existen los sinónimos (por lo menos una rubia de entre mis lectores entenderá esta última afirmación).

La primera vez que aparece la palabra en un documento es en el año 1136, referida a la población del Monte de Perra. Esto, según Corominas, pues hay quien afirma que Perra es una deformación de Piedra (del latín petra). Es todo lo que sabemos sobre su origen.

Una de las teorías sobre esta bonita palabra es que evolucionó a partir de la onomatopeya que usan los pastores para llamar o dar órdenes a sus perros: «prrr». Me parece improbable, pero no imposible. De hecho, el catalán gos tiene precisamente ese origen, pues los pastores catalanes llamaban a los perros gritándoles «gus» o «kus».

En cualquier caso, una cosa es cierta: no hay ninguna palabra en ningún otro idioma relacionada con ella.

Por su parte, la palabra murciélago (que antiguamente era murciégalo) viene de los vocablos latinos mus, «ratón», y caeculus, diminutivo de caecus, «ciego». Esta palabra tiene mucho menos misterio que la anterior, aunque siempre me ha parecido que tiene un sonido hermoso. Murciélago. Ratón cieguito.

Una tercera palabra, izquierdo, -a, ha tenido que vivir una pequeña aventura para llegar hasta nosotros desde las inhóspitas montañas vascas.

La palabra patrimonial (esto es, la que procede de nuestra lengua madre, el latín) era siniestro, de sinister, contraria a diestro (de dexter, como el asesino simpático).

Pero los españoles medievales eran muy supersticiosos. Y pensaban que si un ave –especialmente si era negra– les salía al encuentro por la izquierda cuando salían a una empresa, era un signo de mala suerte. Y, con el uso, al final el mero hecho de decir «tomemos el camino siniestro» les daba escalofríos. La palabra se convirtió en tabú, y como pasa en estos casos, fue sustituida. En una época de gran permeabilidad (en España durante la Edad Media se hablaban, al menos, castellano, vascuence, leonés, catalán, gallego-portugués, aragonés, riojano, árabe, mozárabe, hebreo y otras lenguas, y los intercambios entre ellas eran frecuentes) no hubo problema en adoptar el vasco ezkerra para denominar el lado izquierdo de las cosas, y al final la palabra evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy. El mismo cambio se produjo, presumiblemente, en el catalán, ya que al parecer los catalanes eran tan supersticiosos como los castellanos. Y en el portugués. La palabra patrimonial no desapareció, simplemente sufrió un cambio de significado.

En La Lengua:

Lo de las miembras es una memez

14 de June de 2008

Lo siento, a veces algo es tan evidente y claro que no hace falta escribir un post de diez párrafos para decirlo.

Paradigma y sintagma: una alegoría

26 de May de 2008

Ferdinand de Saussure, en su celebérrimo Curso de lingüística general¹, fue capaz de ver un montón de cosas que, aunque hoy nos parezcan tan evidentes, nadie había percibido antes. Entre estas cosas se encuentra una pareja de opuestos (dicotomías, las llamó) que nombró paradigma y sintagma.

El sintagma es un grupo de palabras que se producen conjuntamente. Por ejemplo, la oración que hay justo antes del punto anterior («El sintagma es…»). Las relaciones que se establecen entre una palabra y las que aparecen en su sintagma (p. ej., entre «grupo» y «El», «sintagma», «es», etc. en el ejemplo anterior) se llaman relaciones sintagmáticas.

El paradigma es el conjunto formado por una palabra y todas las que pueden aparecer en su lugar en un contexto (sintagma) determinado. Por ejemplo, en la oración «El león es un animal», «león» forma un paradigma junto con un numeroso grupo de palabras, como «cocodrilo», «mosquito», «perro», etc. Las relaciones entre las palabras de un paradigma se llaman relaciones paradigmáticas.

Vamos a hablar de política, como habréis adivinado. Para representar visualmente la dicotomía sintagma/paradigma se suele recurrir a los ejes vertical y horizontal:

En el ejemplo se percibe con toda claridad, modestia aparte: el eje verde es el sintagmático, y todas las palabras de ese color están en relación sintagmática con la abeja; por su parte, el eje fucsia es el paradigmático, y todas esas palabras, intercambiables entre ellas y por la abeja, forman un paradigma.

El bienestar futuro de la humanidad depende de que aprehendamos estos dos conceptos.

Los grupos de poder económico y político procuran que andemos siempre peleados con los elementos de nuestro sintagma, esto es: con los trabajadores que tenemos al lado de nuestros hombros. Aparentemente, la abeja y el «se» no se parecen en nada, puesto que uno es un sustantivo y el otro un pronombre; no obstante, aunque no se parecen, funcionan de maravilla juntos. Nuestro paradigma son los currantes, amigos míos: la gente que se levanta temprano para enriquecer a los bancos y a los partidos políticos.

El paradigma son los que tenemos arriba y debajo, pero sobre todo arriba: la alondra y la mosca. Se parecen a la abeja, pero solo en el color: en realidad, guardan mucha más relación con las palabras de otros posibles sintagmas: «La alondra se comió todo el grano»; «La mosca vive de la muerte y la miseria de los demás.»

La alondra y la mosca quieren que nos fijemos en el color, la religión, la lengua, la nacionalidad. Quieren pelearnos con las palabras verdes, para ir haciendo su agosto mientras nosotros empleamos nuestro escaso tiempo libre en odiarnos.

Lo llevan consiguiendo mucho tiempo, es verdad. Pero no es imposible que algún día cambiemos el cuento y echemos a andar la oración.

(La alondra y la mosca son las grandes empresas, los bancos, los políticos. No sé si hacía falta decirlo, pero en fin, por si acaso, dicho queda.)

(1) En realidad, Saussure nunca escribió su Curso. Hoy podemos disfrutar de él, una de las cimas de la humanística del siglo XX, gracias a las notas que dos de sus alumnos tomaron en las varias conferencias que el lingüista suizo impartió en la Universidad de Ginebra.

En dos palabras

19 de May de 2008

«No hay tutía.» La palabra tutía es una deformación de atutía, que viene del árabe hispánico attutíyya, y esta del árabe clásico t?tiy?(‘), que a su vez procede del sánscrito tuttha. La atutía era el óxido de cinc que se quedaba adherido a las paredes interiores de las chimeneas, y que tratado con ciertas sustancias era vendido como remedio para diversos males. La expresión del principio quiere decir que no hay remedio (esto es, «atutía» o «tutía») para algún mal que se padece, o bien no hay posibilidad de conseguir algo que se desea (fuente). La expresión está en proceso de sufrir una nueva deformación y convertirse en «no hay tu tía», debido a que los hablantes han perdido el vínculo conceptual con el significado de la palabra original y la identifican, erróneamente, con dos palabras distintas que sí conocen. Ha pasado siempre y seguirá pasando, no hay por qué alarmarse. En lingüística estas deformaciones incultas se conocen como «etimología popular».

«Te voy a dar una somanta de palos.» Somanta («tunda, zurra») es una palabra compuesta de la preposición «so» (que antes se estudiaba en la escuela: «… según, sin, so, sobre y tras», pero que en muchos de los libros de texto actuales ya solo se cita como arcaísmo, si es que se hace) y de «manta». So significa «debajo de» y viene de la preposición latina sub, que en castellano actual se usa como prefijo («submarino», «subcontratar»). No debe confundirse con el «so» de «so tonto», que procede de «señor» (latín senior, más viejo). La expresión proviene, probablemente, de la acción de cubrir a alguien con una manta (esto es, ponerlo so la manta) y darle la paliza de su vida, costumbre muy arraigada en nuestra península, como otras en que un número indeterminado de personas abusa físicamente de otra o de un animal para regocijo general.

El efecto McGurk

12 de May de 2008

A menudo os quejáis en los comentarios de que La Lengua está muy bien, es un blog interesante escrito por un hombre joven de aspecto atractivo, pero… no os proporciona ninguna oportunidad para sorprender a vuestros amigos y quedaros con ellos. Pues bien, hoy eso va a cambiar.

Primero subid el volumen de vuestros altavoces. Ahora mirad y escuchad el siguiente vídeo (es importante que lo miréis al tiempo que lo escucháis). No sigáis leyendo hasta que lo hayáis visto una o dos veces:


Enlace al vídeo en YouTube

Bien. Un hippie diciendo «da, da, da», seguramente puesto de ácido hasta las cejas. Hasta aquí todo correcto, ¿verdad?

Ahora reproducid el vídeo por segunda vez. Pero esta vez, sin mirarlo. ¡Ahí va! ¿Ahora dice «ba, ba, ba»? ¿Qué es lo que ha pasado?

Lo que habéis experimentado es el efecto McGurk, según la Wikipedia «un fenómeno perceptivo que demuestra la interacción entre vista y oído en la percepción del habla. […] Su efecto es muy poderoso, funciona incluso cuando el oyente conoce la existencia del efecto». Podéis hacer la prueba si queréis.

No he investigado demasiado, pero creo que en este caso concreto esta explicación es posible: los fonemas (sonidos lingüísticos mínimos) /b/, /d/ y /g/ solamente se diferencian entre sí en un rasgo: el lugar de articulación. La /b/ es bilabial (haced la prueba), la /d/ es interdental y la /g/ es velar. La abertura de la boca en la /b/ es mínima, o inexistente; en la /d/ es media, y en la /g/ es máxima (esto no es correcto siendo lingüísticamente quisquillosos, pero para que lo entendáis es suficiente). Nuestra percepción del habla no se basa solamente en el oído, sino también en la vista, aunque, para ser franco, yo me acabo de enterar. Si nuestro oído oye la /b/, con su abertura mínima, pero nuestros ojos ven la /g/, parece ser que nuestro cerebro opta por un término medio y nos hace oír el fonema /d/. Podéis comprobarlo: si miráis el vídeo sin sonido, está claro que el hippie no está pronunciando ni la /b/ ni la /d/, sino muy probablemente la /g/.

Seguramente esto está relacionado con las probabilidades de éxito perceptivo en situaciones no idóneas de comunicación. Nuestro cerebro intenta buscar una solución intermedia, la más probable, aunque no sea la más apropiada para algún caso concreto, pero que en muchos casos puede funcionar. Me parece un ejemplo adaptativo interesantísimo.

Esto tiene que ver con la teoría de la comunicación. En todo acto de comunicación, además de un hablante, un oyente, un mensaje, un código (por ejemplo, un idioma), un canal por el que viaja el mensaje y una situación, también existe el ruido, que es un fenómeno que no siempre tiene que ser acústico (un manchurrón en un texto escrito es ruido, hablando en términos de lingüística). El lenguaje tiene diversos procedimientos para minimizar el efecto que el ruido tiene en las comunicaciones. En castellano, por ejemplo, el género y el número no los muestra solo el sustantivo, sino también los artículos, determinantes y adjetivos¹ («los perros negros»); esto no sucede en todas las lenguas, porque cada una tiene sus propios procedimientos (véase el inglés the black dogs, donde el número solamente viene expresado por el sustantivo).

Hay otros formas en que nuestro cerebro nos intenta engañar, como en el caso de los estereotipos y los prejuicios. Por ejemplo, si sufrimos tres robos a manos de extranjeros, es muy probable que nuestro cerebro forme la idea de que todos los extranjeros son posibles ladrones. Esto es un prejuicio, no es justo, y por supuesto no es real, puesto que el que me hayan robado tres extranjeros no convierte a todos los extranjeros en ladrones… pero nuestro cerebro, sin que nosotros tengamos participación en ello, piensa que nuestra supervivencia o bienestar están más protegidos si nos engaña con el prejuicio, y allá que se va. Por eso, supongo, es tan difícil deshacernos de nuestros prejuicios: la razón nos dicta una cosa, pero ciertos mecanismos inconscientes en nuestro cerebro irracional nos arrastran a su terreno. Y lo irracional aún sigue siendo un poderoso motor en el mundo de este siglo; si no fuera así, no estarían buenas todas las secretarias, sino que serían todas muy eficientes.

Creo que se puede relacionar este efecto con una corriente lingüística bastante extendida en los últimos años, la pragmalingüística. Esta escuela pone de relieve la importancia del contexto lingüístico y del extralingüístico en la comunicación, llegando a proclamar, con gran parte de razón, que la mayoría de los mensajes son incomprensibles si atendemos solo a su forma puramente lingüística. Y ejemplos se pueden poner a puñados:

Una oración como «Ve por ahí» no puede ser totalmente interpretada sin conocer el lugar (que está en la realidad, fuera del lenguaje) indicado por el deíctico «ahí». En este caso, lo importante es la situación espacial en que se produce el acto de comunicación.

La oración «Dame eso» puede ser interpretada de varias formas distintas. Si se la dice un chaval a su hermano, es simplemente una petición para que le acerque algo, sin mayores implicaciones. Pero si es pronunciada por un ciudadano a un funcionario con el que no tiene ninguna confianza, refiriéndose a algún papel, connota un cierto cabreo en el hablante, y una desconfianza en la pericia del oyente. Lo que entra en juego aquí es la relación entre los interlocutores y el marco lingüístico, que es una serie de relaciones y circunstancias estereotipadas que se dan en determinadas situaciones.

El análisis y la comprensión del lenguaje, como si fuera algo totalmente aislado, y puramente auditivo (o puramente visual, en el caso de la palabra escrita) pertenece al pasado, y hoy en día casi nadie se plantea su estudio como un ente totalmente autónomo e independiente de otros cientos de factores. Estudiar la comunicación lingüística como algo pleno en sí mismo sería como estudiar el funcionamiento del corazón de un ser vivo, sin tener en cuenta las arterias y venas que parten de él o lo alcanzan, la función que tiene en un organismo superior o las operaciones que el resto del cuerpo tiene que realizar para que cumpla con su utilidad.

Por lo demás, ahí tenéis el vídeo, si le hacéis el truco a alguien en el trabajo, seguro que seréis los más populares en la oficina hoy. Me debéis una. Vía Menéame.

(1) Esto es conocido como redundancia lingüística, un fenómeno que va en contra de la economía de las lenguas naturales, pero que tiene la necesaria utilidad de reducir la entropía o incertidumbre causada por el ruido.

Habla bien, niño

17 de April de 2008

Existen, grosso modo, dos concepciones de gramática: la descriptiva y la prescriptiva. La prescriptiva, es decir, la que intenta enseñar a la gente cómo hay que hablar, es la que tiene más historia: desde la Poética de Aristóteles hasta el reciente Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia, la historia ha contemplado más de 2.000 años de golpes en la mano con la regla, de tirones de pelo, de orejas de burro y de niños crucificados con pilas de libros cara a la pared. La gramática descriptiva, por contra, es, como su nombre indica, un simple inventario de hechos de la lengua: informa sobre cómo habla la gente, sin entrar en cómo debería hablar la gente.

La tendencia prescriptiva ha sido general durante casi toda la historia del análisis lingüístico, y solo desde los arranques iluminadores de finales del siglo XVII y del XVIII se empezó a concebir el estudio de las lenguas como una ciencia de verdad, de recopilación de datos para su estudio, su comparación, y su abstracción de fenómenos para explicar por qué pasa esto o lo otro, huyendo de las prescripciones de las poéticas tradicionales que en realidad son, más que nada, tratados de buenas maneras.

Por eso, entre otras razones, aún no se ve la Lingüística como una ciencia; por eso muchos memos cortos de miras desprecian el estudio de algo sin lo que no podríamos pensar como lo hacemos, sin lo que no habríamos llegado a la luna y sin lo que nos sería imposible el estudio de las ciencias «de verdad».
(more…)

El signo et

16 de April de 2008

Et

El otro día me preguntaron mis alumnos qué significaba y de dónde venía el signo &, y sabía la respuesta a ambas preguntas, aunque no tenía profundos conocimientos sobre el tema. Cuando llegué a casa a la hora de comer, el esfuerzo que hace todo profesor por desconectar de los problemas escolares hizo que me olvidara del asunto… hasta hoy, en que casualmente he visto una anotación al respecto en Microsiervos.

Lo que yo ya sabía: que este signo proviene del latín et, que significa «y» y que ha perdurado en las lenguas romances (como el castellano, el catalán i o el francés et) e incluso ha podido penetrar en el léxico del vascuence, ya que su conjunción eta viene del latino et. Esto es bastante inusual, puesto que son mucho más frecuentes los préstamos entre palabras que constan de lexema (para entendernos, especialmente verbos, nombres y adjetivos) que en las que son puro morfema, esto es, aquellas cuyo significado es meramente gramatical, como las conjunciones, los pronombres o las preposiciones.

Todos sabemos que es muy fácil que adoptemos préstamos lingüísticos en los sustantivos (fútbol), en los verbos (chatear) o en los adjetivos (izquierdo, del vasco ezkerra), pero seguro que casi ninguno de vosotros sabe decirme una preposición, una conjunción o un determinante que hayamos adoptado del inglés, con toda la poderosa influencia que esta lengua ejerce sobre todos los idiomas vivos. En fin, este es un tema que da para otro post.

También sabía que el símbolo & se debía a una deformación de las letras et producida por su escritura rápida. En la imagen que ilustra estas líneas tenéis la evolución que ha sufrido el símbolo, desde las dos grafías hasta el único dibujo actual.

Lo que no sabía, por ejemplo, es que su nombre en inglés es ampersand, que es una deformación de and per se and, que significa «y por sí mismo, y», una fórmula mnemotécnica para aprender el alfabeto (más en la Wikipedia). También había advertido que es mucho más frecuente en los textos en inglés que en español, y no sabía la razón. Ahora que la conozco, se muestra de una lógica aplastante: la conjunción copulativa principal en inglés no viene de et sino que es and, procedente del inglés antiguo, y probablemente antes del antiguo altogermánico unti (alemán moderno und). Es lógico que un angloparlante quiera abreviar tres letras en un símbolo que representa dos, pero no que un castellanohablante quiera “abreviar” una letra en un símbolo más largo y por tanto más costoso en la economía lingüística.

Este es el motivo más probable a mi parecer de que veamos escrito en inglés Johnson & Co., pero en castellano Manolito y Cía., por ejemplo.

Para saber más sobre el signo y su evolución, aquí tenéis un interesante y bien ilustrado artículo en la web de Adobe.

Si tenéis intención de usar este símbolo en una web, un post de vuestro blog, etc. es mejor que utilicéis la fórmula & así como la veis escrita, que ofrecerá el símbolo deseado y os evitará unos muy probables problemas con el código de vuestras páginas y la forma en que se muestra a los visitantes.

Una recomendación

8 de April de 2008

Ya hace mucho tiempo que este blog dejó de tratar exclusivamente temas lingüísticos, por dos razones fundamentalmente: mis conocimientos son limitados y los temas que me interesan no.

Pero si alguien está buscando algo de cultura lingüística, un poco de gramática, curiosidades sobre el idioma y extrañas etimologías, puede pasarse por Blog de lengua española, una buena e interesante web escrita por un profesor de la universidad Carlos III de Madrid.

De muestra, un botón: el post Catalanismos en castellano, donde podéis apreciar lo que oiríamos en los telediarios si se dejase hablar sobre lenguas a los expertos, en lugar de escuchar tanto a quienes no entienden ni papa (sí, nuevamente me refiero a ellos):

El catalán y el castellano son lenguas hermanas: las dos han salido de la misma madre, el latín, y se han criado en la misma casa, la Península Ibérica. Han crecido juntas, y como buenas hermanas que son se han prestado muchas cosas a lo largo de los años. Por eso en castellano encontramos hoy un número nada desdeñable de catalanismos. […]

Si es que los de letras somos todos unas bellísimas personas. Y los de ciencias también, que conste. No dejéis de pasaros por el blog enlazado.

Sic: corrigiendo

9 de March de 2008

7. Explica el significado de las siguientes palabras:

a. Insectívoro: insecto que come carne humana.

c. Autolesionarse: Lecsionarse en un Auto.

¿Dónde estará el profesor de Lengua de esta chica? ¡Ups…!

Hay que comer

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