Ars longa, vita brevis

¿Cambio?

1 de March de 2009

Es curioso que las palabras significan lo que queramos que signifiquen. Parece que el sentido no lo tienen en su esencia, ni, por supuesto, en un diccionario, sino en la intención del hablante. Esto es: se diría que uno tiene el significado de lo que quiere decir dentro del cerebro, y al expulsarlo utiliza las palabras como si fueran de plastilina. Yo produzco un sonido o dibujo unas letras, y el significado de lo que digo puede variar según mis intereses.

Todo esto lo estudia la Pragmática, una rama relativamente nueva de la Lingüística que nos avisa de que el significado de una oración no es el de la suma de los significados de las palabras en un diccionario, sino que ese significado viene dado por el análisis a una velocidad cercana a la luz –es un decir– de un sinnúmero de elementos: el contexto textual (palabras que se han dicho antes o después); las características personales del hablante y del oyente (no significa lo mismo la palabra «tío» dicha de una persona a su tío carnal, veinte años mayor, que entre dos adolescentes); el momento y el lugar, etc. Estos y otros factores pueden hacer que un mensaje verbal compuesto por las mismas palabras exactamente en el mismo orden tenga significados distintos, o incluso opuestos, en diferentes situaciones.

Una de las últimas víctimas de la hipocresía de los hablantes es la palabra «cambio». Está muy de moda por haber sido uno de los eslóganes del presidente Barack Obama durante su campaña electoral. Aquí tenéis una imagen que he encontrado en digg.com:

cambio

Aquí está la original. En Digg el título del artículo es «CHANGE has come?». O, lo que es lo mismo: «¿Ha llegado el CAMBIO?».

El esperado cambio, según piensan algunos, no es que a partir de ahora las personas de piel oscura no se vean obligadas a aceptar puestos de trabajo que nadie quiere. El cambio consiste en que los blancos se vean obligados a limpiar los zapatos de los negros. Y ello para satisfacer un pueril sentimiento de «justicia», tan estúpido que no es ni siquiera venganza: castigar a inocentes vivos para desagraviar a víctimas muertas. Quizás si un blanco norteamericano limpia los zapatos de un negro, Kunta Kinte reirá en su tumba. No lo veo probable.

El mismo estúpido sentimiento de venganza más allá de la muerte está presente en estas leyes tan idiotas que exigen una cuota determinada de mujeres en determinados puestos laborales. Discriminar a hombres mejor preparados, por lo visto, hará que en el cielo los millones de mujeres que históricamente han sido menospreciadas tengan una satisfacción. ¿Es así la cosa? Sí, o lo parece.

Un segundo ejemplo de manipulación perversa de la misma palabra lo encuentro hoy en el diario El País (enlace). El artículo habla sobre las elecciones gallegas, que se celebran hoy. El título es: «El cambio en Galicia pende de un hilo».

¿En qué consiste el cambio para el diario global en español? Pues en que el resultado de las elecciones permita seguir gobernando a los que ya están. Si los votantes gallegos provocan un cambio en el gobierno autonómico, entonces no se habrá producido este «cambio». Si, por el contrario, permiten que sigan gobernando los mismos que en los últimos cuatro años, entonces sí. Y todo por la bondadosa aura que, como buena colonia estadounidense que somos, causa en nosotros la dichosa palabrita.

Me recuerda al significado que dan algunos nostálgicos y sinvergüenzas a la palabra «revolución» en Cuba: revolución significa que el dinosaurio que lleva cincuenta años aplastando la joya caribeña siga dirigiendo, como un fascista de manual, las vidas de millones de cubanos.

Cuando una lengua se pierde…

19 de February de 2009

… ¿va al cielo?

Bromas aparte, me encuentro con este estupendo artículo de Pablo en Abundando. Ignoro la formación lingüística o histórica del autor, pero es un buen ejemplo de cómo explicar cosas bastante complicadas con pocas y muy claras palabras. Os lo recomiendo. El artículo trata sobre por qué hay tantas lenguas, y por qué no menos, ni más, y sobre cómo podrían perderse unas lenguas, aparecer otras y si es posible que en un futuro extraño todo el mundo hablase un solo idioma.

No entra en el tema de si hubo una sola lengua originaria de la que proceden todas las demás, y lo entiendo, porque siendo el tema interesantísimo, aún no ha habido lingüista ni escuela que lo haya podido solventar. Algo totalmente comprensible, ya que lo más seguro es que nunca se sepa: las únicas pruebas que probablemente pudiéramos utilizar para estudiar el lenguaje de nuestros antepasados serían registros escritos o sonoros, y la escritura se inventó miles de años después de la aparición del lenguaje, y las grabaciones sonoras miles de años después de la escritura. Gracias a la comparación de lenguas vivas y a los registros escritos hemos podido documentar de forma casi segura la existencia de lenguas de las que nadie ha hablado nunca, como el indoeuropeo, pero remontarnos más atrás parece tarea imposible, y como lingüista que cree firmemente en la Lingüística como ciencia, es verdaderamente una tristeza.

No dejéis de leer el artículo, aunque vuestro interés por las lenguas sea solo el de una persona interesada vagamente por cualquier cosa interesante. Mi comentario al artículo lo reproduzco a continuación:

[...] no tengo tan claro eso de que no pase nada si una lengua desaparece. Según los lingüistas idealistas, una lengua es una forma de ver el mundo, y si al final todo el globo acaba hablando una sola lengua (lo que veo muy probable, y que sea posiblemente un inglés muy contaminado con castellano y con rasgos del chino y del árabe), habrá una visión del mundo unitaria. Esto puede hacer posible que no haya gente que piense de manera muy distinta a los demás, lo que puede acarrea la dificultad de ver los propios fallos.

El contemplar lo felices que son algunas comunidades humanas alejadas de Occidente, que sobreviven trabajando en la naturaleza y con no muchas comodidades modernas, quizás ha hecho que en esta parte del mundo no nos olvidemos de que no todo es trabajar cuantas más horas mejor para tener una tele más grande que la del vecino. No digo que esto lo haya causado el distinto idioma que hablen en Nigeria, pero sí una forma distinta de ver el mundo, quizás propiciada en todo o en parte por un distinto idioma.

Sí estoy de acuerdo en que intentar imponer una lengua a martillazos (como hicieron los romanos, Franco o algunos gobiernos autonómicos aquí y ahora) es una barbaridad, especialmente cuando se hace con fines políticos inconfesables. Para que una lengua sobreviva, no siempre es imprescindible un proceso de normalización. El griego siguió empleándose como lengua de cultura durante toda la época imperial romana por su prestigio literario y filosófico. ¿No podrían empeñarse los gobiernos en promover la creación de obras literarias y la investigación científica en las lenguas propias, en lugar de condenar al fracaso escolar a muchos alumnos que han de aprender la lengua autonómica en la escuela a fuerza de castigo y estudio? Eso, en mi opinión, también ayudaría –quizá más– a evitar la pérdida de una lengua, y sobre todo se haría por medio del respeto a una lengua de cultura, y no por miedo a multas y suspensos.

La insoportable estupidez del ser

19 de November de 2008

Un Joan Martí, del Institut d’Estudis Catalans, opina que debería multarse a los periodistas que no escriban o hablen bien esa lengua, aunque más tarde ha tenido que rectificar, parece ser que por presiones (los enlaces anteriores vía Daniel Tercero).

Yo entiendo el amor por la lengua propia, aunque sin llegar al enamoramiento obsesivo. En algún momento tienes que darte cuenta de cuándo un amor te está haciendo daño, y a veces, con dolor del corazón, debes abandonarlo.

A ver, sin metáforas: que yo quiero mucho al castellano, pero procuro siempre que este amor a) no me haga odiar a otros idiomas, sea cual sea su situación (¿se puede odiar a un ente abstracto?) y b) no me haga decir estupideces. Lo peor que puede pasarle a alguien que ama un idioma, de hecho, es oír a algún político diciendo alguna de las suyas. Como esta.

Y llega un momento en el que te planteas: ¿para qué defendemos un idioma? Y ¿a qué precio?

Yo creo que si hubiera que defender un idioma (cosa muy alejada de mis intereses, los idiomas que se defiendan solos, oiga, incluido el mío), debería hacerse para proteger a la gente que lo habla, no esa abstracción mental de símbolos y reglas que llamamos sistema lingüístico. ¿Es que un idioma tiene derechos?

Puede que lo defendamos simplemente porque es bonito, o único, o un bien cultural, como defendemos las ballenas, los parques nacionales y las ruinas arquitectónicas. Pero entonces, ¿cuál es el precio razonable que debemos pagar por esta defensa? ¿Multamos a la gente por hablar «mal», signifique eso lo que signifique? ¿No estamos entonces empeorando la calidad de vida de la gente para defender un idioma? ¿El bien mayor es la defensa del idioma, o la calidad de vida? ¿No se defendía el idioma para defender a la gente? ¿No empieza esto a parecerse a un círculo vicioso de interrogantes?

En una cosa estoy de acuerdo con el señor Martí: un periodista que no conoce la lengua con la que trabaja no merece trabajar ahí. Pero amic… A la gente eso no le molesta, os molesta solo a los políticos interesados. Y si a la gente no le molesta una clase periodística que pisotea su propio idioma, entonces la gente no se merece nada mejor.

Tildes

4 de November de 2008

Internet me va a volver loco. No, lo digo en serio. La forma de escribir de la gente es demencial, y además, lo peor es que no hay una regularidad. Si al menos todo el mundo se pusiera de acuerdo en escribir mal, pero de la misma forma, sería un alivio. Pero hay veces en que una misma palabra la escriben de n formas distintas, y uno, un serio profesional de la docencia lingüística, ve tambalear sus propios conocimientos.

A ver cuándo quedamos.
*Haber cuándo quedamos.
*Ha ver cuándo quedamos.
*Aver cuándo quedamos.
Etc., etc., etc.

Para un verdugo de la ortografía, que otorga aprobados y suspensos por la corrección al escribir, pasar tanto tiempo delante de un ordenador es perjudicial para su trabajo. A veces, sentado en la soledad del verdugo con mi letal bolígrafo rojo en la mano, llego a vacilar al encontrarme una palabra dudosa escrita por un alumno. Normalmente, cuando leo en Internet, tiendo a engañar al cerebro. Cuando me encuentro con alguna palabra que puede llevar tilde o no llevarla, suelo leerla como si estuviese escrita de la otra forma. Esto es: si encuentro escrito “No se cuando volverá», mi cerebro interpreta automáticamente «No sé cuándo volverá», es decir, lo engaño para que lo lea correctamente. Tiene una desventaja. Cuando leo algo así, pero bien escrito, mi primera interpretación es leerlo incorrectamente, quitando las tildes. Pensaréis que es una idiotez. Pero no lo es. Sigo la norma de leerlo todo al revés, y creedme, la mayor parte de las veces acierto, porque casi nadie sabe escribir con corrección. Y todos tienen el título de la ESO, por supuesto, que para eso se han sacado de la manga una ley que permite obtener el título con dos asignaturas suspensas.

Quien quiera conocer algunos de mis pensamientos sobre la ortografía, que ciertamente son algo heterodoxos para un profesor de Lengua castellana y literatura, puede visitar este post. Hoy, sin embargo, vamos a dar unos consejos sobre la tilde diacrítica.

La tilde diacrítica es una tilde, o acento ortográfico, que se pone encima de palabras que, según las normas académicas básicas de acentuación, no deberían llevarla, pero se utiliza para evitar la confusión con otras palabras que se escriben de la misma forma. A modo de breve repaso: las palabras agudas se acentúan cuando acaban en n, s o vocal; las llanas (o graves, aunque ya ningún libro de Secundaria las llama así, supongo que lo políticamente correcto ha transformado ese adjetivo en tabú) al contrario, cuando no acaban en ninguno de los casos anteriores. Las esdrújulas y sobreesdrújulas se acentúan siempre. Ejemplos de los tres tipos: ratón, compás, volvió; césped, lápiz, estéril; lámpara, relámpago, estudiándomelo. Las palabras monosílabas no se acentúan, como norma general, nunca, dado que al tener una única sílaba no hay confusión sobre dónde se deben acentuar.

Ejemplos de palabras que llevan tilde diacrítica son: «cuándo», cuando es un adverbio interrogativo o exclamativo, y no cuando es un simple nexo temporal: «¿Cuándo empiezan las clases?»; «¡Cuándo aprenderás!» «Más», cuando es adverbio de cantidad, y no conjunción adversativa, por ejemplo: «Quiero más policías en las calles»; pero «Lo intentó, mas al final fracasó». Este último «mas» equivale siempre a «pero». «Sé», cuando es del verbo saber o de ser: «Sé responsable y acaba tus tareas»; «Yo no sé quién ha sido»; pero «No se han pasado por aquí».

Vale, muy bien, pero ¿quién es capaz de aprenderse todas estas normas y casos? Hay infinidad de palabras que pueden llevar tilde diacrítica: se, si, mi, tu, mas, quien, que, cuando, cuanto, donde, solo, estos, etc. Yo os confieso una cosa: soy profe de Lengua, y cuando llegamos a la parte del libro de la tilde diacrítica, tengo que leerlo en el texto, porque no me sé esas normas. De hecho, no creo que sea necesario saberlas para escribir con una correcta ortografía. Nunca he llegado a aprender este tipo de normas, y apostaría mi Fender Stratocaster a que cometo una falta por cada millón de palabras o algo así. Vale, vamos con los consejos.

En el caso de «solo», en la mayoría de las ocasiones no es necesario ponerle tilde. Únicamente la lleva cuando es un adverbio que equivale a «solamente» y además puede confundirse con el adjetivo «solo». Por ejemplo: «Ha venido solo para hablar». En este caso, la oración es ambigua: puede equivaler a «Ha venido, él solo, sin compañía, para hablar»; o podría querer decir: «Ha venido solamente para hablar, y para nada más». Si nos referimos a lo segundo, es necesario escribir la palabra con tilde, para no confundirnos. En casos donde no haya ambigüedad, aunque equivalga a «solamente», no es necesario acentuarla, aunque tampoco está prohibido: «Solo quiero que seas feliz».

Con el caso de los determinantes (ahora llamados en la mayoría de los textos adjetivos determinativos) y los pronombres sucede otro tanto. Solo necesitan tilde cuando hay posibilidad de confusión. Por ejemplo: «Guárdate estos hechos para ti». ¿A qué nos referimos? ¿A que nos guardemos esos «hechos» (cosas que se han hecho o dicho, por ejemplo), o a que nos guardemos estos (estos «trabajos», p. ej.) que ya están «hechos»? Si nos referimos a lo primero, el demostrativo «estos» acompaña al sustantivo «hechos», sería un determinante y no sería necesario acentuarlo. Pero si queremos decir lo segundo, entonces «estos» no acompaña a ningún sustantivo, sino que lo sustituye («estos»=«estos trabajos»), así que es un pronombre, y «hechos» es el adjetivo que lo acompaña. Por lo tanto, aquí sería necesario usar la tilde. En otros casos, donde no hay ambigüedad, no es necesario acentuar el pronombre: «Estos no son buenos para ti».

Casi todos los demás casos son algo más difíciles de detectar, pero para eso os he preparado

el consejo

que os ayudará a libraros de las dudas y os ayudará a escribir correctamente según las normas académicas.

¿Cómo saber si como o si llevan tilde? Es más sencillo de lo que parece. Aunque las reglas de acentuación diacrítica de la Real Academia puedan parecernos caprichosas, no lo son tanto.

En la escuela nos han enseñado que todas las palabras llevan acento, pero no todas llevan tilde. Pero esto en realidad no es así. No todas las palabras van acentuadas en el discurso. Por ejemplo, en la oración «No hay quien te entienda, don Complicado», no todas las palabras llevan acento, esto es: no todas llevan una sílaba que se pronuncia con fuerza. Solo aquellas que voy a escribir en cursiva: No hay quien te entienda, don Complicado. No solo se pronuncian como átonas algunas palabras monosílabas, sino también otras que tienen más de una sílaba: Quedamos para cenar cuando quieras.

Probad a pronunciarlas en voz alta, o incluso mentalmente, y veréis que las sílabas escritas en romana no las acentuáis, y las que están en cursiva sí.

Y este truquito os puede resolver la duda en un porcentaje altísimo de las ocasiones. Por ejemplo: en la oración «Si a ti te parece bien, si me gustaría ir», ¿se acentúa alguno de los «si»? Pues sí. Pronunciémosla en alta voz:

Si a ti te parece bien, si me gustaa ir

Vemos que el primer «si» lo pronunciamos de corrido, y el primer apoyo acentual de la oración lo hacemos en la sílaba «ti». Sin embargo, el segundo «si» sí se pronuncia con fuerza. Pues a este le colocamos una tilde en todo lo alto, quiera o no:

Si a ti te parece bien, sí me gustaría ir

Mi libro de Lengua castellana y literatura de 2.º de la ESO aconseja a los alumnos que se pregunten si el «si» es conjunción condicional (no llevan tilde) o adverbio de afirmación o pronombre personal (sí llevan tilde), pero creo que mi método es más sencillo, y más intuitivo. Y no te obliga a estudiar la gramática, además. Sigamos.

No se si se encontrará bien en esta situación

Fácil, ¿no?: No sé si se encontrará bien en esta situación. Más:

Mi selección para los premios Goya ha sido una gran noticia para mi

¿Cuál de los dos «mi» lleva tilde? Sí, habéis acertado. Más aún:

Aun con todas las razones que me has dado, no me he decidido aun

¿Cuál de los «aun»? Sí, en efecto. Go on.

¿Que cuando volveré de París? Pues cuando me de la gana

¿Cuál de los «cuando» lleva tilde? ¿Cuál de los «de»? Para terminar:

El muy egoísta se lo ha quedado todo para el

¿A cuál de los «el» le vas a colocar la tilde?

¡Bien! Habéis acertado otra vez. El otro camino, el largo, es el de aprenderse la gramática, pero sé que la mayoría de vosotros no tenéis ni tiempo ni ganas. Espero que este consejo os sirva de ayuda.

Epílogo

Un par de cositas. O tres. La primera, es que la razón principal de que mis faltas de ortografía sean casos anecdóticos y casi inexistentes es que he leído mucho, no tanto como me gustaría ni cuanto debería haber leído, pero mucho más que la mayoría de la gente. Esto es muy útil. La mayoría de los libros están relativamente bien impresos, si atendemos a la corrección ortográfica, y cuando lees las palabras bien escritas miles de veces, en cuanto ves una mal escrita te pega un puñetazo entre los dos ojos. Esto no vale para Internet, claro, pero sí para los libros. Pero cuidado: me estoy leyendo ahora mismo ¿Está usted de broma, señor Feynman?, libro editado hace poco –al menos la versión que yo manejo–, y las faltas de ortografía son tan abundantes y vergonzosas que parece redactado por un becario de algún periódico gratuito. Así que no os fiéis mucho.

Segundo: hay veces en que, para dar énfasis expresivo a algunas de nuestras oraciones, acentuamos en el discurso palabras que normalmente se pronunciarían como átonas. Por ejemplo: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo tu padre». Si queremos resaltar el hecho de la paternidad, puede que lo pronunciemos así: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo padre». También: «Esa no es obligación, es obligación». En estos casos, debemos intentar pronunciar las oraciones sin énfasis, y veremos que ninguno de los «tu» se acentúan en una pronunciación normal, ni tampoco el «mi». Por lo tanto, no debemos acentuarlas. Si queremos resaltar el posesivo en la escritura, como hacemos oralmente, podemos subrayar la palabra si estamos escribiendo a mano, o ponerla en cursiva si estamos en un procesador de textos: «Esa no es mi obligación, es tu obligación».

Por último: ni «ti», ni «fe», ni «fue», ni «es» llevan tilde. Jamás de los jamases.

Arutani

1 de October de 2008

He pasado un buen rato buscando información para la clase de HCR de mañana sobre la mitología y la religión egipcias. Como además me interesa colarles un poco de interés por cualquier otro aspecto de esta antigua y extraña civilización, he introducido algún que otro contenido paralelo, como la famosa piedra de Rosetta. Esta inscripción, hallada en 1799 por un soldado del ejército de Napoleón, es el documento más útil que han encontrado los historiadores para descifrar la complicada escritura jeroglífica del imperio del Nilo.

En su artículo en la Wikipedia me entero de la existencia de The Rosetta Project, un proyecto que pretende documentar las alrededor de 7.000 lenguas vivas que se hablan hoy en el mundo, y especialmente las 500 que se prevé que van a desaparecer en el curso de los próximos 100 años (no, entre ellas no se encuentran ni el catalán ni el castellano. Las organizaciones culturales internacionales tienden a ser algo más serias que los políticos patrios).

Veo que en la página principal anuncian la creación de archivos de capas para el programa Google Earth. El primero que me he bajado, para probarlo, muestra en el globo terráqueo la situación de diferentes lenguas amenazadas en África y América del Sur.

Hago clic en la que más rabia me da y veo que es el arutani. Se estima que la población de los arutani alcanza unos 31 miembros distribuidos entre Venezuela y Brasil –hay que ver lo expandidos que están para ser tan poquitos– y que la lengua, sin embargo, solo es hablada por unas 19 personas. Esto, señores, es un idioma amenazado.

Egolingüística

24 de June de 2008

Antes de nada, disculpad la falta de frecuencia en actualizar el blog, pero muchos sabéis que estoy en pleno proceso de oposiciones (he hecho ya la primera prueba de dos) y no tengo la cabeza para nada aparte de llevar los cuernos. Pero bueno, nosotros a lo nuestro.

En una de las lenguas de los esquimales, la palabra con la que ellos se designan, inuit, significa «gente». Solo ellos son «gente», el resto de las personas… pues no (fuente).

En inglés, al contrario del castellano, se nombra primero la persona que habla y luego las otras: I and my girlfriend are young adults.

Por el contrario, en castellano, la palabra para designar a los otros (others en inglés) es los «demás». O, dicho de otro modo: los de más.

En tres palabras

17 de June de 2008

Se desconoce el origen de la palabra perro. Lo normal, siendo una palabra de uso frecuente, es que hubiésemos seguido utilizando la palabra patrimonial can, que viene del latín canis (y que sí ha triunfado en otras lenguas romances: véanse el francés chien y el italiano cane). Sin embargo, en el habla sólo se usan los derivados de can: canino, cánido, etc. y prácticamente ha desaparecido la palabra original, que solo se usa para demostrar que existen los sinónimos (por lo menos una rubia de entre mis lectores entenderá esta última afirmación).

La primera vez que aparece la palabra en un documento es en el año 1136, referida a la población del Monte de Perra. Esto, según Corominas, pues hay quien afirma que Perra es una deformación de Piedra (del latín petra). Es todo lo que sabemos sobre su origen.

Una de las teorías sobre esta bonita palabra es que evolucionó a partir de la onomatopeya que usan los pastores para llamar o dar órdenes a sus perros: «prrr». Me parece improbable, pero no imposible. De hecho, el catalán gos tiene precisamente ese origen, pues los pastores catalanes llamaban a los perros gritándoles «gus» o «kus».

En cualquier caso, una cosa es cierta: no hay ninguna palabra en ningún otro idioma relacionada con ella.

Por su parte, la palabra murciélago (que antiguamente era murciégalo) viene de los vocablos latinos mus, «ratón», y caeculus, diminutivo de caecus, «ciego». Esta palabra tiene mucho menos misterio que la anterior, aunque siempre me ha parecido que tiene un sonido hermoso. Murciélago. Ratón cieguito.

Una tercera palabra, izquierdo, -a, ha tenido que vivir una pequeña aventura para llegar hasta nosotros desde las inhóspitas montañas vascas.

La palabra patrimonial (esto es, la que procede de nuestra lengua madre, el latín) era siniestro, de sinister, contraria a diestro (de dexter, como el asesino simpático).

Pero los españoles medievales eran muy supersticiosos. Y pensaban que si un ave –especialmente si era negra– les salía al encuentro por la izquierda cuando salían a una empresa, era un signo de mala suerte. Y, con el uso, al final el mero hecho de decir «tomemos el camino siniestro» les daba escalofríos. La palabra se convirtió en tabú, y como pasa en estos casos, fue sustituida. En una época de gran permeabilidad (en España durante la Edad Media se hablaban, al menos, castellano, vascuence, leonés, catalán, gallego-portugués, aragonés, riojano, árabe, mozárabe, hebreo y otras lenguas, y los intercambios entre ellas eran frecuentes) no hubo problema en adoptar el vasco ezkerra para denominar el lado izquierdo de las cosas, y al final la palabra evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy. El mismo cambio se produjo, presumiblemente, en el catalán, ya que al parecer los catalanes eran tan supersticiosos como los castellanos. Y en el portugués. La palabra patrimonial no desapareció, simplemente sufrió un cambio de significado.

En La Lengua:

Lo de las miembras es una memez

14 de June de 2008

Lo siento, a veces algo es tan evidente y claro que no hace falta escribir un post de diez párrafos para decirlo.

Paradigma y sintagma: una alegoría

26 de May de 2008

Ferdinand de Saussure, en su celebérrimo Curso de lingüística general¹, fue capaz de ver un montón de cosas que, aunque hoy nos parezcan tan evidentes, nadie había percibido antes. Entre estas cosas se encuentra una pareja de opuestos (dicotomías, las llamó) que nombró paradigma y sintagma.

El sintagma es un grupo de palabras que se producen conjuntamente. Por ejemplo, la oración que hay justo antes del punto anterior («El sintagma es…»). Las relaciones que se establecen entre una palabra y las que aparecen en su sintagma (p. ej., entre «grupo» y «El», «sintagma», «es», etc. en el ejemplo anterior) se llaman relaciones sintagmáticas.

El paradigma es el conjunto formado por una palabra y todas las que pueden aparecer en su lugar en un contexto (sintagma) determinado. Por ejemplo, en la oración «El león es un animal», «león» forma un paradigma junto con un numeroso grupo de palabras, como «cocodrilo», «mosquito», «perro», etc. Las relaciones entre las palabras de un paradigma se llaman relaciones paradigmáticas.

Vamos a hablar de política, como habréis adivinado. Para representar visualmente la dicotomía sintagma/paradigma se suele recurrir a los ejes vertical y horizontal:

En el ejemplo se percibe con toda claridad, modestia aparte: el eje verde es el sintagmático, y todas las palabras de ese color están en relación sintagmática con la abeja; por su parte, el eje fucsia es el paradigmático, y todas esas palabras, intercambiables entre ellas y por la abeja, forman un paradigma.

El bienestar futuro de la humanidad depende de que aprehendamos estos dos conceptos.

Los grupos de poder económico y político procuran que andemos siempre peleados con los elementos de nuestro sintagma, esto es: con los trabajadores que tenemos al lado de nuestros hombros. Aparentemente, la abeja y el «se» no se parecen en nada, puesto que uno es un sustantivo y el otro un pronombre; no obstante, aunque no se parecen, funcionan de maravilla juntos. Nuestro paradigma son los currantes, amigos míos: la gente que se levanta temprano para enriquecer a los bancos y a los partidos políticos.

El paradigma son los que tenemos arriba y debajo, pero sobre todo arriba: la alondra y la mosca. Se parecen a la abeja, pero solo en el color: en realidad, guardan mucha más relación con las palabras de otros posibles sintagmas: «La alondra se comió todo el grano»; «La mosca vive de la muerte y la miseria de los demás.»

La alondra y la mosca quieren que nos fijemos en el color, la religión, la lengua, la nacionalidad. Quieren pelearnos con las palabras verdes, para ir haciendo su agosto mientras nosotros empleamos nuestro escaso tiempo libre en odiarnos.

Lo llevan consiguiendo mucho tiempo, es verdad. Pero no es imposible que algún día cambiemos el cuento y echemos a andar la oración.

(La alondra y la mosca son las grandes empresas, los bancos, los políticos. No sé si hacía falta decirlo, pero en fin, por si acaso, dicho queda.)

(1) En realidad, Saussure nunca escribió su Curso. Hoy podemos disfrutar de él, una de las cimas de la humanística del siglo XX, gracias a las notas que dos de sus alumnos tomaron en las varias conferencias que el lingüista suizo impartió en la Universidad de Ginebra.

En dos palabras

19 de May de 2008

«No hay tutía.» La palabra tutía es una deformación de atutía, que viene del árabe hispánico attutíyya, y esta del árabe clásico t?tiy?(‘), que a su vez procede del sánscrito tuttha. La atutía era el óxido de cinc que se quedaba adherido a las paredes interiores de las chimeneas, y que tratado con ciertas sustancias era vendido como remedio para diversos males. La expresión del principio quiere decir que no hay remedio (esto es, «atutía» o «tutía») para algún mal que se padece, o bien no hay posibilidad de conseguir algo que se desea (fuente). La expresión está en proceso de sufrir una nueva deformación y convertirse en «no hay tu tía», debido a que los hablantes han perdido el vínculo conceptual con el significado de la palabra original y la identifican, erróneamente, con dos palabras distintas que sí conocen. Ha pasado siempre y seguirá pasando, no hay por qué alarmarse. En lingüística estas deformaciones incultas se conocen como «etimología popular».

«Te voy a dar una somanta de palos.» Somanta («tunda, zurra») es una palabra compuesta de la preposición «so» (que antes se estudiaba en la escuela: «… según, sin, so, sobre y tras», pero que en muchos de los libros de texto actuales ya solo se cita como arcaísmo, si es que se hace) y de «manta». So significa «debajo de» y viene de la preposición latina sub, que en castellano actual se usa como prefijo («submarino», «subcontratar»). No debe confundirse con el «so» de «so tonto», que procede de «señor» (latín senior, más viejo). La expresión proviene, probablemente, de la acción de cubrir a alguien con una manta (esto es, ponerlo so la manta) y darle la paliza de su vida, costumbre muy arraigada en nuestra península, como otras en que un número indeterminado de personas abusa físicamente de otra o de un animal para regocijo general.

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