Ars longa, vita brevis

SMS

20 de March de 2014

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Esta mañana me han preguntado qué opino sobre esto: la forma que tienen los jóvenes —y no tan jóvenes; gente de mi edad me escribe mensajes así— de escribir en sus mensajes cortos, o, ahora, sobre todo en Whatsapp.

Pero, para saber lo que opino, antes tengo que pedantear un poco.

La codificación

Todo esto tiene que ver con la codificación, que intentaré explicar de forma breve y sencilla, empezando por lo simple.

Un signo es un elemento que se encuentra en lugar de otro elemento concreto, y que, al percibirlo, nosotros asociamos con lo segundo. Un ejemplo: si oímos un sonido de cristales rotos, nosotros no solamente oímos el ruido, sino que entendemos que se ha roto algún objeto de vidrio en el lugar del que procede el sonido.

Hay tres tipos de signos, dependiendo de su relación con el elemento al que representan:

  • Iconos:

    Se parecen al elemento al que sustituyen. El parecido puede ser muy fidedigno (una fotografía, o la grabación de una voz en un aparato grabador de audio) o menos (el muñequito que indica que una puerta da al servicio de señoras). En la vida moderna estamos muy familiarizados con los iconos gracias a la informática.

  • Indicios o índices:

    No se parecen al elemento sustituido, pero guardan alguna relación natural y necesaria. Por ejemplo, la fiebre es síntoma de enfermedad; el humo, indicio de fuego; la presencia de huellas dactilares en un vaso indica que el dueño de esas huellas lo ha cogido, etc.

  • Símbolos:

    La relación que tiene este signo con lo que representa es convencional: ni se parece a lo representado, ni guarda ninguna relación necesaria con ello. El signo representa lo representado únicamente por un acuerdo —convención— entre personas. Ejemplos paradigmáticos son la mayoría de las banderas, la paloma blanca como símbolo de la paz o las luces del semáforo. Los seres humanos son realmente competentes cuando se trata de comunicarse mediante símbolos: todas las palabras lo son. Por ello los idiomas son tan distintos: si la palabra «perro» guardase alguna relación con su significado, sería difícil explicar por qué en inglés es «dog», en alemán «hund» y en catalán «gos».

    (En realidad, en muchísimos idiomas, como el castellano, el origen de la palabra que designa a nuestros peludos amigos es un misterio.)

    Para que el símbolo funcione, es necesario aprenderlo. Uno puede intuir que hay fuego si ve humo, o que un monigote representa una persona, pero nadie puede adivinar qué significa una palabra en un idioma extraño sin aprenderla antes.

    Posiblemente muchos símbolos fueron en su origen índices o iconos (por ejemplo, las onomatopeyas son iconos en su origen, a pesar de ser distintas en cada idioma), pero el devenir del tiempo y de la estructura de los signos hace que frecuentemente se pierda su origen icónico.

Un código es un sistema de signos, es decir: un conjunto de signos más unas reglas que rigen su combinación. Las palabras del castellano, por ejemplo, son signos. La norma que dice que a un sustantivo femenino le corresponde un adjetivo femenino es una regla. Yo suelo explicar en clase los códigos mediante el juego del ajedrez: hay distintos tipos de piezas —igual que hay varias clases de palabras— y hay unas reglas para moverlas. Mover las piezas sin atender a las normas del ajedrez no es jugar al ajedrez, igual que aprenderse de memoria un diccionario de griego sin conocer su gramática no equivale a saber griego.

Todas las lenguas son códigos, pero, aparte de las lenguas, hay muchos códigos más: códigos de relaciones sociales, protocolos a la hora de sentarse a comer, el código de circulación, el lenguaje de las flores cuando se regalan, el famoso código de los abanicos, etc.

Cuando hablamos, estamos codificando significados. No la realidad: una palabra equivale a un significado, no a un objeto. La palabra «árbol» no se encuentra en lugar del árbol, sino de un significado convencional en nuestra mente, que en una situación de comunicación concreta puede representar un árbol que tengamos delante, uno que vimos en nuestra infancia, uno que hayamos visto en una película u otro que no haya existido nunca. Si os interesa el tema de la significación y la referencia os remito al conocidísimo triángulo de la significación de Ogden y Richards.

Escribir es simbolizar sonidos con dibujos. Eso en la escritura moderna occidental, porque no siempre ha sido así. En un principio, los jeroglíficos egipcios eran icónicos —representaban lo correspondiente a su dibujo—, aunque pronto se vio que ese sistema era pésimo en términos de economía lingüística, y los jeroglíficos empezaron a representar sílabas o modificaciones en otros signos (después de otros pasos intermedios).

El siguiente paso de la codificación escrita lo constituyeron los «alfabetos» consonánticos, y entrecomillo la palabra alfabetos porque en realidad no representan todos los sonidos, sino solamente las consonantes o a lo sumo las consonantes y algunas vocales. Ejemplos de este tipo de alfabeto son el árabe o alifato y el hebreo. La evolución última, al menos por el momento, la constituyen los alfabetos que transcriben tanto los sonidos vocálicos como los consonánticos, como en el caso del alfabeto griego o del latino, que es el que estáis leyendo ahora mismo. Con ellos es posible no solamente transcribir los fonemas, sino otros elementos de la expresión, como el acento, la entonación y las pausas. Aun así, no existe alfabeto en la actualidad capaz de captar todos los matices de la lengua oral. Es por esto que a menudo es necesario explicar, por ejemplo, las ironías cuando enviamos mensajes de teléfono, y también es por esto que leer los comentarios agresivos en determinados foros de internet es tan divertido.

No debe extrañarnos esta incapacidad de la lengua escrita para expresar matices del lenguaje: se piensa que es posible que una mutación genética en nuestros antepasados hace 100.000 años haya sido la causante de que hoy nos expresemos con símbolos orales. Los cambios fisiológicos y neurológicos necesarios para que nuestra especie haya desarrollado esta forma de comunicación dan para un artículo muy largo, y además no es el objeto de este. Baste decir que, en comparación, los restos más antiguos conservados de escritura tienen apenas 6.000 años, es decir, que si el hombre hubiese empezado a hablar hace cien años, habría inventado la escritura hace solamente seis. Para decir esto debemos asumir que los restos más antiguos de escritura conservados son realmente los más antiguos; pero, todo hay que decirlo, también supone asumir que la lengua oral no tiene más edad de la que le suponemos.

Vamos al meollo. Lo que hace la gente cuando escribe tq o xq en lugar de te quiero o por qué es simplificar el código. Casi ningún código es autosuficiente, todos cuentan con ciertas ayudas que auxilian al receptor cuando debe entender lo que se le quiere decir. El caso más sencillo es una conversación oral frente a frente. Para suplir las carencias de nuestro código —que las tiene, a pesar de que las lenguas naturales son increíblemente efectivas para comunicarse en la mayoría de las situaciones— echamos mano de gestos, movimientos, la posición del cuerpo, distintos volúmenes y entonaciones de voz, etc. En un chat de internet es frecuente que recurramos a los llamados emoticonos. Lo importante, en una situación de comunicación, es que el mensaje sea recibido y descodificado por el receptor de la manera más perfecta posible y con un gasto mínimo de energía. Esto es muy matizable, y se podría escribir sobre ello otro artículo, pero para el tema que tratamos nos vale esta explicación (hay fórmulas no muy económicas que ayudan a cuestiones distintas de la de la mera recepción-descodificación, como las formas de cortesía, «por favor», «gracias» y otras, que ayudan a conseguir no solamente el entendimiento de quien nos oye, sino su colaboración).

Si una adolescente le escribe al que cree que será el amor de su vida y padre de sus hijos «tq muxo mi xulo. q as exo oi?» y el adolescente, después de leer los mensajes de las otras tres a las que se está intentando beneficiar, lee el de la chica y lo entiende, el código habrá cumplido su cometido a la perfección. Si hay alguna palabra que no entienda, puede preguntar. Esto puede verse como una falta de eficiencia en el código, pero en realidad no lo es, si en la mayoría de los casos el ahorro de caracteres es superior. Una de las características del lenguaje, cuando se le deja libre, es que siempre va aprendiendo a decir lo mismo con menor gasto de energía. Se sabe que puede compararse la edad de dos lenguas midiendo la media silábica de sus palabras: si las palabras son más cortas, el idioma es más antiguo. Por eso el latín SARTAGINEM ha dado el castellano «sartén», sin ir más lejos. Como sistema de codificación de falsos mensajes de amor entre adolescentes y ya no tan adolescentes, el llamado lenguaje SMS es, pues, perfecto.

Pero a mucha gente preocupa que esto pueda hacer que las personas ignoren y, por tanto, respeten cada vez menos las normas ortográficas. Aquí, a falta de haber realizado —o leído— ningún estudio al respecto, solo puedo hablar de mi experiencia docente durante diez años. Y esta experiencia me dice que la codificación de los SMS no tiene nada que ver con las faltas ortográficas. Es cierto que la ortografía de los adolescentes españoles actuales deja mucho que desear, pero es muy raro, casi anecdótico, el caso en que veo que la falta se asemeje a la escritura mínima usada en Whatsapp. Los adolescentes no cometen faltas ortográficas porque escriban como escriben sus mensajes cortos. Desconocen la norma, pero no suelen intentar sustituirla por la escritura móvil. Este tipo de escritura mínima tiene su porqué en la necesidad de inmediatez en la comunicación, en el ahorro de tiempo y energía —es decir, cumple una función propia del lenguaje, e incluso propia de todos los seres vivos y casi cada una de sus actividades mientras están vivos—, y, al principio, cuando se escribían SMS, en el coste de cada mensaje, que hacía necesario incluir la mayor cantidad posible de información en el número más pequeño de caracteres. En esto, los adolescentes demostraron ser unos auténticos genios de la codificación, que podrían haber sido fichados por los creadores de WinRar.

Porque lo que hacen en sus mensajes es comprimir. Enfadarnos porque los adolescentes se coman letras en sus mensajes es como enfadarnos con un programa compresor de archivos porque el archivo que nos llega tiene un tamaño inferior al de los archivos comprimidos. Si, una vez descomprimido, el archivo está intacto, ¿cuál es el problema? Pues lo mismo pasa con el lenguaje: lo importante es que al descomprimir —esto es, al descodificar— el significado esté completo y sea entendido. Mientras esto pase, no hay motivo de preocupación.

La poca observancia de las normas ortográficas tiene, en mi opinión, otros orígenes: la escasez de lectura, el desprecio general por la educación, la desidia —ay— de muchos profesores, la falta de profesionalidad de muchos profesionales del lenguaje (da miedo abrir un periódico o leer el rótulo de una noticia en el telediario), etc. Pero, ¿los SMS y los mensajes de Whatsapp? En mi opinión son admirables.

Nota: este artículo está deliberadamente lleno de vaguedades, cientos de puntos sin matizar y puede que alguna imprecisión, pero está hecho así aposta para lograr el objeto de su argumentación. Pretendía aportar mi opinión, y para ello era innecesario pasar horas revisando manuales y teorías. Lo dicho, no obstante, ha pretendido ser riguroso, aunque no detallado, pero los lectores que encuentren algún error son libres de hacerlo saltar en los comentarios, y serán debidamente tenidos en cuenta.

Amor de cuatro milenios

18 de February de 2013

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Restos de escritura cuneiforme en un bajorrelieve —creo recordar que— asirio. British Museum, Londres, agosto de 2009.

¡Ah, el amor! Unos historiadores descifraron en 1939 el contenido de la que, creo, es la carta de amor más antigua que se conserva en su forma original. Alguien escribió hace 4.000 años en una pequeña tabla de arcilla estas palabras:

Para Bibea. Que los dioses, si me son propicios, te conserven la salud. Dime cómo estás. Fui a Babilonia, pero no te vi. Fue una gran decepción. Cuéntame la razón de tu marcha, y permite mi alegría. Mantente siempre bien, hazlo por mí. Gimil.

Poco que ver con el reggaeton. Aquí el artículo original de la revista Popular Science, vía Neatorama.

¿Y por qué hablamos?

10 de January de 2013

¿Por qué hablamos? ¿Por qué, entre tantas formas de comunicación posibles, la preferida por nuestra especie es la palabra hablada? ¿Tiene que ver con la inteligencia? ¿Habría sido posible desarrollar una inteligencia superior, como la del ser humano, si nuestra forma preferida de comunicación fuese otra? A la inversa, ¿habríamos desarrollado un lenguaje oral de doble articulación si la evolución de nuestro cerebro hubiera seguido otros derroteros? ¿Por qué no pueden hablar los monos?

Estas y muchas otras preguntas relacionadas con el lenguaje y con la comunicación en general han originado ríos de tinta y montañas de libros, y lo seguirán haciendo, aun a sabiendas de que muchas de ellas tienen una respuesta muy difícil de obtener, y de que hay otras que, o se desmonta la Teoría de la Relatividad y se empiezan a realizar viajes hacia atrás en el tiempo, o no obtendrán una respuesta nunca (como, por ejemplo: ¿cuál fue la primera palabra?).

Hay una de esas preguntas, sin embargo, que tiene una respuesta ampliamente aceptada y que se da prácticamente por cierta en casi todos los círculos lingüísticos. Esta pregunta es: ¿Por qué hablamos? O, expresada de otro modo: ¿Por qué nuestro principal canal de comunicación es acústico, siendo, como es, la vista el sentido más desarrollado por nuestra especie, y del que más nos fiamos? ¿Por qué, a pesar del consabido refrán de que vale más una imagen que mil palabras, sigue siendo la palabra nuestro principal medio de comunicación? ¿Por qué podemos expresar cualquier cosa con palabras, pero no con imágenes?

La respuesta, en una palabra, es: desertización.

Viajemos, mentalmente, en el tiempo.
(more…)

Perdido en la traducción.

27 de March de 2011

Vía Menéame, una genial lista de palabras de varios idiomas que son imposibles de traducir a otros, al menos, con una sola palabra o con una breve expresión.

Leer entre líneas

15 de February de 2011

¿Por qué, a veces, decimos una cosa cuando claramente queremos decir otra, y no solo eso, sino que además sabemos con seguridad que la otra persona sabe lo que queremos decir?

La Lingüística se ha referido tradicionalmente a esta cuestión con los conceptos «significado» y «sentido». El significado es el plano conceptual inseparable de su significante. Esto es: para el significante «hacha» (es decir, el sonido de la palabra, o su escritura) existe un concepto mental: un instrumento usado para trabajar o, en tiempos antiguos, para la guerra, consistente en un mango de madera y una hoja plana y afilada. Así, el significado del significante «Eres un hacha» (i. e., del sonido de esa oración) es: «Eres un instrumento usado para trabajar o para la guerra». Sin embargo, cuando se lo decimos a alguien, el contexto —las palabras que hay antes o después de la oración— y la situación —el marco de la comunicación, la relación entre emisor y receptor y otras circunstancias— hacen que se entienda su sentido, que en este caso no se corresponde con el significado: «Eres muy bueno en eso que estás haciendo, de lo cual estamos hablando ahora».

La captación del sentido de una comunicación, cuando difiere del significado (o, dicho vulgarmente, del «significado literal»), requiere que tanto el emisor como el receptor compartan ciertos conocimientos comunes, y a veces cierta complicidad. Si en las noticias hablan del «país del sol naciente», literalmente están hablando de cualquier país, puesto que en todos ellos amanece en algún momento; pero sabemos que se trata de Japón si conocemos que precisamente ese astro es un emblema del país asiático. Para esto no es necesaria una doble intención entre los interlocutores. Sin embargo, cuando se dice «hay ropa tendida» para incitar a la persona con la que hablamos a que sea prudente en lo que dice, puesto que hay presentes personas que no queremos que sepan lo que se trata, es necesario no solamente que el receptor sepa que esa oración se emplea en esas circunstancias, sino también que su intención sea la misma que la nuestra, puesto que, si no es así, nuestro objetivo de guardar un secreto podría verse malogrado.

Las diferencias entre significado y sentido no se emplean solo para evitar repetir expresiones, como en el caso del sol naciente, o para ocultar información, como en el de la ropa tendida; también puede usarse con fines estéticos —las metáforas, metonimias, los tropos en general—, críticos —la ironía— o de otra índole.

Llego a través de Pedro Jorge Romero a una charla del psicólogo Steven Pinker, del que hemos hablado aquí en otras ocasiones, en que trata esta cuestión, relacionándola con los diferentes tipos de relaciones que pueden establecerse entre seres humanos. Es interesante el punto en el que afirma que a veces jugamos con el sentido y el significado para tramar una curiosa estrategia relacional: dar un paso en una dirección, intentando no arriesgar lo conseguido. Pinker habla de cuando, en una cita amistosa, una de las personas —generalmente, el hombre— trata de dar un paso más allá y conseguir un objetivo sexual. Entonces le dice a su pareja: «¿Subes a mi casa? Me gustaría enseñarte unos dibujos de mi salón». Es una situación relativamente tensa, puesto que tanto él como ella saben que lo que se propone es un encuentro sexual. Si la chica acepta a subir, es casi seguro que está accediendo a una relación sexual. Si se niega literalmente, es decir, si dice que está cansada y no tiene ganas de ver dibujos, los dos pueden mantener la ilusión de que estaban hablando, por así decirlo, en «significado» y no en «sentido», la chica ir a su casa a dormir la mona, el chico a la suya a hacer solitarios, y pueden seguir manteniendo la amistad. Es, como se diría en inglés, una win-win situation.

Si el ofrecimiento del joven hubiese sido literal, y hubiese propuesto: «¿Quieres acostarte conmigo?», la situación no es win-win, sino win-lose: o disfruta del cuerpo de la chica, o sufre un bofetón y además la amistad queda dañada. El uso del juego significado-sentido permite minimizar las pérdidas.

El vídeo de la charla lo tenéis aquí, con una representación en dibujos que la hace bastante expresiva:


Enlace al vídeo en YouTube

No hay subtítulos disponibles, pero si hacéis clic en el marco del vídeo, donde dice «CC», podréis leer una transcripción automática del audio en inglés relativamente fiable.

Hay en él, también, otra interesante reflexión acerca del funcionamiento de esta interpretación del sentido de lo que se dice. Se afirma que es muy importante que un interlocutor sepa que el otro sabe lo que él sabe, que el otro sepa que sabemos que lo sabe, y así. Afirma que quizás esto sea lo que haya permitido revoluciones como la de Egipto (aunque no recuerdo si llega a citar específicamente ese país). Así: en un país hay un montón de gente en sus casas que está descontenta con un régimen, y que desea un cambio, pero no sabe si el vecino de enfrente también desea ese cambio, o si por el contrario lo denunciaría si supiera que es un opositor. Entonces, un montón de gente se reúne en una plaza, y en ese momento se dan cuenta todos de que todos piensan lo mismo, y eso ayuda a verbalizar el mensaje, y el verbo se convierte en motor de la acción. Me parece impresionante como este mecanismo psicológico lingüístico, por sí solo, sea capaz de dar la vuelta a un país con una dictadura sólidamente establecida. En el vídeo hay referencias a otros elementos de la cultura popular, como las películas Fargo y Cuando Harry encontró a Sally.

Parece ser que el vídeo es una continuación de otro, en que Pinker habla, además de las implicaciones de lo que decimos en las relaciones sociales, de otros asuntos tratados en el libro sobre el que he enlazado más arriba (El instinto del lenguaje): el funcionamiento psicológico del lenguaje, de su forma y su estructura sintáctica. Este lo podéis encontrar en TED, y este sí está subtitulado. Espero que os parezcan, ambos, tan interesantes como a mí.

En La Lengua:

¿Cambio?

1 de March de 2009

Es curioso que las palabras significan lo que queramos que signifiquen. Parece que el sentido no lo tienen en su esencia, ni, por supuesto, en un diccionario, sino en la intención del hablante. Esto es: se diría que uno tiene el significado de lo que quiere decir dentro del cerebro, y al expulsarlo utiliza las palabras como si fueran de plastilina. Yo produzco un sonido o dibujo unas letras, y el significado de lo que digo puede variar según mis intereses.

Todo esto lo estudia la Pragmática, una rama relativamente nueva de la Lingüística que nos avisa de que el significado de una oración no es el de la suma de los significados de las palabras en un diccionario, sino que ese significado viene dado por el análisis a una velocidad cercana a la luz –es un decir– de un sinnúmero de elementos: el contexto textual (palabras que se han dicho antes o después); las características personales del hablante y del oyente (no significa lo mismo la palabra «tío» dicha de una persona a su tío carnal, veinte años mayor, que entre dos adolescentes); el momento y el lugar, etc. Estos y otros factores pueden hacer que un mensaje verbal compuesto por las mismas palabras exactamente en el mismo orden tenga significados distintos, o incluso opuestos, en diferentes situaciones.

Una de las últimas víctimas de la hipocresía de los hablantes es la palabra «cambio». Está muy de moda por haber sido uno de los eslóganes del presidente Barack Obama durante su campaña electoral. Aquí tenéis una imagen que he encontrado en digg.com:

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Aquí está la original. En Digg el título del artículo es «CHANGE has come?». O, lo que es lo mismo: «¿Ha llegado el CAMBIO?».

El esperado cambio, según piensan algunos, no es que a partir de ahora las personas de piel oscura no se vean obligadas a aceptar puestos de trabajo que nadie quiere. El cambio consiste en que los blancos se vean obligados a limpiar los zapatos de los negros. Y ello para satisfacer un pueril sentimiento de «justicia», tan estúpido que no es ni siquiera venganza: castigar a inocentes vivos para desagraviar a víctimas muertas. Quizás si un blanco norteamericano limpia los zapatos de un negro, Kunta Kinte reirá en su tumba. No lo veo probable.

El mismo estúpido sentimiento de venganza más allá de la muerte está presente en estas leyes tan idiotas que exigen una cuota determinada de mujeres en determinados puestos laborales. Discriminar a hombres mejor preparados, por lo visto, hará que en el cielo los millones de mujeres que históricamente han sido menospreciadas tengan una satisfacción. ¿Es así la cosa? Sí, o lo parece.

Un segundo ejemplo de manipulación perversa de la misma palabra lo encuentro hoy en el diario El País (enlace). El artículo habla sobre las elecciones gallegas, que se celebran hoy. El título es: «El cambio en Galicia pende de un hilo».

¿En qué consiste el cambio para el diario global en español? Pues en que el resultado de las elecciones permita seguir gobernando a los que ya están. Si los votantes gallegos provocan un cambio en el gobierno autonómico, entonces no se habrá producido este «cambio». Si, por el contrario, permiten que sigan gobernando los mismos que en los últimos cuatro años, entonces sí. Y todo por la bondadosa aura que, como buena colonia estadounidense que somos, causa en nosotros la dichosa palabrita.

Me recuerda al significado que dan algunos nostálgicos y sinvergüenzas a la palabra «revolución» en Cuba: revolución significa que el dinosaurio que lleva cincuenta años aplastando la joya caribeña siga dirigiendo, como un fascista de manual, las vidas de millones de cubanos.

Cuando una lengua se pierde…

19 de February de 2009

… ¿va al cielo?

Bromas aparte, me encuentro con este estupendo artículo de Pablo en Abundando. Ignoro la formación lingüística o histórica del autor, pero es un buen ejemplo de cómo explicar cosas bastante complicadas con pocas y muy claras palabras. Os lo recomiendo. El artículo trata sobre por qué hay tantas lenguas, y por qué no menos, ni más, y sobre cómo podrían perderse unas lenguas, aparecer otras y si es posible que en un futuro extraño todo el mundo hablase un solo idioma.

No entra en el tema de si hubo una sola lengua originaria de la que proceden todas las demás, y lo entiendo, porque siendo el tema interesantísimo, aún no ha habido lingüista ni escuela que lo haya podido solventar. Algo totalmente comprensible, ya que lo más seguro es que nunca se sepa: las únicas pruebas que probablemente pudiéramos utilizar para estudiar el lenguaje de nuestros antepasados serían registros escritos o sonoros, y la escritura se inventó miles de años después de la aparición del lenguaje, y las grabaciones sonoras miles de años después de la escritura. Gracias a la comparación de lenguas vivas y a los registros escritos hemos podido documentar de forma casi segura la existencia de lenguas de las que nadie ha hablado nunca, como el indoeuropeo, pero remontarnos más atrás parece tarea imposible, y como lingüista que cree firmemente en la Lingüística como ciencia, es verdaderamente una tristeza.

No dejéis de leer el artículo, aunque vuestro interés por las lenguas sea solo el de una persona interesada vagamente por cualquier cosa interesante. Mi comentario al artículo lo reproduzco a continuación:

[...] no tengo tan claro eso de que no pase nada si una lengua desaparece. Según los lingüistas idealistas, una lengua es una forma de ver el mundo, y si al final todo el globo acaba hablando una sola lengua (lo que veo muy probable, y que sea posiblemente un inglés muy contaminado con castellano y con rasgos del chino y del árabe), habrá una visión del mundo unitaria. Esto puede hacer posible que no haya gente que piense de manera muy distinta a los demás, lo que puede acarrea la dificultad de ver los propios fallos.

El contemplar lo felices que son algunas comunidades humanas alejadas de Occidente, que sobreviven trabajando en la naturaleza y con no muchas comodidades modernas, quizás ha hecho que en esta parte del mundo no nos olvidemos de que no todo es trabajar cuantas más horas mejor para tener una tele más grande que la del vecino. No digo que esto lo haya causado el distinto idioma que hablen en Nigeria, pero sí una forma distinta de ver el mundo, quizás propiciada en todo o en parte por un distinto idioma.

Sí estoy de acuerdo en que intentar imponer una lengua a martillazos (como hicieron los romanos, Franco o algunos gobiernos autonómicos aquí y ahora) es una barbaridad, especialmente cuando se hace con fines políticos inconfesables. Para que una lengua sobreviva, no siempre es imprescindible un proceso de normalización. El griego siguió empleándose como lengua de cultura durante toda la época imperial romana por su prestigio literario y filosófico. ¿No podrían empeñarse los gobiernos en promover la creación de obras literarias y la investigación científica en las lenguas propias, en lugar de condenar al fracaso escolar a muchos alumnos que han de aprender la lengua autonómica en la escuela a fuerza de castigo y estudio? Eso, en mi opinión, también ayudaría –quizá más– a evitar la pérdida de una lengua, y sobre todo se haría por medio del respeto a una lengua de cultura, y no por miedo a multas y suspensos.

La insoportable estupidez del ser

19 de November de 2008

Un Joan Martí, del Institut d’Estudis Catalans, opina que debería multarse a los periodistas que no escriban o hablen bien esa lengua, aunque más tarde ha tenido que rectificar, parece ser que por presiones (los enlaces anteriores vía Daniel Tercero).

Yo entiendo el amor por la lengua propia, aunque sin llegar al enamoramiento obsesivo. En algún momento tienes que darte cuenta de cuándo un amor te está haciendo daño, y a veces, con dolor del corazón, debes abandonarlo.

A ver, sin metáforas: que yo quiero mucho al castellano, pero procuro siempre que este amor a) no me haga odiar a otros idiomas, sea cual sea su situación (¿se puede odiar a un ente abstracto?) y b) no me haga decir estupideces. Lo peor que puede pasarle a alguien que ama un idioma, de hecho, es oír a algún político diciendo alguna de las suyas. Como esta.

Y llega un momento en el que te planteas: ¿para qué defendemos un idioma? Y ¿a qué precio?

Yo creo que si hubiera que defender un idioma (cosa muy alejada de mis intereses, los idiomas que se defiendan solos, oiga, incluido el mío), debería hacerse para proteger a la gente que lo habla, no esa abstracción mental de símbolos y reglas que llamamos sistema lingüístico. ¿Es que un idioma tiene derechos?

Puede que lo defendamos simplemente porque es bonito, o único, o un bien cultural, como defendemos las ballenas, los parques nacionales y las ruinas arquitectónicas. Pero entonces, ¿cuál es el precio razonable que debemos pagar por esta defensa? ¿Multamos a la gente por hablar «mal», signifique eso lo que signifique? ¿No estamos entonces empeorando la calidad de vida de la gente para defender un idioma? ¿El bien mayor es la defensa del idioma, o la calidad de vida? ¿No se defendía el idioma para defender a la gente? ¿No empieza esto a parecerse a un círculo vicioso de interrogantes?

En una cosa estoy de acuerdo con el señor Martí: un periodista que no conoce la lengua con la que trabaja no merece trabajar ahí. Pero amic… A la gente eso no le molesta, os molesta solo a los políticos interesados. Y si a la gente no le molesta una clase periodística que pisotea su propio idioma, entonces la gente no se merece nada mejor.

Tildes

4 de November de 2008

Internet me va a volver loco. No, lo digo en serio. La forma de escribir de la gente es demencial, y además, lo peor es que no hay una regularidad. Si al menos todo el mundo se pusiera de acuerdo en escribir mal, pero de la misma forma, sería un alivio. Pero hay veces en que una misma palabra la escriben de n formas distintas, y uno, un serio profesional de la docencia lingüística, ve tambalear sus propios conocimientos.

A ver cuándo quedamos.
*Haber cuándo quedamos.
*Ha ver cuándo quedamos.
*Aver cuándo quedamos.
Etc., etc., etc.

Para un verdugo de la ortografía, que otorga aprobados y suspensos por la corrección al escribir, pasar tanto tiempo delante de un ordenador es perjudicial para su trabajo. A veces, sentado en la soledad del verdugo con mi letal bolígrafo rojo en la mano, llego a vacilar al encontrarme una palabra dudosa escrita por un alumno. Normalmente, cuando leo en Internet, tiendo a engañar al cerebro. Cuando me encuentro con alguna palabra que puede llevar tilde o no llevarla, suelo leerla como si estuviese escrita de la otra forma. Esto es: si encuentro escrito “No se cuando volverá», mi cerebro interpreta automáticamente «No sé cuándo volverá», es decir, lo engaño para que lo lea correctamente. Tiene una desventaja. Cuando leo algo así, pero bien escrito, mi primera interpretación es leerlo incorrectamente, quitando las tildes. Pensaréis que es una idiotez. Pero no lo es. Sigo la norma de leerlo todo al revés, y creedme, la mayor parte de las veces acierto, porque casi nadie sabe escribir con corrección. Y todos tienen el título de la ESO, por supuesto, que para eso se han sacado de la manga una ley que permite obtener el título con dos asignaturas suspensas.

Quien quiera conocer algunos de mis pensamientos sobre la ortografía, que ciertamente son algo heterodoxos para un profesor de Lengua castellana y literatura, puede visitar este post. Hoy, sin embargo, vamos a dar unos consejos sobre la tilde diacrítica.

La tilde diacrítica es una tilde, o acento ortográfico, que se pone encima de palabras que, según las normas académicas básicas de acentuación, no deberían llevarla, pero se utiliza para evitar la confusión con otras palabras que se escriben de la misma forma. A modo de breve repaso: las palabras agudas se acentúan cuando acaban en n, s o vocal; las llanas (o graves, aunque ya ningún libro de Secundaria las llama así, supongo que lo políticamente correcto ha transformado ese adjetivo en tabú) al contrario, cuando no acaban en ninguno de los casos anteriores. Las esdrújulas y sobreesdrújulas se acentúan siempre. Ejemplos de los tres tipos: ratón, compás, volvió; césped, lápiz, estéril; lámpara, relámpago, estudiándomelo. Las palabras monosílabas no se acentúan, como norma general, nunca, dado que al tener una única sílaba no hay confusión sobre dónde se deben acentuar.

Ejemplos de palabras que llevan tilde diacrítica son: «cuándo», cuando es un adverbio interrogativo o exclamativo, y no cuando es un simple nexo temporal: «¿Cuándo empiezan las clases?»; «¡Cuándo aprenderás!» «Más», cuando es adverbio de cantidad, y no conjunción adversativa, por ejemplo: «Quiero más policías en las calles»; pero «Lo intentó, mas al final fracasó». Este último «mas» equivale siempre a «pero». «Sé», cuando es del verbo saber o de ser: «Sé responsable y acaba tus tareas»; «Yo no sé quién ha sido»; pero «No se han pasado por aquí».

Vale, muy bien, pero ¿quién es capaz de aprenderse todas estas normas y casos? Hay infinidad de palabras que pueden llevar tilde diacrítica: se, si, mi, tu, mas, quien, que, cuando, cuanto, donde, solo, estos, etc. Yo os confieso una cosa: soy profe de Lengua, y cuando llegamos a la parte del libro de la tilde diacrítica, tengo que leerlo en el texto, porque no me sé esas normas. De hecho, no creo que sea necesario saberlas para escribir con una correcta ortografía. Nunca he llegado a aprender este tipo de normas, y apostaría mi Fender Stratocaster a que cometo una falta por cada millón de palabras o algo así. Vale, vamos con los consejos.

En el caso de «solo», en la mayoría de las ocasiones no es necesario ponerle tilde. Únicamente la lleva cuando es un adverbio que equivale a «solamente» y además puede confundirse con el adjetivo «solo». Por ejemplo: «Ha venido solo para hablar». En este caso, la oración es ambigua: puede equivaler a «Ha venido, él solo, sin compañía, para hablar»; o podría querer decir: «Ha venido solamente para hablar, y para nada más». Si nos referimos a lo segundo, es necesario escribir la palabra con tilde, para no confundirnos. En casos donde no haya ambigüedad, aunque equivalga a «solamente», no es necesario acentuarla, aunque tampoco está prohibido: «Solo quiero que seas feliz».

Con el caso de los determinantes (ahora llamados en la mayoría de los textos adjetivos determinativos) y los pronombres sucede otro tanto. Solo necesitan tilde cuando hay posibilidad de confusión. Por ejemplo: «Guárdate estos hechos para ti». ¿A qué nos referimos? ¿A que nos guardemos esos «hechos» (cosas que se han hecho o dicho, por ejemplo), o a que nos guardemos estos (estos «trabajos», p. ej.) que ya están «hechos»? Si nos referimos a lo primero, el demostrativo «estos» acompaña al sustantivo «hechos», sería un determinante y no sería necesario acentuarlo. Pero si queremos decir lo segundo, entonces «estos» no acompaña a ningún sustantivo, sino que lo sustituye («estos»=«estos trabajos»), así que es un pronombre, y «hechos» es el adjetivo que lo acompaña. Por lo tanto, aquí sería necesario usar la tilde. En otros casos, donde no hay ambigüedad, no es necesario acentuar el pronombre: «Estos no son buenos para ti».

Casi todos los demás casos son algo más difíciles de detectar, pero para eso os he preparado

el consejo

que os ayudará a libraros de las dudas y os ayudará a escribir correctamente según las normas académicas.

¿Cómo saber si como o si llevan tilde? Es más sencillo de lo que parece. Aunque las reglas de acentuación diacrítica de la Real Academia puedan parecernos caprichosas, no lo son tanto.

En la escuela nos han enseñado que todas las palabras llevan acento, pero no todas llevan tilde. Pero esto en realidad no es así. No todas las palabras van acentuadas en el discurso. Por ejemplo, en la oración «No hay quien te entienda, don Complicado», no todas las palabras llevan acento, esto es: no todas llevan una sílaba que se pronuncia con fuerza. Solo aquellas que voy a escribir en cursiva: No hay quien te entienda, don Complicado. No solo se pronuncian como átonas algunas palabras monosílabas, sino también otras que tienen más de una sílaba: Quedamos para cenar cuando quieras.

Probad a pronunciarlas en voz alta, o incluso mentalmente, y veréis que las sílabas escritas en romana no las acentuáis, y las que están en cursiva sí.

Y este truquito os puede resolver la duda en un porcentaje altísimo de las ocasiones. Por ejemplo: en la oración «Si a ti te parece bien, si me gustaría ir», ¿se acentúa alguno de los «si»? Pues sí. Pronunciémosla en alta voz:

Si a ti te parece bien, si me gustaa ir

Vemos que el primer «si» lo pronunciamos de corrido, y el primer apoyo acentual de la oración lo hacemos en la sílaba «ti». Sin embargo, el segundo «si» sí se pronuncia con fuerza. Pues a este le colocamos una tilde en todo lo alto, quiera o no:

Si a ti te parece bien, sí me gustaría ir

Mi libro de Lengua castellana y literatura de 2.º de la ESO aconseja a los alumnos que se pregunten si el «si» es conjunción condicional (no llevan tilde) o adverbio de afirmación o pronombre personal (sí llevan tilde), pero creo que mi método es más sencillo, y más intuitivo. Y no te obliga a estudiar la gramática, además. Sigamos.

No se si se encontrará bien en esta situación

Fácil, ¿no?: No sé si se encontrará bien en esta situación. Más:

Mi selección para los premios Goya ha sido una gran noticia para mi

¿Cuál de los dos «mi» lleva tilde? Sí, habéis acertado. Más aún:

Aun con todas las razones que me has dado, no me he decidido aun

¿Cuál de los «aun»? Sí, en efecto. Go on.

¿Que cuando volveré de París? Pues cuando me de la gana

¿Cuál de los «cuando» lleva tilde? ¿Cuál de los «de»? Para terminar:

El muy egoísta se lo ha quedado todo para el

¿A cuál de los «el» le vas a colocar la tilde?

¡Bien! Habéis acertado otra vez. El otro camino, el largo, es el de aprenderse la gramática, pero sé que la mayoría de vosotros no tenéis ni tiempo ni ganas. Espero que este consejo os sirva de ayuda.

Epílogo

Un par de cositas. O tres. La primera, es que la razón principal de que mis faltas de ortografía sean casos anecdóticos y casi inexistentes es que he leído mucho, no tanto como me gustaría ni cuanto debería haber leído, pero mucho más que la mayoría de la gente. Esto es muy útil. La mayoría de los libros están relativamente bien impresos, si atendemos a la corrección ortográfica, y cuando lees las palabras bien escritas miles de veces, en cuanto ves una mal escrita te pega un puñetazo entre los dos ojos. Esto no vale para Internet, claro, pero sí para los libros. Pero cuidado: me estoy leyendo ahora mismo ¿Está usted de broma, señor Feynman?, libro editado hace poco –al menos la versión que yo manejo–, y las faltas de ortografía son tan abundantes y vergonzosas que parece redactado por un becario de algún periódico gratuito. Así que no os fiéis mucho.

Segundo: hay veces en que, para dar énfasis expresivo a algunas de nuestras oraciones, acentuamos en el discurso palabras que normalmente se pronunciarían como átonas. Por ejemplo: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo tu padre». Si queremos resaltar el hecho de la paternidad, puede que lo pronunciemos así: «Puede que no se haya ocupado de ti en la vida, pero sigue siendo padre». También: «Esa no es obligación, es obligación». En estos casos, debemos intentar pronunciar las oraciones sin énfasis, y veremos que ninguno de los «tu» se acentúan en una pronunciación normal, ni tampoco el «mi». Por lo tanto, no debemos acentuarlas. Si queremos resaltar el posesivo en la escritura, como hacemos oralmente, podemos subrayar la palabra si estamos escribiendo a mano, o ponerla en cursiva si estamos en un procesador de textos: «Esa no es mi obligación, es tu obligación».

Por último: ni «ti», ni «fe», ni «fue», ni «es» llevan tilde. Jamás de los jamases.

Arutani

1 de October de 2008

He pasado un buen rato buscando información para la clase de HCR de mañana sobre la mitología y la religión egipcias. Como además me interesa colarles un poco de interés por cualquier otro aspecto de esta antigua y extraña civilización, he introducido algún que otro contenido paralelo, como la famosa piedra de Rosetta. Esta inscripción, hallada en 1799 por un soldado del ejército de Napoleón, es el documento más útil que han encontrado los historiadores para descifrar la complicada escritura jeroglífica del imperio del Nilo.

En su artículo en la Wikipedia me entero de la existencia de The Rosetta Project, un proyecto que pretende documentar las alrededor de 7.000 lenguas vivas que se hablan hoy en el mundo, y especialmente las 500 que se prevé que van a desaparecer en el curso de los próximos 100 años (no, entre ellas no se encuentran ni el catalán ni el castellano. Las organizaciones culturales internacionales tienden a ser algo más serias que los políticos patrios).

Veo que en la página principal anuncian la creación de archivos de capas para el programa Google Earth. El primero que me he bajado, para probarlo, muestra en el globo terráqueo la situación de diferentes lenguas amenazadas en África y América del Sur.

Hago clic en la que más rabia me da y veo que es el arutani. Se estima que la población de los arutani alcanza unos 31 miembros distribuidos entre Venezuela y Brasil –hay que ver lo expandidos que están para ser tan poquitos– y que la lengua, sin embargo, solo es hablada por unas 19 personas. Esto, señores, es un idioma amenazado.

Hay que comer

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