Ars longa, vita brevis

Iggy

13 de February de 2007

Iggy

Dice una cita famosa que la muerte de una persona es una tragedia, pero la muerte de un millón es una mera estadística. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) murieron, por diversas causas, unos 60 millones de personas: aproximadamente el 2% de la población de todo el planeta por aquel entonces.

En realidad fueron 60 millones de tragedias. Nosotros, alejados en el tiempo y relativamente cerca en el espacio, no podemos llorar por cada una de esas personas, pero es totalmente seguro que alguien lo hizo por cada uno de ellos.

El sábado por la noche vi en el cine Banderas de nuestros padres, del director Clint Eastwood. Trata sobre la historia de la foto que se sacó en Iwo Jima, cuando se coronó la cima de monte Suribachi, en el transcurso de una de las batallas más sangrientas de la mayor guerra de la historia. La fotografía es probablemente la más famosa desde entonces, y la verdad e historia que la rodean es relativamente desconocida, al menos para mí hasta que vi la película.

La cinta está basada en el libro del mismo título escrito por el hijo del enfermero John Bradley, Doc, uno de los hombres que izó la bandera de la fotografía de Joe Rosenthal.

Creo que todos los personajes que aparecen en ella son históricos, aunque su personalidad y por supuesto las acciones y las palabras que aparecen serán probablemente más o menos inventadas. A mí durante todo el metraje me cayó simpático el personaje de Ralph Ignatowski, conocido por el sobrenombre de Iggy, un chaval jovencísimo (19 años), un poco patoso, que luchaba por encontrar su lugar entre los aguerridos varones bélicos mostrando un buen humor a prueba de balas y soportando las bromas de casi todos.

El verdadero Iggy nació en 1926, hijo de un inmigrante polaco y una alemana. En realidad no aparece en la foto famosa, ya que no ayudó a izar esa bandera, sino la primera que se había plantado en el Suribachi, que más tarde fue retirada porque un político quería colgarla como trofeo en su despacho. Pero durante algún tiempo se creyó que él aparecía, cuando en realidad el cuerpo agachado que aparece más a la derecha era el del marine Harlon Block.

Días después del famoso episodio de la bandera, Iggy estaba con su mejor amigo en la guerra, el enfermero Doc, cuando éste salió del agujero donde estaban escondidos para ayudar a un compañero caído. Al volver al agujero, Iggy había desaparecido. Doc lo llamó a gritos durante minutos, hasta que se percató de que había sido raptado desde uno de los túneles que los militares japoneses habían excavado para comunicar distintos puntos de la isla de Iwo Jima en el subsuelo (aunque creo que el descubrimiento de los túneles por Doc puede ser un episodio ficticio).

Días después, explorando los túneles, hallaron el cadáver de Iggy. Lo habían atado y torturado durante días, mutilándolo horriblemente (le cortaron las orejas y los genitales, le arrancaron las uñas y le rompieron brazos y piernas), y finalmente lo habían asesinado a bayonetazos. La secuencia debió de ser tan estremecedora, que en la película el cadáver aparece fuera de plano, aunque al parecer el momento de la ejecución aparece en la última película del director (Cartas desde Iwo Jima).

Hasta el mismo día de su muerte, Doc se despertaba de las pesadillas llamando a su amigo Iggy, atormentado por los remordimientos que le producía el no haber estado al lado de su amigo cuando lo necesitaba, aunque en realidad no fuera culpa suya.

A Iggy le concedieron el Corazón Púrpura, distinción con que se honra a los militares estadounidenses muertos o heridos en combate. Sin embargo, no goza de la gloria que dio a sus compañeros el simbólico acto de haber alzado un pedazo de tela en un palo.

Es sólo una de los 60 millones de muertes que se produjeron durante aquel horror interminable que casi acaba con el mundo. Y no me cabe duda de que fue una tragedia, aunque se haya producido treinta años antes de mi nacimiento, en una isla perdida en el Pacífico a miles de kilómetros, y cuyos testigos, verdugos y víctima, no entenderían mi idioma. Pero quizás no esté de más recordarlo: por su muerte, por cada una de esas muertes que forman esa estadística de los 60 millones, vivimos hoy en el mundo en el que vivimos, y no en el que soñaba con construir Adolf Hitler.

Sobre héroes y tumbas

5 de June de 2006

Esta es una de las fotografías más famosas del siglo pasado, y una de las más terribles: un policía survietnamita (o sudvietnamita, ¿cómo se dice?) descerraja un tiro en la cabeza de un presunto guerrillero del Vietcong, grupo autodenominado “Frente Nacional de Liberación de Vietnam”, de filiación comunista.

Lo que me ha helado la sangre ha sido leer el comentario de la foto, que traduzco chapurreramente:

Con la ofensiva Tet norvietnamita comenzando, Nguyen Ngoc Loan, policía nacional de Vietnam del Sur, hacía lo que podía para mantener las guerrillas del Vietcong fuera de Saigón. En el momento en que Loan ejecutaba a un prisionero del que se decía que era capitán del Vietcong, el fotógrafo de AP Eddie Adams apretó el disparador de su cámara. Adams ganó un premio Pulitzer por una fotografía que, como pocas, volvió a la opinión publica contra la guerra. Adams sentía que mucha gente había malinterpretado la escena, y cuando, en 1998, le informaron de que el inmigrante Loan había muerto de cáncer en su casa de Burke, Vancouver, dijo: “El tipo era un héroe. Estados Unidos debería llorarle. Odio ver que se va así, sin que la gente sepa nada sobre él”.

Del presunto guerrillero asesinado no sé nada, y dudo que se sepa el nombre. Sí, “presunto”, porque me da la impresión de que no hubo juicio, a juzgar por la foto. Supongo que estará en alguna fosa común, o se lo habrán comido los perros de la guerra. El caso es que antiguamente había que asesinar a cien mil hombres para ser considerado un héroe, pero parece que ahora está la cosa bastante más barata.

Es una tontería aceptada, por repetida machaconamente, que “el tiempo” o “la historia” pondrá a cada uno en su sitio. Nada más lejos de la realidad. El tiempo contribuye a que los asesinos se vuelvan héroes, y a que sus víctimas sean vueltas en números. No creo que los grandes héroes nacionales o sociales, los que se han hecho grandes matando, tengan un sentido mayor de la justicia o de la paz que el resto de las personas, lo que creo es que tienen el sentido sádico, si existe, muy bien desarrollado. Conozco a varias personas con las mismas ideas elevadas que Stalin o Hitler, aunque, por suerte para todos, no son tan malos como para llegar a héroes.

La Navidad, a sangre fría

24 de December de 2005

(Revista de blogs)

El día que Jesús vino al mundo no fue el 25 de diciembre del año 1 antes de Cristo (aC). A partir de lo que escribe Mateo, se deduce, no obstante, que Jesús nació antes de 4 aC, año en el que muere Herodes. “Pudo ser entre 6 aC y 4 aC”, apunta Saban. El censo romano del que habla Lucas –”tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino”– hay que descartarlo como fecha de referencia porque se hizo en el año 6, según Flavio Josefo, diez años después de la muerte de Herodes.

Los cristianos –excepto los ortodoxos– conmemoran el natalicio el 25 de diciembre desde que en 350 el papa Julio I lo declaró fecha oficial de la Navidad. Era el día en que los romanos celebraban la festividad del “nacimiento del sol invicto”, Mithras, el alargamiento del día frente a la noche invernal, la victoria de la luz sobre las tinieblas. La Iglesia se apropió así de una fiesta pagana. Sin embargo, la época del año del episodio bíblico no está clara, aunque los pastores a los que el ángel anuncia el nacimiento del Salvador dan una pista.

El resto de este interesante artículo, en Magonia.

Otra mirada sobre Japón

22 de December de 2005

(Revista de blogs)

César Iglesias (su blog) me envió un correo avisándome de un artículo que había escrito sobre barbaridades que habían cometido los japoneses en diversos países asiáticos como ejército invasor. Es una mirada diferente sobre el hermoso país del sol naciente, ya que estamos acostumbrados a los divertidos dibujos manga, la fascinación que nos producen las geishas y el refinamiento de su arte. No hay duda de que Japón sabe venderse: mucha gente piensa que lo único malo que han hecho es alinearse con el eje en la II guerra mundial.

Es un artículo muy descriptivo y crudo, no apto para estómagos sensibles. Se os revolverán las tripas y aprenderéis historia.

La otra cara de Japón.

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