A mediados de los ochenta los ordenadores eran cosa de frikis. Y además era una cuestión estadística: si no tenías granos y gafas, no tenías uno. Y ni siquiera todos los cuatro ojos con acné estaban interesados o podían permitirse comprar una de esas máquinas.
A mediados de los ochenta los ordenadores eran grandes trastos con pantallas culonas de dos colores: verde y negro. Eran capaces de mostrar texto y eso era algo casi increíble.
A mediados de los ochenta el dispositivo mediante el que te comunicabas con el ordenador era un teclado grande y tosco. El ratón había sido inventado a mediados de los 60, pero nadie tenía uno.
A mediados de los ochenta un ordenador muy caro solía tener unos 256 kilobytes de memoria. Si multiplicas por cuatro, tienes un megabyte. Si luego multiplicas por 1.024, tienes un gigabyte. Si vuelves a multiplicar por dos, tienes la memoria que yo tengo instalada en el MacBook, que es el mínimo con lo que suelen venir los ordenadores actuales de gama baja. Es decir, que hemos multiplicado por 8.192 la memoria de un ordenador puntero de mediados de los ochenta para obtener la de uno barato de unos veinte años después.
Es curioso que teniendo en cuenta ese dato la mayor parte de la gente siga teniendo problemas con los ordenadores.
A mediados de los ochenta, con un ordenador podías escribir algún texto, crear alguna base de datos, algún programa –si sabías mucho– y poco más. Y entonces apareció el Amiga.
Cuando apareció el Commodore Amiga, los ordenadores caros podían hacer lo que habéis leído antes. Entonces, este extraño aparato con nombre español hizo cosas que hasta entonces eran, literalmente, no inimaginables sino imposibles. La mayoría de los ordenadores no podían dibujar una línea recta en la pantalla, y el Amiga 1000 era capaz de mostrar una imagen casi indistinguible de una fotografía en 4.096 colores simultáneos (la tarjeta gráfica VGA, creada tres años después, y que no se empezó a convertir en estándar en los compatibles IBM hasta principios de los noventa, mostraba a la vez un máximo de 256). La resolución máxima era de 640 x 512 (la VGA podía ofrecer una resolución de 640 x 400, limitando el número de colores a 16). Un sonido con calidad totalmente realista salía en estéreo por sus cuatro canales simultáneos (la primera SoundBlaster apareció en 1989). Venía con un ratón de dos botones y una disquetera que leía discos de densidad simple a 1 megabyte (los compatibles solo podían manejar 0,7 megabytes en los mismos discos). Su corazón incluía una serie de circuitos (llamados custom chips), de nombres femeninos, como Lisa y Paula, que se encargaban de diversas tareas y desahogaban al procesador central, el increíble Motorola 68000, de gran parte del trabajo. El Amiga 1000 fue el primer ordenador multimedia de la historia, muchos años antes de que a alguien se le ocurriera la palabra. Diez años antes de que Bill Gates pretendiera haber inventado la multitarea con su Windows 95, el Amiga ejecutaba diez programas a la vez sin despeinarse. Si querías tener un ordenador de otra marca que se le acercara un poco en posibilidades, debías esperar cinco años a que inventaran todo eso, gastarte el doble de lo que costaba el Amiga en otro ordenador, y luego comprarle un monitor en color, un ratón, una tarjeta gráfica y otra de sonido. Gastándote unas trescientas mil pesetas en hardware de Amiga, incluyendo el propio ordenador, podías montar en tu casa una empresa de edición de vídeo totalmente profesional, lo que con cualquier otra opción habría elevado el precio por encima de los dos millones.
¿Y entonces por qué la mayor parte de vosotros, especialmente los jóvenes, jamás habéis oído hablar de él? La historia es larguísima, y las razones aún no están claras del todo. Después de un comprensible éxito, las ventas empezaron a decaer, y el Amiga sufrió una larguísima agonía, la mayor parte de la cual en realidad se encontraba en estado de coma. Hubo, y creo que aún lo hay, un heroico grupo de supervivientes que nunca renunciaron a su querido ordenador, y que seguían programando para él, usándolo y defendiéndolo, hasta convertirse en fanáticos. Hoy en día, cualquier ordenador de 600 euros hace mucho más que un Amiga, y sin ningún inconveniente, salvo los continuos cuelgues. Y hasta ese problema puede reducirse casi a cero si usas Mac OS o Ubuntu. Sin embargo, sigue habiendo gente que vive aún en la época de la espada y la brujería. Porque el párrafo anterior, después de todo, solo habla de números. La experiencia está en el siguiente.
Porque si nunca usaste un Amiga en su momento, hay un hecho mágico que has perdido para siempre. La magia de presenciar lo imposible. Imagina que, mientras lees esto, Un rayo sale de tu monitor y se materializa en medio de la estancia con la forma de Natalie Portman, y que se sienta en tu regazo a ver cómo lees lalengua.info mientras te hace caricias y arrumacos. Sería algo imposible que te dejaría con la boca abierta y con ganas de enseñárselo a todo el mundo. Pues eso es lo que se sentía. Tu amigo te invitaba a ver su nuevo ordenador, del que habías oído hablar, y cuando te mostraba cualquier demo, cualquier juego, cualquier imagen digitalizada, pestañeabas un par de veces porque sabías que lo que estabas viendo y oyendo no era posible.
Quizá alguien de la vieja guardia de entre los lectores del blog pueda dejar un comentario para confirmar a vosotros, jóvenes maleducados, consentidos, bailadores de reguetón, escuchadores de hip hop y masticadores de Big Macs, que no me estoy inventando nada. Que el que tuvo la fortuna de presenciar una de estas máquinas en funcionamiento en aquella época no ha vuelto a tener una sensación igual al sentarse frente a un montón de chips de silicio.
Después ha habido tarjetas VGA y SVGA, y –¿cómo se llaman las que vienen con los ordenadores modernos? a nadie le importa– otras; PlayStations uno, dos y tres, Nintendos y SuperNintendos, Sega Saturn (otra que tal vez no les suene a los jóvenes) y Dreamcast, Xbox uno y trescientos sesenta, monitores de veintisiete pulgadas y discos duros de un terabyte. Gráficos en 3D y todo eso. Pero no ha vuelto a haber magia.
Recuerdo que la primera vez que encendí mi Amiga 500 en casa –fue el modelo que sucedió al Amiga 1000– y metí un juego de rol por turnos en la disquetera, cuyo nombre no recuerdo, dije en voz alta: «¡Madre mía! ¡Tengo estos gráficos en mi ordenador!» Días después, mi amigo se compró otro Amiga 500, y al introducir el mismo juego repitió exactamente la misma frase.
Veinte años después me compré una Xbox 360 y puse a cargar el DVD del juego Gears of War. Tras ver los gráficos y oír el sonido, me dije a mí mismo: «Dios mío, esto es increíble». Pero no añadí signos de exclamación. Y además sabía que me estaba mintiendo a mí mismo.
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¿Qué fue lo que se cargó al Amiga? Nadie lo sabe, pero os doy unas cuantas pistas. Una fama inmerecida de que era un ordenador que solo servía para jugar. Sí, era cierto que los juegos del Amiga estaban a años luz de los que se podían ver en cualquier otra plataforma, pero se obviaba un dato: si el ordenador era capaz de hacer eso, además era capaz de hacer lo que hacían todos los demás usando solo un 1% de su potencia. Además, la empresa Commodore, hoy desaparecida, demostró una ceguera gigantesca en cuestión de publicidad y negocios. Bill Gates ya estaba empezando a mostrarse como el genio de las finanzas y los negocios –que no de la informática– que todos conocemos. El Amiga estuvo saltando entre varias compañías que no entendieron la magia que contenía y que fueron cargándoselo poco a poco. Y el resto es historia oculta.
Me enteré, ni sé cómo, de tantas horas que pasa uno aquí sentado, de que acaban de publicar el nuevo sistema operativo del Amiga, el AmigaOS 4.1. Ni siquiera sabía que aún podías comprar uno de estos trastos. Me picó la curiosidad y estuve investigando un poco, y he encontrado una inspirada y detallada historia de esta caja mágica en Ars Technica (en inglés). Aquí tenéis la entrada de la Wikipedia en español sobre este ordenador, y aquí la historia del Amiga en la Wikipedia en inglés. Están bastante bien, pero a los que no hayáis visto uno de estos monstruos en funcionamiento en 1988 no os dirá gran cosa. Y es normal. Mi abuela se emociona con los tangos de Gardel, y a mí me gustan, pero no llego a llorar con ellos. Supongo que, aparte de que Gardel fue algo muy grande, como el Amiga, la cuestión de fondo es que cuando mi abuela escucha a Gardel está usando los oídos de su juventud. Supongo que lo mío con este cacharro también es cosa de los ojos de mi juventud, que no han vuelto a ser los mismos.
Si sois de los míos, el comentario es obligado.
Epílogo
Hombrepordiós. Si en la Xbox 360 tengo gráficos de alta definición y sonido Dolby Digital envolvente 5.1. Y se conecta a Internet. Y sus escenarios tienen una iluminación totalmente fotorrealista.
Sí, pero ese no es el tema. Yo sé que dentro de diez años jugaré a un juego cuyas imágenes no podré distinguir de una película de Hollywood. Y tal vez ya habrá despegado la realidad virtual, y podré ponerme el casco, los guantes y todo eso. Es cuestión de tiempo, cantidad y trabajo bruto. Y de que los chips van a ir siendo cada vez más pequeños, potentes y baratos. Pero es algo que sé que va a ocurrir, porque es algo posible. La magia está en lo imposible, no en los números. Ya no se trata del doble de colores, o el cuádruple de resolución, o de veinte canales de sonido, o de que el mando me vibre en las manos. La vibración ha de sentirse dentro. No, no ahí, marranos. Más arriba. Hacia el centro del pecho, un poco a la izquierda.