Ars longa, vita brevis

El derecho a decidir

14 de February de 2013

Por supuesto, de entrada, sí. En una sociedad humana, siempre hay quien decide las cosas. Si no las decide la gente, las decidirá el dinero, u otro tipo de poderes.

Claro, esto no es tan simple, no es que cada uno decida lo que quiera, hay múltiples variables que se deben tener en cuenta: la primera, cómo afectan nuestras decisiones a los demás. Puedo decidir poner la música muy alta en mi casa a las tres de la madrugada, pero los vecinos, tal, ya sabéis. Aun así, me repito: en términos absolutos, siempre es mejor tener capacidad de decisión que no tenerla, porque si no decides tú, alguien decidirá por ti —por eso, tras muchos años de firme proselitismo abstencionista, ahora digo: ¡votad siempre!—.

Pues resulta que estaba revisando la etiqueta Libros en mi blog, para un asunto personal que no os interesa, y llegué a la crítica que escribí sobre la monumental obra Persépolis, de la dibujante de cómics iraní Marjane Satrapi; por algún motivo, en aquel momento, hace casi cinco años, elegí esta viñeta para ilustrar el artículo.

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Resulta que todo sigue teniendo sentido: en pueblos analfabetos —¿hay alguno que no lo sea, excepto algunos de los nórdicos?— , la bandera y el odio al que tiene un dios distinto es lo que más aglutina las mentes, las aspiraciones, la acción. Lo vemos en España, con los nacionalismos llamados periféricos, y el nacionalismo llamado no nacionalismo —el español—, que hace a la gente olvidar crisis y recortes y creerse todas las mentiras que cuentan, por ejemplo, los medios oficiales catalanes a los catalanes, y los medios oficiales estatales a todos los españoles; y lo vemos, por desgracia, en muchos países árabes, donde se han librado, o se están librando de tiránicas satrapías que gobernaban al servicio de los poderes económicos occidentales para votar democráticamente a gobiernos que imponen la ley islámica. Toma ya.

Quien piense que estoy en contra de Cataluña o de su nacionalismo en particular no me conoce; y quien piense que rechazo la religión islámica por encima de otras, es que no me conoce tampoco (de hecho, considero patria y religión casi como sinónimos). Pero la viñeta de Satrapi es absolutamente certera, tanto, que duele.

¿Entonces, estoy en contra del derecho a decidir en según qué casos? No. Por supuesto, no me gusta ningún país gobernado por leyes religiosas, se llame Egipto o Ciudad del Vaticano; tampoco me gusta que se me pida un pasaporte en la frontera con Cataluña, como no me gustaría que a un catalán se lo pidieran para entrar en La Rioja: me gustaría llamarme paisano de ellos, pero es cosa aparte. Creo que la viñeta de Persépolis tiene también la solución. Es necesario educar a la gente. Mejor. Y ya.

Es decir: hacer justo lo contrario de lo que estamos haciendo.

¿Nos sirve Finlandia?

3 de February de 2013

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Día del Docente, Melilla, enero de 2013.

Una pesadilla en la cocina particular me ha impedido ver el programa Salvados de hoy, que prometía estar interesante, ya que hablaba de lo mío, la educación. En unos minutos —cuando lo cuelguen en la web— lo veré, pero no espero encontrar nada que me sorprenda, ya que he leído millones de píxeles sobre el tema.

La educación en Finlandia funciona, y mucho mejor que la de nuestro país, aun siendo el nuestro uno de los de la OCDE que más gasta por alumno. Las cosas, sin embargo, no están tan mal por aquí. Me explico brevemente: sí, nuestro país está por detrás de unos cuantos que nos hieren en el orgullo, pero la cosa en realidad no es tan catastrófica. Si bien es cierto que Finlandia y Corea del Sur están bastante por delante del resto de estados, en segundo lugar nos encontramos con un puñado de países con niveles muy similares, así que la distancia entre España y el que está diez puestos por delante —o por detrás— puede ser de milésimas.

Además, hay que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, España es uno de los países que más ha avanzado en el sector educativo en los últimos veinte o treinta años. Y partíamos de una situación catastrófica. Hace solamente treinta años, aún estábamos funcionando con una ley del régimen anterior (la Ley General de Educación de 1970), pensada para una sociedad muy diferente, sin igualdad de oportunidades, sin un estado que pudiera llamarse de derecho, sin democracia, sin educación para todos. Yo aún recuerdo, y toda la educación que he recibido ha sido en un estado ya democrático, como compañeros míos abandonaban el sistema educativo en la EGB (ahora, Primaria) y nadie se preocupaba, educativamente, por ellos. La denostada LOGSE fue la primera que se tomó en serio una escolarización total de la población, hasta los —ciertamente discutibles— dieciséis años, invirtiendo además mucho dinero y mucho seso en mantener en el sistema educativo a los alumnos con más dificultades para seguir. La educación no solamente debe medirse en términos de resultados comparativos, sino también en los éxitos en la tarea de conseguir que sea un bien que llegue a todos los ciudadanos. En este sentido, dudo que haya muchos países de la UE que, partiendo de una situación tan desgraciada, hayan avanzado tanto.

Pero, por otra parte, y aunque siente bien criticarlo todo sin datos y aunque el desprestigio de todos los que no seamos nosotros sea uno de los deportes nacionales, la situación de hoy, sin fijarnos en la evolución, tampoco es catastrófica. Aquí tenéis un archivo en formato PDF sobre los resultados del informe PISA del año 2009 (los últimos que he encontrado) con distintos factores ordenados. Andamos por la mitad de la tabla. Pero si nos fijamos en un epígrafe concreto al azar (por ejemplo, voy a coger el primero, que es algo así como «competencia lectora general»), vemos que nuestra amada Finlandia obtiene una puntuación de 536, mientras España un ¿desastroso? 481. ¡Son 55 puntos de diferencia! Pero otra forma de verlo es que, si Finlandia es un 10, España es un 8,9. Ya no parece tan grave, ¿verdad? Irlanda, siguiendo la misma proporción, tendría algo menos de 9,3, y Austria, por ejemplo, no llega al 8,8. Ya podemos respirar un poco más tranquilos, ¿verdad?

Hay algo que seguro que tratará el programa de Jordi Évole, y es la cuestión de que, en Finlandia, el acceso a la docencia de Primera es muy dura. Es necesario un expediente académico excelente, y solo los mejores de cada facultad pueden acceder a ser maestros. Muy diferente de aquí, desde luego. El grado de Magisterio, según me cuentan, es, por así decirlo, demasiado fácil. Pero no concentremos las críticas: yo, con una Licenciatura considerada de las facilitas y una especie de broma llamada Certificado de Aptitud Pedagógica (que ahora creo que es una broma algo más larga y mucho más cara), y tras unas duras oposiciones, soy profesor de Secundaria del Estado. Aunque las oposiciones no son algo sencillo ni nada que se le parezca, está claro que en el sistema finlandés están seleccionando a los mejores de los mejores, y aquí no. ¿Nos iría mejor si la selección de los profesionales de la educación fuese más cuidadosa? Pocas dudas albergo sobre ello. No obstante, sí tengo una duda, y la considero tan importante que le voy a dedicar un párrafo aparte. Duda:

¿Es posible tener a los mejores, a los que hayan demostrado a lo largo de años de dedicación una valía y un esfuerzo muy superiores a la media, pagando los sueldos que se pagan en este país, para que luego cualquier mastuerzo apilando ladrillos cobre el triple que tú? La respuesta también la tengo clara. Y ¿es posible tener a los mejores, cuando, después de alcanzar el trabajo que quieres, al que te quieres dedicar, eres para la práctica totalidad de la sociedad un vividor que no sabe nada? ¿Una especie de adversario de alumnos y padres, al que buscarle las cosquillas, que no tiene crédito alguno, ni respeto por parte de nadie? ¿Al que un alumno puede levantar la voz, ridiculizar y menospreciar, y que cuando el profesional se queje, en un gran número de ocasiones el alegre progenitor cuestiona delante de su propio hijo? Vamos a decirlo más claro, y por ello más crudo: ¿Creéis que una persona con dos dedos de luces se expondría a menosprecios y agresiones por 1.600 euros mensuales? Yo creo que no.

La sociedad piensa que dentro de los cuerpos de profesores y maestros del Estado estamos los más vagos, ignorantes, desequilibrados y vividores de la nación. Ni siquiera voy a cuestionarlo, asumiré simplemente que es cierto. Lo único que digo es: si quieres a los mejores, págales como a los mejores y haz que los respeten. Si no, cualquiera que sea más o menos avispado huirá de esta profesión como de una mala enfermedad. Se irá a trabajar a la obra por 2.500 al mes, o, si es listo de verdad, se meterá en algún partido político a cobrar sobresueldos.

Pero ni tan siquiera creo que sea esa la cuestión de fondo. La cuestión de fondo es: Finlandia no es España. Lo que sirve para un país, podría no servir para otro. Ojalá fuese tan fácil: bastaría en irnos a otro país que funcione mejor que nosotros en algo, copiar todo lo que hacen, y vale (por ejemplo, todos los países podrían haber copiado el sistema de Sanidad que teníamos, que era la envidia del mundo antes de que se lo cargase el Partido Popular). Pero la realidad es bastante más poliédrica. Partimos de situaciones históricas distintas, de sociedades distintas, de climas distintos. Pasé unas inolvidables vacaciones en Noruega hace unos años, y allí la gente lee mucho. Pero es que a partir de cierta hora el clima te impide salir a la calle sin morir. Además, la televisión era basura (vale, en eso no éramos tan distintos). Se respiraba cultura en el aire, y no hablo simplemente de centros educativos: en cada esquina del país había un aprecio por la cultura, por el arte, la ciencia, la literatura. Preguntabas a cualquier Noruego de quién se sentían orgullosos, y cualquiera te hablaba de Edvard Munch, de Henrik Ibsen, de Peer Gynt. ¿Alguien de aquí diría Picasso, Delibes, Manuel de Falla? No, mientras tengamos nadales, iniestas y busquets. Nuestra enfermedad está en la calle y en los hogares, no en colegios e institutos.

La educación en este país no solo tiene arreglo, sino que lo necesita. Y podemos aprender mucho de Finlandia. Pero no cometamos el error de pensar que todo se arregla clonando: estaríamos administrando la misma medicina para tratar enfermedades muy distintas.

La educación inútil

30 de January de 2013

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Permitidme que empiece con una historia personal. A quien no le interese mi vida, puede leer el grueso del artículo aquí.

Entre 2002 y 2003 estuve trabajando en una oficina bancaria como cajero. A pesar de mi formación en Filología Hispánica —especialidad en Lengua Española—, ni me apetecía ser profesor, que era prácticamente la única salida profesional para mis estudios, ni el banco encontró problemas en que un destripalibros estuviese tras una ventanilla. Mi experiencia no superó el año, aunque el trabajo me gustaba y, a decir de mis jefes, lo hacía bastante bien. En pocos meses me asignaron la caja de las empresas, donde se movían cantidades grandes de dinero y donde las operaciones eran más complicadas que las de las ventanillas destinadas a vosotros, despreciables mortales, en las que casi todo se reduce a tres o cuatro operaciones (retirada de efectivo, ingresos, transferencias, pago de recibos, sus respectivas anulaciones, y ocasionalmente un cambio de divisas o un pago judicial; muy poco más). Todo lo aprendí allí. Era normal, ¿no? Después de todo, mis conocimientos universitarios consistían en mucha Literatura, mucha Gramática, mucha Semántica, bastante Filosofía, algo de Historia, Latín, Griego, Inglés, prácticamente nada de Matemáticas y Física, aunque algo sí (ciertamente, mucho menos de lo que me habría gustado, pero sí, algo de eso hay en Filología). Era normal, decía. Hay un hecho que no lo hace parecer tan normal. Cuando mis superiores tuvieron claro que el banco (al que, a partir de ahora, llamaré «el Banco») iba a prescindir de mis servicios, me asignaron como aprendiz a un economista, para que le enseñara los entresijos de las dos grandes cajas fuertes con apertura retardada y de las complejas operaciones bancarias comerciales, que incluían movimientos en el extranjero, pagos en distinta moneda y cosas más complicadas.

¿Qué pasa, que un filólogo con unos meses de experiencia sabe más de banca que un economista recién escupido de la facultad? Es obvio que no. Pero en la facultad no le habían enseñado a operar con el software bancario al uso, ni los detalles de muchas operaciones. Y ello a pesar de que, por supuesto, una de las principales salidas de un economista es la banca (bien es cierto que, siendo la docencia la principal opción de filólogos, filósofos, historiadores y demás, tampoco nos enseñan en la universidad maldita la cosa sobre pedagogía).

Claro, el Banco no desea que un licenciado en economía se pase su vida laboral contando billetes. Para eso sirve cualquiera. Al final, lo que quiere es gente que venda productos. Y productos que son difíciles de vender: tened en cuenta que, al fin y al cabo, el negocio del Banco es este. Dame tu dinero. Y a cambio yo no te doy nada. A lo sumo, te quitaré de vez en cuando parte de tu dinero en comisiones.

(Hay merluzos que acuden como moscas a las heces cuando alguna entidad anuncia una oferta de cacerolas, batidoras, o qué sé yo por tener un dinero en depósito durante un tiempo. No saben, claro, que el Banco siempre gana. No solo gana mucho más teniendo ese dinero retenido durante ese tiempo que lo que le cuestan las cacerolas, ganancia que, por cierto, siendo un poco avispado, el cliente también podría multiplicar; además, las susodichas cacerolas se entregan en concepto de intereses, con lo que el rendimiento de la cuenta baja, y, por otra parte, en la declaración de la Renta pagas por esos intereses. Sin embargo, si hay algún empleado —o ex— bancario leyendo esto, sabrá bien lo que tiene que aguantar uno tras la ventanilla, la mala educación de los pequeños codiciosos, que han llegado a insultar a un servidor cuando se negaba a prestarse a sus chanchullos. Pero vayamos a lo nuestro.)

Así que mi sucesor, en unos pocos meses, estaba en una mesa, vendiendo hipotecas, seguros, préstamos y participaciones preferentes. Para eso hace falta poco, y nada —creo— de lo que te enseñarán en Ciencias Económicas: don de gentes, labia, buena presencia, ser avispado y guardar tus escrúpulos en algún cajón del cuarto de baño de tu casa antes de ir a trabajar. Creo recordar que a mi aprendiz le fue bien, pues meses más tarde, siendo yo ya profesor, lo vi en una mesa, contento con su puesto. Envidió, sin embargo, las nóminas de un profesor de Secundaria como yo, pues había visto varias de colegas míos a los que había vendido productos. El Banco, ay, ya no es lo que era. Allá donde estés, un abrazo. No recuerdo tu nombre.
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El estado de las cosas (educativas)

9 de October de 2012

Llevo en esto de ser profesor desde octubre de 2004, tiempo suficiente como para haber visto más de un ciclo completo normal de alumnos de Secundaria (cuatro años de ESO más dos de Bachillerato).

Siempre se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay niños «buenos» y niños «malos». Acostumbrados a un sistema educativo anterior que la mayoría de los profesores hemos conocido bien como docentes o como alumnos —en mi caso—, solemos etiquetarlos en esas dos categorías según la facilidad con la que nos permitan hacer nuestro trabajo. Hay incluso, y no solo entre profesores, sino entre padres, adultos sin hijos y aun alumnos, quienes defienden la idea de que habría que sacar a los niños «malos» del sistema educativo, ya que no aprovechan nada de él, pierden su propio tiempo y empeoran la calidad de la educación de «los que sí quieren estudiar» (aunque no creo que haya conocido en toda mi vida a un adolescente que quisiera estudiar). «Deberían» —me dicen algunos— «poder salir tempranamente del sistema normal para aprender un oficio, sería mejor para ellos y para todos los demás».

Yo no estoy de acuerdo con esa clasificación, pero sobre todo no estoy de acuerdo con un sistema que se deshaga de los alumnos difíciles para facilitar las cosas a los más dóciles. Vamos a ver: puedo entender que un bombero prefiera bajar un gato de un árbol antes que subir al cuarto piso de un edificio en llamas para rescatar a un anciano, pero no imagino un mundo en que el bombero, dada la dificultad del segundo trabajo, lo rechace. Soy un orgulloso trabajador de la educación pública, considero un honor —difícil, dados estos tiempos en que parece que tenemos la culpa del desastre económico y, de hecho, nos lo hacen pagar a nosotros— ser funcionario y dedicarme a dar la misma educación a todo alumno que entre por la puerta, sin preguntarle su apellido ni su religión ni pedirle la declaración de la renta del ejercicio anterior de sus padres. No me resigno a rendirme, no me resigno a pensar que hay alumnos a los que, antes de tiempo, se les diga que uno de los caminos académicos —el que, por cierto, le reportará una vida seguramente más plena y satisfactoria en el futuro, y no solo en lo económico— no es el suyo.

Da la casualidad de que soy bastante observador, y compruebo, año tras año y con un margen de error mínimo, que los mejores resultados académicos, el recorrido más exitoso y el futuro más brillante lo tienen en nuestros centros de educación los alumnos en cuyos hogares entra más dinero. Conozco bien el percal, podéis confiar en mí. Esto es así.

Al mismo tiempo, consulto los últimos datos detallados del Instituto Nacional de Estadística (correspondientes al año 2009) y los números son claros: la renta media por persona, con alquiler imputado, es de 10 037 euros para los que tienen el título de la ESO, de 11 925 para los que tienen el Bachillerato, y de 15 772 para los que recibimos una educación superior.

Yo tampoco sé lo que significa renta media por persona con alquiler imputado, pero no necesito saberlo para decir que los números hablan por sí solos. El nivel de estudios alcanzado condiciona la renta media que obtendrás cuando seas adulto. Esto nos lleva a una descorazonadora conclusión: Si tus padres tienen menos dinero, tendrás menos éxito en los estudios. Si tienes menos éxito en los estudios, tendrás menos renta cuando seas adulto. Simplificamos. Si tus padres no tienen dinero, estadísticamente es muy probable que tú tampoco lo tengas cuando alcances la edad adulta.

Esto es inadmisible en un Estado que se califica a sí mismo de social, igualitario y otras bueneces.

Todos hemos oído miles de veces la vieja historia de no sé quién, que venía de una familia humilde, pero trabajaba de día y estudiaba por las noches, y cuando creció se hizo un hombre de éxito, un profesional formado a sí mismo, un potentado. A todos nos gusta oírla. Pero creo que la historia falla en dos puntos fundamentales. Uno, que esos cuentos de éxito son testimoniales. Pocas personas nacen con una fuerza de voluntad y un espíritu de sacrificio sobrehumanos. Dos, que no estoy de acuerdo en que un niño, por proceder de una familia humilde, se vea obligado a desarrollar un esfuerzo mayor que el hijo de un adinerado para obtener los mismos resultados. No es justo que se haga pagar al niño porque su padre no haya tenido éxito en la vida. No debería ser así. No deberíamos vernos condicionados desde la cuna.

Por eso creo que la educación pública, una educación pública de calidad, es la pieza más imprescindible de todas las que conforman un estado que tenga entre sus pilares la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades consiste en que yo pueda acceder a los mismos puestos que el hijo de un millonario, sin que mi origen humilde me obligue a un esfuerzo mayor. Una carrera en que a uno se le hace cargar con una mochila llena de piedras no ofrece las mismas oportunidades a ese que a uno que corra sin cargas.

La Ley Orgánica de Educación del año 2006 (LOE) establece en su Capítulo I, entre sus principios:

a. La calidad de la educación para todo el alumnado, independientemente de sus condiciones y circunstancias.
b. La equidad, que garantice la igualdad de oportunidades, la inclusión educativa y la no discriminación y actúe como elemento compensador de las desigualdades personales, culturales, económicas y sociales, con especial atención a las que deriven de discapacidad.

Esto son muy buenos propósitos, aunque no sean más que eso, propósitos. Siento daros las malas noticias, pero para cumplirlos hace falta dinero. Muchísimo dinero. Es necesario traer camiones de dinero y volcarlos en las puertas de los colegios e institutos, en lugar de traer esos camiones vacíos a los institutos para llenarlos allí y vaciarlos en los bancos. No hablo de los sueldos de los profesores (que, dado que somos los responsables de que los bancos os hayan robado, es justo que nos bajen los salarios). Hablo de que hay alumnos que necesitan estar en aulas con menos compañeros (para lo que son necesarios más docentes). Hablo, también, de programas específicos de apoyo y refuerzo dotados de recursos humanos y materiales, que en este curso se han visto mermados. Hablo de docentes con menos horas lectivas para poder dedicar lo restante de su horario a la atención personalizada de los alumnos que la necesiten con más urgencia. Hablo de becas.

Echo un vistazo al borrador de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, archivo PDF) que prepara el gobierno de Mariano Rajoy con su ministro de Cultura, José Ignacio Wert. Este es el primer párrafo:

La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.

No es una broma, es ese, lo podéis consultar. No hay referencias a la igualdad de oportunidades. Sí al acceso «a puestos de trabajo de alta cualificación», pero como «una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global». O, dicho en román paladino: para competir con los chinos. Investigad cuánto cobran. Pues preparaos a que vuestros hijos estudien para competir con eso. En párrafos posteriores se lían a hablar de imputs, outputs y demás jerga económica, y ya me pierdo (con todos los respetos, ¿quién ha ideado ese borrador? ¿Un licenciado en ADE?).

Solo en el segundo párrafo se habla de la «esfera individual», y de la «integración social» que, puedo ser malpensado, pero me suena a que los pobres accedan a un infrasueldo y así no molesten a los hijos de los ricos en el futuro. Este proyecto de ley consolida la idea que rechazo más arriba: que los alumnos que fracasen (en castellano: los hijos de los pobres) puedan ser desviados al aprendizaje de trabajos manuales o de escasa cualificación, para que dejen tranquilos a los hijos de los profesionales liberales y de los grandes empresarios, para que puedan viajar más tranquilos, ellos sí, hacia un Bachillerato de éxito y hacia un grado de Medicina, Ingeniería, Arquitectura. Este país seguirá siendo el país de tal médico, hijo de tal médico, y de tal obrero de la construcción, que siguió los pasos de su padre. Esta no es la educación que quiero.

Casi todos los cursos conozco a muchos alumnos de 1.º de la ESO. Adivino, por gestos, por comportamientos, porque Melilla es una ciudad muy pequeña, el extracto social de casi cada uno de ellos, y no me suelo equivocar. Pasan los años y me encuentro a algunos en Bachillerato, y a muchos otros no; me encuentro a muchos que, fracaso tras fracaso, son derivados a algún programa de aprendizaje profesional temprano. Otros, simplemente, dejan la educación.

Es desalentador entrar el primer día de clase en un grupo de 1.º y estar seguro de que a fulano te lo vas a encontrar cuatro años después en primero de Bachillerato, pero a mengano no. Pero comprobar, años después, que no te equivocas, no es desalentador, es terrorífico.

Que nadie se ofenda. La educación muestra sus efectos a largo plazo. Por eso interesa tan poco a los políticos, cuyas narices abarcan una visión de, a lo sumo, cuatro años. Pero os aseguro que la educación del curso 2012-2013, como la de todos los cursos, tendrá sus efectos durante décadas.

Podemos elegir. Un país que, en el futuro, esté lleno de buenos profesionales, pero, sobre todo, de profesionales cuyo camino no ha sido marcado por el volumen de las cuentas corrientes de sus progenitores. O un país que, dentro de un par de décadas, necesite millones de policías para proteger a la Merkel de turno.

Si elegimos lo primero, hace falta mucho dinero, y no hay atajos. Y nuestro Gobierno, ay, ya ha elegido.

Una anécdota sencilla

18 de September de 2012

Hoy he terminado las clases a las 14.20, y, siguiendo mi ritual, he encendido un cigarrillo en cuanto he salido por la puerta del instituto mientras caminaba hacia el coche (*). Mi centro es bastante grande, tiene más de mil alumnos, muchísimos de los cuales estaban en la puerta charlando o esperando que los padres los recogieran.

Cuando había recorrido unos cincuenta metros, alguien me ha tocado el hombro. Me he girado y he visto a un chico de unos quince o dieciséis años que no conozco, aunque supongo alumno del centro. Le he preguntado qué quería, y me ha respondido: «Profesor, toma, se te han caído estos veinte euros cuando has sacado el paquete de tabaco del bolsillo».

Y me pregunto cuántos de los adultos que pasan la vida criticando a los jóvenes, inventando etiquetas para ellos (los ni-ni), preguntándose qué futuro nos espera con ellos, me pregunto, decía, cuántos de esos adultos habrían hecho lo mismo.

(Me he quedado tan desconcertado que no he sabido qué hacer. Al principio solo me ha salido darle las gracias y alabar su honradez. Se me ha pasado por la cabeza decirle que se los quedara, ya que, de todas formas, los tenía perdidos, pero he pensado que quizás a sus padres no les hubiese hecho gracia. Ahora lamento no haberle preguntado su nombre para buscar el teléfono de sus padres en la base de datos del instituto y contarles la anécdota, y de paso felicitarlos por poner tanto empeño en su obligación como todos deberíamos poner en las nuestras. Pero ya sabéis que la mejor reacción siempre se te ocurre a toro pasado.)

(*) No, la llamada Ley antitabaco no dice absolutamente nada sobre que esté prohibido fumar a menos de no sé cuántos metros de los centros educativos o de salud, y mucho menos sobre algo tan jurídicamente vago como «inmediaciones».

Vacuna contra los libros (y 3)

11 de September de 2012


Parte de mi biblioteca, todo un monumento al desorden y a la, llamémosla así, «pluralidad de materiales». Clic para ver la imagen a tamaño completo.

Otro inicio más de curso, otra reunión del Departamento de Lengua de mi instituto para seleccionar las lecturas obligatorias del año. Sí, ya sé que lo de lecturas obligatorias es casi un oxímoron. Se supone que recomendamos libros a los alumnos para que aprecien la lectura, y se supone que recomendamos libros que encontramos agradables. La literatura, como la música, o así lo entiendo, se enseña en los centros educativos de este país para formar al ciudadano, para darle una posibilidad más de disfrute, para que aprecie el arte y goce con él. Queremos que, al final de nuestro trabajo, disfruten con un libro como lo harían en un parque de atracciones.

¿Os imagináis obligar a un niño a ir a un parque de atracciones? Algo falla desde el principio.

Uno de mis objetivos, uno de los objetivos de cualquier profesor de Lengua y Literatura, es que, de adultos, los ciudadanos lean y aprovechen estética e intelectualmente la lectura. Que se acerquen a los libros por sí solos y que los entiendan. Uno de los del profesor de Matemáticas es que aprendan a hacer la regla de tres. Estoy seguro de que la mayoría de los alumnos terminan la ESO sabiendo hacer una regla de tres; tanto como estoy seguro de que terminan la ESO odiando los libros y de que no vuelven a asomar su nariz por uno en sus vidas. No estoy cumpliendo con mi función. No estoy cumpliendo con mi obligación. No estoy haciendo bien el trabajo por el que se me paga.

Tengo la tremenda suerte de que en el centro donde doy clases hay un Departamento de Lengua con unos compañeros preocupados por su trabajo, imaginativos y —lo que es más difícil, dadas las circunstancias— motivados. Así que nos hemos puesto a hablar. Algunas de las apreciaciones que leeréis a continuación han sido unánimes, otras no, y otras son simplemente cosas que se me ocurren.

Problema: Una de las cosas que se han dicho es que, probablemente, la forma de acercarse a los clásicos no es muy atractiva, que digamos. Algunos de los libros que se han mandado secularmente —como el Lazarillo— aparecen en ediciones con numerosas notas a pie de página para que incluso nosotros, los filólogos, entendamos todo lo que se quiere decir. Han pasado siglos desde que esas páginas fueron escritas. El idioma ha cambiado: palabras han nacido y han muerto, expresiones han sido sustituidas por otras o han visto alterados sus significados. Es otro idioma. Los niños leen el Lazarillo (uno de los libros que más me han hecho reír en toda mi vida) y no se enteran de la historia tan divertida que cuenta.

(Inicio) (de posible) Solución: En los cursos más bajos, algunas de las lecturas obligatorias serán cómics. Algunos de esos cómics, además, serán adaptaciones de los clásicos. Será más fácil, en cursos más elevados, sugerirles que lean el Quijote si ya saben de antemano que es una historia loca e hilarante y les prometemos que el libro es aún mejor que la historieta. Además, si leen un cómic, no lo olvidemos, ya están leyendo. Gradualmente podemos ir introduciendo novelas gráficas donde la cantidad y la densidad de los textos sean mayores.

Problema: Los clásicos. Esta apreciación es exclusivamente personal. Algunos de los clásicos españoles son un tostón. No quiero citar títulos, porque no quiero pelearme con nadie, pero todos los profesores de Literatura que conozco tienen algún clásico que se les atraganta. En nuestra literatura ha habido épocas peores y otras mejores. El Barroco fue estupendo, el Neoclasicismo no. En algunas épocas, hay pocas obras que merezcan la pena, y otras da la impresión de que están en los manuales de literatura porque es necesario cumplir con un cupo, una especie de corpus obligatorio para no sentirnos inferiores. Pero tal libro —inserte aquí la obra del Realismo español que más rabia le dé— no es Anna Karenina ni Madame Bovary. No importa, los rusos no tienen a Cervantes, ni los franceses a Miguel Hernández. Emperrarse en solo enseñar los clásicos españoles es como si en clase de Matemáticas solamente enseñásemos las fórmulas o los teoremas descubiertos por matemáticos españoles. ¡Sería una locura! ¿Por qué nos obcecamos en ese estúpido chovinismo? ¿En qué cabeza cabe intentar hacer que los alumnos lean el Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos y no Viajes de Gulliver? ¿Estamos locos? La materia que imparto se llama Lengua Castellana y Literatura, no Lengua y Literatura Castellanas. Los Episodios Nacionales de Galdós tienen una gran calidad, sería un ciego si lo negara, pero si quiero que mis alumnos lo pasen bien leyendo, debería presentarles a Maupassant.

(Posible) Solución: Huir del nacionalismo literario. Especialmente en cursos inferiores, se me ocurren cientos de obras que podrían ser más atractivas que los clásicos de siempre (a los que ya llegarán) o la última obra chupiguay sobre un chaval que canta hip hop del advenedizo de turno. Algunos de los libros y autores que hoy han sonado son: Stevenson, Poe, Bradbury, El Principito, Alicia en el País de las Maravillas, El Hobbit. Algunas obras tienen mayor calidad que otras, pero todas son mejores que el último éxito mediático para jóvenes (¡vampiros!) y más atractivas que los clásicos, en un principio.

Problema: La obligatoriedad. El instituto es una cárcel, y las lecturas obligatorias son trabajos forzados que imponemos a los alumnos en castigo a crímenes que jamás cometieron. Así no se enseña, así se adiestra, y yo no trabajo con monos ni con perros, sino con personas.

(Inicio) (de posible) Solución: Queremos que lean. Ampliemos el abanico de posibilidades. Un curso en el que misteriosamente tuve cierta libertad de elección de las lecturas de mis grupos, no elegí una lectura por trimestre. Les seleccioné unas cincuenta obras de los más diversos géneros: terror, policíaca, de misterio, de aventuras, histórica, fantástica, romántica. Eran muy dispares en cuanto a su calidad y a su profundidad, pero es que en un aula de treinta alumnos hay treinta mentes muy dispares en intereses, en nivel intelectual, en capacidad de concentración. Supone algo más de trabajo para mí, pero hubo alumnos que leyeron más obras de las que tenían encomendadas (una por trimestre) y, al finalizar el curso, algunos me pidieron que les hiciese otra selección, por géneros, para el verano. Esta vez casi todos se leyeron los libros en lugar de buscar el resumen en El rincón del vago o en la Wikipedia o ver la película.

Sé que la lectura, con seguridad, tiene pocas aplicaciones prácticas en la vida para un ciudadano medio (como la música, la historia o la física cuántica). Pero aquí no estamos hablando de utilidad. Las matemáticas, la física, la medicina, hacen que la vida pueda existir y ser duradera. La literatura, la música, el cine, hacen que sea apetecible tener una vida y que sea larga.

Queremos que lean porque a nosotros leer nos ha hecho disfrutar y crecer intelectualmente. No los alejemos, entonces, a latigazos de los libros.

En La Lengua:

Vacuna contra los libros (2)

28 de February de 2012

En un principio, iba a escribir un segundo y último artículo sobre esto (que me está llevando, como sabéis, más de lo previsto), pero en el primero ha aparecido un comentario, firmado por Alumna, que no puedo dejar pasar, y que quiero compartir con vosotros:

Soy alumna de segundo de bachillerato, y apasionada de los libros. Los devoro, y leo hasta desgastarlos. A veces, me contento con simplemente sentarme delante de la estantería y contemplarlos, recordando lo que sentí al leer cada uno de ellos, cada personaje, cada historia. Defiendo firmemente el libro de papel, el acariciar el lomo en profunda concentración, el aferrarse a las páginas en los momentos de mayor tensión, el no dejar de leer hasta no llegar a una página que termine con un punto…

Sin embargo, mi comentario va dirigido a las “lecturas obligatorias” de colegios e institutos (remarco las comillas, ya que lo que es obligatorio realmente es la visita a El rincón del vago por parte de gran parte de los estudiantes). Creo firmemente en el fracaso de este sistema. Una minoría sí que aprovecha estas lecturas, pero el sentimiento general es de rechazo. Precisamente por la obligatoriedad de la situación. Y los fatídicos controles de lectura. Pocas cosas son tan angustiosas como enfrentarte a un tomo del Quijote, sabiendo que -además de los múltiples exámenes que tienes ese mes- debes leer esa historia en español antiguo y arcaico, en un tiempo limitado, presionado por el deber de completar un trabajo, o acordarte de todos los personajes y situaciones para el examen. Desde pronta edad -al menos en mi caso- me han obligado a hacer las tortuosas fichas de lectura que me hicieron aborrecer los libros que me prestaban en el colegio. Poco después, en el instituto nos hacían leer libros de dudoso interés para mocosos de 12 años acostumbrados a la televisión, internet y videojuegos. Mi estantería consta de dos partes: las lecturas del instituto, libros seminuevos, leídos quizá dos veces con vistas a un examen; y MIS libros, desgastados por el uso, aprendidos de memoria con una sola lectura, leídos y vividos, recomendados, prestados, alabados…

Me estoy enrollando mucho, y la idea es simple. ¿Los jóvenes leen? No voy a entrar a discutirlo. Pero -quitando algunos afortunados casos, como el mío, en el que me lo inculcaron en casa desde que nací- nadie nos enseña a amar la lectura. Nos enseñan a tragar un texto, y a escupirlo sin digerir, como afirmaba Montaigne.

¿Queremos que los jóvenes lean? Sí. ¿Por qué no lo conseguimos? Porque imponemos (se nos impone, más bien) libros que no captan la atención. ¿Cómo conseguirlo? Seguro que si se propusiera como lectura opcional -a defender oralmente, en un debate, por ejemplo- “El señor de los anillos”, “Crepúsculo” o “Harry Potter”, el porcentaje de participación sería mucho mayor. ¿Realmente importa que sea literatura española o traducida? Bueno, propongamos lecturas españolas “El origen perdido”, de Matilde Asensi; “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, “La sangre de los inocentes”, de Julia Navarro… Si me hubieran pedido leer alguno de ellos en el instituto, habría realizado los trabajos con el doble de entusiasmo.

Poco más tengo que añadir a esta reflexión. Por parafrasear un capítulo de Los Simpsons, si todos los alumnos fuesen como ella, no necesitaríamos el cielo… ya viviríamos en él.

Para que estéis entretenidos mientras termino el siguiente y último —creo— artículo sobre el tema, os dejo con un certero artículo sobre los problemas de la educación en nuestros país y cómo (no) solucionarlos: Los antigripales de la educación, del blog Lógica Mente. Disfrutad.

En La Lengua:

Vacuna contra los libros (1)

7 de February de 2012

Por qué queremos que los niños lean


Don Quijote de La Mancha, en una versión en papel, otra para iOS (iPad) y otra para el sistema operativo Android (Samsung Galaxy). Marcados, los tres, en la misma página.

¿Por qué queremos que los niños lean? ¿Y por qué consideramos, a veces de manera hipócrita y con un criterio ciertamente —o aparentemente— esnob, que la gente que lee es más distinguida, más culta y más interesante?

Sería muy largo intentar descubrir aquí por qué pasa esto. Es cierto que, durante casi toda la historia de la humanidad —no hablo de la prehistoria, por supuesto—, ha habido varios factores que han proporcionado esta aura de distinción a la palabra escrita. En el principio de los tiempos, la escritura era una cosa bastante cara: los escribas eran gente preparada, y muy escasos, y sus servicios costaban dinero, aparte del coste de los materiales de escritura, que debía de ser bastante elevado aun después del invento del papel, puesto que no existían las estructuras industriales para fabricarlo a gran escala. Salvo excepciones, solo se escribía lo importante, lo que era digno de ser recordado. Esto, por desgracia, nos ha privado a los filólogos, frecuentemente, del verdadero idioma de los antiguos.

Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el latín, conocido y estudiado, sobre todo, en los grandes discursos y obras literarias que nos legaron personas como César, Salustio, Ovidio o Virgilio, y despreciado en su manifestación mayoritaria y espontánea, el tildado de latín vulgar. Este latín se consideraba un latín bajo y descuidado, cuando no erróneo: el hablado por los soldados, los comerciantes y los esclavos. Hoy en día la óptica ha cambiado, pues, después de todo, ¿quién representa más fielmente un idioma? ¿Millones de soldados y comerciantes, o un puñado de aristócratas educados en escuelas selectas? Si, dentro de dos mil años, se estudia el castellano del siglo XX, ¿cómo podrá el ser humano del futuro hacerse una mejor idea de qué hablaban los españoles, leyendo a Valle-Inclán o viendo concursos de televisión? Aunque está lejos de mi intención defender los concursos, todos sabemos la respuesta. Un lingüista, si aspira a ser lejanamente reconocido como una especie de científico —aunque sea adulterado—, no le dice al idioma lo que debe ser, sino que lo describe, igual que un entomólogo no dice a una hormiga cómo debe actuar, sino que describe fielmente su comportamiento.

Pero volvamos a lo nuestro. Los libros tienen una especie de no sé qué poder mágico que infunde respeto, o al menos cierto temor atávico, por las personas que los consumen. Son portadores de cultura y de inteligencia. Hoy el paradigma, y creo que acertadamente, está cambiando: esas cosas podemos conseguirlas fácilmente por otros medios, muy al alcance de cualquiera: documentales, películas, conciertos, videojuegos, museos y viajes. Una persona puede ser muy culta sin ser un lector habitual. No estoy siendo irónico. Es cierto que la experiencia y el modo de asimilar los significados difiere dependiendo del medio por el que se obtengan, y que la experiencia de la lectura de un libro estimula partes de nuestro cerebro que no estimula la música, pero lo mismo podría decirse al revés. Psicólogos tiene la Iglesia para poner datos y cifras a lo que digo, pero creo que todos estaréis de acuerdo. La literatura, sin embargo, sigue estando ahí, ha sobrevivido a muchas otras formas de entretenimiento antiguas, y probablemente seguirá existiendo cuando la televisión sea un concepto anticuado. Parece que llevamos las letras en el ADN (recomiendo, para estas cuestiones, la lectura de El instinto del lenguaje, del psicólogo Steven Pinker).

Hay quien piensa que la literatura va a morir o transformarse enormemente, con esto de los libros electrónicos. Parecen olvidar que, en casi la totalidad de su existencia, las historias no se han transmitido sobre hojas de papel, sino de boca a oído, pues muy pocos eran los que tenían libros y sabían leer, y muchos los que sabían historias y las transmitían oralmente. La primera transformación en el soporte (técnicamente, canal) físico de la literatura fue cuando migró mayoritariamente de las ondas acústicas a las palabras impresas en papel. Lo que, no olvidemos, pudo empezar a hacerse a gran escala en Europa con la reinvención de la imprenta hacia mediados del siglo XV; y digo reinvención porque en China se conocía ya el concepto de imprenta de tipos móviles desde un puñado de siglos antes.

Si la literatura no murió al preferir el papel al aire, estoy seguro de que no morirá cuando prefiera la tinta electrónica a la que se imprime sobre cadáveres arbóreos.

¿Nos hacen mejores los libros? Este estudio —el primero que he encontrado—, encuentra una relación clara entre el número semanal de libros leídos y el cociente de inteligencia no verbal: de una muestra, el 30,9% de los niños que leían cuatro o más libros semanales estaba entre el 25% de los que habían obtenido un mejor resultado en el test de inteligencia no verbal (vuelvo a resaltar el adyacente «no verbal»), mientras que solo un 15,6% de los niños muy lectores se situaban en el cuarto inferior. Esto delata a las claras que la lectura es buena no solo para el vocabulario ni el razonamiento verbal, sino para tipos de inteligencia que poco o nada tienen que ver con las palabras. Los libros nos hacen más inteligentes: no es un mito, sino lo que nos dicen los datos científicos.

¿Cuánto leen nuestros niños y jóvenes? En principio, los elevados datos de lectura juvenil pueden precipitarnos en una conclusión optimista, pero errónea: a partir de la mitad de la veintena, los números caen. Lo que sucede, a mi entender, es que los jóvenes leen porque los profesores lo mandamos, y cuando se ven libres de nuestras órdenes —y del influjo mágico y atemorizante que parece ejercer la palabra—, van dejando de leer. Hoy en día, sin embargo, no podemos medir las tasas de lectura simplemente por los libros. Hay decenas de otras fuentes en que la población ejercita su competencia lingüística: subtítulos en las series que nos bajaba (mos) de Megaupload, letra pequeña en los anuncios de televisión, textos en videojuegos, conversaciones en Facebook o artículos en blogs, por ejemplo.

¿Puede compararse la calidad de un blog con la de un libro? Creo que la pregunta es errónea, si no nos dicen el blog y el libro. He leído blogs infinitamente más interesantes y mejor escritos que algunos libros que he tenido la desgracia de leer. El soporte físico no crea la calidad. Una imagen no es mejor por haber sido creada sobre un lienzo en lugar de sobre la pantalla de un ordenador. Una novela de… (piénsese aquí en cualquier autor de escasas cualidades artísticas) no es mejor que el Cantar de Mio Cid, cuya transmisión era eminentemente oral. Tampoco las palabras son mejores por haber sido impresas en lugar de publicadas en la red. No necesariamente, quiero decir.

Queremos que los jóvenes lean, y os aseguro, con conocimiento de causa, que ya leen, y mucho. Lo que pasa es que queremos que lean lo bueno, o lo que nosotros sabemos que es bueno: Homero, Chaucer, Cervantes, Shakespeare, Tolstói, J. R. Jiménez, García Márquez. No es porque nosotros lo consideremos bueno porque es de nuestra época: de hecho, casi todos los autores citados murieron años o milenios antes de mi nacimiento. Es porque hemos aprendido a apreciarlos. Nos lo hemos pasado demasiado bien con ellos, han abierto esclusas en nuestras mentes, nos han hecho sonreír y emocionarnos.

Yo, que no soy el mejor profesor del mundo, que no estoy ni siquiera entre los mejores profesores de Literatura de mi ciudad, he conseguido que chavales de once años se rían sin poder controlarse con el Lazarillo de Tormes, escrito hace unos quinientos años. Y con el Quijote (cuatrocientos). Queremos que los jóvenes lean, y que lean cosas buenas. ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Cómo podemos conseguirlo?

Sobre las horas de trabajo de los profesores

12 de September de 2011

Este es el octavo curso que inicio desde que comencé a trabajar como profesor, y, si os digo la verdad, hace solo un par de semanas, con toda la polémica, que me he enterado de que mi jornada laboral es de 37,5 horas semanales.

No digo que trabaje más, ni tampoco que trabaje menos. Solo que es muy difícil calcularlo. Hay períodos de mucho trabajo, y otros de menos (de poco no lo hay, no); supongo que esto sucede en cualquier empleo. El único otro sitio donde he trabajado de forma continuada ha sido un banco, y los finales de mes, por ejemplo, eran infernales, pero el quince de agosto te pasabas media mañana leyendo el periódico.

Mi jornada, en el banco, era de 40 horas semanales. No había semana que no trabajase, al menos, seis o siete horas más de lo estipulado en mi contrato, pero cada minuto que regalaba a esos usureros lo tenía contado y controlado. No soy de naturaleza metódica, pero sí observadora.

¿Por qué, entonces, soy incapaz de realizar un cálculo de mis horas trabajadas como profesor? Creo que la razón es la siguiente: no me importan tanto. Me indignaba bastante regalar unas horas de cada día para que el BBVA se hiciese un poco más rico, con la amenaza de que podrían hacerme fijo o echarme a la calle según su capricho.

Sin embargo, y escribo esto en un párrafo aparte porque quiero que quede bien claro; sin embargo, decía, cada hora que tengo que dedicar a mejorar en medida de lo posible la educación de mis pupilos, ya sea en el centro donde estoy destinado, en otro cualquiera, sea de Secundaria o universitario (mañana voy la mañana entera, y puede que parte de la tarde también, como vocal de mis centro para las PAU de septiembre), o bien en mi casa, preparando clases, exámenes o corrigiendo, las dedico sin mirar demasiado el reloj. No estoy diciendo que me guste regalar horas al Ministerio de Educación, y ni siquiera estoy diciendo que me dé igual. Me fastidia bastante trabajar fuera de mi horario. Lo que estoy diciendo es que lo hago y no miro el reloj, y cada uno de los minutos los doy por bien empleados. Y afirmo —no es que lo piense ni lo sospeche, lo afirmo— que la mayoría de mis compañeros tienen la misma actitud.

No sé cuántas horas son semanalmente, como os he dicho antes, si hago la media. Ya os digo que hay semanas que probablemente no llegue ni a las treinta horas, y otras que probablemente pase de cincuenta. Hay épocas en que no se trabaja mucho, como estos días tontos en que se han acabado las pruebas extraordinarias de septiembre, y aún los alumnos no han empezado las clases, y, aparte de preparar programaciones didácticas y pruebas iniciales, y alguna que otra reunión del departamento o del claustro, se hace poco más; en otras épocas clave, sin embargo, se trabaja a destajo (hay mucha gente que no lo llama trabajar; en este país somos especialistas, entre otras cosas, en despreciar el trabajo ajeno, y apreciar el nuestro como el más duro del mundo). La semana pasada estuvimos de evaluaciones de las pruebas de septiembre. Uno de los días entré al instituto a las nueve de la mañana, salí a las tres y cuarto para comer en un bar que hay enfrente (previa llamada a mi casa para que tirasen la comida que me habían preparado) y a las cuatro seguí con más evaluaciones, hasta las ocho de la tarde aproximadamente.

No sé cuánto trabajo la semana que menos trabajo del curso, porque no lo he calculado. Pero tampoco he calculado cuántas horas trabajé aquel día, el anterior o los siguientes. Francamente, si descubriese que he trabajado cincuenta, quizás me quejaría un poco delante de mis conocidos —otra especialidad patria—, pero no habría pensado en cambiar de trabajo, ni en solicitar un aumento al Ministerio, ni en que me computaran las horas extras en la nómina. Simplemente, un profesor, en el 90% de los casos, cuando tiene que estar en el instituto tres horas más, pues las está, y se acabó. Porque para que el presidente del BBVA gane 200 euros más (ignoro cuánto beneficio podría generar una hora de mi trabajo como bancario) estoy quejándome y contando cada minuto que pasa, pero para que mis alumnos conozcan sus notas mañana, en lugar de pasado mañana, me limito a fruncir el ceño y a seguir con las evaluaciones.

Una cosa es segura: los profesores tenemos bastantes más días de vacaciones al año que casi cualquier otro trabajador en este país. Negarlo sería de necios. También lo sería afirmar que pasamos gran parte de nuestras vacaciones formándonos: no es así en la mayoría de los casos (aunque sí conozco quien ha pasado buena parte del mes de julio acudiendo a cursos, pagados por él, mañana y tarde, pero no es norma general).

¿Qué decir? Lo cierto es que, desde el uno de julio hasta el treinta y uno de agosto, no suelo abrir ni un periódico, aunque leo frecuentemente blogs y artículos sobre educación, lingüística y literatura en internet. Pero lo hago más por gusto que por otra cosa. Para eso son mis vacaciones. Las Navidades y la Semana Santa no son tan relajadas, puesto que en esas casi siempre se corrige algo, o se prepara algo para la vuelta. Pero sí, en esos períodos también tenemos más días de descanso que casi todos los otros mortales.

Sí, tenemos más vacaciones que los demás.

Ignoro, sin embargo, si el hecho de que a mí me quitaran días de vacaciones iba a mejorarle la vida a alguien. Y ojo, no hablo de cuidar a los críos de nadie durante el mes de julio, puesto que mi labor no consiste en cuidar niños, no soy un canguro: estoy hablando de darles clases, encargarles trabajos, hacerles exámenes y corregírselos. Hablo de si vuestros hijos, por un lado, pueden aguantar once meses de trabajo por uno de vacaciones, como si fuesen adultos. Por otro, hablo de si hay derecho, de si ellos tienen obligación, de trabajar durante todos esos meses.

Se puede argumentar —y con razón— que podemos trabajar sin alumnos. Por supuesto, no estoy pensando en picar piedra (aunque a buen seguro que muchos de mis compatriotas contemplarían con gozo la medida; la envidia, el otro gran deporte nacional), pero podríamos, por ejemplo, pasar el mes de julio, o el de agosto, yendo a cursos de formación.

No voy a contraargumentar que nuestro trabajo es más duro que otros. Esto, a mí, me agota más que el banco, sobre todo moralmente (que el banco gane más o menos me afectaba poco, excepto en lo tocante a mi seguridad laboral, pero el que mis alumnos suspendan sí que me preocupa, y mucho). Sé, sin embargo, que meterse en una mina o subirse a un andamio es muchísimo más agotador que mi trabajo. Eso sucede siempre, sin embargo: a más estudios, a mayor preparación, a mayor complejidad y especificidad de un empleo, a mayor dificultad para conseguirlo, el sueldo suele ser mayor, y el trabajo menos duro físicamente. ¿Qué puedo decir? Ahí está la universidad, ahí están las oposiciones, para quien las quiera.

Así que no voy a negarme a trabajar en julio arguyendo que mi trabajo es más duro que otros. Lo es, y también es más blando que otros, pero no es mi argumento. Mi argumento es que no veo ningún beneficio para nadie en renunciar a conquistas sociales por las que muchas personas han luchado durante mucho tiempo. Sé que el que yo trabaje más días al año no va a beneficiar al resto de los trabajadores. Como mucho, los va a perjudicar. Recordad: si recortan derechos y salarios de un grupo de trabajadores, es aconsejable que los demás vayan calentando agua para sus barbas. Así, poco a poco, vamos aceptando un recorte de derechos que es generalizado en occidente desde mediados o finales de los años ochenta. Nos parecía que los controladores aéreos ganaban mucho, y aceptamos —la mayoría de vosotros con una sonrisa en la cara— que les metieran tipos violentos con fusiles detrás de sus sillas. Nos parecía que los funcionarios eran todos unos caraduras, y una vez más sonreímos cuando les recortaron el sueldo. También han congelado y recortado pensiones, pero, ¿quién es capaz de quejarse? Se ha ido fastidiando sector por sector a todos los trabajadores de este país. Lo hemos aceptado, y ahora nos parece normal.

Estoy dispuesto a trabajar más, aunque no me haga gracia (no me hace gracia que nadie trabaje más, sinceramente). Necesito una justificación, eso sí. Sin embargo, el que mi vecino de al lado disfrute viendo como me fastidian no lo es. Que alguien lo justifique diciendo —y demostrando— que el que yo renuncie a parte de mis derechos como trabajador es bueno para mis alumnos. Entonces, como he hecho siempre, como hace siempre la mayoría de los profesores, echaré las horas, las semanas que haga falta, y no miraré el reloj.

Pero que nadie me diga que necesito menos sueldo o menos vacaciones porque el prójimo tiene menos sueldo o menos vacaciones. Estoy dispuesto a salir a la calle para que te aumenten ambas cosas. Mientras tanto, ahí está la universidad, las horas de estudio sin salir, sin dinero, las malhadadas oposiciones, mi trabajo y mi sueldo. Aquí se entra por concurso oposición libre. Espero vuestros respetuosos comentarios, a favor o en contra de lo dicho aquí.

¿Qué falla en la educación? (II)

12 de May de 2011

Hace unos días comencé una serie de artículos sobre los problemas reales que tiene la educación en nuestro país, sobre los porqués de que, siendo uno de los primeros países económicamente hablando —con crisis y todo, aún somos receptores de inmigrantes—, nuestros niveles educativos no sean los adecuados. Comencé haciendo un poco de autocrítica, y reseñando algunos de los defectos que creo que tenemos los profesores. Hoy continuaré por otro de los pilares —acaso el principal— que sustentan una educación de calidad. Haz clic para seguir leyendo.
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