Ars longa, vita brevis

Neo Periodismo

1 de September de 2009

Llego, a través de Menéame, a este magnífico artículo en que una periodista se pregunta, preocupada, qué demonios le ocurre al periodismo patrio. Ni siquiera se pregunta por qué, formalmente, tiene una carencia tan grande de calidad —hablo de faltas de ortografía y de una expresión paupérrima—, cosa de la que tenemos más culpa los educadores, doblegados por la bota de los poderes políticos y económicos: se limita a preguntarse cómo es posible que los periodistas acepten acudir a ruedas de prensa sin preguntas, e incluso últimamente sin periodistas; cómo puede ser que la labor de muchos periodistas sea simplemente copiar los teletipos de las agencias; en qué cabeza cabe que en las radios españolas, la opinión, por llamar de alguna manera a los ladridos con que los perros defienden a sus amos, ocupe entre un 45 y un 76% del tiempo. Si creéis que tenéis un par de dedos de frente, no debéis dejar de leerlo.

Bosco
Más tonto que una patata, pero muy guapo, no se puede negar.

En realidad, tanto el periodismo, como la educación, que no se encuentra tampoco en sus mejores días, y toda la mediocridad (siendo generosos) que vivimos en esta sociedad, tienen su origen en una serie de interdependencias que funcionan como un engranaje perfecto cuyo objetivo es restar bienestar a los que poco tienen para aumentar el de los que siempre lo han tenido. Otra cosa es opinar sobre si todo esto está planeado desde una sola o unas pocas mentes pensantes, o simplemente la dejadez de la gente, que ha perdido la esperanza, contribuye a que todo caiga por su propio peso. Pero el caso es que estamos jorobados.
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Post muy largo sobre crisis, música y educación (sin ningún orden concreto)

20 de June de 2009

metallica-grupo2

Pido, ante todo, disculpas por el título de este artículo, pero como habréis notado por la escasa frecuencia de entradas nuevas en este blog, el que os escribe estas líneas no está en su mejor momento de inspiración, amén de otros factores externos que me quitan tiempo de pasar golpeando teclas. Bueno, no todas las teclas, porque gracias a algún que otro new gear, algunas teclas sí que las golpeo bastante últimamente (1, 2).

El caso es que este viernes estuve charlando un buen rato con un amigo, lector del blog, sobre varios temas, y gracias a esas largas conversaciones suelen venirme bastantes ideas que se mezclan en mi cabeza y de las que a menudo saco algo en limpio. Si estas ideas son simples desvaríos de una mente podrida o perlas del pensamiento norteafricano, lo dirán los jueces (o, mejor aún, que se callen). Vamos allá.
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Hijos contra padres

7 de June de 2009

El único párrafo que he leído en mi vida, soltado por un pedagogo, del que no cambiaría ni una coma:

“La mayoría de los menores delincuentes surgen en un modelo permisivo e indulgente que genera niños individualistas y hedonistas, incapaces de aceptar la frustración”, explica Ana Rodríguez, pedagoga del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia. “Como el modelo autoritario de familia no ha sido sustituido por un modelo alternativo verdaderamente educativo, muchos padres no saben qué deben hacer con sus hijos, más allá de transmitirles los afectos. Detectamos con frecuencia un problema de ausencia de la figura paterna, bien porque la pareja se haya separado, porque se trata de una familia monoparental o porque el padre o la madre se inhiben o están muy ocupados en el trabajo”, afirma la fiscal Consuelo Madrigal.

El resto del artículo lo podéis leer en El País.

(El final del párrafo, me doy cuenta ahora, es la opinión de una fiscal, pero igual de válido.)

Landslide – PS22

25 de May de 2009


Enlace al vídeo en YouTube

Oh, espejo del cielo,
¿qué es el amor?
¿Puede el niño que hay en mi corazón
elevarse hacia las alturas?
¿Puedo navegar a través de las mareas del océano?
¿Puedo manejar las estaciones de mi vida?

Bueno, he tenido miedo al cambio
porque he construido toda mi vida a tu alrededor.
Pero el tiempo te hace más osado,
los niños se hacen mayores…
y yo también me estoy haciendo mayor.

Oh, coge mi amor y bájalo.
Escala una montaña y gírate.
Si ves mi reflejo en las colinas cubiertas por la nieve,
un corrimiento de tierras te lo bajará.

Antes de nada, os pido disculpas. ¡Una semana sin escribir! Creo que ni en la época más dura de mis oposiciones me he mantenido tanto tiempo alejado de las musas. O las musas alejadas de mí, mejor dicho.

La preciosa canción que estáis escuchando es original del grupo Fleetwood Mac. Pero la inolvidable interpretación es de PS22 Chorus, un grupo de alumnos de una escuela de Primaria de Nueva York. Más de un 75% de los alumnos reciben ayudas para el comedor del colegio, porque provienen de familias pobres. Esto, quizás, hace que los vellos de mis brazos se ericen aún más que ver las ganas que ponen en la interpretación reflejadas en sus caras de niños de 5.º curso.

Me viene a la mente un trío de reflexiones:

1. Es triste, pero uno aprende cuando es mayor que las batallitas de los abuelos son ciertas, y que se aprecian y se viven más las cosas cuando uno pasa carencias que cuando lo tiene todo, cuando la vida viene equipada de serie con teléfonos móviles 3G y PlayStations 3. Los chicos no son culpables ni de su pobreza ni de su riqueza, pero me gustaría ver en las caras de mis alumnos, a veces, esa pasión por lo que hacen en la escuela. Hoy en día, casi todo es cachondeo, no se me ocurriría llevar a clase la guitarra ni para jugar al pádel. Es un poco uno de los cánceres de la sociedad española: absolutamente todo es de risa, y siempre encontramos el momento para reírnos de todo, cuando yo siempre he pensado que hay momentos serios y momentos cómicos, y que además la seriedad haría apreciar mejor la comedia, y viceversa.

¿Os acordáis del primero al que se le ocurrió poner a un par de personas que no sabían cantar a cantar en un anuncio? No sé si fue aquel de la lotería y la canción del verano… Tuvo su gracia. Hoy, cuando el 60% de los anuncios son iguales (me viene a la mente el que ponen ahora versionando «I want to break free» de Queen) uno se pregunta: ¿el creativo que ha ideado el anuncio cree que tiene gracia? ¿O que es original?

2. No nos engañemos, de todas formas. Los niños, piensen lo que piensen los pedagogos, no son estúpidos, retrasados mentales ni animales. Saben apreciar la belleza de una canción buena, y cuando la aprenden, la disfrutan como enanos. ¿Se podría hacer lo mismo con las Matemáticas o la Literatura? Yo no dejaré de intentarlo, pero creo que lo tendré algo más difícil que el maestro de la coleta.

Bueno, yo soy de Literatura, no lo tengo tan difícil, pero supongo que el de Mates sí.

3. ¿Siguen preguntándose las productoras musicales españolas cuál es su problema? ¿Han visto lo que hacen estos chicos de nueve y diez años? ¿Y han visto lo que nos intentan vender a nosotros, las orejas de Van Gogh, los cantos de los locos, los capullitos de alhelí que se sacan de esos reality shows? ¿Y todavía os preguntáis cuál es vuestro problema? ¿Y todavía nos echáis las culpas a los que descargamos canciones? ¿Os creéis que descargamos vuestra basura? Prefiero mil veces pagar por PS22 Chorus que descargarme gratis vuestros autoplagios.

Disfrutad: aquí, una versión de «Viva La Vida» de Coldplay y otra de «Eye of The Tiger» de Survivor.

Si funciona, no lo toques

10 de May de 2009

«Si funciona, no lo toques.» Si todo el sentido común de la experiencia informática, al menos la mía, tuviera que resumirse en un solo consejo, sería este. Y es, además, el que doy a la gente que me rodea cuando comete el peligroso error de tomarme por un gurú de los bits. Puedo contar los discos duros que he perdido intentando mejorar algo que funcionaba razonablemente bien, incluso puedo hacer una estimación de las fotografías irrecuperables que he perdido por no seguir este consejo (unos cuantos miles). Lo que es incalculable es el número de horas perdidas intentando mejorar lo que no necesitaba mejorarse. Si valoráis en algo vuestros datos y, sobre todo, vuestro tiempo, hacedme caso: no intentéis mejorar lo que a fin de cuentas funciona, aunque sea con algún parche aquí o allá. Ah, y haced copias de seguridad semanales.

Hay dos aspectos de la sociedad española actual sobre los que casi todo el mundo parece coincidir en que están fatal: la educación y el descontrol de los menores. Yo no tengo pensamientos tan catastrofistas en ninguno de los dos temas, pero el debate existe, y por supuesto tiene un poso de razón. Pero lo curioso del asunto es que casi todas las personas con las que hablo suelen tener la causa del problema claramente identificada: dos leyes relativamente innovadoras, desarrolladas con muy buena voluntad, y que han cambiado el funcionamiento de nuestra sociedad poco a poco pero radicalmente. Una es la famosa y denostada LOGSE, la ley de educación que derogó la de 1970 y en la que se han inspirado las posteriores: la LOCE, que no llegó a estar vigente, y la actual LOE. La otra es la Ley del menor.

Todo el mundo achaca a la LOGSE —y a las leyes subsiguientes— el fracaso escolar en nuestro país, que crece cada año (el fracaso, no el país). Y también casi todo el mundo echa la culpa a la Ley del menor los terribles casos que vemos cada día en los telediarios: jóvenes que se divierten asesinando, madres en la cárcel por bofetones, que no palizas, y casos similares. Si bien no es cierto que lo de quemar a mendigos vivos como actividad de ocio sea ni mucho menos habitual, a pesar de que los telediarios están empeñados en que lo pensemos, es difícil sin embargo negar la evidencia del fracaso escolar.

Casi todos los adultos, excepto los pocos firmes defensores de las nuevas leyes (que parecen sordos ante lo que podría entenderse como un clamor popular), están de acuerdo en que el descenso en la exigencia de esfuerzo que han supuesto las nuevas leyes educativas es el principal responsable de los pésimos resultados académicos de nuestras nuevas generaciones. Asimismo, casi todos piensan que la Ley del menor entiende de manera perversa la protección a los menores de edad, y que eso contribuye a que muchas personas, entre ellas muchos menores, sean víctimas de los destinatarios de la Ley, algunos de los cuales creen, con parte de razón, que el sistema les otorga cierta impunidad.

El debate que quiero proponer, porque en este artículo no quiero dar respuestas, sino generar comentarios, es el siguiente: ¿funcionaba mal la enseñanza antes de la nueva y bienintencionada LOGSE? Aparte de algún temario anticuado, y de la escasa presencia de las nuevas tecnologías, y algún parche más, ¿era necesario realizar un cambio tan radical, que ya nadie puede cuestionar que ha originado un descenso sin precedentes en el rendimiento escolar? Por otra parte, ¿estaban los menores desprotegidos antes de la Ley del menor? ¿Morían diariamente chicos a manos de sus padres, como para que fuera necesaria una ley que puede poner entre rejas a un padre que, con la mejor de las intenciones, propina un cachete a su hijo? ¿El balance, a años vista, es positivo o negativo?

¿Habría sido mejor, tal vez, no tocar lo que parecía que funcionaba, y quedarnos con un sistema de enseñanza que no nos tenía en los puestos de cola de Europa, aunque hubiese sido creado durante la dictadura y no durante la democracia? ¿Habría sido mejor quedarnos con unas leyes que, quizás por omisión, permitían cierta violencia física de los padres hacia los hijos, pero impedía otra forma de violencia hacia los menores, como es la de no hacerles ver sus límites y permitir que se sientan invencibles e impunes? Vuestras opiniones, donde siempre.

Un chico de la calle

4 de May de 2009

Soy un chico de la calle
que vive su canción.
También me emborracho y lloro
cuando tengo depresión.

Uuh, uuh, nena,
voy a ser una rock’n'roll star.

«Rock’n'roll Star», de Loquillo y los Trogloditas.

El otro día, por fin, acabó Fama, el concurso televisivo de la cadena Cuatro donde unos cuantos jóvenes se preparan y compiten para ser profesionales de la danza. Ya comenté hace unos meses que, a pesar de no ser capaz de apreciar el baile, por ser un hombre (sí, es una gracieta, no me iniciéis un flame a estas horas), el haber estado expuesto por razones conyugales al programa casi todas las tardes me ha hecho verle cierto sentido a este asunto de gente con cuerpos jóvenes moviéndose por el aire. Y he dicho que acabó por fin porque llegué a pensar que nunca concluiría: cada vez que expulsaban a algún participante entraba otro, y en algunos momentos me dio la sensación de que había incluso más participantes que al principio. Pero lo solucionaron eficazmente: creo que en la última semana echaron a doscientos o así.

Una de las cosas que más me han llamado la atención del programa era que casi todos se definían como chicos o chicas «de la calle». Héroes del slumdog somos, parecían decir, con un aire mezcla de arrogancia y autosuperación. Con esos modales un poco desagradables que hoy todo el mundo tiene y esos tatuajes que hoy llevan todas las niñas de papá, y no solo marineros y carcelarios.

Intrigado por la cuestión, le pregunté a mi media naranja en qué consistía eso de ser «de la calle», y cómo era posible que todos los concursantes fueran eso. ¿Habían ido a algún suburbio a hacer la selección de participantes o algo así? ¿Alguno de ellos era un niño lobo de estos que se pierden en el bosque y son criados por una manada de mapaches asesinos?

No, me dijo que la razón era que no sé quién no había estudiado, que no era nada en la vida, y que se ganaba las lentejas bailando en tal sitio o tal otro, o ajustando la presión de los neumáticos por cuatro perras, o que estaba en el paro. Esto, al parecer —lo vi en sus ojos— daba a los concursantes cierto aire de rebeldía y de alguien que, teniéndolo absolutamente todo en contra, superaba las dificultades y llegaba a lo más alto. Así que las jóvenes derriten sus frágiles cerebros con estos rebeldes de las ondas, estos espartacos que arriesgaron su vida y se enfrentaron al sistema, le dieron en las narices y le dijeron: «¡Queremos bailar!»

Pues lo siento, pero me parece lamentable. Ya sé que esa imagen vende mucho más en la tele —y en eso consiste la tele, en vender—, y que queda uno mucho más romántico autodefiniéndose como un superviviente social con las zapatillas de marca y las consabidas camisetas del Ché de El Corte Inglés. Pero no me lo trago. Entiendo, sin embargo, su éxito en nuestro país. España es un país de eternos adolescentes, y el romanticismo es precisamente eso: tener 17 años de por vida. Ser pendenciero, juerguista, irreflexivo, autocompasivo, inconformista de salón, maleducado, sentir que el mundo entero tiene una conspiración contra ti y sentarte a esperar a que te lo arreglen en lugar de preguntarte por el verdadero motivo de tu problema, si es que tienes uno, y hacer lo que puedas por arreglarlo.

Pero es que, además, yo el asunto lo veo desde el otro lado. ¿Quién no ha estudiado en España? Ni más ni menos que al que no le ha dado la gana. La educación no es solo gratuita y universal, sino además obligatoria hasta los dieciséis años. Y, si cumplidos los dieciséis años, uno quiere seguir estudiando, el Bachillerato y muchos ciclos formativos y otros niveles escolares también se ofrecen sin cargo para el beneficiario. Además, creo que el sistema de becas español, sin ser una maravilla, garantiza perfectamente a todo aquel que quiera estudiar y lo demuestre, y no tenga los posibles económicos, acceder a una ayuda económica suficiente para continuar estudiando en la universidad y ser ingeniero, arquitecto, abogado, juez o —Dios no lo quiera— profesor. No estoy muy bien informado, ya que mi ámbito profesional es la enseñanza secundaria, pero estoy seguro de que si un chico ha demostrado de joven aptitud e interés en algún tipo de disciplina artística, como la danza, la música o la pintura, también hay becas públicas y privadas para que estudie lo que quiera. Y tal como están hoy las cosas, el alumno que desee aprobarlo todo, y que tenga unos padres medianamente preocupados, puede obtener sobresaliente en todas las asignaturas, dado el descenso en exigencia académica que venimos viviendo en los últimos años, y los casi infinitos recursos de los que gozan los alumnos (acceso a Internet y a bibliotecas en los centros, por decir los dos ejemplos más paradigmáticos). Si hay algún alumno con dificultades objetivas para seguir sus estudios, que por supuesto que los hay, existen cientos de programas contemplados por leyes y decretos cuya finalidad es que todos los alumnos obtengan éxito. De hecho, hoy en día se gasta en cada alumno problemático al menos cuatro veces más que en los alumnos normales (entiéndase el uso de la palabra: los que estudian algo, presionados por sus padres, y van aprobando todos los cursos que se corresponden con su edad). Para ellos hay programas de apoyo, de compensatoria, de diversificación, departamentos de Orientación volcados en entrevistas con ellos, con los padres, con los agentes sociales. Se rellenan informes e informes para averiguar qué problema tiene el alumno (que en la mayoría de los casos es uno y solo uno) y se talan miles de árboles y se gasta una cantidad importante de capital humano en intentar que la educación pública cumpla su principal función: ser garante de la justicia social.

Los alumnos interesados, con padres interesados, pasan horas en sus casas haciendo resúmenes, ejercicios, estudiando aburridos tochos de Historia, de Literatura y de Física y química. Mientras tanto, sus compañeros, culpables de su falta de interés, y sin duda víctimas de la falta de interés de sus padres (y del desprecio hacia la educación que muestra el conjunto de la sociedad en general) juegan a la pelota, corren con la bici y fuman sus primeros cigarrillos, convirtiéndose automáticamente en imanes sexuales de sus compañeras, que desprecian a los empollones que gastan sus horas enclaustrados.

Después de fracasar en la escuela reglada, estos fumadores prematuros, tras años dando tumbos, intentarán quemar su última carta yendo a algún absurdo programa de televisión a contar que son «chicos de la calle», a dar pena y a demostrar que, con esfuerzo (y un físico de Adonis, no lo olvidemos), todo se supera. En otras palabras, a seguir dando la imagen, auspiciada por los medios, de que cualquiera puede llegar adonde sea, que no estudiéis, que cuando papá diga «hasta aquí hemos llegado» y os corte el grifo, podéis ir a la caja tonta a haceros ricos rápidamente.

¿No es irónico que desde la televisión se nos avise de los peligros de los juegos de rol, de los juegos de ordenador, de Internet, cuando el verdadero y gran peligro social son ellos, ofreciendo modelos de éxito en gente que no ha dado un palo al agua en su vida y que en unos pocos meses de hacer el gamba en la pantalla se hace rico y famoso? No estoy a favor de casi ninguna prohibición, pero las empresas televisivas deberían reflexionar y darse cuenta de que convencer a toda una generación de que se puede triunfar en la vida fácilmente, sin tener ninguna capacidad especial ni empeñar ningún esfuerzo es lo peor que se puede hacer con el futuro de nuestros jóvenes. Jóvenes que, por cierto, son envenenados con las graciosas declaraciones de los concursantes, que van a menudo por la senda del «yo en el instituto pasaba de todo» (cita real extraída de un programa tipo Operación Triunfo. O, mejor dicho, de ese programa concretamente). Y no debemos olvidar que casi todos los espectadores de esos productos son adolescentes. Que me lo digan a mí, que me cuentan las peripecias de sus ídolos todos los días.

No, en un país donde el acceso a la educación, para el que la quiera, e incluso para el que no, está garantizado, el chico de la calle no es el que pasaba de todo en el instituto y luego a los veinte años se hace famoso por una carambola de la fortuna. El chico de la calle es el que, siendo sus padres humildes trabajadores, se quema las cejas y cuando tiene veinticinco es un hombre de provecho. Ese debería ser el héroe, y no los rebeldes de pacotilla que han invadido los rayos catódicos.

Chico de 18

27 de April de 2009

¡Vaya! El fin de semana hubo movimiento en el blog. Hubo dos entradas de La Lengua en la portada de Menéame de forma casi simultánea, hubo unas 7.500 visitas en un solo día, el viernes —récord en este blog, que yo recuerde— y el artículo más relevante, El (verdadero) problema de la educación en España, lleva por el momento 66 comentarios, lo que también creo recordar que es un récord. Hablando de comentarios, los asiduos al blog no os olvidéis de pasaros a saludar.

Casi todas las aportaciones al artículo citado han sido bastante valiosas, y muchas de ellas están de acuerdo en lo fundamental: que el progresivo deterioro del éxito en la educación de los escolares españoles se debe, sobre todo, a cierta dejación de los padres de muchos alumnos de las funciones que les son propias. Que son: ser los principales responsables de la educación —sí, ellos, no los profesores—, realizar un seguimiento continuo de la marcha de la enseñanza de sus hijos y, en definitiva, interesarse por el futuro de las personas de cuya existencia son autores.

Alguno que otro de los comentarios ha estado en el límite del tono aceptable en mi blog, tanto de los que me apoyaban como de los que me criticaban, y he estado dudando sobre si borrarlos o no. Al final los he publicado todos, porque en la mayoría de ellos había cierta crítica escondida en los insultos, y, sobre todo, porque tengo la convicción de que a quien degrada un insulto es al que lo pronuncia, así que en el pecado va la penitencia. Otros comentarios han sido de ese género tan fecundo en Internet de los que, sin entrar al meollo, intentan demostrarte —con un manual de lógica de 3.º de Bachillerato al lado— por qué no sabes opinar. Los paso por alto, no tengo tiempo para eso.

Los que me han parecido más interesantes han sido aquellos que, dándome la razón, han matizado mis observaciones, apuntando la complejidad del problema (que yo mismo confesaba al principio del artículo). Ahí he notado que hay mucha gente preocupada y observadora, que tiene la valiosísima capacidad de mostrarte puntos de vista en los que a veces no has caído.

Y entonces ha entrado este comentario, firmado por un Chico de 18:

Mira, tienes toda la razón… así de claro. Tengo 18 años y he repetido segundo de bachiller. El año pasado no hice absolutamente nada salvo mirar para mi novia y beber como un animal los fines de semana, fumar y demás cosas que prefiero no recordar. Pero aún así he salido adelante, ¿Por qué? Porque mi madre tuvo los santos huevos, con perdón, de ponerme en mi lugar y parar esa situación.

NO, y recalco esto, NO podéis consentir los padres dejarnos hacer lo que nos salga de las narices porque entonces no vamos a hacer nada. Esto lo he vivido yo en mis propias carnes y es una realidad.

En mi instituto… el fracaso escolar, asoma por las ventanas. Los cursos más poblados 3º y 4º de ESO donde los profesores son agredidos tanto verbalmente como, en algunos casos, físicamente. En las aulas el acoso por parte del alumnado es cada vez mayor, aquellos que no estudian, ni pretenden hacerlo porque en casa les dejan rascarse el miembro tranquilamente, agreden tanto al profesorado como al resto de alumnos a los cuales los padres sí les obliga a estudiar. Así están las cosas… ¿la causa del fracaso escolar? ¡Es esta! ¡Daos cuenta ya padres! Si no dejáis a vuestros hijos hacer lo que le de la gana y les exigís resultados, en clase se verán forzados a atender y no tendrán tiempo de molestar a los compañeros ni de faltar a clase.

He llegado hace unas horas de clase particular y la verdad es increíble… un chico al que le debo sacar 2-3 años… pasando ampliamente de estudiar… diciendo abiertamente… ¡pero si yo hago lo que me da la gana!, ¡en casa no me dicen nada! Y enseñando con una sonrisa un examen suspenso de Matemáticas… ¿a donde vamos a parar?

Salen hasta la hora que les da la gana, gastan el dinero que les da la gana, tienen ropa, calzado, videojuegos, consolas… ¡de todo! ¡Y no hacen nada de provecho!

Que me cuelguen, pero yo tengo 18 años, vuelvo a una hora razonable cuando salgo, y las cosas que me compran es porque me las merezco, no por capricho, y siempre dando algo a cambio, como es simplemente APROBAR.

Este año apruebo con buenas notas, tengo novia, salgo, me divierto, estoy sacando el carnet de conducir y me llevo mejor con mi madre gracias a una simple cosa…que me pararon los pies y me pusieron límites y estoy MUY FELIZ por ello. Me siento mejor con migo mismo y con más seguridad de que puedo aspirar a un mejor futuro.

Y por cierto, aunque te dejen hacer lo que te de la gana, no eres feliz; lo sé por experiencia. Eres inseguro, apático e irascible.

También dirigido a los padres: ojo con sen demasiado restrictivo. Hay que mantener una armonía… tengo un amigo que durante toda su adolescencia los padres lo oprimieron y ahora en la universidad, libre, viviendo fuera y con coche vive la vida loca y esta tirando su futuro por la borda.

Tengo examen, así que no puedo mejorar mi escrita ni puntualizar cosas. Espero que esto sirva de algo, al igual que el texto del propietario del blog.

Un saludo, seguiré este artículo.

¿Qué se puede añadir?

En cualquier caso, y para cerrar este fin de semana de locura, si alguno de los que ha leído el artículo que no era lector habitual está realmente preocupada por estos temas, le recomiendo que visite mis otros artículos sobre la educación en este país. Quizás muchos de ellos descubran que no soy la persona que han fabricado en sus mentes y a las que han dedicado esos insultos.

En cualquier caso, a los que se os ha ido la tecla, tanto visitantes de rebote como usuarios fieles, lavaos la boca con jabón. Dejadme a mí el papel de viejo chiflado. Y sed vosotros quienes me llaméis la atención a mí. Es más divertido. Para mí, al menos.

El (verdadero) problema de la educación en España

23 de April de 2009

Como lo prometido es deuda, aquí va mi diagnóstico sobre la gran enferma terminal de nuestra sociedad: la educación pública.

Disclaimer: Por supuesto, lo que viene a continuación es mi opinión exclusivamente personal y subjetiva. Para eso es mi blog. Puedo estar plenamente acertado, como puedo estar plenamente equivocado. Pero si lees el artículo hasta el final, creo que tendrás que admitir que mis opiniones, al menos, están razonadas. Como poco, hay algo incontestable: se basan en la experiencia.

La educación pública española está enferma, muy enferma. Y esta enfermedad es como una pequeña célula cancerígena que al final, por metástasis, acabará por pudrir a todo el país. No debe extrañarnos que la tele sea basura, que los jóvenes se beban los botellones por litros y hasta que alguno queme vivo a un mendigo y lo considere divertido. No debe extrañarnos, tampoco, que las calles se hayan infestado de tontuelos que conducen coches horteras con música hortera a un volumen demencial. Tampoco que los políticos sean cada vez más corruptos y que la gente cada vez los castigue menos con su voto (ahí está el bipartidismo, tan temido durante tantos años y tan aceptado ahora). Después del núcleo familiar, la primera sociedad que experimentamos durante nuestra vida es la escuela. Y la experimentamos durante diez años, al menos, etapa de escolarización obligatoria. Desde los seis hasta los dieciséis, la etapa más importante de nuestra formación como personas («uno es de donde hizo el Bachillerato», decía aquel, y razón no le faltaba). Una vez sales del instituto, ya eres lo que vas a ser toda tu vida. ¿Y qué puede salir de unos institutos como los nuestros? Pues esa gente en esos coches, esos políticos, esos esperpentos de la caja tonta y esos tontos que los ven a diario. Poco más.

Acabo de enterarme, por Menéame, que un chaval ha sobrevivido hasta los 17 años sin saber leer ni escribir. En España, con todos estos controles que nos agobian a los profesores y que nos hacen redactar interminables informes para explicar por qué ha suspendido el 60% de la clase (cuando la respuesta, con medio dedo de frente que tenga uno, es obvia: porque no han alcanzado los objetivos previstos).

Puede pensarse que un problema tan grave exige una explicación compleja, pero yo creo que no. Hay miles de cosas que uno puede cambiar, y que están en boca de todos: que se exige muy poco a los alumnos, que no se respeta a los profesores, que es una locura obligar a los chicos a estar estudiando hasta los dieciséis años, que es una locura aún mayor que pasen de curso automáticamente, aunque suspendan todas, etc. Puedo estar de acuerdo con todos estos factores —de hecho, lo estoy—, pero creo que la verdadera explicación al problema de la educación es una y solo una.
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Un ordenador por niño. ¿Y qué más?

Leo en radiocable.com que el Gobierno dará un ordenador a cada niño de Primaria. Y me pregunto si va a dar algo más, porque dar, lo que es dar, se les pueden dar muchas cosas a los niños: PSPs, cachorritos de enormes ojos, ropa de marca. Hasta podemos teñirlos a todos de rubio, y tal vez así vayamos acercando nuestros niveles a los de Finlandia. ¿Quién sabe?

No. El problema no es que los niños no tengan ordenadores. Primero, porque calculo que el 80% de los alumnos que he tenido —y no doy clases precisamente en la autonomía española con mayor nivel de renta— ya tenían un ordenador en su casa. Y segundo, porque hay un extraño hecho que vengo comprobando desde hace un par de años, y que hasta el momento no me ha fallado: los niños que tienen un ordenador personal en su habitación siempre bajan su rendimiento respecto a los demás. Siempre.

Se me podría echar en cara que cometo la estupidez de pensar que un ordenador por sí solo es suficiente para disminuir el rendimiento de los alumnos. Y eso no es cierto. Pero tampoco voy a defender —porque creo que es una estupidez igual de grande— que un ordenador por sí solo es suficiente para mejorar el rendimiento de los alumnos. Un ordenador, per se, es un simple objeto, como una tiza, un libro o un cuaderno. Sí, tiene millones de posibilidades: como una tiza, un libro o un cuaderno. Y no solo sirve para el ocio, sino también para cosas creativas y educativas: una vez más, exactamente igual que los otros tres objetos.

Este Gobierno, como todos, pretende resolver los grandes problemas tomando un atajo, que en la mayor parte de los casos suele ser dinero. Igual que con el desastre inmobiliario español: podría emprender unas medidas legales y sociales de fondo para que, a medio y largo plazo, no nos vuelva a pasar lo que nos está pasando, con tantas empresas quebradas, familias en la ruina y pisos vacíos; sin embargo, se ha decidido por inyectar una cantidad lujuriosa de dinero para salvarles hoy el culo a los bancos y los especuladores urbanísticos. Y mañana ya tendremos otra estafa para tirar un par de lustros más, que en esto de la jeta de cemento no hay quien nos gane.

Si hay problemas en la educación, se le compra un ordenador a cada alumno y asunto arreglado. Ya veréis cómo suben las estadísticas de aprobados.

Pues tampoco. Voy a pasar por alto el tiempo de arranque y de apagado de los ordenadores actuales, y los problemas que suelen dar (en una clase de treinta alumnos, ¿cuántas posibilidades hay, estadísticamente hablando, de que el profesor tenga que pasar diez minutos intentando hacer que el ordenador de un alumno funcione? Suponiendo que solo falle uno entre treinta, claro). Voy a omitir, también, mi certeza de que este Gobierno socialista dará un montón de nuestros millones a Microsoft, la empresa del tipo más rico del planeta, para comprarle licencias de Windows y de MS Office. Supongamos que funcionan todos con Ubuntu y con OpenOffice y que nunca fallaran (que conste que adoro tanto esa distro como esa suite ofimática, pero lo que es fallar, también fallan cuando les da por ahí). Supongamos, digo, que desde el minuto 1 hasta el minuto 50 tengo treinta alumnos con 30 ordenadores plenamente operativos.

Que alguien me explique, por favor, por qué razón tengo que creer que eso va a mejorar necesariamente la calidad de la educación española. Porque dudo mucho que el problema de la educación en este país sea la falta de dinero ni la falta de ordenadores. Jamás ha habido en España tantos ordenadores en las aulas, ni tanto dinero, y jamás los resultados académicos han sido más bajos. ¿Por qué habrían de subir mágicamente los resultados en cuanto demos un ordenador a cada niño, teniendo en cuenta, además, que el 100% de los alumnos tienen acceso a ordenadores siempre que quieran, si no es en sus casas, en bibliotecas públicas o en los propios centros escolares?

No os equivoquéis conmigo. Cualquiera que me conozca personalmente sabe que soy literalmente incapaz de pasar 24 horas separado de mi ordenador (en mis frecuentes visitas por razones personales a Málaga, que suelen durar entre 24 y 48 horas, mi portátil viene conmigo). Adoro los ordenadores, adoro su funcionalidad, su utilidad, la puerta que constituyen a este increíble mundo del conocimiento y la maravilla que es Internet. Pero seguimos rehuyendo el problema auténtico: los alumnos no es que no estudien porque no les gusten los libros. Lo que no les gusta es lo que hay en los libros. En los libros hay complicados teoremas, rebuscados mecanismos sintácticos, vidas de gente que ni les va ni les viene y otros miles de datos que, no saben por qué —lo sabrán cuando crezcan y tal vez, ay, sea demasiado tarde— los obligamos a aprender porque los adultos lo consideramos de vital importancia para su futuro y el de la sociedad. Y en los ordenadores que les regalemos va a haber lo mismo, pero en colorines. No va a haber messenger ni tuenti ni fotolog. Y lo que vamos a conseguir, si nos ponemos pesimistas, es que odien los ordenadores tanto como odian los libros.

Oye, me diréis, pero es que un ordenador no es un libro. Un ordenador es un artilugio divertido con miles de posibilidades.

¿Y qué es un libro, sino eso mismo? ¿Y cómo hemos conseguido que todo el mundo los odie?

Que quede este humilde post como mi homenaje a este día de las páginas amarillentas e inolvidables.

El verdadero problema de la educación, en el post que viene. Estad atentos a vuestras pantallas. Mientras, echad unas páginas a mi salud.

Lee a Poe

3 de April de 2009

poe

Situación: examen de Lengua castellana y literatura para unos alumnos de 2.º de la ESO, en que uno de los contenidos evaluables era el cuento literario. Aunque les había leído en clase El inmortal, de Borges, y lo habían disfrutado como enanos que son, el vocabulario preciosista del maestro argentino era demasiado para unas jóvenes mentes en tensión –cuando se lo leí, fui improvisando sinónimos para esquivar el complicado estilo del segundo gran rapsoda ciego de las letras universales–. Quería ponerles un texto que les llamase la atención de alguna manera, y no solo un montón de letras que se juntan para decidir su suerte. Un texto que les dijera algo, en otras palabras. Me decidí por el sobrecogedor inicio de El corazón delator, del desgraciado Edgar Allan Poe, en la clásica traducción al castellano de Julio Cortázar:

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí, se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Empezamos bien, porque enseguida relacionaron el título del relato con un episodio de Los Simpsons en que Lisa esconde el diorama que ha hecho su compañera y rival, y al final confiesa su crimen, agobiada por los latidos de ese espantoso corazón. Los Simpsons son como un millón de monos escribiendo a máquina durante un millón de años: si les das el tiempo suficiente, te sirven para que a los alumnos les suenen Hamlet, la Odisea, Cervantes, El cuervo de Poe o Whalt Whitman (todos estos casos son reales y aparecen en la serie).

No solo por la serie de dibujos animados, sino también por el tema tratado, el relato les picó en su joven curiosidad. Me pidieron que al día siguiente no se me olvidase traer el libro y les terminara de contar el cuento. Uno de los alumnos terminó pronto el examen –es de los que tradicionalmente han sido considerados alumnos malos, por cosas como esta–. Así que, para que no estuviese el resto de la hora aburrido o molestando a sus compañeros, le presté el volumen y le pedí que leyese para sí El gato negro, otro de los relatos en que un loco se deja llevar por sus delirios homicidas. Quince minutos después, el alumno de delante de él se levantó y me entregó su examen. Al volver a su sitio, disimulando para que no lo viese (en mis exámenes está terminantemente prohibido hablar, y debéis sorprenderos, porque no es norma general en estos tiempos aciagos), aprovechó el movimiento de sentarse para decirle en voz baja al otro: «¿Está guapo?» Su compañero, levantando del libro solamente los ojos, y con una mirada cómplice, asintió con la cabeza.

Es una opinión personal, lo sé, pero creo que la literatura es el mayor invento de la humanidad. Hemos sido capaces de agarrar algo malo a priori –la mentira– y convertirlo en algo que ha sido bueno durante miles de años. ¿Cómo nos las hemos arreglado los profesores de Lengua y literatura para convertirlo en una de las asignaturas más aburridas, pesadas, odiadas y difíciles de aprobar? ¿Por qué no somos capaces de reflejar en nuestros alumnos a ese mocoso que fuimos un día, que lo pasaba tan bien leyendo historias de miedo o de hidalgos locos que decidió dedicar el resto de su vida a este noble arte? Creo que tengo parte de la respuesta.

La literatura es importante y se enseña en las escuelas porque es arte, y como es arte, es hermoso y divertido. Mejor dicho, como es hermoso, divertido e inútil, es arte. Como es tan importante por ser un arte, estudiamos multitud de cosas que vuelan alrededor de ella: nombres, fechas, movimientos, recursos estilísticos. Con el tiempo y la madurez, cuando dejamos de ser jóvenes y nos convertimos en profesores al uso, olvidamos que lo importante es lo que está en el suelo y que las cosas que están encima son únicamente polvo suspendido en el aire. Hay y ha habido y habrá millones de borrachos en el mundo; ¿por qué nos debe interesar la borrachera de Poe? ¿Y es que Cervantes fue el único que quedó manco en Lepanto? Hubo otros miles o millones de soldados que sufrieron mutilaciones más macabras, y aunque nuestro Miguel fue sin duda un héroe, heroicidades más grandes se cometieron, seguro. Y Góngora fue cura, y eso no me importa ni a mí, que tengo la obligación de enseñarlo. ¿Por qué iba a interesar a los peques que amontonamos en esas sillas verdes? Pero cuando tengan edad suficiente para interesarse por los acertijos, explícales el laberinto donde espumoso el mar sicilïano/ el pie argenta de plata al Lilibeo/ (bóveda o de las fraguas de Vulcano/ o tumba de los huesos de Tifeo), [...] y, si les puedes transmitir la misma belleza misteriosa que tú conoces, verás cómo se quedan con la boca abierta. Y si eres profesor de Física, antes de aburrirlos con las leyes de Newton, cuéntales la anécdota apócrifa de la manzana, o mejor aún, explícales el tirachinas gravitatorio (ignoro el nombre en castellano) que permite que un planeta inerte nos sirva para decidir la trayectoria de una nave de millones de toneladas sin gastar un gramo de combustible. Y, solo después, háblales de la leyes de Newton (o de que Góngora fue cura). Lo sé: son dos casos que nos llevan a una paradoja. Lo importante no es el tirachinas gravitatorio, sino la ley de atracción de las masas, y al revés, lo importante no es que don Luis fuera cura sino que escribió el Polifemo. Sin embargo, en ambos casos, de lo que se trata es de mostrarles que lo que enseñamos es algo real, no un dato escrito en un libro, y que puede afectarles en su vida, ya sea en su interacción con otros cuerpos –o planetas, llegado el caso– o en su ocio personal.

Prefiero que no sepan a quién dedicó Poe sus versos, y que algún día, en el futuro, se encuentren casualmente con uno de sus volúmenes de cuentos y piensen «mira, recuerdo que un día el profesor nos leyó El corazón delator y fue alucinante; veamos si hay algo más», a que me escupan en un examen dos nombres y diez fechas y que más tarde, tras acabar la enseñanza obligatoria, cuando se encuentren con ese objeto feo compuesto por unos cuantos gramos de árboles muertos, hagan una mueca de terror y griten, alejándose: Nevermore!

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