Soy un chico de la calle
que vive su canción.
También me emborracho y lloro
cuando tengo depresión.
Uuh, uuh, nena,
voy a ser una rock’n'roll star.
«Rock’n'roll Star», de Loquillo y los Trogloditas.
El otro día, por fin, acabó Fama, el concurso televisivo de la cadena Cuatro donde unos cuantos jóvenes se preparan y compiten para ser profesionales de la danza. Ya comenté hace unos meses que, a pesar de no ser capaz de apreciar el baile, por ser un hombre (sí, es una gracieta, no me iniciéis un flame a estas horas), el haber estado expuesto por razones conyugales al programa casi todas las tardes me ha hecho verle cierto sentido a este asunto de gente con cuerpos jóvenes moviéndose por el aire. Y he dicho que acabó por fin porque llegué a pensar que nunca concluiría: cada vez que expulsaban a algún participante entraba otro, y en algunos momentos me dio la sensación de que había incluso más participantes que al principio. Pero lo solucionaron eficazmente: creo que en la última semana echaron a doscientos o así.
Una de las cosas que más me han llamado la atención del programa era que casi todos se definían como chicos o chicas «de la calle». Héroes del slumdog somos, parecían decir, con un aire mezcla de arrogancia y autosuperación. Con esos modales un poco desagradables que hoy todo el mundo tiene y esos tatuajes que hoy llevan todas las niñas de papá, y no solo marineros y carcelarios.
Intrigado por la cuestión, le pregunté a mi media naranja en qué consistía eso de ser «de la calle», y cómo era posible que todos los concursantes fueran eso. ¿Habían ido a algún suburbio a hacer la selección de participantes o algo así? ¿Alguno de ellos era un niño lobo de estos que se pierden en el bosque y son criados por una manada de mapaches asesinos?
No, me dijo que la razón era que no sé quién no había estudiado, que no era nada en la vida, y que se ganaba las lentejas bailando en tal sitio o tal otro, o ajustando la presión de los neumáticos por cuatro perras, o que estaba en el paro. Esto, al parecer —lo vi en sus ojos— daba a los concursantes cierto aire de rebeldía y de alguien que, teniéndolo absolutamente todo en contra, superaba las dificultades y llegaba a lo más alto. Así que las jóvenes derriten sus frágiles cerebros con estos rebeldes de las ondas, estos espartacos que arriesgaron su vida y se enfrentaron al sistema, le dieron en las narices y le dijeron: «¡Queremos bailar!»
Pues lo siento, pero me parece lamentable. Ya sé que esa imagen vende mucho más en la tele —y en eso consiste la tele, en vender—, y que queda uno mucho más romántico autodefiniéndose como un superviviente social con las zapatillas de marca y las consabidas camisetas del Ché de El Corte Inglés. Pero no me lo trago. Entiendo, sin embargo, su éxito en nuestro país. España es un país de eternos adolescentes, y el romanticismo es precisamente eso: tener 17 años de por vida. Ser pendenciero, juerguista, irreflexivo, autocompasivo, inconformista de salón, maleducado, sentir que el mundo entero tiene una conspiración contra ti y sentarte a esperar a que te lo arreglen en lugar de preguntarte por el verdadero motivo de tu problema, si es que tienes uno, y hacer lo que puedas por arreglarlo.
Pero es que, además, yo el asunto lo veo desde el otro lado. ¿Quién no ha estudiado en España? Ni más ni menos que al que no le ha dado la gana. La educación no es solo gratuita y universal, sino además obligatoria hasta los dieciséis años. Y, si cumplidos los dieciséis años, uno quiere seguir estudiando, el Bachillerato y muchos ciclos formativos y otros niveles escolares también se ofrecen sin cargo para el beneficiario. Además, creo que el sistema de becas español, sin ser una maravilla, garantiza perfectamente a todo aquel que quiera estudiar y lo demuestre, y no tenga los posibles económicos, acceder a una ayuda económica suficiente para continuar estudiando en la universidad y ser ingeniero, arquitecto, abogado, juez o —Dios no lo quiera— profesor. No estoy muy bien informado, ya que mi ámbito profesional es la enseñanza secundaria, pero estoy seguro de que si un chico ha demostrado de joven aptitud e interés en algún tipo de disciplina artística, como la danza, la música o la pintura, también hay becas públicas y privadas para que estudie lo que quiera. Y tal como están hoy las cosas, el alumno que desee aprobarlo todo, y que tenga unos padres medianamente preocupados, puede obtener sobresaliente en todas las asignaturas, dado el descenso en exigencia académica que venimos viviendo en los últimos años, y los casi infinitos recursos de los que gozan los alumnos (acceso a Internet y a bibliotecas en los centros, por decir los dos ejemplos más paradigmáticos). Si hay algún alumno con dificultades objetivas para seguir sus estudios, que por supuesto que los hay, existen cientos de programas contemplados por leyes y decretos cuya finalidad es que todos los alumnos obtengan éxito. De hecho, hoy en día se gasta en cada alumno problemático al menos cuatro veces más que en los alumnos normales (entiéndase el uso de la palabra: los que estudian algo, presionados por sus padres, y van aprobando todos los cursos que se corresponden con su edad). Para ellos hay programas de apoyo, de compensatoria, de diversificación, departamentos de Orientación volcados en entrevistas con ellos, con los padres, con los agentes sociales. Se rellenan informes e informes para averiguar qué problema tiene el alumno (que en la mayoría de los casos es uno y solo uno) y se talan miles de árboles y se gasta una cantidad importante de capital humano en intentar que la educación pública cumpla su principal función: ser garante de la justicia social.
Los alumnos interesados, con padres interesados, pasan horas en sus casas haciendo resúmenes, ejercicios, estudiando aburridos tochos de Historia, de Literatura y de Física y química. Mientras tanto, sus compañeros, culpables de su falta de interés, y sin duda víctimas de la falta de interés de sus padres (y del desprecio hacia la educación que muestra el conjunto de la sociedad en general) juegan a la pelota, corren con la bici y fuman sus primeros cigarrillos, convirtiéndose automáticamente en imanes sexuales de sus compañeras, que desprecian a los empollones que gastan sus horas enclaustrados.
Después de fracasar en la escuela reglada, estos fumadores prematuros, tras años dando tumbos, intentarán quemar su última carta yendo a algún absurdo programa de televisión a contar que son «chicos de la calle», a dar pena y a demostrar que, con esfuerzo (y un físico de Adonis, no lo olvidemos), todo se supera. En otras palabras, a seguir dando la imagen, auspiciada por los medios, de que cualquiera puede llegar adonde sea, que no estudiéis, que cuando papá diga «hasta aquí hemos llegado» y os corte el grifo, podéis ir a la caja tonta a haceros ricos rápidamente.
¿No es irónico que desde la televisión se nos avise de los peligros de los juegos de rol, de los juegos de ordenador, de Internet, cuando el verdadero y gran peligro social son ellos, ofreciendo modelos de éxito en gente que no ha dado un palo al agua en su vida y que en unos pocos meses de hacer el gamba en la pantalla se hace rico y famoso? No estoy a favor de casi ninguna prohibición, pero las empresas televisivas deberían reflexionar y darse cuenta de que convencer a toda una generación de que se puede triunfar en la vida fácilmente, sin tener ninguna capacidad especial ni empeñar ningún esfuerzo es lo peor que se puede hacer con el futuro de nuestros jóvenes. Jóvenes que, por cierto, son envenenados con las graciosas declaraciones de los concursantes, que van a menudo por la senda del «yo en el instituto pasaba de todo» (cita real extraída de un programa tipo Operación Triunfo. O, mejor dicho, de ese programa concretamente). Y no debemos olvidar que casi todos los espectadores de esos productos son adolescentes. Que me lo digan a mí, que me cuentan las peripecias de sus ídolos todos los días.
No, en un país donde el acceso a la educación, para el que la quiera, e incluso para el que no, está garantizado, el chico de la calle no es el que pasaba de todo en el instituto y luego a los veinte años se hace famoso por una carambola de la fortuna. El chico de la calle es el que, siendo sus padres humildes trabajadores, se quema las cejas y cuando tiene veinticinco es un hombre de provecho. Ese debería ser el héroe, y no los rebeldes de pacotilla que han invadido los rayos catódicos.