Ars longa, vita brevis

Un problema simple

28 de October de 2016

Hace casi un mes tomé una decisión que me ha ahorrado bastante tiempo y disgustos: ya no discuto sobre educación con nadie que no sea profesional de este negocio. Sí puedo escuchar opiniones de no profesionales, y darles las mías; pero no discutiré con legos nada que tenga que ver con mi oficio. Anuncié mi decisión en Twitter, lo que me valió unos cuantos insultos y que bastante gente dejara de seguirme, pero cada vez estoy más convencido de que acerté.

La educación es como una gran obra urbana que convierte al total de la población en ancianos jubilados. Todos se apoyan en la valla y dan sus opiniones, que consideran más válidas que las del arquitecto, las del arquitecto técnico y las de los jefes de obra. Claro, pasa que una vez de cada millón un anciano acierta por casualidad, y ese anciano puede pensar: si me hubiesen hecho caso. Pero nadie en su sano juicio tomaría esa flauta tocada por un asno como una guía de realización de obras públicas en el mundo real, pues ello nos conduciría inevitablemente a la extinción de la humanidad, o al menos nos llevaría, técnicamente, al Paleolítico.

Sin embargo, nadie se toma a broma las opiniones sobre educación de los no profesionales. Todo el mundo parece tener la clave para arreglar la educación pública española, suponiendo que tenga algo que deba arreglarse: padres, políticos, el frutero, los alumnos y cualquiera con una cuenta de Twitter. Y, cada vez más, confundimos la libertad con ser Dios: por supuesto, tienes todo el derecho del mundo a dar tu opinión. Y además puedes difundirla en una cuenta de Twitter que haga que llegue a millones de personas en un instante. Pero eso no evita que tu opinión sea una tontería, ni hace necesario que se te escuche.

Llevo años oyendo en la tele a coachers, gurús y gente de similar pelaje, que no tiene una utilidad clara para la sociedad, explicando lo mala que es, por ejemplo, la memoria, y lanzando al aire la pregunta de qué sentido tiene para un alumno del siglo XXI aprenderse de memoria la lista de los reyes godos.

Nací en 1975 y solo he conocido la lista de los reyes godos por los mortadelos de los años 60.

Eso os debe dar una idea de lo mucho que conocen el sistema educativo actual esos expertos que nos hablan desde la caja mágica y que tienen en sus manos la solución al supuesto desastre de nuestra escuela.

También están los telediarios que nos muestran clases llenas de alumnos con sus pequeños iPads aprendiendo sonrientes, en aulas impolutas y con atractivos profesores que lucen barbas a la última moda. Lo que no os suelen contar los telediarios es que esas aulas pertenecen a escuelas privadas, y que en las públicas, donde van a estudiar vuestros hijos, no es nada infrecuente que un alumno acuda a otra aula a pedir prestada una mesa y una silla, porque en la suya no hay suficientes.

Siempre hay gente que trata de encontrar el futuro de la educación en el último invento de moda (ya sucedió con la radio y con la televisión) despreciando los libros; y los libros siguen estando ahí cuando esos adelantos tecnológicos desaparecen, pasan de moda o se manifiestan más bien desastrosos para la educación de un país. Vosotros habéis pensado “televisión”; yo no he dicho nada.

(El libro es un invento maravilloso. El mayor error de los docentes es que no sabemos transmitir lo maravilloso que es. Lleva ahí miles de años, y supongo que seguirá unos cuantos miles de años más. No recuerdo ninguna otra forma de transmisión diferida de la información (diferida en el espacio y en el tiempo) que haya sido tan eficiente y duradera, sin apenas cambios, a lo largo de milenios. El arte de la guerra, breve tratado militar escrito por el general chino Sun Tzu en el S. IV antes de nuestra era, fue usado con éxito por estrategas aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Y poco ha cambiado el libro en este tiempo: negro sobre blanco, sobre material animal o vegetal, un producto que con pocos cuidados dura mucho más que la vida más longeva que quepa imaginar en una persona, jamás queda desactualizado tecnológicamente, y las actualizaciones de contenido son sencillas y baratas de realizar [basta un lápiz].)

También nos hablan de que aprender debe ser divertido. De que hay que hacer las clases interesantes. De que no sabemos motivar a los alumnos.

Admito que es bastante probable que los alumnos sean más felices con un iPad en las manos que con un libro (de hecho, parecen más felices cuando los pillo en clase echando un vistazo a sus teléfonos móviles). Lo malo es que debemos quitarnos de una vez de la cabeza la idea de que los alumnos vienen a la escuela a ser felices. No vienen para eso. Vienen a la escuela para ser felices cuando dejen la escuela. Debemos ser conscientes de esto, porque es realmente importante. La felicidad está en el patio de recreo y en sus casas. Metiéndoles en sus pequeñas cabezas la idea de que deben ser felices en la escuela solo logramos volverlos más desgraciados. Y más vulnerables a la frustración, dado que les convencemos de que el fracaso que experimentan no es en ningún caso su responsabilidad, sino la de otros (fundamentalmente, el profesor, que “me ha suspendido”).

Además, la escuela será divertida en un número contadísimo de ocasiones. Muchas de las cosas que deben aprender no son divertidas. Ni lo van a ser nunca.

La palabra “gatos” está compuesta por un monema con significado léxico, gat-, combinado con un monema flexivo de género masculino, -o- y otro monema flexivo de número plural, -s.

Como podéis comprobar, hay cosas que no son divertidas ni tan siquiera echando unos gatos en la caja.

Pero lo que mucha gente no es capaz de visualizar es la dificultad que entraña aplicar todas las locuras que se quieren meter en el negocio de la educación. Y cuando digo “dificultad” quiero decir, por supuesto, “dinero”. Ya hablé de esto hace unas semanas.

La educación pública debe atender a las necesidades de todos los menores de 16 años que se encuentren en este momento en el estado español. También las de los niños pobres, que por desgracia los hay, y que van a vender el iPad el primer día de clase por la tarde. Y las de los niños ciegos, que no van a saber qué demonios es eso, hasta que inventen un iPad que funcione en braille. Y las de los niños con cualquier necesidad especial de atención educativa. Y todos esos niños han de parecer tan felices como los que salen en el aula de las noticias de Antena 3. También el pobre. Y el maltratado. Y el inmigrante recién llegado que no entiende una palabra. Y la que está en una casa de acogida. Y el que está en un centro de menores, durmiendo en un gran barracón con otros 100 menores. Hay que comprar iPads (o cualquier otra idiotez moderna que se os ocurra) para todos ellos, más unos cuantos más de repuesto.

¿Cuánto nos va a costar esto, incluso manteniendo congelados nuestros ya mermados sueldos?

¿Cuánto nos va a costar que un niño que solo toma dos comidas al día en su casa parezca un aseado y feliz niño de una escuela del futuro con su iPad?

Os contesto: mucho más del dinero que tenemos y, sobre todo, mucho más del que nuestros políticos y el resto de la sociedad estáis dispuestos a dedicar a ello.

Por eso, entre otras cosas, seguimos con los libros. Son, probablemente, el producto tecnológico de transmisión de información más eficiente y duradero y con mejor relación entre su calidad y su precio. Y deberíais admiraros de los logros que consiguen los docentes día tras día teniendo en cuenta los recursos que tenemos. Yo me admiro a diario, y eso que los veo en directo.

El día que mis alumnos se rieron de Pablo Neruda (y no castigué a nadie)

5 de October de 2016

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Neruda, visiblemente contrariado por la actitud de mis alumnos. O probablemente, no.

¿Por qué Pablo Neruda? ¿Por qué se rieron? ¿Por qué no castigué a nadie?

¿Por qué Pablo Neruda?

A Neruda, en aspectos pedagógicos, lo sitúo en una categoría similar a la de Bécquer. Es cercano y comprensible. Conecta con los alumnos. Y, a veces, les trasmite música aunque no lleguen a entenderlo del todo. Comprenderán ustedes que, entonces, los profesores de Lengua y Literatura lo tengamos como un aliado bastante fiel.

Algunos de sus poemas les suenan: muchos son archiconocidos, y los han oído antes. Por ejemplo, el poema que estábamos trabajando hoy lo habían oído varias alumnas en no sé qué serie que les gustaba (lo mismo me pasó en cierta ocasión con la rima LIII de Bécquer).

En la unidad que estamos viendo en 2.º de Bachillerato entran las hablas americanas del castellano, pero además durante este curso tendremos que trabajar la lírica a cierto nivel, así como la literatura hispanoamericana. Neruda era perfecto, como comprenderéis, para trabajarlo con mis chicas y chicos.

¿Por qué se rieron?

Para que captasen el habla del poeta chileno sin mediaciones, y para que, además, viesen cómo debe sonar su lírica (¿quién va a saberlo mejor que él?), les imprimí el poema 15 de la colección Veinte poemas de amor y una canción desesperada —sí, para dedicarte a esto, a menudo tienes que ser pop— y busqué en Youtube un vídeo donde se puede oír el poema en la propia voz del poeta. Y aquí está:

Hacia la mitad del vídeo vi que varios de mis chavales estaban realizando ingentes esfuerzos por contener las risas y, los que no podían, por ocultar sus caras de mi campo de visión. La lentitud de Neruda, el no tener nada que hacer más que mirar una imagen fija y escuchar, la situación entera en sí. ¡Son adolescentes! Uno de los momentos más angustiosos que recuerdo de mi adolescencia fue una vez que entré con mi mejor amigo en un ascensor. En el siguiente piso el ascensor se detuvo, y entró un hombre como de la edad que yo tengo ahora y con el aspecto más corriente que podáis imaginar. No había en él absolutamente nada digno de recordar. Pues los quince segundos que tardó el ascensor en abrir sus puertas otra vez, y el caballero en salir, se nos hicieron eternos. No sabíamos dónde mirar ni con cuánta fuerza mordernos la lengua. La adolescencia es así. ¿No la recordáis?

¿Por qué no les castigué?

Todos hemos ido al instituto, y todos sabemos perfectamente cómo acaba una situación de estas: el profesor de Literatura detiene al instante la reproducción del medio audiovisual; pregunta a los alumnos qué encuentran tan gracioso; los alumnos callan y el profesor, indignado —pues ya ha olvidado que fue adolescente hace años— suelta una furiosa perorata sobre el poco respeto a nuestros clásicos, sobre lo poco interesados que están los alumnos por su educación (como si lo hubiesen estado alguna vez), sobre lo poco lejos que van a llegar en la vida. Después, en la sala de los profesores, con un amargo y negro café en la mano derecha, comenta en un corrillo de docentes la trágica escena, y todos están de acuerdo en que en sus tiempos las cosas eran distintas: había respeto. Quizás al final del día alguna chica encontrase a sus padres en casa con el ceño fruncido porque había recibido una llamada del profesor.

Yo dejé que acabase el poema, y después pedí a mis alumnos que riesen abierta, aunque no ruidosamente, y les aseguré que no había nada de malo en ello.

¿Por qué no les castigué? No solo soy su profesor, también soy jefe de estudios. Entre mis principales funciones se encuentra la de velar por la disciplina en mi centro.

En primer lugar, mi creencia en el poder pedagógico del castigo es bastante escasa. Sí, todos sabemos que en castellano antiguo castigar era sinónimo de enseñar, y no niego que a menudo sea dolorosamente necesario. Lo que pasa es que desde el castellano antiguo han pasado unos cuantos siglos. La pedagogía ha avanzado un poquito en seiscientos años. Hemos descubierto otras formas de enseñar (de castigar, si quieren ustedes). Hoy en día, es necesario hilar muy fino en un castigo para que realmente sirva para enseñar, que es la función que la sociedad ha delegado en mí. Debe tener algún objetivo, aparte de la represión por el crimen de haberse reído del pobre de Pablo Neruda, cuyo nombre real afortunadamente mis alumnos y alumnas ignoran que fue Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Aparte de que debo confesar, y nunca he negado, que castigar no me gusta.

¿Castigando a mis alumnos habría conseguido que respetasen más a Neftalí Reyes? Sinceramente, lo dudo. Así que si mi objetivo era ese, la estrategia del castigo no parecía muy adecuada. Yo quería que Neruda les tocase un poco la fibra. ¿Qué fibra? Pues cada cual decide qué fibra le toca un poema. A la mayoría de los adultos puede que no les toque ninguna. A mis alumnos —algunos solamente— les tocó la fibra de la risa. Pues mejor esa que ninguna. Si les llego a castigar, habrían odiado al poeta chileno. Ahora, puede que a la mayoría no les entusiasme, pero dudo que ninguno de ellos oiga su apellido en el futuro y le recuerde aquella vez que se llevó una reprimenda por algo tan hermoso como reír. Quizás lo recuerden con simpatía. ¿Quién sabe?

Me gustaría que hoy, en el Día Mundial del Docente, os quitaseis la idea esa de que somos unos fracasados deseosos de poner a nuestros alumnos de pie con una pila de libros en cada mano. Tratamos de trasmitir cosas, usando la palabra de antes de la coma en su sentido más amplio. A los de Literatura se nos ha encomendado una de las tareas más difíciles que existen: hacer que unos jóvenes rodeados de pantallas de colores se interesen por palabras escritas sin más adorno que su sonido y su significado, que desarrollen el gusto por los libros, que se acerquen a ellos por voluntad propia; que lean cuando llegue el día en que nadie los obligue ni los castigue por no hacerlo. A que amen los libros. Y a veces, lo que amas te hace reír. Diría aún más: ojalá todo lo que amas te haga reír. Por eso no he castigado a mis alumnos por reírse de Pablo Neruda. Feliz día del docente a mis colegas, pero, sobre todo, a mis alumnas y alumnos.

P. S.: A muchos de ellos, al final, el poema les ha gustado.

Milagros

26 de September de 2016

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El otro día, en Twitter, a raíz de unos tuits que publiqué sobre la conveniencia o no de mandar tareas para casa, hubo diversas respuestas, casi todas interesantes, algunas a favor y otras en contra de la medida. En uno de los reproches se me argumentaba que los deberes aumentan las diferencias de clase de los alumnos, pues los padres de los niños pobres no pueden ayudar a sus hijos con estas tareas tanto como los de los niños ricos (en general, el padre medio español aún no entiende que las tareas no las deben hacer ellos, sino sus hijos; que un alumno que realiza sus tareas mal podrá ser corregido por el profesor, pero uno que las trae realizadas perfectamente por sus padres nunca tendrá la posibilidad de saber qué hace bien y qué mal). Se me argumentaba que la educación pública debería ser capaz de paliar las diferencias entre uno y otro alumno; no solamente las que un docente encuentra en la escuela, sino también en su vida extraescolar.

El objetivo de este artículo no es hablar de las tareas para casa, que son tema lo suficientemente extenso como para ocupar varias entradas de un blog personal. Ya se ha escrito tanto como para aburrir a cualquiera, y seguro que mucho mejor que como lo haría yo; os animo a buscar estas opiniones en la red.

El objetivo de esta entrada es, por el contrario, criticar la opinión cada vez más firmemente instalada en nuestra sociedad de que la escuela, por sí sola, es capaz de responder triunfalmente a todos los problemas que una sociedad como la nuestra, o como cualquier otra, presenta.

La escuela ideal debería ser garante de la movilidad social, es decir: debería proporcionar al hijo de un campesino las mismas posibilidades de ser cirujano que al hijo de un cirujano. Si leemos en diagonal este artículo en El País de 2010, sin embargo, vemos que la movilidad social no se ha conseguido en nuestro país —de hecho, la crisis seguramente ha agravado esta cuestión—. A nadie se le escapa que los hijos de la gente con posibles tienen no solo más éxito escolar, sino por lo general más cultura que los que somos hijos de gente modesta. ¿Debe la escuela paliar estas diferencias? ¿Puede?

Debería, por supuesto, al menos ayudar a conseguir ese objetivo. ¿Pero es posible en estas condiciones? El aumento de las tasas universitarias y la reducción de becas, al menos proporcional (no quiero discutir aquí con nadie), desde luego, no ayudan. Recordemos, además, que una beca que únicamente te pague la matrícula, los libros y el colegio mayor, en su caso, no suele ser suficiente. A menudo una familia humilde necesitaría los ingresos de una joven que quiere estudiar y que, si lo hace, no puede aportar al monto económico necesario para el mantenimiento de la familia. Muchos acusan a los jóvenes de acomodados, y de no querer esforzarse; sin embargo, por mi propia experiencia puedo decir que estas críticas muchas veces proceden de personas que exhiben en sus muñecas un reloj de dos mil euros desde que tenían dieciocho años, regalo de sus padres.

Desde la —a mi parecer, injustamente— denostada LOGSE la educación española realiza, al menos sobre el papel, enormes esfuerzos para la integración de alumnos en unas condiciones que garanticen, o al menos lo intenten, una educación de la misma calidad para todos y todas. Tenemos programas de integración y refuerzo, profesores de apoyo, maestros y maestras de Audición y Lenguaje en los institutos de educación secundaria para alumnos con dificultades especiales de aprendizaje, intérpretes de la lengua de signos para alumnos sordos, y un montón más de recursos… en cantidad insuficiente, si preguntáis a cualquier persona que trabaje en la educación pública (aun así, la OCDE ha reconocido en diversas ocasiones los esfuerzos realizados por nuestro país para mejorar la calidad de su enseñanza pública).

En un país donde la importancia y visibilidad de los periodistas sensacionalistas (no quiero generalizar; estaría haciendo lo mismo que hacen muchos con nosotros, los docentes) crece año tras año, es fácil pensar que la educación pública española está en uno de los círculos del infierno de Dante, donde deberían estar aquellos a quienes se nos culpa de ello por ser el eslabón más débil del sistema: los profesores y maestros.

Sin embargo, estoy repasando estos días el Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar (PDF), impulsado por José Antonio Marina, y ahí se recuerda que, de los cinco niveles que el informe PISA destina a los resultados de sus pruebas educativas (que van desde “pobre” hasta “excelente”), España se sitúa en el nivel medio: “bueno”. No se puede calificar, creo, este resultado como de desastre, pues la palabra “bueno” difícilmente puede adquirir connotaciones negativas. Y esto en un país, como el mismo Libro blanco recuerda, en el que hace solo 40 años un 82 % de la población solamente tenía los estudios primarios.

Basta comprobar cualquier estadística para concluir que la escuela no elimina las diferencias sociales en la futura vida de los alumnos, y que, por lo tanto, la escuela está fallando. Pero, si partimos del principio de que una sociedad con grandes diferencias económicas entre individuos es una sociedad hasta cierto punto fallida, vuelvo a preguntar: ¿es capaz la escuela de eliminar estas diferencias?

A los docentes españoles se nos repite el nombre de Finlandia más veces al día, incluso, que el de Venezuela a los espectadores de telediarios. Los programas de televisión emiten documentales monográficos sobre el país, donde unos felices docentes que, en comparación, cobran (incluso) menos que los españoles, dan clase a unos felices alumnos en sus pequeños abrigos acolchados. Se nos dice “en Finlandia se hace esto o lo otro”, como si hubiese una fórmula mágica, un interruptor que, al ser pulsado, catapultara nuestros resultados educativos a los niveles finlandeses, y el sistema educativo español, por algún tozudo motivo, no quisiese pulsarlo. Cualquiera con una mínima inteligencia y una mínima capacidad crítica (es decir: cualquiera) debería saber que sería un milagro que el mismo sistema educativo triunfara en dos países separados por miles de kilómetros de distancia y miles de años de historia. Aun así, acepto el guante.

Pero ¿y si invertimos la carga de la prueba? En este artículo de la Wikipedia se establece una clasificación de países por desigualdad económica, según el coeficiente de Gini. No necesitamos bajar muchos puestos en la tabla para encontrar al país cuyo modelo educativo viene a salvar a España de todos sus males: Finlandia es el octavo de los países menos desiguales del mundo. Debemos hacer trabajar algo más la rueda central de nuestro ratón para encontrar a España en el puesto número 58, justo por detrás de Portugal, Albania, Grecia, Uruguay Níger, Nicaragua, la India, Azerbaiyán y Etiopía. Sí: por detrás.

¿Esta desigualdad es el resultado de las carencias —que no niego— de nuestro sistema educativo? ¿O es más bien al contrario? ¿No será que, en una sociedad más desigual, es mucho más difícil que la escuela garantice la movilidad social? ¿Es capaz un sistema educativo público, por sí solo, de eliminar estas enormes diferencias? ¿Cuánto dinero haría falta? ¿O quizás sería más sencillo y tendría más éxito fijarnos más en los sistemas impositivos de los países nórdicos, donde una elevadísima parte de los unos impuestos directos más justos se destina a programas sociales?

La escuela no puede arreglar todos los males del mundo, y además nuestra sociedad ha olvidado una cosa: que la educación de los jóvenes no es asunto exclusivo de sus profesores. Todo el mundo educa, o todo el mundo debe. Pero sobre todo: si seguimos creando problemas de desigualdad social, de desamparo económico de los más desfavorecidos, de mercado libre salvaje que rapiña todos los recursos de un país sin preocuparse de si mañana va a amanecer, no podemos esperar que la escuela haga milagros. Los docentes no somos santos, ni en un sentido ni en otro.

¿Deben los menores tener un teléfono móvil inteligente?

15 de June de 2016

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Imagen: metronews.fr

Hace unas semanas, unos alumnos de alrededor de quince años me preguntaron si quería ver un vídeo del estado islámico en el que se veía como trituraban a un prisionero vivo atropellándolo con un carro blindado. Tenían el vídeo en sus teléfonos móviles, y se lo habían pasado por el grupo de Whatsapp en el que se encontraban todos los alumnos de ese grupo.

Todos los alumnos tienen un teléfono multimedia, con una gran pantalla y capacidades de conexión a internet. Por tanto, los chicos tienen un acceso permanente a material textual y audiovisual de todo tipo: la Wikipedia, las obras de Cervantes y de Shakespeare, multitud de películas y documentales de dominio público, y también vídeos pornográficos, de torturas, violaciones y decapitaciones, cuarentones haciéndose pasar por chicos o chicas de quince años y páginas web que los incitan a dejar de comer y vomitar hasta lograr una delgadez patológica que pone en riesgo su salud.

No soy un profesor carca. Mantengo una envidia sana ante las posibilidades que las nuevas tecnologías ponen al alcance de los adolescentes de esta época, y que a nosotros nos parecían ciencia ficción. Recuerdo enviar un cupón por correo para comprar unas partituras de guitarra, y recogerlas de veinte a treinta días después en la sede de Correos, abonando su importe. Hoy un adolescente con inquietudes musicales no tiene más que conectarse a Youtube y buscar un vídeo didáctico que le enseñe, paso por paso, a tocar su canción preferida. De hecho, trato de mantenerme al día en estos asuntos —también, no voy a negarlo, porque me atraen—, y no es infrecuente que, en los pocos ratos libres de que disponemos, mis alumnos me pregunten si por fin me he pasado aquella pantalla de Gears of War, y me ofrecen ayuda y trucos si aún no lo he hecho.

En mi centro están prohibidos para los alumnos el uso y la exhibición de teléfonos móviles y otros aparatos electrónicos. La principal razón, aunque en un principio pudiera pensarse, no es la necesidad de que atiendan a las clases y actividades y no a sus conversaciones. Estamos trabajando con menores que tienen derechos, entre ellos el derecho a la dignidad y a la propia imagen, y no es infrecuente que se suban a las redes sociales fotografías hechas a traición, en que algún alumno no sale muy agraciado, y que se aproveche esta circunstancia para denigrar al sujeto, a menudo de forma anónima. Además, los teléfonos son una herramienta milagrosa para el copieteo en los exámenes. No les prohibimos que los traigan, pues a sus padres les deja más tranquilos saber que pueden contactar con ellos en el trayecto entre el centro y sus casas; pero, dentro del instituto, no pueden usarlos (sus padres pueden llamar al teléfono del centro si necesitan hablar con sus hijos, y viceversa).

No voy a comentar casos que conozco de primera mano, pues lo primero de todo es el interés de los menores. Tampoco voy a enlazar noticias, pero todos hemos conocido por los informativos casos de fotografías y vídeos filtrados de menores desnudos, a veces manteniendo encuentros sexuales. Las leyes son muy estrictas y actúan para castigar al que ha filtrado las imágenes y para proteger al menor, pero todos sabemos que, una vez que el vídeo en cuestión ha alcanzado la red, su supervivencia ad aeternum se puede dar por segura.

He comentado a menudo con preocupación estos asuntos con compañeros y compañeras míos que tienen hijos adolescentes, y prácticamente siempre defienden la tenencia y el uso prácticamente ilimitado de este tipo de teléfonos para los adolescentes. A veces sus argumentos son sólidos (la permanente comunicación con ellos en caso de necesidad). Otras, no tanto (todos sus amigos tienen uno y no quieren que su hijo sea el «raro»). Cuando les pregunto si saben que sus hijos pueden estar, en ese preciso momento, consumiendo pornografía o vídeos de decapitaciones suelen encogerse de hombros y decir que es muy difícil controlarlo todo.

A veces me dicen que la palabra clave es «educación». Hay que educar para que los alumnos hagan un uso razonable del teléfono móvil. Curiosamente, los padres —incluso cuando esos padres son docentes— de los adolescentes suelen olvidar que sus padres les prohibieron beber, fumar, tener relaciones sexuales sin la debida protección (o matrimonio por la iglesia) y subirse en coches de desconocidos, y que todos lo hicieron. El adolescente es una máquina hermosa y terrible: sabe que su potencial está aumentando, no sabe cuáles son sus límites y quiere comprobarlo. Si a un adolescente lo han concienciado sus padres de que no es adecuado que a sus catorce años consuma pornografía, igualmente, al recibir un vídeo en un grupo de Whatsapp lo abrirá por curiosidad (ni siquiera meto aquí la rebeldía, algo también característico y hermoso de la adolescencia). El adolescente normal y sano verá y probará todo lo que esté al alcance de su mano. Por eso tenemos leyes que les prohíben consumir alcohol, además de educación para la salud, y, aun así, lo hacen.

¿Dejarías a tu hijo que, sin supervisión, tuviese a su alcance una parrilla de cien canales de televisión, sabiendo que incluye contenidos pornográficos que a veces juegan con la legalidad, confiando en que no los va a ver porque lo has educado para ello? Hablando sinceramente contigo mismo, ¿crees que no lo haría, si supiera que nunca lo vas a saber? Probablemente esta noche tu hijo cierra la puerta de su habitación y pone debajo de su almohada un dispositivo electrónico que le permite acceder a, virtualmente, toda la producción audiovisual de la humanidad hasta la fecha. Y, créeme, no lo está usando para buscar información para el examen de mañana ni para ver dibujos animados. ¿Lo habrías hecho tú a su edad?

Creo que es urgente que la sociedad se dé cuenta de una vez por todas de que podemos estar causando traumas personales severos a unos adolescentes que necesitan nuestra protección y que no la tienen. Estamos soltando sus ojos, sus oídos y sus cerebros en medio de la selva. Con que sus cuerpos crezcan sanos y grandes nos basta, y descuidamos la parte más delicada e importante de su físico: su cerebro.

Esta sociedad es ciegamente hipócrita cuando prohíbe la publicidad del tabaco y el acceso a salas de cine para ver determinadas películas por edades y luego deja en sus manos el mayor archivo sádico y pornográfico creado por el ser humano.

¿Se debe prohibir que los menores tengan un teléfono? La respuesta tiene una sola sílaba: no. Igual que no hay que prohibirles ver la tele o jugar a los videojuegos. Pero, si eres de esos padres que miran la clasificación por edades antes de comprar un videojuego para tu hijo, ¿luego le dejas solo con un dispositivo mediante el cual va a acceder a todo el contenido del videojuego y a contenidos mucho peores?

No soy legislador y no tengo la solución a este problema. Solo sé que dedicamos más energías a impedir que los críos se atiborren de grasas saturadas y refrescos cargados de azúcar que a impedir su acceso a contenidos multimedia que me hacen horrorizarme a mí, que tengo todos los años del mundo. Quizás se podría legislar para que se vendiesen teléfonos para menores de edad (igual que pueden conducir una bicicleta pero no un automóvil). No lo sé. Me han hablado de programas que bloquean el acceso de los teléfonos a determinados contenidos. ¿Cuántos de vosotros los habéis instalado en los teléfonos de vuestros hijos? Aun así, no se les puede dejar sin Whatsapp. Eso sí: os aseguro que si vuestro hijo o hija tiene un teléfono móvil con mensajería instantánea, tiene en este mismo momento en la memoria de su teléfono imágenes no aptas para sus edades. ¿De verdad no vamos a hacer nada?

Esclavos

24 de February de 2016

Artículo dedicado a mis alumnos, de este año y de todos los anteriores.

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Estamos viendo El árbol de la ciencia, del enorme Pío Baroja, en 2.º de bachillerato, y he propuesto a mis alumnos este texto para que lo comenten:

—Hace unos años —siguió diciendo Iturrioz— me encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco grita para que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían. Tenían espíritu de esclavos.

Para que comprendieran a qué se refiere Iturrioz cuando habla del «espíritu de esclavos» he iniciado un pequeño debate sobre si nuestro país debería financiar la sanidad a todos los inmigrantes que se encuentren en él, en situación legal o no, paguen impuestos o no. Los que estaban a favor de dar sanidad a los inmigrantes eran —al menos al principio— minoría en los dos grupos en los que imparto clase. Les he pedido, como siempre, que argumentaran a favor o en contra de una u otra postura. Los alumnos que tengo este curso son gente muy inteligente (aunque, a decir verdad, nunca he tenido un alumno que fuera tonto), y en seguida se han ido definiendo las posturas.

A favor:

  • Son seres humanos.
  • Se les podría dar, al menos, la atención mínima.
  • La mayoría no viene por gusto, sino huyendo del hambre o la guerra.
  • Etc.

En contra:

  • Puede producir cierto «efecto llamada».
  • No han cotizado ni un euro.
  • Puede que sea económicamente insostenible
  • Etc.

Entonces he trazado en la pizarra una línea horizontal y he escrito un par de cosas en ella.

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Dramatización.

Les he preguntado si, en este momento, económicamente, se sienten más cerca de la izquierda de la línea o de la derecha. Han contestado todos que de la derecha, a pesar de que casi ninguno es inmigrante ni hijo de inmigrantes; la práctica totalidad es de nacionalidad española, como Ortega.

Luego les he pedido que imaginaran que tienen todos 50 € y que tienen que apostar. La apuesta es obligatoria. Yo sé ver el futuro, y sé que van a terminar bien como un magnate o bien como un refugiado o un exiliado económico que abandona su país en busca de mejores expectativas. No hay términos medios. Y tienen que apostar a doble o nada. Según su situación actual y como ven las expectativas de evolución de su futuro económico de acuerdo con las posibilidades que les ofrece nuestra sociedad, si tuvieran que apostar obligatoriamente esos cincuenta euros, ¿apostarían a que es más posible terminar como Amancio Ortega o como un exiliado? Y todos –excepto uno que puso la nota de humor— arriesgaron sus ahorros al inmigrante sin nombre ni apellido.

Y esa es la mentalidad de esclavo: preferir que alguien que —aunque tenga otro color de piel— comparte más de su situación con nosotros se quede sin sanidad para que el magnate pueda pagar menos impuestos.

Charlie-Charlie y los antivacunas

3 de June de 2015

Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k) Ouija board with pointer VARIOUS - 2006


Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k)
Ouija board with pointer
VARIOUS – 2006

Los alumnos de mi instituto han comenzado a jugar, durante los recreos y ausencias de algún profesor, a algo que llaman Charlie-Charlie: es algo relacionado con la conocida tabla de ouija, lejanamente mezclado aquí, en Melilla, como suele suceder, con algún demonio o súcubo propio de la zona del Rif. Aprovechan para armar alboroto, aunque en algunos casos creo que he apreciado terror genuino, e incluso tuve que calmar a una joven que sollozaba en la Jefatura de Estudios. Hemos prohibido el juego, dado que no está permitido permanecer en las aulas durante el período de recreo, y mi actuación ha consistido, fundamentalmente, en ir por las clases donde he detectado el juego diciendo en voz alta: «Charlie, si estás ahí, ven a mi habitación esta noche y mátame». Al día siguiente los alumnos comprobaban, con un gesto que era mezcla de alivio y contrariedad, que el jefe de estudios adjunto seguía con vida. También intenté explicarles que seguramente un fantasma tenía cosas mejores que hacer que esperar una eternidad en un aula por si a unos adolescentes les daba por invocarle, pero con escaso éxito, porque a esas edades aprecian el empirismo más que la teoría.

Por las mismas fechas me entero del primer caso en nuestro país de una moda importada de la nación más avanzada de la tierra (?): la de los antivacunas. Son gente que, basándose en un estudio demostradamente falso, dicen que las vacunas pueden ocasionar retraso mental y autismo en los niños, y se niegan a permitir que se las inyecten a sus hijos. Esto se complica, porque los niños no vacunados no suelen padecer esas enfermedades para las que no los vacunan, así que su irracional postura se ve reforzada por los datos.

(Los niños, por cierto, no enferman puesto que, dado que sus compañeros sí han recibido las vacunas, no son portadores de las enfermedades objetivo, y por ello no las pueden transmitir; sin embargo, los no vacunados sí constituyen un riesgo para los otros)

Esto de los antivacunas guarda relación con los típicos adoradores de lo natural, que reniegan de los alimentos transgénicos y que suelen soltar alegremente sentencias como que «como un tomate de huerta no sabe igual uno del supermercado». Es decir: reniegan de siglos de investigación científica —y precientífica, en la selección de los especímenes— destinados a producir alimentos más eficientes, menos vulnerables a las plagas, más sanos, en definitiva. Compruebo con amargura como, especialmente en los programas electorales de mi querida izquierda (lo he comprobado en los papeles de Podemos e Izquierda Unida), pretenden proclamar los territorios que gobiernen zona libre de transgénicos, como si la libertad estuviese determinada por la prohibición de consumir alimentos que la ciencia ha contribuido a crear y mejorar. Por desgracia, parte de la izquierda siempre ha tenido defectos para mí inexplicables, como defender religiones criminalmente machistas (porque al menos no son el cristianismo) o creer en bobadas como el reiki o la acupuntura.

Mis correligionarios parecen obviar que la selección de especímenes para la cría es lo que ha permitido, por ejemplo, que hoy existan los perros, animales genéticamente distintos a los lobos que proceden, probablemente, de la selección de los individuos más dóciles para su cría. O de las vacas que dan más leche aunque no estén amamantando a un ternero. O que el maíz, uno de los alimentos más importantes para la población mundial, antes de la selección genética de los humanos daba bastante pena y no parecía un alimento muy apetecible.

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¿Qué decir de los que reniegan de los productos químicos, ignorando, al parecer, que el agua es una molécula unida químicamente? Pero la magia de las palabras funciona en nuestra sociedad como el latín en el mundo de Harry Potter: el adjetivo «químico» no nos gusta, nos hace pensar que estamos bebiendo detergente o algún pesticida. Del mismo modo, aplicar un adjetivo a la Medicina (medicina «oriental», «tradicional», etc.) parece revestirla de algo más grande de lo que es, a pesar de que, como le oí una vez decir acertadamente a un médico, «la medicina es la medicina. Si tiene un adjetivo, es una estafa». Cosas como esta han llevado a una de las mentes más poderosas de nuestra época a suicidarse; hablo del caso de Steve Jobs, el genio tras los iPads y iPhones, que pensó que podía curar su cáncer de páncreas bebiendo zumo, desoyó a los médicos, y acabó como era previsible: muerto. Incluso en la televisión de nuestro país se habla de «polémica» sobre las vacunas, como si estuviésemos hablando de si tal o cual penalti ha sido o no y no de verdades científicas experimentadas y demostradas hasta la saciedad en millones de ocasiones.

Ignoro a qué se debe este gusto posmoderno por lo mágico: por el exagerado respeto a las religiones, que incluso cuentan, en los países más desarrollados, con leyes que las protegen; la proliferación de magos y videntes de medio pelo (¿los hay de otro tipo?) en las madrugadas de nuestras cadenas de televisión; incluso en las dudas renovadas de si el ser humano puso los pies en la Luna alguna vez, duda que me han expresado ya varios de mis alumnos, al igual que me han expresado sus dudas acerca de la evolución de las especies. Tiendo a relacionarlo siempre con el deterioro de los sistemas educativos, que están sufriendo un cruento ataque por parte de los políticos neoliberales, que quieren la destrucción de lo público y a quienes les importan más los números —aunque no de las Matemáticas, precisamente— que el futuro. En cualquier caso, como siempre he defendido, creo que la escasa formación científica de nuestros jóvenes es en gran parte responsable de esto, y por eso hemos debatido en el instituto donde trabajo sobre la conveniencia (necesidad, diría yo) de implantar una asignatura de cultura científica general en todas las modalidades de Bachillerato, incluidas las de Humanidades.

De cualquier modo, hay algo que me llama poderosa y tristemente la atención. Las dos profesiones probablemente más importantes para el presente (la medicina) y el futuro (la docencia) de cualquier sociedad se ven permanentemente cuestionadas por el pueblo. Unos padres deciden no vacunar a sus hijos, poniendo en duda la sabiduría de unos profesionales formados durante años en la ciencia médica; cualquier padre de cualquier alumno considera que el profesor de su hijo lo está haciendo mal y se permite el lujo de darle consejos sobre su trabajo. Si un mecánico (profesión ante la que guardo un enorme y ancestral respeto) te dice que conducir un vehículo en tales o cuales condiciones es un suicidio, tú no te atreves a rechistar, sacas un cheque en blanco de tu cartera y esperas a que ponga el precio que considere. Pero si un médico te dice que no vacunarte es una locura y que puedes acabar muerto, o si un profesor te dice que si no sigues sus consejos en lo que respecta a la educación de tus hijos es posible que acabe pidiendo dinero a la puerta de alguna mezquita, le enmiendas la plana y tomas la dirección opuesta.

El menosprecio por profesiones tan respetables —y permítanme el autobombo— como la medicina o la docencia llega a tales extremos que son las únicas que padecen hordas de troglodíticos protestantes dispuestos a insultar y, llegado el caso, agredir a sus miembros, si piensan que tal tratamiento clínico no ha sido suficiente, o que tal castigo a su hijo ha sido exagerado. ¡Esto no pasa ni con los políticos, responsables de tantas desgracias sociales, a quienes lo máximo que les puede caer es un tímido escrache!

¿No creéis que es para que nos paremos un rato a pensar?

Tres breves historias

8 de December de 2014

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Corrupción. ¿Qué os voy a contar? La tenemos hasta en la sopa. Nuestro país no estaría en la mayor de las ruinas sin la corrupción (porque, para mí, desde el caso de la burbuja inmobiliaria hasta el rescate a la banca que tantos millones nos ha costado, no se explican sin ella). No hace falta que os cuente historias: abrid cualquier periódico.

Lo que quiero rebatir aquí es una de las manidas defensas que algunos políticos y algunos periodistas vendidos utilizan para que lo suyo parezca menor: es que el país es corrupto desde sus raíces. Es que el Lazarillo, bla bla bla. Es que todos pagamos en negro para ahorrarnos el IVA. Os voy a contar tres breves historias vividas o presenciadas en primera persona.

La primera ya la conté aquí hará un par de años. Yo salía de mi instituto después de las clases y, como siempre, nada más pisar la calle, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar el paquete de cigarrillos. Solo había caminado diez pasos más cuando alguien me tocó el hombro. Al volverme, vi a un chico como de entre quince y diecisiete años cuya cara me sonaba, como me suena la de cualquier chico de esa edad desde que me dedico a este negocio, pero a quien no conocía. Me dijo: «Profesor, toma, se te acaba de caer esto». Era un billete de 20 euros. Como conté en su momento, entonces no supe reaccionar: me sentí tentado a regalárselos, pero no sabía qué tal iba a sentarles a sus padres que un profesor le diese dinero. Más tarde lamenté no haberle preguntado el nombre para llamar al día siguiente a su casa y felicitar a los padres por ser eso: padres.

La segunda historia, como la tercera, la conozco gracias a mis responsabilidades como Jefe de Estudios adjunto en mi centro, cargo que desempeño desde julio del presente año. Sucedió casi a principios de curso. Un alumno de 2.º de la ESO acudió a la Jefatura de Estudios con un teléfono móvil. Se lo había encontrado en el baño. Había entrado él solo y se lo encontró allí, encima del lavabo. No había testigos. Era un iPhone 5s (en aquellos momentos aún no se habían presentado los modelos 6 ni 6s, así que era el teléfono más caro de Apple, y uno de los más caros del mercado, con un precio no inferior a los 600 euros). Vino a decir que se lo había encontrado, y que, como no era suyo, nos lo traía por si su legítimo dueño preguntaba por él.

La tercera y última de las historias sucedió hace menos de dos semanas. Tres alumnas de 2.º de Bachillerato, a las que les doy clase de Lengua y Literatura, vinieron a la Jefatura y me mostraron un billete de 50 euros: «Nos hemos encontrado esto, Elías». Como no sabían de quién era, lo trajeron a donde yo estaba (por cierto, eran de un profesor). Nótese la diferencia con los dos casos anteriores: en el primero, el alumno había visto caer el billete de mi bolsillo; en el segundo, es sencillo averiguar el dueño de un teléfono móvil de última generación, por medio del IMEI o por otros cualesquiera. Aquí era muy difícil saber de quién era el dinero. Las alumnas no esperaban ni pidieron nada a cambio, aunque me consta que el profesor, motu proprio, les hizo un regalo. Os aseguro que a los profesores no nos sobran los billetes de 50 euros.

Y esas son mis historias. Así que cuando un político excusa su latrocinio acusando al ambiente y a la gente que le paga el sueldo de ser igual que ellos, podemos decirle: No. Tú eres un ladrón, España no lo es. El problema eres tú.

Amar la literatura (I). Lecturas obligatorias. Gominolas

7 de May de 2014

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Una atípica pero excelente antología.

Esta mañana mi queridísima jefa, Silvia, me ha enseñado un recorte de periódico donde aparecía el obituario del poeta Demetrio Castro Villacañas, muerto el pasado 3 de abril a los noventa y muchos años. Al final del texto aparece un soneto que el conquense dedicó a su primera mujer cuando esta falleció, y que a continuación reproduzco.

Está lloviendo. El agua es como un manto
que abriga los cipreses y las losas.
Húmedas de la lluvia están las rosas
que mi dolor esparce por el canto

que dice nombre y fecha. ¡Tengo tanto
que hablarte siempre! ¡Y tengo tantas cosas
que decirte de nuevo…! Silenciosas,
se me hunden las palabras en el llanto…

Sigue lloviendo suave y mansamente.
Yo estoy aquí, de pie, junto a la nada,
pensando en ti, pensando nuevamente

que hay que seguir; que nunca está acabada
la razón de vivir; que es mi simiente
media vida que tengo aquí, enterrada.

Al igual que mi jefa, yo me he emocionado al leerlo. Minutos más tarde, me encontraba yo delante de una veintena de alumnos de 2.º de la ESO (entre trece y dieciséis años) escribiendo los primeros versos de la nana que Miguel Hernández escribió para su hijo cuando, mientras él estaba en la cárcel por haber colaborado con la causa republicana durante la Guerra Civil, ella le comunicó que, por ser la mujer de un traidor, y estando el país como estaba, famélico, no tenían casi nada para comer; nadie les ayudaba, y lo único que podía comer eran cebollas. Hernández imaginó al niño mamando de la teta y sacando únicamente el fruto de las cebollas, y comenzó a escribir algunos de los mejores versos en nuestro idioma:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Sangre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Después de medir los versos, intenté explicárselos: primero el contexto histórico y social, y a continuación los recursos estilísticos. Las metáforas que identifican las cebollas con la escarcha, la sangre con el hielo, la hipérbole de traer la luna, etc. Para mi sorpresa, casi todos los alumnos entendían el mensaje a la perfección y lo captaban rápidamente, pero seguían mirándome con los ojos vacíos, apuntando —algunos— las cosas que yo iba diciendo. Entendían el poema plenamente, pero no estaban emocionados. La poesía había fracasado, y yo estaba ahí hablando como quien habla de cómo se cambia el fondo de pantalla de un sistema operativo, o del déficit tarifario (sea este lo que quiera ser).

Puedes obligar a una persona a que consuma literatura, e incluso puedes obligarla a que la comprenda, pero jamás podrás obligarla a que la aprecie.

Un estudio revela que los españoles de 14 a 24 años son los que más leen. A medida que uno va saliendo de la veintena, y más allá, se lee menos. No tengo datos que lo confirmen, pero tengo una fuerte sospecha: los que se encuentran en esa franja de edad leen más porque están obligados. Obligados por sus profesores de Secundaria y universitarios. Una vez acabados los estudios, y gracias a las lecturas obligatorias, lo que se consigue es que huyan de la literatura como de la peste.

Yo creo que esto es como las gominolas. A mí me pueden gustar las gominolas, y por ello me gustaría que a mis hijos también les gustaran. Podría darles gominolas todos los días. Podría dejarlas por ahí y ofrecérselas. O también podría olbigarlos a comer gominolas todos los días, les apetezcan o no. No sé, a mí me encantan las gominolas, pero creo que si, desde pequeño, obligase a un hijo mío a comer gominolas a diario durante su vida, en cuanto cumpliese dieciocho años escaparía de casa y no se acercaría ni por casualidad a una tienda de chucherías (y yo me sentiría desgraciado).

Puede que, con el tiempo, descubriese que, aunque no le gusten las gominolas, hay otro tipo de artículos dulces con los que sí disfruta, pero también es posible que se alejase para siempre de todo lo que contenga un atisbo de dulzura, por si acaso.

Y así es como veo las lecturas obligatorias. Son una vacuna contra los libros (1, 2 y 3). En todos los departamentos de Lengua y Literatura de los que he formado parte ha existido un catálogo de lecturas literarias que los alumnos no solo deben leer, sino además demostrar que han leído mediante un examen o un trabajo. Es decir, no solo se somete a los alumnos a la tortura de leer algo por la razón de que las generaciones anteriores a la suya lo consideramos imprescindible, sino que además —y esto ya parece recochineo— tienen que revivirlo en un examen donde se juegan la nota.

¿Os imagináis que quisiéramos que a nuestros alumnos les gustasen The Beatles? Puede sustituirse el grupo de Liverpool por cualquier otro, o por cualquier otro músico, como Vivaldi o B. B. King. ¿Os imagináis que les obligamos a escuchar el Abbey Road de pe a pa, y que luego les hacemos una prueba para que demuestren que lo han escuchado? ¿Creéis que, los que lo escuchasen, estarían pensando en disfrutar, o más bien angustiados por si no entienden lo que han de entender y fallan en el posterior examen? ¿Creéis que volverán a escuchar a The Beatles cuando deje de ser obligatorio? ¿Cuántos se apartarían definitivamente de la música, eso que los adultos les hemos dicho que por narices les tiene que gustar, y que les hemos obligado a tragar con la nariz tapada?

Y, con todo, la mayor tragedia no es que no nos hagan caso: la mayor tragedia es que, gracias a nosotros, nunca sentirán lo que nosotros.

I

Seis años ya que el alma de mi alma
en la triste postrera despedida
me dijo su adiós tierno.
¿Por qué, infiel corazón, lates en calma?
¿Por qué, cuando es eterna la partida,
no es el dolor eterno?

II

Y eterno es mi dolor, que aún el agudo
dardo yo siento en la cerrada llaga
cuando una voz la nombra.
No está muerto mi duelo, aunque está mudo.
Secos al llanto, por mis ojos vaga
siempre una triste sombra.

III

Cuando el invierno pálido se aleja
y primavera con las frescas galas
orna el árido suelo,
cual mariposa que la cárcel deja,
su alma entreabrió las transparentes alas
para volar al cielo.

(Vicente Wenceslao Querol, A la memoria de mi hermana Adela)

Qué hacen los profesores

20 de November de 2013

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Taylor Mali (web oficial) es un poeta estadounidense de un nuevo movimiento, o algo así, llamado «poesía slam», que desarrolla su actividad en una especie de concurso del estilo de las batallas de gallos del rap. También se dedicó durante años a la docencia, y escribió un poema dedicado a la gente que critica al profesorado en general, a los fundamentos de ser profesor, a la vocación y a todo lo que esta profesión pueda tener. Aquí tenéis el poema original (What Teachers Make) en inglés. Los chicos de Zen Pencils dibujaron para este poema un bonito cómic, y yo os presento mi chapucera y más o menos libre traducción como homenaje a todos los que sufrimos y disfrutamos de este negocio.

(Nota: El original make se puede traducir más literalmente como «fabricar», «crear» o incluso como «construir» que como «hacer», pero creo que en este contexto el último verbo era el más apropiado)

Lo que hacen los profesores

Dice que el problema de los profesores es este:
¿Qué puede aprender un niño
de alguien que decidió que su mejor opción en la vida
era hacerse profesor?

Recuerda al resto de los invitados de la cena que es cierto
lo que dicen de los profesores:
El que sabe, sabe; el que no, enseña.
Decido morderme la lengua en lugar de morderle la suya
y resistir la tentación de recordar a los invitados de la cena
que puede decirse lo mismo de los abogados.
Porque después de todo estamos comiendo, y esta es una conversación civilizada.

Por ejemplo, Taylor, tú eres profesor.
Sé honesto. ¿Tú qué es lo que haces?

Y desearía que no hubiese hecho eso —pedirme que fuera honesto—
porque, sabes, yo tengo esta norma sobre la honestidad y patear culos:
si tú lo pides, te lo voy a dar.
¿Quieres saber lo que hago?
Hago que los chicos trabajen más duro de lo que pensaban que podían.
Hago que un aprobado parezca una Medalla al Honor
y que un sobresaliente bajo siente como una bofetada.
¿Cómo te atreves a desperdiciar mi tiempo
dándome algo menos que lo mejor que puedes dar?

Hago que los chicos se sienten durante cuarenta minutos de estudio
en absoluto silencio. No, no podéis trabajar en grupo.
No, no puedes hacerme una pregunta.
¿Que por qué no te permito ir al baño?
Porque estás aburrida.
Y en realidad no quieres ir al baño, ¿verdad?

Hago que los padres tiemblen de terror cuando los llamo a casa:
Hola. Soy el señor Mali. Espero no llamar en mal momento,
quería hablarle de algo que su hijo ha dicho hoy.
Al matón más grande del instituto, su hijo le ha dicho:
«Deja a ese niño en paz. Yo también lloro a veces, ¿tú no?
No es nada importante.»
Y ese es el acto de coraje más noble que he visto en mi vida.

Hago que los padres vean qué son realmente sus hijos
y qué pueden llegar a ser.

¿Quieres saber lo que hago? Hago que los críos se pregunten a sí mismos,
que hagan preguntas a los demás.
Que sean críticos.
Les hago que pidan disculpas y que lo sientan de verdad.
Les hago escribir.
Les hago leer, leer, leer.
Les hago deletrar definitivamente hermoso, definitivamente hermoso, definitivamente hermoso
una y otra vez y otra más hasta que ya nunca vuelven a escribir mal
ninguna de esas palabras en sus vidas.
Hago que enseñen todos sus cálculos en Matemáticas
y que oculten sus borradores en los trabajos finales de Lengua.
Les hago entender que si tienes inteligencia
vas a seguir al corazón
y que si alguien intenta alguna vez juzgarte por lo que haces,
le enseñes el dedo corazón.

Mira, déjame que te lo explique más claramente, para que sepas que lo que digo es verdad:
lo que hacen los profesores es cambiar las cosas. ¿Qué es lo que haces tú?

La sociedad, el mercado y la LOMCE

13 de May de 2013

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En uno de los capítulos del libro Las trampas del deseo, del psicólogo Dan Ariely, se habla de las «normas sociales» como un opuesto a las «normas mercantiles». Esto es más o menos así: en nuestra esfera psicológica, diferenciamos claramente, aunque a menudo sin darnos cuenta, lo que hacemos profesionalmente de lo que hacemos por el placer de ayudar al prójimo. Es por eso, por ejemplo, que ayudaríamos a un amigo —o incluso a un vecino más o menos desconocido— a subir un piano a su casa a cambio de la invitación a un café, pero no a cambio de dos euros. Además, según parece haber demostrado el autor, si cometemos la imprudencia de romper el engrase social, la buena relación se pierde. Un caso práctico: un amigo nos invita a comer como muestra de amistad. Él aceptaría que no le diésemos nada a cambio —de hecho, lo hace por el aprecio que nos tiene—, o que lo invitemos a un par de copas. Pero si nos ofrecemos a pagarle la comida, se produciría una desagradable reacción que podría estropear para siempre nuestra amistad.

A este respecto me han llamado especialmente la atención algunos párrafos que cuentan cómo las empresas han ido añadiendo elementos afectivos o sociales a las condiciones de trabajo de sus empleados, para crear en ellos un vínculo de fidelidad y que les sea más difícil abandonar su puesto. Cuando se trabajaba en cadenas de montaje, por horas, y había un silbato que marcaba el final del turno, el trabajador simplemente dejaba su puesto y se iba —como es lógico, puesto que era esa hora la que se le pagaba, ni un minuto más—. Uno de los trucos de la empresa consiste ahora en pagar mensualidades, con lo que el tiempo que se supone que dedicamos a trabajar por un dinero estipulado tiene unos límites más difuminados. Pero hay otros trucos:

Hoy, cada vez más, las empresas consideran ventajoso crear un intercambio social, sobre todo en la medida en que en el mercado actual los países avanzados son, de manera creciente, productores de bienes intangibles. […] Y paralelamente la frontera entre el trabajo y el ocio se ha hecho más difusa. Los que dirigen las empresas quieren que pensemos en el trabajo mientras vamos conduciendo a casa o mientras estamos en la ducha. Nos dan ordenadores portátiles, teléfonos móviles y Blackberries para salvar la distancia que va del trabajo a casa

Cuidado, pues, con los regalos envenenados. Tu jefe no te regala un móvil de empresa porque sea un buen tipo, sino porque así es tu dueño las veinticuatro horas.

El autor continúa argumentando que la transformación de toda relación empresarial en una relación puramente mercantil, sin nada de social, puede, a medio plazo, convertir al trabajador en alguien menos productivo.

Hay algo, también, sobre la educación; concretamente, sobre los peligros de convertir la educación en una mera fábrica de productores, de trabajadores empresariales, de emprendedores, por usar la terminología liberal:

En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

Si este investigador sabe de lo que habla —y yo diría que sí, pues imparte clases en una de las universidades más prestigiosas del planeta—, nos la vamos a pegar estrepitosamente con la futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, PDF), que el Gobierno está a punto de aprobar con la oposición de una mayoría de la comunidad educativa, y cuyo quinto párrafo, sin retocar, es este:

La educación es el motor que promueve el bienestar de un país; el nivel educativo de los ciudadanos determina su capacidad de competir con éxito en el ámbito el panorama internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por un futuro mejor.

Puede que esto sea bueno, a corto plazo, para los beneficios empresariales. ¿Pero es bueno para la sociedad? Yo tengo mis serias dudas.

Hay que comer

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