Ars longa, vita brevis

Imágenes de Gigapxl y Gigapan en Google Earth

16 de June de 2008

Supongo que todos conoceréis Google Earth; es un programa gratuito que te presenta el mundo a vista de satélite, con muchas funciones, entre las que me parecen destacables sobre todo las que parten de la colaboración de los usuarios, como edificios en tres dimensiones, fotografías de los lugares, etc.

Tiene otras muchas cosas muy atractivas, pero yo tengo las oposiciones (había escrito involuntariamente oposucciones) ahí al lado, y vosotros a Google, así que si queréis saber más, ale, a trabajar.

Por su parte, Gigapxl es un proyecto de toma y presentación de fotografías en altísima resolución que está en marcha desde hace varios años. En el año 2001 ya contaban con cámaras de 260 megapíxeles (para que os hagáis una idea, hoy en día las cámaras medias tienen entre 4 y 6) y hacia finales de 2004 se movían en el rango de 4.000-6.000. Gigapan es un proyecto parecido, pero especializado en fotografías panorámicas.

Una de las últimas funciones que he descubierto en Google Earth es la posibilidad de acceder a las fotografías de Gigapxl y Gigapan, que quedan integradas en el mapa de forma muy natural, casi como si estuvieran ahí mismo. Cuando ves el icono de uno de estos dos servicios, haces clic con el ratón y te puedes introducir en la imagen.

La resolución que alcanzan es increíble. Como ejemplo, fijaos en la siguiente fotografía del esqueleto de Sue, la tiranosaurio rex mejor y más completamente conservada (y la más grande encontrada hasta la fecha, contando machos y hembras), que se puede ver en el Museo de Campo de Historia Natural de Chicago. Esta es la fotografía sin ampliar:


Haz clic sobre la imagen para verla a tamaño completo

Y aquí tenéis un detalle de sus dientes de delante:

Impresionante, lo sé. Primero tenéis que activar la capa Gigapxl, y después, estos son los iconos que tenéis que buscar en el mapa:

Por cierto, una curiosidad: el cráneo de Sue no es el fósil original, sino una reconstrucción. El original estaba bastante deformado, y aunque también puede verse en el museo, no quedaba tan bien como la maqueta que le han hecho a escala, basándose en los cráneos buenos encontrados y en el tamaño y la morfología de la propia asesina psicópata. Y es que, hace 65 millones de años, ser guapo ya era importante. Por lo visto.

En dos palabras

19 de May de 2008

«No hay tutía.» La palabra tutía es una deformación de atutía, que viene del árabe hispánico attutíyya, y esta del árabe clásico t?tiy?(‘), que a su vez procede del sánscrito tuttha. La atutía era el óxido de cinc que se quedaba adherido a las paredes interiores de las chimeneas, y que tratado con ciertas sustancias era vendido como remedio para diversos males. La expresión del principio quiere decir que no hay remedio (esto es, «atutía» o «tutía») para algún mal que se padece, o bien no hay posibilidad de conseguir algo que se desea (fuente). La expresión está en proceso de sufrir una nueva deformación y convertirse en «no hay tu tía», debido a que los hablantes han perdido el vínculo conceptual con el significado de la palabra original y la identifican, erróneamente, con dos palabras distintas que sí conocen. Ha pasado siempre y seguirá pasando, no hay por qué alarmarse. En lingüística estas deformaciones incultas se conocen como «etimología popular».

«Te voy a dar una somanta de palos.» Somanta («tunda, zurra») es una palabra compuesta de la preposición «so» (que antes se estudiaba en la escuela: «… según, sin, so, sobre y tras», pero que en muchos de los libros de texto actuales ya solo se cita como arcaísmo, si es que se hace) y de «manta». So significa «debajo de» y viene de la preposición latina sub, que en castellano actual se usa como prefijo («submarino», «subcontratar»). No debe confundirse con el «so» de «so tonto», que procede de «señor» (latín senior, más viejo). La expresión proviene, probablemente, de la acción de cubrir a alguien con una manta (esto es, ponerlo so la manta) y darle la paliza de su vida, costumbre muy arraigada en nuestra península, como otras en que un número indeterminado de personas abusa físicamente de otra o de un animal para regocijo general.

El signo et

16 de April de 2008

Et

El otro día me preguntaron mis alumnos qué significaba y de dónde venía el signo &, y sabía la respuesta a ambas preguntas, aunque no tenía profundos conocimientos sobre el tema. Cuando llegué a casa a la hora de comer, el esfuerzo que hace todo profesor por desconectar de los problemas escolares hizo que me olvidara del asunto… hasta hoy, en que casualmente he visto una anotación al respecto en Microsiervos.

Lo que yo ya sabía: que este signo proviene del latín et, que significa «y» y que ha perdurado en las lenguas romances (como el castellano, el catalán i o el francés et) e incluso ha podido penetrar en el léxico del vascuence, ya que su conjunción eta viene del latino et. Esto es bastante inusual, puesto que son mucho más frecuentes los préstamos entre palabras que constan de lexema (para entendernos, especialmente verbos, nombres y adjetivos) que en las que son puro morfema, esto es, aquellas cuyo significado es meramente gramatical, como las conjunciones, los pronombres o las preposiciones.

Todos sabemos que es muy fácil que adoptemos préstamos lingüísticos en los sustantivos (fútbol), en los verbos (chatear) o en los adjetivos (izquierdo, del vasco ezkerra), pero seguro que casi ninguno de vosotros sabe decirme una preposición, una conjunción o un determinante que hayamos adoptado del inglés, con toda la poderosa influencia que esta lengua ejerce sobre todos los idiomas vivos. En fin, este es un tema que da para otro post.

También sabía que el símbolo & se debía a una deformación de las letras et producida por su escritura rápida. En la imagen que ilustra estas líneas tenéis la evolución que ha sufrido el símbolo, desde las dos grafías hasta el único dibujo actual.

Lo que no sabía, por ejemplo, es que su nombre en inglés es ampersand, que es una deformación de and per se and, que significa «y por sí mismo, y», una fórmula mnemotécnica para aprender el alfabeto (más en la Wikipedia). También había advertido que es mucho más frecuente en los textos en inglés que en español, y no sabía la razón. Ahora que la conozco, se muestra de una lógica aplastante: la conjunción copulativa principal en inglés no viene de et sino que es and, procedente del inglés antiguo, y probablemente antes del antiguo altogermánico unti (alemán moderno und). Es lógico que un angloparlante quiera abreviar tres letras en un símbolo que representa dos, pero no que un castellanohablante quiera “abreviar” una letra en un símbolo más largo y por tanto más costoso en la economía lingüística.

Este es el motivo más probable a mi parecer de que veamos escrito en inglés Johnson & Co., pero en castellano Manolito y Cía., por ejemplo.

Para saber más sobre el signo y su evolución, aquí tenéis un interesante y bien ilustrado artículo en la web de Adobe.

Si tenéis intención de usar este símbolo en una web, un post de vuestro blog, etc. es mejor que utilicéis la fórmula & así como la veis escrita, que ofrecerá el símbolo deseado y os evitará unos muy probables problemas con el código de vuestras páginas y la forma en que se muestra a los visitantes.

El monolito, explicado

3 de April de 2008

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Se cumple el 40º aniversario de la película más grande de todos los tiempos, 2001: una odisea del espacio, del director Stanley Kubrick y con guión de Arthur C. Clarke, que nos dejó tristemente hace unos días.

Esta cinta supuso la confirmación del séptimo arte como Arte con mayúscula, un arte adulto, independiente y autónomo, una obra digna de admirar, de recordar y de imitar. Una pieza de manufactura humana que no se basa en el diálogo, en la imagen, en la música ni en el guión, sino que usa esas y otras herramientas para crear una experiencia de belleza total.

Pero… sigue habiendo gente que la detesta y gente que no la entiende. Dicen que son más de dos horas de imágenes casi sin diálogo (de los 140 minutos, solo 40 son hablados, y la mayoría de las elocuciones son del robot HAL). Que es lenta, a pesar de que condensa un millón de años en poco más de dos horas. Y que no tiene sentido.

Aunque la intención de Kubrick no era que la gente entendiese la película, sino que la sintiesen como una experiencia autónoma, mística o religiosa, tanto da, el hecho es que la intención de Clarke sí era que la gente comprendiese lo que estaba pasando.

Lo más incomprensible, aparentemente, de la película es el monolito. Una enigmática estructura negra de proporciones perfectamente matemáticas (1 x 4 x 9, los tres primeros cuadrados) fabricada en un material desconocido, que aparece en la película en cuatro momentos cruciales. Hace un millón de años, en África, donde viven unos simios peludos e idiotas que con el tiempo se convertirán en humanos. Otra en el año 2001, enterrado en la luna, al que los astrónomos de la NASA bautizan como TMA-1 (Anomalía magnética 1 del cráter Tycho). Otra en las cercanías de Júpiter (aunque en la novela de Clarke es Saturno, pero en la película era demasiado complicado replicar los anillos con los efectos especiales de 1968). Y una última en la misteriosa habitación que convierte a un prematuramente envejecido Dave Bowman en el famoso niño de las estrellas.

La esencia del monolito, o al menos su función, de acuerdo con la idea de Clarke, es bastante clara. Es al mismo tiempo una alarma y un catalizador. Hay una entidad poderosa y no desvelada, –¿Dios? ¿Unos extraterrestres? ¿El propio universo?– que va sembrando monolitos a lo largo y ancho del universo. La intención del primero, enclavado en la sabana africana, es estimular la evolución en unas formas de vida primitivas que son susceptibles, con el tiempo, de alcanzar la inteligencia. Cuando nuestros velludos antepasados descubren el monolito al amanecer, primero sienten un miedo ancestral, e intentan golpearlo, aunque los más valientes se atreven a acercarse, olerlo, tocarlo e incluso lamerlo.

Estos simios están al borde de la desaparición. Viven en un mundo que se está secando, y las antiguas selvas africanas se están convirtiendo en secas y desoladas sabanas. Hay un exiguo charco de agua que encima tienen que pelear con otro grupo de monos en apariencia más fuertes que ellos. Los leopardos los diezman. Son herbívoros (como casi todos los grandes monos) y tienen que competir por las escasas plantas que les sirven de alimento con gigantescos y bobalicones tapires (una especie de cerdos salvajes).

Después del encuentro con el monolito, uno de los monos buenos (Moonwatcher se llama en la novela, aunque en la película no se le da nombre) se siente algo extraño. Empieza a jugar con unos huesos de tapir. Y descubre algo. Sirven para golpear. Multiplican la fuerza de su brazo. Y están más duros que sus músculos, así que pueden hacer más daño. El monolito ha propiciado el descubrimiento de la herramienta por primera vez en la historia de la Tierra.

Este descubrimiento va aparejado con otros no menos interesantes. Los tapires que pasean tranquilamente a su lado son una fuente de proteínas inmensamente más rica que las hojas de los agonizantes arbustos. Y aunque son unas bestias enormes, con la ayuda de las recién descubiertas armas los pueden matar y comer su carne, con lo que se hacen más grandes y fuertes, e incluso les sobra comida. El mono se ha hecho omnívoro. Y además, con el hueso, puede matar al leopardo, su mortal depredador.

El siguiente encuentro con los monos rivales cambia las tornas por completo. Los otros son más grandes, más osados, y reclaman su derecho al agua por la fuerza. Nuestros tímidos protagonistas no se atreven a acercarse mientras el macho dominante enemigo bebe. Pero entonces Moonwatcher da un paso adelante con un hueso en la mano, se acerca a su rival y lo asesina a golpes de fémur. Se acaba de cometer el primer asesinato de la historia. El grupo de Moonwatcher será el que lleve la delantera en la carrera por la evolución: son nuestros antepasados directos. El monolito les ha hecho ver cosas de las que nunca antes se habían dado cuenta.

Un millón de años más tarde, la NASA descubre el segundo monolito, el TMA-1, excavando en la luna. El gobierno de los EEUU lo mantiene en riguroso secreto y congrega a un grupo de expertos para estudiarlo. Se ha intentado dañar su superficie con todas las energías imaginables, pero no parece inmutarse. Al cabo de unas semanas, un grupo de astronautas se acerca para examinarlo en primera persona. Entonces, TMA-1 comienza a emitir un sonido ensordecedor a unos decibelios altísimos, que derriba a los hombres de dolor.

TMA-1 era el segundo paso. El primero era estimular la aparición de la inteligencia en unos animales primitivos, para convertirlos en seres racionales. El segundo servía de aviso. El monolito está enviando a través del espacio una señal: el monolito enclavado en la sabana africana ha culminado su misión con éxito, y un millón de años después, los monos han alcanzado un desarrollo tecnológico tal que son capaces de construir naves espaciales y abandonar su planeta. Por eso TMA-1 estaba enterrado en la luna. Para avisar de que ya hemos llegado hasta ahí.

Meses más tarde, la nave Discovery se encuentra en viaje hacia Júpiter, hacia donde apuntaba la señal emitida por el monolito lunar. No saben qué se van a encontrar ahí. Ni siquiera la tripulación, que ha viajado pensando que se encuentra en otra misión. En un momento determinado (cerca de la locura del superordenador HAL) la misión es desvelada al astronauta Dave Bowman. Es el único superviviente después de que HAL aniquilase al resto de la tripulación. Las herramientas del hombre, los huesos de tapir evolucionados, siguen sirviendo para cometer asesinatos, pero ahora se han vuelto tan peligrosos que ni siquiera requieren de la voluntad humana. Bowman escapa de HAL reiniciándolo. Y entonces descubre un gigantesco monolito en la superficie de una de las lunas del gigantesco Júpiter. Sin poder evitarlo, va hacia él, y el monolito se convierte en una puerta espacio temporal que transporta al hombre hacia lo desconocido.

Lo desconocido es una misteriosa habitación de un hotel lujoso, a miles de billones de kilómetros de la Tierra. Bowman sale de la cápsula espacial, incrédulo ante lo que ven sus ojos. Hay una mesa con algo de comida y una copa de vino. Se sienta a comer. En un descuido, tira la copa de vino al suelo. La copa se rompe pero el vino sigue siendo vino, con las mismas propiedades, pero adaptado a la forma de la superficie del suelo en lugar de a la forma de la copa (luego volveremos sobre esto).

Dave Bowman se está haciendo viejo a una velocidad decenas de veces superior a la normal. Ha pasado de aparentar cuarenta años a sesenta. En la siguiente escena, lo vemos como un anciano centenario en su lecho de muerte. Con sus últimas fuerzas, levanta la mano para señalar aterrorizado una aparición que ha surgido justo delante de él. Es el monolito.

Cuando la cámara vuelve a enfocar al hombre, su cuerpo ya no existe. Se ha convertido en el niño de las estrellas. Una especie de feto recubierto de una placenta de energía mística.

El último monolito, igual que el primero, ha provocado la evolución del hombre. De hecho, la ha culminado. El primero convirtió un hatajo de monos en unos seres primitivamente racionales. El último ha causado la culminación de nuestro proceso evolutivo: hemos abandonado nuestras ataduras materiales, y mediante la famosa ecuación de Einstein (E=mc²) nos hemos convertido en seres de energía pura, omniscientes, todopoderosos. Ahora entendemos la metáfora de la copa de vino. La copa (el continente, el cuerpo hecho de carne, sangre y huesos) se rompe, pero el vino, la esencia (el alma, la consciencia o como queramos llamarlo) permanece intacto. El grupo de monolitos ha terminado su misión y el hombre regresa a su planeta (aunque con finales distintos en la película y en la novela).

Se entiende ahora el porqué de la aparición de la melodía Also sprach Zaratustra (Así habló Zaratustra) de Strauss en las dos apariciones del monolito en que este nos empuja hacia la evolución. El compositor produjo esta obra basándose en el libro homónimo de Nietzsche, que cuenta las andanzas del profeta persa Zaratustra (o Zoroastro en su versión castellanizada), a quien el filósofo alemán consideraba el primer inmoralista de la historia. Para Nietzsche –simplificando parte de su filosofía hasta el extremo– la moralidad humana era la principal debilidad que nos impedía evolucionar, que nos hacía sentir compasión por los débiles, permitiendo que sobrevivieran y empeorando así la especie. La actitud zoroastriana nos permitiría avanzar como especie, y por eso cuando el hombre evoluciona ayudado por el monolito, escuchamos las palabras de Zoroastro en los inmortales tonos ascendentes y míticos de Strauss.

Y eso es todo. El monolito no es más que eso. Un catalizador de nuestra evolución, y al mismo tiempo un testigo mudo, impasible e indiferente de nuestro gran viaje por el inmenso y misterioso cosmos.

¿Cómo que venimos del latín? I – Las lenguas se acortan

11 de February de 2008

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En la imagen, Cicerón.

Desde el colegio, al menos cuando yo era pequeño, nos enseñan que el castellano viene del latín. ¿Pero qué es eso de que viene del latín? ¿Es que el latín es un sitio o algo así? Vamos a ver si aclaramos unos cuantos conceptos.

Las lenguas cambian. Antes se decía que degeneraban, y ahora que evolucionan. Yo no estoy totalmente de acuerdo con ninguno de los dos conceptos, pero creo que la realidad se aproxima más a lo segundo: las lenguas cambian porque cambian las necesidades de los hablantes, y estas necesidades provocan los cambios. Por ejemplo, un cambio universal que se da en todas las lenguas es que se van acortando con el tiempo. Verbigracia, el inglés es más antiguo que el castellano, y esto se ve en que sus palabras son, de media, más cortas. Al mismo tiempo, sabemos que el chino es anterior al inglés, por la misma razón. Y para explicar esto tenemos que echar mano de la teoría de la información y otros avances en el campo de la lingüística.

Las lenguas se rigen, generalmente, por el principio de economía. Esto tiene que ver, como casi todo, con la conservación de la energía: la energía disponible para el cuerpo es limitada y difícil de conseguir, y por lo tanto es lógico que los organismos tiendan a ser rácanos en cuanto a su uso. Podemos ver ejemplos claros en dos lenguas que todos conoceréis: el castellano y el inglés. En el castellano, por ejemplo, el sujeto de la oración casi nunca se dice, a no ser que queramos destacarlo por algún motivo. No decimos: «Deme usted un paquete de tabaco», ni «Yo voy a comprarme un coche nuevo», a menos que exista confusión sobre quién debe darme el tabaco o quién va a comprarse un coche. En nuestro idioma, los verbos ya tienen incluido el morfema de persona, y por lo tanto volver a decirlo con un pronombre sería totalmente redundante y un derroche de energía. Sin embargo, en inglés es obligatorio… ¿por qué? Pues porque los verbos, en inglés (excepto en la tercera persona del singular), no incluyen el morfema de persona en su conjugación, y por lo tanto si dijéramos «Will buy a new car» nos sería imposible saber quién va a adquirir el nuevo auto.

No obstante, hay veces en que descubrimos que los idiomas sí son redundantes, y a veces hasta límites desquiciados. Por ejemplo, en la oración «Dale a tu hermana un vaso de agua» tenemos dos expresiones que quieren decir lo mismo: «le» y «a tu hermana». Estos casos se suelen explicar por la presencia de ruido en la comunicación. El ruido es cualquier elemento que distorsione el mensaje haciendo peligrar su objetivo informativo, y no tiene por qué ser un fenómeno acústico: puede ser, por ejemplo, la falta de atención del oyente, la pronunciación defectuosa del hablante o un interlocutor que no domine totalmente nuestro idioma. Por definición el ruido es incontrolable, y es por ello que todas las lenguas naturales poseen elementos que repiten informaciones. A este fenómeno se le llama redundancia. Los sistemas de comunicación artificiales, en general, suelen prescindir de la redundancia para hacerse más económicos (sirva de ejemplo la notación de las matemáticas). Sin embargo, cuando la información es tan importante que puede poner en riesgo o a salvo una vida, los lenguajes artificiales también usan de ella: el color rojo del semáforo sería suficiente para que entendiéramos que debemos detener nuestro coche. Pero hay ciertas personas que sufren de un ruido especial: la enfermedad del daltonismo, que puede hacerles confundir el color rojo con el verde. Por eso en los semáforos se utiliza la redundancia: la luz roja significa «parar»; la luz en la posición de arriba significa «parar». Por eso los semáforos tienen tres bombillas, y no una bombilla que cambie de color. El mensaje es redundante a cosa hecha para asegurar que el ruido no afecte al éxito de la comunicación.

Así que las lenguas se van acortando. En general, los hablantes suelen elegir términos más cortos para decir lo mismo, aunque hay excepciones. Algunas personas, para que sus mensajes suenen más grandilocuentes y así parecer más cultos y arañar algo de prestigio social, eligen decir términos más largos para distinguirse del vulgo parlante. A veces alargan de manera ilógica las palabras con morfemas vacíos de contenido («influenciar» por «influir»); a veces utilizan términos incorrectos, y lo gracioso es que lo hacen para parecer más cultos («deflagración» por «explosión», «escuchar» por «oír»); a veces introducen barbarismos («orfelinato» por «orfanato»). Sí, en gran medida estos defectos los exhiben algunos periodistas, esos que en teoría son profesionales de la palabra. Pero, aparte estos y otros hipercultismos, el caso es que la gente normal, que es la que crea la lengua en mayor medida, suele elegir palabras cortas antes que las largas (y acortar las existentes, y sirvan los ejemplos «boli», «profe», «insti» y otros ya totalmente asentados, como «cine» de «cinematógrafo», «metro» de «metropolitano» y «moto» de «motocicleta»).

Y los acortamientos no son sólo mutilaciones de parte de la palabra, sino que abundan los acortamientos fonéticos. En andaluz, por ejemplo, no suele decirse la -s final de los plurales. ¿Pero siguen distinguiendo los plurales de los singulares? Por supuesto, abriendo más la vocal final en el plural (esto se nota mucho, por ejemplo, en el andaluz de Almería). Otra pérdida frecuente es el de la -d- intervocálica, especialmente en los participios (echao, cansao, leío). En este caso la -d- no necesita ser sustituida por otro procedimiento, puesto que era un elemento redundante y aunque no la pronunciemos, no hay posibilidad de confundir el participio con otra unidad, como sí la había de confundir el singular con el plural en el caso de la pérdida de la -s.

En el caso que nos ocupa, el del latín, el primer cambio que inició la larga caminata hacia nuestro idioma fue la pérdida de la -M final en los acusativos. El castellano «rosa» viene del acusativo latino ROSAM; el castellano «puerto» viene del acusativo latino PORTVM. Dicen los entendidos que esa -M ya no se pronunciaba en el período clásico más que por gente afectada, pero los hablantes cultos la seguían escribiendo, igual que los andaluces cultos siguen escribiendo la -s de los plurales, aunque no la pronuncien.

A menudo, a la pérdida de la -M final le seguía la pérdida de la vocal anterior, siempre que la consonante precedente pudiese ir al final de la palabra en el sistema lingüístico correspondiente. Por ejemplo, en el latín CAESPITEM primero cayó la -M y luego la -T- se convirtió en -D- (lo que trataré en un artículo posterior); como el castellano admite la -d al final de palabra, la -E acabó cayendo y dando el español «césped». Sin embargo, en nuestro idioma la *-ch no puede ser final de palabra, y por eso «noche» (de NOCTE) se ha quedado así y no *noch, aunque esto pasó en algunos dialectos peninsulares, como el mozárabe.

También era frecuente la pérdida de la vocal que sucediese a la que llevaba el acento, sobre todo en palabras largas. Es lo que sucedió con SPATVLA, con acento en la primera A. La V (en este caso no es consonante, sino la vocal «u») átona acabó cayendo y dando spadla. Como nuestro sistema consonántico aborrece el grupo -dl-, estas consonantes cambiaron sus lugares en un proceso llamado metátesis y dieron el castellano «espalda».

(Dos cuestiones sobre nuestra espalda: 1. Si decimos que las lenguas se acortan, ¿por qué hemos añadido una e- al principio? Pues porque en el sistema fonológico del castellano no existe el grupo sp- al inicio de palabra (al contrario que en inglés: spider), y entonces la lengua añade un sonido. Es lo que se llama técnicamente prótesis. Sucede en multitud de términos como «espada» (del latín SPATHA, que a su vez viene del griego) o «espina» (de SPINA). 2. Hay otra palabra castellana que viene de SPATVLA: sí, es «espátula». En este caso el único cambio ha sido la prótesis de la e-. En casos como estos, en que tenemos un término que ha evolucionado fonéticamente del latín y otro que hemos adoptado prácticamente sin cambios en época más reciente, hablamos de dobletes lingüísticos. Otros ejemplos son «cátedra» y «cadera» (de CATHEDRA), «minuto» y «menudo» (de MINVTVM), «auscultar» y «escuchar» (AVSCVLTARE), etc.)

La pérdida de la primera vocal de una palabra, si iba seguida de consonante, era un hecho rarísimo, aunque está documentado en vocablos como «bodega» (de APOTHECA, término latino prestado del griego) y un pequeño puñado más.

Y como el post me está quedando muy largo, y estos señores querrán acostarse, otro día seguiremos con las curiosas transformaciones que han hecho que el latín moderno que hablamos ahora difiera tanto del latín antiguo que se hablaba en el imperio y del latín moderno que se habla hoy en Cataluña, Brasil, Rumanía o Italia. En el siguiente episodio nos ocuparemos de las vocales. ¿Por qué COVA ha dado «cueva»? ¿Por qué PONTE, «puente»? ¿TAVRV «toro» y NIVE «nieve»? Pues ya lo veréis.

En La Lengua:

Diez cosas que [probablemente] no sabías sobre el latín, post mítico que fue meneado y que lleva hasta la fecha la nada lucrativa cantidad de 52 comentarios.

Bibliografía:

Diccionario de la lengua española (RAE), vigésima segunda edición. Espasa, 2001.
José Manuel Fradejas Rueda, Prácticas de Historia de la lengua española, 2ª edición corregida y aumentada, UNED, Madrid, 1998.

Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos)

30 de November de 2007

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Solo puedo calificar el presente post de una forma: este es mi blog y escribo lo que quiero. Dudo que le resulte interesante a alguien, aparte de a mí mismo. De todas maneras, si quieres arriesgarte, asegúrate de tener un buen rato disponible para leer: es larguísimo.

El post anterior sobre por qué los simios no pueden aprender a hablar ha tenido bastante éxito (incluso ha salido en Menéame), de lo cual me siento muy pagado, pero algunos comentaristas (en este sitio y en el otro) me han criticado de una manera que me hace sospechar que no han llegado a captar una idea fundamental.

En el citado post yo defendía la idea de que los monos no pueden utilizar el lenguaje. Algunos han entendido (o así lo creo) que yo he negado la capacidad comunicativa de los chimpancés, cosa muy alejada de mi intención. Los chimpancés, como el resto de los animales (yo diría que todos), se comunican. Lo que no pueden es sintetizar y utilizar un lenguaje como el humano. Pero, entonces, ¿hay alguna diferencia cualitativa insalvable entre el lenguaje de las personas y las formas de comunicación animal, aparte de una mayor complejidad cuantitativa? Pues sí que la hay.
(more…)

¿Cuál es el idioma más hablado del mundo?

24 de November de 2007

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Como todos estaréis sospechando, es el chino (aproximadamente mil millones de hablantes). Pero la cuestión tiene más interés cuando nos fijamos en la lucha por las medallas de plata y bronce y por el cuarto puesto.

Según esta página, el segundo puesto está ocupado, para una fuente, por el castellano, para otra por el inglés y para otra por el hindi (lengua mayoritaria en La India). Estamos hablando de hablantes nativos, no de los que tienen al idioma como segunda o tercera lengua, y en todos los casos los hablantes son alrededor de trescientos millones (como el título del antiguo programa de televisión). De cualquier manera, el español no baja del tercer puesto.

Si contamos los que hablan cada idioma, aunque no sea de forma nativa, después del chino van el inglés, el castellano y el ruso (es curioso pensar que hay 20, ¡veinte! millones de personas que hablan el chino sin ser su lengua materna… ya sabéis quién decidirá los destinos económicos del mundo de aquí a nada, y los tiburones de los negocios ya se están poniendo las pilas).

Por número de países, el podio lo ocupa el inglés (115 países), seguido del francés (35), el árabe (24) y el castellano (20).

(Most Widely Spoken Languages)

Razas, lenguas

3 de November de 2007

Me hallo enfrascado en la lectura del libro El instinto del lenguaje, de Steven Pinker (en Fnac), que cuando acabe merecerá un artículo extenso. De hecho, creo que puedo afirmar que esta obra debería ser de lectura obligada para cualquiera que quiera tener una cultura general por encima de la media: algo así como Una breve historia de casi todo, pero en el ámbito de la lingüística, es decir, el estudio de esos códigos que llamamos idiomas y que utilizamos constantemente, incluso para denostarlos.

Una de las informaciones que más me han llamado la atención se refiere a los grandes grupos lingüísticos que existen en la tierra: el SCAN, los grupos khoisa y congo-sahariano, el grupo áustrico, el australiano y el grupo de Nueva Guinea. Todas las aproximadamente 7.000 lenguas que se hablan en la actualidad pertenecen a una de esas seis familias.

También nos habla el libro de grupos étnico raciales claramente diferenciados, originados, presumiblemente, de sucesivas migraciones de grupos humanos desde la cuna africana de la humanidad. Diversos estudios genéticos han demostrado qué grandes poblaciones humanas descienden de qué otras poblaciones, y cuánto puede hacer que se separaron en el tiempo. Hoy en día es posible investigar eso que ocurrió hace miles de años, gracias a nuestro conocimiento de la genética. Y aunque hoy en día no tiene base científica afirmar que haya diferencias intelectuales entre los diferentes grupos humanos, cualquiera puede darse cuenta de que todos los pueblos del África subsahariana tienen un color de piel similar, y que los habitantes del área más oriental de Asia tienen unos rasgos faciales comunes (los famosos ojos rasgados).

Y aquí es donde la ciencia nos da la gran sorpresa. Porque, según un árbol genético trazado por Cavalli-Sforza, los asiáticos nororientales (por ejemplo, los japoneses, siberianos y coreanos) tienen mayor coincidencia genética con los europeos que con los asiáticos surorientales (por ejemplo, chinos y taliandeses). Es decir, que tú, que seguramente eres europeo, tienes un parentesco genético con un japonés mayor que el que el japonés tiene con un chino. Y eso aunque creas que los chinos y los japoneses tienen una cara y unos rasgos muy parecidos y diferenciados de los europeos.

Y ¿a que no sabéis qué? Pues que resulta que, si echamos un ojo a las familias lingüísticas de las que hemos hablado antes, los grupos lingüísticos, a grandes rasgos, se corresponden con los grupos genéticos. Esto es: que la genética ha demostrado algo totalmente inesperado como que los chinos y los japoneses no tienen tanto genéticamente en común; y luego la lingüística, de forma igualmente inesperada, confirma el dato. Las lenguas habladas en Europa están emparentadas con las que se hablan en el noroeste asiático, y las del suroeste asiático pertenecen a una familia diferente.

Aunque todas estas afirmaciones (tanto las lingüísticas como las genéticas) hay que tomarlas con sumo cuidado, es impresionante cómo en el estudio de dos de los grandes enigmas de nuestra especie (el origen del homo sapiens y el origen del lenguaje) pueden cruzarse para darnos datos como estos, que me llevan irremediablemente a una agradable conclusión: es fascinante seguir leyendo.

Cerdo

30 de August de 2007

Cerdo

Estaba leyendo este artículo en un interesante blog (es mi último descubrimiento y os lo recomiendo sin reservas) cuando la última afirmación me dejó mosqueado: es cuando el autor nos pregunta

¿Sabíais que el Arabe tiene más de 3000 palabras que significan caballo y más de 9000 para decir camello?

Aunque he googleado durante un buen rato, no he podido dar con ninguna fuente que sostuviese esa afirmación, pero sin lugar a dudas puedo afirmar que no es correcta (las razones que esgrimo las podéis leer en este comentario y los que siguen). En concreto, digo que

hay un universal lingüístico ampliamente aceptado que es el de la economía del lenguaje: la lengua va eliminando términos repetidos, para evitar un sobreesfuerzo memorístico y hacer más eficiente la comunicación. En los pocos casos en que hay sinónimos absolutos (perro y can, veneno y ponzoña, etc) el idioma se va encargando de ir eliminando un término en favor de otro (en los casos citados han prevalecido perro y veneno, por ejemplo).

Si bien sigue habiendo sinónimos en todas las lenguas, estos casos son siempre debidos a leves distinciones en el significado (por ejemplo, perro y sabueso) o bien a diferencias estilísticas o sociales (cuello y pescuezo, trabajo y tajo, etc.).

En el caso de que hubiese varios términos en el árabe o cualquier otra lengua para referirse a los caballos, esto debería deberse principalmente a dos factores: diferencias estilísticas o bien diferencias de significado. Por ejemplo, si tienen caballos como animales de carga, o de batalla, o como montura, es posible que haya una palabra diferente para cada caso (aunque no es demasiado frecuente).

Incluso en casos en que un determinado animal haya sido muy importante para determinadas culturas (por ejemplo, el caballo en las culturas europeas, o el camello en las de medio oriente) es casi imposible que haya tantos términos para una sola realidad (aunque, metiéndonos en más honduras lingüísticas, las palabras no expresan “realidades” sino “conceptos”). Es totalmente antieconómico, y además me resulta difícil imaginar 3.000 conceptos distintos de caballo, y más difícil todavía que, existiendo un menor número de conceptos, el idioma conserve tantos términos que en el habla corriente no tendrían demasiada utilidad.

Pero el caso es que pensando en el tema, me he acordado del caso del cerdo. El cerdo es un animal que ha sido casi siempre importantísimo para los pueblos de la Península, y siempre ha habido un montón de hechos culturales alrededor de él. Aparte de expresiones despectivas (“hueles como un cerdo”) o positivas (“eres como el cerdo, que tiene buenos hasta los andares”), tenemos en nuestro idioma un montón de palabras para referirnos a este divino animal. Me gustaría que me ayudáseis a hacer un inventario de las palabras que usamos para hablar de los cerdos, para ver hasta dónde llegamos. Dejadme vuestras propuestas en los comentarios y las iré añadiendo.

Cría: lechón, cochinillo, gorrino…
Adulto: cerdo, puerco, guarro, marrano…

Actualización: Echando un vistazo por casualidad a la versión traducida por Google, Pig, encuentro una buena demostración de lo dicho anteriormente en este post: para el trío “lechón, cochinillo, gorrino”, en inglés dice “pig, cochinillo, gorrino”, esto es (si consideramos más o menos fiable la traducción): en inglés no hay palabra para la cría del cerdo (este diccionario online me dice que es “suckling pig”, algo así como “cerdo mamón” o “lactante”, para ser más finos), y ni siquiera admite los matices de las dos siguientes palabras; para las cuatro palabras del cerdo adulto, “cerdo, puerco, marrano, guarro”, la versión traducida dice “pig, pig, guarro, pig”. ¿La realidad configura el lenguaje, o es a la inversa? Esto da para otros cuantos posts…

El reino de lo invisible

8 de August de 2007

Algunos científicos piensan ahora que podría haber hasta 100 billones de toneladas de bacterias viviendo bajo nuestros pies, en lo que se conoce como ecosistemas microbianos litoautótrofos subterráneos. Thomas Gold, de la Universidad de Cornell, ha calculado que si cogieses todas las bacterias del interior de la Tierra y las vertieses en la superficie, cubrirían el planeta hasta una altura de 15 metros, la altura de un edificio de cuatro plantas. Si los cálculos son correctos, podría haber más vida bajo la tierra que encima de ella.

Da que pensar. Esto quiere decir que si sumas la masa de todas las ballenas azules, los cachalotes, los calamares gigantes, los meros, los cangrejos emperador y el resto de las criaturas de los océanos, más todos los elefantes del mundo, las jirafas, las llamas, los koalas, los rinocerontes, los hipopótamos, los tigres, leones, leopardos, guepardos, linces, lobos, osos pardos, grises y polares, cóndores de los Andes, avestruces, chimpancés, gorilas, orangutanes, monos araña, arañas, seres humanos… es decir, todo lo vivo que se ve en el mar, la tierra o el aire, su masa representa un pequeño porcentaje de la vida en nuestro planeta. La inmensa mayoría de los seres vivos de la tierra viven fuera del alcance de nuestra vista en las almohadas, en tu escritorio, en el monitor que estás mirando ahora mismo, en tus manos y toda la superficie de tu piel, tu lengua, tus ojos, tu estómago, tu faringe, el aire, las rocas, el agua, la tierra y el mundo subterráneo. Y lo más truculento de todo: la mayoría de los miles de millones de bacterias que viven en el interior de nuestro cuerpo son necesarias para la vida humana, ya que nos ayudan a hacer la digestión y otros procesos vitales.

No me canso de devorar este libro. Si no lo estás leyendo (o comprando) en este momento, no sé a qué demonios esperas.

Hay que comer

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