Ars longa, vita brevis

Estadísticas de 2009

15 de February de 2010

Dan Meyer, un profesor estadounidense, ha estado guardando estadísticas de sus principales actividades de ocio durante el año 2009 (beber cerveza, escuchar música, ver cine, enviar SMS, etc.). Después ha hecho un vídeo y lo ha subido a Internet, y el resultado es digno de verse:

Dan Meyer’s 2009 Annual Report from Dan Meyer on Vimeo.

En su blog cuenta con cierto detalle cómo lo llevó a cabo.
Vía Boing Boing.

Human FX

11 de June de 2009

Recomiendo escuchar este vídeo con los ojos cerrados y el volumen de los altavoces bien alto. Y luego verlo, esta vez con los ojos, para no creer lo que estás viendo. Es impresionante.


Enlace al vídeo en YouTube

Vía Neatorama.

Misión amarte

10 de June de 2009

mars-fresh-impact

Imposible no amar al planeta rojo. Nunca habías estado tan cerca de Marte, vía Menéame.

Hachiko y el perro de Fry

8 de February de 2009

Si sois incondicionales de la extinta serie Futurama, como yo, recordaréis un capítulo en que en la Nueva Nueva York del año 3000 y algo encuentran el fósil de Seymour, el perro callejero que Fry adoptó después de compartir con él un trozo de pizza:

El final de ese episodio es uno de los más tiernos y tristes que he visto, y muestra el final del pobre Seymour, años después de que Fry quedara atrapado en la cámara criogénica, con la melodía de fondo «If it takes forever, I will wait for you» (Aunque me lleve la vida entera, te seguiré esperando), interpretada por Connie Francis. No os cuento nada, mejor lo veis vosotros mismos:

Pues bien, este final, y casi todo el capítulo, están basados en la historia real del perro Hachiko, compañero inseparable de un profesor de Agricultura en la Universidad de Tokio. Hachiko siempre acompañaba a su dueño hasta la estación de tren por la mañana, regresaba a casa, y luego, a la hora de la tarde en que regresaba en tren, iba de nuevo a esperarlo.

Un día de 1925 el profesor sufrió un paro cardíaco en la universidad, y murió allí. Por la tarde, el perro, tras comprobar que su dueño no se encontraba entre los viajeros que bajaban de los vagones, regresó a casa. Pero al día siguiente volvió, primero a la hora de salida del tren por la mañana, y luego por la tarde, cuando su amo solía llegar desde Tokio.

Años después, los usuarios habituales de esa estación, conmovidos por la historia de Hachiko, hicieron una colecta para erigir una estatua que honrara su fidelidad. El propio perro estuvo presente durante la inauguración.

Un año más tarde, Hachiko murió, después de haber ido diariamente dos veces a la estación durante diez años para buscar a su amo. Durante la Segunda Guerra Mundial la estatua fue fundida por las necesidades bélicas, pero en la posguerra los habitantes del distrito de Shibuya se empeñaron en que se restituyese el recuerdo de Hachiko, y se encargó al hijo del autor de la primera estatua –que había fallecido– una segunda estatua, que hoy día se puede ver en la estación.

Lamentablemente, los seres humanos a veces no sabemos dónde termina el recuerdo de un ser extraordinario y dónde comienza el mal gusto, y el cadáver disecado del perro puede verse en un museo (buscad si queréis el nombre de Hachiko en Youtube).

En 1987 se dirigió Hachiko monogatari, película basada en esta historia real que supera a la ficción. Actualmente se encuentra en producción otra película sobre este perro de raza Akita, producida y protagonizada por Richard Gere. Pero algo me dice que no superará a la original (y eso que no he visto ninguna de las dos). He aquí unos fragmentos de la película original, con emocionante música de fondo. Advertencia: el visionado del siguiente vídeo puede provocar que hombres hechos y derechos se pongan a llorar como nenazas, así que usadlo con precaución.

Egolingüística

24 de June de 2008

Antes de nada, disculpad la falta de frecuencia en actualizar el blog, pero muchos sabéis que estoy en pleno proceso de oposiciones (he hecho ya la primera prueba de dos) y no tengo la cabeza para nada aparte de llevar los cuernos. Pero bueno, nosotros a lo nuestro.

En una de las lenguas de los esquimales, la palabra con la que ellos se designan, inuit, significa «gente». Solo ellos son «gente», el resto de las personas… pues no (fuente).

En inglés, al contrario del castellano, se nombra primero la persona que habla y luego las otras: I and my girlfriend are young adults.

Por el contrario, en castellano, la palabra para designar a los otros (others en inglés) es los «demás». O, dicho de otro modo: los de más.

En tres palabras

17 de June de 2008

Se desconoce el origen de la palabra perro. Lo normal, siendo una palabra de uso frecuente, es que hubiésemos seguido utilizando la palabra patrimonial can, que viene del latín canis (y que sí ha triunfado en otras lenguas romances: véanse el francés chien y el italiano cane). Sin embargo, en el habla sólo se usan los derivados de can: canino, cánido, etc. y prácticamente ha desaparecido la palabra original, que solo se usa para demostrar que existen los sinónimos (por lo menos una rubia de entre mis lectores entenderá esta última afirmación).

La primera vez que aparece la palabra en un documento es en el año 1136, referida a la población del Monte de Perra. Esto, según Corominas, pues hay quien afirma que Perra es una deformación de Piedra (del latín petra). Es todo lo que sabemos sobre su origen.

Una de las teorías sobre esta bonita palabra es que evolucionó a partir de la onomatopeya que usan los pastores para llamar o dar órdenes a sus perros: «prrr». Me parece improbable, pero no imposible. De hecho, el catalán gos tiene precisamente ese origen, pues los pastores catalanes llamaban a los perros gritándoles «gus» o «kus».

En cualquier caso, una cosa es cierta: no hay ninguna palabra en ningún otro idioma relacionada con ella.

Por su parte, la palabra murciélago (que antiguamente era murciégalo) viene de los vocablos latinos mus, «ratón», y caeculus, diminutivo de caecus, «ciego». Esta palabra tiene mucho menos misterio que la anterior, aunque siempre me ha parecido que tiene un sonido hermoso. Murciélago. Ratón cieguito.

Una tercera palabra, izquierdo, -a, ha tenido que vivir una pequeña aventura para llegar hasta nosotros desde las inhóspitas montañas vascas.

La palabra patrimonial (esto es, la que procede de nuestra lengua madre, el latín) era siniestro, de sinister, contraria a diestro (de dexter, como el asesino simpático).

Pero los españoles medievales eran muy supersticiosos. Y pensaban que si un ave –especialmente si era negra– les salía al encuentro por la izquierda cuando salían a una empresa, era un signo de mala suerte. Y, con el uso, al final el mero hecho de decir «tomemos el camino siniestro» les daba escalofríos. La palabra se convirtió en tabú, y como pasa en estos casos, fue sustituida. En una época de gran permeabilidad (en España durante la Edad Media se hablaban, al menos, castellano, vascuence, leonés, catalán, gallego-portugués, aragonés, riojano, árabe, mozárabe, hebreo y otras lenguas, y los intercambios entre ellas eran frecuentes) no hubo problema en adoptar el vasco ezkerra para denominar el lado izquierdo de las cosas, y al final la palabra evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy. El mismo cambio se produjo, presumiblemente, en el catalán, ya que al parecer los catalanes eran tan supersticiosos como los castellanos. Y en el portugués. La palabra patrimonial no desapareció, simplemente sufrió un cambio de significado.

En La Lengua:

Imágenes de Gigapxl y Gigapan en Google Earth

16 de June de 2008

Supongo que todos conoceréis Google Earth; es un programa gratuito que te presenta el mundo a vista de satélite, con muchas funciones, entre las que me parecen destacables sobre todo las que parten de la colaboración de los usuarios, como edificios en tres dimensiones, fotografías de los lugares, etc.

Tiene otras muchas cosas muy atractivas, pero yo tengo las oposiciones (había escrito involuntariamente oposucciones) ahí al lado, y vosotros a Google, así que si queréis saber más, ale, a trabajar.

Por su parte, Gigapxl es un proyecto de toma y presentación de fotografías en altísima resolución que está en marcha desde hace varios años. En el año 2001 ya contaban con cámaras de 260 megapíxeles (para que os hagáis una idea, hoy en día las cámaras medias tienen entre 4 y 6) y hacia finales de 2004 se movían en el rango de 4.000-6.000. Gigapan es un proyecto parecido, pero especializado en fotografías panorámicas.

Una de las últimas funciones que he descubierto en Google Earth es la posibilidad de acceder a las fotografías de Gigapxl y Gigapan, que quedan integradas en el mapa de forma muy natural, casi como si estuvieran ahí mismo. Cuando ves el icono de uno de estos dos servicios, haces clic con el ratón y te puedes introducir en la imagen.

La resolución que alcanzan es increíble. Como ejemplo, fijaos en la siguiente fotografía del esqueleto de Sue, la tiranosaurio rex mejor y más completamente conservada (y la más grande encontrada hasta la fecha, contando machos y hembras), que se puede ver en el Museo de Campo de Historia Natural de Chicago. Esta es la fotografía sin ampliar:


Haz clic sobre la imagen para verla a tamaño completo

Y aquí tenéis un detalle de sus dientes de delante:

Impresionante, lo sé. Primero tenéis que activar la capa Gigapxl, y después, estos son los iconos que tenéis que buscar en el mapa:

Por cierto, una curiosidad: el cráneo de Sue no es el fósil original, sino una reconstrucción. El original estaba bastante deformado, y aunque también puede verse en el museo, no quedaba tan bien como la maqueta que le han hecho a escala, basándose en los cráneos buenos encontrados y en el tamaño y la morfología de la propia asesina psicópata. Y es que, hace 65 millones de años, ser guapo ya era importante. Por lo visto.

En dos palabras

19 de May de 2008

«No hay tutía.» La palabra tutía es una deformación de atutía, que viene del árabe hispánico attutíyya, y esta del árabe clásico t?tiy?(‘), que a su vez procede del sánscrito tuttha. La atutía era el óxido de cinc que se quedaba adherido a las paredes interiores de las chimeneas, y que tratado con ciertas sustancias era vendido como remedio para diversos males. La expresión del principio quiere decir que no hay remedio (esto es, «atutía» o «tutía») para algún mal que se padece, o bien no hay posibilidad de conseguir algo que se desea (fuente). La expresión está en proceso de sufrir una nueva deformación y convertirse en «no hay tu tía», debido a que los hablantes han perdido el vínculo conceptual con el significado de la palabra original y la identifican, erróneamente, con dos palabras distintas que sí conocen. Ha pasado siempre y seguirá pasando, no hay por qué alarmarse. En lingüística estas deformaciones incultas se conocen como «etimología popular».

«Te voy a dar una somanta de palos.» Somanta («tunda, zurra») es una palabra compuesta de la preposición «so» (que antes se estudiaba en la escuela: «… según, sin, so, sobre y tras», pero que en muchos de los libros de texto actuales ya solo se cita como arcaísmo, si es que se hace) y de «manta». So significa «debajo de» y viene de la preposición latina sub, que en castellano actual se usa como prefijo («submarino», «subcontratar»). No debe confundirse con el «so» de «so tonto», que procede de «señor» (latín senior, más viejo). La expresión proviene, probablemente, de la acción de cubrir a alguien con una manta (esto es, ponerlo so la manta) y darle la paliza de su vida, costumbre muy arraigada en nuestra península, como otras en que un número indeterminado de personas abusa físicamente de otra o de un animal para regocijo general.

El signo et

16 de April de 2008

Et

El otro día me preguntaron mis alumnos qué significaba y de dónde venía el signo &, y sabía la respuesta a ambas preguntas, aunque no tenía profundos conocimientos sobre el tema. Cuando llegué a casa a la hora de comer, el esfuerzo que hace todo profesor por desconectar de los problemas escolares hizo que me olvidara del asunto… hasta hoy, en que casualmente he visto una anotación al respecto en Microsiervos.

Lo que yo ya sabía: que este signo proviene del latín et, que significa «y» y que ha perdurado en las lenguas romances (como el castellano, el catalán i o el francés et) e incluso ha podido penetrar en el léxico del vascuence, ya que su conjunción eta viene del latino et. Esto es bastante inusual, puesto que son mucho más frecuentes los préstamos entre palabras que constan de lexema (para entendernos, especialmente verbos, nombres y adjetivos) que en las que son puro morfema, esto es, aquellas cuyo significado es meramente gramatical, como las conjunciones, los pronombres o las preposiciones.

Todos sabemos que es muy fácil que adoptemos préstamos lingüísticos en los sustantivos (fútbol), en los verbos (chatear) o en los adjetivos (izquierdo, del vasco ezkerra), pero seguro que casi ninguno de vosotros sabe decirme una preposición, una conjunción o un determinante que hayamos adoptado del inglés, con toda la poderosa influencia que esta lengua ejerce sobre todos los idiomas vivos. En fin, este es un tema que da para otro post.

También sabía que el símbolo & se debía a una deformación de las letras et producida por su escritura rápida. En la imagen que ilustra estas líneas tenéis la evolución que ha sufrido el símbolo, desde las dos grafías hasta el único dibujo actual.

Lo que no sabía, por ejemplo, es que su nombre en inglés es ampersand, que es una deformación de and per se and, que significa «y por sí mismo, y», una fórmula mnemotécnica para aprender el alfabeto (más en la Wikipedia). También había advertido que es mucho más frecuente en los textos en inglés que en español, y no sabía la razón. Ahora que la conozco, se muestra de una lógica aplastante: la conjunción copulativa principal en inglés no viene de et sino que es and, procedente del inglés antiguo, y probablemente antes del antiguo altogermánico unti (alemán moderno und). Es lógico que un angloparlante quiera abreviar tres letras en un símbolo que representa dos, pero no que un castellanohablante quiera “abreviar” una letra en un símbolo más largo y por tanto más costoso en la economía lingüística.

Este es el motivo más probable a mi parecer de que veamos escrito en inglés Johnson & Co., pero en castellano Manolito y Cía., por ejemplo.

Para saber más sobre el signo y su evolución, aquí tenéis un interesante y bien ilustrado artículo en la web de Adobe.

Si tenéis intención de usar este símbolo en una web, un post de vuestro blog, etc. es mejor que utilicéis la fórmula & así como la veis escrita, que ofrecerá el símbolo deseado y os evitará unos muy probables problemas con el código de vuestras páginas y la forma en que se muestra a los visitantes.

El monolito, explicado

3 de April de 2008

monolith.jpg

Se cumple el 40º aniversario de la película más grande de todos los tiempos, 2001: una odisea del espacio, del director Stanley Kubrick y con guión de Arthur C. Clarke, que nos dejó tristemente hace unos días.

Esta cinta supuso la confirmación del séptimo arte como Arte con mayúscula, un arte adulto, independiente y autónomo, una obra digna de admirar, de recordar y de imitar. Una pieza de manufactura humana que no se basa en el diálogo, en la imagen, en la música ni en el guión, sino que usa esas y otras herramientas para crear una experiencia de belleza total.

Pero… sigue habiendo gente que la detesta y gente que no la entiende. Dicen que son más de dos horas de imágenes casi sin diálogo (de los 140 minutos, solo 40 son hablados, y la mayoría de las elocuciones son del robot HAL). Que es lenta, a pesar de que condensa un millón de años en poco más de dos horas. Y que no tiene sentido.

Aunque la intención de Kubrick no era que la gente entendiese la película, sino que la sintiesen como una experiencia autónoma, mística o religiosa, tanto da, el hecho es que la intención de Clarke sí era que la gente comprendiese lo que estaba pasando.

Lo más incomprensible, aparentemente, de la película es el monolito. Una enigmática estructura negra de proporciones perfectamente matemáticas (1 x 4 x 9, los tres primeros cuadrados) fabricada en un material desconocido, que aparece en la película en cuatro momentos cruciales. Hace un millón de años, en África, donde viven unos simios peludos e idiotas que con el tiempo se convertirán en humanos. Otra en el año 2001, enterrado en la luna, al que los astrónomos de la NASA bautizan como TMA-1 (Anomalía magnética 1 del cráter Tycho). Otra en las cercanías de Júpiter (aunque en la novela de Clarke es Saturno, pero en la película era demasiado complicado replicar los anillos con los efectos especiales de 1968). Y una última en la misteriosa habitación que convierte a un prematuramente envejecido Dave Bowman en el famoso niño de las estrellas.

La esencia del monolito, o al menos su función, de acuerdo con la idea de Clarke, es bastante clara. Es al mismo tiempo una alarma y un catalizador. Hay una entidad poderosa y no desvelada, –¿Dios? ¿Unos extraterrestres? ¿El propio universo?– que va sembrando monolitos a lo largo y ancho del universo. La intención del primero, enclavado en la sabana africana, es estimular la evolución en unas formas de vida primitivas que son susceptibles, con el tiempo, de alcanzar la inteligencia. Cuando nuestros velludos antepasados descubren el monolito al amanecer, primero sienten un miedo ancestral, e intentan golpearlo, aunque los más valientes se atreven a acercarse, olerlo, tocarlo e incluso lamerlo.

Estos simios están al borde de la desaparición. Viven en un mundo que se está secando, y las antiguas selvas africanas se están convirtiendo en secas y desoladas sabanas. Hay un exiguo charco de agua que encima tienen que pelear con otro grupo de monos en apariencia más fuertes que ellos. Los leopardos los diezman. Son herbívoros (como casi todos los grandes monos) y tienen que competir por las escasas plantas que les sirven de alimento con gigantescos y bobalicones tapires (una especie de cerdos salvajes).

Después del encuentro con el monolito, uno de los monos buenos (Moonwatcher se llama en la novela, aunque en la película no se le da nombre) se siente algo extraño. Empieza a jugar con unos huesos de tapir. Y descubre algo. Sirven para golpear. Multiplican la fuerza de su brazo. Y están más duros que sus músculos, así que pueden hacer más daño. El monolito ha propiciado el descubrimiento de la herramienta por primera vez en la historia de la Tierra.

Este descubrimiento va aparejado con otros no menos interesantes. Los tapires que pasean tranquilamente a su lado son una fuente de proteínas inmensamente más rica que las hojas de los agonizantes arbustos. Y aunque son unas bestias enormes, con la ayuda de las recién descubiertas armas los pueden matar y comer su carne, con lo que se hacen más grandes y fuertes, e incluso les sobra comida. El mono se ha hecho omnívoro. Y además, con el hueso, puede matar al leopardo, su mortal depredador.

El siguiente encuentro con los monos rivales cambia las tornas por completo. Los otros son más grandes, más osados, y reclaman su derecho al agua por la fuerza. Nuestros tímidos protagonistas no se atreven a acercarse mientras el macho dominante enemigo bebe. Pero entonces Moonwatcher da un paso adelante con un hueso en la mano, se acerca a su rival y lo asesina a golpes de fémur. Se acaba de cometer el primer asesinato de la historia. El grupo de Moonwatcher será el que lleve la delantera en la carrera por la evolución: son nuestros antepasados directos. El monolito les ha hecho ver cosas de las que nunca antes se habían dado cuenta.

Un millón de años más tarde, la NASA descubre el segundo monolito, el TMA-1, excavando en la luna. El gobierno de los EEUU lo mantiene en riguroso secreto y congrega a un grupo de expertos para estudiarlo. Se ha intentado dañar su superficie con todas las energías imaginables, pero no parece inmutarse. Al cabo de unas semanas, un grupo de astronautas se acerca para examinarlo en primera persona. Entonces, TMA-1 comienza a emitir un sonido ensordecedor a unos decibelios altísimos, que derriba a los hombres de dolor.

TMA-1 era el segundo paso. El primero era estimular la aparición de la inteligencia en unos animales primitivos, para convertirlos en seres racionales. El segundo servía de aviso. El monolito está enviando a través del espacio una señal: el monolito enclavado en la sabana africana ha culminado su misión con éxito, y un millón de años después, los monos han alcanzado un desarrollo tecnológico tal que son capaces de construir naves espaciales y abandonar su planeta. Por eso TMA-1 estaba enterrado en la luna. Para avisar de que ya hemos llegado hasta ahí.

Meses más tarde, la nave Discovery se encuentra en viaje hacia Júpiter, hacia donde apuntaba la señal emitida por el monolito lunar. No saben qué se van a encontrar ahí. Ni siquiera la tripulación, que ha viajado pensando que se encuentra en otra misión. En un momento determinado (cerca de la locura del superordenador HAL) la misión es desvelada al astronauta Dave Bowman. Es el único superviviente después de que HAL aniquilase al resto de la tripulación. Las herramientas del hombre, los huesos de tapir evolucionados, siguen sirviendo para cometer asesinatos, pero ahora se han vuelto tan peligrosos que ni siquiera requieren de la voluntad humana. Bowman escapa de HAL reiniciándolo. Y entonces descubre un gigantesco monolito en la superficie de una de las lunas del gigantesco Júpiter. Sin poder evitarlo, va hacia él, y el monolito se convierte en una puerta espacio temporal que transporta al hombre hacia lo desconocido.

Lo desconocido es una misteriosa habitación de un hotel lujoso, a miles de billones de kilómetros de la Tierra. Bowman sale de la cápsula espacial, incrédulo ante lo que ven sus ojos. Hay una mesa con algo de comida y una copa de vino. Se sienta a comer. En un descuido, tira la copa de vino al suelo. La copa se rompe pero el vino sigue siendo vino, con las mismas propiedades, pero adaptado a la forma de la superficie del suelo en lugar de a la forma de la copa (luego volveremos sobre esto).

Dave Bowman se está haciendo viejo a una velocidad decenas de veces superior a la normal. Ha pasado de aparentar cuarenta años a sesenta. En la siguiente escena, lo vemos como un anciano centenario en su lecho de muerte. Con sus últimas fuerzas, levanta la mano para señalar aterrorizado una aparición que ha surgido justo delante de él. Es el monolito.

Cuando la cámara vuelve a enfocar al hombre, su cuerpo ya no existe. Se ha convertido en el niño de las estrellas. Una especie de feto recubierto de una placenta de energía mística.

El último monolito, igual que el primero, ha provocado la evolución del hombre. De hecho, la ha culminado. El primero convirtió un hatajo de monos en unos seres primitivamente racionales. El último ha causado la culminación de nuestro proceso evolutivo: hemos abandonado nuestras ataduras materiales, y mediante la famosa ecuación de Einstein (E=mc²) nos hemos convertido en seres de energía pura, omniscientes, todopoderosos. Ahora entendemos la metáfora de la copa de vino. La copa (el continente, el cuerpo hecho de carne, sangre y huesos) se rompe, pero el vino, la esencia (el alma, la consciencia o como queramos llamarlo) permanece intacto. El grupo de monolitos ha terminado su misión y el hombre regresa a su planeta (aunque con finales distintos en la película y en la novela).

Se entiende ahora el porqué de la aparición de la melodía Also sprach Zaratustra (Así habló Zaratustra) de Strauss en las dos apariciones del monolito en que este nos empuja hacia la evolución. El compositor produjo esta obra basándose en el libro homónimo de Nietzsche, que cuenta las andanzas del profeta persa Zaratustra (o Zoroastro en su versión castellanizada), a quien el filósofo alemán consideraba el primer inmoralista de la historia. Para Nietzsche –simplificando parte de su filosofía hasta el extremo– la moralidad humana era la principal debilidad que nos impedía evolucionar, que nos hacía sentir compasión por los débiles, permitiendo que sobrevivieran y empeorando así la especie. La actitud zoroastriana nos permitiría avanzar como especie, y por eso cuando el hombre evoluciona ayudado por el monolito, escuchamos las palabras de Zoroastro en los inmortales tonos ascendentes y míticos de Strauss.

Y eso es todo. El monolito no es más que eso. Un catalizador de nuestra evolución, y al mismo tiempo un testigo mudo, impasible e indiferente de nuestro gran viaje por el inmenso y misterioso cosmos.

Hay que comer

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