
Se cumple el 40º aniversario de la película más grande de todos los tiempos, 2001: una odisea del espacio, del director Stanley Kubrick y con guión de Arthur C. Clarke, que nos dejó tristemente hace unos días.
Esta cinta supuso la confirmación del séptimo arte como Arte con mayúscula, un arte adulto, independiente y autónomo, una obra digna de admirar, de recordar y de imitar. Una pieza de manufactura humana que no se basa en el diálogo, en la imagen, en la música ni en el guión, sino que usa esas y otras herramientas para crear una experiencia de belleza total.
Pero… sigue habiendo gente que la detesta y gente que no la entiende. Dicen que son más de dos horas de imágenes casi sin diálogo (de los 140 minutos, solo 40 son hablados, y la mayoría de las elocuciones son del robot HAL). Que es lenta, a pesar de que condensa un millón de años en poco más de dos horas. Y que no tiene sentido.
Aunque la intención de Kubrick no era que la gente entendiese la película, sino que la sintiesen como una experiencia autónoma, mística o religiosa, tanto da, el hecho es que la intención de Clarke sí era que la gente comprendiese lo que estaba pasando.
Lo más incomprensible, aparentemente, de la película es el monolito. Una enigmática estructura negra de proporciones perfectamente matemáticas (1 x 4 x 9, los tres primeros cuadrados) fabricada en un material desconocido, que aparece en la película en cuatro momentos cruciales. Hace un millón de años, en África, donde viven unos simios peludos e idiotas que con el tiempo se convertirán en humanos. Otra en el año 2001, enterrado en la luna, al que los astrónomos de la NASA bautizan como TMA-1 (Anomalía magnética 1 del cráter Tycho). Otra en las cercanías de Júpiter (aunque en la novela de Clarke es Saturno, pero en la película era demasiado complicado replicar los anillos con los efectos especiales de 1968). Y una última en la misteriosa habitación que convierte a un prematuramente envejecido Dave Bowman en el famoso niño de las estrellas.
La esencia del monolito, o al menos su función, de acuerdo con la idea de Clarke, es bastante clara. Es al mismo tiempo una alarma y un catalizador. Hay una entidad poderosa y no desvelada, –¿Dios? ¿Unos extraterrestres? ¿El propio universo?– que va sembrando monolitos a lo largo y ancho del universo. La intención del primero, enclavado en la sabana africana, es estimular la evolución en unas formas de vida primitivas que son susceptibles, con el tiempo, de alcanzar la inteligencia. Cuando nuestros velludos antepasados descubren el monolito al amanecer, primero sienten un miedo ancestral, e intentan golpearlo, aunque los más valientes se atreven a acercarse, olerlo, tocarlo e incluso lamerlo.
Estos simios están al borde de la desaparición. Viven en un mundo que se está secando, y las antiguas selvas africanas se están convirtiendo en secas y desoladas sabanas. Hay un exiguo charco de agua que encima tienen que pelear con otro grupo de monos en apariencia más fuertes que ellos. Los leopardos los diezman. Son herbívoros (como casi todos los grandes monos) y tienen que competir por las escasas plantas que les sirven de alimento con gigantescos y bobalicones tapires (una especie de cerdos salvajes).
Después del encuentro con el monolito, uno de los monos buenos (Moonwatcher se llama en la novela, aunque en la película no se le da nombre) se siente algo extraño. Empieza a jugar con unos huesos de tapir. Y descubre algo. Sirven para golpear. Multiplican la fuerza de su brazo. Y están más duros que sus músculos, así que pueden hacer más daño. El monolito ha propiciado el descubrimiento de la herramienta por primera vez en la historia de la Tierra.
Este descubrimiento va aparejado con otros no menos interesantes. Los tapires que pasean tranquilamente a su lado son una fuente de proteínas inmensamente más rica que las hojas de los agonizantes arbustos. Y aunque son unas bestias enormes, con la ayuda de las recién descubiertas armas los pueden matar y comer su carne, con lo que se hacen más grandes y fuertes, e incluso les sobra comida. El mono se ha hecho omnívoro. Y además, con el hueso, puede matar al leopardo, su mortal depredador.
El siguiente encuentro con los monos rivales cambia las tornas por completo. Los otros son más grandes, más osados, y reclaman su derecho al agua por la fuerza. Nuestros tímidos protagonistas no se atreven a acercarse mientras el macho dominante enemigo bebe. Pero entonces Moonwatcher da un paso adelante con un hueso en la mano, se acerca a su rival y lo asesina a golpes de fémur. Se acaba de cometer el primer asesinato de la historia. El grupo de Moonwatcher será el que lleve la delantera en la carrera por la evolución: son nuestros antepasados directos. El monolito les ha hecho ver cosas de las que nunca antes se habían dado cuenta.
Un millón de años más tarde, la NASA descubre el segundo monolito, el TMA-1, excavando en la luna. El gobierno de los EEUU lo mantiene en riguroso secreto y congrega a un grupo de expertos para estudiarlo. Se ha intentado dañar su superficie con todas las energías imaginables, pero no parece inmutarse. Al cabo de unas semanas, un grupo de astronautas se acerca para examinarlo en primera persona. Entonces, TMA-1 comienza a emitir un sonido ensordecedor a unos decibelios altísimos, que derriba a los hombres de dolor.
TMA-1 era el segundo paso. El primero era estimular la aparición de la inteligencia en unos animales primitivos, para convertirlos en seres racionales. El segundo servía de aviso. El monolito está enviando a través del espacio una señal: el monolito enclavado en la sabana africana ha culminado su misión con éxito, y un millón de años después, los monos han alcanzado un desarrollo tecnológico tal que son capaces de construir naves espaciales y abandonar su planeta. Por eso TMA-1 estaba enterrado en la luna. Para avisar de que ya hemos llegado hasta ahí.
Meses más tarde, la nave Discovery se encuentra en viaje hacia Júpiter, hacia donde apuntaba la señal emitida por el monolito lunar. No saben qué se van a encontrar ahí. Ni siquiera la tripulación, que ha viajado pensando que se encuentra en otra misión. En un momento determinado (cerca de la locura del superordenador HAL) la misión es desvelada al astronauta Dave Bowman. Es el único superviviente después de que HAL aniquilase al resto de la tripulación. Las herramientas del hombre, los huesos de tapir evolucionados, siguen sirviendo para cometer asesinatos, pero ahora se han vuelto tan peligrosos que ni siquiera requieren de la voluntad humana. Bowman escapa de HAL reiniciándolo. Y entonces descubre un gigantesco monolito en la superficie de una de las lunas del gigantesco Júpiter. Sin poder evitarlo, va hacia él, y el monolito se convierte en una puerta espacio temporal que transporta al hombre hacia lo desconocido.
Lo desconocido es una misteriosa habitación de un hotel lujoso, a miles de billones de kilómetros de la Tierra. Bowman sale de la cápsula espacial, incrédulo ante lo que ven sus ojos. Hay una mesa con algo de comida y una copa de vino. Se sienta a comer. En un descuido, tira la copa de vino al suelo. La copa se rompe pero el vino sigue siendo vino, con las mismas propiedades, pero adaptado a la forma de la superficie del suelo en lugar de a la forma de la copa (luego volveremos sobre esto).
Dave Bowman se está haciendo viejo a una velocidad decenas de veces superior a la normal. Ha pasado de aparentar cuarenta años a sesenta. En la siguiente escena, lo vemos como un anciano centenario en su lecho de muerte. Con sus últimas fuerzas, levanta la mano para señalar aterrorizado una aparición que ha surgido justo delante de él. Es el monolito.
Cuando la cámara vuelve a enfocar al hombre, su cuerpo ya no existe. Se ha convertido en el niño de las estrellas. Una especie de feto recubierto de una placenta de energía mística.
El último monolito, igual que el primero, ha provocado la evolución del hombre. De hecho, la ha culminado. El primero convirtió un hatajo de monos en unos seres primitivamente racionales. El último ha causado la culminación de nuestro proceso evolutivo: hemos abandonado nuestras ataduras materiales, y mediante la famosa ecuación de Einstein (E=mc²) nos hemos convertido en seres de energía pura, omniscientes, todopoderosos. Ahora entendemos la metáfora de la copa de vino. La copa (el continente, el cuerpo hecho de carne, sangre y huesos) se rompe, pero el vino, la esencia (el alma, la consciencia o como queramos llamarlo) permanece intacto. El grupo de monolitos ha terminado su misión y el hombre regresa a su planeta (aunque con finales distintos en la película y en la novela).
Se entiende ahora el porqué de la aparición de la melodía Also sprach Zaratustra (Así habló Zaratustra) de Strauss en las dos apariciones del monolito en que este nos empuja hacia la evolución. El compositor produjo esta obra basándose en el libro homónimo de Nietzsche, que cuenta las andanzas del profeta persa Zaratustra (o Zoroastro en su versión castellanizada), a quien el filósofo alemán consideraba el primer inmoralista de la historia. Para Nietzsche –simplificando parte de su filosofía hasta el extremo– la moralidad humana era la principal debilidad que nos impedía evolucionar, que nos hacía sentir compasión por los débiles, permitiendo que sobrevivieran y empeorando así la especie. La actitud zoroastriana nos permitiría avanzar como especie, y por eso cuando el hombre evoluciona ayudado por el monolito, escuchamos las palabras de Zoroastro en los inmortales tonos ascendentes y míticos de Strauss.
Y eso es todo. El monolito no es más que eso. Un catalizador de nuestra evolución, y al mismo tiempo un testigo mudo, impasible e indiferente de nuestro gran viaje por el inmenso y misterioso cosmos.