Ars longa, vita brevis

Breve historia del cero

7 de May de 2013

Aun sin estar seguro de su fiabilidad histórica en los detalles, me ha resultado muy simpática esta «historia del cero» que aparece en el libro Las trampas del deseo, del psicólogo israelí Dan Ariely, que estoy leyendo ahora:

Fueron los babilonios quienes inventaron el concepto de cero; luego los antiguos griegos debatieron sobre él en elevados términos (¿cómo algo podía no ser nada?); el antiguo erudito indio Pingala lo emparejó con el numeral 1 para obtener los dígitos dobles, y tanto los mayas como los romanos hicieron de él parte de sus sistemas de numeración. Pero en realidad el cero encontró su lugar alrededor del año 498 de nuestra era, cuando el astrónomo indio Aryabhata se levantó de la cama una mañana y exclamó: ‘Sthanam sthanam dasa gunam’; que traducido quiere decir más o menos: «De posición a posición, 10 veces su valor». Con ello nacía la idea de notación decimal que relaciona el valor de un dígito con su posición. A partir de ahí el cero experimentó un auge: se difundió al mundo árabe, donde floreció; atravesó la península Ibérica rumbo a Europa (gracias a los musulmanes hispanos); fue objeto de algunos retoques por parte de los italianos, y luego cruzó el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, donde a la larga resultaría tremendamente útil (acompañado del dígito 1) en un lugar llamado Silicon Valley.

Esto viene en un capítulo dedicado, ahí es nada, a investigar por qué ejerce en nosotros una influencia mágica cualquier oferta que incluya algo gratis, incluso en las circunstancias —que las hay— en las que puede ser contraproducente para nosotros.

Según yo tenía entendido —y según defiende también el artículo en la Wikipedia—, los romanos no conocieron el cero. Cuando algo no era nada, usaban el indefinido nihil (de donde proceden, por ejemplo, los vocablos castellanos «nihilismo» y «aniquilar»). Es por ello que el castellano, cuyo léxico procede mayoritariamente del latín, hubo de adoptar el arabismo sifr («vacío») que dio un doblete en nuestro idioma: «cero» y «cifra», si los recuerdos de mis estudios de Historia de la Lengua Española no me han abandonado del todo. Pero para mí lo más llamativo del párrafo que he citado más arriba, sin duda, es la idea de que, si al final el cero no hubiese llegado a nuestra civilización, los adelantos informáticos habrían sido distintos. La mitad del lenguaje que entienden los ordenadores —léase: teléfonos, televisores modernos, videoconsolas, documentos electrónicos— es el número cero. ¿Cómo nos las habríamos arreglado? Es una interesantísima idea, creo, para una distopía que yo no estoy capacitado para imaginar.

Perdido en la traducción.

27 de March de 2011

Vía Menéame, una genial lista de palabras de varios idiomas que son imposibles de traducir a otros, al menos, con una sola palabra o con una breve expresión.

El olor de la guayaba

24 de May de 2010

Este artículo trata sobre el episodio final de Lost. Si no quieres que te lo chafe, ya sabes.


(more…)

The Swinger

23 de May de 2010

En música, se llama ritmo swing o shuffle a la técnica de convertir cuatro notas en un tresillo, pero no de tres notas con la misma duración, sino de dos notas, la primera el doble de larga que la segunda. Servidor de ustedes no ha pisado nunca un conservatorio ni para resguardarse de la lluvia, así que es posible que haya metido la pata en varias ocasiones en la breve frase anterior. Pero si alguien entiende un poquito de solfeo, sabrá que de lo que hablo se anota musicalmente así:


Imagen: cnx.org.

Fue un ritmo bastante popular en el primer y bailón tercio del siglo XX, aunque ahora mismo los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza son el Satch Boogie de Joe Satriani y el Why Don’t You Do Right de Jessica Rabbit.

En el blog Music Machinery leo que han creado un hack en el lenguaje de programación Python que convierte cualquier canción no swing que quieras en un ritmo swing. Los resultados son espectaculares. Si alguien no conoce alguna de las canciones, le resultaría difícil decir que no han sido compuestas y grabadas originalmente en swing. Dos ejemplos seguramente muy conocidos: el Every Breath You Take de The Police:

Every Breath You Take (swing version) by TeeJay

Y Enter Sandman, de Metallica. ¡Disfrutad! Vía Neatorama.

Enter Sandman- the Swing Version by plamere

Estadísticas de 2009

15 de February de 2010

Dan Meyer, un profesor estadounidense, ha estado guardando estadísticas de sus principales actividades de ocio durante el año 2009 (beber cerveza, escuchar música, ver cine, enviar SMS, etc.). Después ha hecho un vídeo y lo ha subido a Internet, y el resultado es digno de verse:

Dan Meyer’s 2009 Annual Report from Dan Meyer on Vimeo.

En su blog cuenta con cierto detalle cómo lo llevó a cabo.
Vía Boing Boing.

Human FX

11 de June de 2009

Recomiendo escuchar este vídeo con los ojos cerrados y el volumen de los altavoces bien alto. Y luego verlo, esta vez con los ojos, para no creer lo que estás viendo. Es impresionante.


Enlace al vídeo en YouTube

Vía Neatorama.

Misión amarte

10 de June de 2009

mars-fresh-impact

Imposible no amar al planeta rojo. Nunca habías estado tan cerca de Marte, vía Menéame.

Hachiko y el perro de Fry

8 de February de 2009

Si sois incondicionales de la extinta serie Futurama, como yo, recordaréis un capítulo en que en la Nueva Nueva York del año 3000 y algo encuentran el fósil de Seymour, el perro callejero que Fry adoptó después de compartir con él un trozo de pizza:

El final de ese episodio es uno de los más tiernos y tristes que he visto, y muestra el final del pobre Seymour, años después de que Fry quedara atrapado en la cámara criogénica, con la melodía de fondo «If it takes forever, I will wait for you» (Aunque me lleve la vida entera, te seguiré esperando), interpretada por Connie Francis. No os cuento nada, mejor lo veis vosotros mismos:

Pues bien, este final, y casi todo el capítulo, están basados en la historia real del perro Hachiko, compañero inseparable de un profesor de Agricultura en la Universidad de Tokio. Hachiko siempre acompañaba a su dueño hasta la estación de tren por la mañana, regresaba a casa, y luego, a la hora de la tarde en que regresaba en tren, iba de nuevo a esperarlo.

Un día de 1925 el profesor sufrió un paro cardíaco en la universidad, y murió allí. Por la tarde, el perro, tras comprobar que su dueño no se encontraba entre los viajeros que bajaban de los vagones, regresó a casa. Pero al día siguiente volvió, primero a la hora de salida del tren por la mañana, y luego por la tarde, cuando su amo solía llegar desde Tokio.

Años después, los usuarios habituales de esa estación, conmovidos por la historia de Hachiko, hicieron una colecta para erigir una estatua que honrara su fidelidad. El propio perro estuvo presente durante la inauguración.

Un año más tarde, Hachiko murió, después de haber ido diariamente dos veces a la estación durante diez años para buscar a su amo. Durante la Segunda Guerra Mundial la estatua fue fundida por las necesidades bélicas, pero en la posguerra los habitantes del distrito de Shibuya se empeñaron en que se restituyese el recuerdo de Hachiko, y se encargó al hijo del autor de la primera estatua –que había fallecido– una segunda estatua, que hoy día se puede ver en la estación.

Lamentablemente, los seres humanos a veces no sabemos dónde termina el recuerdo de un ser extraordinario y dónde comienza el mal gusto, y el cadáver disecado del perro puede verse en un museo (buscad si queréis el nombre de Hachiko en Youtube).

En 1987 se dirigió Hachiko monogatari, película basada en esta historia real que supera a la ficción. Actualmente se encuentra en producción otra película sobre este perro de raza Akita, producida y protagonizada por Richard Gere. Pero algo me dice que no superará a la original (y eso que no he visto ninguna de las dos). He aquí unos fragmentos de la película original, con emocionante música de fondo. Advertencia: el visionado del siguiente vídeo puede provocar que hombres hechos y derechos se pongan a llorar como nenazas, así que usadlo con precaución.

Egolingüística

24 de June de 2008

Antes de nada, disculpad la falta de frecuencia en actualizar el blog, pero muchos sabéis que estoy en pleno proceso de oposiciones (he hecho ya la primera prueba de dos) y no tengo la cabeza para nada aparte de llevar los cuernos. Pero bueno, nosotros a lo nuestro.

En una de las lenguas de los esquimales, la palabra con la que ellos se designan, inuit, significa «gente». Solo ellos son «gente», el resto de las personas… pues no (fuente).

En inglés, al contrario del castellano, se nombra primero la persona que habla y luego las otras: I and my girlfriend are young adults.

Por el contrario, en castellano, la palabra para designar a los otros (others en inglés) es los «demás». O, dicho de otro modo: los de más.

En tres palabras

17 de June de 2008

Se desconoce el origen de la palabra perro. Lo normal, siendo una palabra de uso frecuente, es que hubiésemos seguido utilizando la palabra patrimonial can, que viene del latín canis (y que sí ha triunfado en otras lenguas romances: véanse el francés chien y el italiano cane). Sin embargo, en el habla sólo se usan los derivados de can: canino, cánido, etc. y prácticamente ha desaparecido la palabra original, que solo se usa para demostrar que existen los sinónimos (por lo menos una rubia de entre mis lectores entenderá esta última afirmación).

La primera vez que aparece la palabra en un documento es en el año 1136, referida a la población del Monte de Perra. Esto, según Corominas, pues hay quien afirma que Perra es una deformación de Piedra (del latín petra). Es todo lo que sabemos sobre su origen.

Una de las teorías sobre esta bonita palabra es que evolucionó a partir de la onomatopeya que usan los pastores para llamar o dar órdenes a sus perros: «prrr». Me parece improbable, pero no imposible. De hecho, el catalán gos tiene precisamente ese origen, pues los pastores catalanes llamaban a los perros gritándoles «gus» o «kus».

En cualquier caso, una cosa es cierta: no hay ninguna palabra en ningún otro idioma relacionada con ella.

Por su parte, la palabra murciélago (que antiguamente era murciégalo) viene de los vocablos latinos mus, «ratón», y caeculus, diminutivo de caecus, «ciego». Esta palabra tiene mucho menos misterio que la anterior, aunque siempre me ha parecido que tiene un sonido hermoso. Murciélago. Ratón cieguito.

Una tercera palabra, izquierdo, -a, ha tenido que vivir una pequeña aventura para llegar hasta nosotros desde las inhóspitas montañas vascas.

La palabra patrimonial (esto es, la que procede de nuestra lengua madre, el latín) era siniestro, de sinister, contraria a diestro (de dexter, como el asesino simpático).

Pero los españoles medievales eran muy supersticiosos. Y pensaban que si un ave –especialmente si era negra– les salía al encuentro por la izquierda cuando salían a una empresa, era un signo de mala suerte. Y, con el uso, al final el mero hecho de decir «tomemos el camino siniestro» les daba escalofríos. La palabra se convirtió en tabú, y como pasa en estos casos, fue sustituida. En una época de gran permeabilidad (en España durante la Edad Media se hablaban, al menos, castellano, vascuence, leonés, catalán, gallego-portugués, aragonés, riojano, árabe, mozárabe, hebreo y otras lenguas, y los intercambios entre ellas eran frecuentes) no hubo problema en adoptar el vasco ezkerra para denominar el lado izquierdo de las cosas, y al final la palabra evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy. El mismo cambio se produjo, presumiblemente, en el catalán, ya que al parecer los catalanes eran tan supersticiosos como los castellanos. Y en el portugués. La palabra patrimonial no desapareció, simplemente sufrió un cambio de significado.

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