Ars longa, vita brevis

El amor

2 de April de 2012

Cierto era que me había sentido mejor durante estos quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el camino desatinaba como un loco, respingaba como un azogado, y a veces hasta en sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza), me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé a hablar con Polina en voz alta, dando mucho que reír a mis compañeros de viaje. Y ahora, una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero? Y una vez más no supe qué contestar; o, mejor dicho, una vez más, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en que hubiera dado media vida por estrangularla. Juro que si hubiera sido posible hundirle un cuchillo bien afilado en el seno, creo que lo hubiera hecho con placer. Y, no obstante, juro por lo más sagrado que si en el Schlangenberg, en esa cumbre tan a la moda, me hubiera dicho efectivamente: «¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto, y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera u otra había que resolver aquello. Ella, por su parte, lo comprendía perfectamente, y sólo el pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba seguro, le producía extraordinario deleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tan discreta e inteligente como es, permitirse tales intimidades y revelaciones conmigo? Se me antoja que hasta entonces me había mirado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba en presencia de un esclavo suyo, considerando que no era hombre. Sí, muchas veces me consideraba como si no fuese hombre…

F. M. Dostoyevski, El jugador.

Por mucho que la mejor fama entre los escritores realistas la tengan los franceses, los ingleses, y aquí, en parte por nuestro chovinismo, los españoles, yo creo que en la descripción de los sentimientos los rusos son los amos indiscutibles.

Suficiente

19 de October de 2010

Kurt Vonnegut solía recordar una conversación que tuvo con su colega escritor Joseph Heller (Vonnegut publicó esta anécdota en forma de poema en la revista New Yorker). Los dos escritores estaban en una fiesta celebrada por un multimillonario cuando Vonnegut bromeó: «¿Qué tal sienta saber que nuestro anfitrión gana más en un solo día que lo que Catch-22 [la obra más conocida de Heller] ha generado en toda su historia desde su publicación?» Heller respondió: «Tengo algo que él nunca podrá tener. Tengo suficiente.»

J. D. Roth, Your Money: The Missing Manual, en Amazon (edición para Kindle).

Me recuerda a una escena memorable de Los Simpsons, por el certero Homer:

Tiempo perdido

3 de August de 2009

Uno:

Mi madre se vio forzada a interrumpirse, pero sacó de esa obligación un pensamiento delicado más, como los buenos poetas a quienes la tiranía de la rima obliga a descubrir las mayores bellezas […]

Dos:

Pero, ¿qué quiere decir eso? ¿Acaso un hombre no vale tanto como otro? ¿Qué importa que sea duque o cochero, si tiene inteligencia y corazón?

Tres:

Yo no apartaba los ojos de mi madre pues sabía que, cuando estuviéramos a la mesa, no se me iba a permitir quedarme todo el transcurso de la comida y, para no contrariar a mi padre, mamá no iba a dejar que la besara varias veces delante de todo el mundo, como si estuviéramos en mi cuarto. Así es que me prometía, en el comedor, cuando se iniciara esa comida y yo sintiera acercarse la hora, hacer de aquel beso breve y furtivo todo lo que pudiera hacer con él solo, elegir con la mirada el lugar de la mejilla que iba a besar, preparar mi pensamiento para poder, gracias a ese comienzo mental de beso, consagrar todo el minuto que mamá iba a concederme sentir en su mejilla contra mis labios, como un pintor que sólo obtiene breves sesiones de pose y que prepara su paleta haciendo por adelantado, con el recuerdo y las notas, todo aquello para lo que, en verdad, podía prescindir de la presencia del modelo.

Cuatro:

[…] como me enteré más adelante, una angustia semejante fue la tortura de largos años de su vida, y quizá nadie hubiera podido comprenderme tan bien como él; pero a él, esa angustia que experimentamos al sentir que un ser que amamos está en un sitio de placer donde no estamos y al que no podemos ir, se la hizo conocer el amor, al cual está en cierto modo predestinada, por el cual será acaparada, especializada […]

Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, I: Del lado de Swann.

La piel desnuda

26 de December de 2008

–La piel desnuda, Nathan. Ésa es la única cosa por la que vale la pena vivir.
–Una de las cosas, en todo caso, te lo reconozco.
–Si se te ocurre algo mejor, dímelo.

Paul Auster, Brooklyn Follies.

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