Ars longa, vita brevis

Magia

9 de February de 2009

magia
Imagen: Wikipedia.

Resulta bastante fácil olvidarse de un hecho que me inquieta: vivimos rodeados de gente tan simple que está dispuesta a creerse cualquier cosa.

No estoy hablando del sentimiento religioso, que yo mismo he sentido en el pasado y que me parece algo más comprensible: es una especie de sensación interior que no necesita de comprobación externa, y que además, según la mayoría de las religiones actuales, es difícilmente refutable. Si pasa algo malo, es porque Dios lo quiere: seguramente, en su plan maestro esta maldad es necesaria para una bondad posterior y mayor. Si pasa algo bueno, por supuesto, es obra de Su gracia. O bien, nos deja a los mortales que nos equivoquemos para… vete a saber para qué. Usando ejemplos sencillos y cotidianos: si un niño se salva, es gracias a Dios; si muere, es por culpa nuestra. Así es muy difícil perder, ¿no?

Sin embargo, pasé hace tiempo el sarampión que afecta a casi todos los ex creyentes, y que hace que uno odie todo lo relacionado con las religiones, y tenga por palurdos imbéciles a todo creyente en la doctrina religiosa que sea. Con el tiempo, como digo, he perdido esa actitud. Las religiones nos han traído cosas muy malas, como el fanatismo, varias guerras, y el desprecio de los derechos humanos en casi todas partes y casi todas las épocas. También, no obstante, nos ha legado una herencia artística –pienso en el Islam y, sobre todo, en el Cristianismo– absolutamente prodigiosa, y muchas veces veo a personas realizar actos nobles que excusan en su fe (en este mundo apestoso, hacer daño al prójimo es algo tan corriente, que es cuando uno se porta bien cuando hay que justificarse). Hay, a partes casi iguales, gente que dedica su vida a ayudar a los demás (como algunos monjes y monjas que arriesgan su vida a diario en África para ayudar a los que no tienen nada) y gente que dedica su vida a hacer sufrir a los demás (los islamistas-bomba suicidas). Todos buscan lo mismo: una eternidad llena de placeres, ya consistan estos placeres en estar sentado en un sitio preferente del cielo o pasar años incontables desflorando vírgenes. No está mal.

Aparte de estos extremos, casi todas las personas religiosas con las que me relaciono –esto es: casi todas las personas con las que me relaciono– son inofensivas, y su religiosidad suele ser inocua. Toda actividad o sentimiento humano tiene esta dualidad. La ciencia nos ha traído la longevidad y las bombas nucleares. No comparo ciencia con religión, simplemente digo que es posible que los sentimientos religiosos traigan cosas buenas al mundo, por mucho que me parezcan irracionales e incomprensibles.

Bien, pues hoy, en un telediario (si no me equivoco, el de Antena 3), han emitido un reportaje con cámara oculta sobre magos, así, como suena. Unos reporteros, haciéndose pasar por gente afectada del mal de ojo, han visitado a un ciudadano negro, que con su exótico acento les ha convencido de que haciendo no sé qué gaitas y carajos es posible no solo librarse de una maldición, sino contratar otra para nuestro provecho. Después han entrevistado a una señora –con la voz distorsionada, para evitar su reconocimiento– que ha confesado haber gastado unos 10.000 euros en contratar a un mago para que le ayudase a encontrar el amor. ¿Os lo creéis?

A veces estás hablando con una persona, y ahora estoy citando casos que me han ocurrido personalmente, y entonces esa persona te sale con las típicas opiniones de «yo creo que algo hay», «yo sí creo en esas cosas», «no sé quién fue a una bruja y le arregló no sé qué problema». En esta parte de España, hay mucha gente que cree en la magia rifeña. Ancianas bereberes que, cuando vas a decirles que tu marido te ha dejado, te convencen de que alguien te ha hecho una brujería. Entonces le han pedido a la mujer que busque en su casa a ver si encuentra algún trapo atado de determinada manera, o unas semillas de alguna planta mágica por algún rincón. ¡Y a menudo lo encuentra! Así que aquí tenemos a dos tontas: la que creía que otra mujer la había embrujado para robarle el marido, y la que efectivamente había contratado a una bruja para seducir a un hombre casado. Estos casos me los encuentro no todos los días (porque cada vez evito con más frecuencia hablar con gente que no pertenezca a mi entorno), pero sí bastante a menudo.

Es indudable que hay mucha gente que cree en estas patrañas, porque si no nadie se anunciaría por ahí como mago. Hay demasiadas personas que piensan que hay unas fuerzas esotéricas que dominan nuestro mundo físico, y lo creen de verdad. Tanto, que son capaces de acudir a curanderos, magos, brujas y demás engañabobos, e incluso, muchas veces, dejar de lado una búsqueda realista de solución a los problemas: médicos, razones lógicas, poner los pies en el suelo. Da miedo, de verdad, creer que pasan a tu lado todos los días un montón de paisanos cuya idea de la realidad es aproximadamente la misma que tenía la gente hace unos mil años. Pero este es el país donde vivís, lectores.

¿Está Ud. de broma, señor Feynman?

26 de January de 2009

Bajo este título se narra, con un estilo que engancha desde el principio, una especie de autobiografía de Richard Phillips Feynman, físico estadounidense, músico aficionado, profesor de universidad y una de las mentes más dotadas que ha dado la ciencia en el siglo XX.

A lo largo de las páginas del libro Feynman da un repaso –a través de otra persona que recoge sus charlas– a algunas de las anécdotas más interesantes y graciosas de su vida, desde su infancia, cuando arreglaba antiguas radios de válvulas ante el asombro de todos, hasta un momento no muy bien determinado de su vida madura. Feynman participó en el famoso Proyecto Manhattan, mediante el cual algunos de los científicos más brillantes de los Estados Unidos, vigilados –coordinados, decían ellos– por el ejército, diseñaron las bombas atómicas que arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

La parte dedicada al Proyecto es bastante divertida. Feynman, en ese momento, era un apasionado de los cierres de seguridad y el arte de la cerrajería, y demostraba día tras día a sus superiores que toda la seguridad del complejo de Los Álamos era en realidad bastante endeble, y en varias ocasiones esta habilidad estuvo a punto de causarle problemas. Por suerte, los espías del momento no eran tan hábiles ni estaban tan al tanto de los fallos de seguridad, y menos mal, porque si no podría haber sido que Hitler hubiera tenido la bomba primero. ¡Glups!

También se hacen muy amenos los capítulos en donde Feynman cuenta su estancia en Brasil como profesor invitado, su afición a tocar el tambor e incluso su participación en grupos de samba. Está claro que Feynman no era el típico nerd que cualquiera podría imaginarse cuando se habla de un científico superdotado (gafas de pasta con la patilla pegada con esparadrapo, camisa de manga corta con corbata y un forro interior de plástico en el bolsillo para protegerla de la tinta de los bolígrafos), sino una persona que, si bien en cuanto pensaba en física el resto del mundo a su alrededor desaparecía, era capaz de disfrutar de muchas otras cosas de la vida: el baile, la pintura, la música, etc.

Solo hay una cosa que a veces me exaspera de Feynman: cuando no entiende algo, o no le interesa, le niega todo interés y toda lógica. Un ejemplo de esto es la filosofía. Después de algún encuentro, o desencuentro, con un grupo de filósofos paletos, llega a la conclusión de que la filosofía no tiene ningún sentido, lo que es una lástima, porque creo que una mente tan asombrosa como la de este hombre podría haber dado unos buenos frutos a la ciencia de las ciencias. Pero no se puede tener todo en esta vida. Y a menudo, los genios son unos completos ineptos en los campos que no son de su interés. Mozart era un personaje aniñado, Einstein, un despistado casi absoluto, y Quevedo era una persona capaz de desarrollar una maldad y un rencor proverbiales.

No es infrecuente encontrarse esta misma actitud en mentes mucho más pequeñas que la de Feynman. Casi todos los que hemos estudiado letras hemos tenido que padecer, en la época de instituto, compañeros que tiraban por las ciencias y que constantemente insistían en el viejo prejuicio de que las letras son fáciles, son para gente fracasada, no inteligente o vaga. Y, lo peor, es que este prejuicio ha sido alimentado a lo largo de los años de profesores de ambas disciplinas, la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. Los profesores de ciencias, diciendo a sus alumnos día tras día que lo suyo era lo único que merecía la pena, y menospreciando a las humanidades; los de letras, bajando el nivel de exigencia año tras año, hasta convertir la mayoría de las asignaturas de letras en auténticas marías a las que se iba la gente que no quería estudiar mucho, pero tampoco quería ponerse a trabajar.

Semejantes enanos mentales tenemos, en número considerable, en nuestros centros de enseñanza. Profesores que desprecian una gran parte del saber, precisamente la que tiene que ver con ser humanos. ¡Qué país! Por suerte, casi siempre las mentes grandes para la ciencia son, simplemente, mentes grandes, y admiran y respetan la grandeza de la obra humana tanto como la de la obra natural –divina, dirían algunos–. Desde Aristóteles hasta Clarke, recientemente fallecido, casi toda la gran ciencia ha sido desarrollada por mentes abiertas, generosas, y capaces de disfrutar con la belleza del baile del cosmos y con la de la destrucción de la Ilíada. Después ha habido siempre, y seguirá habiendo, cerebros pigmeos que se cierran ante todo lo que no sea su escaso –aunque especializado– entendimiento y acaban, por muy listos que se crean, de profesores de instituto. ¡Qué país! ¿Lo he dicho ya?

Lamentablemente, en España, la filología no es considerada propiamente una ciencia, en gran parte por culpa de los filólogos. Nos empeñamos en no tratar los versos con la fría vista del que mira por un microscopio, y explicamos los poemas como si fueran una especie de truco de magia, queriendo que se entiendan cosas que no dice la observación y la catalogación, sino el furor cuasi divino. Sin ir más lejos, en el mejor manual existente sobre la historia de la lengua española, una obra monumental y que todo el mundo debería tener en su estantería junto a El origen de las especies de Darwin, Rafael Lapesa sostiene astracanadas como que el castellano se impuso en la Península sobre otros dialectos latinos por su fuerza viril (sic, o casi). ¿Así pretendemos que se respete lo que estudiamos y enseñamos?

En la carrera no me dieron prácticamente ninguna formación científica. Y eso que era imprescindible para varias de las materias que se enseñaban, desde la fonética (donde había que leer extraños espectogramas, similares a las líneas ascendentes y descendentes que escriben los sismógrafos) hasta la lingüística matemática y computacional, que diseña procesos de compresión de la información (sí, también en los ordenadores), realiza estadísticas de palabras y sintagmas y programa software de traducción automática. ¿Quién creíais que hacía eso, los ingenieros informáticos? Sí, por supuesto; con la ayuda imprescindible de los filólogos. De los filólogos extranjeros, estadounidenses, por ejemplo, a quienes gente como Chomsky les enseña a ver el estudio de la lengua como lo que es: una ciencia. Pero estoy divaganado…

Por este grave déficit en mi formación científica, a pesar de la cual tengo un título universitario, siempre procuro leer varios libros de divulgación científica al año. Porque todo es maravilloso, amigos: desde el primer latido del Big Bang, hasta la primera línea de Cien años de soledad, todo maravilloso. ¿Creéis que merece la pena perderse cuaquiera de las dos cosas por la pobre y mezquina emoción de sentirse mejor que el compañero de pupitre? Bah.

Os recomiendo el libro, simplemente como una obra de entretenimiento, porque todo está narrado con una soltura y una simpatía que se contagian; o porque conocéis la persona de Feynman y queréis conocer el personaje; o porque os gusta la historia, o la ciencia. En cualquier caso, exceptuando algunos pasajes que son algo oscuros a los que en esto de la ciencia somos solo aficionados, todo el libro se lee con gran disfrute y aprovechamiento. Leed y disfrutad, este libro o cualquier otro.

Lecturas de verano

5 de August de 2008

Aunque el tedio me ha atrapado con más fuerza que en toda mi vida, Feedburner me cuenta que este blog tiene unos 350 suscriptores, así que me veo obligado, como los noticiarios de la tele, a escribir algún post insustancial para llenar estas horas tan calientes.

Así que voy a hablar de mi libro. La penúltima vez –penúltima en todos los sentidos– que me presenté a las oposiciones, cuando aprobé pero sin obtener una plaza, comencé a leer El universo elegante de Brian Greene. Por una u otra razón lo dejé en la página ciento cuarenta y tantos. Esta vez lo he retomado desde el principio y voy algo más avanzado.

El tema central del libro es la teoría de las supercuerdas. Esta teoría nació de una necesidad, y esta necesidad de un problema. Hagamos algo de historia.

El mayor científico que ha existido en nuestro planeta fue Isaac Newton, formulador, entre otras, de la teoría de la gravedad, que explicó, por fin, por qué una manzana caía de un árbol precisamente hacia abajo, y también por qué razón la Tierra gira alrededor del Sol y la Luna alrededor de la Tierra. Su teoría arrojó luz sobre uno de los principales misterios del funcionamiento de nuestro universo.

Un par de siglos después, Albert Einstein daba vueltas a alguna que otra inconsistencia que manchaba la ley gravitatoria del gran genio, y tras mucho pensar enunció dos nuevas teorías: la de la relatividad general y la de la relatividad especial.

Estas teorías están relacionadas con unos cuantos hechos del universo que golpean los morros de nuestra intuición mundana, y que a pesar de eso son hechos, ya que están comprobados experimentalmente. Por ejemplo, que no hay nada, absolutamente nada más rápido que la luz. Ni siquiera la gravedad (este era el principal problema de las teorías de Newton). También afirmaba Einstein que, cuanto más rápido se desplaza alguien a través del espacio, más lentamente transcurre el tiempo para él. Es decir, que si emprendemos un viaje hasta una estrella lejana a una velocidad próxima a la de la luz y regresamos, habremos envejecido menos que los pobres que se quedan en la Tierra sin vacaciones por culpa de la crisis económica. Perdón, estanflación.

Parece ser, asimismo, que es imposible, para dos cuerpos que se desplazan en un movimiento uniforme –no acelerado–, decir que uno de ellos se mueve y el otro no. Es decir, que el movimiento es relativo. Si yo viajo en un tren y tú me observas desde el andén, científicamente es posible defender, y demostrar, que cualquiera de los dos está moviéndose… o parado.

Y uno de los conceptos más ofensivos para nuestra observación cotidiana: el recorrido más corto entre dos puntos puede no ser una línea recta, ya que el espacio se deforma debido a la acción de las masas. Y –aquí viene un enorme bofetón a nuestra inteligencia– también el tiempo se deforma por el mismo principio. De hecho, el tiempo y el espacio son manifestaciones parecidas de la realidad. Son dimensiones a lo largo de las cuales podemos viajar, aunque en la dimensión temporal solo podemos ir en una dirección.

Acabo de entrar en el apartado dedicado a la mecánica cuántica. Esta disciplina científica se encarga de estudiar y explicar lo que sucede a una escala increíblemente pequeña de las cosas. A una escala incluso menor que la de los átomos. Y aquí viene la paliza a nuestros evolucionados cerebros:

Resulta que la mecánica cuántica es capaz de realizar predicciones sobre el comportamiento de la materia con una precisión prácticamente absoluta. Esto es: que, científicamente, la mecánica cuántica funciona exactamente como esperamos. Y la relatividad general y la especial funcionan del mismo modo a escalas mayores: por ejemplo, al predecir los movimientos de los planetas o la gravedad que mantiene nuestros pies sobre la tierra. Pero… la mecánica cuántica y la relatividad no pueden ser ciertas al mismo tiempo. A pesar de que las predicciones de ambas teorías son increíblemente exactas en cada uno de sus campos, matemáticamente es imposible que las dos sean ciertas.

Aquí es donde entra la teoría de las supercuerdas (o teoría de cuerdas). Mediante unos cálculos matemáticos, complicados pero bastante «elegantes» (de ahí el nombre del libro), parece ser que el problema de la colisión entre la mecánica cuántica y la gravedad se habría solucionado… Siempre y cuando aceptásemos la existencia de once dimensiones –siete más de las que podemos percibir– y, probablemente, de varios universos paralelos que conviven a una millonésima de milímetro de nuestra existencia cotidiana.

Lo malo, parece ser, es que la teoría de cuerdas es perfecta matemáticamente, pero no ha sido refutada por un solo hecho experimental. Así que muchos físicos la admiten como una bonita construcción matemática o filosófica, pero no le dan credibilidad como ciencia experimental. Sin embargo, sus defensores esperan que el CERN –el mayor acelerador de partículas del mundo– sea capaz tarde o temprano de apoyar la teoría de cuerdas con algún dato palpable. Hasta entonces, hay grandes físicos que creen en la exactitud de esta teoría, y otros grandes científicos, entre ellos varios premios Nobel, que no le muestran ningún respeto en tanto no se vea respaldada con un solo dato experimental. No obstante, todos admiten que, matemáticamente, esta teoría es solvente, aunque no todos piensen que sirva para explicar nuestro universo.

De momento el libro mantiene unas cotas altísimas de interés, y he de decir que para alguien como yo, de letras puras, y que recuerda de ciencias lo que unos profesores mediocres le enseñaron en el instituto –y lo que ha podido ir consiguiendo de forma autodidacta–, el libro está siendo comprensible, aunque hay algún pasaje que debo leer un par de veces o tres, y algún otro en que tengo que frotarme los ojos en un gesto de incredulidad. Pero espero acabarlo y llegar a comprender todo el asunto este de las dichosas cuerdas de marras.

La teoría se llama así, por cierto, porque según ella toda la materia del universo estaría compuesta, a un nivel infinitamente pequeño, por pequeños filamentos o cuerdas, y la existencia de distintos tipos de partículas componentes de la realidad (electrones, neutrones, protones, muones, fotones, los escurridizos gravitones, etc.) se vería explicada por un distinto modo de vibrar de estas minúsculas cuerdecitas.

En esta entrada de otro blog podéis leer otra reseña del libro, y al final tenéis un enlace a los tres documentales que se hicieron sobre él (en Google Video). Los documentales me los he visto ya, y aunque abordan el tema con una mayor superficialidad, creo que sirven para entender a grandes rasgos de qué va todo este misterioso asunto. Resumiendo: todos somos cuerdas. Yo me pido de guitarra.

¿Y qué estáis leyendo vosotros?

Neandertal

13 de April de 2008

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Imagen: Wikipedia.

Hoy aparece en El País Semanal un interesante artículo sobre los últimos descubrimientos en torno al hombre de Neandertal, una especie primitiva que convivió con nuestros antepasados directos y que un buen día se extinguió, sin que estén del todo claras las causas.

El reportaje habla de interesantes temas, como la probable causa de su extinción, la naturaleza de su lenguaje, la posibilidad de que los hombres de Cromañón se hayan cruzado con ellos –lo que haría que nosotros tuviésemos sangre de neandertal corriendo por nuestras venas–, su dieta, y otros muchos.

Una de las probables causas apuntadas en el artículo para la supremacía de nosotros sobre ellos me ha parecido muy interesante, y es de tipo parcialmente lingüístico: los símbolos. Aunque parece estar demostrado que los hombres de Neandertal conocían el lenguaje (tienen, por ejemplo, partes del aparato fonador adaptado de la misma forma que el nuestro, a diferencia de los chimpancés, nuestros familiares más cercanos), parece ser que su pequeño cerebro les impedía un desarrollo del simbolismo, o al menos un desarrollo tan complejo como el nuestro.

Recordemos lo que es un símbolo: una cosa que se esgrime en lugar de otra. Una cosa que significa otra sin que se le parezca. Una bandera que significa un país, un grupo de sonidos (palabra) que significa una realidad externa («árbol»).

Apuntan en el artículo que el avanzado simbolismo cromañón propició la existencia de grupos más grandes y, por lo tanto, más eficaces en la propia protección y en la búsqueda de alimento. Al tener una bandera (utilizan esa palabra concreta) como representante del grupo, muchos hombres externos al clan familiar podían unirse y aglutinarse bajo el mismo trapo, sin que fuese necesario un parentesco genético, lo que además tuvo la feliz consecuencia de que nuestro genoma se hizo más variado. En el estudio aluden de pasada a la consanguinidad como otra de las causas de la desaparición de los neandertales, y todo el mundo sabe que la excesiva consanguinidad tiene consecuencias funestas para las especies (que se lo digan a algunos de nuestros reyes, como Carlos II).

Pero luego, no sé si el periodista o el investigador, no parece entender la bondad de los símbolos que agrupan a la gente en vez de separarla, y te suelta una perla como la que viene a continuación:

[…] en el fondo, ellos [los hombres de Neandertal], que podían ser rubios o pelirrojos y de piel clara, se parecían más físicamente al hombre actual que nuestros antepasados los cromañones. “Éstos, hacía poco que habían salido de África y tenían una pigmentación más oscura”.

Lo que al parecer está bastante claro: en opinión del investigador, o del periodista, el hombre actual es el caucásico, de piel clara y pelo rubio, y la gente de piel más oscura no puede ser considerada como humanos totalmente evolucionados. Así es como lo entiendo yo, al menos. En lugar de llegar a una conclusión que yo veo mucho más lógica, que es que el maldito color de la piel no tiene nada que ver con el grado de evolución alcanzado, siguen insistiendo en la idea de que hay un tipo de ser humano: el blanco, y luego están los medio simios de nuestros congéneres de piel oscura. El hombre del presente, el del futuro, tendrá los ojos azules, el pelo rubio y la piel sana, como en el anuncio aquel del champú (quien tenga veinticinco años o más se acordará de lo que hablo).

Hitler, como Franco, sigue ganando batallas después de muerto, y lo más curioso es que quienes les conceden las victorias modernas son siempre los que presumen de ser sus más acérrimos detractores.

Robot que da miedo (por fin)

18 de March de 2008

Mirad bien el vídeo que tenéis bajo estas líneas.

Enlace al vídeo en YouTube

Es la primera vez que veo un robot que parece un ser vivo. Y eso que externamente su estructura se ve que es cibernética, pero es que no es el aspecto exterior, está claro, lo que da la apariencia de vida, sino el movimiento. Por eso daba tanto miedo el alien de Alien: aunque su estructura externa consistía en un exoesqueleto que tenía como principal función la de confundirse con la maquinaria de las naves espaciales, sus movimientos eran tan realistas que asustaba mucho. Y el robot del vídeo, aunque por fuera parece más o menos una mesa sadomasoquista, tiene unos movimientos tan naturales que me recorre un escalofrío cuando lo veo moverse.

Este artilugio de Boston Dynamics camina, intenta incorporarse cuando se resbala, mantiene el equilibrio cuando le pegas una patada y es capaz de trotar, escalar, saltar y hacer todo tipo de cabriolas. Cuando lo veo tengo sentimientos encontrados: al comprobar cómo reacciona a los elementos y a la interacción humana, de forma a veces patética, siento algo intermedio entre la compasión y el horror. Pero eso no es lo extraño. Lo extraño, realmente, es que su visión me provoque cualquier sentimiento. Este otro robot, sin embargo, dotado de ojos, nariz, boca, piel y expresiones faciales, me parece mucho menos vivo. Se ha intentado dotarlo de movimiento ocular y labial, pero se nota que está inmerso en su mundo binario. El BigDog con el que empiezo este post, sin embargo, es un ser que reacciona ante lo que lo rodea.

Por fin han creado un robot que me da miedo, y no porque sea feo ni tenga grandes colmillos, sino porque parece un ser vivo.

Teniendo en cuenta el abaratamiento progresivo de la tecnología, que parece no tener fin, es posible que dentro de relativamente poco, diez años tal vez, esto ya sea un producto de consumo. Pero lo que me excita y a la vez me aterra es el uso que se le puede dar en dos campos muy concretos: el cine y la industria del armamento.

Sus posibilidades cinematográficas pueden llegar a ser insuperables. Más de quince años de diseño de personajes y animales en tres dimensiones para el cine (y yo soy tan viejo como para recordar cuando eso no existía) aún no han conseguido que no se note demasiado que tal o cual personaje de La guerra de las galaxias no está realmente ahí, sino que ha sido diseñado y superpuesto. Y sí, me refiero a ti, despreciable Jar Jar Binks. Antiguamente los bichos en el cine se hacían con maquinaria y mucha artesanía, y sobre todo mucha fuerza de voluntad. Pero se notaba que eran robots. Hoy se hacen por ordenador, y se mueven como si estuvieran vivos, pero se nota que son dibujos animados. Cuando el robot que nos ocupa hoy haya evolucionado lo suficiente, no solo tendremos una criatura cinematográfica que se mueve como un ser vivo y que se nota que está ahí, sino que incluso será capaz de improvisar cuando encuentre alguna desigualdad en el terreno y podrá interactuar con los actores en tiempo real.

Lo del armamento es un asunto bien distinto. Visto lo avanzada que está ya esta tecnología, no pueden tardar demasiado en darle lo poco que le hace falta: una buena autonomía energética (podrían hacer, por ejemplo, que funcionase con energía solar), algo más de precisión en sus movimientos, mayor velocidad y dotarlo de fuerza destructiva. Cuando un bicho de estos cueste poco dinero, ¿qué impedirá a los ejércitos dotarlos de bombas, metralletas, cámaras y cualquier otro tipo de artilugios ofensivos? Podríamos tener, de aquí a poco, una terrible guerra al estilo de Terminator.

Me decanto por su uso pacífico para Hollywood, aunque, conociendo el percal, no tengo demasiadas esperanzas.

Dinero

14 de January de 2008

¿Qué preferiríais, ganar 5.000 euros mensuales mientras el resto de la gente gana 2.500, o ganar 10.000 al mes si el resto de la gente gana 25.000, teniendo en cuenta que las cosas costasen lo mismo que cuestan ahora? Varios estudios afirman que la mayor parte de vosotros elegiréis la primera opción: es preferible ganar menos antes que soportar que los otros ganen más.

Otra situación: hay un tipo (lo llamaremos A) en la cola del cine, al que, al comprar su entrada, le informan de que es el espectador número 100.000 y le entregan como regalo un cheque de 100 euros. Otro tipo (B) está esperando para ver otra película, cuando al que está delante de él le dan un premio de 1.000 euros por ser el cliente un millón. Al señor B, por ser el cliente 1.000.001, le dan 150 euros. ¿Quién preferís ser? Una vez más, la gente suele elegir ser A: perder 50 euros, a cambio de no tener que sufrir que a otro le vaya mejor que a nosotros.

Tercer dilema. Se nos plantea lo siguiente: tienes 1.000 euros a repartir entre otra persona y tú. Puedes repartirlos como quieras, con una condición: la otra persona debe aceptar el reparto. Si está de acuerdo, los dos os quedáis con lo que os corresponda. Si no acepta, los dos lo perdéis todo.

Ahora imaginad que decidís quedaros con 900 euros y dar 100 a vuestro compañero. ¿Cuál sería la opción más inteligente desde su punto de vista? Lógicamente, aceptar: si acepta sólo se lleva 100 euros (y tú 900); si rechaza el trato, se queda sin nada (y tú también).

Una vez más, la mayor parte de la gente optará por quedarse sin nada, si con ello logra fastidiar al contrario.

Según algunas investigaciones, este comportamiento tan insolidario (y tan español, diría yo) obedece a un instinto desarrollado durante miles de años, ya que al parecer también se observa en algunas especies actuales de monos. Este instinto nos haría sentir rechazo a una experiencia económica negativa, por el riesgo que ello supone para la supervivencia. Puede que parezca contradictorio, porque en los casos citados más arriba, lo más lógico económicamente hablando habría sido escoger la opción que casi nadie escoge… pero recordad que estamos hablando de un instinto, y no de una herramienta lógica ni intelectual. De hecho, aunque nos olvidásemos del instinto: ¿no sería lo mejor, en cada una de los tres dilemas, elegir la opción que más nos beneficie a nosotros, y no la que perjudique al prójimo? Sí, claro que lo es. Pero entonces, ¿por qué nos da más alegría ganar menos, con tal de que los demás ganen menos aún? Está claro que no es una opción racional.

Esto se opone a la teoría del homo oeconomicus, según la cual los seres humanos nos comportamos de forma racional ante estímulos económicos (no sé si es una de las bases del pensamiento económico liberal, pero me da en la nariz que sí).

Leído y adaptado de este artículo en Los Angeles Times.

El instinto del lenguaje

3 de December de 2007

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La premisa de la que parte este interesante libro es la siguiente: existe un instinto en la especie humana que le hace desarrollar un lenguaje oral diferenciado de todas las formas de comunicación animal, y, como instinto, es innato y está codificado en nuestros genes.

A diferencia de casi todas las grandes corrientes de la lingüística, que siempre han catalogado las lenguas como algo puramente cultural, es decir, algo que ha sido creado como podía no haberlo sido, la tesis del libro es que la facultad de hablar una lengua no solo es algo para lo que nacemos preparados, sino que tiene un órgano físico dedicado a ello (más bien, parte de un órgano: el cerebro), igual que tenemos órganos para la digestión y para la circulación sanguínea.

Hasta hace poco, las teorías que negaban la existencia del lenguaje como un instinto se basaban, sobre todo, en dos cosas: primero, que no tenemos (al menos aparentemente) un órgano dedicado a la facultad de hablar, sino pequeñas modificaciones en partes de nuestro cuerpo, como la lengua, el paladar, la laringe, etc.; y segundo, que la especie humana ha creado miles de lenguas distintas entre sí.

Algunos de los descubrimientos del siglo XX parecen, al menos, poner en duda tal teoría, por ejemplo:

  • Absolutamente todas las civilizaciones conocidas, incluso algunas que han vivido aisladas del resto del mundo desde la Edad de Piedra, han desarrollado una lengua más o menos sofisticada que sirve exactamente a los mismos propósitos en cada una de ellas. Además, hay evidencias históricas de que nuestros antecesores en la cadena evolutiva (los distintos homo que nos han precedido) también utilizaban el lenguaje, como el desarrollo de hechos culturales que precisan de técnicas difícilmente transmisibles sin él: la ropa, las armas, las viviendas, y demás.
  • Hay hechos que se repiten en absolutamente todas las lenguas: son los conocidos como universales lingüísticos (aquí tenéis un artículo en formato PDF sobre el particular). Por ejemplo, todas las lenguas conocidas, vivas o muertas, distinguen las clases de sustantivo y verbo, y tienen consonantes nasales (como nuestras m, n y ñ). Este tipo de universales, que se dan en todas las lenguas, son llamados universales absolutos. Pero también hay universales relativos o implicacionales, que establecen que en todas las lenguas donde se produce X también se produce Y, sin excepción. Por ejemplo, no todas las lenguas conocen el número dual (el castellano sólo conoce los números singular y plural). Pero todas las lenguas que conocen el número dual, como el griego clásico, también conocen el número plural (el cual no es un universal). Estos hechos son difícilmente comprensibles si no asumimos alguna estructura lingüística cerebral e innata que produzca estas coincidencias.
  • A pesar de que no existe, como entidad autónoma, un órgano del lenguaje, al parecer sí que hay varias regiones del cerebro, como el área de Broca, que están destinadas desde nuestra concepción a determinadas funciones lingüísticas concretas1.
  • Aunque no tenemos, fuera de las áreas mencionadas, un órgano específico del lenguaje, sí que hay algunas partes de nuestro cuerpo que han sido modificadas exclusivamente para este cometido. Por ejemplo, la razón por la que las personas sufrimos frecuentemente atragantamientos es que la estructura de nuestro aparato fonador está diseñado para que podamos producir un número rico de fonemas (sonidos, o, para entendernos, letras), y el precio que pagamos a cambio es un sistema de nariz, boca y garganta más vulnerable a lo que conocemos como “se me ha ido la comida por el otro lado”. Este problema no se produce en nuestros parientes simios más cercanos, y no tiene sentido que nuestra especie lo haya desarrollado si no es para el lenguaje, dado que no sirve para nada más.
  • Existen enfermedades y lesiones cerebrales que únicamente afectan a la capacidad de hablar, sin afectar en nada a la inteligencia (se conocen como afasias). Existen, por ejemplo, personas con inteligencia normal, o incluso personas superdotadas, que son incapaces de hilvanar un enunciado coherente. Al mismo tiempo, existen personas con un cociente intelectual por debajo de lo normal (menos de 80) que pueden emitir largos discursos con gran coherencia gramatical. Esto se enfrenta a la idea de que el lenguaje es un invento cultural fruto de nuestra impresionante capacidad intelectual general, como lo pueden ser los televisores de cristal líquido o los cohetes que pueden viajar a la luna. Esto es: la humanidad podría existir, y lo ha hecho durante miles de años, sin fabricar televisores ni cohetes, porque no es algo innato ni necesario para nuestra supervivencia, aunque nuestro cerebro sea capaz de inventarlos. El lenguaje, sin embargo, es algo necesario en nuestra especie. No es ningún invento.

Es un libro bastante largo que echa por tierra bastantes tópicos, como el tan manido de que los esquimales tienen no sé cuántas palabras para el significado de “nieve”, y se enfrenta valientemente con algunas verdades centenarias y casi inmutables de la lingüística, como la que afirma que las palabras que designan los colores en los distintos idiomas son algo meramente cultural, y no fruto de nuestra naturaleza (aparentemente, aunque la gama de colores sea un continuum de frecuencias sin un salto detectable entre el rojo y el rosa, por ejemplo, nuestro ojo sí está preparado fisiológicamente para discriminar determinados colores). Aparte de todo esto, en sus trece largos capítulos se nos cuentan infinidad de curiosidades sobre el lenguaje y muchas de las distintas lenguas que en el mundo se han hablado y se hablan, todo dirigido a convencernos de su teoría sobre lo instintiva que es nuestra principal forma de comunicación. Y en general, al menos conmigo, está cerca de conseguirlo.

El libro se opone a las tesis de los idealistas, para los cuales el mundo lo vemos como lo vemos porque cada lengua concreta lo estanca en distintas realidades que se corresponden con las palabras, y afirma -y argumentos no le faltan- que hay realidades que existen independientemente de nuestra concepción del mundo, como los animales, los árboles, el mar, y otras muchas.

Hay un par de alegatos sobre la necesidad de preservar las lenguas minoritarias, y también en contra de los que él llama «coleccionistas de palabras», profesionales que se dedican al «buen hablar» (como lo habría sido el difunto Fernando Lázaro-Carreter con sus dardos), y también un capítulo dedicado a enfrentarse con ciertos convencionalismos académicos del inglés. Aquí es donde flojea un poco el libro, y se nota que Steven Pinker es, sin duda, un gran conocedor de la psicología, pero algo superficial en cuestiones gramaticales puras. Sin embargo, todas las posturas que defiende están respaldadas por argumentos razonados.

Creo que la extensión del libro y la importancia del tema tratado (nada de lo que nos hace humanos podría existir sin el lenguaje, y tampoco el estudio y la transmisión de las distintas ciencias) lo hacen comparable a mi otro libro de divulgación preferido de este año: Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Es tan amplio el tema que aborda, y lo hace tan documentadamente, que creo que es una obra imprescindible para cualquier persona culta que quiera conocer el porqué de nuestro lenguaje, de los distintos idiomas, de por qué estoy escribiendo y vosotros estáis leyendo. Aunque para los legos los pasajes sobre ciertos temas específicos (como la gramática transformacional de Noam Chomsky) pueden ser algo difíciles, y en mi opinión pueden saltárselos sin problemas, todo el que tenga curiosidad sobre las grandes cuestiones de nuestra especie debería tener este libro en su mesita de noche.

Otras opiniones sobre el libro:

En La Lengua:

(1) Es curioso que, aunque muchos experimentos han constatado que la emisión de determinados mensajes lingüísticos provocan reacciones químico eléctricas en esta área y otras, en un porcentaje mínimo de personas el área que reacciona a los mismos estímulos es otra. Esto parece estar también diseñado desde nuestro genoma. Durante el nacimiento, y dada la enorme cabeza de los bebés humanos y el estrecho conducto vaginal por el que tienen que salir, es frecuente que se produzcan pequeños infartos cerebrales, que o bien se compensan al poco tiempo, o bien no son lo suficientemente graves como para constituir un problema a los individuos adultos. Parece ser que en estos casos el cerebro es capaz de destinar alguna otra zona de propósito general para que desempeñe las funciones previstas originalmente para la zona dañada.

¿Los negros se parecen más a los monos?

2 de December de 2007

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Al parecer, recientemente ha sido polémica en el lamentable programa Gran Hermano de la cadena ex amiga Telecinco la intervención de una de sus participantes, una tal Amor, que hablando sobre uno de sus competidores de concurso (de color… negro, llamado Andalla) graznaba que los negros se parecen más a los monos que el resto de las razas (vídeo en YouTube). Por cierto, el susodicho Andalla por lo visto había dicho que los homosexuales eran una especie de degenerados o algo así, lo que nos presenta la primera prueba de igualdad entre las razas: la estupidez se reparte equitativamente.

Este asunto me recordó un libro de Isaac Asimov llamado La visita al tiranosaurio y otros cien artículos en uno de los cuales se abordaba el mismo tema. ¿Los negros son más parecidos a nuestros primos primates que el resto de las razas, especialmente las de color más claro? Veamos lo que pensaba al respecto Asimov.

El color de la piel no parece justificación para tal afirmación, porque en la mayoría de los monos está oculta bajo un tupido manto de pelo. Además, en las zonas de piel visibles, descubrimos que también hay diferencias entre los monos: desde la piel negra de los gorilas (uno de los simios superiores), hasta la rosada clara del Násico.

Este simpático narizón nos sirve para rebatir otro argumento: el de que los negros se parecen más a los monos por tener la nariz chata, como si eso fuese un rasgo de primitivismo, en lugar de una simple adaptación al medio (al parecer, los humanos nórdicos tienen la nariz más alargada para que el aire de las gélidas zonas del norte de Europa tenga tiempo de calentarse antes de llegar a los pulmones, cosa inservible en las cálidas sabanas africanas). Pues bien, don Násico nos sirve de ejemplo de que la longitud de las narices no es un rasgo primitivo ni moderno, sino de simple adaptación.

Ahora fijémonos en el pelo, y descubriremos otras dos llamativas características. En primer lugar, los monos no suelen tener el pelo rizado, al contrario que los negros. Y, en segundo, curiosamente los individuos de raza negra se encuentran entre los menos peludos de toda la humanidad, lo que parece de nuevo constituir otra adaptación a un medio cálido donde no es necesario este procedimiento para conservar el calor corporal.

Estas eran las razones de Asimov. Y yo añadiré otra, ya puestos: la longitud del pene, en la media de los humanos, es mucho mayor que en cualquiera de las especies de monos que pululan por selvas, junglas y sabanas (recomiendo el libro El mono desnudo de Desmond Morris para este y otros curiosos datos). Y si debemos tener en cuenta esto para establecer la cercanía o lejanía de parentesco con los monos… pues acabad la frase vosotros mismos.

Tranquilos, que no me he subido al carro de los racistas inversos de lo políticamente correcto y no estoy dispuesto a afirmar que los negros sean superiores al resto de los humanos. Para expresar la tesis que me parece más aceptable, termino con una cita del libro El instinto del lenguaje, que por fin he acabado de leer, y que parece venir que ni pintada:

La raza y la etnia son los factores que producen diferencias menores. Los especialistas en genética humana Walter Bodmer y Luigi Cavalli-Sforza han observado un hecho paradójico en relación con la raza. Para los legos en la materia, la raza es, por desgracia, un rasgo extremadamente notorio, mientras que para los biólogos es prácticamente invisible. El ochenta y cinco por ciento de la variación genética humana consta de diferencias entre individuos que pertenecen a un mismo grupo étnico, tribu o nación. Un ocho por ciento corresponde a diferencias entre grupos étnicos y tan sólo un siete por ciento corresponde a diferencias «raciales». En otras palabras, las diferencias genéticas entre dos suecos, por ejemplo, tomados al azar es (sic) aproximadamente doce veces mayor que las diferencias genéticas entre el promedio de los suecos y el promedio de los apaches o los warlpiris. […] La raza se encuentra, literalmente, muy por debajo de la piel, aunque dada la tendencia de las personas a deducir diferencias internas a partir de las externas, la naturaleza nos ha llevado engañosamente a creer que la raza es importante. La «penetrante» visión de la genética molecular demuestra, en cambio, la uniformidad de nuestra especie.

La negrita es mía.

Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos)

30 de November de 2007

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Solo puedo calificar el presente post de una forma: este es mi blog y escribo lo que quiero. Dudo que le resulte interesante a alguien, aparte de a mí mismo. De todas maneras, si quieres arriesgarte, asegúrate de tener un buen rato disponible para leer: es larguísimo.

El post anterior sobre por qué los simios no pueden aprender a hablar ha tenido bastante éxito (incluso ha salido en Menéame), de lo cual me siento muy pagado, pero algunos comentaristas (en este sitio y en el otro) me han criticado de una manera que me hace sospechar que no han llegado a captar una idea fundamental.

En el citado post yo defendía la idea de que los monos no pueden utilizar el lenguaje. Algunos han entendido (o así lo creo) que yo he negado la capacidad comunicativa de los chimpancés, cosa muy alejada de mi intención. Los chimpancés, como el resto de los animales (yo diría que todos), se comunican. Lo que no pueden es sintetizar y utilizar un lenguaje como el humano. Pero, entonces, ¿hay alguna diferencia cualitativa insalvable entre el lenguaje de las personas y las formas de comunicación animal, aparte de una mayor complejidad cuantitativa? Pues sí que la hay.
(more…)

¿Por qué no pueden hablar los monos?

28 de November de 2007

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Notas (el artículo en sí comienza después de estas notas en bastardilla): en este artículo no se ponen en duda las capacidades comunicativas de los simios. Los simios se comunican, como casi todas, o todas, las especies animales, y de hecho lo hacen con un sistema de comunicación bastante eficiente, uno de los más desarrollados de entre los de todas las especies. Lo que se cuestiona es su capacidad para usar un lenguaje, esto es, un sistema combinatorio discreto capaz de unir sus unidades en otras mayores de extensión variable y virtualmente infinita para inventar y comprender mensajes nunca percibidos con anterioridad. Los simios, los delfines, las aves, incluso las abejas, tienen complejos sistemas de comunicación perfectamente eficientes para sus respectivas especies, pero ninguno de ellos parece tener la capacidad de usar un lenguaje como el humano, tan diferenciado de todos los restantes sistemas de comunicación animal. Ni siquiera otras formas de comunicación humana, como los gestos, la ropa, las señales de tráfico, etc. poseen la capacidad inventiva e innovadora del lenguaje verbal, con la posible excepción del lenguaje matemático y algún otro lenguaje científico altamente desarrollado.

A menudo utilizo en este artículo el vocablo mono como sinónimo de simio, cuando esto no es científicamente correcto. Los gorilas, los chimpancés y los orangutanes son monos, pero además son simios, al contrario que mandriles y macacos, por ejemplo, que, siendo monos, de simios no tienen nada. Soy consciente de que en el lenguaje científico este uso no es correcto, pero los utilizo como sinónimos para evitar repetir el término. Siempre que me refiero a los “monos” en el artículo me refiero en realidad solamente a los grandes monos, o simios, que son las especies citadas.

Ya sé que no hay carrera por la evolución. Es un argumento que utilizo para rebatirlo a continuación, por si hay algún despistado que toma dicho argumento como válido. Creo que se entiende perfectamente si se sigue leyendo el párrafo citado, pero por si acaso, aquí queda dicho.

Antes de nada, quiero aclarar dos cosas:

1. Cuando hablo de “monos” me refiero a individuos de las diversas especies de simios superiores (gorilas, chimpancés y orangutanes), y no a los numerosos individuos de nuestra especie que frecuentemente se comportan como tales o incluso peor.

2. Cuando hablo de “hablar”, no me refiero al acto sonoro de imitar los sonidos que hacemos las personas cuando usamos el lenguaje, como hacen los loros, sino a usar la lengua como un sistema estructurado de comunicación que permite elaborar y comprender un número infinito de mensajes1. Cuando un loro imita, a veces con una perfección asombrosa, el habla de las personas, no está utilizando nuestro lenguaje, sino imitando un sonido, al igual que puede imitar el sonido del timbre del teléfono o el de la sirena de una ambulancia. Por cierto, los loros no son las únicas aves con esa sorprendente capacidad. También pueden hacerlo los periquitos, los cuervos, y si no recuerdo mal, incluso algunos canarios.

Vamos allá.

Desde hace bastantes años, muchos científicos han intentado enseñar a hablar a los chimpancés, que parecen ser los simios más inteligentes. No solo eso, sino que además comparten con nosotros un porcentaje genético cercano al 99% (no sé si eso debe hacernos avergonzarnos a nosotros o a ellos). Por supuesto, el aparato fonador de estos animales no es comparable al humano por sus características fisiológicas, así que no podemos esperar que imiten nuestra habla en su vertiente fonética: es decir, les falta lo que tienen los loros. Sin embargo, podría ser posible, tal vez, enseñarles un lenguaje signado similar a alguno de los que usan los sordomudos, que constituyen de facto una lengua con las mismas posibilidades de expresión que las lenguas naturales habladas, excepto las derivadas del sonido, claro está. Sin embargo, aspectos expresivos que las personas oyentes usamos empleando la entonación, como el enfado, la interrogación, etc. pueden ser suplidos fácilmente por otras formas de expresión, como gestos con las manos, posición de las extremidades, la expresión facial, etc.

Si fuese posible enseñar a los chimpancés un lenguaje como el de los sordomudos, sería tarea fácil acoplarles un traductor que interpretase sus signos y emitiese el sonido correspondiente a la palabra oral, como aparece en la película Congo. En esas condiciones, podríamos tener un mono que hablase prácticamente como nosotros, con todas las implicaciones que semejante descubrimiento entrañaría.

Sin embargo, todos los intentos de enseñar una lengua humana a los simios han resultado ser infructuosos. Los chimpancés son muy inteligentes (quiero decir, para no ser personas), y son capaces de aprender muy rápidamente. Si somos capaces de enseñar a nuestro perro que nos dé la pata, que traiga el periódico y que ladre cuánto son dos más dos, ¿no podemos utilizar la misma enseñanza condicionada con los monos obteniendo mejores resultados? Por supuesto que sí. Hay monos que han aprendido a relacionar determinados gestos con diversos significados, y han entablado, de esa manera, comunicación con los investigadores que los cuidaban.

Pero eso no es hablar. Mi perro entiende ciertos gestos, y se hace entender con otros. Cuando quiere calle, se pone a mi lado y empieza a llorar, mirándome con cara de pena. Y yo lo entiendo. Y cuando ve que agarro su correa, se vuelve como loco, porque sabe que va a salir.

Ya, esto no es más que un reflejo condicionado. El perro ha aprendido que al hecho de coger la correa su dueño sigue el hecho de salir a la calle, y relaciona el estímulo con su consecuencia. Pero es que enseñar a un mono es algo parecido, porque es imposible que haga lo que queremos sin la promesa de un premio. No dejan de ser animales: todo lo que hacen en su vida va orientado a su utilidad.

Lo más que se ha logrado conseguir con los chimpancés es que unan dos o tres de esos gestos que simbolizan cosas, y de una forma desordenada, mucho menos eficiente que como lo hace cualquier niño de dos años sin más entrenamiento que el de oír a los adultos a su alrededor.

Pero ¿por qué? Siendo tan inteligentes, y compartiendo el 99% de nuestro código genético genoma, ¿por qué es tan difícil para un mono hablar?

Pues la respuesta es múltiple, pero sencilla. Por un lado, un 1% de diferencia genética puede parecernos despreciable, pero no lo es tanto. Fijémonos en la cantidad de órganos y procesos del cuerpo humano que están determinados por los genes: el crecimiento, la cantidad y el color del cabello (y su forma: rizado, ondulado, liso), el color y la forma de los ojos, el hecho de tener dos extremidades superiores y dos inferiores, el hígado, los pulmones, el corazón, las uñas, la digestión… Todo ello está dictado por nuestro código genético nuestros genes. Y en gran parte de todo ello somos indistinguibles de los chimpancés, si nos fijamos en la estructura, y no en el aspecto superficial: somos animales con cuatro extremidades, dos ojos dispuestos hacia delante, vello por todo el cuerpo, un corazón (que incluso podemos trasplantar de una especie a otra), una misma forma de digestión, de circulación sanguínea, de respiración; uñas, dientes, orejas, y demás. Un mono y una persona desnudos, para un observador científico extraterrestre, podrían pasar, en un reconocimiento rápido, por dos animales de especies hermanas, o incluso por dos individuos de una misma especie (habida cuenta de que hay gatos de angora y gatos totalmente lampiños, por ejemplo, que son de la misma especie: Felis Catus; y teniendo en cuenta también que hay seres humanos extraordinariamente peludos).

Pero es que, además, una diferencia del 1% del código genético genoma no tiene por qué significar que un 1% de nuestros genes sea distinto al de los chimpancés. Puede significar que cada uno de nuestros genes es un 1% distinto de todos los genes de nuestros queridos animales. Ahí es donde nos damos cuenta de que la diferencia puede ser abismal.

Nuestra capacidad para usar un lenguaje, según los últimos estudios, depende fundamentalmente de dos cosas: un aparato fonador adaptado para ello (tráquea, laringe, faringe, dientes, paladar, etc.) y ciertas regiones del cerebro que parecen estar destinadas al lenguaje, como el área de Broca. Todo parece indicar que un 1% de nuestro código genético nuestros genes podría ser suficiente para crear estas dos diferencias.

Un segundo error consiste en una apreciación falsa de la evolución de las especies. Si un chimpancé es tan parecido, y si va justo por detrás de nosotros en la carrera por la superioridad de las especies animales, ¿no sería lógico que los chimpancés pudiesen desarrollar un lenguaje, aunque fuese uno tosco y rudimentario? ¿Es que nuestro antepasado más inmediato no podía hablar, y de repente nosotros podemos? ¿No se supone que las funciones y los órganos van mejorándose con el tiempo y el devenir de las especies, y que no aparecen de la noche a la mañana? Esto es: ¿no es cierto que no hubo una única mutación que consistiese en el ojo humano, y tampoco pudo haber otra que consistiese en la capacidad del lenguaje totalmente formada, como la conocemos? Pues sí.

Pero el caso es que la cosa no es así. Los humanos no descienden de los chimpancés. Los humanos descienden de diversas especies de animales cuasi humanos que nos precedieron en la historia de la tierra, como el australopithecus, el homo erectus o el homo habilis. Los caminos de la especie humana y del chimpancé se separaron hace millones de años, así que compartimos un antepasado común… pero estos simpáticos monos no son nuestros antepasados. Nuestros antepasados más inmediatos, casi con total seguridad, conocieron el lenguaje, al igual que la religión y la fabricación de armas2. Pero, al igual que pasa con la religión y con las armas, probablemente su capacidad lingüística era menos refinada que la del homo sapiens. Es casi seguro que la capacidad del lenguaje comenzó a desarrollarse cuando el antepasado común que chimpancés y personas compartimos ya había dividido el camino hacia ambas especies. Así que es tan lógico que nuestros antepasados tuvieran unos rudimentos lingüísticos, como que los actuales chimpancés carezcan por completo de ellos.

Esto se puede entender mejor si recurrimos a una hipérbole. ¿Por qué las personas no pueden volar, ni siquiera mal, y las aves sí, si descendemos de un antepasado común, como todos los vertebrados? Pues por la misma razón. La capacidad de volar de las aves comenzó en algunas especies de dinosaurios que ya estaban separadas genéticamente de otras especies de dinosaurios la rama de especies que dieron lugar a los mamíferos, y después a nosotros (Nota: los mamíferos no proceden de los dinosaurios, sino de una rama distinta anterior a ellos que dio origen tanto a los dinosaurios, como a nuestros antecesores. ¡Gracias, Paleofreak!). Así, es lógico que muchos de los antepasados de las aves pudieran volar, y que ninguno de nuestros antepasados lo haya hecho nunca.

Por todo ello, los chimpancés no pueden hablar, ni podrán hacerlo nunca, al igual que nosotros no podremos volar nunca sin servirnos de artilugios mecánicos fabricados por nosotros.

Pero, si no nos cargamos el planeta y las especies siguen evolucionando, ¿es posible que los descendientes de los chimpancés desarrollen un lenguaje (o que los de los hombres puedan volar)? Pues la respuesta, como algo posible, es sí.

Las capacidades genéticas no son únicas, sino que pueden desarrollarse en tiempos distintos o simultáneamente en varias especies. Se estima que un órgano como el ojo, por ejemplo, ha sido creado por la evolución al menos cuarenta veces. Este proceso se llama convergencia evolutiva. Las mismas necesidades generan órganos análogos. Los mosquitos y las aves pueden volar, aunque el antepasado común que tuvieron hace millones de años no lo hacía. Sin embargo, insectos y aves han desarrollado órganos análogos, que aunque genéticamente no están emparentados, sirven para el mismo propósito. Por ello, es posible que en un futuro muy lejano los descendientes de los chimpancés puedan terminar desarrollando un lenguaje.

Pero eso, en todo caso, es ciencia-ficción.

Nota: Gracias a los que han promovido la noticia en Menéame. Gracias a todos los que visiten el artículo y comenten. Se admiten, por supuesto, las correcciones necesarias. Gracias dobladas y multiplicadas al Paleofreak, que a petición mía ha tenido a bien revisar el artículo y ajustar unos remaches en las cuestiones sobre genética y evolución. Y si hay algún simio leyendo el artículo y no está de acuerdo con lo que en él se dice, ¡los comentarios están abiertos!

Este artículo está inspirado (y en gran parte basado) en algunos capítulos del interesantísimo libro El instinto del lenguaje, de Steven Pinker, del que ya os he hablado y del que pienso seguir hablándoos en varios posts.

(1) En esto, las lenguas naturales humanas difieren por completo de las formas de comunicación de los animales. Las lenguas naturales poseen un número limitado de unidades (sonidos, aunque para que nos entendamos, diremos que nos referimos a las “letras”), que combinándose entre sí pueden formar cientos de miles de palabras, que combinándose a su vez pueden formar un número infinito de mensajes. Por el contrario, los animales poseen un número limitado de señales, cada una con su significado (existencia de una fuente de alimento, presencia de un peligro, disponibilidad para aparearse, etc.), y que no pueden combinarse entre sí para formar otros significados.

(2) Por supuesto, ni la religión ni las armas forman parte de nuestro código genético genoma, aunque sí las capacidades intelectuales y mecánicas (dedos prensiles, etc.) que premiten su desarrollo. Pero creo que la analogía se entiende, que es lo que pretendo.

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