Ars longa, vita brevis

El ingenio de los pájaros

9 de April de 2017


Editorial Ariel. 21,90 € (papel); 13,99 € (formato electrónico).

Hay cosas que ya sabías sobre las aves, como que son una rama del linaje de los dinosaurios (no es que provengan de los dinosaurios, es que lo son); otras que no, como que hay especies que trasmiten sus cantos de forma cultural, y otras que nadie sabe, como cuál es el mecanismo completo de orientación de las palomas. En cualquier caso, si eres una persona curiosa, en este libro vas a encontrar 413 páginas llenas de datos, curiosidades y últimos descubrimientos que la divulgadora científica Jennifer Ackerman ha ido recopilando a lo largo de los años de investigadores y profesores universitarios, de libros y directamente del campo.

Se estima que existen entre 10000 y 18000 especies distintas de aves —más 153, que sepamos, extintas en tiempos históricos—, fruto de una fuerte radiación que sucedió a la extinción masiva de finales del periodo Cretácico. Desde el colibrí zunzuncito, de 5 cm de longitud y 1,8 g de peso hasta el avestruz, que con sus 3 m de altura pesa cien mil veces más, siempre nos han causado admiración, ya sea por la capacidad de volar de la mayoría de las especies, ya por el colorido plumaje de algunas, ya por sus cantos o por su inesperada inteligencia.

Ackerman divide su libro en ocho capítulos que tratan de temas tan diversos como el virtuosismo vocal de algunas especies (como el cuitlacoche rojizo, capaz de memorizar 3000 cantos distintos), sus aptitudes estéticas o los últimos descubrimientos sobre el sistema neuronal de los pequeños —y a veces no tan pequeños— cerebros de estos animales, que han dado resultados sorprendentes.

La autora comienza su libro comentando la expresión «cabeza de chorlito», que empleamos para denigrar la inteligencia de alguien. Sin embargo, algunas especies de aves son capaces de resolver problemas lógicos con más éxito que los chimpancés. Otra especie fabrica garfios, herramienta únicamente desarrollada por otra especie terrestre (nosotros). Algunas especies son capaces de fabricar herramientas que les permiten fabricar otras herramientas que emplean para lograr sus objetivos.

El sistema de orientación de las aves, que son capaces de orientarse hasta un destino situado a miles de kilómetros, atravesando lagos, cordilleras e inmensas llanuras u océanos, es igualmente pasmoso, y aún no lo sabemos todo sobre él, aunque es casi seguro que incluye detección del campo magnético de la tierra, posicionamiento por medio del Sol y de otras estrellas, olores y probablemente presión atmosférica, y se piensa que es un sistema múltiple ubicado entre el cerebro y el pico. Algunas especies pasan semanas migrando, sin posarse ni dormir. Otras entierran miles de semillas en miles de ubicaciones distintas, y meses después encuentran tres de cada cuatro.

Aunque el saber popular declara que los loros solo saben repetir sonidos como un reproductor mp3 y su entendimiento es limitado, las investigaciones demuestran que el orden de los psitacoideos —al igual que la familia de los córvidos— posee capacidades intelectuales capaces de sorprendernos. Y algunas especies de paseriformes —orden que incluye al gorrión, entre otros muchos— muestran variedades dialectales en sus cantos, igual que sucede con las lenguas humanas. A menudo estas variedades son trasmitidas de una generación a otra, lo que tira por tierra nuestra concepción de que las aves son seres puramente instintivos, como máquinas.

Jennifer Ackerman dedica un capítulo completo al gorrión común, especie que se cree evolucionó hasta ser lo que es hoy a partir de los primeros asentamientos humanos, y que no vive donde no vivimos nosotros. No en vano su nombre científico es Passer domesticus. A pesar de ser una de las especies más extendidas, su número está descendiendo de forma catastrófica en las últimas décadas, y es posible, lo creáis o no, que desaparezca.

Hay otros cientos de curiosidades y datos científicos en este libro que te hacen cambiar tu concepto de estos pequeños y grandes compañeros, y después de leerlo hay una cosa segura: será imposible que vuelvas a mirar las aves de la misma forma en que lo hacías antes. Es de los libros más amenos que he leído en muchos años.

Breve historia del cero

7 de May de 2013

Aun sin estar seguro de su fiabilidad histórica en los detalles, me ha resultado muy simpática esta «historia del cero» que aparece en el libro Las trampas del deseo, del psicólogo israelí Dan Ariely, que estoy leyendo ahora:

Fueron los babilonios quienes inventaron el concepto de cero; luego los antiguos griegos debatieron sobre él en elevados términos (¿cómo algo podía no ser nada?); el antiguo erudito indio Pingala lo emparejó con el numeral 1 para obtener los dígitos dobles, y tanto los mayas como los romanos hicieron de él parte de sus sistemas de numeración. Pero en realidad el cero encontró su lugar alrededor del año 498 de nuestra era, cuando el astrónomo indio Aryabhata se levantó de la cama una mañana y exclamó: ‘Sthanam sthanam dasa gunam’; que traducido quiere decir más o menos: «De posición a posición, 10 veces su valor». Con ello nacía la idea de notación decimal que relaciona el valor de un dígito con su posición. A partir de ahí el cero experimentó un auge: se difundió al mundo árabe, donde floreció; atravesó la península Ibérica rumbo a Europa (gracias a los musulmanes hispanos); fue objeto de algunos retoques por parte de los italianos, y luego cruzó el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, donde a la larga resultaría tremendamente útil (acompañado del dígito 1) en un lugar llamado Silicon Valley.

Esto viene en un capítulo dedicado, ahí es nada, a investigar por qué ejerce en nosotros una influencia mágica cualquier oferta que incluya algo gratis, incluso en las circunstancias —que las hay— en las que puede ser contraproducente para nosotros.

Según yo tenía entendido —y según defiende también el artículo en la Wikipedia—, los romanos no conocieron el cero. Cuando algo no era nada, usaban el indefinido nihil (de donde proceden, por ejemplo, los vocablos castellanos «nihilismo» y «aniquilar»). Es por ello que el castellano, cuyo léxico procede mayoritariamente del latín, hubo de adoptar el arabismo sifr («vacío») que dio un doblete en nuestro idioma: «cero» y «cifra», si los recuerdos de mis estudios de Historia de la Lengua Española no me han abandonado del todo. Pero para mí lo más llamativo del párrafo que he citado más arriba, sin duda, es la idea de que, si al final el cero no hubiese llegado a nuestra civilización, los adelantos informáticos habrían sido distintos. La mitad del lenguaje que entienden los ordenadores —léase: teléfonos, televisores modernos, videoconsolas, documentos electrónicos— es el número cero. ¿Cómo nos las habríamos arreglado? Es una interesantísima idea, creo, para una distopía que yo no estoy capacitado para imaginar.

¿Y por qué hablamos?

10 de January de 2013

¿Por qué hablamos? ¿Por qué, entre tantas formas de comunicación posibles, la preferida por nuestra especie es la palabra hablada? ¿Tiene que ver con la inteligencia? ¿Habría sido posible desarrollar una inteligencia superior, como la del ser humano, si nuestra forma preferida de comunicación fuese otra? A la inversa, ¿habríamos desarrollado un lenguaje oral de doble articulación si la evolución de nuestro cerebro hubiera seguido otros derroteros? ¿Por qué no pueden hablar los monos?

Estas y muchas otras preguntas relacionadas con el lenguaje y con la comunicación en general han originado ríos de tinta y montañas de libros, y lo seguirán haciendo, aun a sabiendas de que muchas de ellas tienen una respuesta muy difícil de obtener, y de que hay otras que, o se desmonta la Teoría de la Relatividad y se empiezan a realizar viajes hacia atrás en el tiempo, o no obtendrán una respuesta nunca (como, por ejemplo: ¿cuál fue la primera palabra?).

Hay una de esas preguntas, sin embargo, que tiene una respuesta ampliamente aceptada y que se da prácticamente por cierta en casi todos los círculos lingüísticos. Esta pregunta es: ¿Por qué hablamos? O, expresada de otro modo: ¿Por qué nuestro principal canal de comunicación es acústico, siendo, como es, la vista el sentido más desarrollado por nuestra especie, y del que más nos fiamos? ¿Por qué, a pesar del consabido refrán de que vale más una imagen que mil palabras, sigue siendo la palabra nuestro principal medio de comunicación? ¿Por qué podemos expresar cualquier cosa con palabras, pero no con imágenes?

La respuesta, en una palabra, es: desertización.

Viajemos, mentalmente, en el tiempo.
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Un perro elocuente y algo sobre ciencias y literatura

23 de January de 2011


Foto: Cass Sapir/Nova scienceNOW.

Llego, a través de Neatorama, a la historia de Chaser, un perro de raza Border Collie a quien su dueño, el psicólogo retirado John W. Pilley, ha logrado enseñar 1.022 palabras. Por supuesto, el perro no las puede pronunciar, dado que no tiene un aparato fonador análogo al de los seres humanos —o al de los loros, que también valdría—; sin embargo, Chaser es capaz de reconocer el objeto del que se le está hablando y traerlo.

Esta capacidad ha llevado a su dueño entre cuatro y cinco horas diarias desde 2004, en que adoptó a Chaser como cachorro. Tiene sus límites: por el momento —e imagino que seguirá así— el Collie únicamente es capaz de entender sustantivos, y no de cualquier clase, sino que tienen que ser objetos físicos. Nada de amor, el tres o el color verde. No obstante, sí que puede, por ejemplo, aprender por discriminación. Si se le ordena que traiga un objeto cuyo nombre no conoce, pero que está entre otros dos que sí sabe cómo se llaman, entiende que el objeto requerido es el desconocido, y desecha los otros dos.

Recuerdo, de mis años de estudiante, que en una asignatura en que se trataba estadística lingüística se calculaba el número necesario de términos de una lengua con el cual se podía entender determinado porcentaje de mensajes. Ahora mismo no tengo el texto a mano, pero buscando en Internet he llegado a esta tabla, donde podemos comprobar que, para el ruso, por ejemplo, con un vocabulario de 1257 palabras nos basta para entender el 70% de los mensajes. Se puede pensar que algo más de mil palabras es poca cosa, pero no creáis: simplemente, echad diez minutos en ir contanto el número de palabras que os sabéis. Probablemente más allá de 300 os cueste avanzar. La tabla que he enlazado un poco más arriba se ha preparado atendiendo a un corpus bastante extenso. Sin embargo, si vamos al lenguaje general, discriminando textos especializados o excesivamente formales, es muy probable que con entre 250 y 500 palabras seamos capaces de entender una cantidad de textos cercana al 100%. ¿Qué situaciones manejamos a lo largo del día? Normalmente, tienen que ver con el transporte, las faenas de la casa, diversiones bastante homogéneas —fútbol, salir a beber o comer algo, pasear, cine, televisión y poca cosa más—, la salud, el tiempo, relaciones familiares y, fuera de eso, las actividades profesionales de cada uno. Vamos a hacer un cálculo a lo bruto.
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Misión amarte

10 de June de 2009

mars-fresh-impact

Imposible no amar al planeta rojo. Nunca habías estado tan cerca de Marte, vía Menéame.

¡Dios mío…

18 de May de 2009

… está lleno de estrellas!

Creo que sólo podría llegar a entender plenamente a una persona que se quedase sin palabras viendo este vídeo:

Recomiendo verlo en todo su esplendor y en alta definición en Vimeo.

Aprende estos números

2 de March de 2009

Desde hace unos años proliferan los programas de televisión que intentan convertir a unos ineducados jóvenes en estrellas profesionales de varias artes, como la música o el baile. ¿Te has preguntado alguna vez por qué los resultados son tan lamentables? De entre tantísimas ediciones de tantos programas, se pueden contar con las pinzas de la pata de un cangrejo aquellos cuyos nombres aún aparecen de vez en cuando en la tele. Y, de estos dos o tres, es muy dudoso que escapen de ser repartidores de pizza o servidores de gasolina cuando esta generación de chicas salga de la edad del pavo. ¿No es curioso que parezcan tener una fama más perdurable algunos elementos salidos de ‘Gran Hermano’, programa en que el único requisito para participar es tener cuatro extremidades, que de otros programas que prometían vendernos talento? En este memorable artículo de Héctor García tenéis unos cuantos números para que reflexionéis sobre ello:

  • Según un libro de reciente publicación, para ser un maestro en cualquier disciplina son necesarias unas diez mil horas de práctica y aprendizaje. Esto supone unos diez años de practicar unas tres horas diarias.
  • Si estas diez mil horas se empeñan antes de los veinte años, el resultado parece ser mucho mayor.
  • Una biografía calcula que Mozart practicó unas veinte mil horas con el clavicordio antes de cumplir diez años.
  • Henri Cartier-Bresson, considerado el padre del reportaje fotográfico, daba el siguiente consejo a los fotógrafos principiantes: «Tus primeras diez mil fotos son las peores». Esto lo dijo en la era predigital, cuando tras disparar una foto había que pasar una hora revelándola en el cuarto oscuro.
  • Ernest Hemingway decía que antes de ser un buen escritor hacía falta «un millón de palabras de mierda».

No hay atajo, amigos. Si queréis hacer algo realmente bien, dedicaos en cuerpo y alma a ello.

Intrusismo WTF

28 de February de 2009

universalwaitetarot
Imagen: Horóscopo y Adivinación.

Estaba leyendo este artículo de El Mundo de hoy y me encuentro, casi al final, con esto:

Estos tiempos de incertidumbre económica ha hecho que aumente el número de tarotistas de la noche a la mañana: “Cualquiera hace un curso y ya dice que es tarotista”, denuncia Estrella Santos, presidenta de la Asociación Mundial de Videntes

Tiene guasa que una asociación mundial de caraduras acuse de intrusismo a quienes se dedican a engañar a la gente tras hacer un curso. Que yo sepa, ellos hacen lo mismo sin curso ni nada, solo con su «don» o como quieran llamarlo. Pero ¿en qué clase de país vivimos? En uno donde gente que te cruzas todos los días, que jurarías que tiene un comportamiento adulto y responsable, cree que unos tiparracos (-acas) son capaces de ver algo que aún no ha pasado en unos rectángulos de cartón.

Cuando una lengua se pierde…

19 de February de 2009

… ¿va al cielo?

Bromas aparte, me encuentro con este estupendo artículo de Pablo en Abundando. Ignoro la formación lingüística o histórica del autor, pero es un buen ejemplo de cómo explicar cosas bastante complicadas con pocas y muy claras palabras. Os lo recomiendo. El artículo trata sobre por qué hay tantas lenguas, y por qué no menos, ni más, y sobre cómo podrían perderse unas lenguas, aparecer otras y si es posible que en un futuro extraño todo el mundo hablase un solo idioma.

No entra en el tema de si hubo una sola lengua originaria de la que proceden todas las demás, y lo entiendo, porque siendo el tema interesantísimo, aún no ha habido lingüista ni escuela que lo haya podido solventar. Algo totalmente comprensible, ya que lo más seguro es que nunca se sepa: las únicas pruebas que probablemente pudiéramos utilizar para estudiar el lenguaje de nuestros antepasados serían registros escritos o sonoros, y la escritura se inventó miles de años después de la aparición del lenguaje, y las grabaciones sonoras miles de años después de la escritura. Gracias a la comparación de lenguas vivas y a los registros escritos hemos podido documentar de forma casi segura la existencia de lenguas de las que nadie ha hablado nunca, como el indoeuropeo, pero remontarnos más atrás parece tarea imposible, y como lingüista que cree firmemente en la Lingüística como ciencia, es verdaderamente una tristeza.

No dejéis de leer el artículo, aunque vuestro interés por las lenguas sea solo el de una persona interesada vagamente por cualquier cosa interesante. Mi comentario al artículo lo reproduzco a continuación:

[…] no tengo tan claro eso de que no pase nada si una lengua desaparece. Según los lingüistas idealistas, una lengua es una forma de ver el mundo, y si al final todo el globo acaba hablando una sola lengua (lo que veo muy probable, y que sea posiblemente un inglés muy contaminado con castellano y con rasgos del chino y del árabe), habrá una visión del mundo unitaria. Esto puede hacer posible que no haya gente que piense de manera muy distinta a los demás, lo que puede acarrea la dificultad de ver los propios fallos.

El contemplar lo felices que son algunas comunidades humanas alejadas de Occidente, que sobreviven trabajando en la naturaleza y con no muchas comodidades modernas, quizás ha hecho que en esta parte del mundo no nos olvidemos de que no todo es trabajar cuantas más horas mejor para tener una tele más grande que la del vecino. No digo que esto lo haya causado el distinto idioma que hablen en Nigeria, pero sí una forma distinta de ver el mundo, quizás propiciada en todo o en parte por un distinto idioma.

Sí estoy de acuerdo en que intentar imponer una lengua a martillazos (como hicieron los romanos, Franco o algunos gobiernos autonómicos aquí y ahora) es una barbaridad, especialmente cuando se hace con fines políticos inconfesables. Para que una lengua sobreviva, no siempre es imprescindible un proceso de normalización. El griego siguió empleándose como lengua de cultura durante toda la época imperial romana por su prestigio literario y filosófico. ¿No podrían empeñarse los gobiernos en promover la creación de obras literarias y la investigación científica en las lenguas propias, en lugar de condenar al fracaso escolar a muchos alumnos que han de aprender la lengua autonómica en la escuela a fuerza de castigo y estudio? Eso, en mi opinión, también ayudaría –quizá más– a evitar la pérdida de una lengua, y sobre todo se haría por medio del respeto a una lengua de cultura, y no por miedo a multas y suspensos.

Metáforas (II, o algo parecido)

17 de February de 2009

Leído este interesante artículo de Eduard Punset. Al parecer, hace ya 50.000 años que los seres humanos aprendimos a utilizar la analogía para entender y expresar algo mejor la realidad, aunque el ejemplo utilizado por Punset, «¡Mi hijo es más fuerte que el hierro!», no sea estrictamente una metáfora sino un símil, literariamente hablando. No obstante, los mecanismos son parecidos: advertimos una semejanza entre aquello de lo que hablamos (R) y algo de lo que no estamos hablando en realidad (I) y establecemos una relación lingüística con determinada fuerza expresiva.

Si decimos «Estás fuerte como un roble», entonces estamos empleando un símil. Si, «Mi hijo está hecho un roble», una metáfora. En el primer caso, comparamos; en el segundo, identificamos; pero estoy convencido de que el mecanismo neurológico es el mismo. Doctores y psicolingüistas tiene la Iglesia para aclararnos las ideas.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez estructura la historia de la estirpe de los Buendía como si se tratase de una rueda que va girando, pasando cada cierto tiempo por el mismo sitio, y sufriendo un desgaste en su eje que hace que cada vuelta difiera un poco de la anterior. Cuando el mismo narrador lo explica, casi al final, la belleza que contemplamos se acerca al absoluto. Estoy convencido de que también somos capaces de advertir esa beldad merced a la selección natural.

También las analogías, supongo, permitieron a Newton comparar la caída de un fruto de un árbol con la inercia de los gigantescos astros. La diferencia entre la ciencia y la literatura creo que es nimia: simplemente, la ciencia es verdad, y la literatura es mentira, pero una mentira preciosa.

Nabokov dijo: «La literatura no nació el día en que un chico gritó que venía el lobo cuando era cierto. La literatura nació el día en que el chico gritó que venía el lobo, y se lo estaba inventando para divertirse». La cita no es literal.

Ciencia y literatura: me resulta inconcebible una humanidad sin alguna de las dos. Al menos, una que merezca un poco la pena.

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