Ars longa, vita brevis

Misión amarte

10 de June de 2009

mars-fresh-impact

Imposible no amar al planeta rojo. Nunca habías estado tan cerca de Marte, vía Menéame.

¡Dios mío…

18 de May de 2009

… está lleno de estrellas!

Creo que sólo podría llegar a entender plenamente a una persona que se quedase sin palabras viendo este vídeo:

Recomiendo verlo en todo su esplendor y en alta definición en Vimeo.

Aprende estos números

2 de March de 2009

Desde hace unos años proliferan los programas de televisión que intentan convertir a unos ineducados jóvenes en estrellas profesionales de varias artes, como la música o el baile. ¿Te has preguntado alguna vez por qué los resultados son tan lamentables? De entre tantísimas ediciones de tantos programas, se pueden contar con las pinzas de la pata de un cangrejo aquellos cuyos nombres aún aparecen de vez en cuando en la tele. Y, de estos dos o tres, es muy dudoso que escapen de ser repartidores de pizza o servidores de gasolina cuando esta generación de chicas salga de la edad del pavo. ¿No es curioso que parezcan tener una fama más perdurable algunos elementos salidos de ‘Gran Hermano’, programa en que el único requisito para participar es tener cuatro extremidades, que de otros programas que prometían vendernos talento? En este memorable artículo de Héctor García tenéis unos cuantos números para que reflexionéis sobre ello:

  • Según un libro de reciente publicación, para ser un maestro en cualquier disciplina son necesarias unas diez mil horas de práctica y aprendizaje. Esto supone unos diez años de practicar unas tres horas diarias.
  • Si estas diez mil horas se empeñan antes de los veinte años, el resultado parece ser mucho mayor.
  • Una biografía calcula que Mozart practicó unas veinte mil horas con el clavicordio antes de cumplir diez años.
  • Henri Cartier-Bresson, considerado el padre del reportaje fotográfico, daba el siguiente consejo a los fotógrafos principiantes: «Tus primeras diez mil fotos son las peores». Esto lo dijo en la era predigital, cuando tras disparar una foto había que pasar una hora revelándola en el cuarto oscuro.
  • Ernest Hemingway decía que antes de ser un buen escritor hacía falta «un millón de palabras de mierda».

No hay atajo, amigos. Si queréis hacer algo realmente bien, dedicaos en cuerpo y alma a ello.

Intrusismo WTF

28 de February de 2009

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Imagen: Horóscopo y Adivinación.

Estaba leyendo este artículo de El Mundo de hoy y me encuentro, casi al final, con esto:

Estos tiempos de incertidumbre económica ha hecho que aumente el número de tarotistas de la noche a la mañana: “Cualquiera hace un curso y ya dice que es tarotista”, denuncia Estrella Santos, presidenta de la Asociación Mundial de Videntes

Tiene guasa que una asociación mundial de caraduras acuse de intrusismo a quienes se dedican a engañar a la gente tras hacer un curso. Que yo sepa, ellos hacen lo mismo sin curso ni nada, solo con su «don» o como quieran llamarlo. Pero ¿en qué clase de país vivimos? En uno donde gente que te cruzas todos los días, que jurarías que tiene un comportamiento adulto y responsable, cree que unos tiparracos (-acas) son capaces de ver algo que aún no ha pasado en unos rectángulos de cartón.

Cuando una lengua se pierde…

19 de February de 2009

… ¿va al cielo?

Bromas aparte, me encuentro con este estupendo artículo de Pablo en Abundando. Ignoro la formación lingüística o histórica del autor, pero es un buen ejemplo de cómo explicar cosas bastante complicadas con pocas y muy claras palabras. Os lo recomiendo. El artículo trata sobre por qué hay tantas lenguas, y por qué no menos, ni más, y sobre cómo podrían perderse unas lenguas, aparecer otras y si es posible que en un futuro extraño todo el mundo hablase un solo idioma.

No entra en el tema de si hubo una sola lengua originaria de la que proceden todas las demás, y lo entiendo, porque siendo el tema interesantísimo, aún no ha habido lingüista ni escuela que lo haya podido solventar. Algo totalmente comprensible, ya que lo más seguro es que nunca se sepa: las únicas pruebas que probablemente pudiéramos utilizar para estudiar el lenguaje de nuestros antepasados serían registros escritos o sonoros, y la escritura se inventó miles de años después de la aparición del lenguaje, y las grabaciones sonoras miles de años después de la escritura. Gracias a la comparación de lenguas vivas y a los registros escritos hemos podido documentar de forma casi segura la existencia de lenguas de las que nadie ha hablado nunca, como el indoeuropeo, pero remontarnos más atrás parece tarea imposible, y como lingüista que cree firmemente en la Lingüística como ciencia, es verdaderamente una tristeza.

No dejéis de leer el artículo, aunque vuestro interés por las lenguas sea solo el de una persona interesada vagamente por cualquier cosa interesante. Mi comentario al artículo lo reproduzco a continuación:

[...] no tengo tan claro eso de que no pase nada si una lengua desaparece. Según los lingüistas idealistas, una lengua es una forma de ver el mundo, y si al final todo el globo acaba hablando una sola lengua (lo que veo muy probable, y que sea posiblemente un inglés muy contaminado con castellano y con rasgos del chino y del árabe), habrá una visión del mundo unitaria. Esto puede hacer posible que no haya gente que piense de manera muy distinta a los demás, lo que puede acarrea la dificultad de ver los propios fallos.

El contemplar lo felices que son algunas comunidades humanas alejadas de Occidente, que sobreviven trabajando en la naturaleza y con no muchas comodidades modernas, quizás ha hecho que en esta parte del mundo no nos olvidemos de que no todo es trabajar cuantas más horas mejor para tener una tele más grande que la del vecino. No digo que esto lo haya causado el distinto idioma que hablen en Nigeria, pero sí una forma distinta de ver el mundo, quizás propiciada en todo o en parte por un distinto idioma.

Sí estoy de acuerdo en que intentar imponer una lengua a martillazos (como hicieron los romanos, Franco o algunos gobiernos autonómicos aquí y ahora) es una barbaridad, especialmente cuando se hace con fines políticos inconfesables. Para que una lengua sobreviva, no siempre es imprescindible un proceso de normalización. El griego siguió empleándose como lengua de cultura durante toda la época imperial romana por su prestigio literario y filosófico. ¿No podrían empeñarse los gobiernos en promover la creación de obras literarias y la investigación científica en las lenguas propias, en lugar de condenar al fracaso escolar a muchos alumnos que han de aprender la lengua autonómica en la escuela a fuerza de castigo y estudio? Eso, en mi opinión, también ayudaría –quizá más– a evitar la pérdida de una lengua, y sobre todo se haría por medio del respeto a una lengua de cultura, y no por miedo a multas y suspensos.

Metáforas (II, o algo parecido)

17 de February de 2009

Leído este interesante artículo de Eduard Punset. Al parecer, hace ya 50.000 años que los seres humanos aprendimos a utilizar la analogía para entender y expresar algo mejor la realidad, aunque el ejemplo utilizado por Punset, «¡Mi hijo es más fuerte que el hierro!», no sea estrictamente una metáfora sino un símil, literariamente hablando. No obstante, los mecanismos son parecidos: advertimos una semejanza entre aquello de lo que hablamos (R) y algo de lo que no estamos hablando en realidad (I) y establecemos una relación lingüística con determinada fuerza expresiva.

Si decimos «Estás fuerte como un roble», entonces estamos empleando un símil. Si, «Mi hijo está hecho un roble», una metáfora. En el primer caso, comparamos; en el segundo, identificamos; pero estoy convencido de que el mecanismo neurológico es el mismo. Doctores y psicolingüistas tiene la Iglesia para aclararnos las ideas.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez estructura la historia de la estirpe de los Buendía como si se tratase de una rueda que va girando, pasando cada cierto tiempo por el mismo sitio, y sufriendo un desgaste en su eje que hace que cada vuelta difiera un poco de la anterior. Cuando el mismo narrador lo explica, casi al final, la belleza que contemplamos se acerca al absoluto. Estoy convencido de que también somos capaces de advertir esa beldad merced a la selección natural.

También las analogías, supongo, permitieron a Newton comparar la caída de un fruto de un árbol con la inercia de los gigantescos astros. La diferencia entre la ciencia y la literatura creo que es nimia: simplemente, la ciencia es verdad, y la literatura es mentira, pero una mentira preciosa.

Nabokov dijo: «La literatura no nació el día en que un chico gritó que venía el lobo cuando era cierto. La literatura nació el día en que el chico gritó que venía el lobo, y se lo estaba inventando para divertirse». La cita no es literal.

Ciencia y literatura: me resulta inconcebible una humanidad sin alguna de las dos. Al menos, una que merezca un poco la pena.

En La Lengua:

Magia

9 de February de 2009

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Imagen: Wikipedia.

Resulta bastante fácil olvidarse de un hecho que me inquieta: vivimos rodeados de gente tan simple que está dispuesta a creerse cualquier cosa.

No estoy hablando del sentimiento religioso, que yo mismo he sentido en el pasado y que me parece algo más comprensible: es una especie de sensación interior que no necesita de comprobación externa, y que además, según la mayoría de las religiones actuales, es difícilmente refutable. Si pasa algo malo, es porque Dios lo quiere: seguramente, en su plan maestro esta maldad es necesaria para una bondad posterior y mayor. Si pasa algo bueno, por supuesto, es obra de Su gracia. O bien, nos deja a los mortales que nos equivoquemos para… vete a saber para qué. Usando ejemplos sencillos y cotidianos: si un niño se salva, es gracias a Dios; si muere, es por culpa nuestra. Así es muy difícil perder, ¿no?

Sin embargo, pasé hace tiempo el sarampión que afecta a casi todos los ex creyentes, y que hace que uno odie todo lo relacionado con las religiones, y tenga por palurdos imbéciles a todo creyente en la doctrina religiosa que sea. Con el tiempo, como digo, he perdido esa actitud. Las religiones nos han traído cosas muy malas, como el fanatismo, varias guerras, y el desprecio de los derechos humanos en casi todas partes y casi todas las épocas. También, no obstante, nos ha legado una herencia artística –pienso en el Islam y, sobre todo, en el Cristianismo– absolutamente prodigiosa, y muchas veces veo a personas realizar actos nobles que excusan en su fe (en este mundo apestoso, hacer daño al prójimo es algo tan corriente, que es cuando uno se porta bien cuando hay que justificarse). Hay, a partes casi iguales, gente que dedica su vida a ayudar a los demás (como algunos monjes y monjas que arriesgan su vida a diario en África para ayudar a los que no tienen nada) y gente que dedica su vida a hacer sufrir a los demás (los islamistas-bomba suicidas). Todos buscan lo mismo: una eternidad llena de placeres, ya consistan estos placeres en estar sentado en un sitio preferente del cielo o pasar años incontables desflorando vírgenes. No está mal.

Aparte de estos extremos, casi todas las personas religiosas con las que me relaciono –esto es: casi todas las personas con las que me relaciono– son inofensivas, y su religiosidad suele ser inocua. Toda actividad o sentimiento humano tiene esta dualidad. La ciencia nos ha traído la longevidad y las bombas nucleares. No comparo ciencia con religión, simplemente digo que es posible que los sentimientos religiosos traigan cosas buenas al mundo, por mucho que me parezcan irracionales e incomprensibles.

Bien, pues hoy, en un telediario (si no me equivoco, el de Antena 3), han emitido un reportaje con cámara oculta sobre magos, así, como suena. Unos reporteros, haciéndose pasar por gente afectada del mal de ojo, han visitado a un ciudadano negro, que con su exótico acento les ha convencido de que haciendo no sé qué gaitas y carajos es posible no solo librarse de una maldición, sino contratar otra para nuestro provecho. Después han entrevistado a una señora –con la voz distorsionada, para evitar su reconocimiento– que ha confesado haber gastado unos 10.000 euros en contratar a un mago para que le ayudase a encontrar el amor. ¿Os lo creéis?

A veces estás hablando con una persona, y ahora estoy citando casos que me han ocurrido personalmente, y entonces esa persona te sale con las típicas opiniones de «yo creo que algo hay», «yo sí creo en esas cosas», «no sé quién fue a una bruja y le arregló no sé qué problema». En esta parte de España, hay mucha gente que cree en la magia rifeña. Ancianas bereberes que, cuando vas a decirles que tu marido te ha dejado, te convencen de que alguien te ha hecho una brujería. Entonces le han pedido a la mujer que busque en su casa a ver si encuentra algún trapo atado de determinada manera, o unas semillas de alguna planta mágica por algún rincón. ¡Y a menudo lo encuentra! Así que aquí tenemos a dos tontas: la que creía que otra mujer la había embrujado para robarle el marido, y la que efectivamente había contratado a una bruja para seducir a un hombre casado. Estos casos me los encuentro no todos los días (porque cada vez evito con más frecuencia hablar con gente que no pertenezca a mi entorno), pero sí bastante a menudo.

Es indudable que hay mucha gente que cree en estas patrañas, porque si no nadie se anunciaría por ahí como mago. Hay demasiadas personas que piensan que hay unas fuerzas esotéricas que dominan nuestro mundo físico, y lo creen de verdad. Tanto, que son capaces de acudir a curanderos, magos, brujas y demás engañabobos, e incluso, muchas veces, dejar de lado una búsqueda realista de solución a los problemas: médicos, razones lógicas, poner los pies en el suelo. Da miedo, de verdad, creer que pasan a tu lado todos los días un montón de paisanos cuya idea de la realidad es aproximadamente la misma que tenía la gente hace unos mil años. Pero este es el país donde vivís, lectores.

¿Está Ud. de broma, señor Feynman?

26 de January de 2009

Bajo este título se narra, con un estilo que engancha desde el principio, una especie de autobiografía de Richard Phillips Feynman, físico estadounidense, músico aficionado, profesor de universidad y una de las mentes más dotadas que ha dado la ciencia en el siglo XX.

A lo largo de las páginas del libro Feynman da un repaso –a través de otra persona que recoge sus charlas– a algunas de las anécdotas más interesantes y graciosas de su vida, desde su infancia, cuando arreglaba antiguas radios de válvulas ante el asombro de todos, hasta un momento no muy bien determinado de su vida madura. Feynman participó en el famoso Proyecto Manhattan, mediante el cual algunos de los científicos más brillantes de los Estados Unidos, vigilados –coordinados, decían ellos– por el ejército, diseñaron las bombas atómicas que arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

La parte dedicada al Proyecto es bastante divertida. Feynman, en ese momento, era un apasionado de los cierres de seguridad y el arte de la cerrajería, y demostraba día tras día a sus superiores que toda la seguridad del complejo de Los Álamos era en realidad bastante endeble, y en varias ocasiones esta habilidad estuvo a punto de causarle problemas. Por suerte, los espías del momento no eran tan hábiles ni estaban tan al tanto de los fallos de seguridad, y menos mal, porque si no podría haber sido que Hitler hubiera tenido la bomba primero. ¡Glups!

También se hacen muy amenos los capítulos en donde Feynman cuenta su estancia en Brasil como profesor invitado, su afición a tocar el tambor e incluso su participación en grupos de samba. Está claro que Feynman no era el típico nerd que cualquiera podría imaginarse cuando se habla de un científico superdotado (gafas de pasta con la patilla pegada con esparadrapo, camisa de manga corta con corbata y un forro interior de plástico en el bolsillo para protegerla de la tinta de los bolígrafos), sino una persona que, si bien en cuanto pensaba en física el resto del mundo a su alrededor desaparecía, era capaz de disfrutar de muchas otras cosas de la vida: el baile, la pintura, la música, etc.

Solo hay una cosa que a veces me exaspera de Feynman: cuando no entiende algo, o no le interesa, le niega todo interés y toda lógica. Un ejemplo de esto es la filosofía. Después de algún encuentro, o desencuentro, con un grupo de filósofos paletos, llega a la conclusión de que la filosofía no tiene ningún sentido, lo que es una lástima, porque creo que una mente tan asombrosa como la de este hombre podría haber dado unos buenos frutos a la ciencia de las ciencias. Pero no se puede tener todo en esta vida. Y a menudo, los genios son unos completos ineptos en los campos que no son de su interés. Mozart era un personaje aniñado, Einstein, un despistado casi absoluto, y Quevedo era una persona capaz de desarrollar una maldad y un rencor proverbiales.

No es infrecuente encontrarse esta misma actitud en mentes mucho más pequeñas que la de Feynman. Casi todos los que hemos estudiado letras hemos tenido que padecer, en la época de instituto, compañeros que tiraban por las ciencias y que constantemente insistían en el viejo prejuicio de que las letras son fáciles, son para gente fracasada, no inteligente o vaga. Y, lo peor, es que este prejuicio ha sido alimentado a lo largo de los años de profesores de ambas disciplinas, la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. Los profesores de ciencias, diciendo a sus alumnos día tras día que lo suyo era lo único que merecía la pena, y menospreciando a las humanidades; los de letras, bajando el nivel de exigencia año tras año, hasta convertir la mayoría de las asignaturas de letras en auténticas marías a las que se iba la gente que no quería estudiar mucho, pero tampoco quería ponerse a trabajar.

Semejantes enanos mentales tenemos, en número considerable, en nuestros centros de enseñanza. Profesores que desprecian una gran parte del saber, precisamente la que tiene que ver con ser humanos. ¡Qué país! Por suerte, casi siempre las mentes grandes para la ciencia son, simplemente, mentes grandes, y admiran y respetan la grandeza de la obra humana tanto como la de la obra natural –divina, dirían algunos–. Desde Aristóteles hasta Clarke, recientemente fallecido, casi toda la gran ciencia ha sido desarrollada por mentes abiertas, generosas, y capaces de disfrutar con la belleza del baile del cosmos y con la de la destrucción de la Ilíada. Después ha habido siempre, y seguirá habiendo, cerebros pigmeos que se cierran ante todo lo que no sea su escaso –aunque especializado– entendimiento y acaban, por muy listos que se crean, de profesores de instituto. ¡Qué país! ¿Lo he dicho ya?

Lamentablemente, en España, la filología no es considerada propiamente una ciencia, en gran parte por culpa de los filólogos. Nos empeñamos en no tratar los versos con la fría vista del que mira por un microscopio, y explicamos los poemas como si fueran una especie de truco de magia, queriendo que se entiendan cosas que no dice la observación y la catalogación, sino el furor cuasi divino. Sin ir más lejos, en el mejor manual existente sobre la historia de la lengua española, una obra monumental y que todo el mundo debería tener en su estantería junto a El origen de las especies de Darwin, Rafael Lapesa sostiene astracanadas como que el castellano se impuso en la Península sobre otros dialectos latinos por su fuerza viril (sic, o casi). ¿Así pretendemos que se respete lo que estudiamos y enseñamos?

En la carrera no me dieron prácticamente ninguna formación científica. Y eso que era imprescindible para varias de las materias que se enseñaban, desde la fonética (donde había que leer extraños espectogramas, similares a las líneas ascendentes y descendentes que escriben los sismógrafos) hasta la lingüística matemática y computacional, que diseña procesos de compresión de la información (sí, también en los ordenadores), realiza estadísticas de palabras y sintagmas y programa software de traducción automática. ¿Quién creíais que hacía eso, los ingenieros informáticos? Sí, por supuesto; con la ayuda imprescindible de los filólogos. De los filólogos extranjeros, estadounidenses, por ejemplo, a quienes gente como Chomsky les enseña a ver el estudio de la lengua como lo que es: una ciencia. Pero estoy divaganado…

Por este grave déficit en mi formación científica, a pesar de la cual tengo un título universitario, siempre procuro leer varios libros de divulgación científica al año. Porque todo es maravilloso, amigos: desde el primer latido del Big Bang, hasta la primera línea de Cien años de soledad, todo maravilloso. ¿Creéis que merece la pena perderse cuaquiera de las dos cosas por la pobre y mezquina emoción de sentirse mejor que el compañero de pupitre? Bah.

Os recomiendo el libro, simplemente como una obra de entretenimiento, porque todo está narrado con una soltura y una simpatía que se contagian; o porque conocéis la persona de Feynman y queréis conocer el personaje; o porque os gusta la historia, o la ciencia. En cualquier caso, exceptuando algunos pasajes que son algo oscuros a los que en esto de la ciencia somos solo aficionados, todo el libro se lee con gran disfrute y aprovechamiento. Leed y disfrutad, este libro o cualquier otro.

Lecturas de verano

5 de August de 2008

Aunque el tedio me ha atrapado con más fuerza que en toda mi vida, Feedburner me cuenta que este blog tiene unos 350 suscriptores, así que me veo obligado, como los noticiarios de la tele, a escribir algún post insustancial para llenar estas horas tan calientes.

Así que voy a hablar de mi libro. La penúltima vez –penúltima en todos los sentidos– que me presenté a las oposiciones, cuando aprobé pero sin obtener una plaza, comencé a leer El universo elegante de Brian Greene. Por una u otra razón lo dejé en la página ciento cuarenta y tantos. Esta vez lo he retomado desde el principio y voy algo más avanzado.

El tema central del libro es la teoría de las supercuerdas. Esta teoría nació de una necesidad, y esta necesidad de un problema. Hagamos algo de historia.

El mayor científico que ha existido en nuestro planeta fue Isaac Newton, formulador, entre otras, de la teoría de la gravedad, que explicó, por fin, por qué una manzana caía de un árbol precisamente hacia abajo, y también por qué razón la Tierra gira alrededor del Sol y la Luna alrededor de la Tierra. Su teoría arrojó luz sobre uno de los principales misterios del funcionamiento de nuestro universo.

Un par de siglos después, Albert Einstein daba vueltas a alguna que otra inconsistencia que manchaba la ley gravitatoria del gran genio, y tras mucho pensar enunció dos nuevas teorías: la de la relatividad general y la de la relatividad especial.

Estas teorías están relacionadas con unos cuantos hechos del universo que golpean los morros de nuestra intuición mundana, y que a pesar de eso son hechos, ya que están comprobados experimentalmente. Por ejemplo, que no hay nada, absolutamente nada más rápido que la luz. Ni siquiera la gravedad (este era el principal problema de las teorías de Newton). También afirmaba Einstein que, cuanto más rápido se desplaza alguien a través del espacio, más lentamente transcurre el tiempo para él. Es decir, que si emprendemos un viaje hasta una estrella lejana a una velocidad próxima a la de la luz y regresamos, habremos envejecido menos que los pobres que se quedan en la Tierra sin vacaciones por culpa de la crisis económica. Perdón, estanflación.

Parece ser, asimismo, que es imposible, para dos cuerpos que se desplazan en un movimiento uniforme –no acelerado–, decir que uno de ellos se mueve y el otro no. Es decir, que el movimiento es relativo. Si yo viajo en un tren y tú me observas desde el andén, científicamente es posible defender, y demostrar, que cualquiera de los dos está moviéndose… o parado.

Y uno de los conceptos más ofensivos para nuestra observación cotidiana: el recorrido más corto entre dos puntos puede no ser una línea recta, ya que el espacio se deforma debido a la acción de las masas. Y –aquí viene un enorme bofetón a nuestra inteligencia– también el tiempo se deforma por el mismo principio. De hecho, el tiempo y el espacio son manifestaciones parecidas de la realidad. Son dimensiones a lo largo de las cuales podemos viajar, aunque en la dimensión temporal solo podemos ir en una dirección.

Acabo de entrar en el apartado dedicado a la mecánica cuántica. Esta disciplina científica se encarga de estudiar y explicar lo que sucede a una escala increíblemente pequeña de las cosas. A una escala incluso menor que la de los átomos. Y aquí viene la paliza a nuestros evolucionados cerebros:

Resulta que la mecánica cuántica es capaz de realizar predicciones sobre el comportamiento de la materia con una precisión prácticamente absoluta. Esto es: que, científicamente, la mecánica cuántica funciona exactamente como esperamos. Y la relatividad general y la especial funcionan del mismo modo a escalas mayores: por ejemplo, al predecir los movimientos de los planetas o la gravedad que mantiene nuestros pies sobre la tierra. Pero… la mecánica cuántica y la relatividad no pueden ser ciertas al mismo tiempo. A pesar de que las predicciones de ambas teorías son increíblemente exactas en cada uno de sus campos, matemáticamente es imposible que las dos sean ciertas.

Aquí es donde entra la teoría de las supercuerdas (o teoría de cuerdas). Mediante unos cálculos matemáticos, complicados pero bastante «elegantes» (de ahí el nombre del libro), parece ser que el problema de la colisión entre la mecánica cuántica y la gravedad se habría solucionado… Siempre y cuando aceptásemos la existencia de once dimensiones –siete más de las que podemos percibir– y, probablemente, de varios universos paralelos que conviven a una millonésima de milímetro de nuestra existencia cotidiana.

Lo malo, parece ser, es que la teoría de cuerdas es perfecta matemáticamente, pero no ha sido refutada por un solo hecho experimental. Así que muchos físicos la admiten como una bonita construcción matemática o filosófica, pero no le dan credibilidad como ciencia experimental. Sin embargo, sus defensores esperan que el CERN –el mayor acelerador de partículas del mundo– sea capaz tarde o temprano de apoyar la teoría de cuerdas con algún dato palpable. Hasta entonces, hay grandes físicos que creen en la exactitud de esta teoría, y otros grandes científicos, entre ellos varios premios Nobel, que no le muestran ningún respeto en tanto no se vea respaldada con un solo dato experimental. No obstante, todos admiten que, matemáticamente, esta teoría es solvente, aunque no todos piensen que sirva para explicar nuestro universo.

De momento el libro mantiene unas cotas altísimas de interés, y he de decir que para alguien como yo, de letras puras, y que recuerda de ciencias lo que unos profesores mediocres le enseñaron en el instituto –y lo que ha podido ir consiguiendo de forma autodidacta–, el libro está siendo comprensible, aunque hay algún pasaje que debo leer un par de veces o tres, y algún otro en que tengo que frotarme los ojos en un gesto de incredulidad. Pero espero acabarlo y llegar a comprender todo el asunto este de las dichosas cuerdas de marras.

La teoría se llama así, por cierto, porque según ella toda la materia del universo estaría compuesta, a un nivel infinitamente pequeño, por pequeños filamentos o cuerdas, y la existencia de distintos tipos de partículas componentes de la realidad (electrones, neutrones, protones, muones, fotones, los escurridizos gravitones, etc.) se vería explicada por un distinto modo de vibrar de estas minúsculas cuerdecitas.

En esta entrada de otro blog podéis leer otra reseña del libro, y al final tenéis un enlace a los tres documentales que se hicieron sobre él (en Google Video). Los documentales me los he visto ya, y aunque abordan el tema con una mayor superficialidad, creo que sirven para entender a grandes rasgos de qué va todo este misterioso asunto. Resumiendo: todos somos cuerdas. Yo me pido de guitarra.

¿Y qué estáis leyendo vosotros?

Neandertal

13 de April de 2008

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Imagen: Wikipedia.

Hoy aparece en El País Semanal un interesante artículo sobre los últimos descubrimientos en torno al hombre de Neandertal, una especie primitiva que convivió con nuestros antepasados directos y que un buen día se extinguió, sin que estén del todo claras las causas.

El reportaje habla de interesantes temas, como la probable causa de su extinción, la naturaleza de su lenguaje, la posibilidad de que los hombres de Cromañón se hayan cruzado con ellos –lo que haría que nosotros tuviésemos sangre de neandertal corriendo por nuestras venas–, su dieta, y otros muchos.

Una de las probables causas apuntadas en el artículo para la supremacía de nosotros sobre ellos me ha parecido muy interesante, y es de tipo parcialmente lingüístico: los símbolos. Aunque parece estar demostrado que los hombres de Neandertal conocían el lenguaje (tienen, por ejemplo, partes del aparato fonador adaptado de la misma forma que el nuestro, a diferencia de los chimpancés, nuestros familiares más cercanos), parece ser que su pequeño cerebro les impedía un desarrollo del simbolismo, o al menos un desarrollo tan complejo como el nuestro.

Recordemos lo que es un símbolo: una cosa que se esgrime en lugar de otra. Una cosa que significa otra sin que se le parezca. Una bandera que significa un país, un grupo de sonidos (palabra) que significa una realidad externa («árbol»).

Apuntan en el artículo que el avanzado simbolismo cromañón propició la existencia de grupos más grandes y, por lo tanto, más eficaces en la propia protección y en la búsqueda de alimento. Al tener una bandera (utilizan esa palabra concreta) como representante del grupo, muchos hombres externos al clan familiar podían unirse y aglutinarse bajo el mismo trapo, sin que fuese necesario un parentesco genético, lo que además tuvo la feliz consecuencia de que nuestro genoma se hizo más variado. En el estudio aluden de pasada a la consanguinidad como otra de las causas de la desaparición de los neandertales, y todo el mundo sabe que la excesiva consanguinidad tiene consecuencias funestas para las especies (que se lo digan a algunos de nuestros reyes, como Carlos II).

Pero luego, no sé si el periodista o el investigador, no parece entender la bondad de los símbolos que agrupan a la gente en vez de separarla, y te suelta una perla como la que viene a continuación:

[...] en el fondo, ellos [los hombres de Neandertal], que podían ser rubios o pelirrojos y de piel clara, se parecían más físicamente al hombre actual que nuestros antepasados los cromañones. “Éstos, hacía poco que habían salido de África y tenían una pigmentación más oscura”.

Lo que al parecer está bastante claro: en opinión del investigador, o del periodista, el hombre actual es el caucásico, de piel clara y pelo rubio, y la gente de piel más oscura no puede ser considerada como humanos totalmente evolucionados. Así es como lo entiendo yo, al menos. En lugar de llegar a una conclusión que yo veo mucho más lógica, que es que el maldito color de la piel no tiene nada que ver con el grado de evolución alcanzado, siguen insistiendo en la idea de que hay un tipo de ser humano: el blanco, y luego están los medio simios de nuestros congéneres de piel oscura. El hombre del presente, el del futuro, tendrá los ojos azules, el pelo rubio y la piel sana, como en el anuncio aquel del champú (quien tenga veinticinco años o más se acordará de lo que hablo).

Hitler, como Franco, sigue ganando batallas después de muerto, y lo más curioso es que quienes les conceden las victorias modernas son siempre los que presumen de ser sus más acérrimos detractores.

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