Ars longa, vita brevis

Losing my Religion pasada a mayores

22 de January de 2013

Una de las mejores definiciones que he leído de «música» aparece en el libro de Enric Herrera Teoría musical y armonía moderna, volumen I. Dice:

« […] es el arte de ordenar los sonidos con el fin de crear una determinada emoción en el oyente.»

Me he acordado de esa definición al encontrar un vídeo en el que se ha hecho un curioso experimento: se ha tomado la canción Losing my Religion, del grupo REM, y se han pasado todos sus acordes que estaban en modalidad menor a mayor. Aquí tenéis la canción original —supongo que la conoceréis casi todos, pero por si acaso hay zagales entre el público—:

La canción, que personalmente me parece muy buena, tiene cierto tono melancólico y tristón, algo que yo, al igual que supongo que muchos otros músicos, relaciono con los acordes menores. La armonía de los acordes menores encaja perfectamente con la letra de la canción y su pesimismo. Aquí tenéis la canción modificada. Apreciad como, aun reconociéndose que es el mismo «tema», las emociones que sugiere son muy distintas:

¿Qué os dice a vosotros cada una de las versiones? Vía Boing Boing.

Al Museo Británico

14 de August de 2009

Uno de los motivos por los que tardé bastante en decidir hacerme profesor era porque sentía un terror insoportable a que se me pusiera aspecto de profe. Me temo que es demasiado tarde para seguir temiéndolo, ya que está claro que es un hecho consumado:

En el British Museum

Sin embargo, creo que lo voy a soportar bastante bien, porque lo que no quería era que se me pusiera la típica facha del profe progre del siglo XXI: gafas de pasta, pantalones vaqueros rotos, zapatillas deportivas, bolsa hippie, camisetas de Led Zeppelin, pelito largo y barba de tres días. No, no, por supuesto que no tengo nada en contra ni de esos profesores ni de esa forma de vestir; solo que cada cual tiene sus preferencias, y yo soy más de chaqueta y camisa, lo que ahora, no entiendo muy bien por qué, se identifica con la derecha política, la cerradura de mente, Hitler, el tabaco y, en definitiva, todas las cosas malas de este mundo tan moderno. En cualquier caso, no me diréis que no parezco el típico profesor que arriesga su vida y su carrera llevando a un montón de alumnos a que vean en el museo piedras muertas.

Pero a lo que vamos. Este tercer día en Londres lo hemos aprovechado para ir al Museo Británico, una de las colecciones de arte y cultura más impresionantes del mundo (si no la que más) y al mismo tiempo un monumento al expolio que las naciones civilizadas realizaron sobre los pueblos conquistados durante siglos.

El British Museum es algo demasiado grande para describirlo con palabras, con fotografías, para ir solamente una o dos veces. Esta mañana hemos estado unas tres horas y media y nos hemos ido porque estábamos desfallecidos de cansancio y muertos de hambre, pero es muy probable que en los días que quedan volvamos al menos una vez más.

En sus salas pueden verse algunas de las reliquias más importantes del arte egipcio, de Oriente Medio, romano, griego, medieval, de la América precolombina, de la prehistoria del Reino Unido y continental, de Extremo Oriente, indio, prácticamente de cualquier rincón de la tierra. Esculturas, columnas, frisos, relieves, escritura en piedra, joyas, armas, ropa, calzado, máscaras funerarias, sarcófagos… Hay tantísimo por ver que uno no sabe por dónde empezar ni por dónde acabar. Vas caminando por las salas y, aunque estás derrotado y los pies amenazan con matarte, sigues caminando como hipnotizado.

Yo no sé vosotros, pero cuando entro en un museo donde las obras expuestas merecen la pena, me quedo sobrecogido. Por una parte, está la misma belleza de las obras de arte, y no solo la belleza, sino el increíble artificio que desempeñaban los artistas de hace milenios, cuando por desgracia para ellos —y por suerte para nosotros, visitadores de museos— aún no existía el sintagma «derechos laborales», y lo importante no era el trabajador, sino el trabajo. En el Museo Británico se encuentran algunas piezas que tienen un detalle y una manufactura tales que parece increíble que se hayan realizado hace mil, dos mil o tres mil años, cuando prácticamente nadie tenía una simple regla para trazar líneas rectas, cuando podías pasarte meses esperando que llegase la tinta que necesitabas para acabar un dibujo, cuando a pesar de que se vivía en un mundo donde cualquiera podía morir en cualquier momento hubo unos artistas que dedicaron gran parte de su vida a crear obras inmortales.

Por otro lado, está la insuperable sensación de viajar en el tiempo. En el Museo hay momias egipcias de adultos y niños, e incluso de animales como cocodrilos, gatos y halcones. Alguna de las momias está tan bien conservada que es posible apreciar el pelo pegado al cuero cabelludo. Y ese cadáver acartonado que casi puedes tocar era hace cuatro mil años una persona que probablemente no tuviera tus mismas inquietudes, pero para la que a fin de cuentas los problemas importantes de la vida eran los mismos que para ti: ¿cuánto viviré? ¿Encontraré una buena pareja? ¿Crecerán sanos mis hijos? ¿Siempre tendré sustento para ellos y para mí? Seguro que se hizo esas preguntas, como tú, y ahora está en una urna de cristal y puedes ir a verlo. Y seguro que no he sido el primero, pero al ver las momias me he preguntado si mi cadáver o el de cualquiera de los visitantes estará expuesto en algún lado dentro de cinco o diez mil años. ¿Quién sabe?

Mención aparte merecen dos particularidades de mi visita al museo. Primero, lo interesante que es para un filólogo ver, en persona, algunos de los rodillos donde el ser humano escribió por primera vez en toda su historia unos caracteres cuneiformes con un significado desconocido para nosotros; innumerables jeroglíficos egipcios; cientos de inscripciones romanas talladas en mármol; textos griegos de distintas épocas; poemas chinos y otras inscripciones en porcelana, pergamino o cualquier otro material; etc.

Y segundo, el Partenón, gran parte de cuyo friso se encuentra dentro de los muros del museo británico, y que es capaz de despertar todas las sensaciones de las que he hablado hasta el momento: la fascinación por su belleza, el enmudecimiento por su historia, la sensación de que estás posando los ojos encima de un trozo de piedra hermoso en el cual se han posado otros millones de ojos hablando miles de idiomas desde hace dos milenios y medio.

Lo dicho, podría extenderme durante miles de párrafos y no sería capaz de contaros lo que se vive dentro de este museo. Merece la pena visitar esta ciudad una vez en la vida, aunque solo sea para ir allí y volver al aeropuerto después de pasar cuatro o cinco horas, como mínimo, pateando sus colecciones.

Y aunque no pueden causar ni la milésima parte del efecto que os causaría estar allí viéndolo en persona (los que no hayáis estado aún, claro), os dejo con unas cuantas fotografías que saqué, que no hacen honor al museo ni de lejos, pero que por lo menos ahí están. Espero que las disfrutéis.

Mañana, a la National Gallery, a ver a mi adorada Venus del espejo y a reencontrarme con los amigos Picasso, Leonardo, Monet y a quedarme otra vez embobado como un imbécil. Pero bueno. Para eso viene uno al mundo, para disfrutar de las cosas bonitas. Que lo feo ya viene solo.

(Si os gusta la galería, podéis ir entrando durante los próximos dos o tres días, porque la iré ampliando un poco cuando termine de dar unos pequeños retoques que necesitan algunas fotos, por estar demasiado oscuras, verdes, azules o simplemente descuadradas.)

Last Day Dream

17 de May de 2009

He encontrado en digg.com este impresionante corto, que refleja los últimos momentos de la vida de cualquiera, si es que es cierto eso de… bueno, mejor no digo nada, vedlo por vosotros mismos:


Enlace al vídeo en YouTube

Dumbo After Jumbo

2 de April de 2009

Bonito anuncio de una sociedad para la protección de los animales, vía Neatorama:


Enlace al vídeo en YouTube

Como dicen en el anuncio, «si quisieran venir, lo harían».

Tu cara

21 de January de 2009

Creo que Dios me ha dado una hermosa cara. Estoy muy agradecida por mi cara. Creo que muchas cosas en mi vida tienen que ver con mi fe en Dios. Con mi fe en Dios expreso belleza, viene de mi interior, del Espíritu Santo. Cuando pienso en el Espíritu Santo siento que estoy proyectando belleza. Así que por eso tengo una cara hermosa, gracias a Dios.

El artista Simon Høgsberg disparó diez fotografías a diez rostros neoyorquinos, y les hizo una sencilla pregunta: ¿Qué opinas sobre tu cara? Aquí tenéis todas las respuestas.

Ángulos

2 de November de 2008

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Manuel Altolaguirre.

Aquí tenéis, como curiosidad del domingo, una estupenda serie de fotografías cuya gracia consiste en una elección cuidadosa y muy creativa del ángulo. Vía Menéame.

Dos hombres, dos libros

8 de September de 2008

Una preciosa historia sobre los libros, la infancia y la busca del tiempo perdido, en inglés, vía Menéame.

Araña ataca a artista

22 de July de 2008

(Estoy intentando batir el récord en la categoría «Título de post con mayor número de aes»)

Resulta que a un artista estadounidense llamado Matthew Woodson le ha picado una araña venenosa. La picadura le ha provocado, aparte de las molestias lógicas causadas por el veneno, una infección que tiene que tratarse cada pocos días. Según cuenta en su blog, la inflamación le hace sufrir el dolor más terrible que ha tenido que soportar en su vida, y además cuando visita al doctor este tiene que sajarle para extraerle el líquido inflamante (o como se diga).

El caso es que en Estados Unidos no hay una Seguridad Social al estilo europeo, y parece ser que la cosa es más o menos así: si tienes dinero, vas al médico, y si no lo tienes pues te aguantas o inventas algún remedio casero –lo que supongo que tiene un efecto adverso en la mayoría de los casos–. Tanto es así que dice tener un miedo real a morir de la infección, o bien de hambre, al no tener dinero suficiente para pagar todas las visitas necesarias al doctor que está tratándole su picadura.


Fotografía original de
James McCauley bajo licencia Creative Commons.

Así que está empezando a aceptar encargos para ayudarse con su tratamiento. Lo cierto es que como artista me parece bastante bueno, aquí podéis juzgar por vosotros mismos. Además, el precio de los dibujos es bastante ajustado (entre 20 y 30 dólares estadounidenses, por debajo de los 20 euros). Yo, desde que estoy enfadado con la SGAE y su canon, he decidido no volver a gastar dinero en arte –excepto los videojuegos–, pero tal vez a vosotros os interese.

En cualquier caso, me alegro de poder decir por fin dos cosas buenas del país en el que he nacido:

1. Existe una Seguridad Social que, tarde y mal, pero tiene una cobertura universal para todos los ciudadanos.

2. No hay arañas asesinas.

¿Por qué me gustan los videojuegos?

28 de June de 2008

1. Se puede empezar respondiendo a esta pregunta al estilo gallego. ¿Por qué no han de gustarme? O bien, ¿por qué tengo que responder a esta pregunta?

¿Es lógico preguntar a alguien sobre sus gustos? ¿Por qué te gusta el color morado y no el verde? ¿Y las películas románticas? ¿Por qué te gusta esa chica?

2. Pero pasemos por alto el carácter innecesario e impertinente de esa pregunta e intentemos contextualizarla un poco.

Hoy estaba paseando a mi perro y me he encontrado con una compañera que, como yo, acaba de terminar las oposiciones. Hablando de una cosa y de otra, le he comentado que pienso pasar unos días acabándome los videojuegos que dejé a medias en este atareado año de tanto trabajo y tanto estudio.

Me ha mirado con los ojos muy abiertos y me ha preguntado por qué a los tíos nos gustan estas cosas. Y acto seguido, me ha comentado también que no se explica cómo concretamente a mí podía gustarme este tipo de entretenimiento. Esta última pregunta me la he tomado como un halago, he de reconocerlo, porque la chica en cuestión es muy inteligente.

3. En primer lugar, le he explicado que a los tíos no les gustan los videojuegos. A los tíos les gusta el Pro. A su pregunta de qué era eso de el Pro le he respondido que es el videojuego sobre fútbol que tiene más éxito, y que a lo que juega la mayoría de la gente es a ese juego. Y punto. Si no existiera ese juego –o, más generalmente, si no existiesen los juegos sobre fútbol– la venta de consolas se reduciría probablemente en un 85% (son datos estimativos).

En una sociedad estúpida (v. gr., la española de estos inicios de siglo), el común de la población masculina está compuesta por un 60% de agua y un 40% de fútbol. En cuanto a las mujeres, creo que es un 65% de agua y un 35% de culebrones y programas del corazón. Pero ahora no voy a hablar de mujeres, sino de hombres.

La mayoría de los hombres pasan casi todo el día pensando en el fútbol, viendo fútbol en la tele o en los estadios, pitando con los coches o tirando petardos porque un equipo ha ganado un partido y luego, cuando coinciden en sus ratos de ocio con otros hombres, jugando tristes liguillas de fútbol aficionado. Resulta que, con todo eso, les quedaban dos o tres horas al día que no estaban ocupadas por el deporte rey, y también había días en que hacía mal tiempo, o algunos de los que iban a jugar un partido no podían acudir, o lo que fuera. Las consolas de videojuegos han venido a llenar ese vacío de su existencia. Ahora ya pueden estar 16 horas diarias ocupados con el fútbol, y las restantes ocho horas soñando con el fútbol.

Un videojuego de fútbol tiene que ver con los videojuegos lo mismo que una película porno tiene que ver con el cine. Sí, están hechos con los mismos medios, pero no para los mismos fines. El objeto de una película porno no es crear una obra de arte cinematográfica, sino llenar un déficit en la excitación sexual de algunos individuos –cosa nada reprobable, dicho sea de paso–. Y el objeto de un videojuego sobre fútbol no es entretener, sino reparar esa parte de la vida de algunos individuos que por un error de la creación del universo se ha quedado sin fútbol.

Empezando por ahí.

4. De todas formas, la pregunta tiene más miga de lo que parece. Hay una parte importante de mi generación –no hablemos ya de generaciones anteriores– que no entiende, por muchas vueltas que le den, que a un tío de 33 años le puedan gustar los videojuegos. No les entra en la cabeza. Les parece infantil. No les sucede lo mismo, curiosamente, con el fútbol: no les extraña que un hombre de 60 años llore de alegría porque un analfabeto haya colocado una estúpida pelota en un sitio concreto de un campo de césped; esto les parece normal, y si lo presencian alguna vez, no lo mirarán raro ni comentarán entre sus amistades que Fulanito es un elemento pueril porque con 60 años y percebes en los mejillones que pueblan sus órganos genitales se emocione viendo a veintidós tipos pegando patadas. Tampoco suelen tener problemas con la gente que llora viendo los subproductos que ofrece Antena 3 después de comer, con unos guiones que parecen sacados de la mente del tonto de una clase de segundo de Primaria e interpretaciones a la misma altura.

No les asombra tampoco el que un tipo pase seis años pagando la mitad de su sueldo por un coche que no necesita, y que el único beneficio que le va a reportar es la envidia de unos vecinos tan niñatos como él. Ni gastar miles de euros en ropa que no los vale, mientras los consabidos niños somalíes perecen de hambre o devorados por los buitres.

Todo lo anterior es compatible con la edad adulta. El fútbol, los culebrones colombianos, el gasto irresponsable y la vanidad de creer que uno vale lo que viste. Pero sentarse un par de horas a pegar tiros (cito a mi amiga), eso no.

5. Mi abuelo era crítico de teatro. Siempre odió el cine. Creo que no llegó a entenderlo. Nació en un mundo donde no estaba generalizado, y era una extravaganza. El teatro era trabajo duro, digno, de personas adultas, algo real; el cine era un burdo engaño, unos actores a los que no se les requería una gran memoria, un embeleco. Murió, el pobre, con más de ochenta años, sin haber ido al cine más que por obligación. Nunca llegó a apreciar a Howard Hawks, a Federico Fellini, a Billy Wilder, a John Ford, a François Truffaut, a Akira Kurosawa. El cine era cosa de imbéciles y de niñatos. En su mundo (el mundo en el que había nacido), el cine no era un arte. Tampoco llegaron a gustarle The Beatles. Pobre de él, pienso aún a veces.

6. Hoy en día oigo miles de veces a profesores quejarse de que los adolescentes escriben en formato sms. Yo odio ese formato de escritura. Lo cual no me impide admirar el hecho de que unos jóvenes, niños a veces, hayan sido capaces de crear un código sustitutivo de la escritura tradicional, perfectamente funcional e increíblemente coherente. Tampoco me gusta la música hip hop. Ni la dance, trance, o como se llamen todos esos estilos. Pero no soy tan estúpido como para negar categóricamente el valor de algo porque no lo entiendo o porque no me gusta. Especialmente, si nunca he hecho un esfuerzo por entenderlo.

7. En el año 1988, un programador español llamado Paco Menéndez realizó, el solo, con 23 años, una adaptación de la novela El nombre de la rosa de Humberto Eco en formato de videojuego. Por problemas de Copyright (el Copyright parece que nunca en toda su historia ha dado más que problemas) no pudo llamar al juego como el libro, y acabó llamándose La abadía del crimen. El juego respetaba la historia de la novela más de lo que lo haría la película de Jean Jacques Annaud. Incluía, además, como banda sonora un par de piezas de Bach y el Ave María de Haendel. También había en la creación digital acertijos filosóficos y detectivescos. Se hablaba de Aristóteles. Había que acudir puntualmente a las misas de la abadía para no despertar sospechas. Todo esto cabía en unos escasos kilobytes ejecutados en ordenadores de dos colores y sin tarjetas de sonido. En el videojuego no se pegaba un solo tiro, dado que en la baja Edad Media aún no estaban muy de moda las armas de fuego.

Paco Menéndez se suicidó en 1999, con 34 años, por problemas económicos. Su obra queda como un hito en la historia de un arte que aún no ha sido reconocido como tal.

8. Saco de mi ludoteca el DVD del juego Bioshock, de Irrational Games. Abro el manual del juego por la página 20. Ken Levine es el autor de la historia y del guión y además es el director creativo. Después aparece un director de desarrollo del proyecto (Johnatan Chey). Y un jefe del proyecto (Alyssa Finley). El equipo encargado de los gráficos, que estimo, contando por encima, en unas cincuenta personas, incluye un jefe de animación, dos jefes de entornos activos, varios encargados de la animación, de los diseños, uno de los efectos especiales, seis personas encargadas de construir, como arquitectos, los distintos niveles del juego, una decena de modeladores de personajes, varios animadores y grafistas adicionales, asistentes, un jefe de interpretación, etc.

Hay seis personas encargadas de concretar el guión que transcurre durante el juego, amén de dos guionistas adicionales. Hay un director técnico (Rowan Wyborn) y tres personas encargadas de la inteligencia artificial de los enemigos. Cuento, también por encima, un equipo de unos veinte programadores. El equipo encargado de la producción lo integran siete personas. En el sonido trabajan cinco. Una persona (Joshua Downer) se encarga de programar la respuesta física de los objetos y personajes que interactúan en el juego, y que pueden verse expuestos a golpes, caídas, incendios y remojones, todo ello –hablo por experiencia propia– de una manera tremendamente realista. Hay otras quince personas encargadas del control de calidad.

Doy la vuelta a la página del manual y me encuentro con otras dos, plagadas con unos cien nombres de profesionales que de una manera u otra han participado en este proyecto.

El resultado es una obra de arte. Un juego en el que la inmersión del jugador en la historia y en el ambiente –recreación de una ciudad de los años cuarenta dentro de un mundo de los años sesenta, como virtuosismo de la historia dentro de la historia– es máxima. En el que pasas miedo, tensión, nervios. Un juego que no puedes parar de admirar, al mismo tiempo que estás pegando tiros. Un juego del que, a fecha de 5 de junio de 2008, se han vendido más de 2,2 millones de copias en todo el mundo.

9. Si no te gustan los videojuegos, lo respeto. Los hay que no disfrutan con los libros, con el cine o con la música, y estas tres manifestaciones son artes, no deportes. Pero no me mires con condescendencia. Soy yo el que te mira con condescendencia a ti. Tú eres el que hace 70 años no entendía los cuadros de Picasso, y decías que los podía dibujar tu sobrina (es llamativa la fijación de este tipo de gente por usar la edad infantil como un menosprecio). Tú eres el que hace 80 años decía que el jazz era una música de negros analfabetos. Tú eras el que hace 300 años decía que El Quijote era una novelilla de risa, y nada más, y que nunca entraría en la historia de la Literatura.

Castilla miserable,
ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos
desprecia cuanto ignora.

Antonio Machado.

En La Lengua:

Belleza

18 de June de 2008

Sigue siendo hermoso. Vía Vailima.

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho