Ars longa, vita brevis

Sobre los tiranos (y Rajoy)

2 de August de 2012


Antígona, por Frederic Leighton.

De las cosas que más disfruto leyendo literatura clásica griega, una es que se descubre que el hombre siempre ha sido igual. Siempre ha estado sujeto a sus bajos instintos —incluido el lucrativo—, con arranques episódicos de heroísmo o mezquindad extrema. Ignoro si será un defecto cultural, pero parece prácticamente imposible inventar mitos y personajes totalmente originales: lees a los clásicos y todo está ahí.

Tengo como lectura de playa Antígona, de Sófocles (normalmente en la playa no duro mucho tiempo, así que no llevo libros de muchas páginas, que reservo para casa). Encuentro una cita sobre el dinero que podría haber sido escrita hoy mismo, aunque esta obra se representó por primera vez hace 2444 años.

CREONTE.— […] Ninguna institución ha surgido peor para los hombres que el dinero. Él saquea ciudades y hace salir a los hombres de sus hogares. Él instruye y trastoca los pensamientos nobles de los hombres para convertirlos en vergonzosas acciones. Él enseñó a los hombres a cometer felonías y a conocer la impiedad de toda acción.

Antígona es la tragedia sobre la heroína del mismo nombre que, desobedeciendo un mandato del tirano Creonte, decide enterrar a su hermano según los ritos tradicionales. A Polinices, el hermano, lo habían declarado traidor a Tebas y por lo tanto se ordenó que su cadáver fuese dejado a la intemperie, para que fuese alimento de los buitres y los perros (recordemos que Aquiles quiso hacer lo mismo con Héctor, por haber matado a su amigo Patroclo, aunque luego las lágrimas de Príamo lo enternecieron y dejó que se llevara el cadáver).

La hermana decide desobedecer a Creonte y dar un entierro digno a Polinices, aun sabiendo que con ello se está condenando, dado que el tirano había advertido de que si alguien desobedecía la orden sería condenado a muerte.

Antígona, tras debatirse entre la obediencia a la ley, representada por el tirano, y la piedad hacia su hermano —que, además, entiende como un respeto a las leyes divinas, superiores a las del hombre—, inicia los rituales funerales y es capturada y llevada ante Creonte, que determina su ejecución.

Desde aquí empieza lo mejor de la trama. Antígona declara que asume su castigo sin reservas, puesto que ha actuado sabiendo que, si no enterraba a su hermano como es debido, la vida sería peor que la muerte. Además, como ella declara, casi todos los ciudadanos tienen la misma opinión que ella, solo que no se atreven a decirla delante del rey por miedo al castigo.

Para terminar de redondear el culebrón que constituyen gran parte de las tragedias de Sófocles (Antígona y su hermana son hijas del anterior rey de Tebas, Edipo, sí, el mismo que asesinó a su padre y se casó con su madre y que da nombre a la tragedia más conocida del autor), Antígona está prometida a Hemón, hijo de Creonte. Hemón, por principio, acata la sentencia de su padre que lo dejará sin prometida —a diferencia de los españoles, los héroes de las tragedias griegas clásicas saben que el respeto a la legalidad es, en principio, siempre bueno para toda la comunidad—. Sin embargo, el amor que profesa hacia Antígona, y el pensamiento de que lo que ordena su padre es una ofensa para los dioses, como opina todo el pueblo, le hacen mantener una agria discusión con el tirano, que acaba cuando el joven abandona el palacio muy contrariado. Aquí empieza la analogía con el actual presidente de nuestro Gobierno.

HEMÓN.— […] Y, si yo soy joven, no se debe atender tanto a la edad como a los hechos.
CREONTE.— ¿Te refieres al hecho de dar honra a los que han actuado en contra de la ley?
HEMÓN.— No sería yo quien te exhortara a tener consideraciones con los malvados.
CREONTE.— ¿Y es que ella no está afectada por semejante mal?
HEMÓN.— Todo el pueblo de Tebas afirma que no.
CREONTE.— ¿Y la ciudad va a decirme lo que debo hacer?
HEMÓN.— ¿Te das cuenta de que has hablado como si fueras un joven?
CREONTE.— ¿Según el criterio de otro, o según el mío, debo yo regir esta tierra?
HEMÓN.— No existe ciudad que sea de un solo hombre.
CREONTE.— ¿No se considera que la ciudad es de quien gobierna?
HEMÓN.— Tú gobernarías bien, en solitario, un país desierto.

La analogía con nuestro presidente está clara. Alguien que, como Creonte, en principio gozaba con el beneplácito del pueblo, o al menos con sus votos, emprende unas acciones que el pueblo entiende como perniciosas no solo para él, sino para instancias superiores (en nuestro caso, y mi opinión, contra el estado del bienestar). Cuando se le afea la conducta, declara que el país es suyo y que lo lleva a cenar cuando quiera (o, dicho de otra forma, “haré lo que tenga que hacer, aunque haya prometido lo contrario, aunque la gente me haya votado en base a esas promesas que no voy a cumplir”). La mayor parte de la gente está en contra (según las últimas encuestas, ni sus votantes están de acuerdo con los recortes aplicados exclusivamente a los trabajadores, parados y pensionistas), pero no se atreven a decírselo por miedo a un castigo severo (están en el horno las leyes que castigarán manifestaciones públicas no deportivas y opiniones contrarias al Gobierno en internet).

No hemos inventado nada, pero eso no es lo peor: lo peor es que hemos aprendido menos todavía.

Un último apunte. Creonte, sabedor de que condenar a Antígona a la lapidación sería no solo injusto, sino además afrentoso para los dioses, decide que sea enclaustrada en una cueva con provisiones para pocos días, para que fallezca de inanición o, como él dice en un gesto de cinismo, que sea salvada por el dios Hades. Así se lava las manos, a lo Pilatos, y se quita responsabilidad sobre la horrible muerte de la joven. ¿No suena a que todo esto no lo hace él porque quiere, sino obligado por los «mercados», por Merkel, o por la necesidad de salvar el sacrosanto euro? A mí sí.

La dama boba

24 de January de 2012

Lope de Vega ya estaba en plena madurez creativa cuando alumbró esta obra, en 1613. Es una de sus comedias más famosas, y es verdad que en esta relectura se me ha hecho bastante divertida, especialmente por las ocurrencias de Finea, la joven de gran belleza y poca sal en la mollera que da título a la obra. El argumento es simple: un joven de buena familia, pero poco dinero, acude a casarse con Finea, hermosa y tonta, como se ha dicho, pero con una herencia que la permitirá vivir desahogada el resto de su vida. Cuando Liseo, que así se llama el joven casadero, ve lo rematadamente boba que es su prometida, queda horrorizado, y a la vez se prenda de Nise, la hermana de la boba, también guapa, pero muy inteligente, aunque con menos posibles económicos. Otros galanes y otros personajes secundarios (especialmente los criados de los nobles) también se trabajan sus aventuras románticas, con más o menos éxito.

Como en todas las obras de Lope, no solamente tenemos el asunto tratado en las tramas, sino que además sobrevuelan la comedia varias cuestiones políticas, filosóficas, sociales y económicas. Por ejemplo, el papel que cada sexo debe ocupar en la sociedad, la capacidad que tiene el dinero de esconder los defectos, la obediencia debida a los padres, y una cuestión neoplatónica que por lo visto estuvo en boga en los primeros años del XVII: el poder civilizador del amor, que hace que una mula simple como Finea se convierta, casi por arte de magia, en una delicada bachillera que recita versos y cita a los clásicos. Como comedia, al final todo acaba bien, e incluso tiene la típica bromilla final algo pícara (se sugiere que dos de los caballeros, que quedan solteros, se casarán entre ellos… ¡siglos antes de que en España se aprobase la ley! Por supuesto, todo en broma).

Aunque a veces siento que le falta la profundidad que alcanza Calderón de la Barca, si a Lope se lo llamó en su tiempo Fénix de los ingenios españoles no fue en vano: fue todo un profesional del teatro, al que dedicó buena parte de su energía creativa, que no era escasa (hay quien le atribuye casi dos millares de obras teatrales, aunque la mayoría se habría perdido), fue además un teórico del teatro que supo entenderlo como lo que era, un negocio artístico, y aún le sobraba tiempo para escribir novelas, sonetos y toda clase de lírica, entregarse al amor a Dios y también al amor a las mujeres, pues fue un mujeriego reconocido. Incluso sus enemigos reconocían que era un talento fuera de serie, y su entierro fue uno de los más multitudinarios de la época.

La dama boba es una comedia relativamente ligera de leer, quizá no tanto para quien no haya estudiado castellano clásico ni la historia de nuestro idioma, aunque en esta edición de Cátedra —como en todas las de esta editorial— aparecen suficientes notas al pie como para no perderse. Leer esta comedia es, además, una oportunidad para comprobar la maestría de Lope manejando los distintos metros que estaban de moda en el Siglo de Oro, y ver, también, como acomoda cada métrica a los distintos personajes y situaciones.

Y como el teatro no se hace para ser leído, sino visto y oído, os he encontrado en YouTube una película producida por RTVE basada en esta obra, en la que, por lo que he visto, hay un par de escenas inventadas, y además otras aparecen cambiadas de sitio, pero en fin: conserva el verso, lo que no es poco. Si os apetece ver a todos los actores de todas las series y películas españolas representar esta obra, aquí tenéis el primero de diez vídeos, y en los relacionados os aparecerán los demás. Yo he aguantado poco, porque la pronunciación me ha parecido mejorable, por decir algo, pero en fin; que no se diga que no lo intenté.

El topo

9 de January de 2012

Mi padre lleva años recomendándome que leyese alguna novela de John Le Carré, asegurándome que no es simplemente un novelista de género, sino que objetivamente es un gran narrador. Y, a pesar de que confío plenamente en su criterio, no lo había hecho hasta ahora, cuando hace unos días prácticamente me acompañó con esta novela a la puerta de la casa para asegurarse de que me la llevaba. Como siempre, debo decir que sus recomendaciones eran muy pertinentes.

Un topo es un agente extranjero infiltrado en los servicios secretos de otro país (en este caso, el topo trabaja para la Unión Soviética dentro del MI6, el servicio secreto británico. Estamos en los años 70). No es simplemente un advenedizo, por llamarlo así, sino alguien conocido por sus compañeros y que goza de total confianza, un nacional. Suele tardarse décadas en infiltrar a un topo, y por eso son tan peligrosos y difíciles de detectar: llevan años ganándose el aprecio de los servicios secretos y haciendo méritos. En El topo, el infiltrado es, con total seguridad, una de las cinco personas que, después de Control —jefe máximo de los servicios de inteligencia—, ostentan el poder dentro de la cúpula de los espías británicos.

Después de una operación en Praga que sale rematadamente mal, Control muere y uno de los altos espías, George Smiley, es despedido. Smiley no está en su mejor momento: en el otoño de su vida le expulsan del único oficio que sabe hacer, y además, descubre que su esposa se la está pegando con uno de sus compañeros. Una tarde monótona de esa gran monotonía en que se ha convertido su vida, unos antiguos compañeros van a por él en el más alto secreto y le confían una misión: están seguros de que hay un topo soviético en el servicio secreto, y dada su inteligencia, su gran experiencia y el hecho de que ya no está en activo, le encargan la investigación que ha de desvelar cuál es la manzana podrida. En el transcurso de la investigación, salen al encuentro de Smiley las miserias más patéticas de los servicios secretos: rencillas personales, intereses espurios, asesinatos selectivos, torturas. Dada la naturaleza de su investigación, no se fía de nada ni de nadie, ni siquiera de los que le han encargado el trabajo, y sabe que absolutamente todos son sospechosos… e incluso él mismo lo fue en un tiempo.

Hay que tener cuidado al comenzar esta novela. El gran número de personajes, que a veces parecen una cosa y son otra, y la complejidad de la trama, pueden provocar que te pierdas si no estás atento a todo. Es una de esas narraciones en las que conviene tener media cuartilla como marcapáginas e ir anotando nombres de personajes y lugares. Sin embargo, una vez estás metido en la historia, te conviertes en un espía ávido de información, de descubrimiento, de ir encajando todas las piezas de un enorme rompecabezas extremadamente inteligente. Cuando llegas al final, no sabes si en realidad estás sorprendido de saber quién es el topo o no —ni siquiera Smiley sabe si se sorprende—, pero está claro que has disfrutado durante el trayecto.

Aparte de esto, ha sido bonito leer una novela cuya mayor parte de la acción transcurre en sitios que uno ha visitado, y reconocer calles y plazas: por un lado, Londres, donde se desarrolla la acción de investigación, y por otro, Praga, donde tiene lugar la desastrosa misión que sobrevuela toda la trama principal.

Hay un par de novelas más centradas en el personaje de Smiley, si no recuerdo mal: El honorable colegial y La gente de Smiley. Y, aparte de un serial de la BBC de hace unos años protagonizado por sir Alec Guinnes (el Obi Wan de La guerra de las galaxias, la buena, claro), hay una película de Hollywood recién estrenada (El topo, dirigida por Tomas Alfredson y protagonizada por Gary Oldman) que sigue la historia con bastante fidelidad, y diría que condensa bastante bien las 360 páginas de las que aproximadamente consta el volumen.

Para mí, lo más interesante ha sido la forma tan realista —es un decir, claro— o verosímil de afrontar el mundo de los espías. Más que como lo presentan en las típicas películas de James Bond, donde los agentes son unos fornidos y perfectos agentes al servicio de Su Majestad, casi superhéroes, los espías de El topo son personajes totalmente creíbles: ambiciosos, envidiosos, leales hasta cierto punto, débiles, fuertes, bajitos, altos, gordos, delgados, guapos o feos. También es curiosa la descripción del oficio de agente secreto: las pequeñas normas que tiene cada uno particularmente, sus trucos para saber si les siguen o si han entrado en su casa, la rutina en que acaba convirtiéndose cualquier trabajo, por muy emocionante o cargado de glamour que pueda parecer desde fuera. Os recomiendo la novela sin reservas. Creo que os gustará. Si la habéis leído, dejad vuestra opinión en los comentarios.

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