Ars longa, vita brevis

Un hombre en la oscuridad

30 de August de 2009

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Esta es la segunda novela que leo de Paul Auster, después de Brooklyn Follies, que como algunos recordaréis no me entusiasmó, aunque me dejó con unos cuantos fragmentos de literatura lo suficientemente interesantes como para que le diese otra oportunidad.

El argumento presenta la historia de un hombre enfermo de gota que, durante sus noches de insomnio, cuenta la vida de un mago profesional que un buen día se despierta en una realidad alternativa, con unos Estados Unidos distintos a los que conoce (aunque solo durante los últimos años), soldado de un ejército. Resulta que en esta realidad alternativa hay un anciano sentado en una silla que va imaginando los sucesos que ocurren en una sangrienta guerra civil que se produce en el país, y encomiendan al mago-soldado la arriesgada misión de encontrar al hombre y asesinarlo para que termine la guerra de una vez por todas.

No voy a escribir una extensa reseña sobre este libro. Para mi afición lectora este está siendo probablemente el año menos productivo de todos. Aunque he empezado unas cuantas decenas de libros (y algunos reempezado: Gargantúa, A la busca del tiempo perdido, How Children Learn, y muchos más), no sé si por el hartazgo de las oposiciones, y eso que hace ya más de un año, por lo extraño que está siendo 2009 en general o por otros asuntos que no vienen al caso, repasando el blog descubro que he acabado este año la miserable cifra de tres libros. Pero bueno, ya volverán las vacas gordas, o eso espero.

El libro me ha gustado más que Brooklyn Follies, y el argumento me ha parecido interesante desde el principio. Además, creo que la narrativa está más conseguida aquí. Sin embargo, poco más os voy a decir de esta breve novela, en primer lugar por las razones que os he contado en el párrafo anterior, y además porque lo tomé como una lectura sosegada en la playa, sin hacer lo que suelo con los libros que voy leyendo: nada de llevar un lápiz para subrayar párrafos ni apuntar páginas, ni Moleskine para apuntar ideas para posts… Como gracieta literaria citaré el asunto de la literatura dentro de la literatura, aunque no es nada tan nuevo ni tan conseguido como para que el libro merezca la pena solo por eso.

En fin: un libro tan disfrutable como olvidable. Para incondicionales de Auster supongo que estará bien, porque no es malo. Para los que no lo sean, recomiendo, como siempre, ir apurando los clásicos, que son muchos y muy valientes, o bien, si os interesa el autor, empezar por algunas de las obras que están reconocidas como las mejores entre las suyas.

¿Está Ud. de broma, señor Feynman?

26 de January de 2009

Bajo este título se narra, con un estilo que engancha desde el principio, una especie de autobiografía de Richard Phillips Feynman, físico estadounidense, músico aficionado, profesor de universidad y una de las mentes más dotadas que ha dado la ciencia en el siglo XX.

A lo largo de las páginas del libro Feynman da un repaso –a través de otra persona que recoge sus charlas– a algunas de las anécdotas más interesantes y graciosas de su vida, desde su infancia, cuando arreglaba antiguas radios de válvulas ante el asombro de todos, hasta un momento no muy bien determinado de su vida madura. Feynman participó en el famoso Proyecto Manhattan, mediante el cual algunos de los científicos más brillantes de los Estados Unidos, vigilados –coordinados, decían ellos– por el ejército, diseñaron las bombas atómicas que arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

La parte dedicada al Proyecto es bastante divertida. Feynman, en ese momento, era un apasionado de los cierres de seguridad y el arte de la cerrajería, y demostraba día tras día a sus superiores que toda la seguridad del complejo de Los Álamos era en realidad bastante endeble, y en varias ocasiones esta habilidad estuvo a punto de causarle problemas. Por suerte, los espías del momento no eran tan hábiles ni estaban tan al tanto de los fallos de seguridad, y menos mal, porque si no podría haber sido que Hitler hubiera tenido la bomba primero. ¡Glups!

También se hacen muy amenos los capítulos en donde Feynman cuenta su estancia en Brasil como profesor invitado, su afición a tocar el tambor e incluso su participación en grupos de samba. Está claro que Feynman no era el típico nerd que cualquiera podría imaginarse cuando se habla de un científico superdotado (gafas de pasta con la patilla pegada con esparadrapo, camisa de manga corta con corbata y un forro interior de plástico en el bolsillo para protegerla de la tinta de los bolígrafos), sino una persona que, si bien en cuanto pensaba en física el resto del mundo a su alrededor desaparecía, era capaz de disfrutar de muchas otras cosas de la vida: el baile, la pintura, la música, etc.

Solo hay una cosa que a veces me exaspera de Feynman: cuando no entiende algo, o no le interesa, le niega todo interés y toda lógica. Un ejemplo de esto es la filosofía. Después de algún encuentro, o desencuentro, con un grupo de filósofos paletos, llega a la conclusión de que la filosofía no tiene ningún sentido, lo que es una lástima, porque creo que una mente tan asombrosa como la de este hombre podría haber dado unos buenos frutos a la ciencia de las ciencias. Pero no se puede tener todo en esta vida. Y a menudo, los genios son unos completos ineptos en los campos que no son de su interés. Mozart era un personaje aniñado, Einstein, un despistado casi absoluto, y Quevedo era una persona capaz de desarrollar una maldad y un rencor proverbiales.

No es infrecuente encontrarse esta misma actitud en mentes mucho más pequeñas que la de Feynman. Casi todos los que hemos estudiado letras hemos tenido que padecer, en la época de instituto, compañeros que tiraban por las ciencias y que constantemente insistían en el viejo prejuicio de que las letras son fáciles, son para gente fracasada, no inteligente o vaga. Y, lo peor, es que este prejuicio ha sido alimentado a lo largo de los años de profesores de ambas disciplinas, la de las ciencias naturales y la de las ciencias humanas. Los profesores de ciencias, diciendo a sus alumnos día tras día que lo suyo era lo único que merecía la pena, y menospreciando a las humanidades; los de letras, bajando el nivel de exigencia año tras año, hasta convertir la mayoría de las asignaturas de letras en auténticas marías a las que se iba la gente que no quería estudiar mucho, pero tampoco quería ponerse a trabajar.

Semejantes enanos mentales tenemos, en número considerable, en nuestros centros de enseñanza. Profesores que desprecian una gran parte del saber, precisamente la que tiene que ver con ser humanos. ¡Qué país! Por suerte, casi siempre las mentes grandes para la ciencia son, simplemente, mentes grandes, y admiran y respetan la grandeza de la obra humana tanto como la de la obra natural –divina, dirían algunos–. Desde Aristóteles hasta Clarke, recientemente fallecido, casi toda la gran ciencia ha sido desarrollada por mentes abiertas, generosas, y capaces de disfrutar con la belleza del baile del cosmos y con la de la destrucción de la Ilíada. Después ha habido siempre, y seguirá habiendo, cerebros pigmeos que se cierran ante todo lo que no sea su escaso –aunque especializado– entendimiento y acaban, por muy listos que se crean, de profesores de instituto. ¡Qué país! ¿Lo he dicho ya?

Lamentablemente, en España, la filología no es considerada propiamente una ciencia, en gran parte por culpa de los filólogos. Nos empeñamos en no tratar los versos con la fría vista del que mira por un microscopio, y explicamos los poemas como si fueran una especie de truco de magia, queriendo que se entiendan cosas que no dice la observación y la catalogación, sino el furor cuasi divino. Sin ir más lejos, en el mejor manual existente sobre la historia de la lengua española, una obra monumental y que todo el mundo debería tener en su estantería junto a El origen de las especies de Darwin, Rafael Lapesa sostiene astracanadas como que el castellano se impuso en la Península sobre otros dialectos latinos por su fuerza viril (sic, o casi). ¿Así pretendemos que se respete lo que estudiamos y enseñamos?

En la carrera no me dieron prácticamente ninguna formación científica. Y eso que era imprescindible para varias de las materias que se enseñaban, desde la fonética (donde había que leer extraños espectogramas, similares a las líneas ascendentes y descendentes que escriben los sismógrafos) hasta la lingüística matemática y computacional, que diseña procesos de compresión de la información (sí, también en los ordenadores), realiza estadísticas de palabras y sintagmas y programa software de traducción automática. ¿Quién creíais que hacía eso, los ingenieros informáticos? Sí, por supuesto; con la ayuda imprescindible de los filólogos. De los filólogos extranjeros, estadounidenses, por ejemplo, a quienes gente como Chomsky les enseña a ver el estudio de la lengua como lo que es: una ciencia. Pero estoy divaganado…

Por este grave déficit en mi formación científica, a pesar de la cual tengo un título universitario, siempre procuro leer varios libros de divulgación científica al año. Porque todo es maravilloso, amigos: desde el primer latido del Big Bang, hasta la primera línea de Cien años de soledad, todo maravilloso. ¿Creéis que merece la pena perderse cuaquiera de las dos cosas por la pobre y mezquina emoción de sentirse mejor que el compañero de pupitre? Bah.

Os recomiendo el libro, simplemente como una obra de entretenimiento, porque todo está narrado con una soltura y una simpatía que se contagian; o porque conocéis la persona de Feynman y queréis conocer el personaje; o porque os gusta la historia, o la ciencia. En cualquier caso, exceptuando algunos pasajes que son algo oscuros a los que en esto de la ciencia somos solo aficionados, todo el libro se lee con gran disfrute y aprovechamiento. Leed y disfrutad, este libro o cualquier otro.

Brooklyn Follies

12 de January de 2009

Este es el primer, y hasta ahora, único, libro que he leído del famoso y premiado autor de best sellers (y no obstante respetado) Paul Auster. Un par de compañeros del Departamento de Filosofía me lo había recomendado, y a pesar de que desconfío de los escritores vivos –y de los recientemente muertos–, lo vi en la estantería y me hice con él.

A decir verdad, me ha dejado un poco frío. Por eso mismo, voy a empezar por lo bueno. La narrativa es bastante ágil, y es al menos un libro que se lee sin una mueca de desagrado en la cara, lo que, dados los tiempos que corren, no es poco. Los ritmos están bien trabados y la historia corre con agilidad; los personajes son creíbles, simpáticos cuando tienen que serlo y antipáticos cuando toca. No tiene una estructura nada vanguardista, y casi en su totalidad el tiempo de la narración es lineal, con algún que otro flashback metido aquí y allá y alguna breve digresión. Esto del tiempo, por supuesto, no constituye en principio un defecto ni una virtud, pero alegrará a los amigos de los libros que se leen rápido, una especie de consumidores de literatura de McDonald’s, que no es que sean los lectores más críticos del mundo, pero al menos leen. Y eso, me da igual que sea políticamente incorrecto decirlo, la lectura, decía, eleva siempre el nivel intelectual de una persona, o al menos lo ejercita en una práctica sana para la mecánica del cerebro.

La trama: un corredor de seguros, recientemente jubilado por un cáncer del que parece haber salido de rositas, decide alquilar un apartamento en el neoyorquino barrio de Brooklyn para esperar la muerte, y mientras tanto entregarse a una gran obra personal: el Libro del desvarío humano. En él piensa contar las estupideces que recuerda haber oído, presenciado o protagonizado. Prácticamente desde que pone los pies en su nuevo hogar, una serie de casualidades hace que su plan de espera de la parca sea totalmente distinto de lo que había imaginado, y descubre que morir suele ser mucho más complicado y divertido de lo que cabría esperar. Durante el tiempo que vive en Brooklyn conoce a interesantes personas y personajes, y se reencuentra y desencuentra inesperadamente con familiares a los que había perdido la pista. Vuelve a ver a su sobrino Tom, un brillante universitario, experto en literatura norteamericana, convertido en un fofo taxista sin mayores pretensiones que producir filosofía barata; conoce a Harry, un homosexual dueño de una librería de ejemplares únicos que esconde un oscuro y sorprendente pasado; su sobrina-nieta, Lucy, aparece un buen día de no se sabe dónde y se niega a pronunciar palabra; descubre a la Bella y Perfecta Madre, una joven mujer del barrio por la que su sobrino Tom siente una devoción casi religiosa. Estos y otro puñado de personajes se entrelazan en una historia de múltiples ramificaciones que conducen a un final el fatídico día 11 de septiembre de 2001, más propio del cine que de la literatura. No en vano, Auster es, además de escritor, guionista de cine, e incluso ha dirigido alguna que otra película.

Lo malo: me ha decepcionado, dadas las expectativas. Es lo que sucede cuando te ensalzan demasiado algún producto. La historia no me ha parecido imaginativa en exceso, y el final es tan previsible que, de lo previsible que es, casi no te lo esperas: te quedas con una cara como de «releches, al final todo sale como parecía que iba a salir». No me ha parecido un autor de un verbo demasiado original ni personal, sino que explota el típico estilo novelístico estadounidense del no-estilo, es decir, huyendo de retorcer el lenguaje, de explorarlo y explotarlo, de exprimirlo y deformarlo para transformarlo en una materia prima única. Esto, como ya he apuntado más arriba, aunque haga que el estilo carezca de originalidad, sin embargo hace que su lectura sea bastante facilona. No, esto último, repito, no es un defecto en sí. Pero no puede evitar que la novela parezca uno de tantos superventas que se aplastan unos sobre otros en las estanterías de cualquier tienda de un aeropuerto.

De todas maneras, y dado que he pasado unos buenos ratos con este libro, le daré otra oportunidad a Paul Auster, empezando su famosa trilogía de Nueva York, que creo que es la obra que más fama le ha reportado. Ya veremos si, en opinión de un indocumentado servidor, la fama es merecida o no. Resumiendo: ¿Lo recomiendo? Sí, para casi todo el mundo. ¿Debéis esperar encontraros con una novela única? Decididamente, no.

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