Persépolis

Este libro es inmenso. Tanto, que creo que escapa a la categoría de cómic: los dibujos, siendo geniales, parecen solo un apoyo dramático a una narración intensa, viva, terrible y divertida, pero sobre todo estructurada y contada con una agilidad como hace mucho tiempo que no leía.
Persépolis es la historia autobiográfica de las dos primeras décadas de la vida de Marjane Satrapi, una dibujante iraní que tuvo la suerte o la desgracia de nacer en un momento crucial para el destino de su país. Cuando tenía solo nueve años, aconteció la Revolución islámica que derrocó al sha de Persia y trasformó su país de los pies a la cabeza: de ser un gobierno títere de las potencias occidentales, que tenían en la antigua Persia sus intereses energéticos, pasó a convertirse en una tiránica dictadura islamista que controlaba y oprimía a sus súbditos hasta un punto ya muy pasado de la locura.
Marjane es la hija única de un matrimonio acomodado (desciende de un antiguo linaje real persa) que la educó en los valores de la libertad de pensamiento, la democracia, la igualdad y la tolerancia. Con diez años ya leía a Marx y pasaba las noches hablando con él –y con Dios– y soñando en convertirse en una revolucionaria que traería la libertad a los suyos. Pero entonces llegaron los «barbudos», que acabaron con una forma de vida que poco tenía que envidiar a la España de 1979: escuelas mixtas y laicas, jóvenes que se besaban en la calle y bailaban música punk, mujeres vestidas a lo occidental (o, dicho de otra manera, como les daba la gana), etc. Los barbudos impusieron un modo de vida basado en su visión del Islam: chicas con pañuelo desde antes de tener uso de razón, leyes islamistas, prohibición de corbatas en los hombres (símbolo, para ellos, de la decadencia de occidente), nada de alcohol ni de música popular, negación de los símbolos nacionales iranio-persas… La situación llegó hasta unos límites que nos parecerían ridículos si, por desgracia, no siguieran estando vigentes. Por ejemplo, era normal que los guardianes de la ley (una especie de camorristas barbudos, perros del régimen, algo parecido a una mezcla entre kale-borrokistas y juventudes hitlerianas) pudieran parar a una pareja que iba paseando por la calle para exigirles el certificado de matrimonio. Y ay de quien no lo llevara encima. Si la pareja no estaba casada, ni eran hermanos, primos o algo así, los padres tenían que pagar una multa, o la pareja sufría latigazos y toda clase de vejaciones.
Un régimen así no suele mantenerse por las buenas, porque la gente es tonta, pero no tanto, así que desde la imposición del régimen islamista han muerto, se estima, decenas de miles de iraníes opositores al sistema. Algunos por ser antiguos comunistas, otros por cualquier otro motivo. Todo eso pasaba en Irán a partir de 1979.

Nacionalismo, religión… a mí también me cuesta encontrar la gran diferencia.
A través de las páginas de Persépolis también asistimos al desarrollo de la guerra entre Irán e Iraq, que después –pensaron los iraníes– se descubrió que era únicamente una maniobra de las potencias occidentales para debilitar a ambos países: a uno para obtener su petróleo a bajo coste, al otro porque empezaba a representar una amenaza para Israel. Ambos países se mataban con las armas que occidente les vendía, así que todos contentos… menos ellos, claro. Cuando uno de los países empezaba a ganar terreno, se le cortaba el grifo y se suministraban ingentes cantidades de armas al bando contrario, hasta que la balanza volvía a oscilar hacia el otro lado, y vuelta a empezar. Probablemente los dirigentes de ambos países lo sabían, ya que no se puede ser tan tonto, pero los ciudadanos seguían –y seguirán– entregando su sangre y sus vidas al menor grito de ¡bandera! ¡Patria! ¡Religión! O cualquier otra bobada. Pero no nos desviemos del tema.
El libro me ha servido, además, para descubrir, aunque sea superficialmente, gran parte de la historia reciente de Irán, del que solo conocía las noticias que dan en la tele, como casi todo el mundo. Y, leyendo estas páginas, se entiende no poco de la situación actual no solo de Irán y de Iraq, sino del resto del mundo, el gran conflicto entre los valores de occidente, si es que tenemos alguno aparte de la democracia, el laicismo y los derechos humanos (aún no he decidido si esto que acabo de decir es irónico), que no es poco, y los iluminados islamistas que a fuerza de petardazos y de idiotas pseudointelectuales que defienden lo indefendible, nos quieren meter hasta la garganta la memez de que las mujeres se ponen un burka y los hombres se dan cabezazos contra un libro porque son libres y han descubierto la verdad.
¡Ah! Qué gran soplo de aire fresco: una mujer musulmana, iraní, inteligente, joven, que se ríe del pañuelo y de los imbéciles que lo defienden –lo podéis comprobar si leéis el cómic– con la fuerza de la razón y de la libertad, que cree en dios, aunque me parezca absurdo, pero que no permite que en su nombre se le impongan prehistóricas convenciones machistas ni oscurantistas, que tampoco se cree las patrañas que desde los grupos de poder occidentales –políticos, medios de comunicación, empresas à la Disney o Coca-Cola– se nos intentan vender, y que pone a todo el mundo en su sitio.
Ella ha estado en Irán, y no solo ha estado: ha nacido y crecido allí. Conoce la verdad, es muy inteligente y sabe que aquello no está bien, no como estos palurdos que tenemos en Europa y que defienden que la mujer que se tapa lo hace por no sé qué absurdas historias que nunca llegaré a entender hasta que alguien me lo explique de manera coherente (cosa que admito que considero imposible, aunque sé rectificar). ¿Por qué no se ha dado mucho más bombo a un libro que defiende que ideas como la libertad sexual, de expresión, de pensamiento, en una palabra: la libertad no es algo únicamente reservado para nosotros, los occidentales de tradición cristiana? ¿Por qué, sin embargo, hay tanto cretino empeñado en hacer que veamos al régimen islamista iraní como un gobierno más, ni mejor ni peor que las democracias en que vivimos, todo lo imperfectas y sucias que queramos? ¿Por qué incluso desde muchos de nuestros gobiernos se nos intenta vender una imagen dulcificada de esos barbudos intolerantes y asesinos? ¿Por qué el Ministerio de igualdad no le da una maldita medalla a esta mujer?
Este libro es imprescindible. Por cierto, también hay una película que he empezado a ver y tiene muy buena pinta. Aquí podéis ver el avance. Repito: imprescindible.
Marjane Satrapi vive actualmente en Francia y supongo que, mientras esté en el poder el sistema que tanta gracia les hace a muchos buenistas occidentales, no regresará demasiado pronto.
Por cierto, los dibujos son increíbles.
Actualización: esta mujer va camino de convertirse en mi musa.

Os hago un extracto de una entrevista que podéis leer más completa aquí:
Acepto la muerte como una opción [?]. No la niego. Sé que moriré, igual que un gusano. [...] Un gusano y yo son dos cosas completamente distintas. Pero soy consciente de que moriré por las mismas razones fisiológicas que un gato, una rata o un gusano.
[...]
Entrevistador.– Te recuerdo diciendo que en cualquier país el 8% de la población es estúpida.
Satrapi.– Creo que dije el 15%. [Nota del blogger: ¿os he dicho que adoro a esta mujer?]
[...]
Es como el film de Persépolis. No tenemos 300 millones de dólares. Tenemos 3 millones. Puedes gastarte 300 y producir una mierda absurda como Titanic. Truffaut hizo películas maravillosas con presupuestos pequeños. Tienes dibujantes que básicamente te dicen: ‘Mira cómo he dibujado este brazo -¡Puedes ver realmente las venas! Maravíllate de mi virtuosismo’. Eso no va conmigo.
[...]
Entrevistador.– ¿Por qué crees que algunos odian tanto el tabaco?
Satrapi.– Creo que es algo sexual –se lleva un Winston encendido a sus labios y aspira–. Lo pongo en mi boca. El humo entra en mi cuerpo, a través de un orificio. Me produce placer. Y se va… –Exhala–. por el mismo orificio. Creo que eso les recuerda… algo.
[...]
Entrevistador.– ¿Cree que podrá regresar a Irán?
Satrapi.– No estoy segura de que sea un caso de ‘no poder’. Digamos que me dijeron: ‘regresa y te ejecutaremos’. Algunos ven como una obligación morir por tus principios. [...] Estoy feliz de morir por mis principios. Pero muy, muy lentamente.
[...]
Durante años la gente en el poder ha estado vendiendo la ilusión de ‘civilización’. La definición de una sociedad civilizada es que no está hambrienta. Coge París, corta la electricidad y el agua, y vacía los supermercados. En tres días la gente se matará entre sí y se comerá los cadáveres. La noción de civilización es la mayor presunción ilusoria del mundo.
C´est magnifique!







