Ars longa, vita brevis

Persépolis

30 de November de 2008

Este libro es inmenso. Tanto, que creo que escapa a la categoría de cómic: los dibujos, siendo geniales, parecen solo un apoyo dramático a una narración intensa, viva, terrible y divertida, pero sobre todo estructurada y contada con una agilidad como hace mucho tiempo que no leía.

Persépolis es la historia autobiográfica de las dos primeras décadas de la vida de Marjane Satrapi, una dibujante iraní que tuvo la suerte o la desgracia de nacer en un momento crucial para el destino de su país. Cuando tenía solo nueve años, aconteció la Revolución islámica que derrocó al sha de Persia y trasformó su país de los pies a la cabeza: de ser un gobierno títere de las potencias occidentales, que tenían en la antigua Persia sus intereses energéticos, pasó a convertirse en una tiránica dictadura islamista que controlaba y oprimía a sus súbditos hasta un punto ya muy pasado de la locura.

Marjane es la hija única de un matrimonio acomodado (desciende de un antiguo linaje real persa) que la educó en los valores de la libertad de pensamiento, la democracia, la igualdad y la tolerancia. Con diez años ya leía a Marx y pasaba las noches hablando con él –y con Dios– y soñando en convertirse en una revolucionaria que traería la libertad a los suyos. Pero entonces llegaron los «barbudos», que acabaron con una forma de vida que poco tenía que envidiar a la España de 1979: escuelas mixtas y laicas, jóvenes que se besaban en la calle y bailaban música punk, mujeres vestidas a lo occidental (o, dicho de otra manera, como les daba la gana), etc. Los barbudos impusieron un modo de vida basado en su visión del Islam: chicas con pañuelo desde antes de tener uso de razón, leyes islamistas, prohibición de corbatas en los hombres (símbolo, para ellos, de la decadencia de occidente), nada de alcohol ni de música popular, negación de los símbolos nacionales iranio-persas… La situación llegó hasta unos límites que nos parecerían ridículos si, por desgracia, no siguieran estando vigentes. Por ejemplo, era normal que los guardianes de la ley (una especie de camorristas barbudos, perros del régimen, algo parecido a una mezcla entre kale-borrokistas y juventudes hitlerianas) pudieran parar a una pareja que iba paseando por la calle para exigirles el certificado de matrimonio. Y ay de quien no lo llevara encima. Si la pareja no estaba casada, ni eran hermanos, primos o algo así, los padres tenían que pagar una multa, o la pareja sufría latigazos y toda clase de vejaciones.

Un régimen así no suele mantenerse por las buenas, porque la gente es tonta, pero no tanto, así que desde la imposición del régimen islamista han muerto, se estima, decenas de miles de iraníes opositores al sistema. Algunos por ser antiguos comunistas, otros por cualquier otro motivo. Todo eso pasaba en Irán a partir de 1979.


Nacionalismo, religión… a mí también me cuesta encontrar la gran diferencia.

A través de las páginas de Persépolis también asistimos al desarrollo de la guerra entre Irán e Iraq, que después –pensaron los iraníes– se descubrió que era únicamente una maniobra de las potencias occidentales para debilitar a ambos países: a uno para obtener su petróleo a bajo coste, al otro porque empezaba a representar una amenaza para Israel. Ambos países se mataban con las armas que occidente les vendía, así que todos contentos… menos ellos, claro. Cuando uno de los países empezaba a ganar terreno, se le cortaba el grifo y se suministraban ingentes cantidades de armas al bando contrario, hasta que la balanza volvía a oscilar hacia el otro lado, y vuelta a empezar. Probablemente los dirigentes de ambos países lo sabían, ya que no se puede ser tan tonto, pero los ciudadanos seguían –y seguirán– entregando su sangre y sus vidas al menor grito de ¡bandera! ¡Patria! ¡Religión! O cualquier otra bobada. Pero no nos desviemos del tema.

El libro me ha servido, además, para descubrir, aunque sea superficialmente, gran parte de la historia reciente de Irán, del que solo conocía las noticias que dan en la tele, como casi todo el mundo. Y, leyendo estas páginas, se entiende no poco de la situación actual no solo de Irán y de Iraq, sino del resto del mundo, el gran conflicto entre los valores de occidente, si es que tenemos alguno aparte de la democracia, el laicismo y los derechos humanos (aún no he decidido si esto que acabo de decir es irónico), que no es poco, y los iluminados islamistas que a fuerza de petardazos y de idiotas pseudointelectuales que defienden lo indefendible, nos quieren meter hasta la garganta la memez de que las mujeres se ponen un burka y los hombres se dan cabezazos contra un libro porque son libres y han descubierto la verdad.

¡Ah! Qué gran soplo de aire fresco: una mujer musulmana, iraní, inteligente, joven, que se ríe del pañuelo y de los imbéciles que lo defienden –lo podéis comprobar si leéis el cómic– con la fuerza de la razón y de la libertad, que cree en dios, aunque me parezca absurdo, pero que no permite que en su nombre se le impongan prehistóricas convenciones machistas ni oscurantistas, que tampoco se cree las patrañas que desde los grupos de poder occidentales –políticos, medios de comunicación, empresas à la Disney o Coca-Cola– se nos intentan vender, y que pone a todo el mundo en su sitio.

Ella ha estado en Irán, y no solo ha estado: ha nacido y crecido allí. Conoce la verdad, es muy inteligente y sabe que aquello no está bien, no como estos palurdos que tenemos en Europa y que defienden que la mujer que se tapa lo hace por no sé qué absurdas historias que nunca llegaré a entender hasta que alguien me lo explique de manera coherente (cosa que admito que considero imposible, aunque sé rectificar). ¿Por qué no se ha dado mucho más bombo a un libro que defiende que ideas como la libertad sexual, de expresión, de pensamiento, en una palabra: la libertad no es algo únicamente reservado para nosotros, los occidentales de tradición cristiana? ¿Por qué, sin embargo, hay tanto cretino empeñado en hacer que veamos al régimen islamista iraní como un gobierno más, ni mejor ni peor que las democracias en que vivimos, todo lo imperfectas y sucias que queramos? ¿Por qué incluso desde muchos de nuestros gobiernos se nos intenta vender una imagen dulcificada de esos barbudos intolerantes y asesinos? ¿Por qué el Ministerio de igualdad no le da una maldita medalla a esta mujer?

Este libro es imprescindible. Por cierto, también hay una película que he empezado a ver y tiene muy buena pinta. Aquí podéis ver el avance. Repito: imprescindible.

Marjane Satrapi vive actualmente en Francia y supongo que, mientras esté en el poder el sistema que tanta gracia les hace a muchos buenistas occidentales, no regresará demasiado pronto.

Por cierto, los dibujos son increíbles.

Actualización: esta mujer va camino de convertirse en mi musa.

Os hago un extracto de una entrevista que podéis leer más completa aquí:

Acepto la muerte como una opción [?]. No la niego. Sé que moriré, igual que un gusano. […] Un gusano y yo son dos cosas completamente distintas. Pero soy consciente de que moriré por las mismas razones fisiológicas que un gato, una rata o un gusano.
[…]
Entrevistador.– Te recuerdo diciendo que en cualquier país el 8% de la población es estúpida.
Satrapi.– Creo que dije el 15%. [Nota del blogger: ¿os he dicho que adoro a esta mujer?]
[…]
Es como el film de Persépolis. No tenemos 300 millones de dólares. Tenemos 3 millones. Puedes gastarte 300 y producir una mierda absurda como Titanic. Truffaut hizo películas maravillosas con presupuestos pequeños. Tienes dibujantes que básicamente te dicen: ‘Mira cómo he dibujado este brazo -¡Puedes ver realmente las venas! Maravíllate de mi virtuosismo’. Eso no va conmigo.
[…]
Entrevistador.– ¿Por qué crees que algunos odian tanto el tabaco?
Satrapi.– Creo que es algo sexual –se lleva un Winston encendido a sus labios y aspira–. Lo pongo en mi boca. El humo entra en mi cuerpo, a través de un orificio. Me produce placer. Y se va… –Exhala–. por el mismo orificio. Creo que eso les recuerda… algo.
[…]
Entrevistador.– ¿Cree que podrá regresar a Irán?
Satrapi.– No estoy segura de que sea un caso de ‘no poder’. Digamos que me dijeron: ‘regresa y te ejecutaremos’. Algunos ven como una obligación morir por tus principios. […] Estoy feliz de morir por mis principios. Pero muy, muy lentamente.
[…]
Durante años la gente en el poder ha estado vendiendo la ilusión de ‘civilización’. La definición de una sociedad civilizada es que no está hambrienta. Coge París, corta la electricidad y el agua, y vacía los supermercados. En tres días la gente se matará entre sí y se comerá los cadáveres. La noción de civilización es la mayor presunción ilusoria del mundo.

C´est magnifique!

Ellis Island

29 de October de 2008

nada se asemeja más a un lugar abandonado que otro lugar abandonado

Este corto y curioso librito de Georges Perec te prosa y te versa algunos hechos relacionados con la isla de Ellis, la puerta de entrada a los Estados Unidos durante la época en que probablemente vivió su mayor flujo inmigratorio, entre finales del siglo XIX y principios del XX. Millones de personas veían aproximarse la isla de Manhattan, con la Estatua de la libertad, y pensaban que la tierra prometida estaba a su alcance, pero antes debían pasar un examen médico y una especie de interrogatorio. El libro, en sus escasas 61 páginas, es una especie de collage que pega curiosidades y datos históricos de forma un tanto libre e interesante.

La inmigración fue virtualmente libre durante bastante tiempo, hasta que los estadounidenses empezaron a pensar que no cabían muchos más y empezaron a restringir la entrada, por medio de una especie de ley llamada Literacy Act, que exigía, entre otras cosas, que los aspirantes a norteamericanos adoptivos supieran leer y escribir en su idioma. El examen médico era un tanto peculiar: si te veían sano, en una inspección superficial que solía durar unos dos minutos, te espetaban un «Welcome to America» y ale, para adentro. Si el doctor veía algún signo de enfermedad, te pintaba en el hombro con tiza una inicial –correspondiente al tipo de enfermedad del que hubiese visto indicios– y te hacían pasar a otra sala sin explicarte nada, para un examen más minucioso. Algunos pasajes del libro son impresionantes:

La mayoría de los inspectores hacía concienzudamente su trabajo y buscaba junto con los intérpretes obtener datos más correctos y precisos acerca de los recién llegados.

Un gran número era de origen irlandés y poco habituado a la gráfica y a la consonancia de los nombres de Eruropa Central, de Rusia, de Grecia y de Turquía. Por otro lado, muchos emigrantes deseaban tener nombres que parecieran americanos. De aquí que, en Ellis Island, tuvieran lugar innumerables historias de cambios de nombre: un hombre venido de Berlín fue llamado Berliner; otro llamado Vladimir recibió el apellido Walter; otro llamado Adam, el de Adams; un Skyzertski devino Sanders; un Goldenburg, Goldberg, mientras que un Gold se transformó en Goldstein.

Aconsejaron a un viejo judío ruso elegirse un apellido muy americano para que las autoridades no tuvieran dificultades en la transcripción. Pidió consejo a un empleado de la sala de equipajes, quien le propuso Rockefeller. El viejo judío repitió varias veces: Rockefeller, Rockefeller, para estar seguro de no olvidarlo. Pero cuando, muchas horas más tarde, un oficial le preguntó su nombre, lo había olvidado y respondió, en yiddish, Schon vergessen (ya lo he olvidado), y fue así inscripto con el nombre muy americano de John Ferguson.

Esta historia es tal vez demasiado bella para ser verdadera, pero, en el fondo, poco importa si es verdadera o falsa.

Para los inmigrantes ávidos de América, cambiar de nombre podía ser considerado una ventaja. Hoy, para sus nietos, es diferente. Notemos que en 1976, año del bicentenario, varias decenas de Smith de origen polaco pidieron llamarse nuevamente Kowalski (tanto uno como otro apellido significan “herrero”).

El 2% de los emigrantes fue rechazado. Esto representa, aunque parezca poco, doscientas cincuenta mil personas. Tres mil de ellas se suicidaron en Ellis Island entre 1892 y 1924.

La última página del libro también es digna de cita, y juraría que ya la había leído por ahí, especialmente las últimas líneas:

los inmigrantes que desembarcaron por primera vez en Battery Park no tardaron en percibir que lo que les habían contado sobre la maravillosa América no era del todo exacto: tal vez la tierra pertenecía a todos, pero aquellos que habían llegado primero estaban ya servidos, y no podían evitar, amontonarse de a diez en los tugurios sin ventanas del Lower East Side y trabajar quince horas por día. Los pavos no caían rostisados en los platos y las calles de New York no estaban pavimentadas con oro.

En realidad, la mayoría ni siquiera estaba pavimentada. Y comprendían entonces que se los había hecho venir para que ellos las pavimentaran.

La negrita es mía. Por cierto, el nombre de Ellis –antes se había llamado Isla de las ostras, entre otras denominaciones– viene del apellido de un señor que la compró por una ridícula cantidad de dinero. Este hombre, años después, la regaló a la ciudad de Nueva York, que a su vez se la vendió al Gobierno, obteniendo una cifra de dinero nada despreciable.

El fracaso de la escuela (y VI)

22 de October de 2008

1. Metáforas

Elías (en clase de 2.º de ESO): Así que una metáfora es cuando identificamos aquello de lo que hablamos, la realidad, que llamaremos R, con otra cosa que no es la realidad, pero que para nosotros guarda alguna relación de semejanza con ella, y a la que llamaremos imagen o I. Por ejemplo, cuando el poeta dice que la chica que le gusta es «una gata», en realidad está hablando de una chica (R), pero la identifica con una gata (I), para que entendamos que para él la chica es una persona sensual, indomable e independiente. […]

A continuación vais a crear vosotros una metáfora. El término real lo voy a escoger yo: es el instituto. Y ahora vosotros vais a escoger una imagen, algo que no es el instituto, con la que lo vais a identificar, para que yo entienda que para vosotros el instituto tiene alguna característica de esa imagen. A ver, levantando las manos, ¿qué imagen vais a escoger?

Varios alumnos al unísono: Una cárcel.

(Hoy)

2. Cita:

Lo que hacemos en la escuela (olvidándonos de todas las cosas agradables que predicamos) viene a decir de hecho a los niños pequeños: «Vuestra experiencia, vuestras preocupaciones, esperanzas, temores, deseos, intereses no cuentan nada. Lo que cuenta es lo que nos interesa y preocupa a nosotros, y lo que hemos decidido que tenéis que aprender. […]

Pensando en los niños que conozco, me parece que se pasan una parte tan importante de su desarrollo haciendo lo que la gente les dice, o no haciéndolo, e invierten tanto tiempo en reaccionar de una forma u otra ante las presiones externas, que tienen muy poco tiempo para averiguar quiénes y qué son.

(Páginas 195 y 196)

Sí, realmente, es algo parecido a una cárcel. Excepto para el alumno que tiene tendencia excesiva a valorar los juicios que hacemos las personas mayores; el que se ha convertido en una máquina de agradar a profesores y padres, y que, tan joven, ya tiene decidido que el mundo es como es y que no hay que cambiar nada, sino amoldarse. Y yo creo que, en realidad, nuestra función debería ser convencerlos de que el mundo no solo puede, sino debe cambiar.

En La Lengua:

Ilión I: El asedio

7 de October de 2008

Llevaba tiempo leyendo sobre esta novela de Dan Simmons, y el tema mezclaba dos de los asuntos literarios que me apasionan: la ciencia ficción y la epopeya clásica griega, en concreto la inmortal Ilíada de Homero.

La trama central consiste en que en un futuro bastante lejano –a nuestra era la llaman la edad perdida–, y en Marte, se está produciendo la mítica guerra de Troya. Y no con marcianos, o al menos no con marcianos verdes y con antenas: son hombres, los mismos héroes de la gran Obra, Aquiles, Héctor, Agamenón, Menelao, Paris y los dos Áyax; y además, también, como en la Ilíada original, intervienen los dioses de la misma forma en que lo hacen en el poema homérico. Sí, los dioses del Olimpo marciano, que por cierto viven en el monte Olimpo de Marte, el volcán más impresionante del sistema solar, con sus veintisiete kilómetros de altitud, se comportan igual que los antiguos dioses helénicos: son caprichosos, violentos, lujuriosos y tremendamente poderosos, como niños malcriados. Pero no son dioses: son una extraña especie denominada post humanos con forma de hombre y de mujer, pero con dos metros y medio de estatura (aunque Zeus es un poco más alto), increíblemente fuertes y guapos, y casi inmortales.

Un pequeño grupo de hombres del siglo XX y principios del XXI, los escólicos (estudiosos de las obras de Homero), han sido teleportados en el tiempo y el espacio por los dioses post humanos para documentar los sucesos de la Ilíada marciana y comprobar que todo sigue su curso previsto. Ni siquiera los dioses, a excepción de Zeus, saben lo que va a suceder; solo los escólicos, y tienen prohibido comunicarlo al resto de las deidades, así como intervenir en la contienda más que como observadores. Los escólicos tienen, aparte del poder de teletransportarse, la capacidad de morfearse para adoptar el aspecto de cada uno de los humanos que participan en la lucha.

Dos tramas secundarias se entrecruzan con la principal. La primera nos cuenta las andanzas de un humano mujeriego que conoce a distintas personas en sus intentos por acostarse con diversas mujeres. Hay que aclarar, llegado este punto, que los humanos de este hipotético futuro tienen unas características algo especiales. No suelen viajar más que en una especie de fax que los trasporta automáticamente de un lugar a otro. El espacio intermedio entre los distintos lugares no les interesa; normalmente, solo conocen un par de kilómetros a la redonda de cada faxpuerto. Además, el número de humanos está limitado a un millón, o eso creen ellos. Viven exactamente cien años terrestres, tras los cuales los post humanos los matan y –una vez más, según su creencia– llevan a una especie de cielo, conocido como los anillos estelares. Si un humano perece por accidente (por ejemplo, comido por un alosaurio recreado por ingeniería genética, y no cuento más), es resucitado en una fermería para seguir su vida hasta los cien, período durante el cual no parecen envejecer demasiado.

La otra trama, que es la que más simpática me ha parecido, nos cuenta la historia de dos moravecs, curiosos robots con partes orgánicas, que son enviados a Marte para saber qué demonios está ocurriendo allí: por qué ahora hay mares, por qué hay tanta energía desprendiéndose del planeta, por qué parece estar plenamente habitado por humanos, post humanos y una extraña turba de hombrecillos verdes, literalmente, que se dedican casi todo el día a tallar y colocar al borde de los mares unas gigantescas cabezas de piedra, al típico estilo Rapa Nui. Esta trama es la que me parece más simpática, decía, porque resulta que los dos moravecs son unos obsesionados con la literatura humana: uno con Shakespeare, especialmente con sus sonetos, y el otro con Marcel Proust y su monumental obra A la busca del tiempo perdido.

Durante sus aventuras, estos dos robots –llamados Orphu y Mahnmut– mantienen diversas conversaciones acerca de sus gustos literarios y de las posibles interpretaciones de sus obras preferidas. Con su pequeña parte humana, intentan comprender qué les fascina tanto a ellos y qué fascinó tanto a los hombres de la edad perdida.

Porque esta obra habla sobre todo de literatura. Tenemos la trama principal, que implica la gran epopeya homérica. Después tenemos las largas charlas entre Orphu y Mahnmut sobre el bardo de Stratford y Proust. Y, por otra parte, el mujeriego protagonista de la segunda trama, coleccionista de mariposas, como Vladimir Nabokov, tiene como objetivo más inmediato beneficiarse a su prima de veinte años, que se llama curiosamente Ada (referencia nada oculta a una de las principales obras de Nabokov: Ada, o el ardor). Además, cuando se encaprichó de Ada, esta tenía solo dieciséis años, lo que nos recuerda vagamente a la joven Lolita de la obra maestra del maestro ruso.

Por lo demás, es una obra que llega a enganchar, especialmente a partir de la segunda mitad, y tiene el típico efecto best-seller que te hace querer seguir leyendo porque al final de cada capítulo te has llevado una sorpresa mayúscula. Y estas sorpresas están muy bien dosificadas. Son 479 páginas que se disfrutan bastante. Hay dos o tres partes más, y de momento esta primera se ha ganado el premio de que quiera hacerme con la segunda, cuya crítica publicaré en su momento.

Y una curiosidad: cuando Mahnmut y Orphu llegan a Marte, tienen que viajar por algún que otro paraje del planeta para llegar a su objetivo, el monte Olimpo. Si a alguien le gusta, como a mí, curiosear por la red los lugares reales en que se sitúan las obras literarias, en Google Mars puede encontrar la localización de varios de los sitios que estos dos simpáticos robots biónicos visitan. Como muestra, aquí tenéis el Valle Marineris –convertido por los post humanos en un inmenso mar– y el monte Olimpo marciano.

Si te gusta la ciencia ficción te gustará, y si te gusta la Ilíada, te encantará (por cierto, hace un par de días me he comprado una en un kiosco por 3,95 €, es el primer número de una colección). Porque, aparte de ir mirando en Google Mars la pequeña odisea que realizan los moravecs, se goza mucho de esta obra teniendo una Ilíada al lado, y comprobando los sucesos que van sucediendo en Ilión. El mismo Dan Simmons se cuida de que los escólicos te indiquen en cuál de los cantos sucede cada una de las escenas que presencian. Ilión, por cierto, era el nombre griego de la ciudad de Troya, de ahí el nombre de esta obra y de la otra en la que se inspira.

No es uno de mis libros preferidos de todos los tiempos, ni mucho menos. Pero he gozado mucho con él. Y os lo recomiendo sin reservas. Cita:

–¿Por qué nos programaron a algunos de nosotros para que tengamos predisposición hacia los libros humanos? –preguntó–. ¿Para qué puede servirle eso a un moravec ahora que la especie humana puede estar extinta?
–Yo mismo me he preguntado eso –dijo Orphu–. Koros III y Ri Po estaban libres de nuestra aflicción, pero debes de haber conocido a otros que estaban obsesionados con la literatura humana.
–Mi antiguo compañero, Urtzweil, leía y releía la versión de la Biblia del rey Jaime –dijo Mahnmut–. La estudió durante décadas.
–Sí –respondió Orphu–. Y yo y mi Proust –tarareó unas cuantas notas de Me and My Shadow–. ¿Sabes qué tienen en común todas esas obras sobre las que gravitamos, Mahnmut?
Mahnmut se lo pensó un momento.
–No –dijo por fin.
–Son inagotables.
–¿Inagotables?
–Inagotables. Si fuéramos humanos, estas obras y novelas y poemas concretos serían como casas que siempre se abrieran a nuevas habitaciones, escaleras ocultas, desvanes por descubrir… ese tipo de cosas.
–Ajá –dijo Mahnmut, sin captar del todo la metáfora.
–No pareces muy contento con el bardo hoy –dijo Orphu.
–Creo que su inagotabilidad me ha agotado –admitió Mahnmut.

Edipo rey

25 de May de 2008

Minientrada de domingo, y ya sabéis que es probable que la cosa vaya a menos en el próximo mes.

Os comenté en el post anterior que mis alumnos de 2.º de ESO se mostraron muy intrigados por la desgraciada historia de Edipo, tanto que me pidieron información para curiosear en su historia (el morbo adolescente es una poderosa herramienta para los profesores).

Así que como soy tan buena persona, he aprovechado un rato tonto de este domingo para releerme la obra maestra de Sófocles, y les he preparado un breve trabajo voluntario que realizarán, si quieren, después de que representemos un fragmento en clase. No os preocupéis, que no soy un profesor moderno ni progre; sus notas dependen de otros trabajos y de exámenes obligatorios (aunque delante de ellos los llamo pruebas escritas para no traumatizarlos). Por eso este trabajo es voluntario, por si alguien quiere subir nota, que falta les hará.

Aquí tenéis el trabajito por si algún profe lector le halla alguna utilidad: en formato Open Document (se abre con el programa OpenOffice, o NeoOffice si usas Mac OS) y en PDF. Está en licencia no sé cuántos, podéis hacer con él lo que os plazca: leerlo, reescribirlo, modificarlo, hacer un cucurucho con él o lo que queráis. Si lo distribuís o utilizáis de algún modo, no hace falta que reconozcáis al autor, aunque sería ciertamente un detalle.

La vida es sueño

18 de May de 2008

(Si no te interesa la literatura, y sí la violencia en los videojuegos, ve hasta el final del post, después de la raya divisoria.)

Planteamiento: el rey de Polonia, Basilio, tiene un hijo y siguiendo la costumbre de los reyes antiguos –y, al parecer, de los modernos– va a visitar a unos astrólogos para que predigan su fortuna. El augurio no puede ser más nefasto: el recién nacido será un tirano que esclavizará a la nación tras provocar la muerte del monarca.

Asustado por el vaticinio, Basilio decide encerrar al príncipe Segismundo en las entrañas de un monte, para que no pueda cumplirse el fatal destino leído en las estrellas. Pero cuando pasa el tiempo y el rey siente cercana la muerte, decide probar a Segismundo, por ver si es verdad el hado de los astros.

Tiene un plan: sacará a Segismundo de su prisión y le hará ver que es el heredero del trono, para observar si su comportamiento es justo y digno, como corresponde a su sangre. Si es así, todo seguirá su curso y tras el hecho biológico ocupará el trono de Polonia. Pero si se muestra tiránico, como predijeron los magos, volverá a encerrarlo en su prisión y ahí se le convencerá de que el breve lapso en que fue príncipe no había sido más que un sueño.

(Hay, como en todo buen drama clásico español –y este es el más español y más clásico de todos–, otras tramas secundarias que complementan y se entrecruzan con la principal: la deshonrada Rosaura, que va a Polonia a cobrarse en sangre el deshonor de su madre; y los primos de Segismundo que son los primeros en la sucesión real, siempre que el príncipe natural no sea digno de tal dignidad, valga la redundancia. Además, tenemos al gracioso Clarín, que nos provocará más de una risa hasta que llegue su trágico final.)

Lo primero que hace Segismundo al salir de su cautiverio es arrojar por la ventana (vulgo defenestrar) a un criado por un quítame allá esas pajas. El resto podéis leerlo por ahí, o mejor aún, en el libro.

Calderón de la Barca toca temas principales en el pensamiento político y filosófico de la época. ¿Son los reyes buenos y justos por naturaleza, como corresponde a su linaje? ¿Se puede escapar del destino? ¿Debe un súbdito fidelidad al monarca por encima de todas las cosas, incluso el propio honor? ¿Está la justicia en el término medio, y en saber ser pacífico sin ser pusilánime? ¿Es la educación de los príncipes la garantía de que van a obrar justamente? Y todo con un enorme telón de fondo que impregna cada réplica de esta obra inmortal: la violencia está por todas partes.

Todo ello lo hace con una impresionante maestría en la versificación, con el dominio de las figuras retóricas, con una inteligentísima dosificación de la acción que han convertido esta obra de teatro en la cumbre del drama patrio. Procuro leerlo al menos una vez al año, y es lo que os aconsejo. Si sois perezosos, os recuerdo que una obra de teatro es como una película leída (mutatis mutandis), y que no os llevará más allá de dos horas si la leéis con el detenimiento y el deleite necesarios. Además, podéis hacer como yo: leerlo en tres sentadas, siguiendo la división en tres jornadas –actos– que hace Calderón de la historia. Es una manera barata y poco costosa de acercarse a una de las cimas de la humanidad.

SEGISM. También oíste decir
que por un balcón a quien
me canse sabré arrojar.
CRIADO 2.º Con los hombres como yo
no puede hacerse eso.
SEGISM. ¿No?
¡Por Dios, que lo he de probar!

(Cógele en los brazos, y éntrase, y todos tras él, y torna a salir.)

[…]
SEGISM. Cayó del balcón al mar;
¡vive Dios, que pudo ser!

Periódico El País, sección Vida & artes: Los videojuegos violentos arrasan. En la noticia que os enlazo no, pero en la edición impresa del mismo artículo aparece el subtítulo: «¿Es PEOR esta agresividad que la del cine?» Negrita, cursiva y mayúsculas son mías.

¿Puede una violencia ficticia ser peor que otra violencia ficticia? ¿Por qué El País no compara la violencia de los videojuegos con la de La vida es sueño de Calderón?

En el famosísimo juego Grand Theft Auto (al que, por otra parte, nunca le he visto demasiada gracia por ningún lado) uno puede dedicarse al tráfico de drogas, a asesinar prostitutas y a atropellar a gente por la calle con un coche robado. Esto no está bien si se hiciera en la vida real, pero ¿en un videojuego?

¿Está bien que un príncipe arroje a un criado por la ventana por capricho? ¿Está bien que dos policías degüellen al pobre de Josef K. en medio de la calle, por un delito que ni siquiera sabe cuál es (El proceso, de Franz Kafka)? ¿Está bien que una mujer decida que su marido ya está demasiado anciano y fláccido, que huya con un príncipe más joven y más guapo, y que por culpa de esta lujuria insensata mueran miles de guerreros aqueos y troyanos (La Iliada, de Homero)? ¿Está bien que un profesor de Literatura engatuse a una madre para acostarse con su hija de doce años (Lolita, de Vladimir Nabokov)? ¿Está bien que, para que un general guarde la cara, se fusile tras un sorteo a tres valientes soldados franceses cuyo único crimen ha sido sacar una papeleta de una bolsa (Senderos de gloria, de Humprey Cobb)?

¿Son peores esas muestras de violencia que las mostradas en los videojuegos? ¿Alguien que haya leído esos libros ha sentido el impulso de imitarlas? ¿Son un peligro? ¿A qué viene la pregunta de El País?

Yo os diré a qué viene: la industria del videojuego es algo que de momento no controlan. El cine y la literatura están suficientemente controlados, mediante dinero y más dinero. Tienen medianamente controlado lo que vemos y lo que leemos, y nos dicen lo que es bueno y lo que es malo.

Sin embargo, los videojuegos están creados por gente, en la mayoría de los casos, jovencísima; gente que raramente llega a la treintena, que tiene sus propios valores. Y quienes compran videojuegos son gente que no lee sus evangelios (léase en sentido propio y figurado), que no lee sus listas de éxitos, jóvenes a los que no pueden comerles el coco contándoles que no sé qué película iraní es el colmo de la ética, como si en el arte hubiese habido ética alguna vez, como si alguna vez hubiese sido nada más –y nada menos– que estética adornada con otros valores secundarios (esta vez, sí, los morales).

Pues lo sentimos, señores de El País: de momento, los videojuegos son nuestros, como una vez lo fue la música rock y pop. Ya llegará el día, supongo, en que sepáis controlar la industria, y entonces a los videojuegos les pasará como le pasa al pop actualmente: ya no será cosa de sucios hippies fumadores de marihuana, de delincuentes engominados que hacen carreras de bólidos en el cauce seco de un río ni de melenudos heavies que descabezan pollos con la boca delante de una audiencia drogada; será cosa de cantantes del loco y de academias donde la mediocridad rasada será la tónica general.

No dudo que algún día ganaréis; hasta entonces, nosotros os seguiremos atropellando y violando delante de la Xbox.

Las aventuras de Sherlock Holmes

21 de April de 2008

Las aventuras de Sherlock Holmes

–Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía –dijo Sherlock Holmes–. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hijos sean algún día ciudadanos de una única nación que abarcará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los colores de la Union Jack [bandera del Reino Unido] con las Barras y Estrellas.

A fe mía que están en trance de conseguirlo, aunque el agudo Holmes vaticinaba una importancia excesiva para la bandera británica. Y para la norteamericana también, qué caray; el color de la bandera de la nación única es el verde, como bien sabéis. La negrita es mía, ya que hablamos de colores.

Leo los relatos de Sherlock Holmes desde que era un crío, aunque hacía tiempo que no les ponía las zarpas encima. El otro día, en mi visita habitual a la librería, estaba este libro que reúne 12 de los 56 relatos cortos escritos por Arthur Conan Doyle, y como últimamente solo tengo tiempo para una breve lectura antes de dormir, lo compré, aprovechando que lo corto de las aventuras me permitía leer veinte o treinta páginas de un relato entero y desentenderme del libro durante días, si era necesario.

Ahora, con 33 añazos, a menudo parecen un poco pueriles y arbitrarias las deducciones del investigador del 221 B de Baker Street, y en algunos relatos se adivina el desenlace un par de páginas antes de que concluya, mientras que en otros la solución parece un capricho del que se sirve el autor para quedarse con el personal de forma tramposa. Sin embargo, si el bueno y huraño de Holmes y su fiel amigo y trovador de sus hazañas, el doctor Watson, han pervivido a lo largo de la historia de la literatura no es porque sus deducciones sean un prodigio de la lógica, como tanto le gustaba fanfarronear al escuálido detective, sino porque te enganchan de una manera como pocos relatos de misterio consiguen.

Las descripciones, además, son preciosas, yo diría que impresionistas, ya que con tres o cuatro adjetivos bien colocados Conan Doyle consigue que el paisaje, rural o urbano, aparezca en nuestra mente con toda claridad, y el escritor era también un maestro en la descripción de tipos, estereotipados, sí, pero muy bien descritos.

Pero el mayor logro de las aventuras de Sherlock Holmes ha sido crear un personaje inmortal, extremadamente funcional, del que se han hecho numerosas películas ya desde el cine mudo, y cuyas legendarias misantropía y dotes de deducción siguen produciendo imitaciones en diversos medios literarios, cinematográficos y televisivos, el último de los cuales es el adorable doctor Greg House.

Elemental (palabra que, como sabréis, no fue escrita en ninguna de las novelas y relatos protagonizados por Holmes).

Cumbres borrascosas

13 de January de 2008

Cumbres borrascosas

Esta novela de Emily Brontë era uno de los cientos de clásicos que me quedan por leer, lista que me he propuesto acortar tanto como me sea posible en el menor tiempo. Es la gran novela de la época victoriana inglesa, un largo folletín donde hay casi de todo, y sobre todo mucho de las temáticas que, al menos en España, se relacionan con el Romanticismo: amor, odio, celos, muertes, fantasmas, peleas y en general cualquier producto de las bajas pasiones.

Un extraño niño mendigo llamado Heathcliff es recogido por el padre de una familia acomodada que vive en la mansión de Cumbres Borrascosas, en el interior de Inglaterra, a finales del siglo XVIII. Aunque el adoptado goza del afecto del padre, y sobre todo del de la hija menor de este, Catherine, el hijo mayor le toma celos enseguida, y cuando el padre muere comienza a tratarlo como un criado más, desairándolo siempre que puede. Mientras tanto, en una pequeña aventura, Catherine y Heathcliff se colaron en la Granja del Tordo, una propiedad cercana a Cumbres Borrascosas donde vive la familia Linton. Los Linton se encargan de la educación de Catherine, que se vuelve una señorita bien educada, lo que acentúa la diferencia con los toscos modales de Heathcliff. Cuando este se entera de que Catherine va a casarse con el hijo mayor de los Linton (Edgar), su amigo se va de la casa sin dar señas a nadie.

Años después vuelve, dueño de una considerable fortuna, que nunca llega a saberse cómo ha conseguido. Catherine vive en la Granja del Tordo con Edgar, un hombre decente, educado y pacífico que la adora. Inmediatamente, siguiendo una costumbre bastante extendida entre las mujeres, la chica comienza a despreciar a su refinado esposo y a dejar claro que está colada hasta la médula por el violento patán que ha regresado despreciando y amenazando a todo el mundo. La historia sigue y sigue durante esa generación y la posterior, llegando a convertirse en un auténtico culebrón -de elevadísima calidad, eso sí- donde las pasiones afloran continuamente.

La imposibilidad del amor entre Catherine y Heathcliff provoca todos los conflictos de la novela, que no son pocos, cuando esta frustración hace que Heathcliff determine dedicar su vida a destruir todo lo que rodea los desgraciados lugares donde primero se lo acogió y luego se lo despreció. Y no hay absolutamente nada que pueda detenerlo: ni la vida de su amada, ni la de su esposa, ni la de su hijo, ni por supuesto la de nadie más. Se ha convertido (si es que no lo ha sido siempre) en un rufián psicópata que tiene un único objetivo en la cabeza, y no repara absolutamente en nada cuando se trata de conseguirlo. Sin embargo, no pocas veces sentimos lástima por él, pues queda claro que su desquiciado comportamiento es fruto de la falta de amor y del desprecio sufridos.

De hecho, su plan -y su vida- acaban cuando los dos últimos protagonistas de la saga, Catherine (hija de la anterior Catherine) y Hareton (su primo) superan el desprecio que sienten el uno por el otro y comienzan a sentir el amor.

Como ya he dejado entrever unos párrafos antes, esta novela es romántica en el sentido español si tenemos en cuenta varios aspectos: los personajes se pasan la novela insultándose o atizándose, odiándose, hay fantasmas, pasiones reprimidas, paisajes desolados, ideas suicidas, etc. Pero aunque un siglo y medio después veamos toda esta exuberancia un tanto exagerada, era lo normal de la época, y lo que la gente quería, y además lo cierto es que no quita a la narración un ápice de calidad. Más bien le da el morbo necesario para que no puedas soltarla una vez que la agarras.

La estructura de Cumbres Borrascosas es bastante original, pues comienza con un narrador – personaje secundario, Lockwood, que nos cuenta cómo llega a la propiedad, conoce a Heathcliff y a Hareton, y después convence a un ama de llaves para que le cuente quiénes son esos huraños personajes, convirtiéndose entonces esta señora en la narradora (dentro de la narración del primer narrador). Pero incluso cuando Nelly (el ama de llaves) está narrando, hay veces en que cita una carta, o las declaraciones de otro personaje, con lo que tenemos un tercer narrador metido dentro de la narración de Nelly dentro de la narración de Lockwood, que además a veces nos cuenta lo que le ha dicho alguien… Así que en algún momento de la novela llegamos a tener esta estructura narrativa:

Lockwood (Nelly (personaje (personaje)))

Al parecer se ha comparado, bastante acertadamente, esta estructura con la de las famosas matrioskas rusas. También me ha llamado la atención el truco de que los nombres de los personajes se repitan en dos generaciones, lo que me ha recordado a Cien años de soledad (estoy seguro de que Gabriel García Márquez se inspiró, entre otras, en esta novela para escribir su obra maestra).

Recomiendo, por supuesto, leer este libro a quien aún no lo haya hecho. Además, la versión que he leído está, creo, bastante bien traducida, con los consabidos e imperdonables fallos ortográficos, pero eso es algo de lo que no podemos escapar hoy; además, tiene unas letras enormes y unos márgenes muy generosos para poder hacer las anotaciones que quieras. Lo malo es que cuesta casi 36 euros, pero para mí han merecido la pena.

Y, si sabéis algo de inglés y vais a leerla o releerla, no debéis perderos esta página: una completa guía de lectura con árboles genealógicos, cronología, mapas y planos de las dos mansiones, preguntas y respuestas, y prácticamente toda la información que necesitáis para leer la novela de forma totalmente satisfactoria. Tampoco dejéis de visitar la página sobre la novela en la Wikipedia (inglés, castellano). Si la leéis, o si lo habíais hecho ya, contadlo en los comentarios.

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