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La Lengua » 2007

Ars longa, vita brevis

Abdel

10 de July de 2007

Abdel

El verano es perezoso, y en mi tranquila persona se extiende desde marzo hasta aproximadamente diciembre. Así que se me han quedado tres libros leídos y sin comentar: uno de matemáticas, del que ya he hablado aquí, una obra de teatro de Buero Vallejo (ambos tendrán su correspondiente post) y el que nos ocupa hoy, Abdel, de Enrique Páez.

He de decir, ante todo, que nunca me habría acercado motu proprio a este libro. No porque sea literatura juvenil (también leí El juego de Ender y lo disfruté). Es por otras razones. En primer lugar, tengo una especie de trauma infantil con los libros de la colección Barco de Vapor, por razones que no vienen al caso. Además, se ve a la legua que es una historia lacrimógena que pretende colocar sentimentalmente al lector en un punto determinado, y yo huyo de ese tipo de historias. La razón por la que leí este libro es que fue el elegido para leer con los alumnos de 2º de la ESO del instituto donde he estado trabajando este último curso.

Abdel es un chico de unos doce años, saharaui, que no ha visto en su vida nada más que desierto, mientras deambula con su padre para buscarse la vida como dos buenos tuaregs. El padre tiene un amigo que es profesor, y éste le presta a Abdel numerosos libros en español (el Sáhara fue un protectorado de España en la época colonial), con los que, después de aprender el idioma, el chico hace más cortas las largas jornadas en el desierto.

Un día el padre decide que lo mejor para el futuro de los dos es emigrar a España a buscar trabajo, y ahí empieza una serie de aventuras para los dos, contadas en primera persona por Abdel, que las va escribiendo en un diario fabricado por él mismo. Al final todo se convierte en una trama policíaca y de misterio, y acaba en un final relativamente abierto y no tan feliz como sería de esperar en un libro escrito para jóvenes.

He aquí lo mejor que puedo decir del libro, que no es poco: mis alumnos lo han disfrutado. Leíamos en clase una vez por semana (habíamos abandonado la esperanza de que lo leyeran en sus casas) y no sólo recordaban lo que habíamos leído la semana anterior, sino que se mostraban intrigados por el desarrollo de la trama, hacían preguntas, especulaban sobre los posibles desenlaces y comentaban entre ellos. Sin duda hay cosas que han ayudado: el hecho de que el protagonista fuese una persona de su edad, de que fuese bereber (como la práctica totalidad de mis alumnos de este curso) y de que hubiese una interesante historia de policías y delincuentes han aportado algo a la causa, pero estoy seguro de que otro libro de parecidas características no lo habría logrado. Desde este punto de vista, la utilidad de este libro es incalculable. Y no he podido apreciar su valor hasta que he comprobado su efecto entre mis desmotivados alumnos.

Hay dos clases de libros buenos: aquellos que, cuando los lees, te hacen exclamar: “¡Vaya, este libro es buenísimo!”, y aquellos que no. Este libro pertenece al segundo orden, pero eso no lo hace ser menos bueno.

Este libro, como muchos otros, es la prueba de que los libros no son una cosa antigua que no pueda competir con divertimentos de última generación como los videojuegos. Los libros son antiguos, sí; también lo es el cine: tiene más de cien años y sigue llevando al público en masa a las salas. Los libros pueden ser atractivos para los jóvenes cuando cuentan algo interesante, cuando lo cuentan bien, y cuando -modestia aparte- tienen a alguien que les muestre por qué son fantásticos, por qué son quizás la única forma de ocio, además del sexo recreativo, que ha resistido durante milenios prácticamente sin inmutarse.

Así que es un libro al que nunca me habría acercado, pero lo he hecho. Y ha conseguido que un montón de alumnos se interesen por la lectura, aunque sea una hora a la semana. ¿Qué más queréis? Yo nada.

Una verdad incómoda

19 de April de 2007

Una verdad incómoda

Una verdad incómoda es un libro escrito, o casi más bien diseñado, por el ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore, acerca de cómo el hombre está afectando el clima de la tierra hasta un punto que debería comenzar a alarmarnos. De hecho, si sólo la mitad, o la cuarta parte de lo que se dice en el libro es cierto, ya deberíamos estar seriamente preocupados.

Las emisiones de gases invernadero a la atmósfera provocados por el desarrollo técnico de la humanidad -especialmente en los países más industrializados, como es lógico- están teniendo efectos palpables que, si hoy en día son simplemente apreciables (véase, por ejemplo, la progresiva desaparición del lago Chad a lo largo de las últimas décadas), en poco tiempo pueden ser realmente catastróficos. Y no en el sentido hollywoodiano, es decir, no va a helarse Nueva York en cinco minutos, ni de repente van a florecer los tsunamis por doquier, pero a medio plazo los efectos del cambio climático van a afectar a absolutamente todos los continentes y naciones del planeta, incluidos aquellos que piensan estar protegidos por su dinero y sus fronteras.

Pensad por un momento en el lago Chad, el del enlace de más arriba. Lo malo de su desecación no es que se pierda un espectacular paisaje natural para las fotos de los turistas; si os fijáis, el lago está compartido por cuatro países, en una región del continente no especialmente húmeda. Esto puede ser el detonante de cruentas guerras por el control de lo poco que quede del lago. La economía y la vida de millones de personas depende de esa enorme masa húmeda. Todo esto significaría millones de muertos, epidemias, hambre… y desplazados. Quizás los países occidentales piensan que la desaparición de un lago en la mitad del continente negro no puede afectarles, pero podemos estar seguros de que si cien millones de personas se quedan sin agua para beber, sin peces para pescar, etc. tirarán para arriba. Y esta vez no podremos echar la culpa del hambre a la corrupción de sus políticos: la mayoría de los gases invernadero causantes del calentamiento planetario -una inmensísima mayoría- son emitidos por los Estados Unidos, la Unión Europea, China y Rusia.

Pero ¿es verdad que la tierra se está calentando en exceso? En Melilla, por ejemplo, nevó hace un par de años (por primera vez en mis treinta y dos). ¿Se puede hablar realmente de calentamiento global? La respuesta es que sí. El clima es un sistema complejísimo, y es posible que el calentamiento esté enfriando ciertas zonas, pero miles de mediciones a lo largo y ancho del planeta azul demuestran que la temperatura general está subiendo. Hay sitios donde ya no nieva, por primera vez en décadas. El hielo desaparece de los polos. Los glaciares se derriten. Hay una corriente de opinión empeñada en negar el problema, y al leer el libro yo estaba muy interesado en saber qué opinaba de ello Al Gore. El dato aportado es aplastante: de todos los artículo que ponen en duda el calentamiento y la responsabilidad humana en él, ninguno de ellos ha sido publicado en una revista científica, sino en revistas de interés general, periódicos, suplementos dominicales… que como sabemos están más interesados en las ventas que en la información veraz (y que me perdonen las excepciones que confirman la regla). Sin embargo, cientos y cientos de artículos científicos, publicados en revistas especializadas, y fruto de innumerables experimentos y mediciones, coinciden en la verdad incómoda a la que el libro hace referencia: nos estamos cargando el planeta, y lo vamos a pagar caro. Y no nuestros nietos: la deuda vamos a empezar pagándola nosotros.

Se ha criticado el hecho de que Al Gore tal vez no sea sincero del todo, y que varias empresas muy contaminantes le sufragan como político, y él no se atreve a criticarlas. Sobre el primer punto: estoy seguro de que miente, o al menos tal vez exagera un poco. Pero no olvidemos que Gore es un político. Si no fuese mínimamente hipócrita, no pensaría que el mundo se va a acabar dentro de treinta años: pensaría que el mundo ha llegado ya a su fin. Y por otra parte, el hecho de que sea un hipócrita no es capaz de ocultar el hecho, contrastado y apoyado por miles de científicos (incluidos decenas de premios Nobel en diversas disciplinas), experimentos y mediciones, de que el cambio climático es una realidad.

Al final del libro se nos da una serie de consejos para contribuir humildemente al freno e incluso la reversión del aumento de las temperaturas, aunque la mayoría de ellos yo, por ejemplo, ya los aplicaba (intentar reutilizar las cosas, compartir el coche, usar bombillas de bajo consumo, etc.).

Al libro le veo principalmente dos defectos. Primero, que está escrito para un público estadounidense. Y se nota demasiado. Quizás la mitad de los hechos, los datos y los consejos que da están directamente dirigidos a los ciudadanos norteamericanos. Esto es relativamente lógico, ya que ellos son, con mucho, el país que más contamina la atmósfera, y además, habiendo sido impulsor del protocolo de Kyoto para reducir las emisiones de gases invernadero (precisamente bajo la administración Clinton-Gore), no ha llegado a firmarlo. Esto no molesta demasiado. Quizás sí molesta un poco el hecho de que cite tanto a Dios en su palabrería. No me molesta que la gente crea, pero los políticos europeos no suelen ser tan píos en sus intervenciones (ni siquiera los cristianos). El segundo defecto puede verse también como una virtud. Y es el siguiente: se apoya demasiado en lo gráfico. Esto tiene una fuerza tremenda, y quizás más en el asunto que trata: no hace falta que te cuenten que las nieves perpetuas del Kilimanjaro están en peligro, sino que tú mismo ves que en poco tiempo nos quedaremos sin ellas. A menudo los gráficos pecan de simplistas, pero se entiende que el afán del libro es concienciar a cuanta más gente mejor, y según dicen la educación en los Estados Unidos es -aún- peor que en España. Además, el texto es a veces casi ilegible, por una mala elección del color de fondo o del tamaño de letra.

Con todo: es un libro muy recomendable. Un libro del que hablarás a tus amigos, a tu pareja, a tus padres. Te pondrá a pensar qué puedes hacer para ahorrar unos grados a tu planeta, y qué puedes hacer para concienciar a la gente. Y por si todo eso no fuera suficiente, además tiene unas fotografías fabulosas.

El curioso incidente del perro a medianoche

6 de January de 2007

Perro medianoche

Mark Haddon es un escritor británico de libros para niños que con esta novela ha hecho su primera incursión en una literatura algo más adulta. En El curioso incidente del perro a medianoche se nos cuenta la historia de un adolescente algo especial: padece síndrome de Asperger, una forma severa de autismo que impide a los que la padecen comunicarse de forma normal con otras personas. Sin embargo, en un número bastante elevado de casos, va acompañado de una brillantez en algún tema de interés por parte del enfermo: las matemáticas, la música, la informática… También es frecuente que los que padecen el síndrome sean grandes y eficientes coleccionistas.

En esta novela, un joven autista descubre en uno de sus paseos nocturnos que alguien ha asesinado al perro de su vecina de enfrente. Inmediatamente se interesa por el caso y decide investigarlo, siguiendo el ejemplo de uno de sus héroes, Sherlock Holmes. A Christopher le suelen caer mejor los animales que las personas, y por eso se toma como un asunto personal averiguar y denunciar quién mató a Wellington.

A partir de aquí voy a desvelar algún que otro detalle de la trama de la novela, por lo que quizás si no la habéis leído y pensáis hacerlo queráis dejar de leer este post ahora.

Una cosa que me ha llamado gratamente la atención de esta novela es que el gran misterio se resuelve hacia la mitad de ella. Sin embargo, la trama no pierde un ápice de su interés. La resolución del primer misterio da lugar a uno mucho mayor, crucial para la vida del protagonista, y que le hace embarcarse en la mayor aventura de su vida. Sin embargo, no os hagáis demasiadas ilusiones: la mayor aventura para un adolescente autista puede ser simplemente comprar un billete de tren para viajar 300 kilómetros.

Christopher tiene una memoria fotográfica y es casi un genio de las matemáticas. Cuando descubre el asesinato de Wellington, su maestra de educación especial lo anima a que escriba un libro donde cuente su investigación, proyecto que no contará con el apoyo de su padre, que intentará obstaculizarlo por todos los medios (más adelante descubrimos por qué). Sin embargo, y a pesar de que aborrece la mentira, nuestro héroe se las arregla para seguir haciendo de las suyas, y va atando cabos hasta que el misterio se resuelve. Misterio, que como ya os he contado, da paso a uno más apasionante todavía: el descubrimiento de unas cartas en la habitación de su padre, cuyo destinatario es él, y el remitente… su madre, muerta hace años. La fecha de los matasellos es posterior a la de la muerte de su madre, con lo que el organizado universo mental del pobre de Christopher sufre un cataclismo de consecuencias terribles.

El libro está narrado en primera persona, con un estilo bastante convincente. No estamos dentro de la cabeza de una persona normal, con lo que la coherencia, el ritmo y el hilo de la narración no son las que podían esperarse. Son frecuentes las digresiones en las que el protagonista nos cuenta curiosidades acerca de la astronomía, las matemáticas o la física, u otras donde se nos informa de por qué no le gustan el color marrón ni el amarillo o por qué es importantísimo que los diversos ingredientes de una comida no se mezclen en su plato. Además, y a falta de saber realmente qué hay dentro de la cabeza de un autista, mi impresión es que Haddon ha logrado recrear su funcionamiento con bastante precisión y lucidez. Diría que se ha estado documentando bastante antes de escribir este libro. Es totalmente verosímil: no te llegas a plantear que un autor está escribiendo un libro desde el punto de vista de un narrador autista, sino que realmente llegas a creer que el libro lo ha escrito Christopher. Esta cima de la verosimilitud es algo que intentan durante años y años muchos escritores, sin conseguirlo, y en mi opinión en esta novela se ha conseguido. Por lo demás, no contiene demasiados alardes literarios. No creo que este escritor llegue nunca a ganar un premio Nobel de literatura, ni que llegue a estudiarse en los libros de texto; sin embargo, es una obra muy amena e interesante, y me parece una lectura inmejorable para iniciar a los adolescentes en los libros.

El protagonista me cae mal. Pero reconozco que cuando digo esto estoy pensando como un niño. Christopher está enfermo, y no puede evitar odiar que la gente lo toque, o despreciar a los demás. Es que su mundo, al contrario que el de los demás, es mucho más amplio dentro de él que fuera, y puede vivir sin trato humano ni cariño; es un ser, claramente, digno de compasión. Y a pesar de la gran importancia que su interior tiene para él, a veces no puede soportar los pequeños cambios que lo asedian, y que para él se convierten en enormes desastres. Por eso, cuando necesita relajarse, piensa en lo enorme que es el universo y en lo insignificante que son todos, incluido él. Algunas veces, y reconozco mi crueldad, no he podido evitar reírme de Christopher cuando intenta defenderse de lo que considera agresiones. Si ve a alguien cuyo aspecto no le gusta, echa mano de su navaja del ejército suizo. Si alguien lo toca, se pone a ladrar como un perro.

Sé de gente que se ha leído este libro en un par de horas, y es posible hacerlo. Por supuesto, nunca lo recomendaría: los libros hay que leerlos lentamente, ya que si un libro es bueno para ti, impregnará una breve época de tu vida y quedará ligado a ella. Os lo recomiendo si queréis leer algo interesante, llamativo, sentimental y sin demasiadas complicaciones. Como ya he dicho, os la recomiendo enormemente si sois adolescentes, o tenéis hermanos o hijos en esa edad. Y, aunque no sea Ana Karenina, creo muy improbable que alguien que le eche mano vaya a lamentarlo. Si lo habéis leído ya, dad vuestra opinión en los comentarios. Si estáis pensando hacerlo, mi consejo es: adelante.

Otras opiniones sobre este libro:

Las brujas de Salem

1 de January de 2007

En 1692, en el pueblo de Salem, Massachusetts, un numeroso grupo de vecinos fue denunciado por practicar la brujería. Según las leyes inglesas (aún no se había declarado la independencia y no existían los Estados Unidos) éste era un delito castigado con la horca. No obstante, si el delincuente confesaba, esta pena era conmutada por una que en la práctica conllevaba la muerte social: la desposesión de las propiedades y la vergüenza pública.

La principal prueba que sirvió para juzgar -y ejecutar- a los acusados fue el testimonio de unas adolescentes, que juraban que los espíritus de aquellos se les presentaban por la noche en diversas formas, causándoles heridas, asfixia, e incitándolas a obrar de forma extraña y contra las buenas leyes cristianas. La inocencia en este delito era muy difícil de probar, puesto que la negación de la práctica de la brujería se aceptaba de facto como una prueba de culpabilidad… así que una vez eras acusado, lo mejor que podías hacer era confesar ser una bruja, pedir la clemencia del tribunal y resignarte a ser un paria.

Cuando uno finalmente confesaba sus artes oscuras, los jueces le pedían que denunciase a posibles cómplices, y al final, para repartir la culpa, todo el mundo acababa acusando a todo el mundo, y nadie estaba a salvo. Desde la mendiga oficial del pueblo hasta los más ricos terratenientes pasaron por el calvario, y el tribunal llegó a juzgar incluso a una niña de 4 años, que confesó ser bruja porque quería estar en la celda con su madre, acusada de brujería.

Entre 1692 y 1693, 20 personas fueron ahorcadas en Salem, y al menos 5 murieron en la cárcel, incluyendo al bebé que tuvo en prisión una de las acusadas. Giles Corey, un octogenario cascarrabias y cabezota, se negó a declarar, porque si no negaba ni confesaba la acusación, sus tierras no eran confiscadas y continuaban en propiedad de su familia. En estos casos, el tribunal utilizaba un método de tortura peculiar para lograr la confesión: se tumbaba al acusado en el suelo, se le ponía una tabla encima, y se iban apilando piedras sobre la tabla. Después de dos días de tortura, las últimas palabras del bueno de Giles fueron: “¡Más peso!”

Años después varias de las niñas que habían formulado las denuncias de brujería confesaron que se lo habían inventado, y los acusados fueron liberados, e incluso algunos de ellos consiguieron indemnizaciones del Estado de Massachusetts. Sin embargo, no ha sido hasta octubre de 2001, más de 300 años después, cuando se ha declarado oficialmente inocentes a todos los acusados en los juicios por brujería de Salem.

Este caso fue la inspiración que encontró el dramaturgo norteamericano Arthur Miller para escribir una de sus obras clásicas, Las brujas de Salem, cuyo título original es The Crucible (El crisol). Miller utilizó la anécdota, los personajes y el desenlace para denunciar la persecución a la que se sometió a las personas sospechosas de “actividades antiamericanas”, en un episodio de la historia de los EEUU conocida precisamente como “caza de brujas”. Durante la “caza de brujas”, el senador McCarthy interrogó a numerosas personas de diversos ámbitos de la vida pública y la cultura, muchos de los cuales fueron encarcelados y ejecutados. En los años 50, en plena efervescencia de la caza de brujas, Miller demostró una gran valentía al publicar esta obra, sabiendo que ello le acarrearía ser investigado y acosado por el absurdo comité liderado por McCarthy.

Las brujas de Salem (respeto el título de la traducción al castellano) se divide en cuatro actos y es una obra muy intensa y dramática, en el sentido emocional de la palabra. En ella no sólo se retrata el delirante juicio desarrollado en Salem contra unos pueblerinos inocentes, sino que dicho juicio sirve de pretexto para sacar a la luz las verdaderas causas de las denuncias: la avaricia, la envidia, los odios personales, e incluso la lujuria. Lo peor de todo es que el tribunal acaba creyendo a pies juntillas las acusaciones de unas adolescentes alocadas, y estas acusaciones llevan a gente a la cárcel y a la horca, y Arthur Miller lo escribe todo de una manera terriblemente lúcida. De repente, hacia el final de la obra, te das cuenta de una cosa: todo el mundo sabe que las acusaciones de brujería son falsas: las acusadoras, los testigos, los acusados… Por desgracia, el único que acaba creyendo que el diablo ha puesto los pies en Salem es el tribunal, lo que conduce fatalmente a la ejecución de varios de los acusados. A los que leáis la obra por este post, os recomiendo que os detengáis en el tercer acto todo lo que podáis: es intensísimo. En el mismo volumen viene el guión que el propio Miller realizó para la película El Crisol, protagonizada por Daniel Day-Lewis y Winona Ryder (bastante recomendable, yo la vi hace años).

Cuando comenté Rebelión en la granja, de Orwell, remarqué la nota al principio del libro que avisa de que puede leerse en tres niveles distintos: como un cuento infantil, como una denuncia de los regímenes totalitarios comunistas, y como un espejo intemporal de la condición humana. Con esta obra pasa lo mismo. Puede verse como una simple obra dramática, magistral, eso sí; como una denuncia clara de los injustos procesos de la caza de brujas de McCarthy; y como un aviso de que muchas veces, sin quererlo, hacemos caso a los que más gritan, y no a los que tienen razón.

Y no sé por qué, siempre que leo algún libro donde se retrata de forma tan fiel la sinrazón, me acuerdo de la política española en los últimos tiempos. Ayer, en una protesta por el último atentado de ETA, unos descerebrados acabaron frente a la sede del PSOE lanzando huevos; años antes, cuando éste estaba en la oposición, fueron otros descerebrados los que se dedicaban a asediar las sedes del partido entonces en el poder, el PP. Igual que durante los procesos judiciales de Salem, algunos se aprovechan de los descerebrados gritones para obtener réditos personales: en Massachusetts, la principal causa real de las acusaciones no fue la brujería, sino la disputa por unas tierras de labranza. En la España actual, los dos principales partidos políticos se aprovechan de los gritones de turno (llámense Asociación de Víctimas del Terrorismo o Nunca Máis) para llegar al poder o mantenerse en él. En el caso que se relata en la obra, la cosa acabó en tragedia, y hubieron de pasar 300 años hasta que se arregló la cosa, siquiera malamente. Me temo que aquí, y ahora, vamos por el mismo camino.

Citas:

HALE (sufriendo mucho): Recuerde que, hasta una hora antes de su caída, Dios mismo se recreaba en la belleza de Lucifer.

CHEEVER: Cuando hablé con la señora Proctor en su casa, afirmó no tener muñecas. Pero también dijo que las había tenido de niña.

PROCTOR: Hace quince años que mi mujer dejó de ser niña, excelencia.

HATHORNE: Pero una muñeca bien puede durar quince años.

PROCTOR: Dura si se la guarda, pero mi Mary jura que nunca vio muñecas en mi casa, y tampoco las ha visto ninguna otra persona.

PARRIS: ¿Por qué no podría haber muñecas escondidas en algún sitio donde nadie las viera?

PROCTOR (furioso): También podría haber un dragón con cinco patas en mi casa, pero nadie lo ha visto nunca.

PROCTOR: ¡Sí que he confesado! ¿Acaso el arrepentimiento, para ser auténtico, ha de ser público? ¡Dios no necesita que se clave mi nombre en la puerta de la iglesia! ¡Dios ve mi nombre; Dios sabe de la negrura de mis pecados! ¡Eso es suficiente!

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