Ars longa, vita brevis

Zalacaín el aventurero

1 de January de 2008

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Es la segunda novela que leo de Pío Baroja, después de El árbol de la ciencia, y me ha parecido igualmente divertida. A Baroja se le acusa en los manuales de literatura de tener un estilo demasiado llano y directo, pero en la humilde opinión de un servidor, aún no he llegado a entender por qué eso se considera un defecto. Es más, cometeré otro grave atentado contra los cánones literarios españoles: me parece mucho más entretenido el sobrio estilo barojiano que el barroquismo que rezuman muchas novelas de nuestro realismo del siglo XIX, que a menudo me resulta plomizo. No estoy quitando el mérito ni la calidad literaria a las novelas del mil ochocientos, claro, estoy hablando sólo de mis gustos.

(Esto de escribir un blog casi a diario durante más de cuatro años me ha enseñado, sobre todo, que conseguir un estilo sencillo y directo es una de las tareas más difíciles de conseguir. Decir cualquier cosa con mil palabras es bastante fácil y cualquiera puede hacerlo; economizarlas y decir lo mismo en la cuarta parte de espacio es algo que no está al alcance de cualquiera, y que yo sólo empiezo a conseguir después de un cuatrienio de práctica diaria. El estilo sencillo no sale solo, sino que es fruto de un trabajo y una dedicación por lo menos iguales a los del estilo barroco.)

Martín Zalacaín es un chico vasco nacido de una familia humilde y poco emprendedora, que sorprendentemente tiene un impulso vital que le permite salir victorioso en cualquier empresa que se proponga. Desde niño esto le causa problemas en el pueblo, hasta el punto de ganarse, con pocos años, un enemigo mortal para el resto de sus días: Carlos Ohando, un joven de su edad cuya familia presta un caserío a los Zalacaín, compadeciéndose de su pobre situación. El antagonismo entre Martín y Carlos va in crescendo a lo largo de la novela, hasta acabar en una tragedia que no voy a desvelar aquí (pero que no os será demasiado difícil de averiguar, dada la premisa que dice que una novela sólo acaba cuando muere su protagonista).

El arrojo casi inconsciente de Martín logra que cada vez le favorezca más la fortuna, y ello ayudándose casi exclusivamente de sus propios medios. Sobre toda la historia planea la Tercera Guerra Carlista, especialmente cuando se narra la vida adulta del protagonista, que no tiene reparos en fingir su apego por una u otra facción, si eso sirve a sus intereses. Sin embargo, no lo hace por astucia maquiavélica, sino por una simpleza y un modo de ver las cosas en las que no busca tres pies al gato: no se para a pensar y actúa. En este sentido la novela es totalmente opuesta a la que he citado en el primer párrafo.

Nos describe Baroja de una manera bastante vívida los paisajes del País Vasco, algunas de sus costumbres y sus canciones, pero sin que haya largos capítulos dedicados a la descripción costumbrista, lo que yo, personalmente, le agradezco. Es especialmente memorable -por lo hilarante- el capítulo dedicado a Miguel Tellagorri, tío de Martín, un personaje único que me hizo reír a carcajadas por sus acciones y sus palabras.

Y para los miedosos de los libros gordos, este es muy cortito (menos de 300 páginas), y gracias al denostado estilo de don Pío se lo lee uno sin enterarse.

El regimiento del capitán Briones se encontraba en las avanzadas. Martín preguntó por él y lo encontró. Briones presentó a Zalacaín y a Bautista a algunos oficiales compañeros suyos, y por la noche tuvieron una partida de cartas y jugaron y bebieron. Ganó Martín, y uno de los compañeros de Briones, un teniente aragonés, que había perdido toda su paga, comenzó, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y Zalacaín y él se enzarzaron en una estúpida discusión de amor propio regional, de ésas tan frecuentes en España.

Soy leyenda

28 de December de 2007

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Vi la película el otro día y la idea me pareció interesante, y curiosamente, mi amigo Tomás (que ahora debe de estar surcando el cielo en dirección a su Bruselas laboral) había comprado la novela de Richard Matheson en el aeropuerto, y se la regaló a mi novia… y al final he terminado leyéndola yo antes que ella. No es un gran mérito: la empecé anoche sobre la una de la madrugada y esta mañana he cerrado el libro, habiendo dormido unas siete horas entre medias. Son unas 180 paginitas apasionantes.

Voy a desvelar casi toda la trama de la novela aquí, así que si tenéis pensado leerla dentro de poco, tal vez os conviene no seguir leyendo. No obstante, podéis leer el post y ver la película tranquilamente, puesto que novela y film son totalmente distintos. La película no está mal; en realidad está muy bien ambientada, entretenida e interesante, pero ni el motivo, ni el final, ni el espíritu de la letra impresa se respetan en su última adaptación a la pantalla. Antes de esta cinta protagonizada por el Príncipe de Bel Air hubo dos adaptaciones: The Last Man on Earth, protagonizada por Vincent Price, y The Omega Man, con Charlton Heston (no he visto ninguna de las dos). Ahora hablaré de la novela, pero el último párrafo lo dedicaré a destacar las principales diferencias entre esta y su última adaptación, por si os interesa.

La premisa es la siguiente: una extraña bacteria ha diezmado a la humanidad, dejando a los supervivientes convertidos en vampiros. Entre toda esta desolación, un único superviviente, Robert Neville, se ha hecho fuerte en su casa, protegiéndola con puertas y ventanas herméticamente selladas, un generador eléctrico que alimenta una cocina, un gran frigorífico y la corriente de la casa y un depósito de agua. De día, este único representante de su especie sale a la calle a buscar a los vampiros y matarlos en su letargo diurno. De noche se atrinchera y sufre las embestidas, gritos y pedradas de los no muertos, las vampiresas haciéndole gestos obscenos -intuyen que lleva meses sin rozar un cuerpo de mujer-, y sobre todo la soledad del que sabe que la humanidad acaba con él. Para soportar este infierno, se emborracha cada noche y pone la música altísima en el tocadiscos, pero aun así sigue oyendo los horribles gritos de los vampiros, acurrucado y muerto de miedo, hasta que, cuando llega la luz del alba, se retiran a dormir. Y entonces su rutina de asesino de fieras vuelve a comenzar.

Así van pasando los meses, y Neville se acostumbra a la rutina, al horror y a la soledad. Se propone como un reto sobrevivir y encontrar un remedio contra la enfermedad del vampiro. Investiga por qué les daña la luz, por qué les horroriza el ajo, por qué no soportan la visión de una cruz, por qué no les gustan los espejos y por qué la única forma de matarlos es clavándoles una estaca. Poco a poco, aunque parezca increíble, va resolviendo científicamente cada una de estas cuestiones, a veces recurriendo a la biología, a veces a la química, a veces a la psicología. Pero su precaria situación convierte en una tarea titánica el afán de arreglar el mundo él solo (a partir de aquí voy a empezar a destripar el final de la novela).
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La arquitectura del lenguaje

26 de December de 2007

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Este libro es la transcripción de una conferencia que Noam Chomsky dio en enero de 1996 en la Universidad de Delhi, en La India. De cinco conferencias en total, esta fue la única que estuvo centrada exclusivamente en el lenguaje, y en los últimos avances logrados en la ciencia lingüística (al menos, hasta el momento). También se transcriben las preguntas que los asistentes le hicieron al venerable profesor, y sus respuestas, tanto in situ como las que le hicieron por escrito y que él tuvo la amabilidad de contestar por carta.

Aunque, hablando de ciencia a finales del siglo XX y principios del XXI, un texto de 1996 no pueda considerarse muy novedoso, me he encontrado con diversas teorías y desarrollos que no conocía: principalmente, he sabido de la existencia del Programa Minimalista (Wikipedia en inglés, página del MIT) que es al parecer por donde avanza actualmente lo más innovador de la ciencia lingüística.

Se nos dice, por ejemplo, que, dado que se considera que el lenguaje es una capacidad innata de los seres humanos (y no un simple hecho cultural inventado como a menudo se concebía), el lenguaje es idéntico en todos los seres humanos y en los miles de lenguas que existen en el mundo. Un chino y un alemán son prácticamente idénticos genéticamente hablando, y por tanto las estructuras cerebrales que les permiten expresarse mediante un lenguaje oral deben ser idénticas. Entonces, ¿cómo es posible que a simple vista el chino y el alemán sean dos lenguas incompatibles?

Al parecer no lo son tanto. Supuestamente, en su funcionamiento, son exactamente iguales. Es en su expresión externa, en el aspecto más superficial, donde se encuentran las diferencias. Al igual que el color de la piel, la estatura y la forma de los ojos son distintos en un chino y en un alemán, pero básica y -sobre todo- genéticamente ambas personas son iguales, los idiomas son en un principio iguales entre sí. Lo único que cambia es la apariencia externa.

También se nos habla de principios y parámetros. Si no he entendido mal, los principios son las características que todos los idiomas comparten entre sí; esto es, lo que todas las lenguas tienen en común, y que sería a grandes rasgos nuestra capacidad lingüística innata. Los parámetros serían una serie de factores que son relativamente libres: es decir, que pueden variar, y de hecho lo hacen, según la lengua que hablemos. Si observamos dos (o doscientas) lenguas distintas y prescindimos de los parámetros, los principios que nos quedan son iguales en todas ellas. Esto me recuerda inevitablemente a los universales lingüísticos, de los que ya os he hablado aquí alguna vez.

Las diversas preguntas que los alumnos le hacen a Chomsky le sirven de excusa para entrar en algunas interesantísimas cuestiones relacionadas con la lingüística. Por ejemplo, se habla del caso de los niños lobo y otras personas que ha sido privadas de conversación hasta edades avanzadas de su adolescencia. Estas personas no llegan nunca a hablar con una soltura mínimamente cercana a la de cualquier persona normal. Se presume, con casi total seguridad, que la causa es que, en determinados momentos de la infancia, la facultad del lenguaje precisa de determinados estímulos para desarrollarse; en ausencia de dichos estímulos, queda inevitablemente atrofiada.

En el párrafo anterior he introducido la fórmula «se presume». Esto es porque, lógicamente, los experimentos con seres humanos están en contra de la ética y no se hacen, al menos en países más o menos civilizados. Sin embargo, se han hecho experimentos análogos con monos y gatos, fijándose esta vez en alguna otra facultad (como la visión). Privando durante alguna fase de su desarrollo a estos pobres animales de los estímulos adecuados, su visión queda atrofiada para el resto de su vida, sin que sea recuperable.

Sin embargo, es imposible afirmar sin dudas si esto es lo que sucede con el lenguaje, pues como recuerda el profesor, las personas que no han hablado con nadie hasta los doce o trece años están por lo general en un lamentable estado psicopático y no puede decirse cuánto de su deficiencia lingüística se debe a la falta de estímulos y cuánto se debe al lamentable estado de sus cerebros.

Otro de los asuntos que se abordan en el libro es la concepción del lenguaje como una interfaz configurable. Se nos presenta una metáfora explicativa muy clara. Todas las personas tenemos, al nacer, una especie de máquina con unos botones que pueden dejarse apagados o encenderse. La máquina es igual en todas las personas, pero a medida que vamos aprendiendo un idioma, vamos encendiendo unos botones, mientras que los demás los dejamos como están. Esta sería la causa de que haya tantos idiomas distintos en el mundo, mientras que el sistema del que nos servimos para usarlos es igual en todas las personas.

Esta visión del lenguaje como interfaz nos lleva a otra conclusión: es posible que el lenguaje sea, en realidad, la principal y casi única diferencia entre una persona y un gran simio. Sin embargo, esta herramienta nos permite dar dimensiones desconocidas a nuestro pensamiento. Aunque Chomsky no cree que el lenguaje sea imprescindible para pensar, sí que queda bastante claro que es una importante arma de supervivencia. Quizás -sigo parafraseando al profesor- los monos no hablan porque no poseen esa interfaz que nosotros sí tenemos.

La principal idea que sobrevuela todo el libro es a la vez pesimista y optimista. Es pesimista porque cree que, al igual que todas las ciencias, la lingüística se encuentra en pañales, y la mera sospecha de todo lo que nos queda por saber e investigar es suficiente para abrumar al más osado de los estudiosos. Por otra parte, es optimista porque esta misma idea sirve para dar ánimos a los investigadores para que sigan en la brecha y no den nunca nada por sentado.

Lamentablemente, este libro es, en gran parte de sus páginas, demasiado técnico. Aunque yo no soy un experto en nada, sino un simple licenciado en Filología Hispánica, nunca pierdo la oportunidad de actualizarme y leer cuantos textos sobre lingüística caen en mis manos, para no quedarme anticuado. Pero hasta para mí ha sido realmente trabajoso entender algunas de las respuestas que se encuentran en el libro, y en no pocas ocasiones he tenido que leer las palabras sin enterarme prácticamente de nada. Esto no me ha hecho abandonar, sino tomar unas notas para seguir investigando, en otros libros o en la red, pero comprendo que para la mayor parte de mis lectores la concreción del tema tratado, junto con su nivel científico, puedan convertir este libro en un ladrillo intragable. Un ladrillo finito, eso sí, pues el libro no pasa de las 100 páginas, incluida la bibliografía.

El hechicero

9 de December de 2007

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Hablando de Vladimir Nabokov, he aprovechado este puente para leer una novela corta del autor ruso, olvidada durante mucho tiempo, y que al final fue rescatada y editada.

El hechicero es, en palabras de su autor, una primera palpitación de lo que sería más tarde Lolita. Y existen varios paralelismos entre una y otra: en ambas, un hombre que rodea la cuarentena se obsesiona con una niña de doce años, y urde un plan para estar con ella: casarse con su madre. Sin embargo, ahí acaban las similitudes (quitando un par de detalles que no quiero abordar para no desvelar la trama).

La novelita fue escrita en ruso, y me temo que haya pasado por dos traducciones hasta llegar al castellano: desde el ruso al inglés, y desde el inglés a nuestra lengua. Sin embargo, creo que ha sido traducida de manera bastante aceptable, y se aprecia la calidad literaria en casi todos sus pasajes. El uso del lenguaje es más barroco que en la obra maestra de Nabokov, aunque por supuesto no alcanza las cotas conseguidas en ella.

Un añadido muy interesante es el postfacio que Dimitri Nabokov (hijo del escritor y traductor de la obra del inglés al ruso) firma al final del libro. En dicho postfacio no sólo se nos dan tres o cuatro claves interpretativas sobre El hechicero, sino que también se nos cuentan algunas curiosidades sobre Nabokov (padre) y hay momentos de teoría y crítica literaria que son muy interesantes. De casta le viene al galgo.

Este libro no es, definitivamente, una obra maestra, pero seguro que es mucho mejor que la basura que vuestro librero os esté ofreciendo como parte de la campaña de Navidad de las editoriales. Una cita (es del final del libro, así que os recomiendo saltárosla si tenéis pensado leerlo):

Olvidando a su espalda una multitud de brazos sincronizados que se extendían por encima de la barandilla en un ademán de chapoteante invitación, saltó de un brinco a la calle, porque todo había terminado, y era imperativo librarse, por medio de cualquier estratagema, de cualquier espasmo, del ya-innecesario, ya-visto y estúpido mundo, en cuya última página estaba plantada una solitaria farola con un gato oculto en las sombras de su base.

El corazón de las tinieblas

6 de December de 2007

Eran conquistadores, y para eso no se requiere más que fuerza bruta; algo, por cierto, de lo que no hay que enorgullecerse cuando se tiene, porque esa fuerza no es más que un accidente derivado de la debilidad de los otros.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Próximamente en La Lengua.

El título de esta novela es un ejemplo de lo difícil que resulta, casi siempre, hacer una traducción fiable de un idioma a otro, incluso entre los dos principales idiomas occidentales estándar, como son el inglés y el castellano. En castellano, las tinieblas del título tienen una connotación indudablemente tenebrosa, como en el original Heart of Darkness, pero el sustantivo inglés, en este relato, tiene muchas más referencias. Se refiere al continente negro (África), a la oscuridad de los esclavos congoleños, a la oscuridad de la gran metrópoli de la época, Londres, y por supuesto a las tinieblas que se ciernen sobre la humanidad cuando se observan los efectos de la civilización mal entendida trasladada por la fuerza a regiones incivilizadas.

El corazón de las tinieblas tiene la estructura de un relato dentro de otro: un narrador en primera persona nos cuenta cómo Marlow, a su vez, nos narra sus aventuras como capitán de un barco de vapor que hace una travesía por el Congo, país que no llega a ser nombrado en la novela. El motivo de su viaje es, en principio, recoger un cargamento de marfil para la empresa que le ha contratado, aunque su motivación real es la búsqueda de aventuras. Sin embargo, al llegar a su destino, su misión cambia: debe recoger al señor Kurtz, un enigmático personaje que está al mando de uno de los puestos que se dedican a conseguir el preciado marfil, y que se ha vuelto loco. Aunque Kurtz aparece sólo en unos breves pasajes al final de la narración, las escuetas descripciones que hacen de él varios de los personajes con los que se encuentra Marlow hacen que el pobre loco se convierta en una obsesión para este.

A lo largo de su trayecto río arriba, nuestro narrador se encuentra cara a cara con la verdad sobre la colonización europea en África (en este caso, con el dominio del rey belga Leopoldo II en el Congo). Asiste horrorizado a los suplicios a los que unos hombres someten a otros, bajo la excusa de la colonización y la civilización, pero con el verdadero y llano objetivo de la explotación económica de sus recursos.

Esta novela está llena de contrastes: desde la claridad del sol de África hasta la oscuridad presente en todas sus páginas, hasta la impresionante figura de Kurtz, palabra que significa “bajo” en alemán y que da nombre al enorme personaje de un loco que mide dos metros y que, según todos cuentan -porque él no llega a hablar mucho-, tiene una altura moral tan inabarcable que los terrores vividos en el continente le hacen perder la razón.

La prosa se me ha hecho un poco farragosa, aunque no sé cómo repartir la culpa: puede que se deba a una traducción torpe, o a que esta novela se escribió cuando en el Realismo ya estaba casi todo dicho y la narración estaba buscando su sitio en el siglo XX. Sin embargo, es una historia interesante y que ha tenido una influencia enorme tras su publicación, en tres entregas y en la prensa, en 1899. Fue una mirada valiente de Conrad -que se basó en sus propias experiencias en el Congo- a las sucias actividades de Europa en África, que le puso delante de la cara a todo el mundo, y aparte de haberse convertido en un clásico en lengua inglesa, fue la inspiración para una de las mejores películas de finales del siglo pasado: Apocalipsis Now. Aunque Ford Coppola ambientó su cinta en Vietnam, y convirtió al señor Kurtz en el coronel Kurtz, dirigiendo una de las mejores interpretaciones de Marlon Brando.

El instinto del lenguaje

3 de December de 2007

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La premisa de la que parte este interesante libro es la siguiente: existe un instinto en la especie humana que le hace desarrollar un lenguaje oral diferenciado de todas las formas de comunicación animal, y, como instinto, es innato y está codificado en nuestros genes.

A diferencia de casi todas las grandes corrientes de la lingüística, que siempre han catalogado las lenguas como algo puramente cultural, es decir, algo que ha sido creado como podía no haberlo sido, la tesis del libro es que la facultad de hablar una lengua no solo es algo para lo que nacemos preparados, sino que tiene un órgano físico dedicado a ello (más bien, parte de un órgano: el cerebro), igual que tenemos órganos para la digestión y para la circulación sanguínea.

Hasta hace poco, las teorías que negaban la existencia del lenguaje como un instinto se basaban, sobre todo, en dos cosas: primero, que no tenemos (al menos aparentemente) un órgano dedicado a la facultad de hablar, sino pequeñas modificaciones en partes de nuestro cuerpo, como la lengua, el paladar, la laringe, etc.; y segundo, que la especie humana ha creado miles de lenguas distintas entre sí.

Algunos de los descubrimientos del siglo XX parecen, al menos, poner en duda tal teoría, por ejemplo:

  • Absolutamente todas las civilizaciones conocidas, incluso algunas que han vivido aisladas del resto del mundo desde la Edad de Piedra, han desarrollado una lengua más o menos sofisticada que sirve exactamente a los mismos propósitos en cada una de ellas. Además, hay evidencias históricas de que nuestros antecesores en la cadena evolutiva (los distintos homo que nos han precedido) también utilizaban el lenguaje, como el desarrollo de hechos culturales que precisan de técnicas difícilmente transmisibles sin él: la ropa, las armas, las viviendas, y demás.
  • Hay hechos que se repiten en absolutamente todas las lenguas: son los conocidos como universales lingüísticos (aquí tenéis un artículo en formato PDF sobre el particular). Por ejemplo, todas las lenguas conocidas, vivas o muertas, distinguen las clases de sustantivo y verbo, y tienen consonantes nasales (como nuestras m, n y ñ). Este tipo de universales, que se dan en todas las lenguas, son llamados universales absolutos. Pero también hay universales relativos o implicacionales, que establecen que en todas las lenguas donde se produce X también se produce Y, sin excepción. Por ejemplo, no todas las lenguas conocen el número dual (el castellano sólo conoce los números singular y plural). Pero todas las lenguas que conocen el número dual, como el griego clásico, también conocen el número plural (el cual no es un universal). Estos hechos son difícilmente comprensibles si no asumimos alguna estructura lingüística cerebral e innata que produzca estas coincidencias.
  • A pesar de que no existe, como entidad autónoma, un órgano del lenguaje, al parecer sí que hay varias regiones del cerebro, como el área de Broca, que están destinadas desde nuestra concepción a determinadas funciones lingüísticas concretas1.
  • Aunque no tenemos, fuera de las áreas mencionadas, un órgano específico del lenguaje, sí que hay algunas partes de nuestro cuerpo que han sido modificadas exclusivamente para este cometido. Por ejemplo, la razón por la que las personas sufrimos frecuentemente atragantamientos es que la estructura de nuestro aparato fonador está diseñado para que podamos producir un número rico de fonemas (sonidos, o, para entendernos, letras), y el precio que pagamos a cambio es un sistema de nariz, boca y garganta más vulnerable a lo que conocemos como “se me ha ido la comida por el otro lado”. Este problema no se produce en nuestros parientes simios más cercanos, y no tiene sentido que nuestra especie lo haya desarrollado si no es para el lenguaje, dado que no sirve para nada más.
  • Existen enfermedades y lesiones cerebrales que únicamente afectan a la capacidad de hablar, sin afectar en nada a la inteligencia (se conocen como afasias). Existen, por ejemplo, personas con inteligencia normal, o incluso personas superdotadas, que son incapaces de hilvanar un enunciado coherente. Al mismo tiempo, existen personas con un cociente intelectual por debajo de lo normal (menos de 80) que pueden emitir largos discursos con gran coherencia gramatical. Esto se enfrenta a la idea de que el lenguaje es un invento cultural fruto de nuestra impresionante capacidad intelectual general, como lo pueden ser los televisores de cristal líquido o los cohetes que pueden viajar a la luna. Esto es: la humanidad podría existir, y lo ha hecho durante miles de años, sin fabricar televisores ni cohetes, porque no es algo innato ni necesario para nuestra supervivencia, aunque nuestro cerebro sea capaz de inventarlos. El lenguaje, sin embargo, es algo necesario en nuestra especie. No es ningún invento.

Es un libro bastante largo que echa por tierra bastantes tópicos, como el tan manido de que los esquimales tienen no sé cuántas palabras para el significado de “nieve”, y se enfrenta valientemente con algunas verdades centenarias y casi inmutables de la lingüística, como la que afirma que las palabras que designan los colores en los distintos idiomas son algo meramente cultural, y no fruto de nuestra naturaleza (aparentemente, aunque la gama de colores sea un continuum de frecuencias sin un salto detectable entre el rojo y el rosa, por ejemplo, nuestro ojo sí está preparado fisiológicamente para discriminar determinados colores). Aparte de todo esto, en sus trece largos capítulos se nos cuentan infinidad de curiosidades sobre el lenguaje y muchas de las distintas lenguas que en el mundo se han hablado y se hablan, todo dirigido a convencernos de su teoría sobre lo instintiva que es nuestra principal forma de comunicación. Y en general, al menos conmigo, está cerca de conseguirlo.

El libro se opone a las tesis de los idealistas, para los cuales el mundo lo vemos como lo vemos porque cada lengua concreta lo estanca en distintas realidades que se corresponden con las palabras, y afirma -y argumentos no le faltan- que hay realidades que existen independientemente de nuestra concepción del mundo, como los animales, los árboles, el mar, y otras muchas.

Hay un par de alegatos sobre la necesidad de preservar las lenguas minoritarias, y también en contra de los que él llama «coleccionistas de palabras», profesionales que se dedican al «buen hablar» (como lo habría sido el difunto Fernando Lázaro-Carreter con sus dardos), y también un capítulo dedicado a enfrentarse con ciertos convencionalismos académicos del inglés. Aquí es donde flojea un poco el libro, y se nota que Steven Pinker es, sin duda, un gran conocedor de la psicología, pero algo superficial en cuestiones gramaticales puras. Sin embargo, todas las posturas que defiende están respaldadas por argumentos razonados.

Creo que la extensión del libro y la importancia del tema tratado (nada de lo que nos hace humanos podría existir sin el lenguaje, y tampoco el estudio y la transmisión de las distintas ciencias) lo hacen comparable a mi otro libro de divulgación preferido de este año: Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Es tan amplio el tema que aborda, y lo hace tan documentadamente, que creo que es una obra imprescindible para cualquier persona culta que quiera conocer el porqué de nuestro lenguaje, de los distintos idiomas, de por qué estoy escribiendo y vosotros estáis leyendo. Aunque para los legos los pasajes sobre ciertos temas específicos (como la gramática transformacional de Noam Chomsky) pueden ser algo difíciles, y en mi opinión pueden saltárselos sin problemas, todo el que tenga curiosidad sobre las grandes cuestiones de nuestra especie debería tener este libro en su mesita de noche.

Otras opiniones sobre el libro:

En La Lengua:

(1) Es curioso que, aunque muchos experimentos han constatado que la emisión de determinados mensajes lingüísticos provocan reacciones químico eléctricas en esta área y otras, en un porcentaje mínimo de personas el área que reacciona a los mismos estímulos es otra. Esto parece estar también diseñado desde nuestro genoma. Durante el nacimiento, y dada la enorme cabeza de los bebés humanos y el estrecho conducto vaginal por el que tienen que salir, es frecuente que se produzcan pequeños infartos cerebrales, que o bien se compensan al poco tiempo, o bien no son lo suficientemente graves como para constituir un problema a los individuos adultos. Parece ser que en estos casos el cerebro es capaz de destinar alguna otra zona de propósito general para que desempeñe las funciones previstas originalmente para la zona dañada.

Historia de los griegos

24 de November de 2007

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Como dice el autor Indro Montanelli, no llamó a este libro Historia de Grecia (como sus historias de Roma o de la Edad Media) porque es imposible hablar de la historia de las ciudades helénicas sin detenerse pormenorizadamente en sus personajes. Es cierto que no puedes hablar de la historia del imperio romano sin nombrar a César, Marco Antonio, Caracalla o Constantino, pero la expansión y caída Roma se puede explicar perfectamente sin aludir a las personalidades de sus protagonistas. Pero ¿cómo explicar la historia de la antigua Grecia sin nombrar a Minos, a Homero, a Pericles, a Sócrates, a Arquímedes, a Esquilo, o a tantos otros? Sería una tarea imposible.

Esta Historia de los griegos tiene todas las virtudes y todos los defectos que se pueden encontrar en cualquier obra de divulgación historiográfica de Montanelli. Virtudes: su estilo es llano, llamativo y divertidísimo. Cuando tienes entre las manos un libro suyo, sigues leyéndolo, aunque solo sea por ver con qué nueva ocurrencia sale la próxima vez. Varias veces he soltado una carcajada mientras lo leía, al tiempo que mi novia, que lee cosas más serias (A sangre fría de Truman Capote) me miraba con cara de bibliotecaria solterona. Leer historia con Montanelli no sólo es divertido, es hilarante.

El defecto es que su estilo es tan bueno que te hace dudar de su exactitud. A veces se pregunta uno si, siendo tan divertido, el texto tendrá todo el rigor exigible a cualquier obra sobre historia. Además, de vez en cuando inserta apreciaciones subjetivas sobre este o aquel aspecto, relacionándolos con la historia contemporánea (entiéndase, la historia contemporánea al libro, que se editó en Italia en 1959). Esto acerca el libro al ensayo y lo aleja un poco de la historiografía. Pero sigue siendo una lectura apasionante.

La Historia de los griegos es precisamente lo que promete. Ni siquiera se detiene mucho en las ideas políticas de sus gobernantes, ni en las filosofías de sus pensadores: te habla de sus vidas. Es un libro plagado de anécdotas sacadas de fuentes clásicas, que el autor seguramente conocía al dedillo. Y, como ya se ha dicho, no es una historia de Grecia (que en la antigüedad nunca tuvo conciencia de ser una nación, y casi siempre las polis andaban a palos unas contra las otras), sino de los hombres que la vivieron y que vivieron en ella.

Y, como dice Indro Montanelli en el Epílogo, todo lo que en la vida de la Humanidad evoluciona es de origen griego. Ahí es nada.

(Sobre Hesíodo) Según él, fue una mujer quien trajo todos los males a los hombres, que hasta aquel momento habían gozado de paz, salud y prosperidad: Pandora. Y entre líneas da a entender que, rascando un poco, se encuentra una Pandora en cada mujer. De esto muchos críticos han deducido que debió de haber sido soltero. Nosotros creemos, en cambio, que cosas semejantes sólo pueden escribirlas los casados.

[…]

(Sobre Safo, la poetisa de Lesbos) [en Sicilia] casó con un industrial rico, como sucede a las «divas» de todos los tiempos, que eligen por marido a un caballero millonario. Y tuvo una niña: «que no cambiaría -escribió- por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos». El industrial, después de habérsela dado, cumplió también con el postrero de sus deberes de buen marido: la dejó viuda y dueña de toda su hacienda.

El camino

12 de November de 2007

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A Daniel, el Mochuelo, lo van a enviar a la ciudad para estudiar el Bachillerato, hecho ineludible que lo separará de su querido valle vasco y de todos los recuerdos de su niñez. Ante la inevitabilidad de la partida y la imposibilidad de dormir, comienza a recordar en flashbacks los pasos más importantes de su camino vital, camino que da título a la novela y que su padre, el quesero, trunca cuando decide que debe estudiar para progresar y llegar más lejos que él.

La estructura de esta novela, sin ser un prodigio de originalidad, es desarrollada por Miguel Delibes de forma absolutamente magistral. El primer capítulo comienza cuando el Mochuelo se va a la cama y descubre que no puede dormir y se pone a recordar. El último, cuando el día comienza a clarear y el pobre chico lo ve como un condenado a muerte vería amanecer el último día desde su celda. En medio de estos dos capítulos se hincha como un globo toda la historia del valle, de sus habitantes, sus costumbres, su forma de hablar y de vivir y sus complejas relaciones sociales.

El estilo de esta novela es el que ha hecho de Delibes el escritor más castellano, si me permitís que lo diga así. Sus novelas, a menudo o casi siempre, parece que nos las está contando un paisano, en lugar de estar nosotros leyéndolas en soledad. Domina el léxico como pocos, sobre todo las palabras pueblerinas, y es capaz de escribir una obra maestra con giros populares que, como digo, a veces nos hacen olvidar que estamos leyendo. Las repeticiones, los anacolutos, los giros sintácticos imposibles, que son una marca de la casa, logran, como ya he dicho, que parezca que realmente hay un hombre rememorando su niñez y recuperando para ello el habla infantil y desenfadada, en lugar de haber miles de horas de trabajo y reflexión para la consecución de un estilo perfecto.

Los personajes de la novela están realmente vivos. Es la segunda vez que digo esto, con otras palabras, después de comentar Tokio Blues, de Haruki Murakami. Aunque a veces salen caricaturizados e incluso a menudo me recuerdan a los animalescos personajes de Cela, todos están tan llenos de virtudes y defectos como cualquier persona real, sin héroes ni villanos, y con unos pocos personajes hiperbolizados que tal vez sirven como puntos de guía para que nos demos cuenta de lo normales que son todos: hablo de Roque, el Moñigo, hijo del herrero, tan fuerte que con 13 años le dio una paliza a un joven de 20; o de su padre, tan bestia que saca una imagen de procesión a hombros él solo, y que me recuerda en su fuerza a Arcadio Buendía, de Cien años de soledad (aunque la novela de García Márquez se publicaría más de diez años después). Todos los demás personajes podrían ser perfectamente nuestros vecinos, si viviésemos en un valle perdido del norte de España durante la posguerra.

No recomiendo a nadie que tarde treinta y dos años en leerla, como he hecho yo, porque es sin duda una de las cimas de la novela española del siglo pasado. Y siempre sienta bien poder leer a un escritor que se apaga mientras aún está vivo. Supongo que a estas alturas, y teniendo unos lectores tan cultivados como los tengo yo, ya habrá pasado por vuestras manos hace tiempo. Si no es así, o si pensáis releerla, un consejo: leed lentamente el capítulo XVII, porque creo que es uno de los mejores fragmentos que se han escrito nunca en español. Y en el español de Delibes, ahí es nada.

La Guindilla mayor descendió a la tienda. Dio media vuelta a la llave y entró Catalina, la Lepórida. Ésta, al igual que sus hermanas, tenía el labio superior plegado como los conejos y su naricita se fruncía y distendía incesantemente como si incesantemente olisquease. Las llamaban, por eso, las Lepóridas. También las apodaban las Cacas, porque se llamaban Catalina, Carmen, Camila, Caridad y Casilda y el padre había sido tartamudo.

[…]

–Pongamos la luz en la sala y censuremos duramente las películas –arguyó la Guindilla mayor.

A la vuelta de muchas discusiones se aprobó la sugerencia de la Guindilla. La comisión de censura quedó integrada por don José, el cura, la Guindilla mayor y Trino, el sacristán. Los tres se reunían los sábados en la cuadra de Pancho y pasaban la película que se proyectaría al día siguiente.

Una tarde detuvieron la prueba en una escena dudosa.

–A mi entender esa marrana enseña demasiado las piernas, don José –dijo la Guindilla.

–Eso me estaba pareciendo a mí –dijo don José. Y volviendo el rostro hacia Trino, el sacristán, que miraba la imagen de la mujer sin pestañear y boquiabierto, le conminó–: Trino, o dejas de mirar así o te excluyo de la comisión de censura.

Matar un ruiseñor

5 de November de 2007

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La estadounidense Harper Lee publicó esta, su única novela, en 1960. En 1961 ganó con ella el premio Pulitzer, y en 1962 fue llevada al cine por el director Robert Mulligan en una cinta protagonizada por Gregory Peck, que con su memorable interpretación de Atticus Finch ganó el Oscar al mejor actor, consiguiendo además los premios a mejor guion adaptado y a mejor dirección artística en blanco y negro. Yo había visto la película hace tres o cuatro años, y el otro día, en mi visita semanal a la librería, con ese 5 € a tamaño gigante en la portada no me pude resistir.

La trama se desarrolla a mediados de la década de los años 30 del siglo XX en la pequeña población de Maycomb, Alabama, en el sur profundo de los Estados Unidos (el pueblo es ficticio, pero es un buen retrato de cualquier población de la época y del lugar concretos). Una niña muy despierta para sus seis años, Jean Louise “Scout” Finch, rememora desde un futuro no especificado unos años que serían cruciales para ella, su hermano Jem, su padre, el idealista abogado Atticus Finch, y para toda la población.

Un negro es acusado de la violación de una chica blanca de 19 años. Esto, sin necesidad de juicio, significaba en la Alabama de los años 30 una condena a la silla eléctrica casi con seguridad, en un veredicto dictado por un jurado de doce hombres blancos sin piedad. Aun así, Atticus Finch acepta el caso que se le encomienda de oficio, porque cree que es su deber. Esto le embarca no sólo en una difícil empresa profesional, sino también en una desagradable situación social, en la que se arriesga a perder el inmenso respeto que despierta en todos, la tranquilidad de sus hijos, e incluso su propia seguridad personal.

La pérdida de la inocencia de los pequeños Scout y Jem es el telón de fondo sobre el que se desarrolla el drama; la historia empieza bastante antes del juicio contra Tom Robinson, y termina bastante después del desenlace del proceso (que no desvelaré aquí). Los intensos días de preparación del juicio y aceptación del veredicto son únicamente una especie de punto de inflexión en la infancia de los dos mocosos. Su vida, especialmente su vida interior, no volverá a ser como antes. La gran aventura moral a la que asisten como meros espectadores será una historia a la que entran como niños, y de la que salen con dos necesidades principales: la de aceptación de que el mundo que les rodea es de cierta manera muy difícil de cambiar, y la de cambiar esa realidad haciendo todo lo que puedan.

El retrato de la pequeña y tranquila Maycomb podría ser perfectamente un cuadro de costumbres de la época en el que faltan pocas cosas: tenemos a los viejos veteranos de la guerra de Secesión, que piensan que el sur volverá a alzarse, o al menos que debería; a las solteronas de pueblo que viven la vida de los demás, a falta de una propia; a los negros que, después de ser liberados en apariencia, viven en una situación de parias poco mejor que la época en que eran esclavos; e incluso hay un fantasmagórico personaje elíptico (como el protagonista de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato), un hombre encerrado por su propia familia que ejerce una irresistible atracción sobre la imaginación de los niños, y que acabará teniendo un protagonismo casi total. En medio de todos estos personajes tétricos se levanta como una esperanza el iluso de Atticus (al que los niños llaman por su nombre de pila), un joven viudo que se esfuerza en educar a sus hijos de la manera más recta posible y está siempre dispuesto a aceptar cristianamente todos los insultos, las afrentas y las causas perdidas.

La narración es agilísima y solo me ha llevado un par de días acabar con el volumen de 410 páginas. Aparte del gran estilo con el que está escrito, este libro lo tiene casi todo: una historia de protoamor entre dos niños, un apasionante juicio, escenas de conflicto racial e incluso de miedo, coloristas descripciones de la Alabama de la primera mitad del siglo pasado y una historia totalmente verosímil (es algo aceptado pensar que gran parte de la novela es autobiográfica). Además, sin que sea su propósito principal, es un gran alegato antirracista, y en el libro podemos apreciar circunstancias paradójicas que aún se producen, por desgracia, hoy en día (como la de la maestra que aborrece el antisemitismo de Hitler, que estaba en su época de apogeo en Alemania, mientras piensa que hay que atar cortos a los negros porque todos van por ahí violando mujeres blancas). La parte del juicio es bastante convencional, pero interesante. Una de las consecuencias de los millones de películas y series que se han hecho sobre juicios y abogados es que, en asuntos legales, es difícil que a uno ya lo sorprenda una historia de ficción.

Matar un ruiseñor es un libro que os gustará, sin duda, y que probablemente se convierta en una de vuestras novelas favoritas.

Una breve historia de casi todo

10 de August de 2007

Una breve historia de casi todo

Mientras leía este fantástico libro (sobre el que ya he escrito dos posts, aquí y aquí), me venían a la mente varios comentarios para escribir la reseña. Todos eran comentarios del tipo “es un libro imprescindible”, “el mejor libro de divulgación científica”, “se lo recomendaría a todo el mundo”, “se está acabando y me da mucha pena”, etc. Curiosamente, buscando otros posts sobre el mismo libro, me he encontrado con los del El Pez y CPI, y entre los posts y los comentarios, casi todo el mundo está de acuerdo. A veces incluso literalmente.

Es uno de los libros más interesantes que he leído, de esos que cuando llevas un minuto esperando en una cola cualquiera, lamentas no tener en las manos, porque leyéndolo el tiempo se te pasa volando.

La materia es muy extensa: una narración de toda la historia del universo, desde la gran explosión hasta la aparición y dispersión del homo sapiens sapiens por la faz de la tierra. No intenta saber qué pasó antes de la gran explosión, ya que, como él mismo dice, el tiempo y el espacio fueron creados en dicha explosión, y por lo tanto no hay nada antes.

Seguro que hay decenas de libros que abarcan el mismo tema, pero el enfoque que le da Bill Bryson es muy atractivo. Y tal vez ello se deba, precisamente, a que Bryson no es un científico, sino un escritor de libros de viajes (género al que no me he acercado nunca y no sé exactamente en qué consiste). Así que, por un lado, cuenta unos hechos científicos que él comprende a gente que probablemente tenga como mucho la misma formación que él, lo que los hace perfectamente comprensibles. Y, por otro, cuando hay alguna polémica relacionada con cualquier investigación científica, se abstiene normalmente de tomar partido y es bastante objetivo, lo que no es demasiado común en los libros de ciencias escritos por científicos.

Porque Bryson observa a los científicos como los científicos observan el resto del universo: con absoluta frialdad. Y ello consigue un efecto cómico, seguro que a propósito. Te das cuenta de lo humanos que son los científicos, de que entre ellos hay personas buenas y malas, ineptas y brillantes, maduras e infantiles, y sobre todo de una cosa: que una gran parte de los hechos que se nos presentan como probados, aún son objeto de notable controversia, y a veces de sangrientas luchas en la comunidad científica.

He aprendido muchísimas cosas con este libro (aunque algunas ya las conocía por encima, y otras simplemente casi se saben por intuición). Por ejemplo, que no solo el universo es inmensamente grande. Saliendo de la tierra, todo es inmensamente grande. Estamos a una distancia tal simplemente del planeta Neptuno, que es probable que pasen muchísimas generaciones antes de que siquiera se sueñe con viajar a él. Que probablemente conocemos solamente menos de una de cada cien o mil especies vivas sobre la tierra, y quizás sólo una de cada millón o mil millones que han existido en nuestro planeta. Que seguramente haya millones de especies de dinosaurios de las que nunca sabremos nada (de hecho, son raros los esqueletos de dinosaurios completos, y la mayoría de ellos se han reconstruido a base de varios esqueletos fragmentarios y conjeturas). Que vivimos en una edad del hielo, solo que en su fase templada, así que la temperatura normal de la tierra es bastante más calida de lo que es ahora. Que la última gran erupción de un volcán ocurrió en una isla hace menos de doscientos años, mató de forma casi instantánea a 100.000 personas y oscureció el cielo de todo el planeta. Que el parque Yellowstone, en los Estados Unidos, es una bomba de relojería a la que le toca explotar ya y que puede provocar una extinción comparable a la que aniquiló a los dinosaurios, extinción que, por cierto, no fue ni con mucho la más terrible que ha asolado el planeta. Que el último tigre de Tasmania, cuando murió, fue arrojado al cubo de la basura y seguramente nunca tendremos información completa sobre su ADN. Que el último dodo (disecado) fue mandado quemar por el director del museo donde se encontraba, así que no hay manera de conocer su cuerpo completo más que en base a descripciones poco fiables y a restos fragmentarios. Que no hay dos reinos solamente (plantas y animales), ni tres (con los hongos), sino veintitrés, y sólo tres de ellos (los tres citados) son visibles sin un microscopio. Que cada año cruzan la órbita de la tierra varias docenas de meteoritos como los de Armageddon, y que no los vemos porque para verlos es necesario tener un telescopio apuntando hacia ellos en ese preciso momento… y que si alguno de ellos llega a impactar contra la tierra (lo que nos matará a todos con casi total seguridad), lo veremos en el cielo cuando queden quizás menos de 30 segundos para el choque. Que si extiendes los brazos en una metáfora de toda la edad de la tierra (4.600 millones de años) y te limas ligeramente las uñas de una mano, habrás borrado completamente la historia de nuestra especie.

Y podría seguir así durante horas.

Dicen que este libro hace la ciencia divertida, pero creo que los que lo dicen no saben hasta qué punto es cierto. A mí la ciencia siempre me ha interesado (aunque soy profesor de lengua y literatura, mi acercamiento a los libros al principio fue exclusivamente con libros sobre animales, sobre todo aves). Sin embargo, algunas materias, como la geología, siempre me habían parecido mortalmente aburridas, hasta el punto de llegar a odiar (aunque inofensivamente) a los profesores que había tenido que mostraban entusiasmo por ella (sin duda, no supieron hacer bien su trabajo). Sin embargo, con este libro he devorado literalmente decenas de páginas sobre piedras, sin ningún atisbo de indigestión. Este libro es, de verdad, impresionante.

Dice Indro Montanelli, en su Historia de los griegos, que llamó a este libro de esa manera, y no Historia de Grecia (como había hecho con su Historia de Roma y su Historia de la Edad Media) porque la historia de Grecia es más una historia de hombres que de un imperio o una civilización. Con este libro pasa algo parecido: es más una historia de los científicos que una historia de la ciencia. Pero los científicos, además de ser una causa jocandi, son una puerta hacia la ciencia y hacia el por qué y el cómo de la ciencia. Hacia el qué sabemos y el cómo lo sabemos. Y también hacia la duda, que es la principal herramienta del conocimiento: no sólo nos enseña las dudas de los científicos, sino que nos enseña a dudar de los científicos, no como tales, sino como personas, no para que dudemos del conocimiento científico, sino precisamente para que nos demos cuenta de que sabemos muy pocas cosas, algunas de ellas de forma dudosa, y de que queda un infinito por saber. Y hace falta gente, hacen falta científicos que se peleen y que de sus peleas saquen cosas en claro, porque nuestra especie, por mucho que nos creamos, está todavía en pañales, y lo mejor de todo (aunque ninguno de nosotros lo veremos), está por llegar.

Y recuerda una cosa: has tenido dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos… una larguísima estirpe que hace miles de millones de años era un ser unicelular. Si cualquiera de esos miles de millones de tus ancestros hubiese muerto en un accidente, o devorado, o por cualquier motivo se hubiese reproducido con una pareja distinta, no estarías aquí. ¿Conociste a tu novia por casualidad? Pues millones de esas casualidades han propiciado tu existencia. El hecho de que estés leyendo esto ahora mismo es no sólo improbable, sino prácticamente imposible. No voy a utilizar este argumento para decirte que aproveches tu vida y dejes de hacer botellones… Pero es un hecho que, sin duda, te hace dejar la vista fija en algún sitio y ponerte a pensar…

Este libro debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas del mundo.

O, pensándolo bien, mejor no.

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