Ars longa, vita brevis

El mejor profesor del mundo

7 de January de 2018

En la materia Lengua Castellana y Literatura de 2.º de Bachillerato los profesores nos solemos dedicar no tanto a enseñar lengua ni literatura, sino a preparar a los alumnos y alumnas para superar la prueba conocida popularmente como Selectividad (a pesar de que este curso se llama PEvAU, el curso pasado PEBAU, y los anteriores PAU). Dejo aparte el asunto de la nomenclatura, que da para un artículo, pues demuestra los vaivenes legislativos permanentes de nuestros sucesivos gobiernos, y que quizás podrían explicar en parte por qué la educación pública en España, sin ser mala, no es mejor aún.

En la prueba de Lengua y Literatura (conocida hasta hace un par de años como Comentario de Texto relacionado con Lengua Castellana y Literatura) hay cinco preguntas con distinta puntuación máxima; la número 3, «Comentario crítico sobre el contenido del texto», es la que más puntuación puede aportar al total, 3 puntos. En ella, los alumnos deben no realizar un comentario lingüístico ni literario, sino comentar críticamente las ideas de un fragmento o un texto completo, ya literario, ya periodístico.

La primera observación que suelo hacer a mis estudiantes es que no hay soluciones sencillas para problemas complejos. Es un error que propicia su juventud: creer que los grandes problemas del mundo no se solucionan porque simplemente la gente o los políticos no quieren, y que sería factible solucionarlos en caso de que hubiese voluntad. Siempre les recuerdo que para cada problema serio global (el cambio climático por causa humana, el machismo, la pobreza, etc.) hay cientos de miles de personas no solamente implicadas vitalmente, sino preparadísimas y concienciadas, y que simplemente casi nunca hay una solución rápida y definitiva para nada.

Si estamos comentando un texto sobre la precariedad en nuestro país, por ejemplo, no faltan quienes en el examen dicen que el problema sería sencillo de solucionar: subir los impuestos a los ricos, y dar subsidios a los pobres. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? ¿Por qué los políticos no lo hacen? O, si los hay con voluntad de aplicar esas medidas, ¿por qué no les votamos?

Como ya he dicho, es un error perdonable, pues mis pupilos están empezando a vivir, y por lo general nunca se han planteado seriamente ninguna de estas cuestiones. Los años y la realidad te van dando golpes en la cabeza, hundiéndote cada vez unos milímetros más en el barro; el triunfo de la humanidad debe ser mantener siempre la cabeza a flote y saber que no hay soluciones cercanas, pero se puede seguir caminando en el sentido correcto.

He leído en diagonal este artículo, donde se habla del profesor español que opta a uno de los varios premios al mejor profesor del mundo que últimamente se han puesto de moda, y que embauca a sus alumnos —uso el término embaucar sin ánimo peyorativo, que conste— mediante trucos de magia.

Pero ¿cuál es el mejor profesor del mundo? En algunos deportes es fácil determinar quién es el o la mejor en determinada disciplina. Si es levantamiento de peso, el que levante una cantidad mayor de kilogramos; en velocidad, quien recorra el mismo espacio en menor tiempo (siguiendo siempre, claro está, las normas de la competición).

¿Pero en qué consiste el trabajo de un profesor? ¿En que los alumnos y alumnas aprendan cosas? ¿En que aprendan a hacer cosas? ¿En que aprendan a buscar su propio conocimiento? ¿En que abandonen la escuela preparados para afrontar las dificultades de la vida? ¿En que sean felices en un futuro? ¿En que sean buenos ciudadanos, comprometidos con su sociedad y el desarrollo de esta, ecologistas, feministas, tolerantes? ¿O acaso consiste en que el alumno adiestrado en la escuela sea visto por las empresas privadas como alguien que les puede hacer ganar dinero, para que su empleabilidad sea elevada?

Como quizás os habéis dado cuenta, casi ninguna de las preguntas del párrafo anterior se puede responder sino unos cuantos años después de que los jóvenes hayan finalizado sus estudios; algunas, tal vez, no se pueden responder nunca.

Desde fuera, ignoro por qué, el trabajo del docente se suele ver de forma muy simplificada. No en vano muchísima gente considera nuestro trabajo fácil y acomodado, critica nuestras vacaciones, y se cree preparada para decirnos cómo debemos hacer nuestro trabajo. Esto último, al menos en el centro del que soy Jefe de Estudios, ha tomado unas proporciones tan alarmantes que ya son los alumnos los que se permiten el lujo de decirnos qué hacemos bien y qué mal, no solo los padres; y me ha obligado a amenazar con sanciones a quienes vuelvan a hacerlo, por la tremenda pérdida de tiempo y eficiencia que conlleva. ¿Os imagináis a un enfermo diciendo a un profesional de la salud cómo debe instalar una vía para administrar un medicamento? Sí, tal vez el ejemplo no esté bien traído, pues en nuestro país todos sabemos más que los médicos; pero cualquiera con dedo y medio de frente sabe que es una locura.

El puesto que desempeño ahora me está permitiendo conocer miles de realidades desde una posición privilegiada, aunque no es un privilegio agradable. El porcentaje de familias rotas es mucho más elevado de lo que uno puede imaginar simplemente observando a la gente por la calle. Los chicos y chicas con problemas de salud —tanto física como mental— a edades tan tempranas son numerosos, y te destrozan por dentro. Todos los años hay decenas de madres (suelen ser madres) que vienen a contarme que su hijo va a suspender tal o cual materia porque no tienen dinero para comprarle los materiales. Normalmente, cuando un docente se entera de esta situación, suele procurar conseguirle material al alumno, y a menudo se lo compra él mismo de su bolsillo. Esto seguramente se sabe poco. Pero pasa mucho. Yo lo veo todos los años.

Es muy golosa la idea de que puede haber un mejor profesor del mundo. ¿Es el que enseña con trucos de magia, sacándose una interminable hilera de pañuelos de colores de la boca, e inflando globos con formas de animales o partiendo a un alumno en dos? ¡Eureka! Enseñemos magia a todos los profesores y maestros como parte del currículo, y el asunto estará arreglado. ¿La solución es que los profesores se hagan youtubers? ¡Qué idea! ¿Por qué no lo estamos haciendo ya todos?

La realidad es que, hoy por hoy, y con los recursos disponibles, el margen de mejora de nuestra educación pública a corto plazo es bastante estrecho. Y que, además, estamos echando sobre las espaldas de la educación la resolución de problemas que ni le competen ni está preparada para solucionar.

En nuestro país, como en casi todos, el nivel de renta de los padres es un indicador bastante más predictivo sobre el futuro profesional de los hijos que su rendimiento en la escuela. Esta debería, precisamente, servir de ascensor social, para que importe poco tu origen en la determinación de tu futuro. Pero ¿es posible?

Si me preguntáis cuál es la frustración más clara y evidente que he tenido que afrontar en los trece años ya que hace que me dedico a este negocio, no dudo la respuesta ni un minuto: hay veces que conozco a un alumno en 1.º de la ESO y ya sé, con un porcentaje de error exiguo, que no va a obtener el título. Vienen de familias rotas, de entornos socioeconómicos terribles, de hogares sin libros donde la precariedad y la escasa formación de los padres impiden que estos los ayuden con los deberes o los apunten a una academia, algunos viven con sus tíos, tienen a alguno de sus progenitores en la cárcel, duermen en barrios donde el trapicheo de drogas se lleva a cabo en las puertas de sus casas y tienen modelos de éxito dudosos. ¿Cómo hacemos médica a una de estas chicas?

Para mí, y simplificando mucho, el mejor profesor del mundo sería el que fuese capaz de, en su diminuta parcela —pues la materia con mayor carga horaria en Secundaria en nuestro país ocupa cinco horas semanales de su horario—, procurar aportar lo posible para que cada uno y una alcanzase su máximo potencial, teniendo en cuenta el resto de circunstancias de su vida. Pero seamos realistas. El chico que viene de un hogar estructurado y lleno de libros, con padres que tienen tiempo y dinero para colaborar en su educación, sin problemas físicos ni psicológicos, va a llegar mucho más lejos que el que no comparte su suerte, salvo excepciones. Y aquí hay un montón de circunstancias que no pueden solucionar los vídeos didácticos ni los trucos de magia. Al igual que con el machismo o con el calentamiento global, no hay una persona, ni un grupo reducido de ellas, que pueda dar respuestas a cuestiones tan complejas de un plumazo.

La educación de nuestra sociedad (que es nuestro futuro, y no hablo literariamente; esos jóvenes nos pagarán las pensiones) se construye empujando todos un poquito y, si lo hacemos bien, en el sentido adecuado. Probablemente, el curso que viene la PEvAU será sustituida por otra prueba con un nombre distinto, y esto tampoco nos pondrá en el podio de los países mejor educados del mundo. No sé el efecto que tendrá; mi experiencia me dice que probablemente será nulo. Al menos, no seremos capaces de verlo el año que viene, ni el siguiente, ni el otro.

Pero la idea que quiero que se os quede grabada de este artículo es que no hay soluciones sencillas, ni hay un mejor profesor del mundo. Porque puede que al mejor profesor del mundo le funcionen los trucos de magia con sus alumnos, pero no con todos. Igual que el mejor médico del mundo no trataría de la misma forma a dos enfermos distintos. Y un profesor tiene a treinta alumnos cada hora. Y, si tiene suerte y su materia se imparte durante cinco horas semanales, tendrá 120 alumnos, pero si es una materia de una hora puede tener 600. Seiscientos alumnos distintos. Con seiscientas familias. Seiscientas capacidades distintas, distinta motivación, distintas posibilidades de futuro. No podemos hacer un truco de magia y darles la mejor educación a los seiscientos. El trabajo necesario para ello es mucho más prosaico, menos emocionante y menos efectista.

No quiero terminar siendo poco halagüeño. Gracias a que los y las docentes de este país se sacrifican de forma altruista, invirtiendo mucho más tiempo de trabajo que el que nos retribuyen, la cosa va bien. En unas pocas décadas la mejora de la educación pública española ha sido espectacular, como repetidamente dicen diversos estudios internacionales independientes. Nuestra educación postobligatoria es de las más baratas del mundo, y permite que muchos de nuestros jóvenes profesionales estén muy bien cotizados internacionalmente. A pesar de lo mal tratado que está siendo el colectivo docente, no he visto jamás a un docente que tire la toalla. Todos los cursos despido a compañeros que se jubilan, y hasta el último día que están con una tiza en la mano siguen luchando, y se van pidiéndonos que lo sigamos haciendo. Y tal vez en eso consiste ser el mejor profesor del mundo. En uno que no se cansa, que resiste de pie a las bajadas de sueldos, al aumento de horas, a la monstruosa cantidad de papeleo que no hace más que crecer, a insultos de profesores, de alumnos, de políticos, de padres, a un cuestionamiento perpetuo de su profesionalidad que no impide que se levante todos los días a las siete de la madrugada para seguir empujando, como si nada estuviese en su contra. Pero este profesor nunca va a salir en los medios de comunicación. De hecho, cuando se jubila, la Administración ni siquiera le regala una Parker.

6 comentarios en “El mejor profesor del mundo”

  • # Leyre dice:
    7 de January de 2018 a las 17:25

    Elías, muy de acuerdo contigo, me he permitido compartir tus palabras en mi página de Facebook. Soy profesora de Música (de las que trabajan con más de 250 alumnos).¡Sigamos luchando! Gracias y un saludo.

  • # Miguel dice:
    7 de January de 2018 a las 22:01

    Los problemas se pueden solucionar con una acción correctora simple. Somos los humanos los que complicamos lo simple, fruto de nuestro razonamiento complejo, abstracto y poco racional.

  • # Bea dice:
    7 de January de 2018 a las 22:21

    No puedo expresar siento alivio o me tranquiliza (no sé como definirlo) leer estas reflexiones tan lúcidas en medio de toda esta locura de apuesta por nuevos modelos pedagógicos que ignoran una realidad que es muy testaruda: la del día a día de nuestro alumnado. ¿Por qué antes de convertir a todo el profesorado en YouTubers no abordamos la reducción el número de alumnos por aula? ¿Por qué no resolvemos el tema de la disciplina antes de creer que una Tablet por alumno puede ser la solución para todos los problemas educativos de este país? Estoy convencida de la necesidad de innovar y cambiar para mejorar, pero tengo una sensación, a veces agobiante, de que estamos construyendo la casa por el tejado.

  • # Bea dice:
    7 de January de 2018 a las 22:23

    *No puedo expresar hasta que punto…

  • # Grani dice:
    7 de January de 2018 a las 22:41

    Quisiera felicitarte por tus acertadisimas palabras. Soy maestra y me veo TOTALMENTE IDENTIFICADA en ellas. No hay “MEJOR PROFESOR”.. ni fórmulas mágicas.. pero en esta profesión he visto y veo gente grande que hace cosas inmensas.. eso te anima a seguir luchando.. a.pesar de que lo ideal siempre nos queda lejos.. Felicidades.por tu forma de ver las cosas.

  • # verónica merino sainz dice:
    7 de January de 2018 a las 22:43

    Gracias,a pocas horas de volver al cole este la lectura de este artículo me ha regalado un poquito más de esperanza.

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