Ars longa, vita brevis

Un problema simple

28 de October de 2016

Hace casi un mes tomé una decisión que me ha ahorrado bastante tiempo y disgustos: ya no discuto sobre educación con nadie que no sea profesional de este negocio. Sí puedo escuchar opiniones de no profesionales, y darles las mías; pero no discutiré con legos nada que tenga que ver con mi oficio. Anuncié mi decisión en Twitter, lo que me valió unos cuantos insultos y que bastante gente dejara de seguirme, pero cada vez estoy más convencido de que acerté.

La educación es como una gran obra urbana que convierte al total de la población en ancianos jubilados. Todos se apoyan en la valla y dan sus opiniones, que consideran más válidas que las del arquitecto, las del arquitecto técnico y las de los jefes de obra. Claro, pasa que una vez de cada millón un anciano acierta por casualidad, y ese anciano puede pensar: si me hubiesen hecho caso. Pero nadie en su sano juicio tomaría esa flauta tocada por un asno como una guía de realización de obras públicas en el mundo real, pues ello nos conduciría inevitablemente a la extinción de la humanidad, o al menos nos llevaría, técnicamente, al Paleolítico.

Sin embargo, nadie se toma a broma las opiniones sobre educación de los no profesionales. Todo el mundo parece tener la clave para arreglar la educación pública española, suponiendo que tenga algo que deba arreglarse: padres, políticos, el frutero, los alumnos y cualquiera con una cuenta de Twitter. Y, cada vez más, confundimos la libertad con ser Dios: por supuesto, tienes todo el derecho del mundo a dar tu opinión. Y además puedes difundirla en una cuenta de Twitter que haga que llegue a millones de personas en un instante. Pero eso no evita que tu opinión sea una tontería, ni hace necesario que se te escuche.

Llevo años oyendo en la tele a coachers, gurús y gente de similar pelaje, que no tiene una utilidad clara para la sociedad, explicando lo mala que es, por ejemplo, la memoria, y lanzando al aire la pregunta de qué sentido tiene para un alumno del siglo XXI aprenderse de memoria la lista de los reyes godos.

Nací en 1975 y solo he conocido la lista de los reyes godos por los mortadelos de los años 60.

Eso os debe dar una idea de lo mucho que conocen el sistema educativo actual esos expertos que nos hablan desde la caja mágica y que tienen en sus manos la solución al supuesto desastre de nuestra escuela.

También están los telediarios que nos muestran clases llenas de alumnos con sus pequeños iPads aprendiendo sonrientes, en aulas impolutas y con atractivos profesores que lucen barbas a la última moda. Lo que no os suelen contar los telediarios es que esas aulas pertenecen a escuelas privadas, y que en las públicas, donde van a estudiar vuestros hijos, no es nada infrecuente que un alumno acuda a otra aula a pedir prestada una mesa y una silla, porque en la suya no hay suficientes.

Siempre hay gente que trata de encontrar el futuro de la educación en el último invento de moda (ya sucedió con la radio y con la televisión) despreciando los libros; y los libros siguen estando ahí cuando esos adelantos tecnológicos desaparecen, pasan de moda o se manifiestan más bien desastrosos para la educación de un país. Vosotros habéis pensado “televisión”; yo no he dicho nada.

(El libro es un invento maravilloso. El mayor error de los docentes es que no sabemos transmitir lo maravilloso que es. Lleva ahí miles de años, y supongo que seguirá unos cuantos miles de años más. No recuerdo ninguna otra forma de transmisión diferida de la información (diferida en el espacio y en el tiempo) que haya sido tan eficiente y duradera, sin apenas cambios, a lo largo de milenios. El arte de la guerra, breve tratado militar escrito por el general chino Sun Tzu en el S. IV antes de nuestra era, fue usado con éxito por estrategas aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Y poco ha cambiado el libro en este tiempo: negro sobre blanco, sobre material animal o vegetal, un producto que con pocos cuidados dura mucho más que la vida más longeva que quepa imaginar en una persona, jamás queda desactualizado tecnológicamente, y las actualizaciones de contenido son sencillas y baratas de realizar [basta un lápiz].)

También nos hablan de que aprender debe ser divertido. De que hay que hacer las clases interesantes. De que no sabemos motivar a los alumnos.

Admito que es bastante probable que los alumnos sean más felices con un iPad en las manos que con un libro (de hecho, parecen más felices cuando los pillo en clase echando un vistazo a sus teléfonos móviles). Lo malo es que debemos quitarnos de una vez de la cabeza la idea de que los alumnos vienen a la escuela a ser felices. No vienen para eso. Vienen a la escuela para ser felices cuando dejen la escuela. Debemos ser conscientes de esto, porque es realmente importante. La felicidad está en el patio de recreo y en sus casas. Metiéndoles en sus pequeñas cabezas la idea de que deben ser felices en la escuela solo logramos volverlos más desgraciados. Y más vulnerables a la frustración, dado que les convencemos de que el fracaso que experimentan no es en ningún caso su responsabilidad, sino la de otros (fundamentalmente, el profesor, que “me ha suspendido”).

Además, la escuela será divertida en un número contadísimo de ocasiones. Muchas de las cosas que deben aprender no son divertidas. Ni lo van a ser nunca.

La palabra “gatos” está compuesta por un monema con significado léxico, gat-, combinado con un monema flexivo de género masculino, -o- y otro monema flexivo de número plural, -s.

Como podéis comprobar, hay cosas que no son divertidas ni tan siquiera echando unos gatos en la caja.

Pero lo que mucha gente no es capaz de visualizar es la dificultad que entraña aplicar todas las locuras que se quieren meter en el negocio de la educación. Y cuando digo “dificultad” quiero decir, por supuesto, “dinero”. Ya hablé de esto hace unas semanas.

La educación pública debe atender a las necesidades de todos los menores de 16 años que se encuentren en este momento en el estado español. También las de los niños pobres, que por desgracia los hay, y que van a vender el iPad el primer día de clase por la tarde. Y las de los niños ciegos, que no van a saber qué demonios es eso, hasta que inventen un iPad que funcione en braille. Y las de los niños con cualquier necesidad especial de atención educativa. Y todos esos niños han de parecer tan felices como los que salen en el aula de las noticias de Antena 3. También el pobre. Y el maltratado. Y el inmigrante recién llegado que no entiende una palabra. Y la que está en una casa de acogida. Y el que está en un centro de menores, durmiendo en un gran barracón con otros 100 menores. Hay que comprar iPads (o cualquier otra idiotez moderna que se os ocurra) para todos ellos, más unos cuantos más de repuesto.

¿Cuánto nos va a costar esto, incluso manteniendo congelados nuestros ya mermados sueldos?

¿Cuánto nos va a costar que un niño que solo toma dos comidas al día en su casa parezca un aseado y feliz niño de una escuela del futuro con su iPad?

Os contesto: mucho más del dinero que tenemos y, sobre todo, mucho más del que nuestros políticos y el resto de la sociedad estáis dispuestos a dedicar a ello.

Por eso, entre otras cosas, seguimos con los libros. Son, probablemente, el producto tecnológico de transmisión de información más eficiente y duradero y con mejor relación entre su calidad y su precio. Y deberíais admiraros de los logros que consiguen los docentes día tras día teniendo en cuenta los recursos que tenemos. Yo me admiro a diario, y eso que los veo en directo.

8 comentarios en “Un problema simple”

  • # antonio molina dice:
    29 de October de 2016 a las 10:54

    ¡Bravo!
    Mañana sale en El Faro mi primer y último artículo sobre educación que, como no podía ser de otro modo, concuerda con el tuyo en más de un punto.¡Un abrazo!

  • # udemia dice:
    4 de November de 2016 a las 0:23

    Sólo quería pasarme para decirte que me encanta todo lo que escribes, comparto totalmente tus opiniones. Estoy suscrita al blog y a través de mi email, leo tus entradas, y la verdad, ya ni me acuerdo de cuándo ni cómo ni por qué empecé a leerte, pero de verdad que es un placer seguirte.

  • # Un problema simple dice:
    12 de November de 2016 a las 11:10

    […] Un problema simple […]

  • # Amparo Pilar dice:
    15 de January de 2017 a las 11:08

    Totalmente de acuerdo en todo!

  • # Mª Carmen Partera Rider dice:
    15 de January de 2017 a las 18:42

    Me molesta muchísimo oir decir que todo ha cambiado menos la escuela. Aunque en el colegio donde trabajo no enseñamos única y exclusivamente a partir de proyectos porque también utilizamos los libros, tengo que decir que nada es como era. Estamos a la vanguardia de todo lo referido a educación. Además en mi opinión todos los métodos son válidos si hay entusiasmo y ganas por ambas partes, profesores y alumnos. Eso sí, quien algo quiere algo le cuesta. La vida es dura y hay que prepararlos para que no se rindan al mínimo contratiempo. Qué pena que ahora los niños estén tan sobreprotegidos.

  • # Changa Poeta dice:
    17 de February de 2017 a las 19:24

    Han escuchado al grupo mexicano del mismo nombre? Les dejo el enlace. En México se llaman “lenguas” a los idiomas originarios en contraste con el “castilla” que es como se denomina al idioma oficial.
    Grupo La Lengua
    http://lengua.la

  • # Elías dice:
    9 de April de 2017 a las 11:20

    Muchas gracias a todos.

  • # Aco Amas (@acoamas) dice:
    22 de April de 2017 a las 17:51

    Me parece muy bien tu reflexión, y sólo apuntaría dos comentarios: primero, que todos somos objeto de crítica por el sencillo hecho de estar en sociedad. Todos hemos pensado “ese edificio es una mierda” (y de hecho han existido grandes polémicas sobre arquitectura y urbanismo, entre expertos y no expertos!), o todos podemos tener una opinión sobre si la forma de trabajar de un médico es correcta o no. Evidentemente la boca es libre de hablar y los oídos libres de escuchar o no. En el caso de la pedagogía, está claro que muchos no somos profesionales, pero no se puede negar que todos atesoramos muchísimos años de experiencia como estudiantes y no se puede descartar que hayamos desarrollado alguna opinión válida al respecto.

    Y el segundo apunte que me gustaría hacer es sobre el ejemplo de los “gatos”. Realmente, en el siglo 21, aún hemos de usar esa didáctica que usa palabrejos con resonancias de alquimia? Pienso que muchos libros de texto y formas de explicar siguen exactamente como estaban hace un siglo. Igualmente pienso que no hay mejor forma de crear ciudadanos que odien los libros que obligarles a leer El Quijote, de la misma forma que no hay mejor forma de crear ateos que obligar a leer La Biblia. El mundo es complejo, sin duda! Pero, podría la pedagogía introducir esa complejidad de una forma tal que los alumnos pidan más, deseen conocer más detalles, hasta abarcarla por completo, y no ceñirse a la simple presentación “alumno, esta es la complejidad; complejidad, este es el alumno”?. Creo que los estudiantes han de enfrentarse a dificultades, sí, pero sería menos doloroso si entendiesen qué son, de dónde vienen y por qué son importantes esas dificultades. Incluso podrían ser placenteras si tuviesen la opción de decidir cómo enfrentarse a ellas.

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