Ars longa, vita brevis

El día que mis alumnos se rieron de Pablo Neruda (y no castigué a nadie)

5 de October de 2016

pablo-neruda
Neruda, visiblemente contrariado por la actitud de mis alumnos. O probablemente, no.

¿Por qué Pablo Neruda? ¿Por qué se rieron? ¿Por qué no castigué a nadie?

¿Por qué Pablo Neruda?

A Neruda, en aspectos pedagógicos, lo sitúo en una categoría similar a la de Bécquer. Es cercano y comprensible. Conecta con los alumnos. Y, a veces, les trasmite música aunque no lleguen a entenderlo del todo. Comprenderán ustedes que, entonces, los profesores de Lengua y Literatura lo tengamos como un aliado bastante fiel.

Algunos de sus poemas les suenan: muchos son archiconocidos, y los han oído antes. Por ejemplo, el poema que estábamos trabajando hoy lo habían oído varias alumnas en no sé qué serie que les gustaba (lo mismo me pasó en cierta ocasión con la rima LIII de Bécquer).

En la unidad que estamos viendo en 2.º de Bachillerato entran las hablas americanas del castellano, pero además durante este curso tendremos que trabajar la lírica a cierto nivel, así como la literatura hispanoamericana. Neruda era perfecto, como comprenderéis, para trabajarlo con mis chicas y chicos.

¿Por qué se rieron?

Para que captasen el habla del poeta chileno sin mediaciones, y para que, además, viesen cómo debe sonar su lírica (¿quién va a saberlo mejor que él?), les imprimí el poema 15 de la colección Veinte poemas de amor y una canción desesperada —sí, para dedicarte a esto, a menudo tienes que ser pop— y busqué en Youtube un vídeo donde se puede oír el poema en la propia voz del poeta. Y aquí está:

Hacia la mitad del vídeo vi que varios de mis chavales estaban realizando ingentes esfuerzos por contener las risas y, los que no podían, por ocultar sus caras de mi campo de visión. La lentitud de Neruda, el no tener nada que hacer más que mirar una imagen fija y escuchar, la situación entera en sí. ¡Son adolescentes! Uno de los momentos más angustiosos que recuerdo de mi adolescencia fue una vez que entré con mi mejor amigo en un ascensor. En el siguiente piso el ascensor se detuvo, y entró un hombre como de la edad que yo tengo ahora y con el aspecto más corriente que podáis imaginar. No había en él absolutamente nada digno de recordar. Pues los quince segundos que tardó el ascensor en abrir sus puertas otra vez, y el caballero en salir, se nos hicieron eternos. No sabíamos dónde mirar ni con cuánta fuerza mordernos la lengua. La adolescencia es así. ¿No la recordáis?

¿Por qué no les castigué?

Todos hemos ido al instituto, y todos sabemos perfectamente cómo acaba una situación de estas: el profesor de Literatura detiene al instante la reproducción del medio audiovisual; pregunta a los alumnos qué encuentran tan gracioso; los alumnos callan y el profesor, indignado —pues ya ha olvidado que fue adolescente hace años— suelta una furiosa perorata sobre el poco respeto a nuestros clásicos, sobre lo poco interesados que están los alumnos por su educación (como si lo hubiesen estado alguna vez), sobre lo poco lejos que van a llegar en la vida. Después, en la sala de los profesores, con un amargo y negro café en la mano derecha, comenta en un corrillo de docentes la trágica escena, y todos están de acuerdo en que en sus tiempos las cosas eran distintas: había respeto. Quizás al final del día alguna chica encontrase a sus padres en casa con el ceño fruncido porque había recibido una llamada del profesor.

Yo dejé que acabase el poema, y después pedí a mis alumnos que riesen abierta, aunque no ruidosamente, y les aseguré que no había nada de malo en ello.

¿Por qué no les castigué? No solo soy su profesor, también soy jefe de estudios. Entre mis principales funciones se encuentra la de velar por la disciplina en mi centro.

En primer lugar, mi creencia en el poder pedagógico del castigo es bastante escasa. Sí, todos sabemos que en castellano antiguo castigar era sinónimo de enseñar, y no niego que a menudo sea dolorosamente necesario. Lo que pasa es que desde el castellano antiguo han pasado unos cuantos siglos. La pedagogía ha avanzado un poquito en seiscientos años. Hemos descubierto otras formas de enseñar (de castigar, si quieren ustedes). Hoy en día, es necesario hilar muy fino en un castigo para que realmente sirva para enseñar, que es la función que la sociedad ha delegado en mí. Debe tener algún objetivo, aparte de la represión por el crimen de haberse reído del pobre de Pablo Neruda, cuyo nombre real afortunadamente mis alumnos y alumnas ignoran que fue Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Aparte de que debo confesar, y nunca he negado, que castigar no me gusta.

¿Castigando a mis alumnos habría conseguido que respetasen más a Neftalí Reyes? Sinceramente, lo dudo. Así que si mi objetivo era ese, la estrategia del castigo no parecía muy adecuada. Yo quería que Neruda les tocase un poco la fibra. ¿Qué fibra? Pues cada cual decide qué fibra le toca un poema. A la mayoría de los adultos puede que no les toque ninguna. A mis alumnos —algunos solamente— les tocó la fibra de la risa. Pues mejor esa que ninguna. Si les llego a castigar, habrían odiado al poeta chileno. Ahora, puede que a la mayoría no les entusiasme, pero dudo que ninguno de ellos oiga su apellido en el futuro y le recuerde aquella vez que se llevó una reprimenda por algo tan hermoso como reír. Quizás lo recuerden con simpatía. ¿Quién sabe?

Me gustaría que hoy, en el Día Mundial del Docente, os quitaseis la idea esa de que somos unos fracasados deseosos de poner a nuestros alumnos de pie con una pila de libros en cada mano. Tratamos de trasmitir cosas, usando la palabra de antes de la coma en su sentido más amplio. A los de Literatura se nos ha encomendado una de las tareas más difíciles que existen: hacer que unos jóvenes rodeados de pantallas de colores se interesen por palabras escritas sin más adorno que su sonido y su significado, que desarrollen el gusto por los libros, que se acerquen a ellos por voluntad propia; que lean cuando llegue el día en que nadie los obligue ni los castigue por no hacerlo. A que amen los libros. Y a veces, lo que amas te hace reír. Diría aún más: ojalá todo lo que amas te haga reír. Por eso no he castigado a mis alumnos por reírse de Pablo Neruda. Feliz día del docente a mis colegas, pero, sobre todo, a mis alumnas y alumnos.

P. S.: A muchos de ellos, al final, el poema les ha gustado.

1 comentario en “El día que mis alumnos se rieron de Pablo Neruda (y no castigué a nadie)”

  • # ADRIANA Q dice:
    10 de October de 2016 a las 5:50

    BUENAS NOCHES,
    ME ENCANTO TU ESCRITO ACERCA DE LO QUE HOY EN DÍA SE HA CONVERTIDO PARA NOSOTROS LOS DOCENTES ” EL CASTIGO” A TRAVÉS DE UNA REFLEXIÓN DE LA CLASE DE LITERATURA , ESTABA BUSCANDO EN INTERNET ACERCA DE QUE SIGNIFICADO TIENE LA POESÍA , Y ME ENCUENTRO CON TAN BUEN ESCRITO.
    SOY MAESTRA DE PRIMARIA Y DESAFORTUNADAMENTE EN MI PAÍS LEER ES UN CASTIGO, Y COMO DICES: Y a veces, lo que amas te hace reír.

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