Ars longa, vita brevis

Milagros

26 de September de 2016

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El otro día, en Twitter, a raíz de unos tuits que publiqué sobre la conveniencia o no de mandar tareas para casa, hubo diversas respuestas, casi todas interesantes, algunas a favor y otras en contra de la medida. En uno de los reproches se me argumentaba que los deberes aumentan las diferencias de clase de los alumnos, pues los padres de los niños pobres no pueden ayudar a sus hijos con estas tareas tanto como los de los niños ricos (en general, el padre medio español aún no entiende que las tareas no las deben hacer ellos, sino sus hijos; que un alumno que realiza sus tareas mal podrá ser corregido por el profesor, pero uno que las trae realizadas perfectamente por sus padres nunca tendrá la posibilidad de saber qué hace bien y qué mal). Se me argumentaba que la educación pública debería ser capaz de paliar las diferencias entre uno y otro alumno; no solamente las que un docente encuentra en la escuela, sino también en su vida extraescolar.

El objetivo de este artículo no es hablar de las tareas para casa, que son tema lo suficientemente extenso como para ocupar varias entradas de un blog personal. Ya se ha escrito tanto como para aburrir a cualquiera, y seguro que mucho mejor que como lo haría yo; os animo a buscar estas opiniones en la red.

El objetivo de esta entrada es, por el contrario, criticar la opinión cada vez más firmemente instalada en nuestra sociedad de que la escuela, por sí sola, es capaz de responder triunfalmente a todos los problemas que una sociedad como la nuestra, o como cualquier otra, presenta.

La escuela ideal debería ser garante de la movilidad social, es decir: debería proporcionar al hijo de un campesino las mismas posibilidades de ser cirujano que al hijo de un cirujano. Si leemos en diagonal este artículo en El País de 2010, sin embargo, vemos que la movilidad social no se ha conseguido en nuestro país —de hecho, la crisis seguramente ha agravado esta cuestión—. A nadie se le escapa que los hijos de la gente con posibles tienen no solo más éxito escolar, sino por lo general más cultura que los que somos hijos de gente modesta. ¿Debe la escuela paliar estas diferencias? ¿Puede?

Debería, por supuesto, al menos ayudar a conseguir ese objetivo. ¿Pero es posible en estas condiciones? El aumento de las tasas universitarias y la reducción de becas, al menos proporcional (no quiero discutir aquí con nadie), desde luego, no ayudan. Recordemos, además, que una beca que únicamente te pague la matrícula, los libros y el colegio mayor, en su caso, no suele ser suficiente. A menudo una familia humilde necesitaría los ingresos de una joven que quiere estudiar y que, si lo hace, no puede aportar al monto económico necesario para el mantenimiento de la familia. Muchos acusan a los jóvenes de acomodados, y de no querer esforzarse; sin embargo, por mi propia experiencia puedo decir que estas críticas muchas veces proceden de personas que exhiben en sus muñecas un reloj de dos mil euros desde que tenían dieciocho años, regalo de sus padres.

Desde la —a mi parecer, injustamente— denostada LOGSE la educación española realiza, al menos sobre el papel, enormes esfuerzos para la integración de alumnos en unas condiciones que garanticen, o al menos lo intenten, una educación de la misma calidad para todos y todas. Tenemos programas de integración y refuerzo, profesores de apoyo, maestros y maestras de Audición y Lenguaje en los institutos de educación secundaria para alumnos con dificultades especiales de aprendizaje, intérpretes de la lengua de signos para alumnos sordos, y un montón más de recursos… en cantidad insuficiente, si preguntáis a cualquier persona que trabaje en la educación pública (aun así, la OCDE ha reconocido en diversas ocasiones los esfuerzos realizados por nuestro país para mejorar la calidad de su enseñanza pública).

En un país donde la importancia y visibilidad de los periodistas sensacionalistas (no quiero generalizar; estaría haciendo lo mismo que hacen muchos con nosotros, los docentes) crece año tras año, es fácil pensar que la educación pública española está en uno de los círculos del infierno de Dante, donde deberían estar aquellos a quienes se nos culpa de ello por ser el eslabón más débil del sistema: los profesores y maestros.

Sin embargo, estoy repasando estos días el Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar (PDF), impulsado por José Antonio Marina, y ahí se recuerda que, de los cinco niveles que el informe PISA destina a los resultados de sus pruebas educativas (que van desde “pobre” hasta “excelente”), España se sitúa en el nivel medio: “bueno”. No se puede calificar, creo, este resultado como de desastre, pues la palabra “bueno” difícilmente puede adquirir connotaciones negativas. Y esto en un país, como el mismo Libro blanco recuerda, en el que hace solo 40 años un 82 % de la población solamente tenía los estudios primarios.

Basta comprobar cualquier estadística para concluir que la escuela no elimina las diferencias sociales en la futura vida de los alumnos, y que, por lo tanto, la escuela está fallando. Pero, si partimos del principio de que una sociedad con grandes diferencias económicas entre individuos es una sociedad hasta cierto punto fallida, vuelvo a preguntar: ¿es capaz la escuela de eliminar estas diferencias?

A los docentes españoles se nos repite el nombre de Finlandia más veces al día, incluso, que el de Venezuela a los espectadores de telediarios. Los programas de televisión emiten documentales monográficos sobre el país, donde unos felices docentes que, en comparación, cobran (incluso) menos que los españoles, dan clase a unos felices alumnos en sus pequeños abrigos acolchados. Se nos dice “en Finlandia se hace esto o lo otro”, como si hubiese una fórmula mágica, un interruptor que, al ser pulsado, catapultara nuestros resultados educativos a los niveles finlandeses, y el sistema educativo español, por algún tozudo motivo, no quisiese pulsarlo. Cualquiera con una mínima inteligencia y una mínima capacidad crítica (es decir: cualquiera) debería saber que sería un milagro que el mismo sistema educativo triunfara en dos países separados por miles de kilómetros de distancia y miles de años de historia. Aun así, acepto el guante.

Pero ¿y si invertimos la carga de la prueba? En este artículo de la Wikipedia se establece una clasificación de países por desigualdad económica, según el coeficiente de Gini. No necesitamos bajar muchos puestos en la tabla para encontrar al país cuyo modelo educativo viene a salvar a España de todos sus males: Finlandia es el octavo de los países menos desiguales del mundo. Debemos hacer trabajar algo más la rueda central de nuestro ratón para encontrar a España en el puesto número 58, justo por detrás de Portugal, Albania, Grecia, Uruguay Níger, Nicaragua, la India, Azerbaiyán y Etiopía. Sí: por detrás.

¿Esta desigualdad es el resultado de las carencias —que no niego— de nuestro sistema educativo? ¿O es más bien al contrario? ¿No será que, en una sociedad más desigual, es mucho más difícil que la escuela garantice la movilidad social? ¿Es capaz un sistema educativo público, por sí solo, de eliminar estas enormes diferencias? ¿Cuánto dinero haría falta? ¿O quizás sería más sencillo y tendría más éxito fijarnos más en los sistemas impositivos de los países nórdicos, donde una elevadísima parte de los unos impuestos directos más justos se destina a programas sociales?

La escuela no puede arreglar todos los males del mundo, y además nuestra sociedad ha olvidado una cosa: que la educación de los jóvenes no es asunto exclusivo de sus profesores. Todo el mundo educa, o todo el mundo debe. Pero sobre todo: si seguimos creando problemas de desigualdad social, de desamparo económico de los más desfavorecidos, de mercado libre salvaje que rapiña todos los recursos de un país sin preocuparse de si mañana va a amanecer, no podemos esperar que la escuela haga milagros. Los docentes no somos santos, ni en un sentido ni en otro.

4 comentarios en “Milagros”

  • # Educación, remedio de todo mal. | Eugenia Andino dice:
    26 de September de 2016 a las 22:20

    […] (Luego está que la escuela tiene que remediar desigualdades sociales, sobre lo que recomiendo esto de Elías Gómez). […]

  • # antonio molina dice:
    3 de October de 2016 a las 21:46

    ¡Qué bueno, Elías!
    Mi teoría en este tema, elemental como yo, es que no se puede hacer girar un dedo solo, es necesario rotar la muñeca y mover toda la mano. La educación no es independiente del resto de elementos que conforman una sociedad, influye y es influida, y no puede cambiar sin ser acompañada en el giro.

  • # La Lengua » Un problema simple dice:
    29 de October de 2016 a las 6:21

    […] Pero lo que mucha gente no es capaz de visualizar es la dificultad que entraña aplicar todas las locuras que se quieren meter en el negocio de la educación. Y cuando digo “dificultad” quiero decir, por supuesto, “dinero”. Ya hablé de esto hace unas semanas. […]

  • # Roberto dice:
    23 de January de 2017 a las 14:46

    Le doy vueltas a que se escucha que la Escuela se mercantiliza (y la Universidad) y igual que el “chico del reloj de 2000e” estas reflexiones vienen de personas con un puesto ACOMODADO (pequeño burgués en otras épocas) PROFESIONALMENTE y que, a veces, animan a sus hijos a meterse en (ejemplo de carreras) BEllas Artes, Historia del Arte, etc… Yo no conozco ningun pintor, ni escultor, pero no son carreras “merantilizadas”… MOVILIDAD SOCIAL =0 Pregunta, ¿habrá más alumnos en Bellas Artes de pueblo o urbanos?

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