Ars longa, vita brevis

¿Deben los menores tener un teléfono móvil inteligente?

15 de June de 2016

20131028111900_enfant-tablette
Imagen: metronews.fr

Hace unas semanas, unos alumnos de alrededor de quince años me preguntaron si quería ver un vídeo del estado islámico en el que se veía como trituraban a un prisionero vivo atropellándolo con un carro blindado. Tenían el vídeo en sus teléfonos móviles, y se lo habían pasado por el grupo de Whatsapp en el que se encontraban todos los alumnos de ese grupo.

Todos los alumnos tienen un teléfono multimedia, con una gran pantalla y capacidades de conexión a internet. Por tanto, los chicos tienen un acceso permanente a material textual y audiovisual de todo tipo: la Wikipedia, las obras de Cervantes y de Shakespeare, multitud de películas y documentales de dominio público, y también vídeos pornográficos, de torturas, violaciones y decapitaciones, cuarentones haciéndose pasar por chicos o chicas de quince años y páginas web que los incitan a dejar de comer y vomitar hasta lograr una delgadez patológica que pone en riesgo su salud.

No soy un profesor carca. Mantengo una envidia sana ante las posibilidades que las nuevas tecnologías ponen al alcance de los adolescentes de esta época, y que a nosotros nos parecían ciencia ficción. Recuerdo enviar un cupón por correo para comprar unas partituras de guitarra, y recogerlas de veinte a treinta días después en la sede de Correos, abonando su importe. Hoy un adolescente con inquietudes musicales no tiene más que conectarse a Youtube y buscar un vídeo didáctico que le enseñe, paso por paso, a tocar su canción preferida. De hecho, trato de mantenerme al día en estos asuntos —también, no voy a negarlo, porque me atraen—, y no es infrecuente que, en los pocos ratos libres de que disponemos, mis alumnos me pregunten si por fin me he pasado aquella pantalla de Gears of War, y me ofrecen ayuda y trucos si aún no lo he hecho.

En mi centro están prohibidos para los alumnos el uso y la exhibición de teléfonos móviles y otros aparatos electrónicos. La principal razón, aunque en un principio pudiera pensarse, no es la necesidad de que atiendan a las clases y actividades y no a sus conversaciones. Estamos trabajando con menores que tienen derechos, entre ellos el derecho a la dignidad y a la propia imagen, y no es infrecuente que se suban a las redes sociales fotografías hechas a traición, en que algún alumno no sale muy agraciado, y que se aproveche esta circunstancia para denigrar al sujeto, a menudo de forma anónima. Además, los teléfonos son una herramienta milagrosa para el copieteo en los exámenes. No les prohibimos que los traigan, pues a sus padres les deja más tranquilos saber que pueden contactar con ellos en el trayecto entre el centro y sus casas; pero, dentro del instituto, no pueden usarlos (sus padres pueden llamar al teléfono del centro si necesitan hablar con sus hijos, y viceversa).

No voy a comentar casos que conozco de primera mano, pues lo primero de todo es el interés de los menores. Tampoco voy a enlazar noticias, pero todos hemos conocido por los informativos casos de fotografías y vídeos filtrados de menores desnudos, a veces manteniendo encuentros sexuales. Las leyes son muy estrictas y actúan para castigar al que ha filtrado las imágenes y para proteger al menor, pero todos sabemos que, una vez que el vídeo en cuestión ha alcanzado la red, su supervivencia ad aeternum se puede dar por segura.

He comentado a menudo con preocupación estos asuntos con compañeros y compañeras míos que tienen hijos adolescentes, y prácticamente siempre defienden la tenencia y el uso prácticamente ilimitado de este tipo de teléfonos para los adolescentes. A veces sus argumentos son sólidos (la permanente comunicación con ellos en caso de necesidad). Otras, no tanto (todos sus amigos tienen uno y no quieren que su hijo sea el «raro»). Cuando les pregunto si saben que sus hijos pueden estar, en ese preciso momento, consumiendo pornografía o vídeos de decapitaciones suelen encogerse de hombros y decir que es muy difícil controlarlo todo.

A veces me dicen que la palabra clave es «educación». Hay que educar para que los alumnos hagan un uso razonable del teléfono móvil. Curiosamente, los padres —incluso cuando esos padres son docentes— de los adolescentes suelen olvidar que sus padres les prohibieron beber, fumar, tener relaciones sexuales sin la debida protección (o matrimonio por la iglesia) y subirse en coches de desconocidos, y que todos lo hicieron. El adolescente es una máquina hermosa y terrible: sabe que su potencial está aumentando, no sabe cuáles son sus límites y quiere comprobarlo. Si a un adolescente lo han concienciado sus padres de que no es adecuado que a sus catorce años consuma pornografía, igualmente, al recibir un vídeo en un grupo de Whatsapp lo abrirá por curiosidad (ni siquiera meto aquí la rebeldía, algo también característico y hermoso de la adolescencia). El adolescente normal y sano verá y probará todo lo que esté al alcance de su mano. Por eso tenemos leyes que les prohíben consumir alcohol, además de educación para la salud, y, aun así, lo hacen.

¿Dejarías a tu hijo que, sin supervisión, tuviese a su alcance una parrilla de cien canales de televisión, sabiendo que incluye contenidos pornográficos que a veces juegan con la legalidad, confiando en que no los va a ver porque lo has educado para ello? Hablando sinceramente contigo mismo, ¿crees que no lo haría, si supiera que nunca lo vas a saber? Probablemente esta noche tu hijo cierra la puerta de su habitación y pone debajo de su almohada un dispositivo electrónico que le permite acceder a, virtualmente, toda la producción audiovisual de la humanidad hasta la fecha. Y, créeme, no lo está usando para buscar información para el examen de mañana ni para ver dibujos animados. ¿Lo habrías hecho tú a su edad?

Creo que es urgente que la sociedad se dé cuenta de una vez por todas de que podemos estar causando traumas personales severos a unos adolescentes que necesitan nuestra protección y que no la tienen. Estamos soltando sus ojos, sus oídos y sus cerebros en medio de la selva. Con que sus cuerpos crezcan sanos y grandes nos basta, y descuidamos la parte más delicada e importante de su físico: su cerebro.

Esta sociedad es ciegamente hipócrita cuando prohíbe la publicidad del tabaco y el acceso a salas de cine para ver determinadas películas por edades y luego deja en sus manos el mayor archivo sádico y pornográfico creado por el ser humano.

¿Se debe prohibir que los menores tengan un teléfono? La respuesta tiene una sola sílaba: no. Igual que no hay que prohibirles ver la tele o jugar a los videojuegos. Pero, si eres de esos padres que miran la clasificación por edades antes de comprar un videojuego para tu hijo, ¿luego le dejas solo con un dispositivo mediante el cual va a acceder a todo el contenido del videojuego y a contenidos mucho peores?

No soy legislador y no tengo la solución a este problema. Solo sé que dedicamos más energías a impedir que los críos se atiborren de grasas saturadas y refrescos cargados de azúcar que a impedir su acceso a contenidos multimedia que me hacen horrorizarme a mí, que tengo todos los años del mundo. Quizás se podría legislar para que se vendiesen teléfonos para menores de edad (igual que pueden conducir una bicicleta pero no un automóvil). No lo sé. Me han hablado de programas que bloquean el acceso de los teléfonos a determinados contenidos. ¿Cuántos de vosotros los habéis instalado en los teléfonos de vuestros hijos? Aun así, no se les puede dejar sin Whatsapp. Eso sí: os aseguro que si vuestro hijo o hija tiene un teléfono móvil con mensajería instantánea, tiene en este mismo momento en la memoria de su teléfono imágenes no aptas para sus edades. ¿De verdad no vamos a hacer nada?

Hay que comer

Archivos

Búsqueda

La Lengua en tu mail

Tu dirección de email:

FeedBlitz

Video

Más vídeos aquí

Fotos

www.flickr.com
Elementos de Elias.gomez Ir a la galería de Elias.gomez

Estadisticas


Ver estadísticas

La Lengua se publica con Wordpress | RSS de las entradas y de los comentarios | Diseño web: Dodepecho