Ars longa, vita brevis

Esclavos

24 de February de 2016

Artículo dedicado a mis alumnos, de este año y de todos los anteriores.

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Estamos viendo El árbol de la ciencia, del enorme Pío Baroja, en 2.º de bachillerato, y he propuesto a mis alumnos este texto para que lo comenten:

—Hace unos años —siguió diciendo Iturrioz— me encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco grita para que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían. Tenían espíritu de esclavos.

Para que comprendieran a qué se refiere Iturrioz cuando habla del «espíritu de esclavos» he iniciado un pequeño debate sobre si nuestro país debería financiar la sanidad a todos los inmigrantes que se encuentren en él, en situación legal o no, paguen impuestos o no. Los que estaban a favor de dar sanidad a los inmigrantes eran —al menos al principio— minoría en los dos grupos en los que imparto clase. Les he pedido, como siempre, que argumentaran a favor o en contra de una u otra postura. Los alumnos que tengo este curso son gente muy inteligente (aunque, a decir verdad, nunca he tenido un alumno que fuera tonto), y en seguida se han ido definiendo las posturas.

A favor:

  • Son seres humanos.
  • Se les podría dar, al menos, la atención mínima.
  • La mayoría no viene por gusto, sino huyendo del hambre o la guerra.
  • Etc.

En contra:

  • Puede producir cierto «efecto llamada».
  • No han cotizado ni un euro.
  • Puede que sea económicamente insostenible
  • Etc.

Entonces he trazado en la pizarra una línea horizontal y he escrito un par de cosas en ella.

pizarra
Dramatización.

Les he preguntado si, en este momento, económicamente, se sienten más cerca de la izquierda de la línea o de la derecha. Han contestado todos que de la derecha, a pesar de que casi ninguno es inmigrante ni hijo de inmigrantes; la práctica totalidad es de nacionalidad española, como Ortega.

Luego les he pedido que imaginaran que tienen todos 50 € y que tienen que apostar. La apuesta es obligatoria. Yo sé ver el futuro, y sé que van a terminar bien como un magnate o bien como un refugiado o un exiliado económico que abandona su país en busca de mejores expectativas. No hay términos medios. Y tienen que apostar a doble o nada. Según su situación actual y como ven las expectativas de evolución de su futuro económico de acuerdo con las posibilidades que les ofrece nuestra sociedad, si tuvieran que apostar obligatoriamente esos cincuenta euros, ¿apostarían a que es más posible terminar como Amancio Ortega o como un exiliado? Y todos –excepto uno que puso la nota de humor— arriesgaron sus ahorros al inmigrante sin nombre ni apellido.

Y esa es la mentalidad de esclavo: preferir que alguien que —aunque tenga otro color de piel— comparte más de su situación con nosotros se quede sin sanidad para que el magnate pueda pagar menos impuestos.

Hay que comer

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