Ars longa, vita brevis

Charlie-Charlie y los antivacunas

3 de June de 2015

Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k) Ouija board with pointer VARIOUS - 2006


Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k)
Ouija board with pointer
VARIOUS – 2006

Los alumnos de mi instituto han comenzado a jugar, durante los recreos y ausencias de algún profesor, a algo que llaman Charlie-Charlie: es algo relacionado con la conocida tabla de ouija, lejanamente mezclado aquí, en Melilla, como suele suceder, con algún demonio o súcubo propio de la zona del Rif. Aprovechan para armar alboroto, aunque en algunos casos creo que he apreciado terror genuino, e incluso tuve que calmar a una joven que sollozaba en la Jefatura de Estudios. Hemos prohibido el juego, dado que no está permitido permanecer en las aulas durante el período de recreo, y mi actuación ha consistido, fundamentalmente, en ir por las clases donde he detectado el juego diciendo en voz alta: «Charlie, si estás ahí, ven a mi habitación esta noche y mátame». Al día siguiente los alumnos comprobaban, con un gesto que era mezcla de alivio y contrariedad, que el jefe de estudios adjunto seguía con vida. También intenté explicarles que seguramente un fantasma tenía cosas mejores que hacer que esperar una eternidad en un aula por si a unos adolescentes les daba por invocarle, pero con escaso éxito, porque a esas edades aprecian el empirismo más que la teoría.

Por las mismas fechas me entero del primer caso en nuestro país de una moda importada de la nación más avanzada de la tierra (?): la de los antivacunas. Son gente que, basándose en un estudio demostradamente falso, dicen que las vacunas pueden ocasionar retraso mental y autismo en los niños, y se niegan a permitir que se las inyecten a sus hijos. Esto se complica, porque los niños no vacunados no suelen padecer esas enfermedades para las que no los vacunan, así que su irracional postura se ve reforzada por los datos.

(Los niños, por cierto, no enferman puesto que, dado que sus compañeros sí han recibido las vacunas, no son portadores de las enfermedades objetivo, y por ello no las pueden transmitir; sin embargo, los no vacunados sí constituyen un riesgo para los otros)

Esto de los antivacunas guarda relación con los típicos adoradores de lo natural, que reniegan de los alimentos transgénicos y que suelen soltar alegremente sentencias como que «como un tomate de huerta no sabe igual uno del supermercado». Es decir: reniegan de siglos de investigación científica —y precientífica, en la selección de los especímenes— destinados a producir alimentos más eficientes, menos vulnerables a las plagas, más sanos, en definitiva. Compruebo con amargura como, especialmente en los programas electorales de mi querida izquierda (lo he comprobado en los papeles de Podemos e Izquierda Unida), pretenden proclamar los territorios que gobiernen zona libre de transgénicos, como si la libertad estuviese determinada por la prohibición de consumir alimentos que la ciencia ha contribuido a crear y mejorar. Por desgracia, parte de la izquierda siempre ha tenido defectos para mí inexplicables, como defender religiones criminalmente machistas (porque al menos no son el cristianismo) o creer en bobadas como el reiki o la acupuntura.

Mis correligionarios parecen obviar que la selección de especímenes para la cría es lo que ha permitido, por ejemplo, que hoy existan los perros, animales genéticamente distintos a los lobos que proceden, probablemente, de la selección de los individuos más dóciles para su cría. O de las vacas que dan más leche aunque no estén amamantando a un ternero. O que el maíz, uno de los alimentos más importantes para la población mundial, antes de la selección genética de los humanos daba bastante pena y no parecía un alimento muy apetecible.

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¿Qué decir de los que reniegan de los productos químicos, ignorando, al parecer, que el agua es una molécula unida químicamente? Pero la magia de las palabras funciona en nuestra sociedad como el latín en el mundo de Harry Potter: el adjetivo «químico» no nos gusta, nos hace pensar que estamos bebiendo detergente o algún pesticida. Del mismo modo, aplicar un adjetivo a la Medicina (medicina «oriental», «tradicional», etc.) parece revestirla de algo más grande de lo que es, a pesar de que, como le oí una vez decir acertadamente a un médico, «la medicina es la medicina. Si tiene un adjetivo, es una estafa». Cosas como esta han llevado a una de las mentes más poderosas de nuestra época a suicidarse; hablo del caso de Steve Jobs, el genio tras los iPads y iPhones, que pensó que podía curar su cáncer de páncreas bebiendo zumo, desoyó a los médicos, y acabó como era previsible: muerto. Incluso en la televisión de nuestro país se habla de «polémica» sobre las vacunas, como si estuviésemos hablando de si tal o cual penalti ha sido o no y no de verdades científicas experimentadas y demostradas hasta la saciedad en millones de ocasiones.

Ignoro a qué se debe este gusto posmoderno por lo mágico: por el exagerado respeto a las religiones, que incluso cuentan, en los países más desarrollados, con leyes que las protegen; la proliferación de magos y videntes de medio pelo (¿los hay de otro tipo?) en las madrugadas de nuestras cadenas de televisión; incluso en las dudas renovadas de si el ser humano puso los pies en la Luna alguna vez, duda que me han expresado ya varios de mis alumnos, al igual que me han expresado sus dudas acerca de la evolución de las especies. Tiendo a relacionarlo siempre con el deterioro de los sistemas educativos, que están sufriendo un cruento ataque por parte de los políticos neoliberales, que quieren la destrucción de lo público y a quienes les importan más los números —aunque no de las Matemáticas, precisamente— que el futuro. En cualquier caso, como siempre he defendido, creo que la escasa formación científica de nuestros jóvenes es en gran parte responsable de esto, y por eso hemos debatido en el instituto donde trabajo sobre la conveniencia (necesidad, diría yo) de implantar una asignatura de cultura científica general en todas las modalidades de Bachillerato, incluidas las de Humanidades.

De cualquier modo, hay algo que me llama poderosa y tristemente la atención. Las dos profesiones probablemente más importantes para el presente (la medicina) y el futuro (la docencia) de cualquier sociedad se ven permanentemente cuestionadas por el pueblo. Unos padres deciden no vacunar a sus hijos, poniendo en duda la sabiduría de unos profesionales formados durante años en la ciencia médica; cualquier padre de cualquier alumno considera que el profesor de su hijo lo está haciendo mal y se permite el lujo de darle consejos sobre su trabajo. Si un mecánico (profesión ante la que guardo un enorme y ancestral respeto) te dice que conducir un vehículo en tales o cuales condiciones es un suicidio, tú no te atreves a rechistar, sacas un cheque en blanco de tu cartera y esperas a que ponga el precio que considere. Pero si un médico te dice que no vacunarte es una locura y que puedes acabar muerto, o si un profesor te dice que si no sigues sus consejos en lo que respecta a la educación de tus hijos es posible que acabe pidiendo dinero a la puerta de alguna mezquita, le enmiendas la plana y tomas la dirección opuesta.

El menosprecio por profesiones tan respetables —y permítanme el autobombo— como la medicina o la docencia llega a tales extremos que son las únicas que padecen hordas de troglodíticos protestantes dispuestos a insultar y, llegado el caso, agredir a sus miembros, si piensan que tal tratamiento clínico no ha sido suficiente, o que tal castigo a su hijo ha sido exagerado. ¡Esto no pasa ni con los políticos, responsables de tantas desgracias sociales, a quienes lo máximo que les puede caer es un tímido escrache!

¿No creéis que es para que nos paremos un rato a pensar?

Hay que comer

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