Ars longa, vita brevis

¿Se puede?

28 de May de 2015

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Ada Colau, alcaldable de Barcelona. Fotografía de Mané Espinosa

Bueno, pues ha pasado el tiempo suficiente, y ya se han retratado bastante los protagonistas de las elecciones del pasado domingo como para que se puedan soltar una serie de reflexiones con cierto conocimiento de causa.

1. La delgada línea roja

A estas alturas no creo que quepa demasiada duda de que se ha producido durante años, pero especialmente quizás en el último lustro, una orquestación a gran escala para que los ciudadanos pensemos que la crisis, el paro, los desahucios, en ocasiones el hambre, etc. son cosas que se producen a la manera de las estaciones, o que son decididas por unos semidioses al estilo griego ante los que únicamente podemos agachar la cabeza y aceptar nuestro destino. Se echa a familias con bebés a dormir en la calle porque cada obrero con la ESO —o sin ella— es responsable de cada cosa que firme, y por el mismo motivo se deja a ancianos ciegos o analfabetos sin los ahorros de toda su vida, que invirtieron en preferentes porque el hijo de su vecino, que es director de una sucursal bancaria en su pueblo, y al que habían acunado cuando era un bebé, les aseguró que eran inversiones sin riesgo y recuperables al instante en cualquier momento. Al mismo tiempo, las malas decisiones —a veces malas; a veces, malintencionadas, rozando o sobrepasando el delito— de los directivos financieros no solo eran perdonadas, sino que con los impuestos pagados por los desahuciados y estafados se realizaban varios rescates a gran escala con miles de millones de euros para la banca. Parte de esos rescates se destinaba a que los directivos que habían tomado esas malas decisiones se jubilasen a los cincuenta años con cientos de miles de euros de indemnización y pensiones.

Nadie se atreve a cuestionar la necesidad de evitar a toda costa que los bancos se hundan. Día sí y al día siguiente dos veces, aparece alguno de esos extraños nuevos personajes televisivos: el economista (ese que no vio venir la burbuja, ni vio venir nada) que nos explica por qué necesitamos a los bancos. El último, el macho alfa de la izquierda europea Varoufakis. Pero puede ser cualquiera, y de cualquier orientación política. Que la banca (la de los desahucios, las cuentas ocultas de narcotraficantes, negreros y magnates armamentísticos, etc.) es imprescindible no se cuestiona, y punto. De hecho, nadie se explica cómo la humanidad ha sobrevivido miles de años sin ella. ¡Milagro!

También nos han convencido de que productividad significa cobrar menos, y de que hay que ser más productivos; de que los desorbitados beneficios empresariales, que no redundan en el bienestar de los trabajadores, sino todo lo contrario, son buenos para todos; de que pagamos demasiados impuestos (pero, sin embargo, es necesario subirlos, a los de abajo, claro); de que en Venezuela se pasa hambre (pero aquí no); de que no podemos salir del euro; y de cualquier otra cosa que repitan en televisión sin cesar en todos los programas.

Hay gente que no lo tragaba, y por eso se han ido modificando las leyes para silenciar las protestas (ahora te pueden meter en la cárcel por promover una manifestación desde Twitter) y desamparar a los ciudadanos ante la policía violenta. Al final, como uno siempre tiene algo que perder, acaba tragando, quedándose en casa y dando golpes en la mesa de su comedor cuando come con la familia, porque si sales a la calle te pueden romper la cabeza y hacerte pagar una multa, y si protestas desde casa te pueden detener.

Pero parece que se ha cruzado una delgada línea invisible. Va habiendo más gente que queda prácticamente sin nada que perder: enfermos terminales, por ejemplo, a los que se les niegan los medicamentos, porque después del rescate a la banca no queda dinero para curar su hepatitis. Gente sin trabajo y con bebés a los que echas a dormir debajo de un puente. ¿Cómo asustas a esa gente? Es prácticamente imposible. No se puede.

Y la gente ya empieza a votar a otros partidos que ponen en riesgo la democracia, porque si no tienes comida, ni trabajo, ni casa, ni medicinas, ni control sobre tu vida, ¿qué puede ser peor? ¿Una dictadura? Ya ha dicho Rajoy que piensa hacer lo que crea necesario, por mucho que contravenga lo que prometió. ¿Un país sin papel higiénico en los estantes de los supermercados? Aquí hay papel higiénico pero no dinero para comprarlo. Al igual que les pasó a los obreros que compraron conejeras a precio de oro, pensando que el precio de los pisos no podía bajar jamás (y por supuesto que podía: en el momento en que la gente no pudiera pagarlos ni hipotecando sus vidas enteras), a los políticos liberales les ha fallado el cálculo. Con el miedo, les puedes seguir robando mientras tengan algo. Cuando se lo has quitado todo, solo les queda una cosa que perder: el miedo. Y el miedo se pierde rápidamente.

2. Mujeres

Todos dicen que estas elecciones han sido las de los partidos emergentes, pero yo pienso que han sido las elecciones de las mujeres. Tanto en un sentido como en otro, ya que representan tanto el éxito como el fracaso, la vieja política y la nueva, la elegancia y el patetismo. El éxito arrollador de Ada Colau en Barcelona, los éxitos más modestos de Manuela Carmena y Mónica Oltra en Madrid y la Comunidad Valenciana, por un lado; los fracasos disfrazados de éxitos —o viceversa— de Rita Barberá, Esperanza Aguirre, María Dolores de Cospedal. Casi se puede explicar todo lo que han significado estos comicios sin decir nombres masculinos. Y son protagonistas activas, fuertes y decididas (tanto en las que pierden como en las que ganan). Me parece un éxito de la democracia, no porque la forma de hacer política de las mujeres sea distinta de la de los hombres (no creo que haya una forma masculina y otra femenina), sino porque es la primera vez que siento que ellas son las impulsoras de los procesos políticos, sin apadrinamientos; creo que ha empezado el cambio feminista de verdad.

3. Los partidos nuevos

Unos triunfan más de lo que esperaban, y otros menos, y lo mismo puede hablarse de los fracasos. Lo que pongo en duda es la etiqueta nuevos; los orígenes de UPyD se pueden rastrear al menos hasta 2007; Ciudadanos (en su origen, la plataforma Ciutadans de Catalunya) hasta 2005. Hay otros que afirman ellos mismos que no son partidos, como Barcelona en comú o Ganemos Madrid. Pero cuando se habla de partidos nuevos, hay un nombre que lo sobrevuela todo: el del secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, cuyo protagonismo ha sido innegable. De hecho, en su delirante rueda de prensa del otro día, Esperanza Aguirre alertaba del peligro que suponía el éxito de Ganemos Madrid, pues lo veía como una plataforma para que Pablo Iglesias escalara a la presidencia del Gobierno y destruyera el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos (las palabras son textuales; si no la visteis, buscad la rueda de prensa y podréis comprobarlo). Iglesias se está volviendo más inteligente, o más maquiavélico (dicho sea sin pretender connotaciones negativas, ni tampoco positivas), con el tiempo, y ya sabe cuándo arrimarse y cuándo no; deja claro que la candidatura madrileña de Carmena no es de Podemos, pero se sube con ella a celebrar la victoria.

Hay una escena de la película Cadena Perpetua, de Frank Darabont, que me parece una de las cumbres de la cinta: cuando se cierran las puertas de las celdas y se apagan las luces, en ese momento, es cuando el preso Andy Dufresne (Tim Robbins) se da cuenta de que realmente lo han metido en la cárcel y de que de ahí no va a salir. Algo así les ha pasado a los partidos tradicionales, que, para abreviar, llamaremos de la casta; en las elecciones europeas, aunque Podemos obtuvo unos nada despreciables cinco escaños, aún no se les tomaba en serio. Tampoco en las andaluzas, donde vieron rebajadas sus expectativas. Ahora no pueden ser soslayados. Son imprescindibles para gobernar en muchos sitios. De hecho, van a hacerlo en algunos. No son ya unos perroflautas de los que reírse y a los que pedirles que se duchen. Están aquí: la puerta de la celda se ha cerrado y ya no hay marcha atrás. ¿Cuántos cabezazos se habrán dado contra la pared aquellos que nos decían a los sucios hippies del 15M que si queríamos hacer política debíamos presentarnos a las elecciones? Más de uno se habrá roto los cuernos ya. Y no importa que los acusen de idealistas, de comunistas o de antidemocráticos; los han votado millones de españoles, y no se les puede ignorar.

4. El miedo

Estamos asistiendo en estos días al triste espectáculo de algunos dirigentes de la casta —especialmente del Partido Popular— haciendo piruetas y saltos mortales con tirabuzón para que los partidos nuevos no entren en los ayuntamientos o las comunidades autónomas. En Melilla, ciudad desde la que escribo, el Partido Popular, que acaba de perder la mayoría absoluta después de quince años, dice que está dispuesto a hablar con quien sea para formar gobierno. Los últimos balbuceos de Esperanza Aguirre incluyen una oferta para que Ganemos Madrid se integre en un posible ayuntamiento de concentración. Al mismo tiempo, en Valladolid y otros sitios las trituradoras de papel están echando humo, convirtiendo las posibles pruebas de un expolio masivo en confetti para animar la fiesta de la democracia. Sienten pánico. Y cuentan con que los ciudadanos ya sabemos (y, ay, hemos aceptado y sancionado en las urnas) que nos roban a manos llenas. ¿Qué nos queda por descubrir? ¿Se ven en la cárcel? No tengo las respuestas a estas cuestiones, pero no puedo negar que todo está resultando muy emocionante.

5. Los pactos

Iglesias y Pedro Sánchez (PSOE) llevan meses diciendo que jamás pactarían el uno con el otro. Eso está muy bien decirlo hasta el momento justo antes de conocer los resultados electorales; ahora hay que pactar. Un sistema electoral como el nuestro obliga a ello, siempre que ninguna lista obtenga una mayoría absoluta (mayoría que se ha comprobado, prácticamente en todos los casos, que es nefasta para los ciudadanos). Sánchez debe aceptar que nadie lo ve como el faro de la izquierda, en parte por su evidente falta de carisma y su imagen tan claramente impostada, y en parte por la larga historia de latrocinio protagonizada por su partido, de la cual, visto donde están Chaves y Griñán, no parecen especialmente arrepentidos ni avergonzados. Ahora deberá agachar la cabeza y pactar, en sus palabras, con los populistas, si no quiere que los populistas pacten con otros. Iglesias tampoco tiene mucho más remedio que aceptar que la política no es algo platónico, sino sucio y mundano. Sí, después de la enorme fiesta de las europeas probablemente la resaca le decía que podría obtener la mayoría absoluta en algunos comicios, pero después de la resaca está viendo las cosas con mayor frialdad. No puedes exigir a un partido que renuncie a todos sus principios y acepte los tuyos para pactar. Esto vale para uno como para el otro. Lo bueno es que sí puede marcar ciertas líneas de negociación irrenunciables, como las que probablemente tendrá que aceptar la imprudente Susana Díaz si quiere sentarse en el sillón de la presidencia de la Junta andaluza. Podemos no puede dictar las políticas a un gobierno andaluz de mayoría socialista, pero sí le puede exigir que expulse a los corruptos. El tiempo dirá lo que pasa.

6. ¿Qué nos espera?

Creo que nos esperan unos meses muy divertidos, especialmente en los medios de comunicación. A La Razón ya nadie se la toma en serio (dudo que la tome en serio el mismo director, Francisco Marhuenda). Se ha convertido en una especie de Leticia Sabater: dice y hace burradas para que se siga hablando de ella; la gente la critica, pero ella sigue ganando dinero. Mañana La Razón saca una portada con un Pablo Iglesias con cuernos y rabo comiéndose a un bebé enfundado en un chándal de la bandera venezolana. Todo el mundo sabe que es absurdo, pero ese día se habla de La Razón y no del ABC. El día después de las elecciones hubo un monobate (si se me permite el neologismo para un debate donde hay una sola idea que suena al unísono y donde hasta el moderador se empeña en mantenella y no enmendalla) en TVE 1 en el cual casi podías ver el holocausto de los supermercados sin papel higiénico en tu propio barrio. Lo malo es que les funciona: con todo el poder político, económico y mediático detrás de ellos y los becarios haciendo horas extras, a Podemos solamente les han encontrado una beca mileurista de Errejón y una regularización fiscal absolutamente legal de Juan Carlos Monedero. Eso ha sido suficiente para que las masas borregas sentencien que son iguales que los que han recortado pensiones y hurtado medicamentos a los enfermos de cáncer para regalar millones a los banqueros. Ahora se dan dos circunstancias: la casta ha comprobado en sus propias carnes que el peligro de que les roben la liga es real; y saben que, aunque les cueste el prestigio, las campañas goebbelsianas de desinformación funcionan. Conoceremos a la chica a la que Pablo Iglesias le robó un beso cuando tenía quince años, que declarará que se las ingenió para no invitarla a una hamburguesa; sabremos que Colau tuvo cuatro novios en solo un año, y a Carmena ya la pintan con la capucha de los etarras y un AK 47 Kalashnikov en cada mano. Pero saben que se está perdiendo el miedo, y por eso se está preparando, a mi parecer, una maniobra simultánea: de aquí a las elecciones veremos bajadas de impuestos, subidas de salarios funcionariales, aumento de prestaciones. En cualquier caso, nos esperan unos meses tremendamente emocionantes. Lo que hay que ver es cuántos de nosotros —los políticos, los periodistas, los votantes— estaremos a la altura.

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