Ars longa, vita brevis

Enfermedades mentales: la asignatura pendiente

30 de March de 2015

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El matemático John Forbes Nash, premio Nobel de Economía y esquizofrénico (imagen: Wikipedia)

Un copiloto ha causado, según todos los indicios voluntariamente, la colisión de la aeronave que controlaba contra una montaña de los Alpes, causando la terrible cifra de 150 víctimas mortales, incluyéndolo a él. Nada sabemos de su motivación, ya que no informó a nadie de sus intenciones, ni dejó, o no se ha encontrado al menos, nota alguna, en formato analógico o en redes sociales. Hace unos meses le dijo a su novia que algún día haría algo que cambiaría el sistema y por lo que sería recordado, igual que yo, hace una semana, dije a uno de mis alumnos que lo iba a tirar por la ventana, y hace veinte años les dije a mis padres que en poco tiempo sería una estrella del rock. Aunque esa bravuconada no indica peligro alguno de causar una catástrofe, como no lo hace hablar en sueños, algunos medios de comunicación, en busca del morbo, se han apresurado a destacar estos detalles irrelevantes, haciendo que la gente se pregunte si no habría que detener de inmediato a quienes en un momento puntual tengan delirios de grandeza o sufran pesadillas.

¿Qué decir de todos los periódicos que destacan que el piloto había sufrido episodios de depresión, como si estar deprimido empujase a la gente a cometer tropelías? Según datos de la Organización Mundial de la salud, 350 millones de personas, el 5 % de la población mundial, sufre esta dolencia. Una de cada veinte. ¿Conoces a veinte personas? Una cometería una masacre que costaría la vida a 150 personas, sin aviso previo y sin razón aparente, si hemos de hacer caso a estos periodistas. Nada importa que varios psicólogos y psiquiatras ya hayan negado categóricamente la relación entre una depresión y un incidente de este tipo.

Si descartamos el móvil terrorista, lo que parece lógico, pues una de las principales características del terrorismo es la propagación de sus motivos, y el copiloto no ha dejado mensaje; y descartando también, como parece ser que podemos hacer por la respiración calmada del copiloto que puede oírse en los registros de la caja negra, un desvanecimiento, un infarto, u otra dolencia física, nos queda (si descartamos también la narcolepsia, de la que no parece haber quedado rastro en los exhaustivos controles médicos a los que se someten los pilotos) la explicación de una dolencia mental, ya sea crónica o pasajera.

He leído con bastante angustia cientos de mensajes de odio vertidos hacia el comandante, mensajes que partían de personas que asumían que el kamikaze era un enfermo mental, es decir, que una patología no buscada y, lógicamente, no controlada —dado que uno es incapaz de controlar sus enfermedades mentales—, había sido la causante de la actuación funesta de Andreas Lubitz. Es decir, que hay gente que culpa al supuesto enfermo de alguna de las repercusiones de su enfermedad, que es como si reprochásemos a un enfermo terminal de cáncer que se esté muriendo, cuando ni él ha pedido padecer esa enfermedad, ni controla los efectos que produce en su organismo. No se me escapa que los efectos adversos de un cáncer solo afectan a la persona que lo padece, y no a sus familiares ni cualesquiera otras personas, por supuesto, y sin embargo, la supuesta —reitero, supuesta— enfermedad de Lubitz habría tenido la dolorosa consecuencia de costar la vida a un centenar y medio de personas inocentes; aun así, si estamos hablando de responsabilidad, es indudable que igual de responsable es un enfermo de cáncer de su metástasis que un psicótico de los actos realizados a partir de una deformación de la realidad.

Porque ciertas dolencias psíquicas, y, ojo, escribo este artículo asumiendo que hayan sido las causantes de esta desgracia, extremo no confirmado aún, son capaces de provocar que el enfermo perciba de manera totalmente nítida una realidad distinta a la que percibimos los demás; son capaces de hacerles oír voces que no existen, ver cosas que no existen, sentir tactos inexistentes. Cuando digo que son capaces de hacerlo, no hablo de una capacidad controlada o consciente: para ellos la realidad es esa, y ellos ven las creaciones de su mente con la misma claridad con la que tú estás leyendo las palabras de este artículo. Piensa que estas líneas podrían ser una creación de tu cerebro (lo que, desde el punto de vista neurológico, no es del todo falso). Si en lugar del monitor de un ordenador (o un teléfono, o el medio sobre el que estés leyendo esto) estuvieras viendo una enorme araña venenosa con cara de pocos amigos, tu reacción lógica sería matarla a golpes. Pero si resulta que no había ninguna araña, y que delante lo que tienes es una persona a la que estás agrediendo, ¿quién podría hacerte responsable de los puñetazos?

La gran asignatura pendiente de las sociedades modernas en materia de salud es la normalización de las enfermedades mentales. Se ha avanzado mucho: en menos de doscientos años, hemos dejado de asesinar a los enfermos mentales por considerarlos poseídos por espíritus demoníacos; de encerrarlos en lúgubres sanatorios en los que los inmovilizamos de por vida atándolos a camillas o poniéndoles camisas de fuerza; de aplicarles tratamientos consistentes en descargas eléctricas o duchas de agua helada a las cuatro de la madrugada. Pero el estigma sigue ahí. La culpabilidad. Como profesor de Secundaria, no pocas veces al año contemplo las caras de vergüenza de padres y alumnos cuando confiesan que el alumno ha acudido a una consulta psiquiátrica, o incluso psicológica. No faltan los compañeros que tildan de loco a quienes acuden al departamento de Orientación. Fuera del ámbito escolar, muchas familias ocultan la enfermedad mental de alguno de sus miembros, pero no por respeto a la intimidad del enfermo, sino por vergüenza.

El cine ha contribuido en gran medida al estigma de las enfermedades del alma, dado que no es infrecuente que los villanos de las películas sean enfermos mentales, aun cuando mayoritariamente estos enfermos suelen ser víctimas de los ataques de la sociedad, y no atacantes. Ahí está el siempre saludaba que buscan incesantemente los reporteros cada vez que un hombre mata a su pareja, porque una persona como nosotros no es capaz de hacer daño a nadie, y necesitamos excluirlo de nuestra categoría y asimilarlo a la categoría de quienes tienen un mundo interior mucho más trágico que el de nosotros, los que se aíslan de la sociedad debido a sus dolencias, los que no ven la chispa de la vida y les importan tres cominos las cosas que nos hacen felices a los demás, ya sean fútbol, sexo, libros o atardeceres en la playa.

Nuestro sistema de salud pública, antaño probablemente el mejor del mundo y envidia de las naciones desarrolladas —aunque el presidente Rajoy está realizando meritorios esfuerzos por destruirlo—, tampoco se libra de su responsabilidad ante el estigma. Cualquiera que haya estado en la sala de espera de una unidad de salud mental sabe bien de qué hablo: decenas de enfermos, con muy distintas dolencias (que pueden incluir depresiones, agorafobias, fobias sociales y demás) esperando juntos durante interminables horas, cuando para muchos de ellos esperar rodeado de personas puede resultar un sufrimiento equivalente al que padecería alguien con la pierna rota al que se le obliga a esperar de pie. Cosa que no nos cabe en la cabeza. Pero lo otro sí.

Pero, igual que sucede con el problema de la violencia machista, la gran causa es que la sociedad entera está impregnada del miedo y el odio al enfermo mental, sentimientos que parten del desconocimiento y del desprecio a lo que no se ve. De manera similar a quienes niegan el aterrizaje en la Luna porque no estuvieron allí, o quienes desprecian la teoría de la Relatividad porque no la comprenden, multitud de personas aún no aceptan que las enfermedades mentales existen. Sé que puede parecer una afirmación hiperbólica, pero no lo es. ¿Cuántas veces le hemos dicho a un enfermo de depresión que lo que tiene que hacer es salir más y hacer amigos? Y este consejo suele ir acompañado de una risita condescendiente. ¿Seríamos capaces de aconsejar a un enfermo de diabetes que abandonase la insulina? ¿De decir a un tetrapléjico que su enfermedad en realidad no existe, y que debería tener una actitud más positiva, y que así se dejaría de tonterías? ¿Cambiaríamos la prescripción que hace un médico a un enfermo oncológico y le recomendaríamos otra terapia?

¿Con qué motivo, de entre todas las especialidades médicas, no solamente restamos autoridad a los duros años de preparación de los especialistas en Psiquiatría sino que además nos permitimos el lujo de proponer soluciones mejores que las que les dicta su sabiduría? Somos un pueblo fatalmente acientífico, y por eso no confiamos en lo que no vemos. Para nosotros, las enfermedades mentales, dado que no afectan a la estructura de nuestra anatomía, no hacen salir llagas ni granos, no sangran, simplemente no existen. Poco importa que el cerebro humano sea la estructura más compleja conocida de todo el universo observable. Si no vemos una pierna rota, no creemos que haya nada malo. Y el suspenso en esa asignatura causa tremendos sufrimientos a toda la sociedad, pero especialmente a los enfermos mentales y a sus familiares. Ya va siendo hora de que la aprobemos, aunque nos cueste el sacrificio de pasar el verano entre libros.

El bailón más entrañable del mundo

7 de March de 2015

Sucedió en Londres: un señor estaba pasando la tarde (o noche) de su vida en un local y comenzó a bailar. De esto se percataron unos energúmenos, que comenzaron a reírse de él y hacerle fotos. Cuando Sean, que así se llama el bailarín, se dio cuenta, dejó de ejecutar las danzarinas maniobras y adoptó una pose de evidente tristeza, esa tristeza que te embarga cuando ves que hay imbéciles que no soportan que cada cual sea como quiera. No contentos con eso, los payasos subieron estas fotografías a la web imgur en un post en el que lo llaman espécimen.

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Y entonces internet comenzó a funcionar. Aparte de los miles de comentarios en que se afeaba la conducta de los fotógrafos, una chica (Cassandra) impulsó una iniciativa en Twitter para organizar una fiesta privada, donde el hombre podría bailar de forma desinhibida con todas las mujeres que quisiesen acudir. La iniciativa cuajó y el hashtag #FindDancingMan arroja en el momento de escribir este artículo miles de resultados.

Hasta el momento 1727 chicas han confirmado su presencia en la fiesta. No solo eso, sino que parece que el músico Pharrell Williams (sí, el del éxito Happy) está interesado en acudir a animar la velada.

Hasta la hora de escribir esto se han recaudado ya más de 23000 dólares para la fiesta.

Dancing Man fue encontrado, y, lleno de júbilo, declara que estará encantado de volar a California para ser agasajado por este par de miles de chicas de gran corazón.

Y es que, digan lo que digan en televisión, la gente es buena. La mayoría, al menos. Dance like nobody’s watching, Dancing Man.

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