Ars longa, vita brevis

Tres breves historias

8 de December de 2014

2014-12-06 00.34.39

Corrupción. ¿Qué os voy a contar? La tenemos hasta en la sopa. Nuestro país no estaría en la mayor de las ruinas sin la corrupción (porque, para mí, desde el caso de la burbuja inmobiliaria hasta el rescate a la banca que tantos millones nos ha costado, no se explican sin ella). No hace falta que os cuente historias: abrid cualquier periódico.

Lo que quiero rebatir aquí es una de las manidas defensas que algunos políticos y algunos periodistas vendidos utilizan para que lo suyo parezca menor: es que el país es corrupto desde sus raíces. Es que el Lazarillo, bla bla bla. Es que todos pagamos en negro para ahorrarnos el IVA. Os voy a contar tres breves historias vividas o presenciadas en primera persona.

La primera ya la conté aquí hará un par de años. Yo salía de mi instituto después de las clases y, como siempre, nada más pisar la calle, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar el paquete de cigarrillos. Solo había caminado diez pasos más cuando alguien me tocó el hombro. Al volverme, vi a un chico como de entre quince y diecisiete años cuya cara me sonaba, como me suena la de cualquier chico de esa edad desde que me dedico a este negocio, pero a quien no conocía. Me dijo: «Profesor, toma, se te acaba de caer esto». Era un billete de 20 euros. Como conté en su momento, entonces no supe reaccionar: me sentí tentado a regalárselos, pero no sabía qué tal iba a sentarles a sus padres que un profesor le diese dinero. Más tarde lamenté no haberle preguntado el nombre para llamar al día siguiente a su casa y felicitar a los padres por ser eso: padres.

La segunda historia, como la tercera, la conozco gracias a mis responsabilidades como Jefe de Estudios adjunto en mi centro, cargo que desempeño desde julio del presente año. Sucedió casi a principios de curso. Un alumno de 2.º de la ESO acudió a la Jefatura de Estudios con un teléfono móvil. Se lo había encontrado en el baño. Había entrado él solo y se lo encontró allí, encima del lavabo. No había testigos. Era un iPhone 5s (en aquellos momentos aún no se habían presentado los modelos 6 ni 6s, así que era el teléfono más caro de Apple, y uno de los más caros del mercado, con un precio no inferior a los 600 euros). Vino a decir que se lo había encontrado, y que, como no era suyo, nos lo traía por si su legítimo dueño preguntaba por él.

La tercera y última de las historias sucedió hace menos de dos semanas. Tres alumnas de 2.º de Bachillerato, a las que les doy clase de Lengua y Literatura, vinieron a la Jefatura y me mostraron un billete de 50 euros: «Nos hemos encontrado esto, Elías». Como no sabían de quién era, lo trajeron a donde yo estaba (por cierto, eran de un profesor). Nótese la diferencia con los dos casos anteriores: en el primero, el alumno había visto caer el billete de mi bolsillo; en el segundo, es sencillo averiguar el dueño de un teléfono móvil de última generación, por medio del IMEI o por otros cualesquiera. Aquí era muy difícil saber de quién era el dinero. Las alumnas no esperaban ni pidieron nada a cambio, aunque me consta que el profesor, motu proprio, les hizo un regalo. Os aseguro que a los profesores no nos sobran los billetes de 50 euros.

Y esas son mis historias. Así que cuando un político excusa su latrocinio acusando al ambiente y a la gente que le paga el sueldo de ser igual que ellos, podemos decirle: No. Tú eres un ladrón, España no lo es. El problema eres tú.

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