Ars longa, vita brevis

No hables de Plutón, nunca has estado allí

6 de October de 2014

Me ha pasado tres o cuatro veces en el último par de meses. Discutiendo con alguien sobre política, llegamos al tema del país que sea, y te insinúan que no tienes derecho a opinar, o que al menos tu opinión vale menos, por no haber visitado el sitio concreto del que hablas (me ha pasado dos veces con Cuba, que no tengo la suerte de conocer, y una con Cataluña, que sí he visitado bastante y por períodos de tiempo relativamente largos).

En concreto, con Cuba la discrepancia saltó en ambas ocasiones por el mismo asunto: un informe de Unicef que desvela que Cuba es el único país de Latinoamérica donde no existe desnutrición infantil. A Cuba —como a cualquier país, por otra parte— es muy fácil encontrarle defectos, que por supuesto los tiene; pero ese, precisamente, no, si atendemos al criterio de Unicef, que no creo que sea demasiado sospechosa de ser procastrista. Mis interlocutores negaban el informe de Unicef, hablando de la miseria que habían encontrado en las calles de la isla.

«¿Tú has estado en Cuba?» Mi respuesta en ambos casos ha sido «No», monosílabo que espero cambiar en un par de años a lo sumo. «Pues entonces…» Pues entonces, ¿qué? ¿Haber estado una semana en un hotel, en un par de tabernas y una playa, te hace conocer la realidad de un país con más exactitud que haber leído, pongamos, diez informes internacionales?

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Beach days

Este soy yo en Ocean Beach, una extensa y tranquila playa de San Francisco, en California (EEUU). La foto no está ahí para daros envidia (bueno, no solo). Este verano pasé catorce días en el estado dorado. Y no estuve metido en hoteles ni fui transportado en autobuses de ninguna agencia de viajes a los sitios de interés: junto con una amiga, alquilamos un coche en San Francisco y recorrimos el estado de (casi) Norte a Sur, desde San Francisco hasta Los Angeles, pasando por Sausalito, Oakland, San Luis Obispo, Santa Ynez, Santa Monica, etc. Estuve durmiendo en casas de estadounidenses que había conocido por la página CouchSurfing (no pisé un solo hotel; sí un par de moteles de carretera bastante pobres), hablando con ciudadanos estadounidenses e inmigrantes sin mediación (no necesitaba intérprete), yendo a dar paseos por ahí solo cuando no podía dormir por el jet lag; en fin, podéis haceros una idea. Intenté no pasar por zonas no recomendables, aunque, dado que iba con pocas indicaciones previas, ignoro si finalmente lo hice.

Solamente vi tres coches de policía en dos semanas y cientos o miles de kilómetros (dos de ellos eran de policías de tráfico). No presencié un tirón de bolso, una pelea ni un asesinato. Mi conclusión es que Estados Unidos es un país mucho más seguro que España, donde sí he presenciado delitos. Es más: mi conclusión es que en Estados Unidos no hay delitos. Y si alguien que no ha estado allí me dice que en ese país la criminalidad es más alta que en la península ibérica, le diré que se equivoca, y que no tiene ni idea por no haber pisado el continente norteamericano.

Y sin embargo, si hiciera eso, me equivocaría. Según la Wikipedia (que extrae los datos de la United Nations Office for Drugs and Crime, UNODC), en Estados Unidos tienen una tasa de 4,7 homicidios intencionados anuales por cada 100.000 habitantes, y en España tenemos 0,8 (redondeando, ellos padecen seis asesinatos por cada uno que padecemos nosotros, si la población de ambos países fuese equiparable).

¡Pero cómo! ¿Es posible que alguien que eche un simple vistazo a una página de internet me pueda dar lecciones sin salir de su habitación sobre un lugar en el que yo he pasado dos semanas?

Pues sí, por supuesto.

Alguna de las conversaciones derivó al interesante asunto de si los informes de las Naciones Unidas y las noticias que recibimos de los medios de comunicación pueden estar manipulados. Mi opinión es que sí, claro que sí. Sin embargo, si aceptamos las reglas de juego, las tenemos que aceptar hasta las últimas consecuencias. En el caso de Cuba, algún interlocutor aceptaba los informes de Unicef para Cuba, pero no para España (o viceversa). En el caso de Cataluña, mi contrincante aseguraba que los medios de comunicación nacionales —o estatales, para el caso es lo mismo— manipulaban la opinión de la gente en el resto de España, pero los medios de comunicación catalanes gozaban de una integridad purísima mediante la cual toda la información servida por ellos era de una imparcialidad diáfana (id est, no estaba modificada por intereses empresariales ni subvenciones autonómicas).

¿Es entonces posible conocer la verdad? Yo creo que con reservas. El inmenso número de fuentes hace complicado hacerse una idea no ya exacta, lo que es imposible, sino tan siquiera aproximada de la realidad de ninguna situación. Pero cometemos el error de darle demasiada importancia a la observación directa, que adolece de varios defectos graves. Por un lado, al ser nosotros los observadores, estamos irremediablemente mediatizados por nuestra subjetividad (ideas preconcebidas, nuestra historia personal, por poner solo dos ejemplos). Por otra parte, es prácticamente imposible conocer de primera mano la realidad de un país, por pequeño que sea, sin haber vivido meses o años allí, y aun así puede que nos equivoquemos (¿Quién se atreve a decir que conoce perfectamente la realidad española?).

Somos una especie evolucionada de tal forma que la vista constituye nuestro sentido más importante, y eso alberga una trampa: le damos algo más de credibilidad de la que merece (el consabido refrán: «Una imagen vale más que mil palabras»). Cuando mis padres eran jóvenes, una forma clásica de confirmar la veracidad indiscutible de algo era decir: «Lo ha dicho la tele». Hoy somos perfectamente conscientes de que las mentiras por televisión son aún más mentirosas, por convincentes. Pero debemos hacernos a la idea de que nuestros sentidos —y no quiero ponerme demasiado cartesiano— también nos pueden engañar, y mucho. No digo que la experiencia directa sea totalmente desechable, porque no lo es, y además enriquece mucho personalmente (solo por eso merece la pena). Pero cualquiera entiende que alguien que pase una semana en un resort de la Riviera Maya bebiendo ron y alternando con prostitutas de lujo probablemente no se hace una idea exacta ni aproximada de un país inmenso como México.

¿En cuál de todas las falacias conocidas estaría esta de desacreditar la visión del oponente dialéctico y dar la propia por buena porque uno tiene una experiencia directa mínima? Tal vez sea un nuevo tipo de falacia, pues esto de que la gente normal pueda permitirse —o a menudo, ay, se vea obligada a— visitar otros países es un fenómeno relativamente nuevo. Por eso, entre otras cosas, viajeros de la antigüedad como Marco Polo han sido célebres. Yo creo que es parecida a la falacia de generalización apresurada: paso una semana en un sitio, hablo con cinco personas y ya soy una autoridad en la materia.

En cualquier caso, no estoy despreciando la experiencia directa que pueda tener cualquiera sobre un lugar o una situación dados. Como he dicho antes, enriquece. Pero no debemos olvidar que para una hormiga que esté pisando nuestro planeta, este tiene una forma de rama de árbol, planicie más o menos accidentada o túnel, y para un alienígena que jamás haya puesto sus tentáculos aquí y que esté observando la Tierra desde millones de kilómetros de distancia tiene una forma de esfera achatada. Que es, precisamente, la realidad. Cuestión de perspectiva.

1 comentario en “No hables de Plutón, nunca has estado allí”

  • # Carlos dice:
    6 de October de 2014 a las 20:10

    Muy bueno Elías. Muy buen artículo!

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