Ars longa, vita brevis

Muerto el perro

8 de October de 2014

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Soy un amante de los animales. Pero es obvio que la afirmación anterior, al menos en este país, debe ser explicada.

1. No, no creo que los animales sean iguales que las personas. Y no es cuestión de gradación sino de cualidad. Creo que la vida del ser humano más despreciable debe ser conservada con mayor ahínco que la del chimpancé más inteligente. Algunos humanos merecen la muerte, eso es cierto, pero todos merecen la vida. Ningún animal merece morir, como tampoco merecen vivir.

2. No soy vegetariano. Nuestra especie es omnívora. Es una de las cualidades adaptativas que nos han permitido alcanzar el nivel de desarrollo que disfrutamos ahora. Y no veo ningún dilema moral en comer animales. Casi todos los animales son susceptibles de ser devorados por otros, y no podemos prohibir a los animales (o a las plantas) comer animales. Sería absurdo que nos abstuviésemos de comer animales mientras mueren diariamente a millones víctimas de otros animales, carnívoros u omnívoros como nosotros.

3. En el asunto de la experimentación con animales me resulta difícil adoptar una postura definida. Estoy en contra de la investigación para productos estéticos. Pero en el caso de la investigación médica, es muy difícil oponerse a unos experimentos que pueden ayudarnos a encontrar la cura contra enfermedades humanas, por muy doloroso que nos resulte hacerlo.

4. Aun siendo un amante de los animales, tengo muy claro que a veces es necesario que acabemos con algunos de ellos. En los países africanos donde viven los majestuosos elefantes, a menudo se abren períodos de veda para su caza. Los programas de protección tienen a menudo el efecto colateral no deseado de la superpoblación, lo que conduce a que muchos de ellos mueran de inanición (una muerte mucho más lenta y desagradable que un disparo o dos de escopeta) o que ataquen los cultivos de las personas, ocasionando muertes en algún caso. Así que los cazamos.

Incluso el hombre está a punto de causar la extinción intencionada y controlada de una especie animal, el gusano de Guinea, un horrible parásito que parece haber sido creado explícitamente para causar sufrimiento a las personas, sin ningún otro fin natural.

Qué le vamos a hacer. Los que estamos por que se respeten ciertos derechos de los animales no somos unos sucios perroflautas que viven en un mundo lleno de unicornios. Sabemos que en el mundo hay cosas desagradables, y que a veces nosotros mismos tenemos que hacer esas cosas desagradables. En una ocasión los miembros de mi familia llevamos una gata a sacrificar porque tenía una enfermedad incurable que le causaba insoportables sufrimientos y para la que no había tratamientos paliativos. A veces tienes que elegir entre una patada en la entrepierna y que te corten un brazo, y con todo el dolor del mundo eliges la patada.

Esto me lleva a unos cuantos peros que son los que me enfrentan con parte del paisanaje español. Por ejemplo, al punto 1 de este artículo debo ponerle un pero. Los animales no son como las personas, pero eso no significa que no sean nada, o que sean seres no sensibles como una piedra. Sienten dolor, y muchos científicos están convencidos de que muchos de ellos tienen sentimientos semejantes a los nuestros (a quien tenga o haya tenido perro no será necesario demostrarle esto, pues lo sabe de sobras). Incluso existe algo llamado Proyecto Gran Simio que aboga por reconocer ciertos derechos humanos básicos a los grandes simios, dado el alto porcentaje de genoma compartido con nosotros y su inteligencia relativamente superior.

Lo que me lleva al pero del punto 2. Como animales y pienso seguir haciéndolo. Pero eso no significa que no se les pueda dar un trato digno. ¿Qué significa esto? Que comemos animales, pero debemos tratar de darles una vida y una muerte lo menos traumáticas posibles.

Cuando uno se queja de las corridas de toros, del toro de La Vega, de las cabras arrojadas de los campanarios, del sacrificio ritual del borrego en el islam, siempre sale alguna lumbrera a decirte que te comes los pollos criados en granjas donde viven hacinados. Curioso argumento, pues al que te dice tal cosa le importa el mismo bledo el pollo que el toro, pero eso es otro cantar. Lo curioso aquí es que se use el argumento del sufrimiento animal para despreciar a otro animal que sufre. Es como si te encuentran un cáncer y te piden que no sufras porque hay a quien le han encontrado dos a la vez. En fin, con esos argumentos no suele merecer la pena continuar la discusión.

Pero vamos a Excálibur. Ya sabéis todo el revuelo que se ha organizado en el país, y más concretamente en las redes sociales como Twitter, por el previsible y ya confirmado sacrificio del perro propiedad de la enfermera contagiada de ébola. Gran parte del país se ha puesto en contra, y otra gran parte a favor de la eliminación de este animal. En 140 caracteres es imposible exponer una idea en profundidad, y prácticamente solo hay espacio para aforismos, ocurrencias más o menos ingeniosas y salidas de tono. Por eso quiero explicar aquí una de las posibles posturas —la mía— desde las que se defendía salvar la vida del perro, para que quien tenga el infortunio de leer este artículo sepa que los defensores de los animales no somos unos simples descerebrados empeñados en conservar una vida animal a costa de un posible y grave contagio de una enfermedad para la que hoy por hoy no existe cura.

Como amante de los animales, pero antes de las personas, si pensase que la muerte de Excálibur es inevitable y necesaria para evitar un contagio, sería el primero en defenderla, por mucho que me doliera. No creo que deba explicar más este punto.

Pero el caso es que no solo no está claro que matar al perro fuera mejor (uno de los mayores expertos mundiales en la enfermedad, especializado en el contagio entre perros y personas, aconsejaba no hacerlo, pues podía ser clave para la investigación sobre la forma de contagio inter especies). Otros expertos dicen que era necesario sacrificarlo para evitar el contagio (no imagino por qué, pues el perro se encontraba solo encerrado en una casa, al parecer con alimento y comida suficiente para días), y otros decían que daba igual.

Pero lo peor en todo esto es la terrorífica gestión que ha hecho el gobierno de todo el asunto, agravado por su ya bastante avanzado plan para desmantelar la Sanidad pública (como comentaban en Twitter hace un par de meses, con la repatriación del religioso traído de África a España, curiosamente, en una situación de emergencia nacional, llevan a los enfermos a hospitales públicos, demostrando que ni ellos mismos se creen la mentira de que la sanidad privada es mejor). Absolutamente todo se ha hecho de manera improvisada, torpe y zafia, con una ministra de Sanidad que parece una diabólica broma de mal gusto diciendo sandeces cuando se atreve a abrir la boca. Y es que cada paso que da este gobierno en el asunto del ébola me llena de terror. La muerte a sangre fría de Excálibur me apena, pero sobre todo me llena de incertidumbre, porque parece que cada paso que ha dado este gobierno en el tratamiento de la crisis ha sido para empeorarla, y nada me hace pensar que aquí nada vaya a ser distinto. Si alguien demuestra que matar al perro era lo mejor para todos, me acordaré de él durante dos instantes, y luego pensaré que era necesario. Pero de momento, el perro está muerto por una orden judicial, no por unas razones claras y objetivas. Y puede que eso haya sido peor para todos: el tiempo lo dirá.

CODA

De entre los miles de sandeces que he leído en las últimas veinticuatro horas para ofender a quienes pedíamos una gestión más inteligente y humana del asunto del perro, hay unos argumentos que han sido recurrentes, y que lo son cada vez que alguien tiene la osadía de mostrarse preocupado por alguna situación que considera injusta. Son del tipo «te preocupas por el perro, pero no por el religioso que murió de ébola» (antes de ese, era «te preocupas por el religioso, pero no por los africanos que mueren por la misma causa»).

Estos pensantes tienen el privilegio de decidir de qué debes preocuparte, y dado que hay cosas más importantes que un perro, te lo hacen saber.

Lo malo es que esto nos lleva por la ladera nevada que desemboca en el absurdo, pues siempre hay asuntos más importantes:

¿Cómo preocuparnos del perro, si hay al menos dos vidas españolas en peligro (las de la enfermera y su marido)?

¿Cómo preocuparnos de la enfermera, con los cientos que están muriendo en África?

¿Cómo preocuparnos por los cientos de muertos por ébola en África, si en ese mismo continente llevamos décadas de guerras y hambrunas?

Es más, ¿qué son las guerras y hambrunas, si el cambio climático puede producir cientos de millones de muertes en unos pocos años y no estamos haciendo casi nada para evitarlo?

¿Sabéis que cada año cruzan la órbita de la Tierra unas cuantas decenas de meteoritos con un tamaño suficiente como para causar una extinción masiva mayor que la del Cretácico, hace 65 millones de años, que acabó con la mayoría de los dinosaurios? ¿Sabéis que nuestros telescopios tienen la capacidad de rastrear menos del 10% del espacio cercano que rodea nuestro planeta, y que en caso de que lleguemos a darnos cuenta de que viene uno, el impacto será inevitable?

(Recomiendo leer, sobre este asunto, Una breve historia de casi todo, enorme y divertido libro de divulgación científica escrito por Bill Bryson)

¿Cómo os podéis preocupar por los millones de personas que mueren de hambre cuando estamos todos condenados?

Pues eso.

No hables de Plutón, nunca has estado allí

6 de October de 2014

Me ha pasado tres o cuatro veces en el último par de meses. Discutiendo con alguien sobre política, llegamos al tema del país que sea, y te insinúan que no tienes derecho a opinar, o que al menos tu opinión vale menos, por no haber visitado el sitio concreto del que hablas (me ha pasado dos veces con Cuba, que no tengo la suerte de conocer, y una con Cataluña, que sí he visitado bastante y por períodos de tiempo relativamente largos).

En concreto, con Cuba la discrepancia saltó en ambas ocasiones por el mismo asunto: un informe de Unicef que desvela que Cuba es el único país de Latinoamérica donde no existe desnutrición infantil. A Cuba —como a cualquier país, por otra parte— es muy fácil encontrarle defectos, que por supuesto los tiene; pero ese, precisamente, no, si atendemos al criterio de Unicef, que no creo que sea demasiado sospechosa de ser procastrista. Mis interlocutores negaban el informe de Unicef, hablando de la miseria que habían encontrado en las calles de la isla.

«¿Tú has estado en Cuba?» Mi respuesta en ambos casos ha sido «No», monosílabo que espero cambiar en un par de años a lo sumo. «Pues entonces…» Pues entonces, ¿qué? ¿Haber estado una semana en un hotel, en un par de tabernas y una playa, te hace conocer la realidad de un país con más exactitud que haber leído, pongamos, diez informes internacionales?

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Beach days

Este soy yo en Ocean Beach, una extensa y tranquila playa de San Francisco, en California (EEUU). La foto no está ahí para daros envidia (bueno, no solo). Este verano pasé catorce días en el estado dorado. Y no estuve metido en hoteles ni fui transportado en autobuses de ninguna agencia de viajes a los sitios de interés: junto con una amiga, alquilamos un coche en San Francisco y recorrimos el estado de (casi) Norte a Sur, desde San Francisco hasta Los Angeles, pasando por Sausalito, Oakland, San Luis Obispo, Santa Ynez, Santa Monica, etc. Estuve durmiendo en casas de estadounidenses que había conocido por la página CouchSurfing (no pisé un solo hotel; sí un par de moteles de carretera bastante pobres), hablando con ciudadanos estadounidenses e inmigrantes sin mediación (no necesitaba intérprete), yendo a dar paseos por ahí solo cuando no podía dormir por el jet lag; en fin, podéis haceros una idea. Intenté no pasar por zonas no recomendables, aunque, dado que iba con pocas indicaciones previas, ignoro si finalmente lo hice.

Solamente vi tres coches de policía en dos semanas y cientos o miles de kilómetros (dos de ellos eran de policías de tráfico). No presencié un tirón de bolso, una pelea ni un asesinato. Mi conclusión es que Estados Unidos es un país mucho más seguro que España, donde sí he presenciado delitos. Es más: mi conclusión es que en Estados Unidos no hay delitos. Y si alguien que no ha estado allí me dice que en ese país la criminalidad es más alta que en la península ibérica, le diré que se equivoca, y que no tiene ni idea por no haber pisado el continente norteamericano.

Y sin embargo, si hiciera eso, me equivocaría. Según la Wikipedia (que extrae los datos de la United Nations Office for Drugs and Crime, UNODC), en Estados Unidos tienen una tasa de 4,7 homicidios intencionados anuales por cada 100.000 habitantes, y en España tenemos 0,8 (redondeando, ellos padecen seis asesinatos por cada uno que padecemos nosotros, si la población de ambos países fuese equiparable).

¡Pero cómo! ¿Es posible que alguien que eche un simple vistazo a una página de internet me pueda dar lecciones sin salir de su habitación sobre un lugar en el que yo he pasado dos semanas?

Pues sí, por supuesto.

Alguna de las conversaciones derivó al interesante asunto de si los informes de las Naciones Unidas y las noticias que recibimos de los medios de comunicación pueden estar manipulados. Mi opinión es que sí, claro que sí. Sin embargo, si aceptamos las reglas de juego, las tenemos que aceptar hasta las últimas consecuencias. En el caso de Cuba, algún interlocutor aceptaba los informes de Unicef para Cuba, pero no para España (o viceversa). En el caso de Cataluña, mi contrincante aseguraba que los medios de comunicación nacionales —o estatales, para el caso es lo mismo— manipulaban la opinión de la gente en el resto de España, pero los medios de comunicación catalanes gozaban de una integridad purísima mediante la cual toda la información servida por ellos era de una imparcialidad diáfana (id est, no estaba modificada por intereses empresariales ni subvenciones autonómicas).

¿Es entonces posible conocer la verdad? Yo creo que con reservas. El inmenso número de fuentes hace complicado hacerse una idea no ya exacta, lo que es imposible, sino tan siquiera aproximada de la realidad de ninguna situación. Pero cometemos el error de darle demasiada importancia a la observación directa, que adolece de varios defectos graves. Por un lado, al ser nosotros los observadores, estamos irremediablemente mediatizados por nuestra subjetividad (ideas preconcebidas, nuestra historia personal, por poner solo dos ejemplos). Por otra parte, es prácticamente imposible conocer de primera mano la realidad de un país, por pequeño que sea, sin haber vivido meses o años allí, y aun así puede que nos equivoquemos (¿Quién se atreve a decir que conoce perfectamente la realidad española?).

Somos una especie evolucionada de tal forma que la vista constituye nuestro sentido más importante, y eso alberga una trampa: le damos algo más de credibilidad de la que merece (el consabido refrán: «Una imagen vale más que mil palabras»). Cuando mis padres eran jóvenes, una forma clásica de confirmar la veracidad indiscutible de algo era decir: «Lo ha dicho la tele». Hoy somos perfectamente conscientes de que las mentiras por televisión son aún más mentirosas, por convincentes. Pero debemos hacernos a la idea de que nuestros sentidos —y no quiero ponerme demasiado cartesiano— también nos pueden engañar, y mucho. No digo que la experiencia directa sea totalmente desechable, porque no lo es, y además enriquece mucho personalmente (solo por eso merece la pena). Pero cualquiera entiende que alguien que pase una semana en un resort de la Riviera Maya bebiendo ron y alternando con prostitutas de lujo probablemente no se hace una idea exacta ni aproximada de un país inmenso como México.

¿En cuál de todas las falacias conocidas estaría esta de desacreditar la visión del oponente dialéctico y dar la propia por buena porque uno tiene una experiencia directa mínima? Tal vez sea un nuevo tipo de falacia, pues esto de que la gente normal pueda permitirse —o a menudo, ay, se vea obligada a— visitar otros países es un fenómeno relativamente nuevo. Por eso, entre otras cosas, viajeros de la antigüedad como Marco Polo han sido célebres. Yo creo que es parecida a la falacia de generalización apresurada: paso una semana en un sitio, hablo con cinco personas y ya soy una autoridad en la materia.

En cualquier caso, no estoy despreciando la experiencia directa que pueda tener cualquiera sobre un lugar o una situación dados. Como he dicho antes, enriquece. Pero no debemos olvidar que para una hormiga que esté pisando nuestro planeta, este tiene una forma de rama de árbol, planicie más o menos accidentada o túnel, y para un alienígena que jamás haya puesto sus tentáculos aquí y que esté observando la Tierra desde millones de kilómetros de distancia tiene una forma de esfera achatada. Que es, precisamente, la realidad. Cuestión de perspectiva.

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