Ars longa, vita brevis

El amanecer del Planeta de los simios (crítica)

23 de July de 2014

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Diez años después de los sucesos narrados en la película El origen del Planeta de los simios, el llamado virus simio ha acabado con el 99 % de la población mundial y, después de una guerra entre simios y humanos, los simios viven en el bosque en una situación parecida a la de nuestro Paleolítico, cazando animales con armas rudimentarias e ignorantes de la agricultura y la ganadería. Cosa curiosa es lo de la caza, dado que los grandes simios que aparecen en la película —chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes— son principalmente herbívoros; sin embargo, esto puede no ser un fallo, sino una alusión a la teoría de que nuestro cerebro empezó a desarrollarse en gran medida cuando comenzamos a consumir carne, plena de proteínas y reservas calóricas en forma de grasa.

Los simios, establecidos en un bosque cercano a la ciudad de San Francisco, son seres pensantes que se comunican mediante lengua de signos, aunque uno (César, el protagonista del filme anterior y actual líder de los monos) es capaz de articular palabras. Se preguntan si han sobrevivido humanos en la Tierra, dado que hace diez años que no se encuentran con ninguno.

Y en estas estamos cuando hace aparición un grupo de humanos, surge el conflicto porque disparan a un simio temiendo una agresión, y los simios, como es natural, se cabrean, aunque en aras de la paz deciden dejar ir con vida a las personas bajo la promesa de que nunca regresarán al bosque donde los simios moran. Pero hay un problema: los humanos necesitan ir al bosque a poner en marcha una presa que les proporcionará energía (la catástrofe no ha sido solo humana, sino también tecnológica, y los humanos viven sin electricidad), así que deciden solicitar a los simios el permiso para realizar los trabajos pertinentes y largarse luego.

Viene entonces un par de interesantes debates, uno en el bando de los humanos, otro en el de los simios, sobre la conveniencia de acceder a una coexistencia —que no convivencia— pacífica o iniciar una guerra para exterminar a los otros.

La película tiene un guion interesante, creo que está rodada con bastante agilidad, y las interpretaciones son, por lo general, buenas. Creo que no os aburriréis si decidís ir a verla con cierto interés y sin prejuicios. Las imágenes CGI ya tienen en el cine una madurez impresionante, y aunque sigue habiendo momentos en que uno se da cuenta de que está viendo muñequitos dibujados en 3D, el trabajo es casi siempre excelente, especialmente en el modelado físico de los simios y en sus expresiones faciales. A partir de aquí vienen unos párrafos que os desvelarán detalles del desarrollo de la trama y del final, así que si no has visto la película aún, te recomiendo dejar de leer ahora.

Soy un aficionado a las películas de acción y a las películas con animales, así que yo albergaba pocas dudas de que esta película fuese a gustarme. Pero, además, me encanta absolutamente la obra maestra El Planeta de los simios, brillante metáfora sobre los conflictos raciales en Estados Unidos protagonizada en 1968 por Charlton Heston y basada en la novela de Pierre Boulle (y que, probablemente, tiene el mejor twist ending de toda la historia del séptimo arte). Esta película dio origen a un par de secuelas, cada una peor que la anterior, y, antes de las dos de la serie actual, a una cinta dirigida por Tim Burton, perfectamente olvidable salvo, en todo caso, por las interminables piernas de Estella Warren.

Lo que me gusta de las películas de esta serie es que invitan a reflexionar sobre el origen y el desarrollo de los conflictos dependiendo de si tomas al oponente como un ser humano, como algo idéntico a ti, o como algo sustancialmente distinto. En el caso de la película clásica, vemos que el mundo ha cambiado de manos y está dominado por simios y que las personas han vuelto a un estado prehistórico en que apenas son capaces de comunicarse con un lenguaje articulado, y son cazados por los simios para hacerlos objeto de experimentos y tenerlos como esclavos. En la escena central de la película, un tribunal debate sobre si se deben conceder derechos a los humanos, a lo que la mayor parte de la sociedad simia se opone dado que no nos consideran seres pensantes. Solo la aparición de Taylor (Heston) y su asombrosa capacidad para hablar y, en apariencia, pensar, les hace reconsiderar, solo a algunos de ellos, este concepto, siempre con la oposición conservadora de los simios que controlan la sociedad (en esta película existe un interesantísimo sistema de castas en que, dependiendo del tipo de simio, cada individuo tiene sitio solo en un estamento social).

En el caso de la película que nos ocupa resulta interesante la comprobación de que, habiendo entre ambos grupos —simios y humanos— tanto miembros proclives a la paz como otros que exigen el genocidio de los enemigos, finalmente los conflictos son originados por situaciones fortuitas o malinterpretadas: un humano dispara a un simio en primer lugar porque teme su ataque; casi al final de la película, la guerra comienza porque los simios creen, por error, que un humano ha asesinado a César.

También es llamativo el proceso mediante el cual los simios, que al principio tienen como principio inquebrantable la máxima simio no mata a simio, cambian de idea cuando el simio violento (cuya violencia se explica por las torturas a las que fue sometido en un laboratorio por científicos), Koba, que comparte apodo con el tirano soviético Stalin, rompe este principio y se convierte en el Caín de la raza simia y condena a su especie y a todas las demás a la guerra con la Humanidad. Este suceso no solamente resulta en una catástrofe privada (asesinato) y otra pública (guerra), sino que tiene consecuencias sociales: del estado cándido del buen salvaje de Montaigne los simios pasan a una sociedad en la que empiezan a contemplar como necesario el encarcelamiento de sus semejantes en jaulas, que hasta el momento habían reservado para los humanos, y, en última instancia, César se convierte en creador y primer ejecutor de la pena de muerte cuando deja morir a Koba, espetándole «Tú no eres un simio», lo que me parece un burdo intento de la película por justificar la pena capital. Matar está mal, pero antes de matar, despojamos al condenado de su condición humana (simia, en este caso), y así lo podemos eliminar sin remordimientos.

Me ha apenado un tanto la moraleja que he extraído de la película, que para mí transmite el mensaje de que los simios y humanos no solamente no pueden convivir, sino que tampoco pueden existir al mismo tiempo: a cosa hecha o sin querer, siempre llegan los dos bandos a la conclusión de que, si conocen la existencia del otro, la única solución posible es el genocidio, y que la paz es una tela delicadísima que se rasga en un minuto y no puede volverse a reparar. Me hace pensar en el actual conflicto en la franja de Gaza, que no parece tener visos de solucionarse a corto ni aun a medio plazo.

Como he venido diciendo, me han resultado interesantes todos los debates que sugiere la película en sus dos horas de duración que parecen menos. Me ha dado lástima que no retomaran la idea de la primera película de que dentro de los propios simios también surgen discriminaciones raciales, pero en conjunto creo que es difícil que aburra a mucha gente.

No sé si está programada, pero el final de la cinta sugiere con fuerza el rodaje de al menos una película más, en la que se narre la gran guerra entre simios y humanos que lleve a la derrota de los últimos y al predominio mundial de los simios. Es una película en cualquier caso divertida: si te gustan los temas, no te la pierdas; si simplemente estás aburrido, creo que saldrás del cine habiendo gastado con gusto el precio de la entrada y de las palomitas. Notable alto.

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