Ars longa, vita brevis

SMS

20 de March de 2014

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Esta mañana me han preguntado qué opino sobre esto: la forma que tienen los jóvenes —y no tan jóvenes; gente de mi edad me escribe mensajes así— de escribir en sus mensajes cortos, o, ahora, sobre todo en Whatsapp.

Pero, para saber lo que opino, antes tengo que pedantear un poco.

La codificación

Todo esto tiene que ver con la codificación, que intentaré explicar de forma breve y sencilla, empezando por lo simple.

Un signo es un elemento que se encuentra en lugar de otro elemento concreto, y que, al percibirlo, nosotros asociamos con lo segundo. Un ejemplo: si oímos un sonido de cristales rotos, nosotros no solamente oímos el ruido, sino que entendemos que se ha roto algún objeto de vidrio en el lugar del que procede el sonido.

Hay tres tipos de signos, dependiendo de su relación con el elemento al que representan:

  • Iconos:

    Se parecen al elemento al que sustituyen. El parecido puede ser muy fidedigno (una fotografía, o la grabación de una voz en un aparato grabador de audio) o menos (el muñequito que indica que una puerta da al servicio de señoras). En la vida moderna estamos muy familiarizados con los iconos gracias a la informática.

  • Indicios o índices:

    No se parecen al elemento sustituido, pero guardan alguna relación natural y necesaria. Por ejemplo, la fiebre es síntoma de enfermedad; el humo, indicio de fuego; la presencia de huellas dactilares en un vaso indica que el dueño de esas huellas lo ha cogido, etc.

  • Símbolos:

    La relación que tiene este signo con lo que representa es convencional: ni se parece a lo representado, ni guarda ninguna relación necesaria con ello. El signo representa lo representado únicamente por un acuerdo —convención— entre personas. Ejemplos paradigmáticos son la mayoría de las banderas, la paloma blanca como símbolo de la paz o las luces del semáforo. Los seres humanos son realmente competentes cuando se trata de comunicarse mediante símbolos: todas las palabras lo son. Por ello los idiomas son tan distintos: si la palabra «perro» guardase alguna relación con su significado, sería difícil explicar por qué en inglés es «dog», en alemán «hund» y en catalán «gos».

    (En realidad, en muchísimos idiomas, como el castellano, el origen de la palabra que designa a nuestros peludos amigos es un misterio.)

    Para que el símbolo funcione, es necesario aprenderlo. Uno puede intuir que hay fuego si ve humo, o que un monigote representa una persona, pero nadie puede adivinar qué significa una palabra en un idioma extraño sin aprenderla antes.

    Posiblemente muchos símbolos fueron en su origen índices o iconos (por ejemplo, las onomatopeyas son iconos en su origen, a pesar de ser distintas en cada idioma), pero el devenir del tiempo y de la estructura de los signos hace que frecuentemente se pierda su origen icónico.

Un código es un sistema de signos, es decir: un conjunto de signos más unas reglas que rigen su combinación. Las palabras del castellano, por ejemplo, son signos. La norma que dice que a un sustantivo femenino le corresponde un adjetivo femenino es una regla. Yo suelo explicar en clase los códigos mediante el juego del ajedrez: hay distintos tipos de piezas —igual que hay varias clases de palabras— y hay unas reglas para moverlas. Mover las piezas sin atender a las normas del ajedrez no es jugar al ajedrez, igual que aprenderse de memoria un diccionario de griego sin conocer su gramática no equivale a saber griego.

Todas las lenguas son códigos, pero, aparte de las lenguas, hay muchos códigos más: códigos de relaciones sociales, protocolos a la hora de sentarse a comer, el código de circulación, el lenguaje de las flores cuando se regalan, el famoso código de los abanicos, etc.

Cuando hablamos, estamos codificando significados. No la realidad: una palabra equivale a un significado, no a un objeto. La palabra «árbol» no se encuentra en lugar del árbol, sino de un significado convencional en nuestra mente, que en una situación de comunicación concreta puede representar un árbol que tengamos delante, uno que vimos en nuestra infancia, uno que hayamos visto en una película u otro que no haya existido nunca. Si os interesa el tema de la significación y la referencia os remito al conocidísimo triángulo de la significación de Ogden y Richards.

Escribir es simbolizar sonidos con dibujos. Eso en la escritura moderna occidental, porque no siempre ha sido así. En un principio, los jeroglíficos egipcios eran icónicos —representaban lo correspondiente a su dibujo—, aunque pronto se vio que ese sistema era pésimo en términos de economía lingüística, y los jeroglíficos empezaron a representar sílabas o modificaciones en otros signos (después de otros pasos intermedios).

El siguiente paso de la codificación escrita lo constituyeron los «alfabetos» consonánticos, y entrecomillo la palabra alfabetos porque en realidad no representan todos los sonidos, sino solamente las consonantes o a lo sumo las consonantes y algunas vocales. Ejemplos de este tipo de alfabeto son el árabe o alifato y el hebreo. La evolución última, al menos por el momento, la constituyen los alfabetos que transcriben tanto los sonidos vocálicos como los consonánticos, como en el caso del alfabeto griego o del latino, que es el que estáis leyendo ahora mismo. Con ellos es posible no solamente transcribir los fonemas, sino otros elementos de la expresión, como el acento, la entonación y las pausas. Aun así, no existe alfabeto en la actualidad capaz de captar todos los matices de la lengua oral. Es por esto que a menudo es necesario explicar, por ejemplo, las ironías cuando enviamos mensajes de teléfono, y también es por esto que leer los comentarios agresivos en determinados foros de internet es tan divertido.

No debe extrañarnos esta incapacidad de la lengua escrita para expresar matices del lenguaje: se piensa que es posible que una mutación genética en nuestros antepasados hace 100.000 años haya sido la causante de que hoy nos expresemos con símbolos orales. Los cambios fisiológicos y neurológicos necesarios para que nuestra especie haya desarrollado esta forma de comunicación dan para un artículo muy largo, y además no es el objeto de este. Baste decir que, en comparación, los restos más antiguos conservados de escritura tienen apenas 6.000 años, es decir, que si el hombre hubiese empezado a hablar hace cien años, habría inventado la escritura hace solamente seis. Para decir esto debemos asumir que los restos más antiguos de escritura conservados son realmente los más antiguos; pero, todo hay que decirlo, también supone asumir que la lengua oral no tiene más edad de la que le suponemos.

Vamos al meollo. Lo que hace la gente cuando escribe tq o xq en lugar de te quiero o por qué es simplificar el código. Casi ningún código es autosuficiente, todos cuentan con ciertas ayudas que auxilian al receptor cuando debe entender lo que se le quiere decir. El caso más sencillo es una conversación oral frente a frente. Para suplir las carencias de nuestro código —que las tiene, a pesar de que las lenguas naturales son increíblemente efectivas para comunicarse en la mayoría de las situaciones— echamos mano de gestos, movimientos, la posición del cuerpo, distintos volúmenes y entonaciones de voz, etc. En un chat de internet es frecuente que recurramos a los llamados emoticonos. Lo importante, en una situación de comunicación, es que el mensaje sea recibido y descodificado por el receptor de la manera más perfecta posible y con un gasto mínimo de energía. Esto es muy matizable, y se podría escribir sobre ello otro artículo, pero para el tema que tratamos nos vale esta explicación (hay fórmulas no muy económicas que ayudan a cuestiones distintas de la de la mera recepción-descodificación, como las formas de cortesía, «por favor», «gracias» y otras, que ayudan a conseguir no solamente el entendimiento de quien nos oye, sino su colaboración).

Si una adolescente le escribe al que cree que será el amor de su vida y padre de sus hijos «tq muxo mi xulo. q as exo oi?» y el adolescente, después de leer los mensajes de las otras tres a las que se está intentando beneficiar, lee el de la chica y lo entiende, el código habrá cumplido su cometido a la perfección. Si hay alguna palabra que no entienda, puede preguntar. Esto puede verse como una falta de eficiencia en el código, pero en realidad no lo es, si en la mayoría de los casos el ahorro de caracteres es superior. Una de las características del lenguaje, cuando se le deja libre, es que siempre va aprendiendo a decir lo mismo con menor gasto de energía. Se sabe que puede compararse la edad de dos lenguas midiendo la media silábica de sus palabras: si las palabras son más cortas, el idioma es más antiguo. Por eso el latín SARTAGINEM ha dado el castellano «sartén», sin ir más lejos. Como sistema de codificación de falsos mensajes de amor entre adolescentes y ya no tan adolescentes, el llamado lenguaje SMS es, pues, perfecto.

Pero a mucha gente preocupa que esto pueda hacer que las personas ignoren y, por tanto, respeten cada vez menos las normas ortográficas. Aquí, a falta de haber realizado —o leído— ningún estudio al respecto, solo puedo hablar de mi experiencia docente durante diez años. Y esta experiencia me dice que la codificación de los SMS no tiene nada que ver con las faltas ortográficas. Es cierto que la ortografía de los adolescentes españoles actuales deja mucho que desear, pero es muy raro, casi anecdótico, el caso en que veo que la falta se asemeje a la escritura mínima usada en Whatsapp. Los adolescentes no cometen faltas ortográficas porque escriban como escriben sus mensajes cortos. Desconocen la norma, pero no suelen intentar sustituirla por la escritura móvil. Este tipo de escritura mínima tiene su porqué en la necesidad de inmediatez en la comunicación, en el ahorro de tiempo y energía —es decir, cumple una función propia del lenguaje, e incluso propia de todos los seres vivos y casi cada una de sus actividades mientras están vivos—, y, al principio, cuando se escribían SMS, en el coste de cada mensaje, que hacía necesario incluir la mayor cantidad posible de información en el número más pequeño de caracteres. En esto, los adolescentes demostraron ser unos auténticos genios de la codificación, que podrían haber sido fichados por los creadores de WinRar.

Porque lo que hacen en sus mensajes es comprimir. Enfadarnos porque los adolescentes se coman letras en sus mensajes es como enfadarnos con un programa compresor de archivos porque el archivo que nos llega tiene un tamaño inferior al de los archivos comprimidos. Si, una vez descomprimido, el archivo está intacto, ¿cuál es el problema? Pues lo mismo pasa con el lenguaje: lo importante es que al descomprimir —esto es, al descodificar— el significado esté completo y sea entendido. Mientras esto pase, no hay motivo de preocupación.

La poca observancia de las normas ortográficas tiene, en mi opinión, otros orígenes: la escasez de lectura, el desprecio general por la educación, la desidia —ay— de muchos profesores, la falta de profesionalidad de muchos profesionales del lenguaje (da miedo abrir un periódico o leer el rótulo de una noticia en el telediario), etc. Pero, ¿los SMS y los mensajes de Whatsapp? En mi opinión son admirables.

Nota: este artículo está deliberadamente lleno de vaguedades, cientos de puntos sin matizar y puede que alguna imprecisión, pero está hecho así aposta para lograr el objeto de su argumentación. Pretendía aportar mi opinión, y para ello era innecesario pasar horas revisando manuales y teorías. Lo dicho, no obstante, ha pretendido ser riguroso, aunque no detallado, pero los lectores que encuentren algún error son libres de hacerlo saltar en los comentarios, y serán debidamente tenidos en cuenta.

4 comentarios en “SMS”

  • # John Constantine (@JohnConstantin1) dice:
    21 de March de 2014 a las 0:32

    Pues me ha convencido usted. Y gran explicación, la del principio.

  • # Crul dice:
    21 de March de 2014 a las 11:56

    Coincido en gran medida con tu opinión, pero sobre todo agradezco el desarrollo del tema. Apasionante.

    Gracias

  • # Mendrugo dice:
    21 de March de 2014 a las 20:42

    Soy un enamorado del idioma español (oral y escrito) porque no conozco más (acaso un poco de latín y algo de francés). Y como tal reconozco que, de la misma forma que como tú alucino (-) con el trabajo de muchos periodistas, también alucino (+) cuando leo una exposición como la tuya. Amén de compartir tus opiniones finales.
    Gracias y un saludo.

  • # Sissi dice:
    22 de April de 2014 a las 20:05

    mark:)

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