Ars longa, vita brevis

La sociedad, el mercado y la LOMCE

13 de May de 2013

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En uno de los capítulos del libro Las trampas del deseo, del psicólogo Dan Ariely, se habla de las «normas sociales» como un opuesto a las «normas mercantiles». Esto es más o menos así: en nuestra esfera psicológica, diferenciamos claramente, aunque a menudo sin darnos cuenta, lo que hacemos profesionalmente de lo que hacemos por el placer de ayudar al prójimo. Es por eso, por ejemplo, que ayudaríamos a un amigo —o incluso a un vecino más o menos desconocido— a subir un piano a su casa a cambio de la invitación a un café, pero no a cambio de dos euros. Además, según parece haber demostrado el autor, si cometemos la imprudencia de romper el engrase social, la buena relación se pierde. Un caso práctico: un amigo nos invita a comer como muestra de amistad. Él aceptaría que no le diésemos nada a cambio —de hecho, lo hace por el aprecio que nos tiene—, o que lo invitemos a un par de copas. Pero si nos ofrecemos a pagarle la comida, se produciría una desagradable reacción que podría estropear para siempre nuestra amistad.

A este respecto me han llamado especialmente la atención algunos párrafos que cuentan cómo las empresas han ido añadiendo elementos afectivos o sociales a las condiciones de trabajo de sus empleados, para crear en ellos un vínculo de fidelidad y que les sea más difícil abandonar su puesto. Cuando se trabajaba en cadenas de montaje, por horas, y había un silbato que marcaba el final del turno, el trabajador simplemente dejaba su puesto y se iba —como es lógico, puesto que era esa hora la que se le pagaba, ni un minuto más—. Uno de los trucos de la empresa consiste ahora en pagar mensualidades, con lo que el tiempo que se supone que dedicamos a trabajar por un dinero estipulado tiene unos límites más difuminados. Pero hay otros trucos:

Hoy, cada vez más, las empresas consideran ventajoso crear un intercambio social, sobre todo en la medida en que en el mercado actual los países avanzados son, de manera creciente, productores de bienes intangibles. […] Y paralelamente la frontera entre el trabajo y el ocio se ha hecho más difusa. Los que dirigen las empresas quieren que pensemos en el trabajo mientras vamos conduciendo a casa o mientras estamos en la ducha. Nos dan ordenadores portátiles, teléfonos móviles y Blackberries para salvar la distancia que va del trabajo a casa

Cuidado, pues, con los regalos envenenados. Tu jefe no te regala un móvil de empresa porque sea un buen tipo, sino porque así es tu dueño las veinticuatro horas.

El autor continúa argumentando que la transformación de toda relación empresarial en una relación puramente mercantil, sin nada de social, puede, a medio plazo, convertir al trabajador en alguien menos productivo.

Hay algo, también, sobre la educación; concretamente, sobre los peligros de convertir la educación en una mera fábrica de productores, de trabajadores empresariales, de emprendedores, por usar la terminología liberal:

En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

Si este investigador sabe de lo que habla —y yo diría que sí, pues imparte clases en una de las universidades más prestigiosas del planeta—, nos la vamos a pegar estrepitosamente con la futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, PDF), que el Gobierno está a punto de aprobar con la oposición de una mayoría de la comunidad educativa, y cuyo quinto párrafo, sin retocar, es este:

La educación es el motor que promueve el bienestar de un país; el nivel educativo de los ciudadanos determina su capacidad de competir con éxito en el ámbito el panorama internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por un futuro mejor.

Puede que esto sea bueno, a corto plazo, para los beneficios empresariales. ¿Pero es bueno para la sociedad? Yo tengo mis serias dudas.

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