Ars longa, vita brevis

El fin de la infancia

5 de May de 2013

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Este ha sido el primer libro que he leído en el lector de libros electrónicos que me ha regalado mi buen amigo Carlos S., así que en primer lugar comentaré muy brevemente algunos aspectos de la experiencia, comparándola, sobre todo, con la lectura en el iPad, que ha sido el único otro dispositivo digital en el que he finalizado la lectura de alguna obra completa.

En general, a pesar de que las letras son muy pequeñas, es cierto que la tinta electrónica hace que la vista se te canse un poco menos. Sin embargo, por la naturaleza de la pantalla, el dispositivo para leer a oscuras depende de una luz externa, y esto hace algo más incómoda la lectura con poca luz. Por otra parte, es cierto que, al leer en este aparato, la sensación de estar leyendo un libro era algo mayor que la que se siente con el iPad. Al menos no hay interrupciones cada vez que alguien comenta algo en Facebook o te menciona en Twitter. Y ahora, vamos a por el libro.

En cuanto al estilo, es bastante plano, aunque no del todo. Sin embargo, no considero que esto sea un defecto (y, por lo demás, de los escritores de ciencia-ficción, Clarke siempre me ha parecido el más «literario»). El rigor científico es importante en una obra que se precie de este género, y creo que es más fácil dar esa impresión de verosimilitud rigorista por medio de un estilo poco artificioso que, no lo olvidemos, sigue siendo un estilo (el máximo exponente de esto que podríamos llamar «transparencia científica» para mí siempre ha sido el enorme Asimov). Está narrado con agilidad y no incluye informaciones que hagan necesaria una licenciatura en ciencias para entender todos los conceptos. De hecho, el más complicado con el que tiene que enfrentarse el lector es el de la relatividad del tiempo según Einstein. La novela, no lo olvidemos, es de 1953 (Wikipedia, en inglés).

En plena carrera espacial entre las dos superpotencias que resultaron de la II Guerra Mundial, esta se encuentra con un fin abrupto: la llegada de decenas de enormes naves nodriza que se sitúan sobre las ciudades más importantes del planeta. Al principio la humanidad las contempla sin recibir ningún mensaje, pero después, en perfecto inglés, un representante de los extraterrestres, llamado Karellen, comienza a comunicarse con los seres humanos por medio del secretario general de las Naciones Unidas. Karellen comienza a dar instrucciones a la humanidad, que son, según él, para su propio bienestar. A pesar de que, en un principio, surgen movimientos que se oponen a seguir las directrices de los recién llegados —a los que los humanos comienzan a llamar superseñores—, con el tiempo se demuestran dos cosas: primera, que todo intento de resistencia es vano, puesto que los superseñores cuentan con una tecnología inimaginable para nosotros, y pueden, incluso, inducir daño físico sin que medie contacto. Segunda, que la humanidad realmente alcanza una especie de edad de oro gracias a la intervención de los extraterrestres. Se acaban el hambre, las guerras, las enfermedades y el sufrimiento. Todo el mundo llega a conseguir lo que quiere, y cada uno puede dedicar su vida a lo que le plazca.

Así las cosas, se hace difícil poner pegas a la nueva situación. Pero hay algo que los hombres no entienden. ¿Por qué los superseñores no se dejan ver, y siempre se comunican con mensajes de voz? ¿Es demasiado terrible el aspecto ante la mirada humana? ¿O es que tienen un aspecto tan semejante a nosotros que si los viéramos no admitiríamos el autoritarismo paternalista al que nos someten? La respuesta, en palabras de Karellen, deberá esperar cincuenta años. La humanidad aún no está preparada. Pero, pasado medio siglo, el mismo Karellen, junto con otros superseñores, descenderá de las naves y se mostrará a la raza humana en su forma física. ¿Cómo serán los recién llegados?

A partir de aquí, no solo voy a desvelar el aspecto de los superseñores, sino gran parte de la trama de la novela, incluyendo el final; por tanto, si tienes pensado leerla, te recomiendo que detengas la lectura de este artículo aquí, o que sigas asumiendo tu propio riesgo.

Spoilers!

Pasados cincuenta años, por fin, ante unos hombres que no han perdido un ápice de su interés, Karellen hace bajar su nave a tierra firme y se presenta ante los ojos de los habitantes terrestres. Y resulta que es… un demonio. Igual que el que la imaginería cristiana ha ido pintando en miles de obras a lo largo de la historia: enorme —calculo que de unos tres metros, aunque no creo recordar que se mencione la estatura exacta—, con grandes alas membranosas, una larga cola, unos pequeños cuernos de cabra y unos inexpresivos ojos colocados en una cara oscura. Ahora entendemos por qué los superseñores no se han dejado ver antes —impidiendo, así, que muchos seres humanos lleguen a conocer su aspecto, por haber muerto ya—: necesitaban demostrar su bondad el tiempo suficiente, así como la nula posibilidad de veracidad de las religiones, para que su aspecto pudiese ser aceptado por nosotros.

Una vez desvelado el misterio, ¿qué queda? Los demonios alados han proporcionado al hombre todo lo que necesitaba, denegándole únicamente una cosa: la exploración espacial. La mayor parte de nuestros congéneres acepta esta limitación sin mayores problemas, pues tiene la barriga llena y libertad absoluta de movimientos (todo el mundo tiene una nave particular en la que puede moverse por la Tierra a su antojo). Sin embargo, la ausencia de problemas ha causado el estancamiento de los avances científicos y artísticos. Las personas no tienen problemas que solucionar mediante la ciencia, ni por los que quejarse y desahogarse en grandes obras musicales o literarias. Una pequeña colonia de seres humanos desafía las directrices de los superseñores, e instaura una colonia en lo que fue Grecia —las fronteras nacionales han desaparecido— que se dedica al arte y al contacto más primario con la naturaleza.

Hay un intento, exitoso, de introducir un polizón en una de las naves nodriza que regresa al mundo de los demonios, de consecuencias insospechadas y trascendentales para el infiltrado. Y, mientras este aventurero se encuentra en su viaje hacia una lejana estrella, la humanidad comprende cuál es el propósito final de los superseñores. La raza humana llega a su fin. Los niños terrestres están a punto de culminar su evolución, y formar parte de una supermente que controla todos los rincones del universo. El homo sapiens está viendo sus últimos días en el universo.

Esta idea de una especie de superconciencia, separada del mundo físico —o al menos no sujeta a sus limitaciones— se repetirá después en 2001, una odisea espacial, del mismo autor, a pesar de que Clarke, que yo sepa, solo cita el relato corto El centinela como germen de la novela-guion que escribió mano a mano con el director Stanley Kubrick. Es una idea recurrente en él: llegará un momento en que la humanidad podrá sustituir nuestro cerebro por estructuras mecánicas y eléctricas, y toda la mente de una persona —sus conocimientos, experiencias y sensaciones vividas— pueda duplicarse, con lo que se habrá alcanzado un punto cercano a la inmortalidad. El siguiente paso sería convertir esa estructura mecánica en un ente constituido únicamente por energía, que pudiese albergar todas las experiencias de la humanidad entera, con lo que la evolución habría llegado a su fin. Es, de hecho, el niño de las estrellas que se ve al final de 2001. En esta novela Clarke se salta el estadio cibernético y enlaza la idea de una supermente con la de la parapsicología, en la que descubrimos que los superseñores están curiosamente interesados.

Hacía años que no leía nada de ciencia-ficción, que yo recuerde, y ha sido gratificante volver a encontrarme con el género. Lo mejor de estas novelas es que te proporcionan ejercicios mentales aparte de placer estético —frecuentemente, más lo segundo que lo primero— y, aunque no es lo mejor que he leído ni en el género ni a Arthur C. Clarke, sé que está considerado un clásico de este tipo de novelas, y no podía dejarlo escapar.

Otras críticas sobre este libro:

1 comentario en “El fin de la infancia”

  • # Efrain N. Byrd dice:
    6 de June de 2013 a las 3:23

    Cincuenta años después de su llegada, Karellen y sus tripulantes superseñores se revelan físicamente a la humanidad. Su aspecto es el de la tradicional imagen de los diablos con alas, cuernos y colas. Eran más altos que los seres humanos, y proporcionalmente más corpulentos. Muy sensibles a la luz del día, eran capaces de respirar el aire terrestre por breves periodos de tiempo.

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