Ars longa, vita brevis

Amor de cuatro milenios

18 de February de 2013

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Restos de escritura cuneiforme en un bajorrelieve —creo recordar que— asirio. British Museum, Londres, agosto de 2009.

¡Ah, el amor! Unos historiadores descifraron en 1939 el contenido de la que, creo, es la carta de amor más antigua que se conserva en su forma original. Alguien escribió hace 4.000 años en una pequeña tabla de arcilla estas palabras:

Para Bibea. Que los dioses, si me son propicios, te conserven la salud. Dime cómo estás. Fui a Babilonia, pero no te vi. Fue una gran decepción. Cuéntame la razón de tu marcha, y permite mi alegría. Mantente siempre bien, hazlo por mí. Gimil.

Poco que ver con el reggaeton. Aquí el artículo original de la revista Popular Science, vía Neatorama.

El derecho a decidir

14 de February de 2013

Por supuesto, de entrada, sí. En una sociedad humana, siempre hay quien decide las cosas. Si no las decide la gente, las decidirá el dinero, u otro tipo de poderes.

Claro, esto no es tan simple, no es que cada uno decida lo que quiera, hay múltiples variables que se deben tener en cuenta: la primera, cómo afectan nuestras decisiones a los demás. Puedo decidir poner la música muy alta en mi casa a las tres de la madrugada, pero los vecinos, tal, ya sabéis. Aun así, me repito: en términos absolutos, siempre es mejor tener capacidad de decisión que no tenerla, porque si no decides tú, alguien decidirá por ti —por eso, tras muchos años de firme proselitismo abstencionista, ahora digo: ¡votad siempre!—.

Pues resulta que estaba revisando la etiqueta Libros en mi blog, para un asunto personal que no os interesa, y llegué a la crítica que escribí sobre la monumental obra Persépolis, de la dibujante de cómics iraní Marjane Satrapi; por algún motivo, en aquel momento, hace casi cinco años, elegí esta viñeta para ilustrar el artículo.

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Resulta que todo sigue teniendo sentido: en pueblos analfabetos —¿hay alguno que no lo sea, excepto algunos de los nórdicos?— , la bandera y el odio al que tiene un dios distinto es lo que más aglutina las mentes, las aspiraciones, la acción. Lo vemos en España, con los nacionalismos llamados periféricos, y el nacionalismo llamado no nacionalismo —el español—, que hace a la gente olvidar crisis y recortes y creerse todas las mentiras que cuentan, por ejemplo, los medios oficiales catalanes a los catalanes, y los medios oficiales estatales a todos los españoles; y lo vemos, por desgracia, en muchos países árabes, donde se han librado, o se están librando de tiránicas satrapías que gobernaban al servicio de los poderes económicos occidentales para votar democráticamente a gobiernos que imponen la ley islámica. Toma ya.

Quien piense que estoy en contra de Cataluña o de su nacionalismo en particular no me conoce; y quien piense que rechazo la religión islámica por encima de otras, es que no me conoce tampoco (de hecho, considero patria y religión casi como sinónimos). Pero la viñeta de Satrapi es absolutamente certera, tanto, que duele.

¿Entonces, estoy en contra del derecho a decidir en según qué casos? No. Por supuesto, no me gusta ningún país gobernado por leyes religiosas, se llame Egipto o Ciudad del Vaticano; tampoco me gusta que se me pida un pasaporte en la frontera con Cataluña, como no me gustaría que a un catalán se lo pidieran para entrar en La Rioja: me gustaría llamarme paisano de ellos, pero es cosa aparte. Creo que la viñeta de Persépolis tiene también la solución. Es necesario educar a la gente. Mejor. Y ya.

Es decir: hacer justo lo contrario de lo que estamos haciendo.

¿Nos sirve Finlandia?

3 de February de 2013

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Día del Docente, Melilla, enero de 2013.

Una pesadilla en la cocina particular me ha impedido ver el programa Salvados de hoy, que prometía estar interesante, ya que hablaba de lo mío, la educación. En unos minutos —cuando lo cuelguen en la web— lo veré, pero no espero encontrar nada que me sorprenda, ya que he leído millones de píxeles sobre el tema.

La educación en Finlandia funciona, y mucho mejor que la de nuestro país, aun siendo el nuestro uno de los de la OCDE que más gasta por alumno. Las cosas, sin embargo, no están tan mal por aquí. Me explico brevemente: sí, nuestro país está por detrás de unos cuantos que nos hieren en el orgullo, pero la cosa en realidad no es tan catastrófica. Si bien es cierto que Finlandia y Corea del Sur están bastante por delante del resto de estados, en segundo lugar nos encontramos con un puñado de países con niveles muy similares, así que la distancia entre España y el que está diez puestos por delante —o por detrás— puede ser de milésimas.

Además, hay que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, España es uno de los países que más ha avanzado en el sector educativo en los últimos veinte o treinta años. Y partíamos de una situación catastrófica. Hace solamente treinta años, aún estábamos funcionando con una ley del régimen anterior (la Ley General de Educación de 1970), pensada para una sociedad muy diferente, sin igualdad de oportunidades, sin un estado que pudiera llamarse de derecho, sin democracia, sin educación para todos. Yo aún recuerdo, y toda la educación que he recibido ha sido en un estado ya democrático, como compañeros míos abandonaban el sistema educativo en la EGB (ahora, Primaria) y nadie se preocupaba, educativamente, por ellos. La denostada LOGSE fue la primera que se tomó en serio una escolarización total de la población, hasta los —ciertamente discutibles— dieciséis años, invirtiendo además mucho dinero y mucho seso en mantener en el sistema educativo a los alumnos con más dificultades para seguir. La educación no solamente debe medirse en términos de resultados comparativos, sino también en los éxitos en la tarea de conseguir que sea un bien que llegue a todos los ciudadanos. En este sentido, dudo que haya muchos países de la UE que, partiendo de una situación tan desgraciada, hayan avanzado tanto.

Pero, por otra parte, y aunque siente bien criticarlo todo sin datos y aunque el desprestigio de todos los que no seamos nosotros sea uno de los deportes nacionales, la situación de hoy, sin fijarnos en la evolución, tampoco es catastrófica. Aquí tenéis un archivo en formato PDF sobre los resultados del informe PISA del año 2009 (los últimos que he encontrado) con distintos factores ordenados. Andamos por la mitad de la tabla. Pero si nos fijamos en un epígrafe concreto al azar (por ejemplo, voy a coger el primero, que es algo así como «competencia lectora general»), vemos que nuestra amada Finlandia obtiene una puntuación de 536, mientras España un ¿desastroso? 481. ¡Son 55 puntos de diferencia! Pero otra forma de verlo es que, si Finlandia es un 10, España es un 8,9. Ya no parece tan grave, ¿verdad? Irlanda, siguiendo la misma proporción, tendría algo menos de 9,3, y Austria, por ejemplo, no llega al 8,8. Ya podemos respirar un poco más tranquilos, ¿verdad?

Hay algo que seguro que tratará el programa de Jordi Évole, y es la cuestión de que, en Finlandia, el acceso a la docencia de Primera es muy dura. Es necesario un expediente académico excelente, y solo los mejores de cada facultad pueden acceder a ser maestros. Muy diferente de aquí, desde luego. El grado de Magisterio, según me cuentan, es, por así decirlo, demasiado fácil. Pero no concentremos las críticas: yo, con una Licenciatura considerada de las facilitas y una especie de broma llamada Certificado de Aptitud Pedagógica (que ahora creo que es una broma algo más larga y mucho más cara), y tras unas duras oposiciones, soy profesor de Secundaria del Estado. Aunque las oposiciones no son algo sencillo ni nada que se le parezca, está claro que en el sistema finlandés están seleccionando a los mejores de los mejores, y aquí no. ¿Nos iría mejor si la selección de los profesionales de la educación fuese más cuidadosa? Pocas dudas albergo sobre ello. No obstante, sí tengo una duda, y la considero tan importante que le voy a dedicar un párrafo aparte. Duda:

¿Es posible tener a los mejores, a los que hayan demostrado a lo largo de años de dedicación una valía y un esfuerzo muy superiores a la media, pagando los sueldos que se pagan en este país, para que luego cualquier mastuerzo apilando ladrillos cobre el triple que tú? La respuesta también la tengo clara. Y ¿es posible tener a los mejores, cuando, después de alcanzar el trabajo que quieres, al que te quieres dedicar, eres para la práctica totalidad de la sociedad un vividor que no sabe nada? ¿Una especie de adversario de alumnos y padres, al que buscarle las cosquillas, que no tiene crédito alguno, ni respeto por parte de nadie? ¿Al que un alumno puede levantar la voz, ridiculizar y menospreciar, y que cuando el profesional se queje, en un gran número de ocasiones el alegre progenitor cuestiona delante de su propio hijo? Vamos a decirlo más claro, y por ello más crudo: ¿Creéis que una persona con dos dedos de luces se expondría a menosprecios y agresiones por 1.600 euros mensuales? Yo creo que no.

La sociedad piensa que dentro de los cuerpos de profesores y maestros del Estado estamos los más vagos, ignorantes, desequilibrados y vividores de la nación. Ni siquiera voy a cuestionarlo, asumiré simplemente que es cierto. Lo único que digo es: si quieres a los mejores, págales como a los mejores y haz que los respeten. Si no, cualquiera que sea más o menos avispado huirá de esta profesión como de una mala enfermedad. Se irá a trabajar a la obra por 2.500 al mes, o, si es listo de verdad, se meterá en algún partido político a cobrar sobresueldos.

Pero ni tan siquiera creo que sea esa la cuestión de fondo. La cuestión de fondo es: Finlandia no es España. Lo que sirve para un país, podría no servir para otro. Ojalá fuese tan fácil: bastaría en irnos a otro país que funcione mejor que nosotros en algo, copiar todo lo que hacen, y vale (por ejemplo, todos los países podrían haber copiado el sistema de Sanidad que teníamos, que era la envidia del mundo antes de que se lo cargase el Partido Popular). Pero la realidad es bastante más poliédrica. Partimos de situaciones históricas distintas, de sociedades distintas, de climas distintos. Pasé unas inolvidables vacaciones en Noruega hace unos años, y allí la gente lee mucho. Pero es que a partir de cierta hora el clima te impide salir a la calle sin morir. Además, la televisión era basura (vale, en eso no éramos tan distintos). Se respiraba cultura en el aire, y no hablo simplemente de centros educativos: en cada esquina del país había un aprecio por la cultura, por el arte, la ciencia, la literatura. Preguntabas a cualquier Noruego de quién se sentían orgullosos, y cualquiera te hablaba de Edvard Munch, de Henrik Ibsen, de Peer Gynt. ¿Alguien de aquí diría Picasso, Delibes, Manuel de Falla? No, mientras tengamos nadales, iniestas y busquets. Nuestra enfermedad está en la calle y en los hogares, no en colegios e institutos.

La educación en este país no solo tiene arreglo, sino que lo necesita. Y podemos aprender mucho de Finlandia. Pero no cometamos el error de pensar que todo se arregla clonando: estaríamos administrando la misma medicina para tratar enfermedades muy distintas.

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