Ars longa, vita brevis

¿Y por qué hablamos?

10 de January de 2013

¿Por qué hablamos? ¿Por qué, entre tantas formas de comunicación posibles, la preferida por nuestra especie es la palabra hablada? ¿Tiene que ver con la inteligencia? ¿Habría sido posible desarrollar una inteligencia superior, como la del ser humano, si nuestra forma preferida de comunicación fuese otra? A la inversa, ¿habríamos desarrollado un lenguaje oral de doble articulación si la evolución de nuestro cerebro hubiera seguido otros derroteros? ¿Por qué no pueden hablar los monos?

Estas y muchas otras preguntas relacionadas con el lenguaje y con la comunicación en general han originado ríos de tinta y montañas de libros, y lo seguirán haciendo, aun a sabiendas de que muchas de ellas tienen una respuesta muy difícil de obtener, y de que hay otras que, o se desmonta la Teoría de la Relatividad y se empiezan a realizar viajes hacia atrás en el tiempo, o no obtendrán una respuesta nunca (como, por ejemplo: ¿cuál fue la primera palabra?).

Hay una de esas preguntas, sin embargo, que tiene una respuesta ampliamente aceptada y que se da prácticamente por cierta en casi todos los círculos lingüísticos. Esta pregunta es: ¿Por qué hablamos? O, expresada de otro modo: ¿Por qué nuestro principal canal de comunicación es acústico, siendo, como es, la vista el sentido más desarrollado por nuestra especie, y del que más nos fiamos? ¿Por qué, a pesar del consabido refrán de que vale más una imagen que mil palabras, sigue siendo la palabra nuestro principal medio de comunicación? ¿Por qué podemos expresar cualquier cosa con palabras, pero no con imágenes?

La respuesta, en una palabra, es: desertización.

Viajemos, mentalmente, en el tiempo.

Se estima que el último antepasado que conservamos en común con los chimpancés habitó el cuerno de África hace unos ocho millones de años. Poco tiempo —en términos geológicos, claro— después encontramos un par de probables antepasados nuestros en el mismo lugar, pero cuya evolución los ha apartado de nuestra familia (y disculpad la ausencia de términos más científicos): el Sahelanthropus y el Orrorin. Esto no tendría por qué tener nada de especial: seis millones de años antes, chimpancés, gorilas y orangutanes también compartieron un abuelo. Al separarse la evolución de grupos distintos de este antepasado, se originaron especies distintas de simios. ¿Qué hacía a nuestros ancestros tan especiales como para que los humanos sean tan diferentes de los simios? La clave es esta: ya eran, o intentaban ser, bípedos. Esta diferencia, la más notable al observar el esqueleto de un humano junto al de un gran simio, tuvo bastantes más repercusiones de las que podría parecer, a pesar de que una posición sobre dos extremidades es, en principio, una desventaja en términos de estabilidad y velocidad de los desplazamientos. Más adelante entraremos en cómo el bipedismo propició nuestro lenguaje; de momento, nos centraremos en descubrir por qué empezamos a caminar solamente sobre las extremidades inferiores.

Los chimpancés se desplazan sobre sus cuatro extremidades, al igual que —con toda probabilidad— nuestro antepasado común. Esto, en principio, no tiene nada de bueno ni de malo. Desde cualquier ser unicelular que se desplace mediante extensiones de su anatomía hasta un milpiés, existe una miríada de probabilidades distintas, adaptada cada una de ellas al ambiente en que el organismo se desenvuelva. Y esta es la cuestión: saber por qué, en un momento concreto, nos resultó más ventajoso en términos evolutivos abandonar la estabilidad que nos proporcionaban nuestras cuatro seguras patas. Y ahí es donde entra en el juego el cambio climático.

Hace entre 6 y 7 millones de años, la zona habitada por nuestros antepasados comenzó a desecarse progresivamente. Las tupidas selvas que se han conservado en otras zonas del continente —y en otras partes del mundo— hasta hoy desaparecieron, y dieron paso a un paisaje menos exigente en cuanto a la humedad: la sabana, terreno escaso de árboles cuya vegetación consiste, principalmente, en altas hierbas y arbustos tras los cuales podían ocultarse fácilmente los depredadores.

sabana
Fotografía original de C. J. Schmit

Los chimpancés se sienten cómodos en el suelo, y también en los árboles. Pero los árboles proporcionan un par de ventajas: la primera, que no todos los depredadores están adaptados para trepar por ellos; la segunda, que su altura brinda una estupendo campo de visión. Esta protección y este puesto privilegiado de vigía se acabó cuando se acabaron los árboles. Desde ese momento, los nuevos depredadores, cuyos colores se confundían con los marrones y amarillos de la sabana africana, y que habían evolucionado para convertirse en silenciosos asesinos, podían, simplemente calculando la dirección del viento, pasar totalmente inadvertidos hasta que nuestros pobres tatarabuelos simios los tenían literalmente encima. La supervivencia peligraba en ese mundo salvaje. Como siempre, sobrevivirían los más aptos.

¿Y cuáles fueron los más aptos? Bien, la supervivencia en ese mundo de altas hojas obligaba a los simios a alcanzar el campo de visión más alto sin la ayuda de los árboles. En un terreno fundamentalmente bastante plano, la única opción era utilizar el propio cuerpo como atalaya, así que, de vez en cuando, entre bocado y bocado, los monos empezaron a separar las dos extremidades anteriores del suelo para echar vistazos al horizonte. Esto pueden hacerlo hoy todos los monos. Pero en sus desplazamientos, normalmente, siguen moviéndose a cuatro patas. Su esqueleto les dicta la postura.

pelvis_comparison
Fuente

Poco a poco, probablemente los monos a los que la postura bípeda les resultaba más incómoda y, por lo tanto, podían mantenerla con menos frecuencia y por períodos de tiempo más cortos, fueron cayendo en las fauces de los depredadores. La evolución, entonces, funcionó como siempre. Los que estaban más tiempo sobre dos patas sobrevivieron en mayor cantidad y fueron pasando sus genes a las generaciones posteriores. Con el tiempo, la postura bípeda predominó, al ir adaptándose la fisionomía de la especie a ella.

Esto tuvo una consecuencia crucial en nuestra historia: los brazos quedaron libres, y a su vez fueron evolucionando hasta convertirse en unas manos que nos permiten fabricar y manipular herramientas cada vez más complejas, lo que fue determinante en nuestro éxito como especie. Pero no íbamos a hablar de manos ni de herramientas, sino del lenguaje.

Aunque los grandes simios tienen unas manos bastante eficientes, con las que pueden transportar objetos y utilizar herramientas, en situaciones de urgencia transportan los objetos y alimentos con la boca, para conservar la eficiencia del desplazamiento cuadrúpedo para el que sus cuerpos están adaptados. Y, en la naturaleza, casi todas las situaciones son de urgencia. Sin embargo, nuestros antepasados, una vez dejaron totalmente de utilizar los brazos para caminar, encontraron en ellos una herramienta más poderosa que la boca para transportar objetos. Y podían, además, emplearlos inmediatamente, toda vez que ya los tenían en las manos.

La boca, que hasta entonces nos permitía consumir los alimentos en un lugar distinto al que lo habíamos obtenido —función que aún conserva en innumerables especies, como gatos, lobos o casi todas las aves—, perdió de repente esa exclusividad, y se convirtió en una herramienta secundaria para ese menester. Hoy en día podemos utilizarla para eso, pero como recurso extremo, cuando no podemos llevar más cosas con las manos.

Entonces, y aún no se sabe muy bien cómo, ni por qué, comenzamos a darle mayor importancia en la comunicación. Es probable que también sea debido a que en un entorno con escasa visibilidad la comunicación acústica sea mucho más eficiente que las que usan otros canales. Puede haber entrado en juego también la circunstancia de que, al complicarse nuestro cerebro, adaptándose a un nuevo y más complejo uso de las manos, nuestras posibilidades conceptuales propiciaran una mayor expresividad en nuestros primitivos gruñidos. Lo que es seguro es que, a partir de ese momento, gran parte de nuestro organismo, desde el diafragma hasta el cerebro, pasando por los labios, comenzaron a evolucionar para adaptarse a un lenguaje como el que tenemos (es una de las causas, por ejemplo, de que los chimpancés no puedan atragantarse y nosotros sí).

Cómo se influyeron mutuamente el aumento de nuestra capacidad intelectual, el uso de las manos y el desarrollo de un lenguaje oral complejo es una cuestión que es posible que nunca dilucidemos. Es muy probable, incluso, que si el cuerno de África hubiese continuado siendo una región húmeda sembrada de altos árboles, nuestros antepasados, u otros, hubiesen desarrollado una inteligencia con capacidades de abstracción, con una memoria prodigiosa y con todas las características que definen nuestro intelecto. Pero lo que es seguro es que, de no haberse secado la mitad de África, el cuento habría sido bien distinto. No hay como un buen cambio climático para cambiarlo todo.

4 comentarios en “¿Y por qué hablamos?”

  • # julifos dice:
    14 de January de 2013 a las 1:17

    Como sesteador habitual a la hora de los documentales, he escuchado ya esta teoría y doscientas más (no sobre el habla, sino sobre el bipedismo). Lo malo de las teorías evolucionistas es que, si fueran ciertas, todos los seres habrían evolucionado de la manera mejor y más eficiente. Todos seríamos bípedos y tendríamos un cerebro bien desarrollado, etc. Hay muchas especies que se yerguen para ver qué se cuece alrededor, o que se vuelven bípedas (aunque sea un rato) para poder transportar más objetos (comida, por ejemplo). Pero eso no hará que los monos ni los suricatos puedan hablar, al menos durante los próximos cien mil años. Yo creo que la evolución explica sólo la parte explicable. Lo otro creo que se debe a la aleatoriedad, o como quiera llamarse (me consta que muchos le llaman Dios, utilizando distintas palabras y asemejando el concepto a lo que más les conviene).

    La explicación de que la boca perdió su exclusividad y por tanto pudo asumir más funciones, no me convence ni lo más mínimo. De hecho, los bichos (los mamíferos) utilizan la boca para comunicarse, con independencia de que sea también su primer órgano para la alimentación y, en ocasiones, para transportar objetos.

    Yo creo que toda la clave está en el cerebro. Él fue quien ordenó el bipedismo, el uso de herramientas y el pensamiento lógico (en general). Quien provocó la evolución del ser humano, y de sí mismo. Y el sonido es mucho más práctico que el vídeo, dónde va a parar… No es que uno sea cuadrúpedo y las yerbas estén delante de tus narices. Es que nuestro campo de visión es muy limitado, en comparación con el sonoro (sobre todo si uno es miope). Para “ver” hay que esforzarse. Hay que enfocar. No es una limitación del medio, sino del físico. Hay que girar la cabeza, localizar dónde está el mensaje, enfocar y descifrar. Además, sí, si hay siete brazas de gramíneas frente a tu nariz, eso también es un obstáculo a salvar. Pero el mensaje (si fuese puramente visual), nunca te habría alertado, ya que nunca lo habrías llegado a ver. Lo sonoro llega y ya. Lo visual, en cualquier caso, está intrínsecamente ligado a la comunicación, a la comunicación en el sentido más profundo. No existiría un lenguaje tan rico sin lo visual. Imagínate un topo el día del padre: ¿padre, cómo te gustan las corbatas? Hay de todos los colores, con rayas, con puntitos. No sé, hijo, todas me parecen iguales. Bueno, padre, cogeremos una cualquiera; por si no lo has notado, tengo todo el rostro desfigurado, porque me ha atacado una garduña. Ah, bueno, no pasa nada, para mí sigues siendo el mismo. Vale, guay.

    Con o sin cambio climático, creo que los cerebros han ido evolucionando a su aire. Y, al mismo tiempo, pueden haber ido sobreviviendo los más capaces físicamente. Ahora que las condiciones son bien distintas, habría que analizar esta cuestión desde otro punto de vista. No es ya sobrevivir, sino ver en qué condiciones. Ya no sólo cuenta la herencia genética (que incluso puede pasar a un segundo plano), sino la otra, la de los bienes muebles e inmuebles. Si uno corre más rápido o lento ya no determina nada. Ahora cuenta más ser listo o tener un padre con bonos del tesoro. Y aun más allá, eso tampoco es determinante, ya que hasta el más listo y evolucionado homo sapiens puede decidir, un día, quitarse de enmedio, por la directa o por la indirecta (comportamiento que, dicho sea de paso, tampoco es exclusivo de los humanos => desobedecer al instinto de la supervivencia).

    Creo en la “evolución paralela” (física y mental) y me da en la nariz que el habla tiene más que ver con la evolución mental.

    Salud.

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    9 de April de 2013 a las 23:06

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    9 de May de 2015 a las 18:09

    […] ¿Y por qué hablamos? ¿Por qué no pueden hablar los monos? Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos) […]

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