Ars longa, vita brevis

La educación inútil

30 de January de 2013

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Permitidme que empiece con una historia personal. A quien no le interese mi vida, puede leer el grueso del artículo aquí.

Entre 2002 y 2003 estuve trabajando en una oficina bancaria como cajero. A pesar de mi formación en Filología Hispánica —especialidad en Lengua Española—, ni me apetecía ser profesor, que era prácticamente la única salida profesional para mis estudios, ni el banco encontró problemas en que un destripalibros estuviese tras una ventanilla. Mi experiencia no superó el año, aunque el trabajo me gustaba y, a decir de mis jefes, lo hacía bastante bien. En pocos meses me asignaron la caja de las empresas, donde se movían cantidades grandes de dinero y donde las operaciones eran más complicadas que las de las ventanillas destinadas a vosotros, despreciables mortales, en las que casi todo se reduce a tres o cuatro operaciones (retirada de efectivo, ingresos, transferencias, pago de recibos, sus respectivas anulaciones, y ocasionalmente un cambio de divisas o un pago judicial; muy poco más). Todo lo aprendí allí. Era normal, ¿no? Después de todo, mis conocimientos universitarios consistían en mucha Literatura, mucha Gramática, mucha Semántica, bastante Filosofía, algo de Historia, Latín, Griego, Inglés, prácticamente nada de Matemáticas y Física, aunque algo sí (ciertamente, mucho menos de lo que me habría gustado, pero sí, algo de eso hay en Filología). Era normal, decía. Hay un hecho que no lo hace parecer tan normal. Cuando mis superiores tuvieron claro que el banco (al que, a partir de ahora, llamaré «el Banco») iba a prescindir de mis servicios, me asignaron como aprendiz a un economista, para que le enseñara los entresijos de las dos grandes cajas fuertes con apertura retardada y de las complejas operaciones bancarias comerciales, que incluían movimientos en el extranjero, pagos en distinta moneda y cosas más complicadas.

¿Qué pasa, que un filólogo con unos meses de experiencia sabe más de banca que un economista recién escupido de la facultad? Es obvio que no. Pero en la facultad no le habían enseñado a operar con el software bancario al uso, ni los detalles de muchas operaciones. Y ello a pesar de que, por supuesto, una de las principales salidas de un economista es la banca (bien es cierto que, siendo la docencia la principal opción de filólogos, filósofos, historiadores y demás, tampoco nos enseñan en la universidad maldita la cosa sobre pedagogía).

Claro, el Banco no desea que un licenciado en economía se pase su vida laboral contando billetes. Para eso sirve cualquiera. Al final, lo que quiere es gente que venda productos. Y productos que son difíciles de vender: tened en cuenta que, al fin y al cabo, el negocio del Banco es este. Dame tu dinero. Y a cambio yo no te doy nada. A lo sumo, te quitaré de vez en cuando parte de tu dinero en comisiones.

(Hay merluzos que acuden como moscas a las heces cuando alguna entidad anuncia una oferta de cacerolas, batidoras, o qué sé yo por tener un dinero en depósito durante un tiempo. No saben, claro, que el Banco siempre gana. No solo gana mucho más teniendo ese dinero retenido durante ese tiempo que lo que le cuestan las cacerolas, ganancia que, por cierto, siendo un poco avispado, el cliente también podría multiplicar; además, las susodichas cacerolas se entregan en concepto de intereses, con lo que el rendimiento de la cuenta baja, y, por otra parte, en la declaración de la Renta pagas por esos intereses. Sin embargo, si hay algún empleado —o ex— bancario leyendo esto, sabrá bien lo que tiene que aguantar uno tras la ventanilla, la mala educación de los pequeños codiciosos, que han llegado a insultar a un servidor cuando se negaba a prestarse a sus chanchullos. Pero vayamos a lo nuestro.)

Así que mi sucesor, en unos pocos meses, estaba en una mesa, vendiendo hipotecas, seguros, préstamos y participaciones preferentes. Para eso hace falta poco, y nada —creo— de lo que te enseñarán en Ciencias Económicas: don de gentes, labia, buena presencia, ser avispado y guardar tus escrúpulos en algún cajón del cuarto de baño de tu casa antes de ir a trabajar. Creo recordar que a mi aprendiz le fue bien, pues meses más tarde, siendo yo ya profesor, lo vi en una mesa, contento con su puesto. Envidió, sin embargo, las nóminas de un profesor de Secundaria como yo, pues había visto varias de colegas míos a los que había vendido productos. El Banco, ay, ya no es lo que era. Allá donde estés, un abrazo. No recuerdo tu nombre.

¿Qué debemos enseñar en el sistema público de Educación? ¿Qué es útil? Y he aquí la pregunta realmente importante: ¿Para quién?

¿Qué se enseña en los colegios e institutos de Secundaria? Puedo hablar de los segundos, que son los que conozco. Lengua, Literatura, Matemáticas, Filosofía, Ciudadanía, Biología, Economía, Música, Física, Química, Educación Física, Psicología, Latín, Griego, Inglés y otros segundos idiomas, y ¡válgame Dios!, Religión. Algo me dejaré en el tintero, quizás. ¿Cuánto de esto le sirve a un alumno? ¿Cuánto a la sociedad?

¿De qué le sirve a una persona que se está desangrando en medio del bosque saber diferenciar entre un objeto directo y uno indirecto? ¿De qué le sirve a una persona que se está desangrando en medio del bosque conocer el Teorema de Pitágoras?

¿Y a un abogado? ¿A un barrendero? ¿A una cajera de supermercado, un tiburón de la bolsa, un astrónomo, un alergólogo?

Si me pongo, tal vez me costase, pero estaría dispuesto a jurar que puedo encontrar la utilidad tanto de la sintaxis como de la geometría para cada una de esas profesiones. Pero ¿cuándo? ¿Para qué?

Este es un tema importante. Un ciudadano debe ser creativo. Todo el mundo puede encontrarse con un problema. Incluso quien esté en una cadena de montaje apretando siempre el mismo tornillo. La realidad, por suerte, es aleatoria (dulce juego de palabras; guiño). Nunca sabes cuándo va a fallar el tornillo, o el destornillador. Ni de qué forma. Tengo entendido que los que aprietan los tornillos de los coches de Fórmula I en boxes son ingenieros aeronáuticos. No sé si es cierto, pero me parece probable. Después de todo, si necesitas a alguien que apriete un tornillo, ¿qué prefieres? ¿Un título de la ESO o un grado de Ingeniería?

Hablo con gente, leo foros en internet. Siempre sale la misma cuestión cuando se habla de la educación en este país. Se enseñan muchas cosas inútiles. Muchas cosas que al alumno nunca le servirán en su vida laboral. La nueva reforma de nuestra Educación, que previsiblemente entrará en vigor en breve, hace hincapié en esto. La utilidad de la Educación. Su servicio económico. Crear personas adaptadas al mundo laboral actual, empleables. Trabajadores. Obreros. Hormigas. La máxima pregunta relacionada con la cuestión es: ¿Para qué sirve hoy el latín?

Mi respuesta: según para quién. Para nada, al tejido empresarial de este país. Para nada, a nuestra economía. Para nada, en fin, a Angela Merkel, que es para quien estamos trabajando últimamente todos los españoles. A ellos no les sirve para nada. A ellos tanto les da que estudiemos latín como que miremos un cuadro, observemos las estrellas con un telescopio, practiquemos el sexo con protección, leamos una novela, juguemos a un videojuego, veamos un atardecer con una hermosa señorita o disfrutemos de una ópera o de una actuación de Chiquito de la Calzada. De nada les va a servir a ellos, ni a nosotros como profesionales. Seguramente.

Steve Jobs dejó sus estudios universitarios oficiales y se dedicó a acudir como oyente a las clases de caligrafía (aquí lo cuenta; ya lo publiqué una vez, en otro artículo. Si no lo habéis visto, hacedlo). Muchos años después, y sin un maldito título universitario que llevarse a la boca, basó gran parte de su creatividad con los ordenadores en el diseño. Y hoy, en 2013, después de su muerte —como el Cid de la leyenda—, millones de modernos pagan precios exagerados por sus productos. Porque son bonitos. Porque se ven bien. Yo estoy escribiendo esto en un iMac. No entraré aquí en una digresión sobre la bondad o maldad de los productos de Apple. Solo quiero decir que estoy totalmente seguro de que Steve Jobs nunca imaginó que acudir a unas clases de caligrafía, eso que se hace con plumas y tal, iba a ser decisivo en la formación de una de las empresas tecnológicas con mayores beneficios del planeta. Pero lo fue.

Tampoco yo imaginé, cuando empecé este blog, allá por 2003 (en nada tenemos décimo aniversario), que unos años más tarde me iba a servir para trabajar de redactor a sueldo… en un blog tecnológico, hablando de ordenadores, procesadores, tarjetas gráficas, teléfonos de alta tecnología y aparatos multimedia. Pero me sirvió, y estuve un año trabajando como redactor para Gizmodo (la web en castellano ya no existe, pero aquí tenéis un wayback de mi presentación oficial. Si lo examináis con detalle, podréis encontrar el bonus de una foto mía con barba y pelos largos).

¿Creéis que mi gusto por el arte de escribir aumentó mi empleabilidad y consiguió que comenzara a trabajar en un blog sobre tecnología punta? ¿Quién diablos lo habría imaginado?

Así que podréis haber llegado a una conclusión: hay que enseñar literatura, porque eso va a aumentar tus expectativas laborales, e incluso podrá llegar a conseguir que un ratón de biblioteca termine hablando sobre pantallas flexibles, Bluetooth, tecnología multitáctil y eso. Y hay que enseñar el Teorema de Pitágoras, porque eso te va a conseguir un trabajo en… qué sé yo.

Pues no, lo cierto es que no.

No creo que haya que enseñar cosas para que consigas un trabajo y seas productivo, y además pagues impuestos. Yo no creo que el Estado deba formar trabajadores. Si hay algo que demuestra mi experiencia con el Banco (en caso de que te hayas leído mi biográfica introducción) es que, en la mayoría de los trabajos, incluso en los de cuello blanco, la mayoría de lo que haces puede aprenderse en unos meses. Cierto es que no es lo mismo ser empleado de banca que cirujano, o arquitecto. Pero el cirujano y el arquitecto han aprendido lo principal de sus trabajos en la universidad, no en Secundaria. De toda la preparación que les damos durante los doce años previos a la universidad obligatorios, quizás les haya servido un 5%. Es más: a no ser que queramos arquitectos y cirujanos de 16 años (y perdónenme, pero yo no), no tenemos más remedio que llenarles todos esos años educativos de cosas con las que nunca van a encontrarse. ¿O sí? Nunca, nunca se sabe. Que se lo digan a Steve Jobs. Que me lo digan a mí.

En la escuela debemos enseñar todo, y, cuanto más inútil, mejor. Porque no estamos formando trabajadores. O, en el mejor de los casos, no sabemos qué trabajadores estamos formando. Estamos formando ciudadanos. Ciudadanos libres, educados. Con buena conversación. Que sepan que lo que les intenta hacer el Gobierno ya lo han hecho cientos de gobiernos en la Historia. Y que sepan las consecuencias que hubo. Que tengan visión de futuro. Que manejen unas matemáticas que les sirvan para que no se las cuelen con los impuestos, con los resultados electorales. Un ciudadano necesita saber de todo, porque nunca sabe cuándo va a necesitar cada cosa. Pero además necesita saber de todo porque es un ciudadano, no un trabajador. Uno es un trabajador —con suerte— durante un período de su vida. Pero es ciudadano su vida entera.

La sociedad necesita arquitectos, ingenieros, médicos, tal vez profesores de Lengua. ¿Necesita especuladores financieros? No estoy seguro; sin embargo, si es así, creo que el Estado no debería gastar un euro en su formación. Debería gastarlos el Banco. Si Inditex necesita trabajadores de tal o cual tipo, que los forme Inditex: que emplee su tiempo y su dinero, no el del Estado. Si Repsol necesita lo que necesite, que se gaste el dinero Repsol. Para casi todos los empleos basta con una formación de meses. Diría, incluso, que para los trabajos más complejos bastan unos pocos años. Los españoles permanecen en un sistema educativo obligatoriamente durante, al menos, diez años. Creo que nos iría mejor si, durante esos diez años, les enseñásemos las cosas más inútiles que se nos ocurran. Después de todo, cuando salgas del trabajo, es lo que va a hacer que quieras vivir, que quieras trabajar: la literatura, el cine, la música, la astronomía, mi odiado fútbol, no sé. Más ciudadanía, menos empleabilidad. Seremos empleados durante tres o cuatro décadas, con suerte. Seremos ciudadanos durante toda la vida.

Si el Banco quiere una hormiga, que el Banco se gaste el dinero en formarla. Para mí, las hormigas, en un picnic. Y mucho es.

Dedico este artículo a los compañeros profesores de Filosofía, que están viendo con la nueva reforma que vendrán tiempos amargos.

8 comentarios en “La educación inútil”

  • # EFE dice:
    30 de January de 2013 a las 21:07

    Lo subscribo palabra por palabra y, elegantemente, te retuiteo a mis cientos de miles de seguidores.

  • # Antonio Molina dice:
    30 de January de 2013 a las 21:36

    Efectivamente la exigencia de utilidad a lo que enseñamos es fruto de la reducción del hombre a mero trabajador. Muy bueno Elías!

  • # Daniel Doblado. dice:
    30 de January de 2013 a las 22:18

    Este es un tema para empezar y no acabar. Yo trabajo en primaria, y conozco a grosso modo lo que se da en el primer ciclo de la ESO. De modo que alucino con la repeticion de contenidos que, aunque con ciertas diferencias de profundidad, se da a lo largo de los años. Yo tengo clarísimo dos cosas que necesita la educación para mejorar: 1. Menos contenidos, más reflexión, más lectura, más, en definitiva, aprender a aprender. 2. Fuera la religión. En contextos como en el que yo trabajo algunos grupos dan dos horas a la semana en el cole ¡y 12 horas en la mezquita! En fin, muy complicado. Muchos intereses.

  • # alquitara dice:
    31 de January de 2013 a las 7:17

    El que sabe… sabe, el que no… enseña. Así es lo que nos obligan a aceptar para nuestros pobres hijos.

  • # eduideas dice:
    1 de February de 2013 a las 9:09

    Totalmente de acuerdo con la conclusión: hay que enseñar cosas ¿inútiles? y no ser el cajón de una empleabilidad dudosa, cambiante y al servicio de ciertos intereses. Todo sirve para algo, fomentemos la variedad de temas en el currículum y dejemos que cada cual encuentre su vocación. Sus competencias laborales las adquirirá, como dices, en unos meses.

  • # Norberto dice:
    1 de February de 2013 a las 10:32

    Grandísimo post. Enhorabuena. Se puede poner en relación con algunas tendencias en pedagogía que sugieren que más allá de los contenidos lo importante son las competencias, en particular aquellas que tienen que ver con fomentar el aprendizaje autodirigido, autónomo, y creativo. También convendría recordar la opinión de algún filósofo como N. Chomsky (sí, ya sabemos que también es lingüista): “students, typically they come in (to the school) interested, and the process of education is a way of driving that defect out of their minds. But if children’s normal interest is maintained or even aroused, they can do all kinds of things in ways we don’t understandad”

  • # José Luis Garrido Monge (IES Pilar Lorengar) dice:
    2 de February de 2013 a las 17:48

    Muy bueno. Es evidente que lo más inútil, puede ser lo más útil. Gracias

  • # jose armas dice:
    15 de January de 2014 a las 19:01

    Hola tengo 16 años he repetido dos veces curso osea estoy en tercero de la ESO y si enseñan cosas inútiles nada mas pienso nos mantienen ocupados y ciertamente pocos se dan cuenta de esto todos quieren vivir como el otro nadie hace SU VIDA a mi no me gustaría que mi hijo pierda su tiempo como lo he perdido yo a causa de este sistema educativo…

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