Ars longa, vita brevis

El estado de las cosas (educativas)

9 de October de 2012

Llevo en esto de ser profesor desde octubre de 2004, tiempo suficiente como para haber visto más de un ciclo completo normal de alumnos de Secundaria (cuatro años de ESO más dos de Bachillerato).

Siempre se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay niños «buenos» y niños «malos». Acostumbrados a un sistema educativo anterior que la mayoría de los profesores hemos conocido bien como docentes o como alumnos —en mi caso—, solemos etiquetarlos en esas dos categorías según la facilidad con la que nos permitan hacer nuestro trabajo. Hay incluso, y no solo entre profesores, sino entre padres, adultos sin hijos y aun alumnos, quienes defienden la idea de que habría que sacar a los niños «malos» del sistema educativo, ya que no aprovechan nada de él, pierden su propio tiempo y empeoran la calidad de la educación de «los que sí quieren estudiar» (aunque no creo que haya conocido en toda mi vida a un adolescente que quisiera estudiar). «Deberían» —me dicen algunos— «poder salir tempranamente del sistema normal para aprender un oficio, sería mejor para ellos y para todos los demás».

Yo no estoy de acuerdo con esa clasificación, pero sobre todo no estoy de acuerdo con un sistema que se deshaga de los alumnos difíciles para facilitar las cosas a los más dóciles. Vamos a ver: puedo entender que un bombero prefiera bajar un gato de un árbol antes que subir al cuarto piso de un edificio en llamas para rescatar a un anciano, pero no imagino un mundo en que el bombero, dada la dificultad del segundo trabajo, lo rechace. Soy un orgulloso trabajador de la educación pública, considero un honor —difícil, dados estos tiempos en que parece que tenemos la culpa del desastre económico y, de hecho, nos lo hacen pagar a nosotros— ser funcionario y dedicarme a dar la misma educación a todo alumno que entre por la puerta, sin preguntarle su apellido ni su religión ni pedirle la declaración de la renta del ejercicio anterior de sus padres. No me resigno a rendirme, no me resigno a pensar que hay alumnos a los que, antes de tiempo, se les diga que uno de los caminos académicos —el que, por cierto, le reportará una vida seguramente más plena y satisfactoria en el futuro, y no solo en lo económico— no es el suyo.

Da la casualidad de que soy bastante observador, y compruebo, año tras año y con un margen de error mínimo, que los mejores resultados académicos, el recorrido más exitoso y el futuro más brillante lo tienen en nuestros centros de educación los alumnos en cuyos hogares entra más dinero. Conozco bien el percal, podéis confiar en mí. Esto es así.

Al mismo tiempo, consulto los últimos datos detallados del Instituto Nacional de Estadística (correspondientes al año 2009) y los números son claros: la renta media por persona, con alquiler imputado, es de 10 037 euros para los que tienen el título de la ESO, de 11 925 para los que tienen el Bachillerato, y de 15 772 para los que recibimos una educación superior.

Yo tampoco sé lo que significa renta media por persona con alquiler imputado, pero no necesito saberlo para decir que los números hablan por sí solos. El nivel de estudios alcanzado condiciona la renta media que obtendrás cuando seas adulto. Esto nos lleva a una descorazonadora conclusión: Si tus padres tienen menos dinero, tendrás menos éxito en los estudios. Si tienes menos éxito en los estudios, tendrás menos renta cuando seas adulto. Simplificamos. Si tus padres no tienen dinero, estadísticamente es muy probable que tú tampoco lo tengas cuando alcances la edad adulta.

Esto es inadmisible en un Estado que se califica a sí mismo de social, igualitario y otras bueneces.

Todos hemos oído miles de veces la vieja historia de no sé quién, que venía de una familia humilde, pero trabajaba de día y estudiaba por las noches, y cuando creció se hizo un hombre de éxito, un profesional formado a sí mismo, un potentado. A todos nos gusta oírla. Pero creo que la historia falla en dos puntos fundamentales. Uno, que esos cuentos de éxito son testimoniales. Pocas personas nacen con una fuerza de voluntad y un espíritu de sacrificio sobrehumanos. Dos, que no estoy de acuerdo en que un niño, por proceder de una familia humilde, se vea obligado a desarrollar un esfuerzo mayor que el hijo de un adinerado para obtener los mismos resultados. No es justo que se haga pagar al niño porque su padre no haya tenido éxito en la vida. No debería ser así. No deberíamos vernos condicionados desde la cuna.

Por eso creo que la educación pública, una educación pública de calidad, es la pieza más imprescindible de todas las que conforman un estado que tenga entre sus pilares la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades consiste en que yo pueda acceder a los mismos puestos que el hijo de un millonario, sin que mi origen humilde me obligue a un esfuerzo mayor. Una carrera en que a uno se le hace cargar con una mochila llena de piedras no ofrece las mismas oportunidades a ese que a uno que corra sin cargas.

La Ley Orgánica de Educación del año 2006 (LOE) establece en su Capítulo I, entre sus principios:

a. La calidad de la educación para todo el alumnado, independientemente de sus condiciones y circunstancias.
b. La equidad, que garantice la igualdad de oportunidades, la inclusión educativa y la no discriminación y actúe como elemento compensador de las desigualdades personales, culturales, económicas y sociales, con especial atención a las que deriven de discapacidad.

Esto son muy buenos propósitos, aunque no sean más que eso, propósitos. Siento daros las malas noticias, pero para cumplirlos hace falta dinero. Muchísimo dinero. Es necesario traer camiones de dinero y volcarlos en las puertas de los colegios e institutos, en lugar de traer esos camiones vacíos a los institutos para llenarlos allí y vaciarlos en los bancos. No hablo de los sueldos de los profesores (que, dado que somos los responsables de que los bancos os hayan robado, es justo que nos bajen los salarios). Hablo de que hay alumnos que necesitan estar en aulas con menos compañeros (para lo que son necesarios más docentes). Hablo, también, de programas específicos de apoyo y refuerzo dotados de recursos humanos y materiales, que en este curso se han visto mermados. Hablo de docentes con menos horas lectivas para poder dedicar lo restante de su horario a la atención personalizada de los alumnos que la necesiten con más urgencia. Hablo de becas.

Echo un vistazo al borrador de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, archivo PDF) que prepara el gobierno de Mariano Rajoy con su ministro de Cultura, José Ignacio Wert. Este es el primer párrafo:

La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.

No es una broma, es ese, lo podéis consultar. No hay referencias a la igualdad de oportunidades. Sí al acceso «a puestos de trabajo de alta cualificación», pero como «una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global». O, dicho en román paladino: para competir con los chinos. Investigad cuánto cobran. Pues preparaos a que vuestros hijos estudien para competir con eso. En párrafos posteriores se lían a hablar de imputs, outputs y demás jerga económica, y ya me pierdo (con todos los respetos, ¿quién ha ideado ese borrador? ¿Un licenciado en ADE?).

Solo en el segundo párrafo se habla de la «esfera individual», y de la «integración social» que, puedo ser malpensado, pero me suena a que los pobres accedan a un infrasueldo y así no molesten a los hijos de los ricos en el futuro. Este proyecto de ley consolida la idea que rechazo más arriba: que los alumnos que fracasen (en castellano: los hijos de los pobres) puedan ser desviados al aprendizaje de trabajos manuales o de escasa cualificación, para que dejen tranquilos a los hijos de los profesionales liberales y de los grandes empresarios, para que puedan viajar más tranquilos, ellos sí, hacia un Bachillerato de éxito y hacia un grado de Medicina, Ingeniería, Arquitectura. Este país seguirá siendo el país de tal médico, hijo de tal médico, y de tal obrero de la construcción, que siguió los pasos de su padre. Esta no es la educación que quiero.

Casi todos los cursos conozco a muchos alumnos de 1.º de la ESO. Adivino, por gestos, por comportamientos, porque Melilla es una ciudad muy pequeña, el extracto social de casi cada uno de ellos, y no me suelo equivocar. Pasan los años y me encuentro a algunos en Bachillerato, y a muchos otros no; me encuentro a muchos que, fracaso tras fracaso, son derivados a algún programa de aprendizaje profesional temprano. Otros, simplemente, dejan la educación.

Es desalentador entrar el primer día de clase en un grupo de 1.º y estar seguro de que a fulano te lo vas a encontrar cuatro años después en primero de Bachillerato, pero a mengano no. Pero comprobar, años después, que no te equivocas, no es desalentador, es terrorífico.

Que nadie se ofenda. La educación muestra sus efectos a largo plazo. Por eso interesa tan poco a los políticos, cuyas narices abarcan una visión de, a lo sumo, cuatro años. Pero os aseguro que la educación del curso 2012-2013, como la de todos los cursos, tendrá sus efectos durante décadas.

Podemos elegir. Un país que, en el futuro, esté lleno de buenos profesionales, pero, sobre todo, de profesionales cuyo camino no ha sido marcado por el volumen de las cuentas corrientes de sus progenitores. O un país que, dentro de un par de décadas, necesite millones de policías para proteger a la Merkel de turno.

Si elegimos lo primero, hace falta mucho dinero, y no hay atajos. Y nuestro Gobierno, ay, ya ha elegido.

5 comentarios en “El estado de las cosas (educativas)”

  • # Toni dice:
    9 de October de 2012 a las 22:34

    A los políticos les falta un baño de realidad, al menos de esa realidad que podemos ver tú y yo. Imagino que ellos nunca percibirán ese goteo de fracaso que mencionas (en mi centro son 6 grupos de 1º de ESO, 5 de 2º, 3 de 3º, 2 de 4º y solo un grupo de 2º de Bachiller; echa cuentas, de casi 150 alumnos solo llegan 35 al final del camino). Nos hablan de igualdad de oportunidades, pero ni siquiera dentro del aula existe, por mucho que nos esforcemos en ello. ¿Cómo compensamos las diferencias entre un alumno a quien apoya su familia y otro al que la familia supone un obstáculo? ¿Cuánto esfuerzo dedica la administración a compensar los desequilibrios “fuera” del aula? Porque no nos equivoquemos, el gran fracaso de la educación no está en el aula, sino en el modelo sociofamiliar en que se sustenta (ya sé que es cómodo salpicar fuera, pero es así).
    En fin, que volvemos al sistema en el que unos serán jerarcas y otros mano de obra.
    Un saludo.

  • # Mª José dice:
    10 de October de 2012 a las 15:25

    Yo soy hija y nieta de pobres, a mucha honra. Pasé gran parte de mi infancia con mi abulela materna, analfabeta. En el colegio me enseñaron a decir “se me” en lugar de “me se”, tuve que copiar 100 veces que no se dice “muncho” sino “mucho”… Hoy soy profesora de Lengua, porque tenía muy claro- así me lo enseñó mi familia- que tenía que estudiar (con becas) “para se alguien en la vida”. Sinceramente, no creo que todos los hijos de pobres estén condenados a seguir siéndolo, por culpa del actual sistema educativo que, por supuesto, es muy mejorable. Yo pude y luego, afortunadamente, he podido comprobar (estuve 10 años trabajando en un centro cuyo alumnado pertenecía a un nivel socio-cultural bajo) que muchos de mis alumnos también han podido, por supuesto, porque querían. Y por mucho que el actual Gobierno se empeñe en “cargarse” la enseñanza pública, seguirá habiendo hijos y nietos de pobres que sabrán superar los obstáculos.

  • # Anja dice:
    10 de October de 2012 a las 19:24

    Me encantó la claridad con la que presenta el estado actual de las cosas (educativas) de aquel lado, y que no dista mucho de lo que pasa en América, caso específico el de México, de donde soy yo y practico la labor docente.
    Sin embargo, considero que no solo se trata de alcanzar bienestar económico, que hay más caminos para obtenerlo, además del académico o profesional, aunque no sean los más honrosos tampoco (y vamos desde la delincuencia organizada hasta el ejercicio de la “política”), sino de ser ciudadanos libres, críticos y sensibles. Y puedo asegurar que, al menos en mi país, el sistema educativo ha metido en un cajón empolvado esa consigna.
    Ante tal panorama, los siguientes cuestionamientos me asaltan a cada instante: ¿Quiénes fueron los profesores de los que rigen las naciones? ¿Quiénes son sus padres? ¿platicaban con sus abuelos en la infancia? Porque son ambos, escuela y familia quien moldea a las personas, creo firmemente que se complementan, y que, mientras no asuma cada uno su papel, seguiremos produciendo personas pobres de espíritu y sin ideales, listos para incorporarse a un sistema económico imperialista y caduco como maquila de unos cuantos.

  • # julifos dice:
    11 de October de 2012 a las 23:59

    Mª José, creo que se habla “en general” (aportando datos estadísticos demoledores). Tu tendrás tu historia que contar, y yo la mía, que demuestra que con sólo esforzarse y tener fuerza de voluntad no basta. Pero eso es lo de menos…

    Lo más preocupante es la pobreza, pero no la que quita bienestar y oportunidades, sino la pobreza de espíritu que trata a los individuos como piezas de una gran máquina: todos cortados a medida. Siempre se nos llama “ovejas”, es un tópico, pero creo que es un tópico bastante adecuado, sobre todo a la luz de textos tan ilustrativos como el de la tal LOMCE. Además, para formar parte de una maquinaria que nunca ha funcionado bien. Es decir: funciona de p. madre para los que funciona, que siempre son los mismos.

  • # antonio molina dice:
    12 de October de 2012 a las 7:55

    Yo creo que la gente que nos manda lo ve de esta manera: no hace falta, no nos interesa que todo el mundo estudie hasta el final. Si fuera así, qué desperdicio de tiempo y dinero, si la mayoría va a tener que conformarse con trabajar mucho y cobrar poco (para ser competitivos, el gran dogma eufemístico de nuestro tiempo con el que nos hacen comulgar queramos o no). Es suficiente con que haya garantía de reposición en los puestos importantes, y de eso ya se encargan los papis que ahora los ocupan y que mandan a sus hijos a colegios de élite.

    Creo que tendemos a una sociedad en la que las clases medias estarán en vías de extinción. ¿Y para qué queremos a un pobre que haya estudiado? Que se conforme con su destino ya escrito… (No quiero ser apocalíptico, pero a veces es cierto eso de “piensa mal y acertarás”)

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