Ars longa, vita brevis

Cataluña, a vuela pluma

15 de October de 2012

1. Me gusta Cataluña. Me gusta en concreto y en abstracto. En concreto, porque he pasado muchas —y a veces, más o menos largas— temporadas o jornadas allí, y me gustan el clima, el paisaje, las ciudades, el ambiente, la cultura y, en general, la gente. Me gusta en abstracto porque me parece que añade a mi país —estado, nación, eso me da igual, lo explicaré luego— varias de las mil notas de color que tiene España en sus fiestas, en sus artistas, en sus formas de ser, etc. Me gusta el idioma, me encanta que puedas oír tranquilamente al menos dos idiomas en cualquier calle, y que haya conversaciones bilingües. Como profesional y relativamente entendido en Filología, me parece harto interesante. Me gusta también bastante la sensación de estar dentro de mi país, de no necesitar el pasaporte para estar en un sitio que es bastante distinto a otros dentro de las mismas fronteras.

2. No he tenido prácticamente malas experiencias allí relacionadas con la identidad nacional. Tal vez sea porque yo no tengo ninguna. Pero no recuerdo que nunca se me haya menospreciado o insultado por ser de fuera, ni tampoco un nacionalismo, digamos, agresivo. Yo no entiendo el nacionalismo —ni el catalán, ni el español, ni el europeo, ni nada de eso, no sé si será una consecuencia de ser melillense—, pero tampoco he visto que en los catalanes con los que me he cruzado sea algo excluyente o destructivo. ¿Será por el famoso seny? No puedo decirlo.

3. Jamás comprenderé el orgullo de ser catalán, ni el de ser español. Me parece lo mismo que sentirse orgulloso de ser caucásico o negro, alto, guapo o de haber nacido en 1975: una memez. A veces —pocas— me siento orgulloso de mis acciones; otras, avergonzado de ellas. Pero de haber nacido en el mismo país en que nacieron Ramón y Cajal o Francisco Franco… No tengo responsabilidad en ninguna de sus acciones, por suerte o por desgracia, ni tampoco creo que ellas se deban a algún gen histórico o nacional que cree en este trozo de tierra grandes médicos o grandes tiranos.

4. ¿Se puede ser más torpe que Wert? Españolizar a los alumnos catalanes. En primer lugar, no es necesario españolizar a quien es español. Ojo, no hablo de sentimientos. Un catalán puede sentirse muy español, o nada, y también muy o poco catalán. Pero es español en cuanto que ha nacido en España, igual que es catalán porque ha nacido en Cataluña. Pero aquí pasan dos cosas. Primera, que Wert propone hacer desde el gobierno lo mismo que le parece aberrante que se haga desde la Generalitat: adoctrinar en los sentimientos. Y eso es posible hacerlo —más adelante entraré en el tema—. Pero si te parece mal que se haga desde un lado, debería parecerte mal también desde el otro. Segunda, que Wert comete el típico pecado de la derecha centralista (no de toda la derecha, puesto que CiU, sin ir más lejos, es un partido conservador) de este país: pensar que solamente hay una manera de ser español, y eso no es cierto, hay más. Encuesta tras encuesta, por ejemplo, tenemos una mayoría de catalanes que se sienten españoles en parte. ¿En qué parte? Variable. Algunos se sienten solo españoles, otros más españoles que catalanes, y otros más catalanes que españoles. También hay quien se siente solo catalán, claro. Pero Wert y el resto de gobernantes deben entender que hay gente que no tiene problemas con esto de ser español, y el castellano no es su primera lengua, y eso nunca ha constituido una catástrofe. Yo ya digo que no entiendo de sentimientos nacionales, pero me parece igual de concebible que uno ponga en primer lugar la senyera y en segundo lugar la rojigualda, y al contrario. No entiendo que alguien se sienta orgulloso de ser catalán, pero tampoco que lo haga de ser andaluz, navarro o castellano leonés, y me he encontrado orgullosos de todos los rincones. Y casi todo el mundo siente alguna patria, sea grande o chica. Un político nunca dejará de apelar a los sentimientos, porque si apelase a la razón, probablemente se quedaría sin trabajo.

5. Creo que los catalanes que odian al resto de los españoles, al igual que el resto de españoles que recelan de los catalanes, son una minoría, pero una minoría ruidosa. Lo digo tanto por mi experiencia como por mi lógica. La gente tiene problemas más importantes. Es verdad que la prensa del odio vende mucho, y más últimamente, pero casi nunca en conversaciones normales con gente normal afloran esos sentimientos negativos. Quizás, incluso, estamos amplificando algo que no es tan grande (me refiero al odio).

6. Que en Cataluña hay cierta tendencia a la uniformidad y al seguidismo del gobierno de su Generalitat es algo notorio y bobo de negar. No hay más que recordar que, en un país con prensa que supongo libre, las principales cabeceras de los periódicos catalanes más leídos publicaron un editorial conjunto cuestionando la autoridad de todo un tribunal constitucional. Doce periódicos, una opinión. Independientemente de que el editorial sea incuestionable —que no lo es, como no lo es ninguno—, la unanimidad de opiniones, en democracia, siempre me ha parecido, si no sospechosa, sí, sencillamente, perjudicial para la libertad de prensa y para eso que llaman el pensamiento plural.

(El último ejemplo de esto mismo lo oí el otro día en Radio Nacional de España, pálida sombra de lo que fue con el gobierno anterior, donde, en un debate sobre esto mismo del llamado desafío independentista, la voz de los tertulianos era única: la eventual independencia de Cataluña sumiría a la Península, al orbe y al universo en un caos autodestructivo. Ni una opinión había no ya independentista, sino que al menos dijera que, no gustándole la independencia de Cataluña, tampoco iba a arder Roma si se producía. No me gustan los puntos de vista únicos.)

Otro ejemplo de este seguidismo es la jornada de protesta que algunos centros públicos de educación montaron el doce de octubre. Ignoro si los que la siguieron fueron mayoría —imagino que no—, pero me parece muy poco sano que en un centro de educación se realicen jornadas para apoyar las reivindicaciones de su gobierno que, si bien legítimas, son, como todas, también cuestionables. Un centro educativo que decide reírle las gracias a un gobierno (el catalán, en este caso) me parece igual de, elijan, pernicioso, pelota y defensor del pensamiento único que un medio de comunicación que ríe las mismas gracias al mismo gobierno. La prensa es un cuarto poder; la escuela aún no se contempla como tal, pero me avergüenza como docente que un colega abra las puertas de un centro de educación para exponer las bondades de un proyecto político concreto. Imaginad la situación inversa: el día de la Constitución —esa que consagra el estado autonómico y la pluralidad de identidades del Estado—, que es festivo, yo organizo charlas en contra de las autonomías y a favor de un centralismo único y castellano sin fisuras, que es el que parece que le gusta a mi ministro Wert. Es una postura supongo que legítima, pero no me parece legítimo aprovechar mi condición de empleado público para decirles a mis alumnos que esta idea política concreta está bien, pero esta no. No considero que mi sueldo ni las instalaciones que utilizo en mi trabajo, que parten todos del erario público, deba utilizarlos para defender las ideas de un gobierno, sea central o autonómico. No me pagan para hacer la campaña electoral a mi gobierno. Es más, no me paga mi gobierno. Me paga el Estado. Y me paga para una cosa muy concreta. Y siendo el nacionalismo —todos— como es, una religión, considero incluso que la defensa de unos ideales políticos, como docente, es una actitud que roza la legalidad.

7. El nombre de Cataluña, en castellano, es «Cataluña», como el de Lérida es «Lérida» y el de Vitoria, «Vitoria». El nombre oficial de esos lugares es, respectivamente, «Catalunya», «Lleida» y «Vitoria-Gasteiz». Esto implica lo siguiente. En primer lugar, que en los documentos oficiales españoles —tanto si son de las respectivas comunidades autónomas, de otras, o estatales— deben figurar esos nombres oficiales, estén o no en castellano. También quiere decir que en los documentos no oficiales —periódicos, por ejemplo, blogs o televisiones— en castellano deberían figurar los nombres en castellano. Escribir en catalán el nombre de Cataluña en un periódico no oficial que escribe una noticia en castellano (ejemplo) es, simplemente, una incorrección lingüística y una falta de profesionalidad; es hacer como si una palabra de nuestro idioma no existiera. Supongo que habrá motivación política en ello, aunque lo ignoro. Igual de poco profesional y de incorrecto es escribir «Lérida» en un documento oficial, aunque esté en castellano. A mí me parece un absurdo que no se reconozca oficialmente el nombre castellano de las provincias y autonomías con lengua propia, pero el cumplimiento de la ley es un valor más elevado que lo que a mí me parezca bien o mal, y la ley dice que los nombres oficiales son «Catalunya», «Lleida» y «Vitoria-Gasteiz». Y en este país hace falta algo más de cumplir leyes y algo menos de tirar de sentimientos e instintos para hacer en cada momento lo que nos plazca.

8. Enlazando con esto, Mas cometió un error muy español, aunque más tarde lo ha ido rectificando: declarar que el referendo se celebraría sí o sí, por las buenas o por las malas, esto es, por las bravas. Siempre he pensado que el mayor problema de este país es el desprecio absoluto por la legalidad que tenemos todos, desde el más humilde parado hasta los presidentes autonómicos y estatales, pasando por la familia real. Un presidente de una comunidad autónoma que tiene un sentimiento de nación, y gran parte de cuya población aspira a convertirse en un estado propio, con —supongo— sus leyes, no puede perpetuar el mantra de que aquí obedezco las leyes si me conviene, y si no, no. Recordemos que las leyes no están para que todos seamos iguales. Las leyes están para limitar el poder y los desmanes de los poderosos, dotando al total de la población con algo que trasciende los apellidos, el dinero, el pasado y el futuro. Cada vez que alguien decide no cumplir una ley no está beneficiándose; está perjudicando la justicia, la justicia con minúscula, independiente de la Justicia de los juzgados.

9. El argumento de que Cataluña quiere independizarse porque aporta más al total del Estado de lo que recibe supongo que es legítimo (dando por sentado, que no lo sé, que sea verdad), pero se me antoja injusto. Yo también quiero pagar menos impuestos que mi vecino, a pesar de que yo gano más y que él tiene dos hijos y, por lo tanto, el gasto social suyo es mayor que el mío. No creo que una sociedad pueda funcionar así. Que sí, que yo quiero gestionar mis propios recursos, decidir lo que aporto a la educación de sus hijos y eso. Pero, si así fuera, es posible que no quisiera aportar nada a la causa común. De todos los argumentos esgrimidos por el nacionalismo catalán, ese me parece el peor, el más débil y el más egoísta.

y 10. Pero, después de todo, ¿qué problema hay en que los ciudadanos catalanes digan en una consulta si quieren seguir formando parte de este país o no? ¿Qué miedo? Existe la posibilidad de que la mayoría opine que es mejor seguir formando parte de la vieja España. Si pasara eso, sería un buen momento para intentar entendernos mejor y ver qué se hace en el futuro. Y, si la opinión mayoritaria fuese la de la secesión, también sería un momento estupendo para ver lo que hacemos. Hay demasiado nerviosismo por ambas partes.

y 10 (bis). A mí no me gustaría que Cataluña se separase del resto de España. No cabe duda de que ambos escenarios (la Cataluña llamémosla «soberana» y la nueva España sin esa bella esquina) serían interesantes, y ninguno de los dos se hundiría, no nos engañemos. Tampoco creo que la población de la nueva España, si la conozco un poco, guardase rencores y odios a sus antiguos compatriotas. De forma natural, una Cataluña independiente sería un estado miembro de la UE, y probablemente su principal socio comercial sería la España post independencia. Quizás, sí, esto desataría un frenesí en otras comunidades, como el País Vasco o Galicia, qué sé yo. Pienso que una España sin Cataluña sería un país menor, igual que creo que a Cataluña le iría peor fuera de España (aunque sigo pensando que no sería un cataclismo para nadie). Me gusta Cataluña, y cuando voy, me siento en mi país. Pero es innegable que un catalán que vive, trabaja y paga sus impuestos allí tiene una opinión más documentada y probablemente más legítima para hablar de la cuestión. En cualquier caso, no sería el fin del mundo. Quizás sea el momento de que todos se sienten a hablar tranquilamente, hablen de modelos de estado, de nación o de lo que sea, lo arreglen de la mejor forma posible y vuelvan a centrarse en los problemas más importantes de la gente, que los hay, como de qué vamos a comer cuando nos rescaten.

El estado de las cosas (educativas)

9 de October de 2012

Llevo en esto de ser profesor desde octubre de 2004, tiempo suficiente como para haber visto más de un ciclo completo normal de alumnos de Secundaria (cuatro años de ESO más dos de Bachillerato).

Siempre se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay niños «buenos» y niños «malos». Acostumbrados a un sistema educativo anterior que la mayoría de los profesores hemos conocido bien como docentes o como alumnos —en mi caso—, solemos etiquetarlos en esas dos categorías según la facilidad con la que nos permitan hacer nuestro trabajo. Hay incluso, y no solo entre profesores, sino entre padres, adultos sin hijos y aun alumnos, quienes defienden la idea de que habría que sacar a los niños «malos» del sistema educativo, ya que no aprovechan nada de él, pierden su propio tiempo y empeoran la calidad de la educación de «los que sí quieren estudiar» (aunque no creo que haya conocido en toda mi vida a un adolescente que quisiera estudiar). «Deberían» —me dicen algunos— «poder salir tempranamente del sistema normal para aprender un oficio, sería mejor para ellos y para todos los demás».

Yo no estoy de acuerdo con esa clasificación, pero sobre todo no estoy de acuerdo con un sistema que se deshaga de los alumnos difíciles para facilitar las cosas a los más dóciles. Vamos a ver: puedo entender que un bombero prefiera bajar un gato de un árbol antes que subir al cuarto piso de un edificio en llamas para rescatar a un anciano, pero no imagino un mundo en que el bombero, dada la dificultad del segundo trabajo, lo rechace. Soy un orgulloso trabajador de la educación pública, considero un honor —difícil, dados estos tiempos en que parece que tenemos la culpa del desastre económico y, de hecho, nos lo hacen pagar a nosotros— ser funcionario y dedicarme a dar la misma educación a todo alumno que entre por la puerta, sin preguntarle su apellido ni su religión ni pedirle la declaración de la renta del ejercicio anterior de sus padres. No me resigno a rendirme, no me resigno a pensar que hay alumnos a los que, antes de tiempo, se les diga que uno de los caminos académicos —el que, por cierto, le reportará una vida seguramente más plena y satisfactoria en el futuro, y no solo en lo económico— no es el suyo.

Da la casualidad de que soy bastante observador, y compruebo, año tras año y con un margen de error mínimo, que los mejores resultados académicos, el recorrido más exitoso y el futuro más brillante lo tienen en nuestros centros de educación los alumnos en cuyos hogares entra más dinero. Conozco bien el percal, podéis confiar en mí. Esto es así.

Al mismo tiempo, consulto los últimos datos detallados del Instituto Nacional de Estadística (correspondientes al año 2009) y los números son claros: la renta media por persona, con alquiler imputado, es de 10 037 euros para los que tienen el título de la ESO, de 11 925 para los que tienen el Bachillerato, y de 15 772 para los que recibimos una educación superior.

Yo tampoco sé lo que significa renta media por persona con alquiler imputado, pero no necesito saberlo para decir que los números hablan por sí solos. El nivel de estudios alcanzado condiciona la renta media que obtendrás cuando seas adulto. Esto nos lleva a una descorazonadora conclusión: Si tus padres tienen menos dinero, tendrás menos éxito en los estudios. Si tienes menos éxito en los estudios, tendrás menos renta cuando seas adulto. Simplificamos. Si tus padres no tienen dinero, estadísticamente es muy probable que tú tampoco lo tengas cuando alcances la edad adulta.

Esto es inadmisible en un Estado que se califica a sí mismo de social, igualitario y otras bueneces.

Todos hemos oído miles de veces la vieja historia de no sé quién, que venía de una familia humilde, pero trabajaba de día y estudiaba por las noches, y cuando creció se hizo un hombre de éxito, un profesional formado a sí mismo, un potentado. A todos nos gusta oírla. Pero creo que la historia falla en dos puntos fundamentales. Uno, que esos cuentos de éxito son testimoniales. Pocas personas nacen con una fuerza de voluntad y un espíritu de sacrificio sobrehumanos. Dos, que no estoy de acuerdo en que un niño, por proceder de una familia humilde, se vea obligado a desarrollar un esfuerzo mayor que el hijo de un adinerado para obtener los mismos resultados. No es justo que se haga pagar al niño porque su padre no haya tenido éxito en la vida. No debería ser así. No deberíamos vernos condicionados desde la cuna.

Por eso creo que la educación pública, una educación pública de calidad, es la pieza más imprescindible de todas las que conforman un estado que tenga entre sus pilares la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades consiste en que yo pueda acceder a los mismos puestos que el hijo de un millonario, sin que mi origen humilde me obligue a un esfuerzo mayor. Una carrera en que a uno se le hace cargar con una mochila llena de piedras no ofrece las mismas oportunidades a ese que a uno que corra sin cargas.

La Ley Orgánica de Educación del año 2006 (LOE) establece en su Capítulo I, entre sus principios:

a. La calidad de la educación para todo el alumnado, independientemente de sus condiciones y circunstancias.
b. La equidad, que garantice la igualdad de oportunidades, la inclusión educativa y la no discriminación y actúe como elemento compensador de las desigualdades personales, culturales, económicas y sociales, con especial atención a las que deriven de discapacidad.

Esto son muy buenos propósitos, aunque no sean más que eso, propósitos. Siento daros las malas noticias, pero para cumplirlos hace falta dinero. Muchísimo dinero. Es necesario traer camiones de dinero y volcarlos en las puertas de los colegios e institutos, en lugar de traer esos camiones vacíos a los institutos para llenarlos allí y vaciarlos en los bancos. No hablo de los sueldos de los profesores (que, dado que somos los responsables de que los bancos os hayan robado, es justo que nos bajen los salarios). Hablo de que hay alumnos que necesitan estar en aulas con menos compañeros (para lo que son necesarios más docentes). Hablo, también, de programas específicos de apoyo y refuerzo dotados de recursos humanos y materiales, que en este curso se han visto mermados. Hablo de docentes con menos horas lectivas para poder dedicar lo restante de su horario a la atención personalizada de los alumnos que la necesiten con más urgencia. Hablo de becas.

Echo un vistazo al borrador de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, archivo PDF) que prepara el gobierno de Mariano Rajoy con su ministro de Cultura, José Ignacio Wert. Este es el primer párrafo:

La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.

No es una broma, es ese, lo podéis consultar. No hay referencias a la igualdad de oportunidades. Sí al acceso «a puestos de trabajo de alta cualificación», pero como «una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global». O, dicho en román paladino: para competir con los chinos. Investigad cuánto cobran. Pues preparaos a que vuestros hijos estudien para competir con eso. En párrafos posteriores se lían a hablar de imputs, outputs y demás jerga económica, y ya me pierdo (con todos los respetos, ¿quién ha ideado ese borrador? ¿Un licenciado en ADE?).

Solo en el segundo párrafo se habla de la «esfera individual», y de la «integración social» que, puedo ser malpensado, pero me suena a que los pobres accedan a un infrasueldo y así no molesten a los hijos de los ricos en el futuro. Este proyecto de ley consolida la idea que rechazo más arriba: que los alumnos que fracasen (en castellano: los hijos de los pobres) puedan ser desviados al aprendizaje de trabajos manuales o de escasa cualificación, para que dejen tranquilos a los hijos de los profesionales liberales y de los grandes empresarios, para que puedan viajar más tranquilos, ellos sí, hacia un Bachillerato de éxito y hacia un grado de Medicina, Ingeniería, Arquitectura. Este país seguirá siendo el país de tal médico, hijo de tal médico, y de tal obrero de la construcción, que siguió los pasos de su padre. Esta no es la educación que quiero.

Casi todos los cursos conozco a muchos alumnos de 1.º de la ESO. Adivino, por gestos, por comportamientos, porque Melilla es una ciudad muy pequeña, el extracto social de casi cada uno de ellos, y no me suelo equivocar. Pasan los años y me encuentro a algunos en Bachillerato, y a muchos otros no; me encuentro a muchos que, fracaso tras fracaso, son derivados a algún programa de aprendizaje profesional temprano. Otros, simplemente, dejan la educación.

Es desalentador entrar el primer día de clase en un grupo de 1.º y estar seguro de que a fulano te lo vas a encontrar cuatro años después en primero de Bachillerato, pero a mengano no. Pero comprobar, años después, que no te equivocas, no es desalentador, es terrorífico.

Que nadie se ofenda. La educación muestra sus efectos a largo plazo. Por eso interesa tan poco a los políticos, cuyas narices abarcan una visión de, a lo sumo, cuatro años. Pero os aseguro que la educación del curso 2012-2013, como la de todos los cursos, tendrá sus efectos durante décadas.

Podemos elegir. Un país que, en el futuro, esté lleno de buenos profesionales, pero, sobre todo, de profesionales cuyo camino no ha sido marcado por el volumen de las cuentas corrientes de sus progenitores. O un país que, dentro de un par de décadas, necesite millones de policías para proteger a la Merkel de turno.

Si elegimos lo primero, hace falta mucho dinero, y no hay atajos. Y nuestro Gobierno, ay, ya ha elegido.

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