Ars longa, vita brevis

Esto no es liberalismo

10 de May de 2012

Parece que el liberalismo (segunda acepción) es lo único que puede salvar a nuestro país de esta supuesta crisis total —digo «supuesta» muy cerca de «total» porque las grandes empresas no parecen dejar de alcanzar resultados récord, y la desgracia se ceba en el ciudadano medio o en la pequeña empresa—. Desde que tengo conciencia política, recuerdo pocos movimientos, de cualquier gobierno de España, encaminados en dirección opuesta a este no intervencionismo. Resulta curioso comprobar que, en términos económicos y de seguridad en el puesto de trabajo, cualquiera daría ahora media pierna por gozar de los que tenían los trabajadores durante el franquismo (nótese que no hablo de derechos sindicales, de huelga y otros, sino de poder adquisitivo y estabilidad). Uno tras uno, socialistas tras populares, han ido, más o menos rápidamente, arrebatando a los trabajadores sus derechos y sus comodidades para regalarlos al poder patronal (estoy poniendo mucho cuidado en el léxico de este artículo, y por eso digo que nos «arrebatan» nuestros derechos y los «regalan» a quienes no son sus propietarios).

La doctrina liberal, al igual que el comunismo, el islam o el psicoanálisis, son bastante bonitos sobre el papel: un paraíso teórico libre de inconvenientes. Toda la economía colectiva e individual se cimentan en el mercado. Es imposible pensar que un ciudadano puede llegar a disfrutar de bienes y de oportunidades sin un mercado sano que funcione correctamente. Creo que, hasta ahí, estaremos todos de acuerdo.

El liberalismo va un poco más allá, y piensa que la mejor manera de que ese mercado esté sano es dejarlo a su libre albedrío. ¿Quién sabe mejor lo que es para él, sino él mismo? En el momento en que se le empiezan a poner límites, empieza a enfermar y corre el riesgo de morir, llevándose por delante a todos los ciudadanos y sus pequeñas historias y tragedias. Libre de ataduras, cada vez funcionará mejor y, por tanto, creará una riqueza sobrante que servirá para mejorar cada vez más la calidad de vida de todos. Un edén.

El problema es el mismo que el del comunismo real (o del cristianismo real, o lo que queráis). No hace lo mismo que propugna.

Esto no es liberalismo.

Si en una reforma de los derechos y deberes contractuales entre empresario y trabajador, se atiende un máximo de peticiones del capital y ninguna de los representantes de los trabajadores, no se está dejando al mercado que se rija por sus propias normas: el Gobierno está ejerciendo de sicario del patrón. El patrón pide, y el político concede. Si este fuese un sistema liberal de verdad, el Gobierno dejaría que cada parte luchase con sus armas: el empresario con su capital y el trabajador con su fuerza productiva y, sobre todo, con su número. Pero esto no es liberalismo.

Si se recortan millones de euros en la enseñanza pública y al mismo tiempo se inyectan en la privada, se está utilizando el dinero de los impuestos de los trabajadores (mi dinero, y el vuestro) para favorecer a determinadas empresas dentro del campo de juego del mercado, en detrimento de otras entidades que no sean subvencionadas —y, por supuesto, en detrimento de una educación pública—. Esto no es liberalismo.

Si se recortan fondos de la sanidad pública y, mediante subvenciones y leyes, se fomenta la sanidad privada, no se está dejando que cada hospital privado compita con su calidad y con sus fondos, sino que me están metiendo la mano en la cartera para dárselo a un empresario y que con su empresa gane más dinero. Esto no es liberalismo.

Si se privatizan bancos y cajas (por no hablar de la privatización, hace unos pocos años ya, de una empresa telefónica cuya infraestructura pagamos todos los españoles) para que unos pocos empresarios, y no la sociedad, ganen dinero, eso no es liberalismo.

Si se destina dinero público para sanear —o salvar, o como quieran llamarlo— la banca privada, si me meten la mano en el bolsillo para darle mi dinero a las empresas de unos pocos gerifaltes, están interviniendo en el mercado para asegurar las ganancias de unos cuantos capitales privados. Esto no es liberalismo.

Quiero que se me entienda: yo no soy liberal en lo económico. Creo que un intervencionismo del estado es fundamental para asegurar los derechos de los ciudadanos frente a las acumulaciones monstruosas de capital y para garantizar la igualdad de oportunidades. Yo no soy liberal, ellos sí.

Pero que no te engañen: esto es intervencionismo, pero a la inversa. Es el negativo de una fotografía de Robin Hood. Te lo quitan a ti y se lo regalan a ellos. Esto no es liberalismo.

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