Ars longa, vita brevis

Vacuna contra los libros (2)

28 de February de 2012

En un principio, iba a escribir un segundo y último artículo sobre esto (que me está llevando, como sabéis, más de lo previsto), pero en el primero ha aparecido un comentario, firmado por Alumna, que no puedo dejar pasar, y que quiero compartir con vosotros:

Soy alumna de segundo de bachillerato, y apasionada de los libros. Los devoro, y leo hasta desgastarlos. A veces, me contento con simplemente sentarme delante de la estantería y contemplarlos, recordando lo que sentí al leer cada uno de ellos, cada personaje, cada historia. Defiendo firmemente el libro de papel, el acariciar el lomo en profunda concentración, el aferrarse a las páginas en los momentos de mayor tensión, el no dejar de leer hasta no llegar a una página que termine con un punto…

Sin embargo, mi comentario va dirigido a las “lecturas obligatorias” de colegios e institutos (remarco las comillas, ya que lo que es obligatorio realmente es la visita a El rincón del vago por parte de gran parte de los estudiantes). Creo firmemente en el fracaso de este sistema. Una minoría sí que aprovecha estas lecturas, pero el sentimiento general es de rechazo. Precisamente por la obligatoriedad de la situación. Y los fatídicos controles de lectura. Pocas cosas son tan angustiosas como enfrentarte a un tomo del Quijote, sabiendo que -además de los múltiples exámenes que tienes ese mes- debes leer esa historia en español antiguo y arcaico, en un tiempo limitado, presionado por el deber de completar un trabajo, o acordarte de todos los personajes y situaciones para el examen. Desde pronta edad -al menos en mi caso- me han obligado a hacer las tortuosas fichas de lectura que me hicieron aborrecer los libros que me prestaban en el colegio. Poco después, en el instituto nos hacían leer libros de dudoso interés para mocosos de 12 años acostumbrados a la televisión, internet y videojuegos. Mi estantería consta de dos partes: las lecturas del instituto, libros seminuevos, leídos quizá dos veces con vistas a un examen; y MIS libros, desgastados por el uso, aprendidos de memoria con una sola lectura, leídos y vividos, recomendados, prestados, alabados…

Me estoy enrollando mucho, y la idea es simple. ¿Los jóvenes leen? No voy a entrar a discutirlo. Pero -quitando algunos afortunados casos, como el mío, en el que me lo inculcaron en casa desde que nací- nadie nos enseña a amar la lectura. Nos enseñan a tragar un texto, y a escupirlo sin digerir, como afirmaba Montaigne.

¿Queremos que los jóvenes lean? Sí. ¿Por qué no lo conseguimos? Porque imponemos (se nos impone, más bien) libros que no captan la atención. ¿Cómo conseguirlo? Seguro que si se propusiera como lectura opcional -a defender oralmente, en un debate, por ejemplo- “El señor de los anillos”, “Crepúsculo” o “Harry Potter”, el porcentaje de participación sería mucho mayor. ¿Realmente importa que sea literatura española o traducida? Bueno, propongamos lecturas españolas “El origen perdido”, de Matilde Asensi; “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, “La sangre de los inocentes”, de Julia Navarro… Si me hubieran pedido leer alguno de ellos en el instituto, habría realizado los trabajos con el doble de entusiasmo.

Poco más tengo que añadir a esta reflexión. Por parafrasear un capítulo de Los Simpsons, si todos los alumnos fuesen como ella, no necesitaríamos el cielo… ya viviríamos en él.

Para que estéis entretenidos mientras termino el siguiente y último —creo— artículo sobre el tema, os dejo con un certero artículo sobre los problemas de la educación en nuestros país y cómo (no) solucionarlos: Los antigripales de la educación, del blog Lógica Mente. Disfrutad.

En La Lengua:

Vacuna contra los libros (1)

7 de February de 2012

Por qué queremos que los niños lean


Don Quijote de La Mancha, en una versión en papel, otra para iOS (iPad) y otra para el sistema operativo Android (Samsung Galaxy). Marcados, los tres, en la misma página.

¿Por qué queremos que los niños lean? ¿Y por qué consideramos, a veces de manera hipócrita y con un criterio ciertamente —o aparentemente— esnob, que la gente que lee es más distinguida, más culta y más interesante?

Sería muy largo intentar descubrir aquí por qué pasa esto. Es cierto que, durante casi toda la historia de la humanidad —no hablo de la prehistoria, por supuesto—, ha habido varios factores que han proporcionado esta aura de distinción a la palabra escrita. En el principio de los tiempos, la escritura era una cosa bastante cara: los escribas eran gente preparada, y muy escasos, y sus servicios costaban dinero, aparte del coste de los materiales de escritura, que debía de ser bastante elevado aun después del invento del papel, puesto que no existían las estructuras industriales para fabricarlo a gran escala. Salvo excepciones, solo se escribía lo importante, lo que era digno de ser recordado. Esto, por desgracia, nos ha privado a los filólogos, frecuentemente, del verdadero idioma de los antiguos.

Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el latín, conocido y estudiado, sobre todo, en los grandes discursos y obras literarias que nos legaron personas como César, Salustio, Ovidio o Virgilio, y despreciado en su manifestación mayoritaria y espontánea, el tildado de latín vulgar. Este latín se consideraba un latín bajo y descuidado, cuando no erróneo: el hablado por los soldados, los comerciantes y los esclavos. Hoy en día la óptica ha cambiado, pues, después de todo, ¿quién representa más fielmente un idioma? ¿Millones de soldados y comerciantes, o un puñado de aristócratas educados en escuelas selectas? Si, dentro de dos mil años, se estudia el castellano del siglo XX, ¿cómo podrá el ser humano del futuro hacerse una mejor idea de qué hablaban los españoles, leyendo a Valle-Inclán o viendo concursos de televisión? Aunque está lejos de mi intención defender los concursos, todos sabemos la respuesta. Un lingüista, si aspira a ser lejanamente reconocido como una especie de científico —aunque sea adulterado—, no le dice al idioma lo que debe ser, sino que lo describe, igual que un entomólogo no dice a una hormiga cómo debe actuar, sino que describe fielmente su comportamiento.

Pero volvamos a lo nuestro. Los libros tienen una especie de no sé qué poder mágico que infunde respeto, o al menos cierto temor atávico, por las personas que los consumen. Son portadores de cultura y de inteligencia. Hoy el paradigma, y creo que acertadamente, está cambiando: esas cosas podemos conseguirlas fácilmente por otros medios, muy al alcance de cualquiera: documentales, películas, conciertos, videojuegos, museos y viajes. Una persona puede ser muy culta sin ser un lector habitual. No estoy siendo irónico. Es cierto que la experiencia y el modo de asimilar los significados difiere dependiendo del medio por el que se obtengan, y que la experiencia de la lectura de un libro estimula partes de nuestro cerebro que no estimula la música, pero lo mismo podría decirse al revés. Psicólogos tiene la Iglesia para poner datos y cifras a lo que digo, pero creo que todos estaréis de acuerdo. La literatura, sin embargo, sigue estando ahí, ha sobrevivido a muchas otras formas de entretenimiento antiguas, y probablemente seguirá existiendo cuando la televisión sea un concepto anticuado. Parece que llevamos las letras en el ADN (recomiendo, para estas cuestiones, la lectura de El instinto del lenguaje, del psicólogo Steven Pinker).

Hay quien piensa que la literatura va a morir o transformarse enormemente, con esto de los libros electrónicos. Parecen olvidar que, en casi la totalidad de su existencia, las historias no se han transmitido sobre hojas de papel, sino de boca a oído, pues muy pocos eran los que tenían libros y sabían leer, y muchos los que sabían historias y las transmitían oralmente. La primera transformación en el soporte (técnicamente, canal) físico de la literatura fue cuando migró mayoritariamente de las ondas acústicas a las palabras impresas en papel. Lo que, no olvidemos, pudo empezar a hacerse a gran escala en Europa con la reinvención de la imprenta hacia mediados del siglo XV; y digo reinvención porque en China se conocía ya el concepto de imprenta de tipos móviles desde un puñado de siglos antes.

Si la literatura no murió al preferir el papel al aire, estoy seguro de que no morirá cuando prefiera la tinta electrónica a la que se imprime sobre cadáveres arbóreos.

¿Nos hacen mejores los libros? Este estudio —el primero que he encontrado—, encuentra una relación clara entre el número semanal de libros leídos y el cociente de inteligencia no verbal: de una muestra, el 30,9% de los niños que leían cuatro o más libros semanales estaba entre el 25% de los que habían obtenido un mejor resultado en el test de inteligencia no verbal (vuelvo a resaltar el adyacente «no verbal»), mientras que solo un 15,6% de los niños muy lectores se situaban en el cuarto inferior. Esto delata a las claras que la lectura es buena no solo para el vocabulario ni el razonamiento verbal, sino para tipos de inteligencia que poco o nada tienen que ver con las palabras. Los libros nos hacen más inteligentes: no es un mito, sino lo que nos dicen los datos científicos.

¿Cuánto leen nuestros niños y jóvenes? En principio, los elevados datos de lectura juvenil pueden precipitarnos en una conclusión optimista, pero errónea: a partir de la mitad de la veintena, los números caen. Lo que sucede, a mi entender, es que los jóvenes leen porque los profesores lo mandamos, y cuando se ven libres de nuestras órdenes —y del influjo mágico y atemorizante que parece ejercer la palabra—, van dejando de leer. Hoy en día, sin embargo, no podemos medir las tasas de lectura simplemente por los libros. Hay decenas de otras fuentes en que la población ejercita su competencia lingüística: subtítulos en las series que nos bajaba (mos) de Megaupload, letra pequeña en los anuncios de televisión, textos en videojuegos, conversaciones en Facebook o artículos en blogs, por ejemplo.

¿Puede compararse la calidad de un blog con la de un libro? Creo que la pregunta es errónea, si no nos dicen el blog y el libro. He leído blogs infinitamente más interesantes y mejor escritos que algunos libros que he tenido la desgracia de leer. El soporte físico no crea la calidad. Una imagen no es mejor por haber sido creada sobre un lienzo en lugar de sobre la pantalla de un ordenador. Una novela de… (piénsese aquí en cualquier autor de escasas cualidades artísticas) no es mejor que el Cantar de Mio Cid, cuya transmisión era eminentemente oral. Tampoco las palabras son mejores por haber sido impresas en lugar de publicadas en la red. No necesariamente, quiero decir.

Queremos que los jóvenes lean, y os aseguro, con conocimiento de causa, que ya leen, y mucho. Lo que pasa es que queremos que lean lo bueno, o lo que nosotros sabemos que es bueno: Homero, Chaucer, Cervantes, Shakespeare, Tolstói, J. R. Jiménez, García Márquez. No es porque nosotros lo consideremos bueno porque es de nuestra época: de hecho, casi todos los autores citados murieron años o milenios antes de mi nacimiento. Es porque hemos aprendido a apreciarlos. Nos lo hemos pasado demasiado bien con ellos, han abierto esclusas en nuestras mentes, nos han hecho sonreír y emocionarnos.

Yo, que no soy el mejor profesor del mundo, que no estoy ni siquiera entre los mejores profesores de Literatura de mi ciudad, he conseguido que chavales de once años se rían sin poder controlarse con el Lazarillo de Tormes, escrito hace unos quinientos años. Y con el Quijote (cuatrocientos). Queremos que los jóvenes lean, y que lean cosas buenas. ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Cómo podemos conseguirlo?

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