Ars longa, vita brevis

La dama boba

24 de January de 2012

Lope de Vega ya estaba en plena madurez creativa cuando alumbró esta obra, en 1613. Es una de sus comedias más famosas, y es verdad que en esta relectura se me ha hecho bastante divertida, especialmente por las ocurrencias de Finea, la joven de gran belleza y poca sal en la mollera que da título a la obra. El argumento es simple: un joven de buena familia, pero poco dinero, acude a casarse con Finea, hermosa y tonta, como se ha dicho, pero con una herencia que la permitirá vivir desahogada el resto de su vida. Cuando Liseo, que así se llama el joven casadero, ve lo rematadamente boba que es su prometida, queda horrorizado, y a la vez se prenda de Nise, la hermana de la boba, también guapa, pero muy inteligente, aunque con menos posibles económicos. Otros galanes y otros personajes secundarios (especialmente los criados de los nobles) también se trabajan sus aventuras románticas, con más o menos éxito.

Como en todas las obras de Lope, no solamente tenemos el asunto tratado en las tramas, sino que además sobrevuelan la comedia varias cuestiones políticas, filosóficas, sociales y económicas. Por ejemplo, el papel que cada sexo debe ocupar en la sociedad, la capacidad que tiene el dinero de esconder los defectos, la obediencia debida a los padres, y una cuestión neoplatónica que por lo visto estuvo en boga en los primeros años del XVII: el poder civilizador del amor, que hace que una mula simple como Finea se convierta, casi por arte de magia, en una delicada bachillera que recita versos y cita a los clásicos. Como comedia, al final todo acaba bien, e incluso tiene la típica bromilla final algo pícara (se sugiere que dos de los caballeros, que quedan solteros, se casarán entre ellos… ¡siglos antes de que en España se aprobase la ley! Por supuesto, todo en broma).

Aunque a veces siento que le falta la profundidad que alcanza Calderón de la Barca, si a Lope se lo llamó en su tiempo Fénix de los ingenios españoles no fue en vano: fue todo un profesional del teatro, al que dedicó buena parte de su energía creativa, que no era escasa (hay quien le atribuye casi dos millares de obras teatrales, aunque la mayoría se habría perdido), fue además un teórico del teatro que supo entenderlo como lo que era, un negocio artístico, y aún le sobraba tiempo para escribir novelas, sonetos y toda clase de lírica, entregarse al amor a Dios y también al amor a las mujeres, pues fue un mujeriego reconocido. Incluso sus enemigos reconocían que era un talento fuera de serie, y su entierro fue uno de los más multitudinarios de la época.

La dama boba es una comedia relativamente ligera de leer, quizá no tanto para quien no haya estudiado castellano clásico ni la historia de nuestro idioma, aunque en esta edición de Cátedra —como en todas las de esta editorial— aparecen suficientes notas al pie como para no perderse. Leer esta comedia es, además, una oportunidad para comprobar la maestría de Lope manejando los distintos metros que estaban de moda en el Siglo de Oro, y ver, también, como acomoda cada métrica a los distintos personajes y situaciones.

Y como el teatro no se hace para ser leído, sino visto y oído, os he encontrado en YouTube una película producida por RTVE basada en esta obra, en la que, por lo que he visto, hay un par de escenas inventadas, y además otras aparecen cambiadas de sitio, pero en fin: conserva el verso, lo que no es poco. Si os apetece ver a todos los actores de todas las series y películas españolas representar esta obra, aquí tenéis el primero de diez vídeos, y en los relacionados os aparecerán los demás. Yo he aguantado poco, porque la pronunciación me ha parecido mejorable, por decir algo, pero en fin; que no se diga que no lo intenté.

El topo

9 de January de 2012

Mi padre lleva años recomendándome que leyese alguna novela de John Le Carré, asegurándome que no es simplemente un novelista de género, sino que objetivamente es un gran narrador. Y, a pesar de que confío plenamente en su criterio, no lo había hecho hasta ahora, cuando hace unos días prácticamente me acompañó con esta novela a la puerta de la casa para asegurarse de que me la llevaba. Como siempre, debo decir que sus recomendaciones eran muy pertinentes.

Un topo es un agente extranjero infiltrado en los servicios secretos de otro país (en este caso, el topo trabaja para la Unión Soviética dentro del MI6, el servicio secreto británico. Estamos en los años 70). No es simplemente un advenedizo, por llamarlo así, sino alguien conocido por sus compañeros y que goza de total confianza, un nacional. Suele tardarse décadas en infiltrar a un topo, y por eso son tan peligrosos y difíciles de detectar: llevan años ganándose el aprecio de los servicios secretos y haciendo méritos. En El topo, el infiltrado es, con total seguridad, una de las cinco personas que, después de Control —jefe máximo de los servicios de inteligencia—, ostentan el poder dentro de la cúpula de los espías británicos.

Después de una operación en Praga que sale rematadamente mal, Control muere y uno de los altos espías, George Smiley, es despedido. Smiley no está en su mejor momento: en el otoño de su vida le expulsan del único oficio que sabe hacer, y además, descubre que su esposa se la está pegando con uno de sus compañeros. Una tarde monótona de esa gran monotonía en que se ha convertido su vida, unos antiguos compañeros van a por él en el más alto secreto y le confían una misión: están seguros de que hay un topo soviético en el servicio secreto, y dada su inteligencia, su gran experiencia y el hecho de que ya no está en activo, le encargan la investigación que ha de desvelar cuál es la manzana podrida. En el transcurso de la investigación, salen al encuentro de Smiley las miserias más patéticas de los servicios secretos: rencillas personales, intereses espurios, asesinatos selectivos, torturas. Dada la naturaleza de su investigación, no se fía de nada ni de nadie, ni siquiera de los que le han encargado el trabajo, y sabe que absolutamente todos son sospechosos… e incluso él mismo lo fue en un tiempo.

Hay que tener cuidado al comenzar esta novela. El gran número de personajes, que a veces parecen una cosa y son otra, y la complejidad de la trama, pueden provocar que te pierdas si no estás atento a todo. Es una de esas narraciones en las que conviene tener media cuartilla como marcapáginas e ir anotando nombres de personajes y lugares. Sin embargo, una vez estás metido en la historia, te conviertes en un espía ávido de información, de descubrimiento, de ir encajando todas las piezas de un enorme rompecabezas extremadamente inteligente. Cuando llegas al final, no sabes si en realidad estás sorprendido de saber quién es el topo o no —ni siquiera Smiley sabe si se sorprende—, pero está claro que has disfrutado durante el trayecto.

Aparte de esto, ha sido bonito leer una novela cuya mayor parte de la acción transcurre en sitios que uno ha visitado, y reconocer calles y plazas: por un lado, Londres, donde se desarrolla la acción de investigación, y por otro, Praga, donde tiene lugar la desastrosa misión que sobrevuela toda la trama principal.

Hay un par de novelas más centradas en el personaje de Smiley, si no recuerdo mal: El honorable colegial y La gente de Smiley. Y, aparte de un serial de la BBC de hace unos años protagonizado por sir Alec Guinnes (el Obi Wan de La guerra de las galaxias, la buena, claro), hay una película de Hollywood recién estrenada (El topo, dirigida por Tomas Alfredson y protagonizada por Gary Oldman) que sigue la historia con bastante fidelidad, y diría que condensa bastante bien las 360 páginas de las que aproximadamente consta el volumen.

Para mí, lo más interesante ha sido la forma tan realista —es un decir, claro— o verosímil de afrontar el mundo de los espías. Más que como lo presentan en las típicas películas de James Bond, donde los agentes son unos fornidos y perfectos agentes al servicio de Su Majestad, casi superhéroes, los espías de El topo son personajes totalmente creíbles: ambiciosos, envidiosos, leales hasta cierto punto, débiles, fuertes, bajitos, altos, gordos, delgados, guapos o feos. También es curiosa la descripción del oficio de agente secreto: las pequeñas normas que tiene cada uno particularmente, sus trucos para saber si les siguen o si han entrado en su casa, la rutina en que acaba convirtiéndose cualquier trabajo, por muy emocionante o cargado de glamour que pueda parecer desde fuera. Os recomiendo la novela sin reservas. Creo que os gustará. Si la habéis leído, dejad vuestra opinión en los comentarios.

Crisis del periodismo

4 de January de 2012

No me gustan las películas españolas. No, espera, eso no es cierto. Me gusta cierto cine español, el de calidad. Durante toda la historia del cine se han hecho en este país películas buenas, pero parece que nuestro cine tiene bastante mala fama, y puede que no sea debida solamente al vergonzoso régimen de subvenciones que mantiene unas producciones pésimas que nadie va a ver a costa de los impuestos de todos. Sin embargo, en los últimos años he visto no pocas películas españolas decentes, e incluso algunas que no dudaría en calificar como obras maestras (me viene a la cabeza Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín). Qué delicia. En cuanto a series, me sucede lo mismo que con el cine: la mayoría de las que veo me parecen patéticas, pero de vez en cuando hay alguna que me parece un dechado de calidad (la última que he disfrutado, y bastante, fue Aquí no hay quien viva).

Creo que la calidad de estas tres producciones tiene que ver con algo más que con la calidad del trabajo de sus profesionales. Me niego a pensar que la mayoría de los actores, decoradores, guionistas, directores y maquilladores en activo en nuestra industria sean unos incompetentes. Supongo que, como en cualquier trabajo, casi todos los que se dedican a esto serán buenos profesionales (aunque el artista tiene tendencia a creerse, por el hecho de serlo, algo especial). ¿Qué es lo que falla? Siempre he pensado que lo que falla es que no queremos hacer cine español. Queremos hacer cine estadounidense, series estadounidenses, pero con dinero y actores españoles. Y es entonces cuando metemos la pata. Porque, al igual que no se nos ocurriría declarar la guerra a Irak ni mandar a un hombre a la luna, no debería pasársenos por la cabeza tampoco hacer una película norteamericana.

Poniendo un ejemplo: en Estados Unidos tienen decenas de series de policías, de investigadores de la Científica, de hospitales. En España se nos ocurre copiarlos —casi literalmente—, y nos sale un pufo. Porque veo a dos tipos vestidos de azul persiguiendo a un ratero por las calles de Chicago y me lo creo. Veo a Cobra (Stallone) conduciendo un deportivo con sus Ray-Ban, y me lo creo. No es que sea un crédulo, es que me pilla muy lejos. Pero veo a un policía nacional soltando frases cortantes a un detenido, llamando a sus compañeros por el apellido y trabajando en sus horas libres para resolver un caso y me parto el pecho de la risa. Porque he estado en una comisaría. Y porque tengo conocidos policías. No sé si me explico.

Cuando el cine español ha contado historias que, por lo que sea, han resultado creíbles (que no es lo mismo que verídicas), y ha puesto empeño y buen trabajo en ello, ha dado la campanada. Es lo que ha pasado con las producciones a las que he aludido más arriba. Pero si me ponen al cantante de El canto del loco a hacer de Mike Hammer, no tengo más remedio que partirme el pecho y cambiar de canal.

Quizá eso es lo que ha pasado con el diario Público, que ha presentado un concurso de acreedores, sea eso lo que sea (en resumidas cuentas, creo que quiere decir que están en quiebra). Ha querido ser un periódico, pero sin ser un periódico. Ha querido renunciar a lo que siempre se ha entendido por un periódico. Era una apuesta arriesgada, y cuando se apuesta, se puede perder, sobre todo si se arriesga. Yo compré el primer número —que no sé si algún día llegaría a valer algo, pero ya no importa, porque una empleada de hogar lo utilizó para secar la encimera— y compartí parte de su ilusión. Tenía ciertas características que no me desagradaban: una atención especial por temas científicos y culturales en general, una intención de culturizar a la gente (una de las viejas ambiciones de la prensa escrita), una cierta ética cuando trataba asuntos relacionados con los animales, etc. Había algunas extravagancias que no llegaba a entender (como el prescindir de editorial), y otras cosas que me desagradaban profundamente, como una tendencia tan descaradamente clara a favorecer al PSOE, digan lo que digan, pero al menos era una voz más. Tanto su formato como sus ideas iban enfocados a un sector joven, y han sido uno de los que mejor ha sabido apreciar que internet está aquí para quedarse, y que la hora de intentar competir con la red ya ha pasado.

Estos dos últimos puntos, combinados, han sido a mi parecer los que han provocado su crisis. Y creo que no puede entenderse uno sin el otro. Me refiero a que, sí, a todos los periódicos se les ve el plumero, pero algunos tratan de disimularlo. En El País no engañan a nadie, pero formalmente sigue siendo un periódico independiente. Y, digan lo que digan, las formas importan. El diario citado tiene incluso un defensor del lector que de vez en cuando afea la conducta a sus redactores o incluso a su director. Luego sigue siendo bastante tendencioso, pero formalmente es difícil dejar de considerarlo un rotativo serio. Desde Público han seguido, desde el inicio de sus tiempos, la estrategia Iñaki Gabilondo: yo soy de esta idea política y se me tiene que notar. Y eso está bien, si diriges exclusivamente una cabecera de opinión. Pero si te declaras periódico, tienes que asumir que la mayor parte de la gente que te compre va a buscar cierta objetividad en las informaciones. Por “cierta” se entiende “la mayor posible”. Y luego, en las páginas de opinión, puedes ser lo tendencioso que quieras, que para eso están. Pero hemos visto portadas de Público como esta:

¿A qué tipo de lector —no de lector; no lo olvidemos, de comprador— puede atraer esta portada? La opinión puede y debe ser importante en un periódico, y más en un mundo como el actual, en el que cuando compras el papel las noticias ya las conoces. Pero no debes olvidar que estás intentando vender un periódico, y no El Jueves. ¿Y qué me decís de esta?

En este caso, no puede negarse que la portada es objetiva, pero se parece más al típico borracho en un bar hablando de lo que cuesta el Papamóvil que a un periódico haciendo un análisis serio de nada. Que sí, que el problema es que unos tienen mucho y otros tienen poco, pero esa portada, y otras de este rotativo, podrían llenar un manual que explique qué es la demagogia, sin texto ni nada.

Se puede argumentar que diarios de derecha como La Gaceta caen en el mismo simplismo, y en otros peores, y es verdad; pero la idea es que Público siempre se ha considerado, moralmente al menos, por encima de lo que se ha llamado la prensa cavernaria, pero formalmente no lo han demostrado. Y las formas importan, y mucho.

Otros detalles de este diario me han resultado desconcertantes. Por ejemplo, su red de columnistas y blogs. He encontrado dentro algunos finos ejemplos de análisis de la realidad con sus opiniones, que he considerado dignos —tanto en fondo como en forma— de ofrecer a mis alumnos de 2.º de Bachillerato para analizar en los exámenes. Y otros que parecen simplemente un espacio que el director del periódico le ha cedido a su amiguete, ese que tiene tanta gracia cuando nos hacemos un botellón. Es decir: que la sección de opinión, a veces, se parecía peligrosamente a internet.

Y, para leer lo malo que es Rajoy y para que la gente se ría de que Fraga tiene muchos años, la gente, una de dos: o se va a internet, o se compra El País, que tiene más solera. Igual que la gente lee muchos blogs de derechas, pero difícilmente empezaría a comprar un diario nuevo de derechas. Es muy difícil que la gente que no ha leído periódicos nunca se ponga a comprarlos ahora. Y si encima el valor añadido que les vas a dar lo pueden encontrar en internet gratis, ¿para qué van a gastar dinero?

Resumiendo: creo que han intentado hacer algo que no era un periódico, pero venderlo como si fuera un periódico. Y creo que la estrategia les ha salido mal. Y por eso comenzaba este post hablando sobre el cine español: porque creo que, del mismo modo, cuando alguien ha intentado hacer una película estadounidense, pero vendiéndotela como una preciosa muestra del peculiar arte patrio, la gente se ha dado cuenta y no ha picado.

¿Qué intentaba vender Público? Si intentaba hacer un periódico, no lo han hecho bien, puesto que era más una especie de red de blogs como los autollamados progresistas aderezado con alguna que otra noticia de agencia y algún reportaje más o menos decente. Y si lo que intentaban era venderte internet, el fallo ha sido de base: internet no se compra, se consume gratis.

Pero quizás el fallo más grande ha sido el mismo que aqueja a las viejas empresas productoras de discos musicales. La gente que compra periódicos, igual que la que compra CD, ya se está haciendo vieja. Algunos se están muriendo. Cuando solo había periódicos, la gente los compraba. El cambio generacional no se para, y la gente acabará por no comprar ningún periódico en ningún quiosco. Y esto es lo mismo que lo de los CD. Puedes hacer todas las maniobras que quieras para intentar frenarlo, pero si eres listo, debes intentar saber por qué cosas va a pagar la gente a partir de ahora. Una pista: no va a ser ni por música en CD, ni por noticias de ayer impresas sobre árboles muertos.

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