Ars longa, vita brevis

Apadrina a un hijo de puta

28 de December de 2011

¡Hideputa!

Anónimo, Lazarillo de Tormes, ed. Cátedra.

Oh, llega ese día del año.

Viviendo en España, uno ya está acostumbrado a padecer los más ensordecedores ruidos de sus semejantes, pero hoy estamos en una fecha especialmente entrañable: 28 de diciembre, día de los Inocentes. Hoy no solamente tiene uno la obligación patriótica de soportar a los berreantes y atronadores zopencos; hoy es el día en que incluso se te priva del derecho a quejarte.

Mantuve hace unos días cierta polémica con alguien por internet (lo sé, Carlos, no aprendo) acerca del asunto de los petardos. No expongo el enlace, pues aporté datos personales delicados de forma más o menos deliberadamente anónima. Aunque, según esta extraña democracia que es la red, yo ganaba la batalla, hubo dos o tres que me estuvieron tachando de delicado y diciéndome —literalmente— que, si el ruido de los petardos causaba problemas en mi descanso, o en mi salud, debería buscar alguna urbanización apartada donde esconderme, tal vez subvencionada, para no ser molestado. La gran estulticia del argumento me hizo abandonar la conversación en ese punto, y no llegué a preguntarle qué pasaría si, en el sacrosanto ejercicio de sus libertades, los ruidosos petarderos decidían mudarse a dar por saco a mi nueva urbanización. No se perdió un tesoro de la dialéctica, supongo.

¿Qué hacer? Estamos en un país que premia el ruido, el hideputismo y el arte de hacer la vida un poco más difícil a tus paisanos. Internacionalmente ya se reconoce el ruido como un tipo de contaminación, pero aquí no parecemos enterarnos. Todos ven normal que yo no tenga manera de esconderme de esos atronadores artefactos. Y no hablo de mí, que, hasta hace un par de días, gozaba de una relativamente buena salud. Hablo del derecho a descansar de los ancianos, del derecho a la ausencia de sobresaltos evitables en personas que padecen del corazón, del derecho a los que sufren algún trastorno psiquiátrico a que no se viole su mente de una forma tan agresiva.

Cierra la ventana, diréis. Pero eso no arregla el problema.

Y ahora pensemos en otro tipo de contaminación. La que se ve, la que se huele. ¿Cómo veríais que yo arrojase los regalos que deja mi perrito en la calle al interior de vuestra vivienda? ¿O que de alguna manera lograse colar el humo de mis cigarrillos por vuestras ventanas? Por suerte, en eso estamos bastante concienciados. ¿Por qué, entonces, se ve tan corriente que alguien introduzca otro tipo de contaminación en mi casa, un tipo de contaminación que me impide descansar (en el mejor de los casos), y que, al contrario de lo que pasa con el humo o las heces de los perros, cerrar las ventanas no impide que se cuele?

Siempre pensando en el progreso de mi país y en el bienestar de sus ciudadanos, he estado cavilando y he pensado algunas soluciones.

1. El Retrasódromo. Puede llamarse también, si se desea, Hijoputódromo. Sería un circuito cerrado para todos los que disfruten con un ruido que supera los decibelios máximos aconsejables para una salud auditiva razonable, y que además gusten de ser forzosa y aleatoriamente sobresaltados por los ruidos altos que provocan los petardos de sus compañeros retrasados. Lo sé, sé que para expresar la felicidad por el asesinato de miles de bebés hace 2.000 años es necesario hacer ruido, e incluso estoy dispuesto a admitir que ese ruido es un derecho y una forma refinada de arte social. Pero puede ejecutarse en un sitio adecuado para ello. ¿No existen la Tate Modern o el MOMA para las obras de arte más vanguardistas? Pues puede existir también un sitio donde los artistas del hideputismo puedan dar rienda suelta a sus mejores creaciones. Incluso os he hecho un dibujo:

Dada la alta demanda que preveo de este tipo de establecimientos, ayudarían además a reactivar la economía: dentro del Retrasódromo podría haber un bufete de abogados (porque encima, estos retrasados suelen ofenderse cuando uno les reprende por haberle reventado los tímpanos), un ambigú, una enfermería con cirujanos especialistas en coser amputaciones e incluso una capilla, estilo Las Vegas, para bodas rápidas. No podemos permitirnos que la gran especie del subnormal español corra el riesgo de desaparecer. El Retrasódromo podría recibir subvenciones para la conservación de los hideputas ruidosos, y además algún director español podría hacerles una película (ambientada en la Guerra Civil, acerca de cómo Franco inventó, a la par que el Cristianismo, la bandera constitucional de España y el castellano, la gente tranquila, y las penurias que tuvieron que pasar los retrasados mientras el Generalísimo se mantuvo en el poder).

Esta idea tiene un gran inconveniente. Las reservas de indios —perdón, nativos— americanos funcionan, porque total, cuando se aceptó que eran personas, ya quedaban solamente dos o tres cientos, y cabían perfectamente en un casino y un establo grande de Oklahoma. Sin embargo, el hideputa español es la especie mayoritaria de cuantas pueblan la península, amén de los archipiélagos y ciudades autónomas, y según este dato tendría más sentido encerrar en guetos a las personas que quieren que se respete su derecho a descansar y a su salud mental y auditiva. Lo que nos lleva a la segunda idea.

2. Programas educativos tendentes a la erradicación del hideputismo (PETALEs). Sí, amigos, hemos hecho ruido, hemos despertado a la gente con un susto en el cuerpo, algún altercado vecinal habremos formado, unos cuantos niños se han quedado sin dedos, y alguna vez un par de familias se habrán liado a navajazos. Quién sabe si el bueno del abuelo Richard, que padecía del corazón y al que nos encontramos muerto aquella tarde de un 28 de diciembre en que fuimos a visitarlo, entregó su vida en aras del hideputismo. Todo eso ha sido divertido, sin duda. Al igual que lo es la fiesta de los toros, no lavarse, emborracharse y conducir y encerrar a las mujeres en la cocina. Nos hemos reído. Pero en algún momento las cosas tienen que cambiar. Hemos hecho grandes esfuerzos y leyes para erradicar muchas de estas bonitas costumbres, pero sabemos que ninguna de ellas funcionaría si no van acompañadas de un trabajo educativo consciente y constante. No será fácil: vivimos en una península (bueno, yo no) en que la principal diversión consiste en sentarse a ver cómo corren 22 tipos. No partimos de un material intelectual demasiado potente, a decir verdad (con decir que los ministerios de Cultura y de Deporte van unidos, ya se ha dicho casi todo). Pero no puedo renunciar a la idea de que algún día el hideputa será un estrafalario modelo en un museo, y que servirá únicamente para lo que sirven hoy en día algunos grabados en que Goya retrató nuestras costumbres: para avergonzarnos de nuestro pasado y asombrarnos de cuánto hemos avanzado, desde un país poblado de paletos ruidosos hasta una nación europea moderna, relajada y moderadamente silenciosa.

¿Cómo se hace eso en un país donde se premia al inútil, se alaba al malvado, se eleva a los altares al irresponsable que se levanta todos los días pensando únicamente en molestar a su prójimo?

No será fácil, no. Pero sé que podemos lograrlo. Cada vez las conductas irresponsables tienen un mayor rechazo social, los chicos en los colegios juegan con muñecas, al quinto cubalibre decimos «basta» y nos vamos directamente al coche, rechazando el sexto. Hay que tener fe en esta gran nación. Todos somos personas. Todos tenemos derecho a mejorar. Las tribus del Amazonas que aún viven en la Edad de piedra tienen derecho a ser curadas con nuestras medicinas. El patán ruidoso que no sabe que hay diversión más allá de las molestias causadas a sus congéneres también tiene derecho a mejorar. No lo dudes. En estas fiestas, apadrina a un hijo de puta.

2 comentarios en “Apadrina a un hijo de puta”

  • # Proclamo dice:
    28 de December de 2011 a las 11:33

    Buenísimo.

  • # Borja dice:
    29 de December de 2011 a las 10:34

    grandísimo, coincido al 100%.Apoyo la moción del Retrasódromo

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